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jueves, 20 de diciembre de 2018

Adiós rodando


No, no es que este blog haya resucitado. Sigue tan muerto como el primer día. Pero no quería que quedara como último post aquél de La Serena en la Edad Media. Tal vez es demasiado bilioso para ser la carta de despedida, la última fachada que verán los vecinos en esa veja casa cerrada por derribo. Así que, sin mayor preámbulo, como el sexo adolescente con las profesionales del amor, paso a dejar este palimpsesto apurado.
Al final, como siempre, los griegos tenían razón: el principal problema a resolver es el del ser. Lo podemos hacer complejo como el viejo y querido Parménides (“el ser no puede no ser”, como aperitivo), pero también lo podemos hacer sencillo. El problema es que la gente no es, así como suena (su silencio existencial). Y para disimular ese vacío con cáscara, para tapar ese pozo infinito, recurren a la tribu. ¿Para qué? Para abrazar y repetir las ideas, pareceres, gestos, filias, fobias y alaridos de otros, en ausencia de los propios. Es como el nacionalismo que explicaba el sabio Schopenhauer (el trade-off entre las razones para sentirse orgullosos de su país y las razones para sentirse orgullosos de sí mismos) pero a una escala menor. Algunos no quieren, otros no pueden, otros ni llegan a enterarse de que no pueden, pero el hecho contundente es que no son, no hay pensamiento propio, no hay personalidad individual. Son copias de copias. Hay tribus inofensivas, como los runners o los clubs de fans de Elvis o Juan Gabriel, o los usuarios de Mac, o los veganos (hmm, pueden no ser inofensivos para su salud, con el cerebro pidiendo B12 y esas cosas, pero dejémoslos tranquilos, porque nos toca más carne en las parrilladas). Podemos sumar a filatélicos y numismáticos, o –pasando ya al siglo 21– a los fanáticos de Fortnite o de personajes de Marvel. Luego están las tribus mixtas, anfóteras, con coexistencia de distintos alelos, el mutante pacífico-ideológico y el mutante agresivo-violento. Aquí encontramos, entre muchos otros, a animalistas, feministas, hinchas de Boca o River, militantes de partidos políticos, y religiosos varios. Finalmente, en el podio de la estulticia, protegidos de cualquier atisbo de razón, están terraplanistas, antivacunas, neofascistas trumpistas, bolsonaristas o sus versiones más criollas, y consumidores/divulgadores de fake news del tipo “todos los inmigrantes haitianos tienen SIDA”. En fin, no hay espacio ni tiempo para mencionarlos a todos, que me perdonen las merecidas omisiones, pero ya está, quedan dichas estas palabras al viento como demorado preámbulo para la ceremonia de sembrar un granito de arena en el desierto. Inshallah.
Para aclarar, sigo escribiendo, pero no aquí (y aquí puede significar muchas cosas, pero mejor lo dejamos ahí). Después de que mi entrañable Amarilis y el país imposible lograra, por sus propios méritos, hacerse un lugar en el escaparate del olvido, publiqué mi libro de cuentos (No ha pasado nada y otros cuentos) con la misma editorial de mi universidad y –curiosamente– nada pasó. Tomo como una honrosa distinción el que recientemente pusieran mi libro de cuentos como el ofertón del mes, seguramente no se debió al hecho de que no se vende ni con suplemento porno, sino porque quieren acercar la cultura a las grandes mayorías. Pero, ya saben, en materia de publicar sus libros, su seguro servidor es acólito del sumo sacerdote creador de la saga “retroceder nunca, rendirse jamás”. Así, el verano pasado me escapé al invierno del norte y en la casa de un querido amigo, en madrugadas ubérrimas y pluscuamperfectas, terminé mi segunda novela. Y ahora heme en el mismo punto de partida, parchís con dado trucado, buscando alguna editorial distraída que la publique. Prefiero no repetir el camino fácil de la editorial de mi universidad. Uds. comprenden, se trata de sacarle las rueditas a la bicicleta (como Freddy Turbina). Así es que acomódense en sus asientos porque esto puede durar para siempre, o un poco más. En los últimos meses ya llevo 5 mails a contacto@editorial...etc ofreciendo el manuscrito de novela no solicitado y en todos los casos he recibido un amable silencio como respuesta. Ah, la novela se llama No encontrarás en mi alma a nadie. Primera persona. 64,000 palabras. 28 capítulos.
Que les vaya bonito.

domingo, 21 de agosto de 2016

El burro y el genio

Estoy leyendo un libro de entrevistas/conversaciones con David Foster Wallace. Y lo disfruto de a sorbos, como quien toma un café exquisito en sabor y aroma en una taza pequeña, cuidando que no se me acabe demasiado pronto, sabiendo que no habrá más entrevistas. DFW tiene una densidad intelectual, una complejidad que se da el lujo de ser formal y no caótica/hermética, que hace mucho tiempo no leía (no veía). Un consumidor de toda la cultura, la pop, la docta y la académica; un consumidor honesto y autocrítico. Fue adicto a la TV gringa (difícil imaginar algo peor) pero te cita a los filósofos de memoria, porque además tuvo una formación filosófica y científica (matemática) importante. Y se nota. Encima de todo... el tipo es sincero, no pretende venderte una linda botella de cristal de Bohemia llena de humo, como tantos otros devotos de sí mismos que acaparan la atención de los medios. En fin, está en otra galaxia si lo comparo con tantos autores -incluyo cantautores- que uno admira por sus creaciones artísticas pero en las entrevistas te decepcionan por banales, superficiales, pueriles, predecibles, ególatras, envidiosos, en suma humanamente mediocres. Para qué dar nombres y casos, sería un triste ejercicio de disección de la decepción.

No he leído más que algunas páginas de cuatro de sus libros, pero ya tengo un par de ellos en mi biblioteca esperando su turno. En los últimos años tuve en mis manos un par de veces las más de 1000 páginas de La Broma Infinita, dudando mucho, pero finalmente el libro-ladrillo no entró en la mochila de regreso, será para la próxima. Sabía de su existencia, del ruido que generó su obra, pero mi verdadero descubrimiento de DFW ocurrió no hace mucho, viendo en la pantalla de un avión una especie de documental, una dramatización de la experiencia de un periodista que lo entrevistó. Me ayudó mucho a entenderlo a él y por lo tanto a entender su suicidio. Me conmovió hasta las lágrimas. Pobre David, demasiado lúcido para poder perdonarse a sí mismo, demasiado sensible para aceptar este mundo.

