jueves, 20 de diciembre de 2018
Adiós rodando
domingo, 21 de agosto de 2016
El burro y el genio
domingo, 30 de marzo de 2014
Como decíamos ayer...
lunes, 31 de diciembre de 2012
Amarilis... y hasta luego
domingo, 1 de abril de 2012
Cayendo en la red
lunes, 26 de marzo de 2012
Conversando con mi enemigo
E - Bueno, tú sigues teniendo sexo con tu mujer, a pesar de no hacerlo bien, como tantos otros. Quiero decir, como tantos otros con sus respectivas mujeres, no con la tuya.
G - No has contestado a mi pregunta. Pareces un político.
E - Si comenzamos con los insultos... mejor no seguimos. Te contesto: escribo porque no puedo dejar de hacerlo.
G - ¿Es ésa la razón?
E - No, no hay nada de razón en eso. Intenté muchas veces convencerme de que no valía la pena seguir intentándolo, siempre sin éxito. Pero, claro, a veces lo opuesto a un fracaso puede ser otro fracaso. Porque mi objetivo mayor en esto de escribir ha sido lograr publicar mi primera novela...
G - Y ya acumulas muchas cartas de rechazo.
E - ¿Cuánto es mucho? A JK Rowling le rechazaron Harry Potter de 17 editoriales (que deben haber adornado los árboles del parque más cercano con un ejecutivo colgante).
G - Pero tú no eres JK Rowling. Y mucho es: lo suficiente para que te convenzas de que no tienes talento.
E - Ah, entonces no son muchos rechazos, no todavía. Los hijos de los feos son testigos del éxito de la persistencia contra toda esperanza.
G - Tal vez deberías intentar algo más sencillo, menos intelectualoide que tu novela. Algo con mucho sexo pagado, drogas duras, persecuciones, alcohol sin etiqueta, ráfagas de metralleta... en fin, un cóctel más vendible.
E - Lo siento, siempre he preferido el ajedrez solitario a las damas de compañía.
G - Ya estás otra vez con los juegos de palabras que no venden.
E - Sabina vende, y mucho. Mucho más de lo que se nota. De allí su genio.
G - Pero tú no eres Sabina.
E - Si vas a pasarte la noche nombrando cada persona que no soy, va a ser muy larga. Y la parte de los chinos va a ser muy tediosa.
G - Tienes razón, por primera vez. Démosle la vuelta, entonces. Quién eres y por qué escribes.
E - La primera pregunta es muy personal y la segunda ya la hiciste.
G - Pero tu respuesta fue muy pobre, contestaste “porque no puedo dejar de hacerlo”. Vamos, eso suena a confesión de comedor de uñas, intenta algo más digno.
E - Está bien. Sólo para que me dejes en paz esta noche, a ver si puedo escribir un poco. Te daré tres respuestas, tú te quedas con la que más te guste, y yo fingiré que acertaste.
G - Igual que una pareja de enamorados intercambiando regalos de aniversario. De acuerdo.
E - Uno. Escribo porque cuando leo un buen libro, o simplemente un buen texto, no puedo evitar comenzar a redactar algo en mi cabeza.
G - Redactar. Vaya verbo que elegiste. Suena a secretario de juzgado con sueño y con caspa.
E - No interrumpas.
G - Está bien, pero tú no provoques.
E - Dos. Escribo porque cuando leo mala literatura (en libros, blogs o columnas) me espanta que haya gente que aplauda, cuando habría que mandar a esos escribas a los leones y a una academia de narrativa, en ese orden. Es necesario corregir ese error universal.
G - ...
E - Tres. Escribo porque creo que tengo cosas que decir y porque disfruto mucho haciéndolo, al mismo tiempo que me agobio hasta lo indecible.
G - Ésa fue una respuesta múltiple. Hiciste trampa.
E - Bueno, descuéntame dos puntos del promedio final. Ya está, ahora déjame tranquilo. Esto no debía tener más de 500 palabras y ya estamos pasados.
G - Para terminar, porque ya no queda nadie leyendo (la verdad sea dicha): ¿qué es lo que estás escribiendo, aparte de ese blog impuntual y anodino?
