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sábado, 17 de noviembre de 2012

El arte de amar


Jiménez la vio y su primera reacción fue esconderse detrás de un gordo en la fila. Pero el gordo justo se agachó para amarrarse las zapatillas, una tarea ciclópea para el dueño de tan portentoso vientre, tardando lo suficiente para exponerlo a los ojos de Alicia. Cuando ella le dijo “Aníbal” él por un momento pensó que se refería a otro. Hacía tiempo que nadie lo llamaba por su nombre. En la agencia de viajes en la que trabajaba como estafeta, era Jiménez para todos, en su casa su mujer lo llamaba Cupuchi, y su hijita alcanzaba a decirle Chuchi. No pudo evitar responder el saludo de Alicia ni aceptar que ella le invitara un café al terminar el trámite en el banco. Llevaba casi cuatro años sin ver a Alicia, y ella estaba más guapa que la última tarde que se sentó junto a ella en la sala de su casa, cuando todavía eran novios. Poco después de esa tarde, cuando una vez más Jiménez le dijo que sí pensaba en el matrimonio con ella, y que por eso no tenía problema en esperar un poco más para acostarse con ella, la vida de Jiménez cambiaría para siempre. Todo comenzó cuando el hermano menor de Alicia apareció de pronto, sin saludarlo, como siempre, y le preguntó si ella tenía “El arte de amar”, porque se lo habían encargado a leer en el colegio.  Cuando ella le dijo que no, el pequeño y mimado Juliancito (a quien Jiménez se refería como enano maligno o tumor del suelo cuando conversaba con sus amigos) comenzó su enésimo berrinche. Entonces Jiménez, para hacer méritos ante los ojos del padre de Alicia, un acaudalado empresario que no terminaba de aceptar la idea de que su hija se casara con alguien sin apellido, se ofreció a conseguir el libro al día siguiente. Tolerar los desplantes de su odioso hermano era poca cosa al lado del esfuerzo por contener sus naturales ímpetus sexuales con Alicia, quien por su educación arcaica y religiosa insistía en llegar virgen al matrimonio. Pero Jiménez aguantaba estoico, sabiendo que el premio mayor lo esperaba al final de ese via crucis. Porque el casarse con Alicia no significaba solamente consumar por fin sus deseos sobre ese cuerpo tan apetecible, implicaba también tener un trabajo seguro y bien pagado en las empresas de la familia. Sus amigos lo alentaban, convenciéndolo de que bien valía la pena el sacrificio presente a cuenta del futuro venturoso, y ya tenían apuestas sobre cuál sería el paraíso tropical en el que pasarían la luna de miel pagada por el suegro. 
Poco después de llegar al tradicional barrio de librerías, Jiménez  quedó descolocado cuando, tras preguntar por “El arte amar”, un librero le dijo que había dos libros que respondían a ese título. Uno era un bestseller, una suerte de libro de auto-ayuda, y el otro era un clásico de un poeta romano contemporáneo de Herodes. Jiménez no lo dudó. En ese colegio tan conservador y aristocrático solamente podían estar buscando la obra del poeta Ovidio. A Jiménez le agradó escuchar el nombre de Herodes asociado al enano maligno. El problema era que ese librero, y la otra docena de libreros que consultó después, únicamente tenían el libro de Erich Fromm. Más de una vez le pasó por la cabeza comprar el libro disponible, sobre todo cuando recordaba a Juliancito emitiendo flatulencias mientras él esperaba a Alicia en la sala, pero después pensaba que no podría hacerse el tonto cuando ella le increpara el error. Estaba ya cansado de recorrer la zona y preguntar en vano, cuando un viejito con aspecto de sabio o de ropavejero le dijo “Pregunte en la librería Parménides” y le dio las señas para llegar al lugar, que quedaba en una zona antigua y deteriorada de la ciudad. Hasta allí llegó Jiménez tras un largo viaje en microbús. La librería Parménides era un local pequeño y oscuro donde se hacinaban miles de libros en aparente desorden, los que casi ocultaban el escritorio donde un hombre mayor de aspecto atribulado parecía hacer cuentas. 
