Vuelvo a escribir después de un buen rato. Una de las razones para no hacerlo era no tener el tiempo y la calma para hacerlo como quisiera. En otras palabras, no me animaba al quicky, al rapidito, al peor es nada, en versión relaciones textuales. Y he ahí al maligno oculto tras la vana excusa como la traicionera sierpe bajo el leño reseco en la yerma estepa (Epístola a Timoteo, textículos uno y dos, ambos hinchados). Porque así pasan los meses y no pasa nada. Es la tara de pretender subir posts bien acabados y redactados (o sea, un texto ni precoz ni procaz), informados, redondos, amenos, ni muy largos ni muy cortos (con lo que la geometría se fue al carajo porque antes dije redondos y no hay círculos largos). En fin. No debo olvidar que a lo mejor, por error, claro está, alguien lee este blog. Tal vez alguien quería saber el precio del kilo de pepino en los mercados de Tacna y Google lo mandó a mi blog porque tengo un post donde hablo del loco-micro en la Avenida Tacna y otro donde recuerdo a cara de pepino. Bastaría un lector o lectora como estímulo. Como cuando dictaba clases en el pregrado a hordas de palurdos ignorantes y descubría que había unos tres o cuatro que se diferenciaban de la masa oligofrénica porque usaban sus conexiones neuronales y les gustaba la clase. Para ellos era la clase y por ellos se justificaba todo esfuerzo al prepararla. Bueno, volviendo al punto, tal vez la idea sea simplemente hacerle caso a Wilde cuando dice que para escribir se necesita cumplir con dos requisitos: tener algo que decir, y decirlo.
viernes, 22 de enero de 2010
Vanas excusas
domingo, 13 de diciembre de 2009
El sorteo
“Te vas a arrepentir de tanta cojudez solidaria”. Recordó esa frase –la última que le dirigieron al salir de su casa– en el momento más crítico. El sol, inusualmente fuerte para las ocho de la mañana de un lunes de octubre, estaba derribando sus últimas defensas físicas y, lo que era peor, amenazaba con poder lograr lo que dos amorosos, decididos, y finalmente tercos padres no habían logrado: estaba por convencerse de que realmente había sido una cojudez haber porfiado para ir a hacer la cola del sorteo del servicio militar, como cualquier hijo de vecino, cuando el tío Oscar le podía arreglar el asunto por un módico precio: un lonchecito de domingo, con valses, butifarras y mentiras sobre escaramuzas con los ecuatorianos, además de las infaltables cervecitas heladas. Pero él no quería venderse así de fácil. A sus diecisiete años tenía una ética y, sobre todo, una incipiente conciencia social de identificación con los más humildes que le había dado las fuerzas para enfrentar a sus padres, rechazar los privilegios y decidir acudir al llamamiento oficial aparecido en el periódico. Pero ahora el asunto no se veía tan fácil. Estaba parado allí desde las seis y veinte, hora en que, sobriamente, se colocó detrás de los ocho madrugadores que lo habían antecedido y se dedicó –qué remedio– a observar el paisaje. El cuartel estaba en un malecón, así que se podía observar la playa. No había bañistas, esa playa estaba convertida en un basural. En otro lugar o tiempo los coloridos promontorios de desechos habrían sido dunas grises y los escuálidos gallinazos plomizos serían vivaces gaviotas blancas, pensó. La única figura humana que se podía ver era la de un hombre con sombrero de paja que arrastraba un costal y rebuscaba en la basura. Imaginó la emoción de aquel hombre al descubrir algo valioso en medio de tanta podredumbre, y se dijo que hurgar la basura también podía ser emocionante. Mientras veía planear a los alcatraces hambrientos y constataba que sus limpias zapatillas blancas rompían una suerte de uniformidad de polvorientos zapatos negros de taco grueso (y medias guindas de nylon), transcurrió la primera media hora y la cola superó la veintena de potenciales víctimas del servicio militar.
