miércoles, 4 de mayo de 2011

El Inventario

- Más ridícula que esa vieja, que anda con el hermano del jardinero, imposible. ¡Oye, pero si no tiene vergüenza! Mira, si yo tuviera su edad...

César podía adivinar lo que seguía. Era un libreto que se seguía fielmente. Todos los días después de almorzar y antes de que dieran las dos, en esos quince minutos fugaces en los que uno se desenchufa de la vida y quisiera estar en cualquier parte menos donde está, la señora Martha, la secretaria más antigua de la oficina, la que había llegado cuando Don Bernardo todavía no tenía canas ni rengueaba, comenzaba la sesión de chismes. Desde su escritorio, igual de gris pero con un toque de distinción inaparente, parecía el primer violín de una orquesta, agitando la mandíbula mayor hasta que las otras tres secretarias, con menos años en la fábrica y menos cosas que decir, entraran en concierto. Y la seguían, respetando su jerarquía, sumándose con brío tras el primer compás. Todos menos él y Willy, su vecino de escritorio gris no-distinguido. Willy era el que le había dado la bienvenida dos semanas atrás, cuando César llegó por fin a la fábrica de lámparas REDELSA, recomendado por su amiga Tita, la novia del sobrino de Don Bernardo. Willy tenía una sola idea en la cabeza: viajar a Los Angeles. Cada vez que se oía el rumor de un avión elevándose (el aeropuerto estaba muy cerca) se le escuchaba repetir: “pronto estaré yo ahí, rumbo a Los Angeles”. Parecía un aviso publicitario, hasta le brillaban los ojos. Suponía, más bien estaba convencido, que su vida cambiaría en el instante en que pisara esa tierra bendita, el país de las oportunidades: los Estados Unidos de Norteamérica. Willy se cuidaba de anteponer siempre el artículo determinado plural. Decía tener un amigo del colegio que lo estaría esperando allá para hacer negocios juntos; para iniciar una vida nueva, en fin. Nunca decía qué clase de negocios, quizás ni él mismo lo sabía, ni le importaba. César llegaba a envidiar la claridad y seguridad de objetivos en la vida que tenía Willy. A él le costaba mucho decidir. No habría llegado a REDELSA si no fuera porque Tita escuchó a su madre preguntándole por enésima vez si estaba buscando trabajo.

César tampoco tenía muy claro cuál era su rol en REDELSA. Tita le había dicho que Fernando (su novio) le había dicho que su tío le había dicho que él sería el administrador de compras o algo así. Sin embargo, a poco andar ya había escuchado en tres empleados la seca respuesta: “yo me encargo de las compras” cuando él preguntaba por sus ocupaciones, tratando de buscar tema de conversación. En dos semanas no había tenido aún la oportunidad de hablar con Don Bernardo, que estaba de viaje en el norte, así que no podía confirmar la verdadera función que tendría y por la que, con un poco de suerte, quizás hasta le pagarían. En suma, hasta ese momento su única labor había sido tomar soberana posesión del polvoriento escritorio que perteneciera a un tal Julio, el ex-administrador de compras o algo así. Tardó tres días en decidirse a botar a la basura los posters de rollizas vedettes locales y calendarios con fotos de Bruce Lee que el tal Julio había dejado en abandono o herencia en el único cajón con llave del escritorio gris. Pronto descubriría que todos reforzaban la seguridad de su cajón-con-llave con un candadito chino. Circulaba el rumor de que Don Bernardo tenía una llave maestra, y nadie quería arriesgar su privacidad. Quizás por eso el tal Julio había renunciado: su cajón con llave no tenía candadito chino.

- ¿Tú sabías que la segunda ciudad con más mexicanos en el mundo es Los Angeles? –empezó Willy.

- No –dijo César, que para no parecer descortés intentó evadir el monosílabo– pero me parece que tiene problemas de contaminación ambiental. En un reportaje de la...

- Sí, yo también lo vi. Hay una tremenda nube de smog. Como en ciudad de México. ¡Ja! ¡Parece que los mexicanos son los que producen el smog!

- Los mexicanos son unos cochinos –se le oyó decir a la señora Martha, que, según acostumbraba comentar, se había “culturizado mucho” con unas enciclopedias por fascículos que compraba todas las semanas– esos se la pasan todo el día tirados en la calle durmiendo bajo su sombrero de mariachis y tomando tequila.

Después de escuchar semejante cátedra de antropología cultural urbana, no cabía más que el silencio respetuoso. Pero Willy había quedado insatisfecho.

- ¿Tú crees que los gringos van a creer que yo soy mexicano si me ven caminando por las calles de Los Angeles? ¿Tengo pinta de mexicano?

- En realidad, no mucho –sonó poco convencido César, que comenzaba a descubrir en Willy un notable parecido con Jorge Campos, el arquero de la selección mexicana de fútbol.

- Hmm. No había pensado en eso –sonó preocupado Willy.

Pasó casi una semana hasta que Don Bernardo Rohter, el fundador de la fábrica, el hoy añoso austríaco que huyera del nazismo con su familia hace medio siglo y que construyera de la nada este otrora próspero negocio a punta de titánico esfuerzo y sacrificio, según sus propias palabras, volvió a la fábrica. Pero César tuvo que resignarse a esperar dos días más porque la inefable señora Martha monopolizó el tiempo de Don Bernardo con la excusa de que debía actualizarlo de la situación contable y tributaria. Esta explicación sorprendió a todos, incluido el solemne doctor Efraín Cuentas, quien, haciendo honor a su apellido, era el contador de REDELSA y tampoco tuvo oportunidad de hablar con el jefe. Los obreros, sobre todo los hermanos De la Cruz, un par de negros gigantescos y bonachones que se dedicaban a pulir fierro mientras cantaban salsa a todo pulmón, comentaban con sorna que a Don Bernardo cada vez le costaba más ponerse al día con la señora Martha. Cuando finalmente pudo obtener audiencia con el dueño, César quedó más confundido que al principio. Don Bernardo le explicó brevemente, sin levantar una sola vez la vista de unos documentos que revisaba, que la administración de las compras había sido un caos en los últimos meses y que era necesario un ordenamiento radical. Hasta allí todo bien. Pero el problema para César comenzó cuando le encargó que, para empezar desde cero, hiciera un inventario exhaustivo y pormenorizado de toda la existencia de la fábrica, y con esto Don Bernardo se refería a la totalidad de las máquinas, herramientas e insumos de trabajo, además de los comestibles de la cocina y los enseres personales de los trabajadores, incluyendo la ropa. Se despidió tan pronto que no le dio tiempo para pedirle una aclaración de tan extraña orden, ni menos pudo preguntarle cuál sería su sueldo.

A pesar de estar realmente desorientado, no se le ocurrió pedirle ayuda a la señora Martha porque en el poco tiempo que llevaba en la fábrica ya había aprendido que a toda pregunta ella contestaba con “la respuesta es obvia”. Así es que no tuvo más remedio que confiarle sus dudas a Willy, que en ese momento leía un volante de una academia de inglés.

- Oye Willy...

- Mira compadre, aquí ofrecen nivel de Full Conversation en cuatro semanas y por sólo doscientos dólares. No está mal, ¿no? ¿Tú crees que en cuatro semanas yo pueda hablar en inglés sin que se me note mucho el acento?

- Puede ser. Pero no confíes mucho en esas academias al paso. Muchas son una estafa, engaña-bobos.

- Pero acá dice que si después de cuatro semanas tu promedio no es aprobatorio te devuelven tu dinero. O sea ¡no hay pierde!

- Bueno, como tú quieras. Oye Willy, quería hacerte una consulta. Hay algo que me tiene preocupado. Resulta que Don Bernardo me ha encargado que haga...

- Ya sé, no me digas. Un inventario completo de toda la fábrica.

- Sí. ¿Y tú cómo sabes? No me digas que la señora Martha ya lo difundió.

- No, hombre. Lo que pasa es que ese bendito encargo es el que ha causado la renuncia de los últimos dos administradores de compras. Todos se rindieron antes de una semana. Lo que pide el viejo es imposible. Parece que con la edad ya no razona bien, está medio chiflado.

Mitad por orgullo y mitad por curiosidad de saber qué diría Don Bernardo si efectivamente cumplía con el pedido, César decidió que no se rendiría. Al día siguiente, con un flamante block de papel cuadriculado en la mano, comenzó su tarea por el lugar quizás más laborioso pero al mismo tiempo el único lugar donde sí tenía sentido el encargo: el almacén. Dos días completos tardó en inventariar ese pequeño pero atiborrado almacén. Aparte de un pertinaz dolor de nuca, no arrojó nada sorprendente: kilómetros de cable eléctrico, galones de pintura, barniz y solventes, varillas de hierro y láminas de aluminio, planchas de cuero y de papel pergamino, tornillos y tuercas de todos los tamaños, discos de pulir, esmeriles, brocas, reactivos químicos, etc. No consignó en detalle en su lista ni las revistas pornográficas ni las botellas vacías de cerveza. Optó por agruparlas bajo el anodino rubro “artículos de uso frecuente” junto con el papel higiénico y el jabón.