Cuando el hombre le dijo, con la mirada perdida, que sí tenía el libro que buscaba, Jiménez se sintió un triunfador. Todo era cuestión de esperar unos minutos y el libro estaría en sus manos. Pero esa sensación de victoria no duraría mucho. Cuando apenas había comenzado a recorrer con la mirada los lomos de unos libros antiguos, sintió un golpe seco. Al volver la vista tuvo claro que el hombre había impactado su cabeza sobre el escritorio tras perder el sentido. Su primera reacción fue mirar hacia los costados y pedir ayuda, pero estaban solos. Por un momento se quedó petrificado, sin saber qué hacer. Salió a la calle corriendo pero no había nadie a la vista. Volvió a entrar y, tras notar que no había un teléfono en la librería (tal vez se ocultaba debajo de algún diccionario enciclopédico), decidió que no podía huir. Le tomó el pulso y descubrió con alivio que el hombre no estaba muerto. Tras varias ideas descartadas e intentos frustrados, Jiménez encontró el teléfono celular del librero en el primer cajón del escritorio. Apretó el botón de llamadas recientes y solamente aparecía un nombre “Carla”. Resultó ser la hija del librero, con la que compartía una minúscula casa a pocos metros de allí. Todo sucedió muy rápidamente. Carla llegó corriendo, le aplicó a su padre una inyección (el librero era diabético), le pidió a Jiménez que la ayudara a llevarlo apoyado hasta su casa y, una vez que el viejo estuvo bien instalado en su cama, y Carla quedó tranquila (esos episodios no eran muy raros, le contó), le ofreció que se quedara a tomar el té. De todas las alternativas posibles que pudo imaginar Jiménez cuando dijo “Sí”, principalmente porque estaba cansado y hambriento después de una larga tarde recorriendo la ciudad buscando el dichoso libro, ninguna se podía acercar a lo que finalmente ocurrió. 
Poco más de una hora después de haber entrado por esa puerta cargando al desfalleciente librero, Jiménez, con los ojos cerrados, recibía con un placer indescriptible una obra maestra del sexo oral. Y apenas unos minutos después, de pie y en la cocina de la casita, Jiménez y Carla se prodigaban en un acto sexual desenfrenado, como si el mundo fuera a terminarse al día siguiente. No es fácil explicar cómo llegó a ocurrir. Tuvo que ver la abstinencia forzada a la que Alicia lo tenía condenado, la innegable sensualidad de Carla, el agradecimiento de ella por su ayuda, y una franca y distendida conversación previa que –si bien no tuvo nada de especial– les permitió descubrir que tenían más cosas en común de lo que suponían. Cuando se despidieron, ambos tenían claro que era muy probable que no se volvieran a ver. Pero estaban equivocados. Una niña que hoy le llamaba Chuchi, concebida aquella tarde en la misma cocina en la que cada mañana Jiménez se prepara el café, había sido la causa para que él se casara con Carla y no con Alicia. La muerte del librero, ocurrida poco después de esa tarde de sucesos impensados, había terminado por convencer a Jiménez de que no podía desentenderse de su responsabilidad. Con el tiempo, tras vender la librería para saldar deudas y refaccionar la casita, Jiménez y Carla habían aprendido a querer la vida que llevaban pero no habían elegido. 
Casi todo este relato resultó nuevo a oídos de Alicia en el café. Cuatro años antes, Jiménez solamente le había dicho por teléfono que se había dado cuenta de que lo de ellos no podía ser, y casi nada más. Ella no le guardaba rencor, le dijo, antes de contarle lo feliz que era con sus dos hijos y su marido, que acompañaba a su padre a jugar golf y a cazar. Alicia no fue muy efusiva al describir su felicidad, no se sabe si por pudor, por no querer poner en evidencia el contraste frente a lo que acababa de escuchar, o simplemente porque su felicidad no daba para más que ese frío resumen. Ninguno de los dos quiso decir nada polémico o hiriente, no era la idea de esa breve reunión que seguramente no tendría segunda parte. Sin embargo, él notó cierta inquietud en Alicia durante su relato de los hechos, y todavía la notaba un poco turbada, como si hubiera algo que no se animaba a decirle. Finalmente, después del tercer silencio que se hizo en la conversación, él se animó a preguntarle. Y entonces, tras una larga pausa que no pudo evitar que se le quebrara la voz, ella le dijo que el libro que su hermano necesitaba era el de Erich Fromm.