En la cola, que nacía en las narices de un soldadito cetrino y retaco, y moría mucho más allá de la esquina visible, figuraban conspicuos representantes de una Lima cada vez más híbrida. Desde el hijo-ayudante de vendedor ambulante con algún Terokal en su niñez, hasta los arribistas de clase media venida a mucho menos, respirando superioridad y distancia desde su ropa moderna. No era casual la ausencia de niños-bien; la inmunidad nacida del dinero incluía estos menesteres. La espera se le hacía menos tediosa cuando entraba en escena ese recurrente comportamiento de masas tan cómico como absurdo: cada vez que alguien giraba la cabeza súbitamente, los vecinos de cola primero y luego, en efecto dominó, todos los demás, volteaban también la cabeza buscando la causa de la repentina curiosidad del otro, terminando por desilusionarse por la inexistencia del supuesto evento, sólo para más tarde repetir el inútil ritual ante el mismo estímulo. Se acordó de su profesor de biología, quien acostumbraba decir que no habíamos dejado de ser primates.
Eran ya las nueve y diez cuando abrieron por fin el portón y, al son de los gritos destemplados del alférez a cargo, reprodujeron en el patio interior la fila formada afuera, pero esta vez parados, firmes y en silencio. Le pareció inapropiado que los trataran como conscriptos cuando el trámite a realizar, el sorteo, era precisamente para definir si serían reclutas o no. Pero desechó pronto la idea de usar el sentido común para analizar la situación, recordaba muy bien la autosuficiencia y el desdén con el que el tío Oscar se refería a “los civiles”. No habían pasado diez minutos de tensa calma cuando la voz del alférez tronó.
- O sea que tú eres bacán, ¡Ah! ¿Vivo eres, no?
- ...
- !Ya carajo! ¡Cincuenta ranas o te quedas guardado tres días!
Algún imprudente había desobedecido la orden de mantenerse en pie e inauguraba así la serie de gritos y castigos que habría de marcar la rutina de la siguiente hora, en la que la angustia sustituiría de a pocos el tedio de la espera incierta. Los ánimos de aquellos jóvenes aún anónimos (pronto comenzarían a gritar sus apellidos por un megáfono) estaban ya mermados. La curiosidad y las sonrisas disimuladas que inicialmente habían acompañado la contemplación de los castigos físicos ahora daban paso al temor a ser los siguientes, sin razón aparente. Los demás comenzaban también a desterrar el sentido común de sus reflexiones. Él se preguntó si algún otro estaría pensando también en Kafka, y no pudo evitar un leve sentimiento de culpa después de prejuzgar que pocos o ninguno conocerían al escritor. De pronto le llamó la atención un muchacho pelirrojo, flaco y pecoso; parecía asustado. “Ese colorado fijo que sale sorteado. Tiene cara de perdedor innato, y encima pelirrojo, pecoso y cabezón el pobre. Cargar con esa cara y esa cabeza ya es abuso. Además mira como pidiendo disculpas por existir, eso va a provocar más a los aprendices de sádico que nos están vigilando. Pobre, ése es número fijo, ya está jodido”.
Emprendió lentamente la caminata de regreso con ese andar tan particular que sólo los derrotados poseen, sin más compañía que la imagen recurrente del tío Oscar sonriéndole, cachaciento, victorioso; así volvió a ser asaltado por esa especie de odio que alguna vez había sentido escuchándolo hablar de la conveniencia de aplicar una política de “tierra arrasada” para combatir la subversión. “Mira Mechita, si tirándome cincuenta campesinos me voy a bajar a cuatro terroristas, bien tirados están. No hay alternativa. ¿O quieres que les tiremos piedritas con una honda? No pues, la cosa no funciona así. Estamos en guerra, y la guerra la saben hacer los militares, no los políticos blandengues que son puro bla-bla.”
La vereda agrietada, las paredes sucias exhibiendo todavía algunos panfletos de propaganda política, un grupo de perros persiguiendo a una perra en celo, una niña cargando una galonera vacía y cantando el último comercial de shampoo. No reparó en los componentes del paisaje que hacían un contrapunto con la luminosidad del día. Tampoco se dio cuenta de la súbita agitación que siguió al estruendo de dos detonaciones casi simultáneas. Estaba demasiado concentrado en el drama que se le avecinaba, y trataba de recordar si era Lalo o Arturo el que tenía un primo que podía conseguir una libreta militar falsificada. Un hombre y una mujer de aproximadamente su misma edad pasaron a su lado corriendo mientras una señora en alguna ventana gritaba desesperada.
Un golpe en la cabeza, inapropiadamente fuerte para alguien que está de espaldas y no está huyendo, lo derribó. Todavía consciente, sintió cómo llevaban sus brazos hacia atrás mientras algo pesado le apretaba la espalda y algo pequeño y frío entraba en contacto con su nuca.