Durante el fin de semana César reflexionó sobre cuál debía ser el siguiente lugar a revisar. Sin duda la ropa de los obreros debía dejarse para el final, no quería roces con ellos. Suficiente había sido el incidente con el chato Condori, el conserje. Condori era de pequeña estatura y corpulento, con rasgos andinos: piel cobriza, mejillas coloradas, nariz aguileña, pelo hirsuto. Sin embargo sus ojos eran más rasgados que el promedio de su raza. Había escuchado desde su llegada que a Condori los obreros lo apodaban Al Pacino, y la razón le intrigaba mucho. César supuso que Condori tendría aptitudes histriónicas quizás reveladas en alguna celebración del día del trabajador. Un día no pudo aguantar la curiosidad y le preguntó delante de una docena de obreros que hacía cola en la cocina si es que le decían Al Pacino por sus dotes de actor. La carcajada general le impidió oír el insulto de Condori como respuesta. Al final de ese día los hermanos De la Cruz le explicaron que a Condori le había indignado que se expusiera su apelativo delante de la cocinera, en quien tenía cifradas esperanzas de un futuro en común. Y es que, para el inclemente humor de los obreros, Condori era Al Pacino por ser mezcla de alpaca con chino.

Dedicó el lunes a la cocina y los dos baños, sin encontrar mayor obstáculo a su tarea y sin notar nada extraño, salvo el hallazgo de El Libro Rojo de Mao Tse Tung entre ejemplares añejos de Selecciones del Reader’s Digest como material de lectura en un baño. Los talleres de pintura y cromado y el patio de obras le tomaron todo el martes y miércoles, quedando extenuado y casi intoxicado por los solventes que saturaban la atmósfera de los talleres. Ahora entendía por qué Don Agapito, el maestro del taller de cromado, a menudo hablaba con las paredes. El jueves, contando por necesidad con la ayuda del entusiasta Willy (quien le contó que la ruta por tierra hasta Tijuana era más barata que el avión pero un tanto insegura, sobre todo en la parte colombiana) pudo terminar con el área de oficinas, excepción hecha de la de Don Bernardo y de los cajones celosamente resguardados por candaditos chinos. Finalmente llegó el viernes y César estaba por cumplir el desafío. Sólo los vestidores, donde los obreros cambiaban su ropa por los uniformes de trabajo, se interponían entre él y el triunfo. Esa misma mañana, muy temprano, Don Bernardo lo llamó a su oficina. Le preguntó si ya había terminado el inventario, poniendo énfasis precisamente en el lugar que le faltaba: los vestidores. Cuando lo puso al tanto de sus avances vio cómo la cara del viejo se iluminaba. Entonces le develó el misterio. Todo ese aparatoso despliegue del inventario no era más que una excusa para que nadie sospechara demasiado cuando lo vieran hurgando en los vestidores. El verdadero objetivo era averiguar quién usaba una colonia Old Spice. Esa era la información que él necesitaba. Comprendía Carlos (ah, perdón, César) que el dueño de la fábrica no podía estar fisgoneando en el área privada de los obreros, y mucho menos, imagínese usted, acercarse lo suficiente como para poder olerlos a la hora de salida. Eso era todo, lo esperaba a las cuatro y media allí mismo para que le diera el resultado de sus pesquisas.

Cuando César salió de la oficina de Don Bernardo, indignado, sintiéndose una marioneta de ese viejo carcamán, ya había tomado una decisión. Antes de despedirse había hecho la ecuación elemental: la señora Martha + olor a Old Spice + celos del veterano = el inventario. El trámite siguiente fue expedito: en menos de media hora había vendido en la fábrica de la esquina los dos galones de pintura que nadie echaría en falta (no constaban en el inventario) y había corrido al bazar para hacer una compra. Ahora sólo le quedaba esperar hasta las cuatro y media. Sintió alivio por no tener nada que hacer hasta esa hora, y se sentó muy tranquilo a escuchar a Willy contarle historias de canibalismo en las pandillas de motociclistas de Los Angeles.

Cuando se fue, fingiendo sorpresa y enfado ante el anuncio de Don Bernardo que no le pagaría nada porque lo suyo eran prácticas pre-profesionales y no un trabajo en serio, sólo le afligía no haberse podido despedir como hubiera querido de todos los obreros. Pero tenía dos buenas razones para portar esa sonrisa de satisfacción. Primero, lo que le darían por ese par de lámparas con focos halógenos que llevaba en su maletín era casi equivalente al sueldo que no le pagaron. Segundo, y esto era impagable, sentía que todo el esfuerzo desplegado por el bendito inventario bien había valido la pena cada vez que recordaba la cara del viejo miserable cuando él le dijo (puede usted confirmarlo personalmente ahora mismo si no me cree, Don Bernardo) que había encontrado un frasco de Old Spice en cada uno de los casilleros, excepto en el de Condori.

(2001)

domingo, 1 de mayo de 2011

Me llamo Ernesto

Me llamo Ernesto es el título del artículo que apareció ayer en El País tras la muerte de Sabato, y en el que se extraen algunos pasajes de Antes del fin, libro a medio camino entre las memorias y la reflexión filosófica humanista. Fue entonces inevitable agarrar ese libro otra vez, hojearlo, releer las partes subrayadas, recordar la época de mi vida en la que lo leí. Son conmovedores sus recuerdos de la niñez, el sentimiento de abandono, soledad y desarraigo tras el viaje desde su pueblo (Rojas) a la ciudad de La Plata para iniciar sus estudios secundarios, a los 11 años. Es especialmente desgarrador el episodio en el que, apenas llegado a la ciudad y buscando disipar la melancolía, se va caminando solo al Bosque de La Plata para pintar paisajes con unas sencillas acuarelas que había traído de su pueblo, y de pronto aparece un grupo de adolescentes mayores que le arrebata y destruye su paleta, sus pinceles y su botella de agua, riéndose del niño pintor que queda llorando. Es recurrente en el libro el deseo de volver a la niñez (tema de uno de mis primeros posts), la nostalgia por ese mundo puro ya desaparecido. Y atravesando la mirada retrospectiva del octogenario que medita y recuerda, hay un pesimismo inquebrantable. Sus observaciones sobre la barbarie actual, el deterioro de la humanidad, son muy simples (algunas, como las ecologistas, son hasta ingenuas), pero no menos contundentes: el abuso cotidiano a los débiles, la corrupción que pudre todo, la ausencia de valores o conciencia. El punto que llama la atención es que para Sabato ese escenario, en el que la mayoría se mueve y funciona, porque ha terminado por aceptarlo como inevitable, como normal, es absolutamente inaceptable y entonces es la causa de su indignación y su depresión perpetuas. No lo lleva al inmovilismo, porque tiene una fundación que hace obra social, y no deja de llamar a las cosas por su nombre cuando le preguntan, pero es claro que Sabato no aprendió a caminar sobre cadáveres, que es a fin de cuentas lo que nos toca hacer; metáfora terrible de la vida, extraída de los campos de guerra y exterminio, pero no por eso menos cierta.
A veces he pensado que la tristeza imbatible de Sabato en parte se explica por el hecho de haber sido un científico puro y exacto (obtuvo un doctorado en Física en Argentina y llegó a ser investigador visitante del Laboratorio Curie en París). La búsqueda de demostraciones sin grietas, de sistemas en equilibrio, sin excepciones que salpiquen dudas a las teorías, leyes y principios, puede haber determinado su estructura de pensamiento, al punto de no dar por encontrada una solución mientras ésta no fuera estable y armónica: un perfecto imposible. No lo convenció el camino de salida que propone Gramsci: “El pesimismo del intelecto y el optimismo de la voluntad”. O sea, el niño con el balde intentando vaciar el mar, sabiendo que no es posible, pero sin perder la sonrisa. Sabato llega a reconocer el valor –estético y axiológico– de esta actitud cuando dice que la mayor nobleza de los hombres es levantar su obra en medio de la devastación, sosteniéndola infatigablemente, a medio camino entre el desgarro y la belleza, pero aparentemente no lo convencía del todo, no lo suficiente para espantar a la nube negra.
Hoy soy enemigo de la religión, pero alguna vez estuve cerca de ella. Uno de mis últimos contactos fue a través de un grupo de estudiantes universitarios vinculados a una izquierda cristiana, dirigida por jesuitas. Eran tipos simpáticos, cultos, abiertos al debate y comprometidos con la justicia social, por eso me atrajo el grupo. Una vez fuimos a un retiro a una casa-hacienda a las afueras de Lima. La idea era no llevar libros y –lo supe una vez allí– tampoco conversar con los compañeros de retiro espiritual en los largos momentos de caminatas reflexivas en ese paisaje agreste al pie de los Andes. Obviamente, desobedecí. Se me ocurrió llevar El Túnel, y me dediqué a leerlo con fruición en los ratos en los que supuestamente debíamos leer los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola, textos que –la verdad nos hará libres– eran bastante sosos y repetitivos. La lectura de la pasión obsesiva y finalmente destructiva del pintor Juan Pablo Castel por María Iribarne, la mujer que miró un detalle de la esquina de su cuadro en una exposición, me parecía bastante más atractiva que la elaboración de una oración para pedirle a la virgen María la gracia de Jesús Cristo para saber reconocer y aborrecer mis pecados. Al día siguiente de llegar me di cuenta de que me había equivocado al ir a ese retiro. Y sospecho que ellos también se dieron cuenta de que fue un error invitarme, no sólo porque defendí y practiqué el derecho a conversar con los otros muchachos, sino porque el día de regreso, cuando el bus que nos llevaba quedó atollado y uno de los jesuitas decidió pedir un auto que viniera a recogerlo, fui yo quien comenzó el cantito de “predica y no practica” que pronto retumbó en el bus.
Cuando estuve en Buenos Aires en el 92 fui en peregrinación al Parque Lezama, para caminar por los lugares donde comienza la historia de Sobre héroes y tumbas, una novela compleja, genial, que intranquiliza y deja asuntos pendientes. Esa tarde, en medio de un parque enorme, con árboles centenarios, estatuas clásicas, grupos de estudiantes de todas las edades y un par de pichangas en juego, por un momento pude encontrar la identidad de ese escenario y recrear las conversaciones únicas entre la inefable Alejandra y el pobre Martín, siempre mediadas por la figura ubicua de Bruno. Hace unos meses volví a pasar por allí y no pude sentir lo mismo. No sé si fue porque las tardes de domingo son muy distintas a las otras tardes, o porque los nuevos habitantes (inmigrantes bolivianos, peruanos y paraguayos, cuyo abuso se denuncia en Antes del Fin) han modificado la identidad del parque, o simplemente porque la suciedad y el deterioro han borrado las huellas reconocibles. No lo sé, quizás esta vez pasé muy deprisa. Quizás me faltó la calma para sentarme en un banco, tranquilo, y esperar sentir la sensación en la espalda de que había alguien mirándome, tratando de comunicarse conmigo.

