Mostrando entradas con la etiqueta OPINIÓN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta OPINIÓN. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de diciembre de 2018

Adiós rodando


No, no es que este blog haya resucitado. Sigue tan muerto como el primer día. Pero no quería que quedara como último post aquél de La Serena en la Edad Media. Tal vez es demasiado bilioso para ser la carta de despedida, la última fachada que verán los vecinos en esa veja casa cerrada por derribo. Así que, sin mayor preámbulo, como el sexo adolescente con las profesionales del amor, paso a dejar este palimpsesto apurado.
Al final, como siempre, los griegos tenían razón: el principal problema a resolver es el del ser. Lo podemos hacer complejo como el viejo y querido Parménides (“el ser no puede no ser”, como aperitivo), pero también lo podemos hacer sencillo. El problema es que la gente no es, así como suena (su silencio existencial). Y para disimular ese vacío con cáscara, para tapar ese pozo infinito, recurren a la tribu. ¿Para qué? Para abrazar y repetir las ideas, pareceres, gestos, filias, fobias y alaridos de otros, en ausencia de los propios. Es como el nacionalismo que explicaba el sabio Schopenhauer (el trade-off entre las razones para sentirse orgullosos de su país y las razones para sentirse orgullosos de sí mismos) pero a una escala menor. Algunos no quieren, otros no pueden, otros ni llegan a enterarse de que no pueden, pero el hecho contundente es que no son, no hay pensamiento propio, no hay personalidad individual. Son copias de copias. Hay tribus inofensivas, como los runners o los clubs de fans de Elvis o Juan Gabriel, o los usuarios de Mac, o los veganos (hmm, pueden no ser inofensivos para su salud, con el cerebro pidiendo B12 y esas cosas, pero dejémoslos tranquilos, porque nos toca más carne en las parrilladas). Podemos sumar a filatélicos y numismáticos, o –pasando ya al siglo 21– a los fanáticos de Fortnite o de personajes de Marvel. Luego están las tribus mixtas, anfóteras, con coexistencia de distintos alelos, el mutante pacífico-ideológico y el mutante agresivo-violento. Aquí encontramos, entre muchos otros, a animalistas, feministas, hinchas de Boca o River, militantes de partidos políticos, y religiosos varios. Finalmente, en el podio de la estulticia, protegidos de cualquier atisbo de razón, están terraplanistas, antivacunas, neofascistas trumpistas, bolsonaristas o sus versiones más criollas, y consumidores/divulgadores de fake news del tipo “todos los inmigrantes haitianos tienen SIDA”. En fin, no hay espacio ni tiempo para mencionarlos a todos, que me perdonen las merecidas omisiones, pero ya está, quedan dichas estas palabras al viento como demorado preámbulo para la ceremonia de sembrar un granito de arena en el desierto. Inshallah.
Para aclarar, sigo escribiendo, pero no aquí (y aquí puede significar muchas cosas, pero mejor lo dejamos ahí). Después de que mi entrañable Amarilis y el país imposible lograra, por sus propios méritos, hacerse un lugar en el escaparate del olvido, publiqué mi libro de cuentos (No ha pasado nada y otros cuentos) con la misma editorial de mi universidad y –curiosamente– nada pasó. Tomo como una honrosa distinción el que recientemente pusieran mi libro de cuentos como el ofertón del mes, seguramente no se debió al hecho de que no se vende ni con suplemento porno, sino porque quieren acercar la cultura a las grandes mayorías. Pero, ya saben, en materia de publicar sus libros, su seguro servidor es acólito del sumo sacerdote creador de la saga “retroceder nunca, rendirse jamás”. Así, el verano pasado me escapé al invierno del norte y en la casa de un querido amigo, en madrugadas ubérrimas y pluscuamperfectas, terminé mi segunda novela. Y ahora heme en el mismo punto de partida, parchís con dado trucado, buscando alguna editorial distraída que la publique. Prefiero no repetir el camino fácil de la editorial de mi universidad. Uds. comprenden, se trata de sacarle las rueditas a la bicicleta (como Freddy Turbina). Así es que acomódense en sus asientos porque esto puede durar para siempre, o un poco más. En los últimos meses ya llevo 5 mails a contacto@editorial...etc ofreciendo el manuscrito de novela no solicitado y en todos los casos he recibido un amable silencio como respuesta. Ah, la novela se llama No encontrarás en mi alma a nadie. Primera persona. 64,000 palabras. 28 capítulos.
Que les vaya bonito.

domingo, 4 de junio de 2017

La Serena en la Edad Media

Vivo en La Serena desde hace poco más de 8 años. Elegí vivir en esta ciudad por su calidad de vida, el clima, la tranquilidad relativa. Hasta los terremotos y tsunamis son moderados. Uno no se puede quejar. O tal vez sí, al menos un poco: el transporte público es un desastre no natural. Pero no quiero explayarme sobre el transporte colectivo y el incivismo de los choferes, los que resultan ser suecos con postgrado en psicología evolutiva si se les compara con sus pares limeños, bestias temibles, verdaderos asesinos sin licencia (de conducir). Todo es relativo. Hoy quiero hablar de la persistencia de la Edad Media en La Serena en pleno siglo XXI.

Todo se debe a “El Libro del Mar”, un texto elaborado por el gobierno boliviano para difundir su visión de la historia de la Guerra del Pacífico y sustentar su posición en el contencioso que tiene con Chile en la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Al margen de lo que sentencie la Corte, cada uno tiene derecho a pensar lo que quiera sobre este asunto. Y esa es la gracia: la libertad de escuchar o leer opiniones, y finalmente quedarse con una. Pero en La Serena hay muchos que le tienen temor a la opinión del otro.

Capítulo 1. Feria del Libro de La Serena. Un evento cultural pequeño pero valioso que, en pleno verano, le permite a los turistas gastar su dinero en libros en lugar de tirarlo a la basura en el casino. Los hay de todas las calidades y creo que está bien que así sea. Si hay gente que considera de valor literario la biografía de un youtuber chillón o la de un mafioso organizador de colectas como para ofrecerlas en venta, y hay otros dispuestos a pagar por ello, pues que les vaya bien.  Hasta “Amarilis y el país imposible” estuvo allí (no averigüé si por error se vendió algún ejemplar). A dicha Feria acudieron ciudadanos chilenos miembros de la agrupación Simón Bolívar, un colectivo que busca la integración con los hermanos bolivianos, con el propósito no de vender sino de regalar el Libro del Mar. Horror, anatema, herejía. El alcalde prohibió la actividad blandiendo la torpe excusa de que el libro no tenía nada que ver con el tema de la Feria: la poetisa Gabriela MIstral. Así, para el señor alcalde sí son compatibles con la obra de Gabriela Mistral el libro de predicciones de un tarotista que aparece en TV o un folleto de hierbas con propiedades medicinales. Desconozco si la autoridad edilicia leyó alguna vez un libro en su larga vida como político, porque esa sí sería una buena excusa.

Capítulo 2. Colegio Carlos Condell de La Serena. Un grupo de estudiantes se muestra muy interesado en la asignatura de historia y entonces un funcionario del colegio (miembro de la agrupación Simón Bolívar) les hace llegar una caja con ejemplares de El Libro del Mar, para que puedan comparar la versión que aprenden en los libros oficiales chilenos con la versión boliviana. Horror, anatema, herejía. No solamente requisaron los libros, despidieron al funcionario y el Ministerio de Educación anunció con indignación un sumario. No, el inefable alcalde anunció que investigarán la vulneración de los derechos de los niños, porque una foto de ellos mostrando libros fue divulgada en medios bolivianos sin contar con su autorización. Es de imaginar, entonces, que el señor alcalde tiene la autorización de los numerosos niños que aparecen en una foto en el boletín de noticias de la municipalidad en donde se difunde un taller municipal gratuito de tenis para niños. Esto sugiere que el alcalde al menos leyó los evangelios, particularmente los pasajes donde aparecen los fariseos.

Capítulo 3. Universidad de La Serena. Esto lo comento con vergüenza, porque es mi lugar de trabajo. El bendito Libro del Mar apareció en una foto tomada en la Biblioteca Central, donde estudiantes universitarios aparecen de buen talante mostrando 3 ejemplares donados. Horror, anatema, herejía. La declaración oficial de la Universidad pone énfasis en que no se siguieron los conductos regulares (el paraíso en la tierra para los burócratas) para que esos 3 libros llegaran a la biblioteca. Pero no deja de mencionar que “esta entrega aparentemente se estaría utilizando con fines propagandísticos y de forma engañosa” y que “dada la implicancia y gravedad que pudiese revestir este hecho” lo denunciarán al Ministerio de Educación.  Tras leer esto le escribí un mensaje a un colega del Departamento de Ciencia Sociales: “No puedo sino sentir vergüenza de que nuestra institución, lejos de manifestar una postura razonada, vinculada a la búsqueda del saber (supuestamente es lo que define a una universidad),  aparezca sumándose a las voces que claman con espanto ante la posibilidad de que una visión diferente de la historia pueda ser escuchada o leída. Son reacciones destempladas, fanáticas, propias de un tribunal de la inquisición frente a un libro prohibido. Es la inseguridad del censor, que teme que la visión del otro contamine su dogma. Qué pena. Me pregunto si este es un tema que los académicos de Humanidades han discutido, y si valdría la pena hacer un pronunciamiento en favor del pluralismo de opiniones y alejado del falso patriotismo, el chovinismo que no es otra cosa que una manifestación de ignorancia.” Todavía estoy esperando su respuesta. Al margen del triste oscurantismo y el retorno del Index Librorum Prohibitorum, resulta además lamentable que se preocupen más de los libros que sobran que de los libros que faltan.