- Te jodiste conchetumadre, te vas a arrepentir de haber nacido. Vamos a ver si eres tan valiente ahora, terruco de mierda.
Las sacudidas y el ulular constante de una sirena lo despertaron. Aparentemente estaba en un automóvil, a juzgar por el ruido del motor y las sacudidas, pero estaba muy oscuro. Dedujo que quizás estaba en la maletera. Tenía las manos atadas en la espalda. Estaba confundido, el dolor en la cabeza no le permitía pensar con claridad, descifrar la secuencia de hechos que lo había llevado a esa situación. Antes de buscar una salida, quería entender por qué estaba allí. Soportando el dolor y la falta de aire, pudo poco a poco rehacer el camino de la mañana, la espera en la cola afuera del cuartel, la ansiedad una vez adentro. De repente recordó al pelirrojo aquél, al nacido para perder. Reconoció entonces su error: el pelirrojo no había salido sorteado, y él sí.
(1991)
domingo, 6 de diciembre de 2009
Nada de lo que brilla es oro
sábado, 28 de noviembre de 2009
La mujer más fea del mundo
La mujer más fea del mundo
Puede ser que tengas razón, que sea una exageración, y hasta un agravio, decir una cosa como esa, que era la mujer más fea del mundo, pero te juro que nunca había visto una mujer tan fea. Y vaya que he visto mujeres. No Raúl, no lo digo por joder, lo de Marcela y yo fue una tontería de una noche de fogata y guitarra en la playa, no pasó de eso. Y ya te lo he dicho mil veces: fue antes de que ustedes se comprometieran. Además ahora están felizmente casados, si no me equivoco ya son tres años, ¿no? Bueno, tampoco te pongas así, yo no sabía lo de ella con Alberto, ese hijo de puta, nunca me gustó. ¿Y cómo iba a saberlo si tú nunca me cuentas nada? A veces creo que olvidas quién soy. Soy Ricardo, tu mejor amigo desde hace 18 años, el que te presentó a Marcela en esa fiesta. En realidad no mereces que te cuente esto, pero en fin, todo sea por llegar a Arica con los huesos sanos. Bueno, volviendo al relato, te decía que era, lejos, la mujer más fea que alguna vez vi. Claro, tú dirás que las octogenarias desdentadas o verrugosas pueden ser más feas, pero no se trata de lo mismo. Uno ya no mira a las ancianas como mujeres-mujeres sino como abuelitas querendonas, amigas del dulce y del tejido, hay hasta algo de ternura en su fealdad. Además esos rostros arrugados ya no representan a esas mujeres, son apenas máscaras que la maldad ciega del tiempo les ha colocado encima. No, yo me refiero a la fealdad que choca, que obstruye y hasta inutiliza el deseo.
Mónica se despierta por segunda vez en la mañana. Se da una vuelta en la cama, se vuelve a cubrir con las sábanas y, al igual que hace una hora, desiste de levantarse. No le gusta dormir sin sueño, sabe que eso la aturde, pero hoy prefiere el aturdimiento al tedio que desgasta. El día se anuncia difícil, y no tiene sentido malgastar energías conjugando el verbo esperar.
Te decía que era la mujer más fea que conocí. Bueno, tampoco se puede decir que la conocía, ella era cajera del supermercado donde todos los martes y viernes yo compraba jugo de naranja, leche y cereal chocolatado para el desayuno. A veces me acompañaba Alberto, ese hijo de puta, mejor ni acordarse de él, mira que meterse con Marcela... No Raúl, no quiero hurgar en tu herida, si te cuento que iba con Alberto es porque fue a él al que primero le comenté sobre esa cajera: gorda con la obesidad esperándola en la siguiente cuadra, pálida como monja de clausura, un acné juvenil que ya llegaba a la adultez, una cola de caballo sin gracia, cero maquillaje; en fin, compadre, no la salvaba ni opinión de madre. Alberto decía que estaba como para Fellini, pero yo de cine no entiendo mucho. Eso sí, sospecho que esa fealdad no podía pasar desapercibida ante los ojos de un artista. Con esto no quiero decir que esa fuera mi mirada. De hecho, según Mónica yo comencé a elegir esa caja, cada martes y viernes, por una mezcla de curiosidad morbosa y caridad malentendida. Yo no sé, el caso es que no podía evitar pensar en esa cajera cada vez que entraba al supermercado.