Hoy me encuentro en El País con un artículo del -se supone- escritor Rodrigo Fresán sobre La Broma Infinita y DFW a propósito de los 20 años de la publicación del libro, y no puedo sino indignarme. Fresán es uno de esos escritores latinoamericanos que siempre salen en la foto, cuyo nombre siempre te va a sonar, que tienen buenos contactos, pero que rara vez -salvo descuido o regalo inocente- aportarán con un libro a tu biblioteca. Yo ya había dedicado unos minutos en mi vida, en más de una librería, a descartar la compra de libros de Fresán. Después de leer el artículo, confirmo que no me equivoqué. Para comenzar, tal vez para hacerse el gracioso, se refiere a su suicidio de esta manera “su cuerpo nacido en 1962, su alma estrenada en 2008, previo veloz trámite de suicidio”, “se ha convertido casi en un producto de éxito, potenciado por la pena infinita de su temprano auto-eject”. Y luego no hace más que convencer al lector de que no sabe estructurar un artículo periodístico, que divaga, se desordena, cita sin criterio, y termina con apuro. En fin, una pérdida de tiempo.

A esa herejía de que Fresán nos hable de David Foster Wallace, equivalente a que Enrique Iglesias nos explique a Joaquín Sabina, hay que sumarle dos detalles. El primero, en el título, el error común de referirse a DFW como “Foster Wallace” (sí, en las librerías a menudo lo encuentro en la F, cuando su apellido era Wallace). Algún día aprenderán que Martin Luther King se apellidaba King y no Luther, como Wallace no se apellidaba Foster Wallace ¿O les suena bien hablar del asesinado presidente Fitzgerald Kennedy? Si les parece exagerado mi reclamo por confundir nombres con apellidos, prueben a imaginar a un norteamericano hablando de esos dos grande escritores, el colombiano Márquez y el peruano Llosa. El segundo, el escritor Fresán nos habla de la “autoficción tan en voga”. Caracoles. Bueno, en francés la palabra es vogue (leerá mucho la revista de modas Vogue, supongo) pero en castellano es boga. Sí, ya sé, me dirán que la b y la v son vecinas en el teclado. Puede ser, pero basta revisar una vez para que el error te grite desde el texto, si es que conoces bien tu idioma. Que sean vecinas no es excusa para confundirlas (Doña Florinda y Doña Clotilde lo eran, y Don Ramón nunca las confundió).

Al referirse a la tortura de escribir en una de las entrevistas, DFW señala que si el escritor permite que uno solo de sus lectores se meta en su cabeza, o si lo siente asomarse por encima de su hombro mientras escribe... está jodido (imagino que era fucked up en el original), y confiesa que batallaba contra ello, porque le ocurrió más de una vez. Pues bien, tengo que reconocer que algo de eso explica mis lagunas al escribir este blog que no lee nadie. No es solamente la (real) falta de tiempo o tranquilidad para escribir, o las ganas de dedicar el poco tiempo disponible a avanzar mi segunda novela. Es que, una vez más, el maldito David Foster Wallace tiene razón, y una vez más no hay razones para celebrarlo.  

domingo, 30 de marzo de 2014

Como decíamos ayer...

Después de quince meses de elocuente silencio, decido que la sonrisa del penúltimo regrese del cementerio de los blogs, convencido -contra toda la evidencia disponible- de que vale la pena seguir escribiéndolo. Es tal vez momento de confesar las verdaderas motivaciones que me llevaron a comenzar este blog. Mi objetivo era que Angelina Jolie se enamorara de mí (o al menos me adoptara), pero parece que no resultó. Quizás se deba a que no lee castellano. Quizás se deba a que nadie lee este blog. Imagino que aquí llegarán por error los que buscaban algún e-book de la colección La Sonrisa Vertical, o los que buscaban el horario del último o penúltimo tren a alguna parte. Quién sabe. Eso no importa ahora, que se multiplicarán las oportunidades para no leer mis textos. Hablando de eso, es claro que en estos tiempos de reality shows lobotomizantes, y vulgares fisgoneos convertidos en prensa, cualquier blog de un ilustre desconocido que ventile asuntos íntimos tiene asegurado el rating. Porque nadie abandonará la lectura de un post que comience diciendo “Lo bueno de tener sexo con desconocidos es que...” o “Ayer decidí decirle a mi mujer que nunca estuve enamorado de ella...”. Poco importará que el firmante maltrate el estilo y desprecie la ortografía. Lo siento, yo paso. No solamente porque no he tenido sexo con desconocidos (¿intercambiar fugazmente los nombres cuando todavía queda ropa puesta, cuenta?), sino porque no me interesa atraer a voyeurs con banda ancha y mente estrecha. Mi público objetivo lo tengo claro: maestros jubilados, directivos del Club de Leones, aficionados al horóscopo chino, estudiosos de la obra del poeta Roque Dalton, y amigas de mi mujer. Así que, como decía Charly Menem horas antes de seguir robando, no los defraudaré. 
Retomemos el último post. Esta historia quedó en la publicación de “Amarilis y el país imposible” por la editorial de la Universidad de La Serena. Un par de meses después la editorial organizó el lanzamiento del libro. Llegaron casi 20 personas (contando a mi mujer y a mi hijo) y se quedaron casi todas. Tal vez tuvo que ver el hecho de que había un sabroso cóctel al final. En el público había estudiantes de mi grupo de investigación, colegas del Departamento de Biología de mi universidad, el afable conserje del lugar donde vivo, y hasta un recién nacido. No me puedo quejar, no sería un público muy docto en literatura latinoamericana contemporánea, pero cariño había. Los comentarios de los presentadores fueron muy generosos, llegando el suscrito a sentir pudor. En otro medio de la prensa local apareció una reseña de la novela.

Medio año después decidí ponerme en campaña para que la novela, ambientada en Lima, se vendiera allí. Aprovechando un viaje de trabajo, me propuse visitar 5 librerías y ofrecer un ejemplar de cortesía (para la dama y el caballero) a fin de que evaluaran si querían vender el libro, y entonces la editorial les podía enviar los que pidieran. Pasar por esa incómoda experiencia me hizo agradecerle a la vida que nunca haya tenido que trabajar como vendedor ambulante. En la primera librería (Sur) me atendió un muchacho que amablemente me recibió un libro, pero me dijo que él no tomaba las decisiones, que hablaría con la encargada. Buen comienzo, me dije. Con el entusiasmo al alza, llegué a Crisol, donde una suerte de híbrido entre vendedor y vigilante me dijo “espere un momento, voy a consultar”, volviendo a los 30 segundos con un “lo siento, no estamos interesados”. Ése es el momento en que te sientes como un vendedor de shampoo para la calvicie puerta por puerta, en lugar del escritor que se supone que eres. En la siguiente estación (Íbero) los chicos que atendían se mostraron genuinamente interesados, de hecho se disputaron el ejemplar de regalo, pero me advirtieron con pesar que la administradora no acostumbraba recibir mercancía por libre sino mediante transacciones con distribuidoras, lo que reconfirmaron tras ubicarla por teléfono. Les dejé el libro de todas maneras, a pesar de tener claro que allí no había futuro. La penúltima librería a visitar (Zeta Bookstore) era la única en la que tenía una especie de “contacto” gracias al novio de una prima, pero el contacto no me recibió; mandó decir a una secretaria que le dejara el libro y que más tarde me mandarían por Email los requerimientos, que una vez leídos me parecieron tan engorrosos como repatriar el cuerpo de un mutilado en la guerra y enterrarlo en distintos países. 