E - Mi segunda novela.
G - No te creo, ¿la segunda? Sin comentarios...
E - No te los pedí.
G - Bueno, al menos nadie te puede acusar de estar aprovechándote del éxito de la primera.
E - Hasta luego.
sábado, 23 de abril de 2011
Cartografía detallada del ombligo
Una de las maneras de distinguir rápidamente un blog bueno de uno malo es que el malo dedica demasiado espacio a hablar de sí mismo (del blog). Por eso no sorprenderá a nadie que este post trate acerca del blog mismo. Ha sido muy simple hacer números para darme cuenta de que la productividad de textos es cada vez menor. O sea que, si proyectamos la tendencia, dentro de poco la productividad será negativa (comenzaré a borrar). Una de las razones es el tiempo dedicado a cada entrega. No es demasiado, pero sí hay un esmero por dejar el texto bien editado y de una extensión suficiente para desarrollar la idea. Esto hace que postergue escribir cuando “las condiciones no están dadas”, pareciéndome entonces a tanto partido comunista que no hizo la revolución y a tanta mujer con dolor de cabeza. La razón de fondo la sabemos nosotros dos (digo dos porque según las estadísticas de Google en el último mes el promedio diario de lectura es 0.63 páginas, y redondeando como me enseñaron en el colegio al entero más cercano (1), llegamos a ese lector único que nunca dudé en tener). La razón de que no escriba tan seguido es el tipo de texto que en general subo, que apunta a tener algo de reflexión y algo de estilo. Entonces he decidido hacer un experimento. Tengo curiosidad de saber si podría escribir un post (casi) a diario. Obviamente, no se trata de poner cualquier mamarracho (serán mamarrachos escogidos) ni de copiar textos interesantes de otros. Y cuando digo copiar no me refiero al estilo Bryce Echenique, copiar y firmar, sino a la difusión de textos selectos. Se trata de escribir algo decente: un comentario con base, una idea con aristas, un libelo con altura. Dejando de lado las metáforas geométricas, lo que pretendo es… ya, basta, si sigo explicándome voy a ahuyentar a ese 63% de individuo que me lee, si rechazo el premio consuelo del redondeo. Bueno, si es mujer y joven, puedo prescindir del 37% que va de las rodillas a los pies. El tiempo dirá si lo logré, si me sentí bien haciéndolo, y si las estadísticas de lectura dejan de parecer el electrocardiograma de un comatoso. Sólo espero que no me ocurra lo que le pasó a un ex-amigo, que tuvo un efímero blog (5 o 6 posts, casi todos muy buenos) en el que los únicos comentarios que aparecían eran de personas que promocionaban sus propias páginas, llegando incluso a la más vulgar propaganda de una empresa de software. A eso, siempre preferiré el silencio.
lunes, 18 de octubre de 2010
Palabras que no sobren
Palabras que no sobren
Palabras, palabras, palabras
“...El dolor nos agarra, hermanos hombres, por detrás, de perfil (...)
Y también de resultas del sufrimiento, estoy triste hasta la cabeza,
y más triste hasta el tobillo (...)
¡Cómo, hermanos humanos, no deciros que ya no puedo y ya no puedo...”
Y en ese Paris con aguacero en el que durmiera el peruano Vallejo se desvelaba años después el rumano Emil Cioran. El insomne y maldito Cioran que antes de cumplir treinta años escribiera:
“Ni los hombres, ni siquiera los santos, tienen nombre. Sólo Dios lo posee.
Pero, ¿Qué sabemos nosotros de El, sino que es una desesperación que
comienza donde acaban todas las demás?”
Finalmente, mucho más allá de los Pirineos, y mucho antes que Cioran y Vallejo, hubo un empleado en una oficina de contabilidad que escribía cada noche en su buhardilla. Un enjuto y taciturno burócrata que descubrió a orillas del Tajo que era él y otros más al mismo tiempo. En algo así como su diario, y sin saber jamás que sería leído, Fernando Pessoa escribió:
Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo
a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie. No sé sentir, no sé
pensar, no sé querer.”