Las primeras veces no me miraba, así que no podía percatarse de que yo sí lo hacía. Yo pensaba que no miraba a los clientes para no incomodar, pero luego me di cuenta que era para poder concentrarse en su trabajo y al mismo tiempo estar lejos de allí. Sí Raúl, cuando me decía: “Buenas noches“ o “Son mil doscientos treinta“ su mirada nunca se detenía en mí. O se dirigía a la imaginaria cola detrás de mí o simplemente me atravesaba para ir a estrellarse digamos en la jamonada de pavo y luego rebotar hacia sabe Dios dónde. Yo aprovechaba mi invisibilidad para observarla con detenimiento, para fijar cada detalle de su rostro y contrastarlo con el todo. En realidad trataba de descubrir el punto fuerte y el punto débil de su fealdad. Creo que el punto fuerte era el acné. Era difícil abstraerse de ese desolado paisaje lunar. Sin embargo, una vez pude concentrarme en su rostro obviando las odiosas manchitas rojas y créeme que sus facciones eran casi armoniosas, hasta lamenté ese ensañamiento de las hormonas. El punto débil de su fealdad eran, sin ninguna duda, sus ojos. No sé si por obra y gracia de los lentes de contacto o por misericordia de la naturaleza, ella no usaba anteojos. Entonces esos ojitos café aparecían como fuera de lugar, como invitados por error a una fiesta de disfraces. Eran ojos pequeños pero muy profundos. No sé por qué pero daban la sensación de esconder algo muy grande, algo difícil de entender. Sus ojos eran definitivamente el punto de partida para cualquier demolición hipotética de su fealdad. Por supuesto que sí, Raúl, es evidente que hubo todo un proceso, que no capté todo eso la primera vez. Y no es menos cierto que, por ese mismo proceso, después de seis o siete visitas a su caja, yo ya no pensaba que era la mujer más fea del mundo.
Mónica decide por fin levantarse de la cama. La habitación del hotel está demasiado iluminada para seguir durmiendo. Se levanta tambaleante y no puede evitar pisar el libro que la acompañó hasta más de las tres de la mañana. Quería despertarse tarde para no tener que esperar mucho hasta que dieran las dos, la hora límite. Llega hasta la ventana, descorre las cortinas demasiado blancas y descubre que la eterna primavera de Arica se parece mucho a una odiosa resolana, ese cielo brillante que no es alegre ni triste y que sólo puede engendrar torpezas.
Una de las primeras cosas que me pregunté fue si tendría pareja, incluso si sería virgen. Me acongojaba imaginarla los viernes a la hora de cierre, rodeada de las otras cajeras que, retocándose el maquillaje, ostentarían en voz alta de sus salidas a bailar o de sus encuentros clandestinos con hombres casados, todos exageradamente guapos, por supuesto. La imaginaba sufriendo en silencio y regresando a su casa para aburrirse viendo televisión al lado de su madre y luego lavar los platos con agua fría. Sí Raúl, ya sé que es una exageración, una caricatura cebollenta como tú dices, pero eso es lo que pasaba por mi cabeza, y hemos quedado en que yo te cuente las cosas tal y como fueron. Bueno, sigo. Un viernes no aguanté más y llegué a comprar al filo de la hora de cierre, esperé afuera, y la seguí. No fue incómodo viajar en micro después de tantos años, lo incómodo fue que el chofer me puteara a viva voz por pagarle con diez lucas. Es que había gastado todo mi sencillo en darle mil doscientos treinta pesos a la cajera que ahora se sentaba al lado de la ventana, delante de mí, y sacaba un libro de su cartera. Aunque no tenía muchas esperanzas de poder reconocer el texto, no pude siquiera intentarlo porque una vieja a mi costado, un híbrido entre institutriz prusiana y Doña Tremebunda, tosía cada vez que me inclinaba hacia adelante para tratar de leer por encima del hombro de la cajera. Y como no quería seguir llamando la atención del respetable público después del show de las diez lucas, me resigné. Me dediqué a mirar el paisaje urbano por la ventana y a rezar que encontrara mi auto a la vuelta. Veinte minutos después me bajaba detrás de ella y tras caminar dos cuadras descubría que entraba al cine a ver “No amarás“, el director era ruso o polaco, no recuerdo bien ahora. El caso es que el título le venía muy bien a mis sospechas. De cualquier modo esa información fue suficiente para mi espíritu aventurero esa noche. Al menos ya sabía que no la encerraban en mazmorras oscuras o planchaba la ropa de un regimiento. Esa cajera a lo mejor no era desgraciada. Pero ese título...