Con el ánimo bastante mermado me encaminé al último destino: la tradicional librería El Virrey. Comenzaba a considerar la opción de dejar libros abandonados en el banco de una plaza, para que poco a poco se los llevaran interesados futuros lectores. Pero, claro, también se los podían llevar semianalfabetos para venderlos como papel al peso, o podían ser simplemente ignorados, y entonces serían dañados por la mierda que las palomas depositaban -inclementes- por doquier. Me adentraba en una zona de Miraflores donde algunas de las casas tradicionales de clase media resisten el acoso de los edificios que crecen como la mala hierba en un jardín olvidado. Esos barrios me hacían recordar algunos de los cuentos de Ribeyro y entonces me sentí mejor, como acompañado por la sensibilidad del escritor que me deslumbró, que quizás tuvo algo que ver en que años después recorriera este camino. En la librería me recibió un hombre joven que percibí como un lector asiduo y no un vigilante a sueldo. Le expliqué, con el alivio de hacerlo por quinta y última vez. Le entregué la novela. Me dijo que consultaría con la dueña. Demoró un poco, lo que aproveché para mirar libros, un viejo vicio. Volvió y me dijo “Está bien. Déjanos cinco libros y los ponemos a la venta”. Exactamente eran cinco los libros que me quedaban en la mochila, porque en un arrebato de infundado optimismo había llevado libros de sobra por si ocurría el milagro que acababa de ocurrir. Apenas me hicieron firmar un sencillo recibo en el que en el campo de “registro único de contribuyente” puse mi Email. Y ya. No sé si fue muy legal, pero creo que sí fue legítimo. Al final de esa tarde gris en que me volví un vendedor ambulante sin vocación ni talento, Amarilis ya estaba en una librería de Lima.
Meses después, volví a la ciudad que me vio nacer, y fui a comprar libros a El Virrey, esta vez con mi mujer y mi hijo, cumpliendo el rito que ocurre en cada ciudad que visitamos, y que nos complica el peso del equipaje de regreso. Estaba el mismo muchacho y me dijo que se había vendido un libro (el 20% de las existencias, nada mal). Así que tengo mis primeros derechos de autor por cobrar (lo que me interesa menos que un depilado con cera). Le comenté que estaba por salir una reseña de la novela en la revista de literatura Buensalvaje y él decidió sacar la novela del anaquel en la sección Literatura Peruana y la volvió a poner en exhibición, que es lo que la foto muestra aquí abajo. Evidentemente Vargas Llosa, Bryce Echenique, y Bayly se están aprovechando del gancho de Amarilis para vender sus cositas, pero no voy a hacer un escándalo por eso. La reseña salió hace un par de meses y se puede leer aquí.
Finalmente, con la ayuda de mi hermano estoy organizando la presentación de Amarilis en Lima, para mediados de mayo. La meta es superar el éxito de la presentación en La Serena. Para eso estamos trabajando sobre todo en un cóctel atractivo. Bueno, hasta aquí llega el post del retorno. Prometo que en el próximo no habrá tanto autobombo para Amarilis. ¿Y la otra novela, la que fue la causa principal de este paréntesis de quince meses? Avanza. Retrocede, pero sobre todo avanza. En estas cosas hay que tener la filosofía del camionero en subida. Lo que importa es llegar.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Amarilis... y hasta luego