Muy lejos de Europa y cerca del fin del mundo, Eduardo Miño escribió a fines de noviembre del año 2001 una frase cargada de dolor verdadero: “Mi alma, que desborda humanidad, ya no soporta tanta injusticia”. Pero, a diferencia de Vallejo, Cioran y Pessoa, Eduardo Miño no era un escritor, ni tampoco escribió otros textos después de esa frase. Con esas palabras terminaba la carta que Eduardo Miño, un obrero chileno, entregó a los testigos minutos antes de prenderse fuego enfrente del Palacio de La Moneda en Santiago. En un juego de espejos para la ironía, Eduardo Miño se inmoló en el mismo lugar donde se inmolara el socialista Salvador Allende en 1973, pero protestando por la omisión cómplice del gobierno del socialista Ricardo Lagos, cuya política económica es la misma que la de los enemigos de Allende. Eduardo Miño (repito su nombre para que se grabe en la memoria) no murió en un combate callejero como Carlo Giuliani, a quien alguna prensa despistada ha bautizado como “el primer mártir de la globalización”, como si buena parte de los más de 20,000 muertos diarios por hambruna y enfermedades curables no fueran a la cuenta del neoliberalismo global. No, Eduardo Miño se quemó a lo bonzo. Su coraje supremo tiene más de derrota interna que de rabia desatada. Eduardo Miño se rindió y quiso que todos lo supiéramos. Y para eso eligió cuidadosamente sus palabras últimas e identificó a los culpables de su sacrificio, para que no quedara lugar para la especulación o la desinformación interesada.
· La carta de Eduardo Miño:
"Mi nombre es Eduardo Miño Pérez, CI: 6.449.449-K, militante del Partido Comunista.
2.- A la Mutual de Seguridad por maltratar a los trabajadores enfermos y engañarlos cuanto a su salud.
3.- A los médicos de la mutual por ponerse de parte de la empresa Pizarreño y mentirle a los trabajadores, no declarándoles su enfermedad.
4.- A los organismos de Gobierno, por no ejercer su responsabilidad fiscalizadora y ayudar a las víctimas.
- Contra la guerra imperialista que masacra a miles de civiles pobres e inocentes para incrementar las ganancias de la industria armamentista y crear la dictadura global.
- Contra la globalización imperialista hegemonizada por Estados Unidos.
- Contra el ataque prepotente, artero y cobarde contra la sede del Partido Comunista de Chile.
viernes, 22 de enero de 2010
Vanas excusas
Vuelvo a escribir después de un buen rato. Una de las razones para no hacerlo era no tener el tiempo y la calma para hacerlo como quisiera. En otras palabras, no me animaba al quicky, al rapidito, al peor es nada, en versión relaciones textuales. Y he ahí al maligno oculto tras la vana excusa como la traicionera sierpe bajo el leño reseco en la yerma estepa (Epístola a Timoteo, textículos uno y dos, ambos hinchados). Porque así pasan los meses y no pasa nada. Es la tara de pretender subir posts bien acabados y redactados (o sea, un texto ni precoz ni procaz), informados, redondos, amenos, ni muy largos ni muy cortos (con lo que la geometría se fue al carajo porque antes dije redondos y no hay círculos largos). En fin. No debo olvidar que a lo mejor, por error, claro está, alguien lee este blog. Tal vez alguien quería saber el precio del kilo de pepino en los mercados de Tacna y Google lo mandó a mi blog porque tengo un post donde hablo del loco-micro en la Avenida Tacna y otro donde recuerdo a cara de pepino. Bastaría un lector o lectora como estímulo. Como cuando dictaba clases en el pregrado a hordas de palurdos ignorantes y descubría que había unos tres o cuatro que se diferenciaban de la masa oligofrénica porque usaban sus conexiones neuronales y les gustaba la clase. Para ellos era la clase y por ellos se justificaba todo esfuerzo al prepararla. Bueno, volviendo al punto, tal vez la idea sea simplemente hacerle caso a Wilde cuando dice que para escribir se necesita cumplir con dos requisitos: tener algo que decir, y decirlo.