Pronto me di cuenta que este asunto me estaba afectando. Pasaba horas pensando en la misteriosa cajera fea. Incluso aumenté mis compras a tres veces por semana, sólo para verla más seguido. Pero la cosa no quedó allí. Empecé a mirar a todas las parejas por la calle, en especial a las que caminaban tomadas de la mano o se besaban. Inmediatamente me fijaba si ellas eran gordas, con acné, sin maquillaje, o todas las anteriores. A continuación buscaba señales de felicidad, de gozo, de amor o algo así en los rostros de ambos. No te imaginas, Raúl, la cantidad de bocinazos, recuerdos para mi madre y acusaciones de degenerado que recibí, sobre todo de los taxistas, por detenerme a mirar parejas en la calle. Poco me importaban los insultos. Lo que realmente me impactaba era descubrir que esas señales de felicidad eran más frecuentes en las parejas con mujeres... ya sabes... gordas, etcétera. No, Raúl, no me vengas a joder con significancias estadísticas o tamaños de muestra, eran más frecuentes y ya. Adivinarás que pronto los días de compra se hicieron casi diarios. Le sonreía, le decía “Buenas noches, señorita“ con el tono más Luis Miguel posible, pero nada: no acusaba recibo de mi creciente pero todavía sutil interés. Hasta que una mañana, teniendo como testigo a una de las nueve cajas de cereal que poblaban mi despensa, me decidí. Tenía que matar esa obsesión antes que siguiera creciendo, invadiendo mi rutinaria y por eso agradable existencia. Al menos así pensaba entonces. Tenía que averiguar qué había detrás de esa mujer, de la ex- más fea del mundo. Fue un viernes a la hora de cierre, igual que cuando la seguí al cine.
Mónica contempla los restos del desayuno sobre la mesita redonda mal puesta en una esquina y recuerda aquella discusión con Ricardo acerca del significado del hambre. Probablemente fue injusta, piensa, pero se repite que hay ingenuidades más peligrosas que la maldad. Suspira, hace una mueca, se dice que es mejor guardar las reflexiones para el vuelo, y comienza a empacar. Lo hace con calma, muy lejos de la angustia que rodeaba las primeras veces en que esperó a Ricardo sabiendo que no llegaría.
A esas alturas, cuando prácticamente era ya inquilino del supermercado, había logrado que contestara mis “Hola“, así que no tuve que forzar demasiado la situación para añadir una pregunta con aire casual. El problema fue que no se me ocurrió nada mejor que preguntarle si le gustaba su trabajo. Mal comienzo. Me miró como si me hubiese presentado como subcampeón sudamericano del escupitajo a distancia y, tras breve silencio, que me imagino fue un combate entre la irritación y la compasión, eligió ser cortés pero aguda. Me dijo, con una sonrisa falsa, que su trabajo le gustaba muchísimo, que desde niña había soñado con ser cajera del Supermarket, y que lo mejor de su trabajo era la oportunidad siempre cercana de conocer gente muy interesante. Acto seguido me dio el vuelto. Comprenderás que estuve a punto de salir corriendo gritando fuego, pero la intriga pudo más que el orgullo y seguí adelante. La poca lucidez que me quedaba me hizo ver que a esa mujer no había que dorarle la píldora, que no valían las fórmulas de abordaje de la televisión; tuve la revelación, tan fulminante como definitiva, de que esa mujer era más inteligente que yo. Entonces, sin más preámbulo barato, le propuse tomarnos un café a la salida. Me imagino que esta vez la pausa la tomó para descartar que yo fuera un degenerado (menos mal que no estaban cerca los taxistas para dar su opinión), y que mi cara de boy scout cuarentón la terminó de convencer de que era inocuo. El caso es que me regaló un tercio de sonrisa tirada hacia la izquierda para decir sí sin entusiasmo, y dijo “a las diez y media en el café Orpheu“. Te aseguro que si me hubiera dicho a las cinco de la mañana en el lago Titicaca igual habría llegado puntual (y eso que, tú sabes, la puntualidad no es mi fuerte), yo estaba realmente muy excitado.