Hace un mes, por fin, pude publicar mi primera novela. Claro, no es una noticia para que aparezca en los periódicos, o para que se convierta en un viral en las redes sociales (no puede competir con un gato que jala el WC o con un baile simiesco con ritmo pegadizo), pero para mí fue algo muy importante. Ha sido una historia larga. No, no se preocupen, no la voy a contar completa. Todo comienza a inicios del 2001 cuando, envalentonado por los comentarios positivos recibidos por un par de cuentos en una revista online, me dije que ya estaba bueno de refugiarme en la comodidad del texto breve, que un cuento lo escribe (casi) cualquiera, y que ya era hora de ponerme los pantalones largos e ir por la novela. Obviamente, lo que hice fue escribir más cuentos (los pantalones cortos han sido siempre muy cómodos). Pero la idea era soltar la mano, y funcionó. Porque a fines del 2002 ubiqué frente a una pared, la única con ventana, una mesa pequeña que con esfuerzo podría llamarse escritorio, y comencé a escribir. No duré mucho tiempo con el plan de escritura diaria, pero ya había comenzado. Estaba en la lluviosa Concepción (la pared con ventana se humedecía mucho cuando llovía, o sea casi siempre) y acababa de recibir la mejor noticia posible: iba a ser padre. Luego nos mudamos a otra casa más cómoda, para esperar la llegada del primogénito, y ahí sí que pude avanzarla mucho, a pesar de que el cuarto-escritorio era el más frío de la casa (por entonces no teníamos calefacción central, que -en invierno- es lo más parecido a la felicidad). Tengo una foto muy linda en la que con una mano sostengo a mi hijo de dos meses contra mi pecho y con la otra estoy escribiendo (terminando de escribir) la novela. Estoy abrigado como para cruzar la cordillera, y es que ese lugar era un frigorífico. La primera versión la terminé en junio de 2003. Las correcciones, que requieren pausas, alejarse del engendro para poder volver a quererlo, me tomaron poco más de un año. Tal vez ayude a comprender la lentitud de todo el proceso el saber que había un fuerte componente de investigación en la novela, por lo que recopilar y chequear los datos me tomó mucho tiempo. Eran muchos frentes: la historia política reciente del Perú, las sublevaciones indígenas milenaristas, la vida y obra de la poetisa Amarilis y Lope de Vega, etc. Tendría que haber sido menos ambicioso para mi primera vez, pero ya estaba embarcado. Finalmente, cuando ya se terminaba el 2004 me dije que ya estaba listo para conquistar el mundo editorial. Me equivoqué por 8 años. Pero no nos saltemos etapas.
Además de mandar la novela a concursos literarios (en esa época no sabía que estaban todos arreglados), lo que era al fin y al cabo un gasto inútil de papel, tinta, correo e ilusiones, comencé a intentarlo con editoriales conocidas. Estuve cerca de lograrlo con la primera, pero la editora a cargo, después de manifestarme sus dudas sobre si publicarla o no, y que coincidían con una etapa de dudas y cambios en su vida personal (¿quién se lo preguntó?), me dijo que no. Y aquí comenzó el rosario de fracasos, consistente en cartas-tipo diciendo que “sin desmerecer su valor, en este momento su obra no se ajusta a nuestra línea editorial”, envíos que nunca obtuvieron respuesta y esperpentos varios, como el de un editor-negociante que apenas lo contacté me dijo que publicaría mi novela (sin haberla leído) si le daba dos mil dólares. Pasados 4 años de intentos infructuosos, decidí bajar mis pretensiones y lo intenté con editoriales pequeñas, independientes, que publicaban compartiendo los gastos con el autor. Tampoco. O simplemente no me contestaron o me dijeron, después de meses de devaneos, que no. En varias ocasiones llegué a pensar que simplemente lo mío no era bueno. Pero lo releía y me gustaba, me volvía a convencer de que era un buen libro, y entonces me decía que tenía que insistir, que algún día tenía que resultar. Averiguando en foros varios (ya estamos en el 2008), entendí que lo que necesitaba era una agente literaria (por alguna razón que nadie conoce, son siempre mujeres). Le escribí a varias, y casi siempre me contestaron que tenían la agenda llena (o simplemente no me contestaron). Una me dijo que le mandara la novela (en papel, un mamotreto, hasta Barcelona). Lo hice, y casi no usó palabras para, 6 meses después, decir que no le interesaba. Por supuesto, todo lo que estoy contando estaba puntuado por meses en los que no intentaba nada, me rendía temporalmente y me dedicaba a ganarme el pan con lo que se supone que sé hacer (investigación científica). Lo más bizarro que se me ocurrió fue la auto-publicación. Fue el 2010, un año después de llegar a La Serena. Hay muchas páginas que ofrecen el paquete completo: instrucciones para armar el libro, plataforma online de venta, gestión de ganancias, etc., y a un precio muy conveniente (muy conveniente para ellos). Estuve a punto de caer, pero lo que me detuvo no fue el sentirme esquilmado (uno se acostumbra después de tantos años lidiando con el banco, la AFP, la ISAPRE) sino los compañeros de vitrina virtual. Me faltan las palabras (y me sobran los insultos) para describir los libros que allí se ofrecían. Apasionantes autobiografías de sujetos que ni siquiera podían escribir una mini-reseña sin errores de sintaxis, poesía a raudales (de una cursilería Arjoniana), enseñanzas para alcanzar la felicidad, el orgasmo o una mejor hipoteca…, en fin, era la corte de los milagros y yo no quería aparecer en el cuadro. Tenía que haber otra alternativa. 
Hasta que un día de abril de 2012, viendo el catálogo de la editorial de la Universidad de La Serena (mi lugar de trabajo), vi que tenían cosas de narrativa y poesía (o sea, no editaban solamente libros técnicos). Lo dudé. Por un momento pensé que no tendría mucho mérito publicarlo allí. Suponía que los profesores lo tenían fácil por el hecho de serlo (de ser profesores, no de ser fáciles). Eso fue antes de conocer al editor, Alejandro, con una larga experiencia en el mundo editorial, quien después me dejaría en claro que no tenía problemas en decirle a los científicos con ínfulas literarias que NO. El caso es que ese abril le escribí a Alejandro, contándole que tenía una novela que quería publicar, y todo eso. Como me había ocurrido tantas veces, no contestó. La novela está dedicada a mi madre, a quien le debo el amor por los libros (ver el post ¿Tú escribes?). Ella murió el 2001 y su cumpleaños era el 26 de agosto. Pues bien, consciente del simbolismo, el 26 de agosto de este año decidí insistir con Alejandro. Y esta vez sí contestó. Todo ocurrió muy rápido. Cuando le escuché elogiar mi escritura con entusiasmo y -lo que es mejor- con argumentos (“estoy francamente sorprendido”, repetía), sentí lo que siente el corredor de maratón olímpica cuando llega al estadio, sentí lo que dos veces antes sentí al divisar la ciudadela de Machu Picchu después de haber recorrido con mucho esfuerzo el Camino Inca durante cuatro días. Mi novela se publicaría, ya lo había logrado. Por supuesto que la editorial de la Universidad de La Serena es una editorial menor, y la tirada inicial ha sido bastante humilde, pero por algo se empieza. No olvidemos (me digo cuando dejo de tener los pies sobre la tierra) que el libro de John Toole se publicó con una pequeña tirada, después de muchos años de intentos fallidos, en la editorial de la Universidad de Louisiana (ver el post Objetivos). Como la distribución es solamente a nivel nacional (Chile), en mi último viaje a Lima llevé una docena de libros en la maleta, apuntando a contactar a libreros para ver si pican el anzuelo y les interesa pedir ejemplares para vender. Y es que la novela transcurre en Lima. 
No lo dije todavía. La novela se titula “Amarilis y el país imposible” y si quieren saber de qué se trata, copio a continuación el texto de la contratapa. 
Felipe es un estudiante peruano de literatura en la Universidad Complutense y viaja al Perú para revisar un archivo documental. Busca información confirmatoria para su tesis doctoral, que revela detalles ocultos de la relación entre Amarilis, la incógnita poetisa colonial peruana, y Lope de Vega, a quien escribiera la célebre "Epístola a Belardo". Buscando contactos para llegar al Archivo, Felipe conoce a Claudia, quien lo introduce a un grupo de estudiantes que participa de una tertulia literaria. Son los últimos meses del año 2000, y el régimen autoritario y corrupto de Fujimori parece negarse a desaparecer. Gradualmente Felipe se involucra sentimentalmente con Claudia y descubre que el grupo de la tertulia prepara un magnicidio redentor. Dejándose llevar por Claudia a pesar de su escepticismo, y postergando sus pesquisas literarias, Felipe se ve envuelto en el operativo. El telón de fondo para la lucha constante entre un idealismo temerario y la desesperanza más irrefutable es la ciudad de Lima y su historia, donde nada parece ocurrir por primera vez. 
Pasando a la sección marketing, la novela se puede encontrar en buscalibre.com. Se supone que se podría comprar desde cualquier parte del mundo, pero esto hay que confirmarlo todavía. En Chile (Santiago) ya debe estar en las librerías LOM, Universidad Católica y Editorial Universitaria. Llame ahora, llame ya. 
En el post anterior hablaba de la necedad y la suerte. Falta indicar el componente de suerte en esta historia (creo que el de la necedad es evidente). Alejandro, el editor, vivió varios años en Lima, y la lectura de mi novela le hizo revivir muchos episodios de su vida. Alguna vez me tenía que tocar la suerte buena. 
Para terminar, y usando el simbolismo de hacerlo el último día del año (escribo esto en el aeropuerto), anuncio un hasta luego. El blog entra en receso. Hay distintas maneras de explicarlo. La más simple es que quiero avanzar con la segunda novela (llevo apenas una veintena de páginas) y, aunque no se note, el blog me quita tiempo (de intentos de escritura en la cabeza). Más que tiempo real, ocupa el espacio de Escribir en mi vida (no queda mucho disponible) y si sigo así no voy a escribir la segunda novela nunca. Y es que, si me voy a demorar 8 años en publicarla, más me vale apurarme en escribirla. ¿Cuánto durará el receso? No lo sé, digamos que unos meses, a lo más un año. Mientras tanto, para ese puñado de fieles lectores que me han acompañado en este blog, que tuvo su primer post el 26 de agosto de 2009, quedan más de 70 posts para releer cuando no tengan nada mejor que hacer, o se hayan aburrido de ver al gato que jala el WC. Se agradece su visita. Buenas noches y hasta luego.