A mí Evo Morales me parece un demagogo con escaso apego a la democracia, que no para de maquinar ultrajes a la constitución para poder volver a reelegirse. Y es cierto que usa el conflicto con Chile para subir sus índices de popularidad (la estupidez del nacionalismo se verifica a ambos lados de la frontera). Pero nada de eso justifica la reacción histérica frente al libro que protagoniza este post. En los más de 20 años que llevo en Chile muchas veces tuve que confrontar la versión peruana de la Guerra del Pacífico con la versión chilena, y me sorprendió mucho la ausencia en su visión del papel clave que desempeñó el capital británico (razón del inicio y desenlace la guerra). Pero nunca grité ni insulté, ni fui gritado o insultado; fueron conversaciones cordiales con escasa convergencia final, nada más. Un saludable ejercicio de vida en común. La intolerancia máxima consiste en prohibir la expresión o difusión de la opinión del otro. Y en esa posición se hermanan la Santa Inquisición, el estalinismo, el franquismo, el pinochetismo, el castrismo, el Estado Islámico, etc. (el lector puede continuar la lista)

sábado, 24 de diciembre de 2016

Silencio por favor



Silencio, espero el silencio,
un montón de bocas 
como parlantes
saturan el aire.
Los Tipitos

Hay miles de formas de callar, y casi todas son buenas. La imagen reflejada en el espejo es que hay muchísimas palabras por decir, y casi todas sobran.
Álvaro Díaz, coautor de dos de los rarísimos ejemplos de buenos programas de TV chilena (Plan Z, 31 minutos), en una entrevista al diario The Clinic respondió al periodista que le señalaba la nostalgia de la gente por el antiguo sistema de transporte público:
“¡Porque la gente es como las huevas! A la gente no hay que escucharla, porque es como las huevas. La gente es mediocre.” 
Se puede decir de manera más elegante y articulada, se puede decir con algo más de respeto o conmiseración, se puede citar como respaldo a Schopenhauer, Nietzsche o Eco para sonar más docto, pero no puede cuestionarse la verdad de los dichos de Díaz si por “la gente” entendemos a la mayoría de la población. Y entonces anotamos los programas de TV o radio que la mayoría consume, la elaboración de las opinones de esa mayoría en sus comentarios en la calle o en las redes sociales, su respeto por los derechos del otro o su cuidado de los bienes públicos, y no hay espacio lógico para una conclusión distinta. Pero no vengo aquí a descubrir la rueda ni a revelar la fórmula del agua tibia. Quiero destacar un aspecto particular: en general la gente habla mucho, demasiado, y casi siempre lo hace para decir cosas inútiles, erróneas o irritantes. Como diría el anciano cazador de búfalos con el dinero de todos los españoles, ¿por qué no se callan?
A todos nos ha tocado alguna vez esa señora en el asiento de al lado en un viaje en bus o avión que no deja de hablarnos (trivialidades, por supuesto) por más que miremos para afuera, no despeguemos los ojos del libro que tenemos en las manos, nos pongamos audífonos, o finjamos dormir. No, no se calla. ¿A quién le habla? Si es claro que no le estamos prestando atención, ¿por qué intrincado mecanismo cerebral -o su ausencia- es que sigue hablando? Materia del psicólogo, dirán algunos; ya, pero al menos el psicólogo cobra por escuchar. No digo que sea una mala persona, o que merezca arder en el infierno, a lo mejor es una excelente madre, abuela o tía, con buenos sentimientos y todo eso, pero si no es capaz de quedarse callada yo la saco de la lista de pasajeros del arca para el próximo diluvio universal. Otra variante que uno puede encontrar si la suerte no lo acompaña es la de esas personas que una vez que terminan de decir algo inmediatamente comienzan a contarlo de nuevo, como si uno hubiera estado ausente la primera vez, y a veces completan el ciclo tres veces (hasta cuatro, si les toca escuchar un momento a su interlocutor). He conocido de cerca a cuatro personas así. No sé si se trata de un profundo e incontrolable terror al silencio o de un cromosoma defectuoso todavía no caracterizado por la ciencia, pero es un misterio que alguien tendría que resolver. 
Hace unos meses hice un viaje con mi familia, lo que significó salir de mi burbuja cotidiana en la que -con metódico y costoso esfuerzo- he conseguido estar relativamente protegido de esa cháchara inservible que malgasta el tiempo, empobrece la mente y envenena el alma. Sabía que al exponerme al mundo real, poblado de gente, me tocaría mi dosis de veneno, y así fue. Me limitaré a reseñar dos episodios. 
Uno. Llegamos a pasar unos días de descanso a un hotel habilitado dentro de una casa-hacienda del siglo XVII, un lugar magnífico, apacible, con árboles centenarios en jardines enormes y múltiples salones de techo alto que invitaban al sosiego y la reflexión. Claro, también estaban allí las tétricas salas de castigo para esclavos negros, recordándonos las historias de horror detrás de (casi) todas las historias de opulencia. El caso es que la estadía no pudo comenzar mejor, porque el primer día éramos los únicos huéspedes, las personas que atendían eran muy amables, y el clima era perfecto. Pero el segundo día llegó otra familia, incluyendo abuelos. En principio no parecían ser una presencia amenazante. Esa noche llegamos primero al patio interior donde se servía la cena. Mientras esperábamos que trajeran los platos, llegó el otro grupo familiar. Y de las ocho mesas que tenían a su disposición, repartidas por todo el perímetro del amplio patio, eligieron sentarse exactamente al lado de nosotros. Ya estábamos comiendo cuando quedó claro que su charla a gritos predominaba sobre nuestra propia conversación discreta. Y así tuvimos que escuchar durante toda la cena, sin quererlo, estupideces de muy variado calibre. Entre ellas, destacaba el relato forzado del hombre acerca de las ciudades de Europa o Estados Unidos en las que había estado, en todos los casos avanzando hacia una supuesta anécdota que al final nunca ocurría. Este es un tema reiterado, sobre todo en los chilenos; en el último mes ya me ha tocado escuchar tres veces en pasajeros de vuelos nacionales comentarios innecesarios acerca de sus viajes internacionales. Por otro lado, el abuelo del grupo iniciaba comentarios acerca de los temas más insignificantes (por lo general, conversaciones o situaciones anodinas con otros familiares, como relatar un cumpleaños) que nunca llegaba a concluir, porque dado que sus historias parecían prolongarse hasta el infinito en detalles cada vez más exasperantes, terminaba siendo interrumpido por los demás, generalmente por el hombre que pagaba la cuenta, el de los múltiples viajes en los que no le había ocurrido realmente nada. Así, gracias a ese gregarismo tan típico de personas con mentes débiles y a la correspondiente verborragia banal, esa cena no fue lo que pudo ser. Por supuesto que yo me concentraba en escuchar a los míos, pero en los momentos de silencio (no le tenemos horror) era inevitable la contaminación acústica desde la mesa vecina. En las siguientes ocasiones de almuerzo y cena llegamos más tarde, y así pudimos elegir las mesas más distantes a las de los otros. Como dijo Sartre (otro apellido para la argumentación docta) “el infierno son los demás”. 
Dos. De retorno del viaje a la hacienda tuvimos una escala larga en el aeropuerto de Santiago. Con los años he aprendido que todos los restaurantes allí comparten tres características: precios absurdamente caros, atención mala y comida regular. Por eso es que siempre elijo algo al paso (Starbucks) que no está nada mal. Esa mañana, tras una noche sin dormir en el avión, mi familia comprensiblemente no estaba muy comunicativa. Así que mientras comía un sándwich y tomaba un café, sentado en un asiento largo del Starbucks, decidí abrir mi computadora y avanzar con la revisión de un proyecto. Unos minutos después se sentó a menos de 30 cm de mí una mujer con su amiga, y comenzó la conversación a gritos. El tema era de interés universal, una le explicaba a la otra que había dado en el Starbucks su segundo nombre (Antonella, o Antonela, o Hantonela, o Salmonella, vaya uno a saber) en lugar de su primer nombre (juro que sonaba a Daikiri, Shakiry, Rafiki, Swahili, o algo así) porque si lo hacía “esos tontos nunca iban a saber cómo escribirlo”. Claro hija, el resto del mundo tiene que adivinar la grafía exacta del engendro de nombre que tus padres te pusieron por capricho, alienación, incultura, intoxicación alcohólica, o todas las anteriores. El trascendental tema siguió un buen rato, y para entonces ya había subido el volumen de la música en mis audífonos de 22 a 44 (sí, uso múltiplos de 22 por un trastorno obsesivo-compulsivo). Elegí a Vivaldi (La Stravaganza) como aliado para pasar por encima de la chabacanería y poder concentrarme en la ciencia. Pero con 44 no alcanzaba, y así supe sin quererlo que el tema importante ahora era si fulanita llamó o no llamó cuando dijo que llamó y lo que puso en su facebook, en un discurso en el que -sin contar los artículos- el 70% de las palabras eran hueón, hueona, y cachai. Por cierto, todo era dicho con el tono de quien ha descubierto la cura contra el cáncer de páncreas. Frente a semejante invasión de estupidez químicamente pura intenté primero la telepatía “cállate, cállate ya, ahora”, pero no pasó nada (obtuve mejores resultados con mi perro, lo que me hace sacar alguna conclusión), luego intenté la telequinesis y me concentré en que una silla volara y le impactara el cráneo, pero nada. Así que opté por subir a 88, un volumen excesivo que me aturdía un poco pero cumplía con el objetivo de aislarme de las monsergas de Daikiri Antonella, quien -apuesto un brazo- seguramente se apellida Soto, González o Rodríguez. 
Aclaración: mi punto no es que lo que yo diga sea más interesante o elevado que lo de los demás, o que aquí pretenda restringir la libertad de expresión de los que me rodean. No. Que cada uno diga lo que buenamente quiera o pueda. Todo lo que le pido a esa gente, a ellos y ellas, es que intenten ser escuchados solamente por quien quiera escucharlos. Nada más. Y me permito sugerirles que no hablen a gritos ni en exceso, salvo que tengan algo interesante, valioso, original o agradable que decir (lo que es tan probable como la paz entre Palestina e Israel).