Oye, hace buen rato que no sueltas uno de tus comentarios burlones, ¿No te estarás quedando dormido, no? Mira que ya falta poco y no negarás que el relato ha sido hasta ahora interesante. ¿Como? No pues Raúl, no te pongas tan vulgar, si estoy haciendo el esfuerzo de contarte con detalles todos los antecedentes y situaciones preliminares no es para que me vengas con una chabacanada de ese nivel. En lo último que pensaba ese viernes a las diez y veinticinco en el café Orpheu era en sexo, y mucho menos en semejantes detalles estilísticos. No entendiste lo que quise decir con excitado. A ver, cómo te explico. Yo me sentía a punto de descubrir un océano, un continente donde refundar un imperio, era una aventura del siglo dieciséis, la víspera de un cambio de paradigma. Pero es evidente que el lirismo no es tu fuerte. En realidad no me sorprende, no se puede esperar mucha sensibilidad de alguien que a los treinta y ocho años es fanático de Van Damme y Stallone. Marcela siempre se quejaba de eso en la sobremesa, pero tú nunca le diste pelota. Y claro, si hay algo que sabe hacer el hijo de puta de Alberto es escuchar. No, Raúl, no voy a empezar con eso otra vez. Discúlpame, en realidad no viene al caso. Mejor sigo con mi historia. Estábamos en que me aceptó la invitación al café.
Comenzó preguntando ella, tú sabes, lo de siempre, a qué te dedicas, de dónde eres. Yo, ingenuo de padre y madre, creí que eso demostraba un verdadero interés por mí, por su único observador, pensaba que podía tratarse de una imagen especular de la obsesión que me había estado atormentando por semanas. Error. Estaba solamente evaluándome, tasándome, dándome una segunda oportunidad, a ver si el aparente opa del supermercado podía ser en el fondo un tipo al menos entretenido. Pero esa tensión inicial duró menos que la primera botella de vino. Y al final, sin demasiado esfuerzo, la pasamos muy bien esa noche, cada uno desde sus posibilidades. Mientras ella soltaba frases y remates que yo ni con libro, yo lograba sacar lo que consideraba mi lado más honesto y la invitaba a compartir mis manías, delirios y actos fallidos recurrentes, sin muchas pretensiones de parecer original, pero con la creciente convicción de que ella podía estar también descubriendo digamos una islita, un arroyo, un prado donde hacer un buen picnic. Pero no se le podía pedir más a una primera noche. Más aún si se tiene la intuición de que efectivamente habrá una segunda. Sobra decir que esa noche, después de la segunda botella de vino, en ese rostro donde antes encontré tanta geografía yo sólo veía los ojos café más seductores del mundo.
Mónica sale de la ducha, mira la hora, y decide llamar a Claudia para que pase por ella. Buena amiga esta Claudia, no hace preguntas. A Mónica no le sorprende sentir alivio al saber que nunca más tendrá que esperar a Ricardo. Es mejor así, ella cree cada vez menos en el perdón. Lo que sí le sorprende es que ese alivio conviva con algo así como una tristeza incompleta pero sin cura.
Claro, Raúl, por supuesto que la vida no puede ser un cuento de hadas, y si alguna vez lo fuera seguro que yo sería, en el mejor de los casos, enanito, y de esos que aparecen al fondo y no tienen parlamento. Te digo esto porque no es casualidad que precisamente... ¿Qué? No, no jodas Raúl, no puede ser, ¿Cómo que se recalentó el motor? ¿Acaso no lo revisaste antes de salir? ¿No tenías claro que eran más de mil kilómetros de ruta? No, no jodas, si nos detenemos ahora no voy a llegar a tiempo, y Mónica no me lo va a perdonar. Por Dios, Raúl, ¡No me puedes hacer esto! Me importa un carajo que se pueda fundir, no podemos detenernos ¿Qué? No, ni hablar. Ni me calmo ni te termino de contar nada. Imagínate si voy a tener ganas de entretenerte con historias mientras arreglas la cagada que te mandaste. No, compadre, lo único que me importa es que Mónica me está esperando, y si no eres capaz de dejarme en Arica antes de las dos, olvídalo, yo me bajo.