domingo, 1 de abril de 2012

Cayendo en la red


Nunca pensé que terminaría en una red social. Bueno, eso le ocurre a muchas personas (lo de nunca pensar). Me convencieron mis escasos pero muy fieles (hmm, dejémoslo en constantes) lectores: Alejandro, Ricardo, Mónica. Con esto el blog gana difusión y yo gano burlas de los que me recuerdan que afirmé tajante que nunca estaría en una red social como facebook. Me defiendo diciendo que la cuenta no es mía, sino de mi blog, pero seguramente no encontraré indulgencia al otro lado de la pantalla. ¿Por qué me resistía? Una primera respuesta es que por definición un sujeto asocial no debiera tener interés en una red social. Y digo asocial y no antisocial porque últimamente la prensa, la mal hablada y la peor escrita, ha dado en llamar antisociales a los delincuentes, como si después de perpetrar un latrocinio los ladrones no se fueran a celebrar felices con sus compinches y amistades varias. Sonaba más grato y más gregario cuando se les llamaba “los amigos de lo ajeno”. Me defino como asocial porque el 90% de las veces, enfrentado a elegir entre la interacción social o hacer cualquier otra cosa, descubro el irresistible atractivo de la otra cosa. Una segunda respuesta la adelanté en los comentarios del post anterior: facebook me parecía el hogar de la banalidad,el narcisismo y el tedio. Obviamente, hay bastante prejuicio y poca tolerancia de mi parte. Es claro que se trata de un medio, como un periódico o una radio, y ese medio es tan noble o despreciable como su contenido. Pero también es innegable que son muy comunes los casos que ilustran mis prejuicios. Están los que comparten con el mundo información tan  trascendente como que se están cortando las uñas, van camino a un pub, sienten frío en invierno (y calor en verano), o ese día comieron sushi. No imagino cómo podrían enfrentar la vida, sin esa información esencial, las afortunadas personas que componen su círculo de amigos. Lo que hacen los adolescentes creo que ya entra en el campo de estudio de la primatología, porque el lenguaje escrito muta en una serie de signos incomprensibles que se repiten o alternan con figuras, números y letras en apariencia aleatorias que de vez en cuando se asemejan a palabras del idioma castellano. Finalmente, están los que, convencidos de que son muy interesantes y singulares, escriben textos incompletos que apuntan a generar intriga, esperando a que el rebaño subordinado acuda presto a preguntar “qué te pasa”, para recién entonces revelar la causa de tanta angustia existencial, que es generalmente una nimiedad. En fin, todo apunta al meollo del éxito de este invento: hacer que personas comunes se sientan y actúen como celebridades.

Pero, como diría el Chapulín, no hay que morder la mano del caballo regalado, o no hay que mirarle el diente al que te da de comer. Por eso no debo ser tan crítico con ese medio de difusión que -inmediatamente, ya lo verifiqué- ha aumentado el número de lecturas de este blog pobre pero honrado (porque se niega a incluir los anuncios de Google Adsense para “ganar dinero”). De esta manera me he librado de llevar a cabo otras prácticas de dudosa moral para atraer lectores, como poner fotos de erotismo explícito o comentarios de farándula, o mandar una de las típicas cadenas de correo electrónico “Salvemos al pequeño Ojetín, un poodle retenido por la malvada aduana talibán de Birmania, de que le amputen temporalmente la cabeza y las patas; si no le mandas este mail a 10 contactos en los próximos 15 minutos entonces se cumplirá la sentencia del pequeño Ojetín y Dios te castigará”. A propósito, recuerdo que en el colegio religioso donde estudié había un cura que escribía libros. Sus obras eran de una creatividad deslumbrante, del tipo “Conversando con mi amigo Jesús”. Hasta allí, ningún problema, todos tenemos derecho a escribir nuestras cosas. El problema es que cada niño del colegio se llevaba, sin pedirlo, un ejemplar del libro. El dato que me falta es saber si lo cobraban o no. En fin, en todo caso a mí la estrategia no me sirve. Porque si le repartiera un ejemplar de mi novela a los estudiantes que he tenido, y ellos recuerdan bien las calificaciones recibidas, es probable que muchos le den un uso a la novela que requiera arrugar sus páginas primero.



* Deleted scenes:
- Y recuerde, amigo lector, amiga lectora, si Ud. hace click en Me Gusta recibirá múltiples bendiciones del altísimo (no me refiero a Alan García). Dígale adiós a la celulitis, la halitosis, la dispepsia, la estitiquez y tantas otras palabras difíciles. Navegue por facebook y encontrará a muchos otros como Ud., buscando afanosamente consumir el tiempo que les sobra.

- Llame ahora, llame ya. Nuestras ejecutivas están ansiosas de responder su llamado. Si se hace seguidor de este blog en los próximos minutos le haremos llegar a su domicilio, sin costos de envío, un ejemplar de la biografía de Don Francisco y una linterna portátil que funciona con celdas solares.

- No se olviden de Ojetín.