miércoles, 27 de abril de 2011

Alan, el libro y Book

Cuando Alan García fue presidente del Perú por primera vez, a los 35 años, era de izquierda y gozaba de una gran popularidad. Para su segundo gobierno, Alan García era de derecha, había perdido mucha popularidad, y había ganado más de 30 kilos. Con esa proyección, hay razones de sobra para temer un tercer gobierno (si es que para ese entonces todavía puede moverse). Pero lo que Alan nunca perdió es el don de encantador de serpientes. Sus improvisados discursos son, lejos, lo mejor que he escuchado en política, dejando a sus contendores como torpes repetidores de lugares comunes sin gracia. Para hablar, por ejemplo, de un puente que acaba de inaugurar (y que se derrumbará pronto, pero ese es otro tema), Alan primero te da un paseo por la historia, citando la gesta de Leonidas en las Termópilas, la red vial andina diseñada por el inca Pachacútec y la mole imposible de Angkor Wat, para luego hablarte del diario trajín de –digamos– Cipriano Quispe, un humilde campesino que funge voluntariamente de correo humano como los legendarios chasquis (o Miguel Strogoff) y camina cada día kilómetros a través de punas y quebradas para llevar el mundo a su pueblo, rematando su prosa inflamada con una arenga que levantaría de su sepultura a tres generaciones enteras. Por supuesto que hay demagogia en su discurso, pero la oratoria demagógica también puede apreciarse como un arte; los sofistas griegos siempre tenían público en sus esquinas. Hace un par de años, estando de visita por Lima, y tumbado en cama por una gripe, pude ver casualmente en televisión un discurso suyo en la re-inauguración de la biblioteca nacional. Comenzó con el esperado panegírico al libro, el hontanar de donde mana caudalosa la sabiduría que desafía, irredenta, la tiranía del tiempo… y así un buen rato. Pero, confieso, hubo una parte en la que me emocioné. Fue cuando citó a Borges en El Hacedor (Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía,/ me dio a la vez los libros y la noche) y luego, en medio de hipérboles gongoristas a granel, remató diciendo que la existencia de una ciudad entera se justificaba a partir de la existencia de su biblioteca, y esta a su vez existía porque había un hombre cobijado en ella, un solitario bibliotecario que atesoraba y cuidaba un único libro que le daba sentido a todo lo demás. Chapeau. Pero cuando no se habían terminado de extinguir los aplausos, el inefable Alan las emprendió vehemente contra los tiempos actuales y el bombardeo de información que puede aturdir y que no reemplaza a los libros. Me gustó que tomara una posición tan clara en épocas en las que suena tan bien quedar como “moderno” al mencionar las palabras chat, Facebook o Twitter.
Pienso que internet es una maravilla, un invento valiosísimo, pues puede ser una ventana infinita hacia el conocimiento, pero nunca está demás reivindicar el valor del libro. La lectura, el análisis, la reflexión y la relectura (proceso por el cual la información puede convertirse en conocimiento), en general ocurren de manera más natural con el libro escrito. La red tiene muchas urgencias y en parte por ello es que asistimos a la erosión del lenguaje escrito, usando los adolescentes (y algunos adultos) un lenguaje nuevo que resulta de mutilar y simplificar el lenguaje, imposibilitando la profundidad de la comunicación y de paso empobreciendo el intelecto. Creo también que hay una sobreestimación de las noticias que contienen la palabra Twitter o Facebook. Cualquier cosa que se diga de las redes sociales, por más insulsa que sea, captura el interés y multiplica el comentario. Probablemente sea porque los usuarios se sienten aludidos directamente (“están hablando de nosotros”). No lo sé. Mi opinión es que las redes sociales tienden a banalizar la comunicación, en parte debido a las restricciones de espacio y su constante actualización. Quiero decir que los mensajes nacen forzosamente cortos y destinados a ser pronto olvidados. Otra vez, hay poco espacio y tiempo para la relectura y la reflexión. Y entonces termina ocurriendo que los textos largos ya no se leen porque –en comparación– parecen más largos de lo que son (como este comentario, que a esta altura ya aburrió a muchos). Creo que uno de los mayores valores de internet es la democratización del acceso a la información, y la universalización de los canales de expresión, por eso es tan temida por los estados totalitarios. Las recientes y vigentes revoluciones en el norte de África, que están cambiando la historia en cuestión de semanas, no podrían haber tenido el éxito que tuvieron sin las redes sociales e internet. Es claro que los medios son eso, medios, y que lo vil o sublime es el contenido o su uso. Por eso los nuevos medios de información no son en sí mismos buenos o malos. Y antes de seguir repitiendo obviedades y martirizando al dedicado lector, termino este párrafo.
Erasmo de Rotterdam, humanista incombustible, iconoclasta erudito, filósofo del Parnaso y del pueblo, explorador de la verdad a pesar del lastre de la religión, acuñó una frase que lo describe por completo "Cuando tengo un poco de dinero, me compro libros. Si sobra algo, me compro ropa y comida". No puedo evitar recordarla cada vez que sale el tema del libro (y cada vez que, solo o con familia, salgo de una librería con bolsas muy pesadas). Sin querer me nació este post cuando se acaba de celebrar el día del libro. Sabrán perdonar la poca originalidad. Hay cosas peores, como los libros de Coelho.
Para terminar (y estar a la altura de los nuevos tiempos): leyendo noticias, encontré este video hace algunas semanas. Ilustra con mucha elegancia el lamentable nivel de dependencia que hoy se tiene con los dispositivos electrónicos, en particular, pero creo que se puede generalizar hasta incluir el valor relativo de la lectura vs. la conexión a internet o a las redes sociales como Facebook o Twitter.




sábado, 23 de abril de 2011

Matasanos y doctores

A mi amigo Fernando le gusta preguntar a los médicos que no lo atienden bien "Ud. no es doctor, no? Digo, es médico, eso se ve, pero doctorado no tiene, no?". Al margen de ser rigurosamente cierto (un médico, incluso con especialidad, no necesariamente ha obtenido el grado académico de doctor), eso implica que Fernando ya no podrá volver a esa consulta, a menos que quiera poner en riesgo su salud. Pero eso también implica que se ha arrojado algunos gramos en el platillo más alto de la balanza de la injusticia con la que la sociedad mira a los médicos. Es verdad que no son los únicos doctores apócrifos, también existe esa mala costumbre dentro de las huestes de abogados y dentistas, pero no hay profesión más sobrevalorada que la de ser médico. Tuve compañeros de carrera a los que su madre nunca les perdonó que no estudiaran medicina. Hay algo de arribismo y mucho de ignorancia en todo esto, pero lamentablemente es la opinión de la mayoría. Bien lo sé yo, que apenas dije que quería ser biólogo no hubo pariente cercano o lejano que no sugiriera con tono de te-estoy-arreglando-la-vida "y ya que te gusta la biología, por qué mejor no estudias medicina?". Y uno tenía ganas de responder, "y ya que te gusta tu esposa, por qué mejor no te acuestas con tu cuñado?".