domingo, 21 de agosto de 2016

El burro y el genio

Estoy leyendo un libro de entrevistas/conversaciones con David Foster Wallace. Y lo disfruto de a sorbos, como quien toma un café exquisito en sabor y aroma en una taza pequeña, cuidando que no se me acabe demasiado pronto, sabiendo que no habrá más entrevistas. DFW tiene una densidad intelectual, una complejidad que se da el lujo de ser formal y no caótica/hermética, que hace mucho tiempo no leía (no veía). Un consumidor de toda la cultura, la pop, la docta y la académica; un consumidor honesto y autocrítico. Fue adicto a la TV gringa (difícil imaginar algo peor) pero te cita a los filósofos de memoria, porque además tuvo una formación filosófica y científica (matemática) importante. Y se nota. Encima de todo... el tipo es sincero, no pretende venderte una linda botella de cristal de Bohemia llena de humo, como tantos otros devotos de sí mismos que acaparan la atención de los medios. En fin, está en otra galaxia si lo comparo con tantos autores -incluyo cantautores- que uno admira por sus creaciones artísticas pero en las entrevistas te decepcionan por banales, superficiales, pueriles, predecibles, ególatras, envidiosos, en suma humanamente mediocres. Para qué dar nombres y casos, sería un triste ejercicio de disección de la decepción.

No he leído más que algunas páginas de cuatro de sus libros, pero ya tengo un par de ellos en mi biblioteca esperando su turno. En los últimos años tuve en mis manos un par de veces las más de 1000 páginas de La Broma Infinita, dudando mucho, pero finalmente el libro-ladrillo no entró en la mochila de regreso, será para la próxima. Sabía de su existencia, del ruido que generó su obra, pero mi verdadero descubrimiento de DFW ocurrió no hace mucho, viendo en la pantalla de un avión una especie de documental, una dramatización de la experiencia de un periodista que lo entrevistó. Me ayudó mucho a entenderlo a él y por lo tanto a entender su suicidio. Me conmovió hasta las lágrimas. Pobre David, demasiado lúcido para poder perdonarse a sí mismo, demasiado sensible para aceptar este mundo.

Hoy me encuentro en El País con un artículo del -se supone- escritor Rodrigo Fresán sobre La Broma Infinita y DFW a propósito de los 20 años de la publicación del libro, y no puedo sino indignarme. Fresán es uno de esos escritores latinoamericanos que siempre salen en la foto, cuyo nombre siempre te va a sonar, que tienen buenos contactos, pero que rara vez -salvo descuido o regalo inocente- aportarán con un libro a tu biblioteca. Yo ya había dedicado unos minutos en mi vida, en más de una librería, a descartar la compra de libros de Fresán. Después de leer el artículo, confirmo que no me equivoqué. Para comenzar, tal vez para hacerse el gracioso, se refiere a su suicidio de esta manera “su cuerpo nacido en 1962, su alma estrenada en 2008, previo veloz trámite de suicidio”, “se ha convertido casi en un producto de éxito, potenciado por la pena infinita de su temprano auto-eject”. Y luego no hace más que convencer al lector de que no sabe estructurar un artículo periodístico, que divaga, se desordena, cita sin criterio, y termina con apuro. En fin, una pérdida de tiempo.

A esa herejía de que Fresán nos hable de David Foster Wallace, equivalente a que Enrique Iglesias nos explique a Joaquín Sabina, hay que sumarle dos detalles. El primero, en el título, el error común de referirse a DFW como “Foster Wallace” (sí, en las librerías a menudo lo encuentro en la F, cuando su apellido era Wallace). Algún día aprenderán que Martin Luther King se apellidaba King y no Luther, como Wallace no se apellidaba Foster Wallace ¿O les suena bien hablar del asesinado presidente Fitzgerald Kennedy? Si les parece exagerado mi reclamo por confundir nombres con apellidos, prueben a imaginar a un norteamericano hablando de esos dos grande escritores, el colombiano Márquez y el peruano Llosa. El segundo, el escritor Fresán nos habla de la “autoficción tan en voga”. Caracoles. Bueno, en francés la palabra es vogue (leerá mucho la revista de modas Vogue, supongo) pero en castellano es boga. Sí, ya sé, me dirán que la b y la v son vecinas en el teclado. Puede ser, pero basta revisar una vez para que el error te grite desde el texto, si es que conoces bien tu idioma. Que sean vecinas no es excusa para confundirlas (Doña Florinda y Doña Clotilde lo eran, y Don Ramón nunca las confundió).

Al referirse a la tortura de escribir en una de las entrevistas, DFW señala que si el escritor permite que uno solo de sus lectores se meta en su cabeza, o si lo siente asomarse por encima de su hombro mientras escribe... está jodido (imagino que era fucked up en el original), y confiesa que batallaba contra ello, porque le ocurrió más de una vez. Pues bien, tengo que reconocer que algo de eso explica mis lagunas al escribir este blog que no lee nadie. No es solamente la (real) falta de tiempo o tranquilidad para escribir, o las ganas de dedicar el poco tiempo disponible a avanzar mi segunda novela. Es que, una vez más, el maldito David Foster Wallace tiene razón, y una vez más no hay razones para celebrarlo.  

domingo, 26 de junio de 2016

El fútbol y el azar

Hoy se juega la final de la Copa América, o algo así, porque -a juzgar por sus últimas declaraciones oficiales- la Conmebol todavía no se pone de acuerdo consigo misma sobre si el equipo ganador de la final será Campeón de América o no. Nada, un detalle insignificante. Además, no nos pongamos exigentes con la Conmebol. Lo suyo es reservar hoteles 6 estrellas para sus dirigentes y cobrar sobornos por los derechos de transmisión televisiva. Sería injusto exigirle que tuviera claro qué es lo que está en juego en sus campeonatos, o que antes del partido sonara el himno correcto del país competidor, o que el diseño de las sedes de los partidos no implicara que cada futbolista acumulara millas para dar la vuelta al mundo dos veces. Pero volvamos al fútbol, hoy se juega la final entre Argentina y Chile. Se supone que debe ganar Argentina, porque tiene mejores jugadores (el mejor del mundo entre ellos) y porque en la primera ronda ya se enfrentaron y Argentina ganó con claridad. ¿Es así realmente?