sábado, 5 de mayo de 2012

Opio y monedas


Nada sabemos del alma
sino de la nuestra;
las de los otros son miradas,
son gestos, son palabras,
con la suposición de cualquier semejanza
en el fondo.
Fernando Pessoa
La anciana parece dormir. Al agachar la cabeza no se le puede ver el rostro pues lleva un oscuro sombrero de fieltro. Está sentada en el suelo y sus polleras extendidas son a la vez mantel y abrigo. Sobre el supuesto mantel hay sólo un vaso de plástico. Cada vez que siente pasos o voces agita el vaso para que suenen las monedas. No levanta la cara. No es posible saber si agradece en voz baja cuando alguien deposita una moneda en su vaso. Menos se sabe sobre lo que siente después de cada exitoso o fracasado tintinear de monedas.
Han pasado dos horas, y quizás más de cien personas. La anciana ha recibido sólo seis monedas. Es probable que esté angustiada o simplemente triste por la escasa cosecha. No le va a alcanzar; no sabemos bien para qué, pero seguro que no le va a alcanzar. Entonces un niño sucio y andrajoso, a quien bastaría ver para saber que mendiga igual que su ¿madre? ¿abuela?, se acerca y le da otras cuatro monedas. Es su aporte, su propia cosecha de las últimas horas. Cada uno desde su esquina y desde sus años. La anciana en silencio, casi convertida en estatua (una estatua en homenaje a la miseria, diría alguien que no tiene idea de lo que es la miseria), y el niño bullicioso, zangoloteando con los otros niños, colegas de esquina. La alegría todavía es gratis.
El grupo de estudiantes salió a comprar algo para beber durante el entretiempo del partido de fútbol.
- Tengo hambre. ¿Y si además compramos una pizza? ¿Cómo andan las arcas del proletariado?
- Mi billetera ya tiene telarañas.
- Propongo una sesión de meditación Zen para espantar al demonio de la gula.
- El demonio no existe. Es una estrategia de marketing de la iglesia para no perder a sus abonados. Un vendedor de paraguas que anuncia a gritos la lluvia.
- No sabes lo que dices. El demonio sí existe. Yo mismo lo he visto; lo vi detrás de los ojos de una mujer adúltera, después del amor breve y violento, una madrugada de verano. Casi no la cuento. No es broma, me iba a devorar, iba a tomar mi alma.
- Veo que has estado fumando guano otra vez.