lunes, 26 de marzo de 2012

Conversando con mi enemigo



G - Y tú, ¿por qué sigues escribiendo, si no escribes bien?
E - Bueno, tú sigues teniendo sexo con tu mujer, a pesar de no hacerlo bien, como tantos otros. Quiero decir, como tantos otros con sus respectivas mujeres, no con la tuya.
G - No has contestado a mi pregunta. Pareces un político.
E - Si comenzamos con los insultos... mejor no seguimos. Te contesto: escribo porque no puedo dejar de hacerlo.
G - ¿Es ésa la razón?
E - No, no hay nada de razón en eso. Intenté muchas veces convencerme de que no valía la pena seguir intentándolo, siempre sin éxito. Pero, claro, a veces lo opuesto a un fracaso puede ser otro fracaso. Porque mi objetivo mayor en esto de escribir ha sido lograr publicar mi primera novela...
G - Y ya acumulas muchas cartas de rechazo.
E - ¿Cuánto es mucho? A JK Rowling le rechazaron Harry Potter de 17 editoriales (que deben haber adornado los árboles del parque más cercano con un ejecutivo colgante).
G - Pero tú no eres JK Rowling. Y mucho es: lo suficiente para que te convenzas de que no tienes talento.
E - Ah, entonces no son muchos rechazos, no todavía. Los hijos de los feos son testigos del éxito de la persistencia contra toda esperanza.
G - Tal vez deberías intentar algo más sencillo, menos intelectualoide que tu novela. Algo con mucho sexo pagado, drogas duras, persecuciones, alcohol sin etiqueta, ráfagas de metralleta... en fin, un cóctel más vendible.
E - Lo siento, siempre he preferido el ajedrez solitario a las damas de compañía.
G - Ya estás otra vez con los juegos de palabras que no venden.
E - Sabina vende, y mucho. Mucho más de lo que se nota. De allí su genio.
G - Pero tú no eres Sabina.
E - Si vas a pasarte la noche nombrando cada persona que no soy, va a ser muy larga. Y la parte de los chinos va a ser muy tediosa.
G - Tienes razón, por primera vez. Démosle la vuelta, entonces. Quién eres y por qué escribes.
E - La primera pregunta es muy personal y la segunda ya la hiciste.
G - Pero tu respuesta fue muy pobre, contestaste “porque no puedo dejar de hacerlo”. Vamos, eso suena a confesión de comedor de uñas, intenta algo más digno.
E - Está bien. Sólo para que me dejes en paz esta noche, a ver si puedo escribir un poco. Te daré tres respuestas, tú te quedas con la que más te guste, y yo fingiré que acertaste.
G - Igual que una pareja de enamorados intercambiando regalos de aniversario. De acuerdo.
E - Uno. Escribo porque cuando leo un buen libro, o simplemente un buen texto, no puedo evitar comenzar a redactar algo en mi cabeza.
G - Redactar. Vaya verbo que elegiste. Suena a secretario de juzgado con sueño y con caspa.
E - No interrumpas.
G - Está bien, pero tú no provoques.
E - Dos. Escribo porque cuando leo mala literatura (en libros, blogs o columnas) me espanta que haya gente que aplauda, cuando habría que mandar a esos escribas a los leones y a una academia de narrativa, en ese orden. Es necesario corregir ese error universal.

G - ...
E - Tres. Escribo porque creo que tengo cosas que decir y porque disfruto mucho haciéndolo, al mismo tiempo que me agobio hasta lo indecible.
G - Ésa fue una respuesta múltiple. Hiciste trampa.
E - Bueno, descuéntame dos puntos del promedio final. Ya está, ahora déjame tranquilo. Esto no debía tener más de 500 palabras y ya estamos pasados.
G - Para terminar, porque ya no queda nadie leyendo (la verdad sea dicha): ¿qué es lo que estás escribiendo, aparte de ese blog impuntual y anodino?
E - Mi segunda novela.
G - No te creo, ¿la segunda? Sin comentarios...
E - No te los pedí.
G - Bueno, al menos nadie te puede acusar de estar aprovechándote del éxito de la primera.
E - Hasta luego.











sábado, 23 de abril de 2011

Cartografía detallada del ombligo

Una de las maneras de distinguir rápidamente un blog bueno de uno malo es que el malo dedica demasiado espacio a hablar de sí mismo (del blog). Por eso no sorprenderá a nadie que este post trate acerca del blog mismo. Ha sido muy simple hacer números para darme cuenta de que la productividad de textos es cada vez menor. O sea que, si proyectamos la tendencia, dentro de poco la productividad será negativa (comenzaré a borrar). Una de las razones es el tiempo dedicado a cada entrega. No es demasiado, pero sí hay un esmero por dejar el texto bien editado y de una extensión suficiente para desarrollar la idea. Esto hace que postergue escribir cuando “las condiciones no están dadas”, pareciéndome entonces a tanto partido comunista que no hizo la revolución y a tanta mujer con dolor de cabeza. La razón de fondo la sabemos nosotros dos (digo dos porque según las estadísticas de Google en el último mes el promedio diario de lectura es 0.63 páginas, y redondeando como me enseñaron en el colegio al entero más cercano (1), llegamos a ese lector único que nunca dudé en tener). La razón de que no escriba tan seguido es el tipo de texto que en general subo, que apunta a tener algo de reflexión y algo de estilo. Entonces he decidido hacer un experimento. Tengo curiosidad de saber si podría escribir un post (casi) a diario. Obviamente, no se trata de poner cualquier mamarracho (serán mamarrachos escogidos) ni de copiar textos interesantes de otros. Y cuando digo copiar no me refiero al estilo Bryce Echenique, copiar y firmar, sino a la difusión de textos selectos. Se trata de escribir algo decente: un comentario con base, una idea con aristas, un libelo con altura. Dejando de lado las metáforas geométricas, lo que pretendo es… ya, basta, si sigo explicándome voy a ahuyentar a ese 63% de individuo que me lee, si rechazo el premio consuelo del redondeo. Bueno, si es mujer y joven, puedo prescindir del 37% que va de las rodillas a los pies. El tiempo dirá si lo logré, si me sentí bien haciéndolo, y si las estadísticas de lectura dejan de parecer el electrocardiograma de un comatoso. Sólo espero que no me ocurra lo que le pasó a un ex-amigo, que tuvo un efímero blog (5 o 6 posts, casi todos muy buenos) en el que los únicos comentarios que aparecían eran de personas que promocionaban sus propias páginas, llegando incluso a la más vulgar propaganda de una empresa de software. A eso, siempre preferiré el silencio.

lunes, 18 de octubre de 2010

Palabras que no sobren

Palabras que no sobren

Uno de los temas inevitables en este blog, y tantos otros, es su sentido. Este liviano blog-existencialismo hay que tratarlo como a los defectos propios o a los hijos feos, con cariño y paciencia. Es decir, no maldecir por el permanente replanteo del curso de navegación o el color del barco. No hay camino sino estelas en la mar, dijo el poeta lejos del hogar. Hay que quererse, con perdón de la cacofonía.

Las Palabras se llama la biografía de Sartre (hablando de hijos feos). Y eso es todo. El resto es silencio. Quiero decir, como decía alguien que no recuerdo bien, que si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor quédate callado. Qué maravilloso sería el mundo. Y cuando digo belleza quiero decir tanto música, eufonía y juego virtuoso, como profundidad, revelación y sentido. El texto puede ser bello de muchas maneras distintas, pero nunca debe dejar de ser necesario. Si le falta fondo, que encandile la forma, y viceversa generosa. Un viejo profesor de Lengua en una Facultad de Ciencias -personaje decimonónico de bastón y monarquismo- decía, refiriéndose a las mujeres: “Si bella… para qué virtuosa. Si virtuosa… para qué bella”. Sabiduría químicamente pura.

Volviendo a las palabras. Basta que Sabina diga “este rosario de cuentas infelices, calla más de lo que dice, pero dice la verdad” para que el ida y vuelta del entendimiento gozoso, con repaso y sospecha, sea como una figura imposible de Escher que se cierra al quedar abierta. Pero, cruzando la calle, también están las palabras con peso. De eso trataba un artículo que escribí a fines del 2001 y que se publicó en Espaces Latinos. Aquí lo copio.