Pues no. La historia del fútbol está llena de ejemplos en los que el mejor equipo no gana la final. En el caso de los mundiales, basta mencionar a Hungría en el 54 (perdieron ante alemanes dopados), Holanda en el 74 (perdieron ante una Alemania muy efectiva), o Brasil en el 98 (perdieron porque Ronaldo tuvo una crisis nerviosa antes del partido). En el mundial 2014 Argentina no fue campeón porque en la final Messi, Higuaín y Palacio fallaron goles increíbles que nunca fallan en sus clubes, y el año pasado Argentina -siendo el mejor equipo- tampoco fue campeón en la final de Copa América ante Chile, perdiendo por penales tras un partido mediocre. El antecedente de primera ronda en la misma Copa no es muy útil tampoco para predecir el resultado de la final. Sin ir más lejos, el año pasado Argentina empató con Paraguay en primera ronda pero en la semifinal Argentina lo aplastó 6-1. Siguiendo la discusión sobre campeones justos o previsibles, podríamos cruzar el charco y mencionar a dos campeones de la Eurocopa: Grecia en 2004, que la ganó defendiendo con 11 y buscando no tener la pelota nunca, y Dinamarca en 1992, que la ganó sin haber clasificado al torneo y la invitación para reemplazar a la vetada Yugoslavia llegó cuando los jugadores daneses ya estaban veraneando en la playa.

Al margen de casos, anécdotas o estadísticas, con los que podría atormentarlos el día entero, la pregunta de fondo es: ¿los campeones son los mejores? En torneos largos, como la Liga española, es difícil negar que tras 38 partidos el campeón merece serlo, porque el efecto de la mala suerte y los arbitrajes erróneos o corruptos debiera diluirse a la larga (claro, los malos perdedores, como Mourinho, siempre encontrarán alguna teoría conspirativa a la cual aferrarse). Pero en campeonatos cortos, con finales a un solo partido, no hay manera de saberlo. Dejemos un instante el fútbol para mirar la última final de la NBA, entre Golden State y Cleveland. La final define al mejor tras un máximo de 7 partidos y llegaron al último (3-3), donde faltando 1 minuto de juego el partido estaba todavía empatado. ¿Alguien puede afirmar que un equipo merecía más el triunfo que el otro, y que el ganador fue mejor que el perdedor?  El azar tiene mucho que decir en estos casos, mucho más de lo que el lector supone. Intentaré explicarlo de manera simple ahora (tal vez más adelante escriba un post profundizando en el tema). Es muy improbable que al lanzar una moneda al aire salga cara 10 veces seguidas, pero no es imposible, puede ocurrir. Visto en grandes escalas de tiempo, los fenómenos muy improbables tienen que ocurrir en algún momento, y justo puede tocarnos ser testigos de ello. Entonces no es descabellado aceptar que es posible que nos toque ver que un equipo malo gane -o un equipo bueno pierda- varios partido seguidos, principalmente por suerte.

La ciencia lo tiene claro, pero el rol del azar es algo que los hinchas (irracionales por definición) y los periodistas deportivos (ignorantes por vocación) no consideran en lo absoluto cuando el equipo propio pierde. Más fácil y mejor visto es pedir cárcel para el entrenador e insultar a los jugadores. Y así se llega a la barbaridad de despedir a técnicos tras cuatro fechas (un clásico en campeonatos cortos en Argentina) o, como vimos en esta Copa América, despedir a Dunga porque Brasil perdió ante Perú con un gol con la mano (yo lo habría despedido así saliera campeón, por negar la identidad del fútbol brasileño con sus convocatorias, alineaciones y esquemas de juego). Es algo tan inteligente como decidir si un caballo hará una buena o mala carrera a partir de su posición 5 segundos después de la partida. En fin, a lo que quería llegar es que esta reflexión sobre el papel del azar, lejos de hacernos sentir absurdos por apoyar a nuestro equipo y emocionarnos con un partido, debiera ayudar a recordarnos de que a fin de cuentas el fútbol sigue siendo lo que era en sus inicios (y en nuestros inicios): nada más que un juego.



domingo, 19 de junio de 2016

Los idiotas

Al final del post anterior, y en presencia de mi mujer, me comprometí a cumplir, por más cansado o atareado que estuviera, con uno por semana (me refiero a los posts). En ese momento no sabía que poco más de 12 horas después me encontraría con la demostración experimental de que mi cara es menos dura que el suelo. Ahora, con doble fractura nasal y las -según yo- invisibles secuelas neurológicas de dicho traumatismo craneoencefálico tras síncope vaso-vagal (el amable lector podrá discrepar), me sobran las excusas para no cumplir mi promesa. Pero no quiero parecerme a un político y entonces decido escribir esto, aunque sea por cumplir. No está tan mal hacerlo por cumplir, tal como lo hacen algunas parejas maduras, ella mientras repasa la lista de la compra, él mientras trata de recordar el horario del partido, ambos sabiendo que el trámite será breve. Afortunadamente no es mi caso (el de ser una pareja madura). Volviendo al tema, y aceptando la posibilidad de que tras dicha verificación experimental debo haber quedado un poco más idiota, voy a hablar de ellos.


Hace poco se murió Umberto Eco y al día siguiente la humanidad ya era, en promedio, un poco más estúpida. Y el erudito, que lo sabía todo, no ignoraba que así sería. Es más, tenía identificadas las guaridas predilectas de los enemigos del conocimiento, las ruidosas promotoras del embrutecimiento contemporáneo: las redes sociales. “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”. Algo muy cercano planteó el escritor Javier Marías el año pasado: "Por culpa de las redes sociales, que por supuesto tienen mil cosas ventajosas, se produce un fenómeno nuevo, muy preocupante: que la imbecilidad está organizada por primera vez en la historia”. Y continúa: "En la historia ha habido siempre mucha imbecilidad, pero nunca ha estado organizada ni había tenido la capacidad de contagio masivo, inmediato y acrítico que tiene ahora". Cito al italiano y al español porque los conozco y he seguido su producción  (recomiendo “El péndulo de Foucault” y “Mañana en la batalla piensa en mí”, respectivamente). Pero para que no se me acuse de elitismo intelectual, aquí les dejo al buen Pipi, vocalista de The Locos, cantando más o menos lo mismo (“Lloviendo idiotas”), con cierto énfasis en la degradación mental causada por los reality shows y pseudo-concursos de TV con famosillos oligofrénicos.

Llueven idiotas. Esta parece ser una verdad tan irrefutable como el teorema de Pitágoras. Se puede confirmar en apenas un par de horas, leyendo los comentarios en las dichosas redes sociales, en los periódicos online y hasta en youtube. No falla. Allí donde sea libre emitir opinión uno se encontrará con un rosario de manifestaciones de una imbecilidad excelsa, abismante, digna de recibir un diploma firmado por ese ex-presidente que tú ya sabes. Eso, por supuesto, en los casos en los que el texto del idiota de marras sea remotamente legible, porque para ellos la ortografía y la sintaxis son como el virus ébola, algo muy lejano que solamente le preocupa a unos pocos. Muy a menudo la estupidez se manifiesta gracias a convicciones nacionalistas, racistas, religiosas, homófobas, machistas, o todas las anteriores (en el caso que nos encontremos frente a un imbécil de tipo integral), pero a veces el disparate, la violación de la lógica, la incoherencia argumental, ocurren al margen de esas corrientes malsanas (en lo que denominaremos imbéciles free lance). En la misma línea, uno podría intentar una clasificación, una suerte de bestiario, una taxonomía de los orgullosos imbéciles que cada día nos hacen considerar el lado bueno del holocausto nuclear, pero creo que sería un ejercicio inútil. Mejor será, a manera de ilustración amena, señalar algunos ejemplos, apenas unos cuantos, porque pretender hacer un listado medianamente acabado me podría tomar el resto del día, o de la vida. Además, ya lo dije, los ejemplos están al alcance de todos. Me conformaré con mostrar unas cuantas perlas leídas en las últimas semanas.
En un reportaje de un diario chileno, se señalaba el insuficiente financiamiento de la ciencia local y la dificultad para conseguir empleo de los científicos que regresaban del extranjero con un doctorado bajo el brazo; en la sección Comentarios, un iluminado opinaba que está muy bien que no se malgasten recursos en los científicos, pues muchos de ellos son ateos e izquierdistas. Un fenómeno recurrente en los periódicos argentinos es que, si la noticia es sobre fútbol, no es posible que una mujer haga un comentario (da igual que sea blando,  neutral, o combativo) sin que a continuación varios comentaristas hombres la inviten a volver a la cocina, a planchar, y a practicarles sexo oral. Ayer un futbolista argentino compartía la foto en el vestuario tras el triunfo ante Venezuela, y además de mostrar a todos los jugadores enchufados a su teléfono, el paisaje incluía, como en cualquier camerino post-partido, un reguero de prendas en el suelo: camisetas argentinas, venezolanas, vendas, canilleras, medias, etc; entonces no faltaron los comentarios de patriotas venezolanos (patriota e idiota suenan parecido, en el fondo son sinónimos) denunciando desprecio e irrespeto por su camiseta (un nuevo símbolo patrio, aparentemente). Para cerrar, a propósito de la matanza en el club gay de Orlando, un columnista en un diario peruano señalaba lo obvio, que en una sociedad democrática los homosexuales y heterosexuales deben tener los mismos derechos; el autor de uno de los comentarios con mayor valoración positiva, y al que podríamos calificar de idiota de proporciones bíblicas, clamaba al cielo y vaticinaba que (sic) “con el cuento de que tienen los mismos derechos, pronto saldrán pedófilos a reclamar sus derechos, los que quieran tener relaciones con sus hijos, con sus padres, con sus hermanos, cual sería la diferencia? Permitir a los homosexuales lo que están pidiendo será abrir la puerta a Sodoma y Gomorra”.