Hay una inusitada cola de autos en el paso de frontera de Chacalluta, algo interesante debe estar ocurriendo en Tacna. Claudia se preocupa porque eso podría tardar más de una hora, pero Mónica la tranquiliza: el vuelo recién sale a las seis. Afortunadamente ella siempre se pone plazos más cortos que lo necesario. Afuera la resolana comienza a ceder de a pocos y Mónica se permite creer en primaveras que duren semanas. Después de un silencio cómodo pero innecesario, Mónica decide responder a la pregunta que Claudia todavía no le ha hecho:
Si comienzo por el final tendría que decir que, creyendo o no en complejos freudianos, es un hecho irrefutable que no se puede ser madre y amante a la vez. Pero eso no dice mucho, es poco original, y hasta suena mezquino. Así que prefiero comenzar por el principio, total, tenemos tiempo suficiente. Entonces debo empezar diciendo que, aunque suene muy exagerado, él era el hombre más tonto del mundo, y siempre hacía la cola en mi caja.
sábado, 21 de noviembre de 2009
La marea
La marea
Va y viene el mar
sin que nadie lo mire o lo recuerde,
va y viene,
y la arena lo recibe tibia y se abre generosa;
es la misma arena que los navajos convierten en iconos
para protegerse del mal
y del desamparo que se presiente
cuando en la noche falta alguien;
luego, más tranquilos, vuelven a sus teepis,
se abrigan con bisontes,
se abrazan a sí mismos
y olvidan.
Miles de kilómetros al sur,
una estrella adolescente contempla nuestra insignificancia
y todas sus preguntas ignoradas,
el color infinito que nace en tus ojos
y se pierde al amanecer,
cuando la brisa llega y nos encuentra entrelazados,
sudando desconciertos,
sujetando los segundos que anteceden al espasmo;
así nos convertimos en los sueños prohibidos de un niño
que se ahoga en la sangre de los Andes,
donde un torrente de salmones nada ciegamente,
cuidando en sus entrañas el último sueño
sin perder la sonrisa en la derrota de las rocas
o en los días en que nada pasa por mis venas,
excepto la semilla hiriente de la miseria en esta parte del mundo,
donde existimos tú y yo y otros pedazos
de los que intento prescindir cada mañana,
cuando el país me da en la cara
y es un instinto extrañar el calor de tus manos
en el ecuador de mis angustias,
entre líneas olvidadas de un párrafo brillante
de autor desconocido,
desterrado a pasar la noche allá afuera
en la garganta de ese saurio triste que devora la duda,
que aplaca su ansia con niños que descubren la verdad antes de tiempo;
todos son lejanos motivos para intuir tu presencia
acá en mi cama solitaria,
regresando de mí mismo,
imaginando tu sonrisa rota
por el frío temblor que te recorre
cada vez que te descubres humana
y por eso pides monedas en todas las esquinas,
y retratas a Dios con los dedos
en la pared de ese preso
que compone sinfonías después de las torturas
y me dice al oído que no es tarde,
mientras yo me extingo en estos días de cosecha bajo el sol
y resucito cada noche a partir de tu nombre,
sobre el mar o la arena,
en los sagrados temblores
de un dolor original.
Sin palabras
(Porque no tengo otras palabras
para decir cómo te amé)
La polilla fugitiva de la luz,
el regreso del que ya nadie recuerda,
las ramas que no crujen en el bosque,
el grito solitario de un asceta.
El niño dormido en su escondite,
el perdón que llegó tras la condena,
las veces en que he dicho lo contrario,
los parques que ya no conoceremos.
El día después del fin de la lluvia,
las manos de piedra de la lavandera,
el árbol que crece en la tumba sin nombre,
los besos que quedan cuando ya nada queda.
Despedida insomne
Sin entender.
Amanecer sin entender.
Preguntar por el eterno regreso de las aves migratorias.
Tener por toda respuesta la inútil promesa del azar
y recordar un pecho abierto inalcanzable,
contraseña de una noche perdida
en la memoria de un dios insomne.
Sí.
Telemann agoniza en un charco que se evapora
y otro zorzal se ha ceñido una corona de espinas.
Es el sol que calcina los rincones indefensos,
la razón que golpea las paredes.
Decidir abortar sin dolor esa pregunta,
derrota de la obsesión a manos de la nada.
Desterrar de la memoria todas las palabras que no dijiste
y escuchar al pastor que predice eclipses y pleamares
bajo la almohada de alguien que ya no espera.