Yo estudié en una universidad en la que estudiantes de biología, odontología y medicina compartíamos patio, matrículas usureras y profesores mediocres. Uno de los primeros desengaños al iniciar la carrera fue descubrir que la mitad de mis compañeros en realidad querían ser médicos, pero no les alcanzaba el puntaje. Hubo uno que incluso dejó la biología para seguir odontología... porque quería estudiar medicina. Nunca entendí esa estrategia de ser lo que no querían ser pero contentarse con mirar de cerca a los que sí podían serlo. Bueno, dije que era biólogo y no psicólogo o sociólogo, sabrán perdonar. La ventaja de haber estudiado en esa universidad es poder haber convivido con los médicos desde que eran cachorros inofensivos. Así que fui testigo de cómo ellos se fueron convirtiendo de campechanos en petulantes, de muchachos sencillos en hombres soberbios. Rápidamente adquirieron la costumbre de andar con la bata blanca para todos lados, a pesar de que sólo se usaba en un par de actividades de laboratorio a la semana. Cuando vieron que algunos biólogos replicaban la conducta de la bata-piel, entonces se colgaban el estetoscopio del cuello, incluso para ir a almorzar; ese aparatito de mecanismo tan simple tenía la potente capacidad de distinguirlos de la plebe.

Algunos argumentos que he escuchado para justificar esa sobrevaloración y la réplica:
*Trabajan salvando vidas - También los bomberos, los policías y los (valga la redundancia) salva-vidas. Eso sí, más vidas salvan los paramédicos y las enfermeras. La mayoría de las muertes en la población son por enfermedades simples de tratamiento igualmente simple (el gran porcentaje de mortalidad infantil, por ejemplo, está en resfríos mal cuidados y deshidratación por diarrea).
*Estudian muchos años - Cualquier profesional que haya cursado, aparte del grado básico de licenciado, una maestría y un doctorado habrá estudiado muchos años más que un médico.
*Es un trabajo muy especializado - No más que el de cualquier otro profesional competente. Saber manejar un láser quirúrgico demanda la misma práctica y precisión que saber usar un láser industrial.
*Es la más noble de las profesiones - Es cierto que es intrínsecamente más noble que muchos oficios que en sí mismos son algo deleznables, como el ser matarife (crueldad), abogado (mentira) o notario (cobrar sin trabajar). Pero también es cierto que la nobleza la tiene, o no, el ser humano. Como ejemplo, acordarse de los médicos que supervisaban el ritmo de las torturas en las dictaduras de Pinochet o Videla, o de los médicos nazis que hicieron su aporte de sadismo a esa barbarie.

Hace unos años tuve que ir al urólogo por un doloroso asunto de cálculo renal (no era una piedra sino una estrella ninja lo que tenía en la uretra y que me hizo ver a Judas calato bailando una diablada). Cuando terminó todo, con su mejor tono catedrático-arzobispal me dijo que evitara los lácteos, vamos, la receta clásica. Con la deformación escéptica que tengo por ser investigador científico, consulté las bases de datos electrónicas por los últimos artículos sobre el tema publicados en revistas internacionales. Tas leer media docena de artículos, todos recientes, me quedó claro que no debía evitar los lácteos porque la recurrencia de cálculos renales era mayor. Algo muy parecido me pasó hace poco con otro médico que, para corregir mis bajos niveles de movilidad espermática (perdonen la intimidad, no se preocupen que no habrá material gráfico) me recetó un antibiótico para una hipotética bacteria que podría estar causando el problema. Pues bien, artículos recientes evidencian una correlación positiva entre el uso de ese bendito antibiótico y la inmovilidad espermática. ¿Son acaso estos dos señores unos pésimos profesionales a los que habría que quemar en la hoguera o al menos denunciar por mala praxis? No. Son sólo médicos que repiten lo que les dijeron sus profesores en la facultad o lo que dice el libro de texto editado en 1990. No les alcanza el tiempo para actualizar sus conocimientos porque, ente otras razones, tienen que correr entre los varios trabajos que tienen para poder mantener a su familia y a su status. Son simplemente profesionales, como muchos de nosotros, con aciertos y fallas, pero que gozan de un trato privilegiado por parte de la sociedad.

Para terminar (porque la idea de los posts diarios era que fueran más cortos):

A fin de cuentas, ir al médico hace bien. Le hace bien sobre todo a ellos, que se enriquecen cobrando lo que no se debe, pero también a uno. Y es por las mismas razones por las que hace bien rezar en silencio, dar alaridos en éxtasis y con banda sonora como los evangélicos o ser visitado por un chamán o un médico brujo: el fantástico -pero real- efecto placebo. Esta más que comprobado científicamente que si un médico te da una pastilla de azúcar y tú crees que es un analgésico... el dolor disminuye. El cerebro hace maravillas con los estímulos que recibe, pero ese ya es otro tema. El punto es que, gracias al efecto placebo, visitar al médico es útil, siempre que no sea un asaltante con licencia. Ah, y recuerden, no son doctores.


Cartografía detallada del ombligo

Una de las maneras de distinguir rápidamente un blog bueno de uno malo es que el malo dedica demasiado espacio a hablar de sí mismo (del blog). Por eso no sorprenderá a nadie que este post trate acerca del blog mismo. Ha sido muy simple hacer números para darme cuenta de que la productividad de textos es cada vez menor. O sea que, si proyectamos la tendencia, dentro de poco la productividad será negativa (comenzaré a borrar). Una de las razones es el tiempo dedicado a cada entrega. No es demasiado, pero sí hay un esmero por dejar el texto bien editado y de una extensión suficiente para desarrollar la idea. Esto hace que postergue escribir cuando “las condiciones no están dadas”, pareciéndome entonces a tanto partido comunista que no hizo la revolución y a tanta mujer con dolor de cabeza. La razón de fondo la sabemos nosotros dos (digo dos porque según las estadísticas de Google en el último mes el promedio diario de lectura es 0.63 páginas, y redondeando como me enseñaron en el colegio al entero más cercano (1), llegamos a ese lector único que nunca dudé en tener). La razón de que no escriba tan seguido es el tipo de texto que en general subo, que apunta a tener algo de reflexión y algo de estilo. Entonces he decidido hacer un experimento. Tengo curiosidad de saber si podría escribir un post (casi) a diario. Obviamente, no se trata de poner cualquier mamarracho (serán mamarrachos escogidos) ni de copiar textos interesantes de otros. Y cuando digo copiar no me refiero al estilo Bryce Echenique, copiar y firmar, sino a la difusión de textos selectos. Se trata de escribir algo decente: un comentario con base, una idea con aristas, un libelo con altura. Dejando de lado las metáforas geométricas, lo que pretendo es… ya, basta, si sigo explicándome voy a ahuyentar a ese 63% de individuo que me lee, si rechazo el premio consuelo del redondeo. Bueno, si es mujer y joven, puedo prescindir del 37% que va de las rodillas a los pies. El tiempo dirá si lo logré, si me sentí bien haciéndolo, y si las estadísticas de lectura dejan de parecer el electrocardiograma de un comatoso. Sólo espero que no me ocurra lo que le pasó a un ex-amigo, que tuvo un efímero blog (5 o 6 posts, casi todos muy buenos) en el que los únicos comentarios que aparecían eran de personas que promocionaban sus propias páginas, llegando incluso a la más vulgar propaganda de una empresa de software. A eso, siempre preferiré el silencio.

jueves, 17 de marzo de 2011

Viaje al centro de la tierra de nadie


Para explicarle a Burro que debajo de su aspecto horrendo y sus poco delicadas costumbres, como expeler ventosidades mefíticas o incurrir en la antropofagia, los ogros tienen sentimientos nobles, Shrek recurre a la analogía de la cebolla y sus capas. El mensaje que se transmite es que para encontrar la esencia de un ser, su identidad última, hay que primero librarlo de corazas superficiales, vestimentas equívocas o voces impostadas. Hasta allí, todos levantan la mano para decir de acuerdo. Ese “no soy el que aparento ser” es uno de los grandes temas de la literatura y el cine, para niños y adultos: el patito feo convertido en grácil cisne, el sapo que muta en príncipe, el escritor genial detrás del huraño funcionario público, el acróbata virtuoso detrás del estibador del puerto, el pintor único detrás del indolente profesor universitario, la filósofa fecunda detrás de la miss de belleza (no, no exageremos).