¿Tienen razón Pipi -cuando canta que triunfó la estupidez- y Javier Marías -cuando escribe que nunca la imbecilidad se contagió tanto como ahora? Obviamente no tengo cómo saber si ha ocurrido o no semejante fenómeno de escala planetaria (ya tengo bastantes dificultades con poder sonarme la nariz), pero confieso que hay días en que creo que aciertan con su derrotismo. Sin embargo, una mirada menos apasionada tal vez le conceda la razón al erudito que cité en primer lugar. Tal vez Eco está -una vez más- en lo cierto y siempre ha sido así, siempre hemos estado rodeados de idiotas, pero no lo sabíamos; no los veíamos ni los escuchábamos, por lo tanto no existían. Ahora, con tanta red social y comentarios online, parecen haber surgido del subsuelo como plagas de zombies o uruk-hais, pero en realidad siempre estuvieron allí. Antes solamente martirizaban a sus vecinos y familiares cercanos, ahora los sufrimos todos los que tenemos la mala idea de leer sus comentarios. Al parecer uno tuvo la suerte, el privilegio de crecer en una bella burbuja donde todos sabían la diferencia entre “a ver” y “haber”, donde la palabra Leonardo remitía a un genio renacentista y no a un actor de Hollywood, donde la coherencia lógica era la norma y no la excepción. Esa burbuja, como todas las burbujas, estuvo y está rodeada de un amenazante mar de agua. Pero la físico-química nos cuenta que también, y aquí está la gracia, puede ocurrir el fenómeno de que dos burbujas se encuentren y en lugar de disolverse se fusionen, formando una burbuja mayor. Que así sea.   





sábado, 9 de abril de 2016

Apocalipsis now

Mucha gente está anunciando por redes sociales su preferencia electoral para las elecciones de mañana, algunos usando argumentos no más razonables que hacerlo basándose en el horóscopo, el santoral, o las profecías de Nostradamus. Bueno, aquí va mi opinión. Aclaro que me enfoco en lo inmediato, la primera vuelta, y en los tres candidatos con opciones de pasar a la segunda vuelta junto con Keiko Fujimori: Verónika Mendoza, Pedro Pablo Kuczynski y Alfredo Barnechea. Para la segunda vuelta tengo claro que votaré por quien no lleve el apellido del dictador corrupto que destruyó institucionalmente al país, pero ya habrá oportunidad de hablar de ello más adelante.


La historia electoral del Perú, nos dicen los analistas políticos, está llena de incoherencias entre el plan de gobierno del ganador y lo que realmente hizo durante su gobierno. Ese divorcio entre lo prometido y lo cumplido dejan al elector con menos elementos de juicio de los deseables, pero así estamos, esto no es Suecia. ¿Qué queda? Guiarse por las personas y las ideas de fondo, los valores y asuntos fundamentales. Las personas hacen la diferencia. Un gobernante corrupto -al margen de sus ideas- es lo peor que le puede pasar a un país. Su corrupción va pudriendo todo poco a poco y al final el proyecto de país es reemplazado por proyectos personales o empresariales. Con la amenaza real de que el Perú se convierta en otro narco-estado, la integridad moral de los gobernantes se vuelve más necesaria todavía. Por otro lado, un asunto clave es combatir la desigualdad. Los promedios son mentirosos. Si el promedio de ingreso de tu barrio es 500 y llega un vecino que gana 10000,  es cierto que el promedio de  ingreso de tu barrio se ha multiplicado, pero tu calidad de vida es la misma, o peor, porque no será muy grato ver tanta riqueza comparada con tus carencias. Esto es algo que muchos no entienden, pero como los medios están dominados por los favorecidos de siempre, el dogma (equivocado) de que lo único importante es el crecimiento económico (y la inversión que lo genera) no se cuestiona. El bienestar de un país se expresa mejor por el índice de desigualdad que por el promedio de ingreso per cápita. La desigualdad legitimó el discurso inicial y permitió el crecimiento de ese monstruo llamado Sendero Luminoso. Entonces, en primera vuelta...   


No votaré por PPK. Me parece una persona capaz, aunque algo menoscabada a sus 77 años. El problema es que su capacidad a menudo se ha dirigido a favorecer a los ya favorecidos, lo que lo define como un hombre de derecha. A lo largo de distintos gobiernos con los que ha colaborado, PPK ha sido muy eficiente en generar contratos o beneficios para grandes empresas, en detrimento del estado de turno o de la competencia justa. Es el candidato de “El Comercio”, y eso ya es bastante decir en cuanto a quiénes beneficiará su hipotético gobierno. También me desmotiva a votar por PPK el recordar el mitin de cierre de campaña de Keiko Fujimori en la elección anterior (2011), y verlo a él preguntando a la multitud “¿Quién acabó con el terrorismo?, ¿quién acabó con la hiperinflación? Yo no olvido y ustedes tampoco […] Tenemos que tener esperanza en un Perú mejor, que en 5 años sea un país más próspero y menos pobre, queremos una economía estable. Y Keiko sí puede.” Esta alabanza al padre de la candidata (aparte de no ser cierto que Fujimori acabó con “el terrorismo”) me hace pensar que sus convicciones democráticas tienen límites.


No votaré por Barnechea, pero sería mi segunda opción. Comparto en buena medida su visión de la realidad peruana y lo que hay que hacer para mejorarla. No lo veo comprometido con el poder empresarial y me parece un tipo honesto, culto e instruido. Está a la cabeza de un viejo partido de centro que nos dio dos presidentes relativamente buenos y que apenas ha logrado sobrevivir al descalabro institucional que generó el tsunami Fujimori. Pero veo su candidatura algo improvisada (el plan de gobierno se hizo a última hora) y a él mismo lo veo poco comprometido con la tarea, pareciera que lo hubieran obligado a ser candidato (me recuerda a los presidentes de asociaciones de padres de familia). El problema es que ser presidente en un país muy presidencialista desgasta muchísimo, hay que dar peleas en muchos frentes, y si no estás con toda tu energía...mala señal.


Votaré por Verónika Mendoza (y viajaré 450 km para hacerlo, de La Serena a Valparaíso). Es una persona honesta, instruida, genuinamente integrada a las distintas realidades del país, con mucha energía, y con una sensibilidad de izquierda. Es decir, está más preocupada por la desigualdad social que por los grandes negocios (los que inevitablemente benefician a unos pocos). Está a la cabeza de un conglomerado donde conviven la vieja izquierda de siempre, los intelectuales progresistas, y los nuevos movimientos sociales surgidos en defensa de la gente y el medio ambiente contra los abusos de la explotación minera (por razones que no entiendo, las mineras han elegido hacer las cosas mal, pudiendo hacerlas bien). Destaca este partido por su pensamiento moderno, evolucionado, respecto a los derechos de las minorías sexuales y al fin de los privilegios de una de las iglesias en un país oficialmente laico. En su equipo de gobierno hay gente capaz, pero por ahí pasan mis principales dudas, si acaso será un gobierno honesto, con una retórica convincente, pero poco eficiente en los hechos, como fue el de la alcaldesa de Lima. Espero que sepa corregir el rumbo si es necesario, como supo salirse tempranamente del partido de Humala cuando se dio cuenta de que “la gran transformación” que anunciaba Ollanta no era más que la transformación del patrimonio de su familia.


Dan ganas de votar por Mendoza y el Frente Amplio (FA) solamente en reacción a la campaña sucia, plagada de mentiras, que los medios han hecho contra ella en las últimas semanas (sólo falta que la acusen de causar la explosión de Chernobyl) y que mucha gente repite sin pensar. Me tomaría demasiado espacio comentarlo todo (la ignorancia es infinita) pero algo intentaré:


Hablan de que llega el comunismo. Quien dice eso o no sabe lo que es el comunismo o no ha leído el programa del FA. Ser de izquierda no significa ser comunista (así como ser de derecha no significa ser neonazi, y ser imbécil no significa ser Donald Trump). Vamos muchachos, lean un poquito, el conocimiento no duele. El proyecto del FA está más cerca de la socialdemocracia sueca, que trajo prosperidad con equidad a su sociedad haciendo un pacto social con el empresariado, que del socialismo venezolano, un engendro corrupto, autocrático e inútil que ha traído desgracia a su sociedad. Los economistas que están en su equipo son personas con peso académico y experiencia, de ninguna manera van a lanzar al país a una aventura suicida. Tendrán que lidiar con el inevitable boicot interno empresarial a todo gobierno progresista, pero ahí entrará en juego la muñeca política para no pelearse del todo con ellos pero tampoco ponerse a sus órdenes, como Humala. Les vienen tiempos difíciles, por el frenazo chino, pero hay esperanza. A propósito, es risible que se hable de no detener el crecimiento, o ver a Toledo o García colgarse las medallas del crecimiento económico reciente, cuando todo era causado por la locomotora china comprando metales, y ahora que se detuvo, todos los gobiernos son impopulares.