Palabras, palabras, palabras

Se escribe mucho. Todo el mundo se queja de que se lee poco, pero nadie se queja de que se escribe mucho. Las palabras vacías llenan nuestro tiempo. Acechan desde revistas, periódicos y libros; desde el papel y desde la pantalla de internet. Hay discretas copias de copias de bestseller, ostentosas reiteraciones de verdades de Perogrullo, y serenos homenajes a la estupidez promedio. La levedad se hace cada día más insoportable. Hace más de medio siglo se agobiaba ya Vallejo: “¡Y si después de tantas palabras no sobrevive la palabra!”. Aquel que pueda refutarlo que lance el primer silencio.

Sin embargo, también hay palabras que pesan. Palabras que no sólo no se las lleva el viento sino que cargan las espaldas de nuestras conciencias. Palabras duras, en el borde de la derrota final; palabras llenas de absoluto, que no se escriben para el aplauso. El mismo Vallejo escribió alguna vez:

“...El dolor nos agarra, hermanos hombres, por detrás, de perfil (...)

Y también de resultas del sufrimiento, estoy triste hasta la cabeza,

y más triste hasta el tobillo (...)

¡Cómo, hermanos humanos, no deciros que ya no puedo y ya no puedo...”

Y en ese Paris con aguacero en el que durmiera el peruano Vallejo se desvelaba años después el rumano Emil Cioran. El insomne y maldito Cioran que antes de cumplir treinta años escribiera:

“Ni los hombres, ni siquiera los santos, tienen nombre. Sólo Dios lo posee.

Pero, ¿Qué sabemos nosotros de El, sino que es una desesperación que

comienza donde acaban todas las demás?”

Finalmente, mucho más allá de los Pirineos, y mucho antes que Cioran y Vallejo, hubo un empleado en una oficina de contabilidad que escribía cada noche en su buhardilla. Un enjuto y taciturno burócrata que descubrió a orillas del Tajo que era él y otros más al mismo tiempo. En algo así como su diario, y sin saber jamás que sería leído, Fernando Pessoa escribió:

“Me he dado cuenta, en un relámpago íntimo, de que no soy nadie. (...)

Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo

a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie. No sé sentir, no sé

pensar, no sé querer.”


Muy lejos de Europa y cerca del fin del mundo, Eduardo Miño escribió a fines de noviembre del año 2001 una frase cargada de dolor verdadero: “Mi alma, que desborda humanidad, ya no soporta tanta injusticia”. Pero, a diferencia de Vallejo, Cioran y Pessoa, Eduardo Miño no era un escritor, ni tampoco escribió otros textos después de esa frase. Con esas palabras terminaba la carta que Eduardo Miño, un obrero chileno, entregó a los testigos minutos antes de prenderse fuego enfrente del Palacio de La Moneda en Santiago. En un juego de espejos para la ironía, Eduardo Miño se inmoló en el mismo lugar donde se inmolara el socialista Salvador Allende en 1973, pero protestando por la omisión cómplice del gobierno del socialista Ricardo Lagos, cuya política económica es la misma que la de los enemigos de Allende. Eduardo Miño (repito su nombre para que se grabe en la memoria) no murió en un combate callejero como Carlo Giuliani, a quien alguna prensa despistada ha bautizado como “el primer mártir de la globalización”, como si buena parte de los más de 20,000 muertos diarios por hambruna y enfermedades curables no fueran a la cuenta del neoliberalismo global. No, Eduardo Miño se quemó a lo bonzo. Su coraje supremo tiene más de derrota interna que de rabia desatada. Eduardo Miño se rindió y quiso que todos lo supiéramos. Y para eso eligió cuidadosamente sus palabras últimas e identificó a los culpables de su sacrificio, para que no quedara lugar para la especulación o la desinformación interesada.

Así partió Eduardo Miño, ignorando que sus palabras, al menos por un día, darían la vuelta al mundo. Pero la prensa ya no habla de él, porque ahora la rabia es argentina y apedrea los bancos y saquea supermercados. Los responsables locales del desastre siguen reciclándose en candidatos a mesías. Los responsables foráneos siguen exigiendo orden y garantías para poder continuar con su política de saqueo institucional de las riquezas de Latinoamérica. Y mientras el Río de la Plata se acerca cada vez más a la Costa de Marfil, los corruptos de siempre exigen moralización hoy. El mundo sigue de cabeza. Quizás por eso el aturdimiento de los lectores. Quizás no sea culpa de tantas palabras vacías.

· La carta de Eduardo Miño:

"Mi nombre es Eduardo Miño Pérez, CI: 6.449.449-K, militante del Partido Comunista.

Soy miembro de la Asociación Chilena de Víctimas del Asbesto. Esta agrupación reúne a más de 500 personas que están enfermas y muriéndose de asbestosis. Participan las viudas de los obreros de la industria Pizarreño, las esposas y los hijos que también están enfermos solamente por vivir en la población aledaña a la industria.

Y han muerto más de 300 personas de mesotelioma pleural que es el cáncer producido por aspirar asbesto.

Hago esta suprema protesta denunciando:

1.- A la industria Pizarreño y su holding internacional, por no haber protegido a sus trabajadores y sus familias del veneno del asbesto.

2.- A la Mutual de Seguridad por maltratar a los trabajadores enfermos y engañarlos cuanto a su salud.

3.- A los médicos de la mutual por ponerse de parte de la empresa Pizarreño y mentirle a los trabajadores, no declarándoles su enfermedad.

4.- A los organismos de Gobierno, por no ejercer su responsabilidad fiscalizadora y ayudar a las víctimas.

Esta forma de protesta, última y terrible, la hago en plena condición física y mental como una forma de dejar en la conciencia de los culpables el peso de sus culpas criminales.

Esta inmolación digna y consecuente la hago extensiva también contra:

- Los grandes empresarios que son culpables del drama de la cesantía que se traduce en impotencia, hambre y desesperación para miles de chilenos.

- Contra la guerra imperialista que masacra a miles de civiles pobres e inocentes para incrementar las ganancias de la industria armamentista y crear la dictadura global.

- Contra la globalización imperialista hegemonizada por Estados Unidos.

- Contra el ataque prepotente, artero y cobarde contra la sede del Partido Comunista de Chile.