Pero, ¿Qué sucede si nos tomamos el asunto muy en serio y queremos llevar esta noble tarea hasta sus últimas

consecuencias? ¿Qué ocurre si nos armamos de valor y descendemos los círculos concéntricos que –según el mapa- nos llevan a nosotros mismos? Malas noticias, en esa tierra de nadie de la que creemos ser dueños… no hay nadie. Así es. Ese peligroso viaje a las profundidades era el paseo cotidiano del escritor portugués Fernando Pessoa (un genio disfrazado de muchos personajes anodinos). A Pessoa le llegaba a doler en los huesos el dolor metafísico que sentía cuando descubría que, si se quitaba las máscaras que debía usar para ser reconocido en el mundo que habitaba, y si dejaba de lado las ideas y emociones ajenas que había tomado como propias (es decir, si pelaba dedicadamente la cebolla)… no quedaba nadie, no quedaba nada. En sus palabras, “De repente, como si un destino médico me hubiese operado de una ceguera antigua con grandes resultados súbitos, levanto la cabeza, desde mi vida anónima, al conocimiento claro de cómo existo. Y veo que todo cuanto he hecho, todo cuanto he pensado, todo cuanto he sido, es una especie de engaño y de locura. Me maravillo de lo que he conseguido no ver. Extraño cuánto he sido, y ver que, a fin de cuentas, no soy“ {Libro del Desasosiego}. ¿Y ahora, quién tiene el coraje de levantar la mano y darle la razón a nuestro amigo? Ya dicen las abuelitas que todo en exceso es malo, y aunque ellas se refieren a lo dulce y lo salado, en este caso también se aplica al exceso de honestidad. Habrá que ser menos descarnado en la mirada, acopiar lenidad en los bolsillos, y cerrar la ventana para que no entre ese ventarrón existencial cargado de preguntas afiladas. Habrá entonces que llegar sólo hasta las penúltimas consecuencias, para no arriesgarnos a quedar de pie enfrente del abismo, mirando hacia los costados (o peor aún, hacia adentro) y no viendo nada ni a nadie, dudar si saltar al vacío o quedarnos en él. Yo no quería llegar tan lejos, dirán ahora (como la colegiala que calentó al colegial, se quedaron a solas en casa de ella, y al final no lo dejó meter gol). OK, no hay problema, no todos tienen las agallas de Pessoa. Y no todos están tan solos como él. Porque parte de la historia se escribe desde la soledad/libertad infinita de no tener a quién amar o quién te llore. Así que aquí seguimos, al otro lado de la nada, fieles sin quererlo (o sin saberlo) a eso que se supone somos nosotros mismos, un cargamento de ideas, temas, olores, palabras, músicas, lecturas y recuerdos que componen la historia personal, eso que tal vez se llama identidad y nadie sabe para qué sirve.

La tarea se facilita, decía, cuando hay alguien alrededor que te importa. Lo que a menudo nos aleja del camino -o el atajo- al abismo es la aparición, desde la nada probabilística que es la breve existencia de un par de gametos insignificantes, de los locos bajitos, los hijos. He visto muchas veces (incluso en el espejo) cómo el instinto atávico fundamental destierra los melindres y soliloquios banales, al menos por un par de años. Es una experiencia muy fuerte ser padre, es ser poseído por un Homo erectus cazador-recolector que de pronto se despierta y sabe que hay que buscar, hay que conseguir, hay que proveer alimento, hay que proteger a la familia que espera en la cueva por tu regreso. No hay que poner demasiada voluntad en ello, basta dejarse arrastrar por ese torrente de salmones en las venas que te empuja a pararte y pelear por tu lugar, por el pan, por el calor en la noche. Por supuesto, de vez en cuando, motivado por un libro, una película, o por nada en especial, uno vuelve a ponerse las gafas de ver el mundo tal cual es, y sufre en silencio, y descubre, y escribe... hasta que deba interrumpir todo para seguir haciendo que el barco se mantenga por encima de la línea de flotación. Uno ya tuvo la adolescencia para deprimirse en todos los tonos y colores posibles, ahora no se puede dar esos lujos. Se posterga entonces por tiempo indefinido la cosecha de las amargas verdades. Y que siga la fiesta.

domingo, 9 de enero de 2011

El Clandestino


Debido a la miríada de comentarios recibidos por el post anterior, y dado que me debo a mi público (presente y televidente), he decidido continuar el tema, añadiendo una historia del final de mis días de colegio en 1986. Si bien el colegio donde estudié fracasó en su intento de impartir una educación de excelencia y formar católicos convencidos, tuvo bastante éxito en su objetivo de reprimir toda expresión creativa sospechosa de individualidad y libre pensamiento. Sin embargo, fue gracias a esa manía persecutoria de calaña paulina que vio la luz un pasquín que yo escribía casi en su totalidad y que fue, debo reconocerlo, mi primer (y hasta ahora único) éxito de ventas.

Todo comenzó una fría mañana primaveral, cuando me topé en un pasillo con Chulapa, un esmirriado y algo excéntrico muchacho al que le gustaba escribir y por entonces editaba un pasquín escolar digamos oficial. Le pregunté cómo iban las cosas y con tristeza me dijo que le habían censurado su periódico por haber ironizado sobre una situación que involucraba profesores. La rabia me hizo decidir inmediatamente que editaría un periódico clandestino.

El Clandestino, así se llamaba, era la fotocopia de una hoja de cartulina negra tamaño oficio sobre la que pegaba textos y fotos. Los textos los escribía en una noble máquina de escribir Adler de los años 50, con el carrete de tinta bastante gastado. Eran tiempos pre-computadora (al menos para mi familia) y los liquid-papers eran mariconadas de secretaria impensables para la precariedad de esa aventura editorial. Así, los errores de tipeo se corregían a lo mero macho, tachándolos con X mayúscula o directamente con una raya de plumón. Cada edición se armaba en una sola noche-madrugada, después de haber hecho las tareas (o no). Con el recorte, pegoteo y arte gráfico eventual me ayudaba mi hermano -un año menor- quien tenía nulas habilidades manuales pero que de todos modos eran superiores a las mías.

El plato fuerte de El Clandestino eran los artículos en los que criticaba con sarcasmo algunas actitudes de los profesores y autoridades, escribiendo a veces ficciones en las que se representaba el sufrimiento real de los alumnos frente a las arbitrariedades o abusos de los profesores, a los que llamaba por su apodo y no escatimaba en burlas. Por ejemplo, denunciaba a una profesora que requisaba cosas “prohibidas” en clase (revistas de surf, walkmans, juegos electrónicos, pulseras, collares, etc.) y luego –en lugar de devolverlas– las distribuía entre sus familiares, o reclamaba porque a los profesores no se les obligaba a participar de la asamblea de los lunes en la que en ridícula ceremonia teníamos que cantar el himno nacional. Había también fotos trucadas artesanalmente, columnas fijas (como “la cagada de la semana”, en la que se celebraban los errores de estudiantes y profesores en clase, ilustrada con una foto de un burro en pleno acto de evacuación intestinal), exámenes absurdos y noticias falsas. Por ejemplo, anunciaba un festival dominical con actividades especiales, como una maratón de recorrido imposible, un concurso de lanzamiento de profesores, paracaidismo con el sostén de la que nos enseñaba psicología, o actividades de pintura con los cosméticos de aquella docente a la que apodábamos “La Kiss”. Sobre el final de la aventura comencé a recibir contribuciones de documentos valiosos, como caricaturas de profesores hechas años atrás o una fotocopia de un cuaderno en el que un profesor de Educación Cívica, al que apodábamos El Opa por razones evidentes, había colocado una calificación a pesar de que en esa página había copiada una receta de brownies.

Para financiar las fotocopias del pasquín, lo vendía a un precio módico. Por precaución, las transacciones eran verdaderos pases que ocurrían durante el recreo. Salía con un fólder bajo el brazo y muy discretamente acordaba otro punto de encuentro (baños o rincones protegidos del patio) con aquellos que me abordaban solicitando en voz baja un ejemplar. Comencé distribuyéndolo en mi salón y pronto aparecieron voluntarios de los otros tres salones del quinto de media que querían venderlo en su zona. El éxito fue inmediato. El segundo número tuvo que fotocopiarse de nuevo porque se agotaron los ejemplares. En el patio se me acercaban muchachos de otros años pidiéndolo, con aires de espías o revolucionarios, pero les negaba la venta (“es sólo para quinto de media”). No confiaba en su discreción. Por un lado era muy gratificante ver en los recreos los pequeños grupos de gente arremolinados alrededor de un Clandestino, riendo y celebrando. Eso era el éxito para quien quería ser leído. Claro, es muy probable que si el pasquín hubiera sido la mitad de bueno (o el doble de malo) la muchachada lo hubiera devorado igual. Porque en estos casos lo que atrae es el tema, al margen de la calidad de los contenidos. Es el caso de las noticias de farándula o los blogs de la nostalgia, no importa lo mal escritos que estén o lo insulso del texto, siempre son muy leídos. Como sea, en esos meses finales de 1986 yo me sentía realizado. Por otro lado, ese estado feliz de las cosas no tenía cómo durar mucho, era imposible mantener el secreto del periódico con tantos ejemplares dando vueltas.

El Clandestino fue descubierto en su quinta edición, poco más de dos meses después de la primera. De todos modos lancé poco después un sexto número, una edición especial de tres páginas (por los dos lados), titulado “Descubiertos pero no callados” con un extenso editorial en el que ensalzaba ardorosamente el valor de la libertad de expresión. Se vendió con mucho más cuidado, pero se vendió (y más caro). Tuvimos la mala suerte de que el ejemplar capturado, el número 4, contuviera el artículo más ofensivo de todos, en el que me despachaba a piacere con una profesora (“La Cornetera”) que estaba obsesionada con castigar -a veces con justicia, muchas veces sin ella- a un compañero. No había lugar a segundas interpretaciones con la identificación, pues describía el curso que ella dictaba (Educación Artística). En ese momento, sin que lo supiéramos, comenzó a arder Troya.