Repiten y repiten que el Perú será Venezuela, como si fuera la única posibilidad de un gobierno de izquierda. Yo confío en que el gobierno del FA no sea como en Brasil, donde los gobiernos del PT (también anunciados como el apocalipsis comunista) se entregaron a la corrupción (pero al menos se redujo mucho la desigualdad), o como Chile, donde los gobiernos de la Concertación (también anunciados como el apocalipsis comunista) se han vendido o alquilado al empresariado local a costa de los bolsillos de la gente, y la elevada desigualdad no ha disminuido un ápice. Otro mundo es posible. Se puede tener un gobierno de izquierda en el que las cuentas del país estén en orden, y crecer moderadamente, y al mismo tiempo tener un estado fuerte y regulador que garantice muchos derechos sociales a la población, en plena libertad, con menos racismo (el Perú está muy atrasado en extirparlo) y más respeto a los derechos de las minorías, y reduciendo la brecha entre pobres y ricos. Ese país existe, se llama Uruguay, encabeza casi todos los ránkings de calidad de vida en Sudamérica, y tuvo hace poco al presidente más honesto y solidario que se recuerde, el ex-guerrillero Pepe Mujica. Curiosamente, el Frente Amplio, el partido de Mujica y Tabaré Vázquez, ha ganado las últimas tres elecciones presidenciales. Parece que la gente le agarra el gusto al apocalipsis.

  

lunes, 6 de abril de 2015

La basura en su lugar


El mes pasado hubo una marcha por las calles de Lima contra la TV basura. Oficialmente era para exigir el cumplimiento de un artículo de la Ley de Radio y Televisión referido al horario de protección al menor, una normativa que los canales de TV compiten por incumplir. En el fondo, la marcha fue una protesta contra la basura de contenidos en los programas de chismes de farándula, reality-shows, y pseudo-competencias atléticas entre modelos que no hacen más que inventar romances, infidelidades y peleas. Los organizadores de la marcha fueron los mismos que encabezaron las protestas contra una ley que supuestamente fomentaba el empleo juvenil pero en realidad recortaba groseramente derechos laborales. Así, estos muchachos sin partido político son la reserva moral de la sociedad que da un grito de asco cuando la calidad de los contenidos televisivos (o de los empleos) llega al nivel basura; el mismo grito de asco que un comensal profiere al encontrar un insecto en su comida. Algunos periódicos, parte de los mismos conglomerados empresariales que poseen los canales, previsiblemente menospreciaron la charla antes y manipularon las informaciones después. Por supuesto, son medios en cuyas páginas web más de la mitad de las “noticias” son farándula, seguimiento a telenovelas y reality-shows, fútbol, y videos de youtube o facebook.
Aplaudo a estos muchachos que en las puertas de los canales gritaron insultos y rompieron gigantografías de los “rostros televisivos”, personajes a los que cuesta mucho encontrarles un talento particular que justifique su fama o sueldo (o su existencia, si nos ponemos metafísicos). Antes de la marcha leí en varias columnas las típicas disquisiciones que -siendo razonables- finalmente llevan al inmovilismo: que antes había que definir lo que era TV basura y lo que no, que la educación es tarea de los padres y no de la TV, que hay otros problemas más importantes por los cuales marchar, etc, etc. Esto me hizo recordar una fábula que leí de niño, donde un par de conejos que huyen de dos perros de caza se ponen a discutir si los perros son galgos o podencos, y de tanto discutir pierden el aliento y son presa de los perros. Lo importante, lo terrible, es que la gente se embrutece cada vez más al conectarse con los medios de comunicación masivos, perdiendo la poca cultura ganada en el colegio, confundiendo su juicio acerca de lo que es valioso, tomando como modelos a personas que no tienen nada de admirable, y adormeciendo sus capacidades intelectuales de análisis y crítica, lo que le viene muy bien a gobiernos incapaces, autoritarios, maquiavélicos, o todas las anteriores. El cerebro del televidente enchufado a la TV basura se va haciendo cada vez más primario, limitando sus temas de conversación a las banalidades que todos conocen, repitiendo pensamientos como respuesta a estímulos repetidos. Retomando la analogía, ese ser humano intoxicado de contenidos idiotas y superficiales termina pareciéndose al sujeto que de tanto comer comida chatarra se convierte en un obeso mórbido que se mueve y respira con dificultad, y que básicamente dedica su vida a pensar en el siguiente bocado.
Fue divertido leer cómo muchos de los rostros visibles, los responsables mayores de esa degradación televisiva, reclamaban indignados que ellos no eran parte de la TV basura (sí, hija, todos menos tú). Suena familiar. Nadie se declara racista o clasista, pero a la mayoría sin mucha dificultad le escuchas frases claramente racistas o clasistas. Molesta la etiqueta, a quién no, pero -lo siento- por sus obras los reconoceréis. Ahora, lo deprimente no es tanto que los contenidos de estos programas sean repugnantes o lobotomizantes, al fin y al cabo cualquier demente podría salir mañana a pretender vender en la calle los productos de su digestión; lo realmente triste es que la gente forme cola para comprárselos, es decir que esos programas sean los de mayor rating. Algo tienen, alguna fibra en la corteza cerebral se riza, alguna neurona malformada toma el puente de mando, cuando desfilan el chisme, el morbo, y los/las modelitos de cuerpos apetitosos por la pantalla. Al igual que la comida chatarra basa su éxito en apuntar directo al hipotálamo para liberar cataratas de dopamina, la TV basura probablemente apela a un mecanismo encefálico primitivo del que cuesta mucho librarse. Para muestra, mi amigo Marco, al que un doctorado en ciencias no ha hecho inmune a la tentación de la farándula televisiva.

Evidentemente, esto no ocurre solamente en el Perú, es lo mismo en muchísimos países. Los formatos se repiten y, a pesar de las diferencias culturales, triunfan en términos de audiencia. Esta alienación es ya una epidemia global. Algunos dirán que se exagera, que basta cambiar de canal o apagar la TV, que uno tiene la libertad de elegir. Algo de razón tienen, pero es como decir que el problema de la pasta básica de cocaína en la sociedad se soluciona decidiendo no usar drogas (Just say no). La TV basura crea modelos de conducta, y ya está haciendo daño; una señal es la cantidad de niños que son inscritos con los nombres de esas figuras televisivas. Hace poco, en un colegio chileno, a la pregunta “qué quieres ser” un muchacho próximo a egresar contestó -seriamente- “opinólogo”; o sea, una persona que se dedica a comentar los chismes de la farándula. Lo que está detrás de esta respuesta, y de las larguísimas filas de postulantes a participar en reality-shows, es una distorsión esencial: la creencia de que ser famoso es una señal de éxito personal, y entonces cualquier cosa que los lleve a las pantallas, incluidas la humillación y el riesgo personal, se justifica. Antes era así, las celebridades lo eran por méritos verdaderos, por destacar en algún campo a consecuencia de una larga dedicación o por algún talento singular (artístico, científico, intelectual, social, deportivo, etc.). Ahora no, cualquier exhibicionista de ostentosa ignorancia puede hacerse famoso simplemente porque se transmiten sus gestos y palabras por TV. Ser famoso ya no es una consecuencia, se transformó en un fin. ¿Adónde nos lleva esto? No lo sé, pero viendo a estos aspirantes a la fama colgando de trapecios y haciendo equilibrio sobre troncos, se me ocurre que ya empezamos el camino de regreso a ese momento fundacional de nuestro linaje en el que un salto audaz nos llevó de los árboles a la sabana. 