Mi alma, que desborda humanidad, ya no soporta tanta injusticia".

viernes, 22 de enero de 2010

Vanas excusas

Vuelvo a escribir después de un buen rato. Una de las razones para no hacerlo era no tener el tiempo y la calma para hacerlo como quisiera. En otras palabras, no me animaba al quicky, al rapidito, al peor es nada, en versión relaciones textuales. Y he ahí al maligno oculto tras la vana excusa como la traicionera sierpe bajo el leño reseco en la yerma estepa (Epístola a Timoteo, textículos uno y dos, ambos hinchados). Porque así pasan los meses y no pasa nada. Es la tara de pretender subir posts bien acabados y redactados (o sea, un texto ni precoz ni procaz), informados, redondos, amenos, ni muy largos ni muy cortos (con lo que la geometría se fue al carajo porque antes dije redondos y no hay círculos largos). En fin. No debo olvidar que a lo mejor, por error, claro está, alguien lee este blog. Tal vez alguien quería saber el precio del kilo de pepino en los mercados de Tacna y Google lo mandó a mi blog porque tengo un post donde hablo del loco-micro en la Avenida Tacna y otro donde recuerdo a cara de pepino. Bastaría un lector o lectora como estímulo. Como cuando dictaba clases en el pregrado a hordas de palurdos ignorantes y descubría que había unos tres o cuatro que se diferenciaban de la masa oligofrénica porque usaban sus conexiones neuronales y les gustaba la clase. Para ellos era la clase y por ellos se justificaba todo esfuerzo al prepararla. Bueno, volviendo al punto, tal vez la idea sea simplemente hacerle caso a Wilde cuando dice que para escribir se necesita cumplir con dos requisitos: tener algo que decir, y decirlo.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Promesas y traiciones

Ha pasado mucho tiempo desde el último post. Ha sido un tiempo de reflexión, sobre si seguir o no con el blog, encontrarle un sentido. Tal vez mis dos o tres lectores ocasionales, esos que llegaron buscando otra cosa, ya creen que este es otro blog abandonado. No es así. Vuelvo, como un político de gira por provincias, para prometer sin escrúpulos. Por ejemplo, habrá dos post por semana. Un miércoles y un sábado. Nada más y nada menos. Es que se necesita un poco de orden en todo. Hasta en una orgía hay que tener cierto esquema general del desarrollo de los íntimos acontecimientos. Hasta los anarkos u okupas tienen que hacer turnos para usar el baño.
Hoy es miércoles. Y como el que viene saliendo de un tratamiento contra la eyaculación precoz, haremos el intento.
Una de las ramas por las que me fui al meditar sobre esto del blog tiene que ver con la fidelidad a uno mismo. Es difícil determinar cuándo somos fieles y cuándo nos traicionamos. Por ejemplo, si un día cualquiera, tras larga reflexión e introspección por los meandros de mí mismo, como un Marlow por el río Congo, estoy convencido de un propósito (escribir un blog que nadie lee cada miércoles y cada sábado) y llegado el día (ya no tan cualquiera, es miércoles o sábado, esto es evidentemente un comercial), tras lúcidos análisis llego a la conclusión de que en el fondo no quiero hacerlo, que no es auténtico forzar esa disciplina de la creación (con perdón de los creadores), ¿estoy siendo fiel a mí mismo o me estoy traicionando? ¿Quién es más yo, el de hoy o el de hace unos días? No es un asunto de flojera simplemente (no es el caso de mañana comienzo a salir a correr y mañana no llega nunca). Creo que la respuesta es sí y es no. Y no estoy evadiendo. Ya lo dijo con mucho desparpajo antes Walt Whitman (Song of Myself):
“Do I contradict myself?
Very well then I contradict myself,
(I am large, I contain multitudes.)”
Esto de alguna manera se complementa con lo que nos dejó como arenga en voz baja Henry Miller (Sexus), otro epicúreo genial:
"Every day we slaughter our finest impulses. That is why we get a heartache when we read those lines written by the hand of a master and recognize them as our own, as the tender shoots which we stifled because we lacked the faith to believe in our own powers, our own criterion of truth and beauty. Every man, when he gets quiet, when he becomes desperately honest with himself, is capable of uttering profound truths. We all derive from the same source. There is no mystery about the origin of things. We are all part of creation, all kings, all poets, all musicians; we have only to open up, only to discover what is already there."
Escribí esto escuchando el concierto de Vivaldi para dos mandolinas. Y en la mañana me fui a trabajar escuchando El Asesino de la ilusión de Leusemia. No creo que sea una contradicción que Antonio Vivaldi y Daniel F hagan que se me apriete el corazón el mismo día.


miércoles, 26 de agosto de 2009

Declaración de invenciones

Primer post. Se supone que aquí uno anuncia lo que pretende sea el blog. La mayoría no avanza mucho más después de esta declaración. ¿Conviene entonces ser cauto, modesto, ponerse metas accesibles? No. No tiene sentido. Porque no hay un dios del blog que premie a los constantes y castigue a los irregulares (bueno, ni hay un dios at all, pero ese no es un tema políticamente correcto para una primera entrada; se corre el riesgo de cumplir con uno de los propósitos ocultos: espantar a una buena parte de los lectores). Tampoco hay que soñar con mantener un público cautivo. Seamos realistas: el “0 comentarios” será un fiel acompañante la mayor parte del camino. ¿Y entonces? Es simplemente que he decidido seguir escribiendo. Pronto cumpliré 40 años y esta historia comenzó hace más de 20, con los primeros cuentos y poemas. En los últimos años me he llenado de excusas para no seguir haciéndolo (me refiero a escribir, lo otro lo sigo haciendo, aunque cada vez menos y cada vez peor). Una de ellas era esperar a que alguna editorial despistada aceptara publicar mi primera novela, cosa que no ha ocurrido ya unas 9 veces. Pero todas las excusas son tontas (y no son bellas, con lo que eso de perdonar que sean tontas por ser bellas aquí no corre). Entonces la sonrisa del penúltimo será principalmente crónicas extemporáneas, recuerdos inexactos, opiniones libres, anatemas varios, y muchas palabras de más. Cuando no tenga nada que decir, recurriré a mi flaco archivo y postearé alguno de los cuentos condenados a inedición perpetua. Pero con la novela no claudico. Será papel o no será nada. Pretendo postear dos veces por semana. Ya veremos (dijo un ciego lleno de esperanza).
La relectura de este poema de Bukowski me destruía las excusas en un instante (por eso no lo releía tan seguido). A lo mejor le sirve a alguno(a).

air and light and time and space

“–you know, I’ve either had a family, a job,
something has always been in the
way
but now
I’ve sold my house, I’ve found this
place, a large studio, you should see the space and
the light.
for the first time in my life I’m going to have
a place and the time to
create.”
no baby, if you’re going to create
you’re going to create whether you work
16 hours a day in a coal mine
or
you’re going to create in a small room with 3 children
while you’re on
welfare,
you’re going to create with part of your mind and your body blown
away,
you’re going to create blind
crippled
demented,
you’re going to create with a cat crawling up your
back while
the whole city trembles in earthquake, bombardment,
flood and fire.
baby, air and light and time and space
have nothing to do with it
and don’t create anything
except maybe a longer life to find
new excuses
for.

Charles Bukowski
The Last Night of the Earth Poems