Un día me llamó a su oficina el director de normas educativas (lo apodábamos Tin Tan) y me dijo con su mejor tono Columbo “Ya sabemos lo del periódico clandestino”. Palidecí, pero mi preocupación duró muy poco porque inmediatamente añadió “Creo que sé quienes son y quiero que me confirmes si son ellos”. Para entender mejor esto hay que explicar que yo llevaba una suerte de doble vida en el colegio. Como tenía muy buenas notas y destacaba en los deportes, los profesores tenían una buena imagen de mí y en ocasiones hasta me encargaban el cuidado de mi clase. Para ellos yo tenía un fuerte olor a ñoño. Pero yo aprovechaba esa posición oficial para fomentar, organizar y/o encubrir los desórdenes de mis compañeros, en los que a menudo también participaba. Volviendo a la conversación, yo le dije que sinceramente no estaba seguro de quiénes lo escribían porque parecía que el secreto estaba muy bien guardado. Dibujando cada palabra desde su estilizado bigotito, Tin Tan me dijo que sospechaba de Chulapa como autor intelectual y del Gordo N como financista. El pobre Chulapa apenas había colaborado con un par de artículos porque en esa época su fuerte eran los sonetos, y eso no tenía mucha salida desde fines del siglo XVI. Ya sabemos que el pasquín se autofinanciaba, así que el Gordo N era absolutamente inocente de haber financiado El Clandestino, aparte de haber comprado los seis números. De todos modos, con el tiempo ha quedado en evidencia que el buen Tin Tan no estaba muy desorientado. Chulapa es hoy un exitoso guionista del programa más visto de la televisión peruana. Y la última vez que vi al Gordo N, en un reencuentro escolar el 2006, se bajaba de un enorme BMW custodiado por un guardaespaldas.

Un par de semanas después, la profesora encargada de mi clase (la misma que practicaba la caridad comenzando por casa) nos sermonea largamente sobre los horribles e injustificados contenidos del Clandestino y nos amenaza diciendo que si el o los culpables no confesaban sus fechorías o eran acusados por algún compañero, no habría ceremonia de graduación para nosotros, por más que lloraran los padres. En esa clase estábamos Chulapa, el Gordo N y yo, así que supongo que ellos seguían encabezando la lista de sospechosos. Se produjo un largo silencio que temí se rompiera con alguien delatándome en voz alta, y antes de que ocurriera me puse de pie. Ignorando los “Nooo” que ya comenzaba a escuchar, y con talante muy serio, le dije a la profesora algo así como “Muchos de nosotros sabemos quiénes escribían ese periódico, pero al haberlo comprado hemos formado parte todos de eso; por eso no me parece justo que se castigue solamente a los que lo escribían, cuando han sido tantos los que lo han apoyado, esto es como lo de Fuenteovejuna…”. La profesora, frustrada, me mandó callar y repitió su amenaza, la que finalmente no se cumplió.

Yo pensaba que así terminaba la breve historia de El Clandestino, cuyos ajados originales todavía conservo. Pero en ese reencuentro 20 años después de haber salido del colegio, a alguien se le ocurrió la idea de incluirlo en la velada y me pidió que llevara unas copias. Así lo hice y me sorprendió la importancia que le dieron al pequeño pasquín. Muchos se acercaron a felicitarme, revivir anécdotas, y hasta llegaron a pedirme que les firmara sus ejemplares para el recuerdo, posando para la foto mostrándolo. A la mayoría de la gente no la veía desde 1986, y yo no vivo en el Perú desde el 93, así que fue emotivo volver a verlos (en algunos casos el desafío fue reconocerlos). Fue también muy especial ver otra vez, veinte años después, pequeños grupos de gente arremolinados alrededor de un Clandestino, riendo y celebrando. Valió la pena.

domingo, 12 de diciembre de 2010

¿Tú escribes?

Esa pregunta rara vez era sincera. Cuando alguien te preguntaba “¿Tú escribes?”, antes que buscar identificarte como un animal de su misma especie, o un cómplice de sensibilidades particulares, casi siempre se trataba de acortar el tiempo de respuesta para añadir –con aire misterioso– “yo también escribo” y a continuación mencionar temáticas favoritas, estilos siempre especiales, autores preferidos, un nutrido catálogo de obras por escribir, o simplemente ruido en forma de palabras. Por eso, en un gesto que podría malinterpretarse como solidario, yo generalmente minimizaba la respuesta. Eso casi siempre. En un par de ocasiones contesté simplemente “Sí, y también sé leer”.

Bueno, a esta altura del blog, y de la novela aparentemente condenada a inedición perpetua, y el libro de cuentos con similar sentencia, creo que es claro que escribo. Si escribo mal o bien, esa es otra historia, de la que podemos hablar en otro momento (sin testigos). Entonces se puede pasar a la siguiente pregunta, esa que siempre le hacen a los escritores: ¿Por qué escribes? Vargas Llosa la acaba de contestar en su algo decepcionante discurso al recibir un largamente merecido Premio Nobel (ver Puente Aéreo): escribe para huir de un mundo que –sobran las razones– no le gusta. Alguien pensará que hacerme esa pregunta yo mismo es en cierto modo firmar un acta de rendición, una aceptación tácita de que nadie me lo preguntará nunca. Pues creo que ese alguien no se equivoca. Como sea, hoy sencillamente quiero intentar respondérmelo.

Aparte de ver a mi madre siempre leyendo (y releyendo; Anna Karenina, no menos de seis veces), lo que en realidad podría explicar el apego a los libros pero no el hecho de escribir, tengo dos recuerdos de infancia que hablan de un escribidor en ciernes. El primero es a una edad indeterminada (7, 8, 9). Había alguien de visita en mi casa y yo le mostré “un libro que acabo de escribir”. El “libro” consistía en cuatro o cinco páginas de cuaderno escritas por un solo lado. El título era “El hombre que se auto-destruyó”. El argumento era simple: un hombre al que la vida le sonreía razonablemente, un buen día comienza a usar drogas, pelearse con los vecinos, robar autos y matar gente… hasta que la policía lo encarcela. Por supuesto, los nombres de los personajes eran Richard, Mike, George, Tom, y similares. Puedo argumentar en mi defensa que la lectura que estaba siempre a mano en el baño era Selecciones del Reader’s Digest (hace poco quebró, para felicidad de los que aman la literatura y detestan el imperialismo cultural; recuerdo que en Rayuela el tiraje del Reader’s Digest era un motivo de depresión).

El segundo episodio fue en el colegio, a los ocho años. La maestra manda a hacer como tarea-concurso un poema al libro (dejando tranquila a la vaca por esta vez). Yo me entusiasmo y hasta intento hacerlo rimar. Remato con lo siguiente:

“… el libro es un valioso tesoro,

y le sirve al judío, al cristiano y al moro.”

En lugar de felicitarme, la maestra me descalifica porque “eso no lo puedes haber escrito tú, no vale que los padres hagan la tarea”. Vieja amargada, mal follada y peor abrazada, qué sabías tú lo que puede o no saber un niño curioso. Vieja infeliz, mal pagada y bien hecho que así fuera, no quisiste creerme cuándo repetía casi gritando, casi llorando, que eso lo había escrito yo. Vieja ignorante, preferiste la amenaza autoritaria antes que intentar usar por primera vez tu cerebro y descubrir –después de un par de preguntas– que no mentía. Hmm, parece que 32 años después todavía me molesta un poco el asunto. Vieja de mierda.

En el mismo colegio, ya en la adolescencia, recuerdo que después de un ejercicio de escribir un relato el profesor de Literatura me felicitó. Era un viejito muy tierno, sobre todo con las mujeres. Nosotros lo llamábamos “Don Juan Tenorio”, y él a veces lo escuchaba y no podía ocultar su orgullo por saberse reconocido como galán. Pero el apodo tenía otro origen. Resulta que el sexagenario profesor, bastante entrado en carnes, usaba pantalones que, al sentarse, ajustaban su entrepierna y entonces era muy evidente el relieve de un testículo de dimensiones colosales. Es por ello que el apodo completo era “Don Juan Tenorio… el huevo más grande de este territorio”. Pero él nunca se preocupó de entender la segunda parte. Bueno, se supone que iba a hablar de mis primeras inquietudes literarias y no de los genitales externos de mis profesores. El relato en cuestión se llamaba “Aventuras folklóricas en el micro” y narraba las peripecias de una mujer indígena en un micro atiborrado de pasajeros, buscando a su pequeño hijo extraviado en la hacinada multitud. Años después he reconocido algunos tintes racistas en esa historia, que primero me avergonzaron pero luego he podido perdonar al considerar el entorno en el que crecí. El caso es que al profesor le parecieron interesantes algunos giros humorísticos, como cuando la mujer le pide ayuda a un policía y al pedírsele una descripción del niño ella menciona una serie interminable de prendas de vestir, todas de diferente color, y añade que al niño, que se llama Johnny, lo apodan “Marciano” y que sabe contar hasta cinco.