martes, 14 de octubre de 2014

Ellos, los salvajes

Dos niños llegan al mismo tiempo a la cola para recibir el almuerzo en el comedor de su colegio. Discuten. Cada uno defiende que llegó primero. La discusión se convierte en intercambio de insultos. De pronto uno de ellos toma un cuchillo del mostrador y se lo clava al otro en el cuello. Tres veces. La víctima, conmocionada, cae al suelo y empieza a desangrarse. Afortunadamente, la escena es ficticia. Pero sirve para ilustrar un punto. Está claro quién es el salvaje y quién la víctima, ¿o no? ¿Cambiarías tu opinión si supieras que el agresor es un sobrino tuyo y la víctima un desconocido?
En los últimos meses nos hemos horrorizado ante las terribles atrocidades cometidas por grupos como Boko Haram o el Estado Islámico. Secuestro y esclavismo de niñas, matanzas de pueblos enteros, decapitaciones en masa, violencia extrema y arbitraria. La justificación en esas mentes enfermas: imponer la religión verdadera. Es espantoso, monstruoso, abominable. Los adjetivos se repiten en cada artículo que leemos en la prensa. Pero el mundo católico occidental no debería sorprenderse tanto de estos métodos y criterios, porque forman parte de su historia esencial. Podríamos decir que en La Biblia sobran los ejemplos de genocidios, matanzas de niños y decapitaciones, todo en nombre de ese dios que ama a todos sus hijos. Pero no es necesario retroceder tanto en el tiempo. Las cruzadas, que contaban con bendición y hasta financiamiento papal, consistían en hacer a caballo y con lanzas lo que hoy hace el Estado Islámico con carros de guerra y ametralladoras. Es decir, matar a miles y conquistar territorios en nombre de la propia religión, considerando justa y necesaria la aniquilación del enemigo, ya que profesa otra religión. El denominador común es el gusto por decapitar, eso no se ha perdido. 
Las sagradas cruzadas, en las que la mutilación y el saqueo eran instrumentos de virtud, no se dirigieron solamente contra los musulmanes. En la cruzada contra los cátaros albigenses, acusados de herejía (o sea, creer en variantes de la fe que El Vaticano no aprobaba), el valiente Simón de Montfort asaltó el pueblo de Bram y a más de 100 sobrevivientes rendidos les cortó orejas y narices, y les sacó los ojos; salvo a uno, a quien dejó tuerto para que guiara a los ciegos en su camino hacia el siguiente pueblo, convirtiendo ese cruel desfile en amenaza. Alguien dirá que todo eso ocurrió en un lejano pasado que nada tiene que ver con lo que se hace o se piensa hoy en día. Pero todavía en estos tiempos se encuentran páginas católicas en internet que defienden o relativizan las hazañas de Montfort o las torturas de la Santa Inquisición. En la página oficial del Museo de la Inquisición de Lima hoy se lee que “intereses políticos y religiosos han generado prejuicios que impiden obtener una imagen clara y objetiva sobre esta institución” y que numerosos estudios han “desvirtuado por completo la leyenda negra creada en torno al Santo Oficio por los enemigos de España y de la Iglesia Católica”. Además describen a los ascéticos, contemplativos y vegetarianos cátaros como “particularmente violentos”, indicando que esas herejías ahogadas en ríos de sangre “turbaron la tranquilidad de la Iglesia y de la sociedad cristiana”. Para que quede más claro que todo esto no está enterrado en un pasado oscuro, el escudo de Aragón -el mismo que hoy se exhibe en la bandera en actos oficiales de dicho gobierno- contiene un campo donde aparece la Cruz de San Jorge cantonada por 4 cabezas de moros decapitados.
 
La religión islámica es seis o siete siglos posterior a la católica. Esto explica en parte la asincronía entre las barbaridades de una y la otra. Pero al final son prácticamente lo mismo: sectas intolerantes y machistas con mucho poder, que sojuzgan a los incautos que se han dejado estafar con el cuento de que una creencia -legítima absolutamente- requiere una religión que la administre. A partir de profetas históricos con buenas intenciones, una casta sacerdotal de mantenidos arma un sistema de explotación, esclavismo mental y enriquecimiento que nada tiene que ver con la prédica original. De vez en cuando en la historia, sectores extremistas, más intolerantes todavía, amplían su abuso a los no-creyentes, en una suerte de expansionismo religioso. Lo que vemos hoy en las noticias es lo mismo que ocurría hace unos cuantos siglos, pero con los roles invertidos. Las diferencias entre el Estado Islámico y los Cruzados Católicos están en el tiempo, las armas y el lado de la mesa (oriental/occidental, islámico/católico), pero nada más. Como con los niños en la escena del comedor escolar, me pregunto si tendremos claro que el horror es horror por el acto y no por quién lo comete.

domingo, 22 de junio de 2014

Más respeto con el muerto

Se fue España, el último campeón, de Brasil 2014 y la cola para hacer leña del árbol caído se pierde en el horizonte. Es cierto que en el mundo del fútbol la buena memoria es tan rara como un buen árbitro, pero aquí se está exagerando. Y, como siempre, la ignorancia y la falta de respeto van de la mano (... a un concierto de reggaeton).

Son los mismos que se burlan con memes (casi todos sin la menor gracia) de las derrotas de la selección de Del Bosque los que disfrutan de este mundial, que está siendo el mejor de los últimos 25 años: por juego, actitud ofensiva y por goles. Y no son capaces de darse cuenta de que buena parte de este disfrute se lo debemos a esos españoles bajitos, devotos del tiki-taka, que ganaron el último mundial y las últimas dos eurocopas. 
Hay que hacer memoria. Para encontrar un buen mundial hay retroceder hasta México 86, con la exhibición del genio de Maradona, el himno al fútbol del Brasil-Francia de cuartos de final, la maravillosa Dinamarca de Laudrup, y el rodillo soviético. Hay que hacer memoria. Recordar el pésimo y ultradefensivo Italia 90, el mediocre EEUU 94 con la final terminando 0-0, el 2002 de los arbitrajes escandalosos, el violento Alemania 2006, o el soso 2010 donde solamente lució la elegancia técnica de la España dirigida por el excelso Xavi (era la época en la que él parecía haber visto el video de la jugada segundos antes de que ocurriera).
La recientemente fenecida hegemonía española en el fútbol es incuestionable. En los últimos dos mundiales los tres primeros lugares fueron para equipos europeos, por eso las eurocopas del 2008 y 2012 casi equivalen a un mundial. Y ese equipo vistoso y ganador se hizo a imagen y semejanza del FC Barcelona, la filarmónica blaugrana que en docenas de recitales inolvidables supo demostrar que era posible unir estética y eficacia para llevar al fútbol a su cima histórica. Por eso, porque las estrategias exitosas son inmediatamente copiadas, para entender este mundial que nos gusta, donde equipos antiguamente basados en la defensa férrea (Italia) o la fortaleza física (Alemania) nos regalan apuestas por un fútbol bien jugado, hay que recordar -y agradecer- a España.
Si hay algo más imperdonable que el fracaso, es el éxito. Los mediocres están siempre esperando el resbalón del que está en la cima, para sentirse acompañados en el barro. Lo supieron tarde muchos que murieron olvidados después de haber cambiado la historia (próceres, exploradores, inventores, luchadores sociales). Hoy vemos el linchamiento mediático de los recientes (pero antiguos para el fútbol) héroes de la selección española. Si quieren discutir las causas del fracaso en este mundial, con gusto me siento a conversar, porque tengo un par de ideas al respecto. Pero yo no me sumo al linchamiento. Yo tengo memoria, amo el buen fútbol, y por eso les digo Gracias.

domingo, 15 de junio de 2014

¿Quién es el simio?