Al entrar a la universidad a estudiar biología, ya había escrito un par de cuentos, en parte motivado por la lectura de Julio Ramón Ribeyro, a quien idolatraba (hablar de influencias sería petulante). A poco andar hubo un concurso y me animé a participar con dos nuevos cuentos, que terminaron ocupando el primer y el tercer lugar. No es mucho el mérito porque participaron menos de veinte concursantes y, según se supo, algunos cuentos eran de tal calidad que sus autores merecían un castigo ejemplarizador en una plaza pública. De todas maneras, esto me hizo pensar por primera vez que quizás yo tenía algún talento para escribir. El primer lugar lo obtuvo un cuento que ya posteé acá (No ha pasado nada) y el premio era una beca para asistir a un taller de narrativa que impartían los jurados, todos miembros de una asociación cultural, todos muy simpáticos y condescendientes. En ese taller aprendí varias cosas. Una de ellas es que hay gente muy rara en el mundo. Entre los alumnos, había una mujer que siempre quería leer sus textos, supuestamente cuentos, que en realidad eran delirios incomprensibles (una mezcla de poesía experimental y un generador aleatorio de palabras) y que terminaban súbitamente, al parecer cuando se le había terminado el espacio en el papel. Había una muchacha de expresión ida que nunca leyó nada ni dijo nada, aparte de saludar y despedirse (con lo cual descarté mi hipótesis inicial de que era muda). Destacaba también un hombre de ascendencia oriental que, invariablemente, demolía sin misericordia todo lo que escuchaba, con o sin buenos argumentos. Su rostro, en principio inescrutable y acosado por un sudor perenne, parecía sonreír cuando enumeraba su rosario de críticas devastadoras, ruines, malsanas. Cuando me tocó leer a mí un cuento más bien irregular, él no dejó el menor asomo de duda: yo no tenía ningún talento para escribir.

Han pasado casi veinte años desde entonces. Se me cayó el pelo, aparecieron las canas, perdí la fe en un ser superior y redefiní mis expectativas de y criterios para un mundo mejor, pero he seguido escribiendo. A pesar de la intensidad con la que me dedico a mi trabajo (investigador científico) y a mi familia, no he podido dejar de escribir. Creo que esa es la respuesta más precisa. Escribo porque no puedo dejar de hacerlo, porque es un desafío que me da placer, porque me seduce la belleza de las palabras y la agudeza de las tramas, porque encuentro un sentido en buscarlas incluso cuando no las encuentro. Creo que escribir es una forma de trascender, de dejar algo para después de haber pasado por este mundo, no importa que al final de los tiempos a uno lo haya leído apenas un puñado de lectores que en realidad buscaban otra cosa. En ese sentido veo a la creación literaria cercana a la creación humana: tener hijos, dejar frutos, con la esperanza de haberlo hecho bien. Entre los libros que leo y las letras que escribo, la literatura toma un pedazo de tiempo importante de mi vida. Imagino argumentos y me entretengo con juegos de palabras mientras manejo de regreso a mi casa, corto el pasto el fin de semana, pierdo el tiempo bajo la ducha, o desayuno en silencio. He subido al blog parte de todo lo escrito. Cada cierto tiempo junto ánimos, papel y tinta, y mando el libro de cuentos a concursos literarios. El mes pasado supe que había obtenido una mención honrosa en el concurso de la Asociación Peruano-Japonesa, que tiene bastante tradición. Un buen estímulo, claro, pero yo quería el primer lugar; no por la plata o por el reconocimiento, sino por la publicación del libro. Porque uno escribe para que lo lean (sí, ya sé que este blog no lo lee nadie, pero eso es otra cosa). La primera novela, que terminé el 2003, cuando mi hijo tenía un par de meses de nacido (hay una foto muy linda en la que escribo con una mano y con la otra lo sujeto dormido sobre mi hombro), la he mandado a una docena de editoriales, con una consistente cosecha de amables cartas de rechazo. Pero no me rindo. No solamente me alientan las decenas de historias de escritores ahora reconocidos que en su momento tuvieron que cruzar el desierto de la indiferencia repetida. También me ayuda a encontrarle un sentido a esta obstinación el que después de releer la novela vuelva a creer que es un texto rescatable. Se publica de todo, libros buenos, regulares, malos y los de Coelho. ¿No habrá un lugar para este inservidor? Por un momento pensé en la autoedición, pero al ver la calidad de los libros que se publicaban por ese medio me desanimé; no quería esa corte de los milagros como compañía. Hubo un tipo de una conocida editorial limeña que, como toda respuesta, me dio una tarifa (dos mil dólares), sin haber leído el manuscrito. No es cuestión de plata, es cuestión de orgullo, tal vez. En fin, seguiré escribiendo y seguiré insistiendo en publicar lo que escribo. No descansaré hasta encontrarme impreso en un anaquel de una librería, recinto sagrado al que acudo en peregrinación en cada ciudad que visito, y que se ha convertido en un hermoso vicio familiar. La segunda novela la comenzaré a escribir en las próximas semanas. Esta historia continuará.

sábado, 20 de noviembre de 2010

De gigantes y genios


Ahora que MVLL ganó el Nobel de Literatura muchos entendidos han vuelto a creer en el premio, y me anoto en la lista. No es poca cosa que un premio mantenga su integridad, en estos tiempos viles en los que se sabe que los premios Planeta y los Alfaguara se ofrecen a plumas connotadas, siendo entonces mera comparsa la centena de ingenuos que envían manuscritos y guardan esperanzas (yo estoy en la foto, aunque no se me ve). Debieran guardar sus manuscritos y enviar sus esperanzas a otra parte donde sean algo menos imposibles.

Hablaba de la opinión de los entendidos. Bueno, también están los desentendidos que, por desgracia o mala suerte, nos hacen llegar su opinión porque escriben en los medios que leemos. Muchos de los que hoy llenan columnas sobre MVLL -y hablan del genio por fin reconocido- no han leído sus libros, así que son algo así como ruido de estática en una transmisión radial de un concierto de Brandenburgo. En medio del océano de lugares comunes, chauvinismos que lo dejan a uno con ganas de ser apátrida, y simples monsergas, siempre hay alguna isla que rescatar. Me gustó mucho una columna aparecida en El País y firmada por el novelista Javier Cercas (tengo "Soldados de Salamina", pero todavía no la leo, así que no puedo opinar de la calidad literaria del sujeto) en la que decía que con las primeras tres novelas el peruano ("el Perú soy yo" dijo en su primera conferencia de prensa, vaya frase para el bronce y el análisis) ya estaba para Nobel, y que lo que vino después ha sido, y seguirá siendo, una sacada de lengua desde el horizonte a todos los que tratan de seguirle el paso. Me encantó la humildad del colega que se reconoce incapaz de competir con el gigante. En Vargas Llosa hay tanto, pero tanto oficio (y disciplina, y pasión) que llegó a un Parnaso inalcanzable sin ser un genio. Y eso es lo que quería comentar.

Genio era Vallejo. A MVLL se nota que le cuesta (y esto no lo oculta, todo lo contrario) al leer las columnas para las que no dispone de tanto tiempo para corregir ni tanto espacio para desplegar su portentosa arquitectura del texto. Su libro de "Así se escribe" (Cartas a un Joven Novelista) es opaco, un anticlímax constante; uno parece estar escuchando a un profesor con mucha dedicación pero sin talento natural para la enseñanza. Todo lo contrario del delicioso On Writing de Stephen King. Vargas Llosa no es un genio que, como dice Sabina, para hacer poesía sólo tiene que mover los labios. Por eso tiene más mérito su logro, porque es alguien que no nació para eso. Es la historia de un gordito con pie plano que un día descubrió que su pasión era la maratón y dejó a un lado todo (todo) para correr y correr. Todos los días. Todos los santos (o malditos) días. Hasta que una mañana de otoño boreal alguien con acento sueco le dijo al teléfono que había ganado la maratón olímpica. MVLL dejó sus estudios, su seguridad económica, su país y su familia (materna) para seguir su pasión por escribir. Una vez instalado como escritor, postergó a sus hijos y convirtió a su mujer en algo así como su manager-secretaria para ocuparse únicamente de su oficio de escritor, exonerándose de todas las obligaciones domésticas y mundanas. Tanto postergó todo lo demás que su desarrollo de ideas políticas es de una simpleza y fragilidad escalofriantes, reduciendo toda la complejidad del mundo a cuatro ideas en las que sobresale la libertad para dominar a y hacer negocios a costa de los perdedores (El Lenguaje de la Pasión es insufrible por esa razón). Pero si uno se olvida del mentecato político puede admirar mejor al gigante literario. Mi favorita es Conversación en La Catedral, por lo local y universal, por la intimidad y la crónica política, por el desencanto milimétricamente lúcido, porque es un monumento a la novela, finalmente. También me cautivó La Fiesta del Chivo, un thriller impecable que al mismo tiempo abre las cloacas de la condición humana hasta hacernos ver que no hay aguas totalmente limpias ni sucias.
Me gustan las definiciones de genio de Schopenhauer (Talent hits a target no one else can hit; genius hits a target no one else can see) y de Sábato (Un genio es alguien que descubre que la piedra que cae y la luna que no cae representan un solo y mismo fenómeno). Dicho esto, es claro que MVLL es gigante, pero no genio. La lista de genios la tenemos todos. Pero también están lo que fueron al mismo tiempo genios y gigantes. Los que teniendo la chispa divina trabajaron como si no la tuvieran, los semidioses griegos que sudaban como esclavos negros, los que nunca se sintieron satisfechos con su enormidad, los que multiplicaron distancias que ya eran inalcanzables. Esos son pocos, pero les debemos buena parte de lo que somos. Newton, Darwin, Bach, Leonardo, quizás Edison. Allí están, en el Olimpo, sonriéndonos cada noche desde el cielo estrellado, repitiéndonos -aunque no lo entendamos- que el mayor de los recorridos no deja de ser una suma de pasos.

lunes, 18 de octubre de 2010

Palabras que no sobren

Palabras que no sobren

Uno de los temas inevitables en este blog, y tantos otros, es su sentido. Este liviano blog-existencialismo hay que tratarlo como a los defectos propios o a los hijos feos, con cariño y paciencia. Es decir, no maldecir por el permanente replanteo del curso de navegación o el color del barco. No hay camino sino estelas en la mar, dijo el poeta lejos del hogar. Hay que quererse, con perdón de la cacofonía.

Las Palabras se llama la biografía de Sartre (hablando de hijos feos). Y eso es todo. El resto es silencio. Quiero decir, como decía alguien que no recuerdo bien, que si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor quédate callado. Qué maravilloso sería el mundo. Y cuando digo belleza quiero decir tanto música, eufonía y juego virtuoso, como profundidad, revelación y sentido. El texto puede ser bello de muchas maneras distintas, pero nunca debe dejar de ser necesario. Si le falta fondo, que encandile la forma, y viceversa generosa. Un viejo profesor de Lengua en una Facultad de Ciencias -personaje decimonónico de bastón y monarquismo- decía, refiriéndose a las mujeres: “Si bella… para qué virtuosa. Si virtuosa… para qué bella”. Sabiduría químicamente pura.

Volviendo a las palabras. Basta que Sabina diga “este rosario de cuentas infelices, calla más de lo que dice, pero dice la verdad” para que el ida y vuelta del entendimiento gozoso, con repaso y sospecha, sea como una figura imposible de Escher que se cierra al quedar abierta. Pero, cruzando la calle, también están las palabras con peso. De eso trataba un artículo que escribí a fines del 2001 y que se publicó en Espaces Latinos. Aquí lo copio.

Palabras, palabras, palabras

Se escribe mucho. Todo el mundo se queja de que se lee poco, pero nadie se queja de que se escribe mucho. Las palabras vacías llenan nuestro tiempo. Acechan desde revistas, periódicos y libros; desde el papel y desde la pantalla de internet. Hay discretas copias de copias de bestseller, ostentosas reiteraciones de verdades de Perogrullo, y serenos homenajes a la estupidez promedio. La levedad se hace cada día más insoportable. Hace más de medio siglo se agobiaba ya Vallejo: “¡Y si después de tantas palabras no sobrevive la palabra!”. Aquel que pueda refutarlo que lance el primer silencio.

Sin embargo, también hay palabras que pesan. Palabras que no sólo no se las lleva el viento sino que cargan las espaldas de nuestras conciencias. Palabras duras, en el borde de la derrota final; palabras llenas de absoluto, que no se escriben para el aplauso. El mismo Vallejo escribió alguna vez:

“...El dolor nos agarra, hermanos hombres, por detrás, de perfil (...)

Y también de resultas del sufrimiento, estoy triste hasta la cabeza,

y más triste hasta el tobillo (...)

¡Cómo, hermanos humanos, no deciros que ya no puedo y ya no puedo...”

Y en ese Paris con aguacero en el que durmiera el peruano Vallejo se desvelaba años después el rumano Emil Cioran. El insomne y maldito Cioran que antes de cumplir treinta años escribiera:

“Ni los hombres, ni siquiera los santos, tienen nombre. Sólo Dios lo posee.

Pero, ¿Qué sabemos nosotros de El, sino que es una desesperación que

comienza donde acaban todas las demás?”

Finalmente, mucho más allá de los Pirineos, y mucho antes que Cioran y Vallejo, hubo un empleado en una oficina de contabilidad que escribía cada noche en su buhardilla. Un enjuto y taciturno burócrata que descubrió a orillas del Tajo que era él y otros más al mismo tiempo. En algo así como su diario, y sin saber jamás que sería leído, Fernando Pessoa escribió:

“Me he dado cuenta, en un relámpago íntimo, de que no soy nadie. (...)

Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo

a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie. No sé sentir, no sé

pensar, no sé querer.”


Muy lejos de Europa y cerca del fin del mundo, Eduardo Miño escribió a fines de noviembre del año 2001 una frase cargada de dolor verdadero: “Mi alma, que desborda humanidad, ya no soporta tanta injusticia”. Pero, a diferencia de Vallejo, Cioran y Pessoa, Eduardo Miño no era un escritor, ni tampoco escribió otros textos después de esa frase. Con esas palabras terminaba la carta que Eduardo Miño, un obrero chileno, entregó a los testigos minutos antes de prenderse fuego enfrente del Palacio de La Moneda en Santiago. En un juego de espejos para la ironía, Eduardo Miño se inmoló en el mismo lugar donde se inmolara el socialista Salvador Allende en 1973, pero protestando por la omisión cómplice del gobierno del socialista Ricardo Lagos, cuya política económica es la misma que la de los enemigos de Allende. Eduardo Miño (repito su nombre para que se grabe en la memoria) no murió en un combate callejero como Carlo Giuliani, a quien alguna prensa despistada ha bautizado como “el primer mártir de la globalización”, como si buena parte de los más de 20,000 muertos diarios por hambruna y enfermedades curables no fueran a la cuenta del neoliberalismo global. No, Eduardo Miño se quemó a lo bonzo. Su coraje supremo tiene más de derrota interna que de rabia desatada. Eduardo Miño se rindió y quiso que todos lo supiéramos. Y para eso eligió cuidadosamente sus palabras últimas e identificó a los culpables de su sacrificio, para que no quedara lugar para la especulación o la desinformación interesada.

Así partió Eduardo Miño, ignorando que sus palabras, al menos por un día, darían la vuelta al mundo. Pero la prensa ya no habla de él, porque ahora la rabia es argentina y apedrea los bancos y saquea supermercados. Los responsables locales del desastre siguen reciclándose en candidatos a mesías. Los responsables foráneos siguen exigiendo orden y garantías para poder continuar con su política de saqueo institucional de las riquezas de Latinoamérica. Y mientras el Río de la Plata se acerca cada vez más a la Costa de Marfil, los corruptos de siempre exigen moralización hoy. El mundo sigue de cabeza. Quizás por eso el aturdimiento de los lectores. Quizás no sea culpa de tantas palabras vacías.

· La carta de Eduardo Miño:

"Mi nombre es Eduardo Miño Pérez, CI: 6.449.449-K, militante del Partido Comunista.

Soy miembro de la Asociación Chilena de Víctimas del Asbesto. Esta agrupación reúne a más de 500 personas que están enfermas y muriéndose de asbestosis. Participan las viudas de los obreros de la industria Pizarreño, las esposas y los hijos que también están enfermos solamente por vivir en la población aledaña a la industria.

Y han muerto más de 300 personas de mesotelioma pleural que es el cáncer producido por aspirar asbesto.

Hago esta suprema protesta denunciando:

1.- A la industria Pizarreño y su holding internacional, por no haber protegido a sus trabajadores y sus familias del veneno del asbesto.

2.- A la Mutual de Seguridad por maltratar a los trabajadores enfermos y engañarlos cuanto a su salud.

3.- A los médicos de la mutual por ponerse de parte de la empresa Pizarreño y mentirle a los trabajadores, no declarándoles su enfermedad.

4.- A los organismos de Gobierno, por no ejercer su responsabilidad fiscalizadora y ayudar a las víctimas.

Esta forma de protesta, última y terrible, la hago en plena condición física y mental como una forma de dejar en la conciencia de los culpables el peso de sus culpas criminales.

Esta inmolación digna y consecuente la hago extensiva también contra:

- Los grandes empresarios que son culpables del drama de la cesantía que se traduce en impotencia, hambre y desesperación para miles de chilenos.

- Contra la guerra imperialista que masacra a miles de civiles pobres e inocentes para incrementar las ganancias de la industria armamentista y crear la dictadura global.

- Contra la globalización imperialista hegemonizada por Estados Unidos.

- Contra el ataque prepotente, artero y cobarde contra la sede del Partido Comunista de Chile.

Mi alma, que desborda humanidad, ya no soporta tanta injusticia".