La señora de la foto, como muchos de los imbéciles que van a los estadios de fútbol y quieren dejar en claro que lo son, cree que es gracioso imitar a un simio para burlarse de un jugador de raza negra. Detrás de estas agresiones racistas está la idea de que esas personas se parecen a los simios y son -por lo tanto- inferiores. Pero lo que define cuán evolucionado o retrasado es un individuo, o un grupo, no es su aspecto; es su conducta, lo que es capaz de (o decide) hacer. Así, nuestro pariente lejano Homo habilis está más adelante que la señora Lucy (Australopithecus) porque usaba herramientas. Aceptando por un momento que llamar a alguien simio sea un insulto (algunos simios actúan de manera solidaria, altruista y hasta civilizada, como los bonobos -primos de los chimpancés- que solucionan sus problemas con paciencia y sexo), creo que esa categoría la merecen aquellas personas que ejecutan acciones particulares, que denotan un estado de desarrollo mental o social bastante primitivo, y no las que tienen rasgos más o menos parecidos a un modelo determinado. Resumiendo, simio es quien tiene un comportamiento no-civilizado, quien no respeta al otro. Entonces, simio es el que se estaciona en el lugar para minusválidos, el que orina en lugares públicos, el que golpea sin motivo a alguien más débil simplemente para desahogar su frustración, el que bota su basura en la calle de todos o en el sitio del vecino, el que lanza objetos contundentes en un estadio o un concierto, etc. Cualquier observador honesto y libre de prejuicios podrá concluir que esas conductas no están asociadas al color de la piel de las personas. Porque en las calles de Lima los choferes de las combis -de piel cobriza en su mayoría- no respetan la luz roja ni los cruces peatonales, es cierto, pero no es menos cierto que los conductores de las camionetas BMW o Audi -de piel un poco más blanca en su mayoría- se estacionan en los lugares para minusválidos y tampoco respetan los pasos peatonales. El color de la piel -ya lo dijo la ciencia, pero pocos se han enterado- es un rasgo que nos dice muy poco del ser humano. Nos sirve para saber si está bien protegido contra la radiación ultravioleta, y poco más. 
La señora de la foto, aficionada del Llagostera de Gerona (Barcelona), un club de la tercera división española, dirigía esos gestos ofensivos hace algunas semanas a Mamadou Koné, el N° 9 del Racing de Santander. Koné nació hace 22 años en Costa de Marfil, como dos portentos del fútbol mundial, Yaya Touré y Didier Drogba, pero también como cientos de desconocidos jóvenes futbolistas marfileños que año a año son traficados por las mafias de representantes, que los llevan a probarse en clubes de Francia con contratos engañosos, venden a los pocos que destacan, y dejan a los demás abandonados en la calle y sin papeles. Mamadou Koné es en cierto modo un sobreviviente que se ganó un lugar en el mundo del fútbol español por su esfuerzo y su talento. Debutó en el Racing a los 19 años contra el Barcelona, cuando su equipo todavía estaba en primera división. Desde entonces ha acompañado al equipo en dos descensos -hasta tercera- y un reciente ascenso a segunda división, en el que Koné metió 18 goles. Uno de ellos fue el que generó las reacciones de algunos energúmenos en la tribuna del Llagostera, que así quedó en camino de lograr su propio ascenso. La señora de la foto trabajaba en la boletería del museo del FC Barcelona. Pero al difundirse la foto (y el video), perdió el trabajo, porque el FC Barcelona no puede aceptar esas manifestaciones de odio racista entre sus empleados. Por su parte, el Llagostera -también de Cataluña- la declaró persona non grata en el club. Es un ejemplo a seguir el de los catalanes, que por algo son el pueblo más civilizado de España. Me pregunto qué pasaría si todas las empresas peruanas, chilenas, argentinas y españolas despidieran a sus empleados por escribir comentarios racistas o xenófobos en las noticias por internet (los leo todas las semanas). Sería magnífico, una poderosa señal educativa pensando en el futuro. Porque de eso se trata, de que la próxima generación sea menos ignorante, es decir, mejor que la nuestra. Así como los niños junto a la señora de la foto reciben el mensaje de que es divertido imitar a un mono para burlarse de un africano, algunos hijos de los muchos racistas despedidos podrían recibir el mensaje de que no es tolerable para la sociedad discriminar o insultar a alguien por el color de su piel o el país donde nació. Podemos soñar con ese progreso. La esclavitud alguna vez fue legal, vista como normal, y hoy es perseguida en el mundo entero. El racismo es la siguiente plaga mental a exterminar. 
Inmediatamente después del episodio en el estadio, en su cuenta de twitter, y con la foto que acompaña este post, Koné escribió lo siguiente: “Respecto a lo de esta “señora”, mejor no decir nada...Ya se retrata ella sola.”

Queda claro quién es el simio.

viernes, 23 de mayo de 2014

Vivir del rebuzno ajeno (II)

En su editorial del 18 de marzo, El dinero sí crece en los árboles, El Comercio -una vez más- usa a Chile como ejemplo de lo que el Perú debería hacer. Se relame ante las cifras de exportaciones de la industria forestal chilena y se lamenta de que en el Perú, teniendo un enorme bosque Amazónico, con maderas de gran calidad, apenas se explote este recurso debido a las trabas de “la burocracia” (léase las leyes). Al momento de enumerar alegremente los beneficios de establecer concesiones forestales en la Amazonía, el editorialista no se queda corto: más trabajo para los pobres, menos minería ilegal, menos deforestación, y menores efectos del cambio climático. Solamente le faltó decir que mejoraría el rendimiento de la selección de fútbol y disminuiría la disfunción eréctil. Curiosamente, se le olvidó mencionar “más dinero para el empresario forestal que me encargó escribir este editorial”.

A fines de los 70 en Chile habían 200,000 ha de plantaciones forestales. Gracias a cuantiosas inversiones y a subsidios estatales (una muestra del enorme poder del lobby forestal, que tuvo bloqueada en el congreso la ley de bosque nativo por 15 años y que ignora sistemáticamente la normativa ambiental), hoy hay más de 2 millones de ha de plantaciones de eucalipto y pino. Es un negocio muy rentable... para el par de familias que domina el mercado. Junto con ello, se ha arrasado con el bosque nativo, en ocasiones usurpando territorios ancestrales mapuche, se deja sin agua para la agricultura a las localidades cercanas, las que también sufren la contaminación permanente del aire cuando les toca de vecina una planta de celulosa, y de vez en cuando ocurren desastres ambientales. O sea, un esquema ideal: las ganancias me las llevo yo, los costos los asumen los demás. Hasta ahí, nada nuevo, es el trato justo al que todo gran empresario aspira, y es lógico que los emprendedores peruanos quieran emular a los chilenos. Lo que me llama la atención es el argumento de “menor deforestación”. O sea, ¿cuantos más árboles corto, más árboles quedan? Esto es equivalente a proponer combatir la pedofilia dejando más niños al cuidado de sacerdotes. Es claro que cortar una vez el bosque nativo y resembrar -varias veces- con pinos o eucaliptos es mejor que cortar sin parar. El punto es que nadie está cortando sin parar. Hay tala ilegal, por supuesto, y debe perseguirse, pero su magnitud es infinitamente menor a la que ocurriría si los oscuros deseos de estos empresarios se cumplieran. A menudo tratan de vendernos la falacia de la equivalencia entre un bosque de verdad, que llega a su compleja madurez tras siglos de crecimiento, y una simple plantación forestal (“bosque plantado” les gusta decir a ellos). Una plantación es casi un desierto verde, pues muy poca vida animal y vegetal coloniza el sotobosque; además tiene fecha de vencimiento: pasados 20 años llegan las motosierras y sanseacabó. Un bosque, además de los árboles mayores que lo definen, aloja una cantidad enorme de animales, plantas, hongos, y microorganismos, los que forman una red de interacciones difícil de imaginar. Hay que ser muy ignorante o muy malintencionado para pretender convencer al ciudadano lector de que una plantación puede reemplazar a un bosque.
Comenzando por ese ciclópeo ejemplo de probidad financiera y rectitud ideológica que se llama Alan García, en el Perú hay muchos que miran a Chile como un ejemplo a seguir, o un competidor a superar. Ya se ha importado el eficiente mecanismo de estafa de las AFP, y se avecinan más imitaciones (o parodias). Pero conviene recordar que todas esas historias de éxito económico en Chile tienen un lado B que la prensa habitualmente olvida. Detrás de las excelentes cifras de exportaciones de fruta están las estadísticas de tasas de malformaciones al nacer, que son diez veces mayores en las zonas donde las temporeras recogen la fruta cargada de plaguicidas. Detrás de esos magníficos vinos están los casos de pueblos que ya no tienen agua porque las grandes viñas han monopolizado el uso de los acuíferos, y lo mismo ocurre con los poblados cercanos a las explotaciones mineras. Este modelo de desarrollo con altos costos sociales a la larga no puede ser sustentable. Si los líderes políticos y de opinión peruanos quieren imitar a Chile, que comiencen por imitar su policía no-corrupta y sus bajos índices de homofobia. Hoy sería un sueño imaginar un Perú en el que los policías no tuvieran tarifa (negociable a la baja) y las noticias sobre iniciativas de unión civil y homosexualidad no estuvieran plagadas de comentarios homofóbicos e ignorantes (lo primero consecuencia de lo segundo).
Para terminar, un bonus-track.
En su editorial del 7 de mayo, Y ahora… el lobby de los pastrulos, El Comercio dice, respecto a la idea de legalizar la marihuana: “Lo menos que necesita un país que aspira a salir del subdesarrollo es fomentar la dependencia de ninguna sustancia (...) Cultivar esa planta en casa es casi tan peligroso como dejar un arma al alcance de un niño.”
Desconozco si la editorialista acostumbra tomarse un traguito antes de escribir sus columnas (pero llama la atención aquello de “lo menos que necesita” en lugar de “lo que menos necesita”, los significados son muy distintos). Lo que sí sé es que el alcohol es una droga mucho más perniciosa para la sociedad que la marihuana, y no veo campañas histéricas en contra de su status legal y su consumo masivo. Aparentemente importa poco saber que infinidad de palizas a mujeres, y hasta asesinatos, se evitarían si se sacara el alcohol de la escena del crimen; o que innumerables muertes por accidentes de tránsito no ocurrirían si no fuera por el consumo de alcohol. Como argumento, la columnista cita con alarma un estudio que indica que 1 de cada 400 muertos en accidentes de tránsito tenía THC -el compuesto activo de la marihuana- en la sangre. En el caso del alcohol la proporción es 1 de cada 2, y en el segmento juvenil llega a 2 de cada 3. Que se quede tranquila, los ejemplos pasados de Holanda y Colorado (y lo mismo ocurrirá con Uruguay) desmienten el anuncio del armagedón post-legalización. Finalmente, el comentario de que la plantita en casa es casi como dejar un arma al alcance de un niño me dejó perplejo. No sé, es probable que, por su casta ignorancia de la hierba, la columnista confunda la planta de marihuana con las plantas carnívoras gigantes de las películas (2:59 en adelante). En cualquier caso, no será la última confusión o disparate que nos regale el decano de la prensa peruana. Salud por eso.