Cuando todavía estaban enfrascados en discutir si la Inquisición había asesinado a más personas que las dictaduras latinoamericanas, cien metros antes de llegar a la botillería, se encontraron con una anciana mendicante sentada en el suelo, agitando un vaso de plástico sin levantar la cabeza. Uno de ellos se detuvo y, casi sin mirarla, rápidamente extrajo dos monedas de su bolsillo y las depositó en el vaso. No pudo percatarse del imperceptible movimiento de cabeza de la mujer, que quizás significó un gracias.  
- Pagaste tu alivia-conciencias, siempre sale barato.
- ¿Tú prefieres negarle unas monedas? ¿Qué ganas, o qué dejas de perder?
- El punto es qué gana o pierde ella, no tú. Su vida no cambia absolutamente nada por recibir ese par de monedas. Sigue siendo tan miserable como antes porque el sistema así lo requiere. El cambio no va a ocurrir porque repartamos las sobras. Es más, se corre el riesgo, y a eso me refería cuando hablaba de alivia-conciencias, de perder la perspectiva de necesidad del cambio al encontrar un espejismo de gratitud y autosatisfacción que se alimenta a sí mismo. Okey, puede servir como terapia contra el insomnio para almas sensibles, o como pasatiempo para damas-bien aburridas de gastar el dinero de sus maridos. Pero no debe distraer, quiero decir que no debe dejar la idea de que algo ha ocurrido, porque no ha ocurrido nada.
- Con distintos argumentos, tu posición coincide con la de mi padre –que es flor de reaccionario, quejándose de la cantidad de gente que pide plata en los semáforos, diciendo que no le alcanzaría la plata si diera cada vez que le piden. Ambos, partiendo de orillas opuestas, terminan por apoyar lo mismo: la frustración cotidiana de esas manos vacías.
- Qué bonito suena, podrías escribir poemas para universitarios y repartirlos a la salida de los conciertos.
- Mira, yo no hablaría de frustración. Se frustra el vendedor ambulante que no vende su mercancía, el afilador de cuchillos que recorre las calles sin resultado, el vendedor de enciclopedias puerta por puerta. Ellos todavía ponen en juego una dosis de esperanza cada día, y casi siempre la pierden. En cambio los que viven –o mueren– de la limosna de otros yo creo que ya tiraron sus esperanzas desde arriba del puente.
- Perdón, yo creo que hay que ordenar esta discusión porque están mezclando peras con manzanas. No se puede meter en un mismo saco la perspectiva social o socioeconómica y el análisis particular de sentimientos –o la ausencia de ellos– generados en la interacción con los indigentes de este país. En resumen, si quieren hablar del alma está bien; pero no hablen del alma para refutar argumentos que hablan del orden social, del tú no comes carne para que otro pueda viajar a Miami.
- Ya córtala, ustedes se han pasado la vida identificando los elementos distractores a su bienamada revolución y han encontrado así un surtido repertorio de excusas para no hacer nada concreto. Ahora resulta que es mejor no dar limosna que darla porque puede distraer o amenguar el ardor combativo de tus cuadros. Por favor. Creo que tendrían que destinar esa notable capacidad para inventar enemigos a causas más útiles.

La discusión cesó porque ya habían llegado a la tienda. Entraron todos y por eso no pudieron ver lo que pasaba en la esquina opuesta. Probablemente tampoco lo habrían visto de haberse quedado afuera de la tienda.

El niño ha llegado con otras tres monedas, la última media hora fue productiva. Entonces la anciana cuenta, dos veces, el total acumulado y le entrega una moneda al niño. Este sale corriendo, contento se diría, y detiene su carrera en el quiosco de la esquina. Allí pide y recibe el sobre con figuritas del álbum de fútbol con las estrellas del mundial. Segundos después se le ve saltando de alegría. Ha tenido buena suerte. Y es que no tenía ni a Romario ni a Batistuta. Ahora le faltan pocas figuritas para llenar el álbum. Luego de ir a contárselo a la anciana, que no se ha movido, corre a compartir su buena noticia con los otros niños de la esquina de enfrente. La celebración tiene que ser corta porque el semáforo otra vez está en luz roja. Una camioneta pick-up negra, enorme, está primera en la fila. A pesar de tener las ventanas a medio abrir se escucha con mucha claridad la transmisión del partido por la radio (el segundo tiempo ya ha comenzado). El niño no ha terminado de estirar la mano -en realidad debe levantarla para poder ser visto por el chofer- cuando desde adentro le dicen “No, ahora no tengo”. De todas maneras se queda unos instantes más, para escuchar si ese ataque narrado con tanta grandilocuencia termina en gol. No, el tiro ha salido desviado. Se dirige entonces al carro de atrás. Tampoco recibe nada. Cambia la luz del semáforo y retoma el juego de pelota con sus compañeros. Hace un gol y lo celebra a gritos, pero el gol es discutido por los otros, que reclaman que fue palo. Es que pasó por encima de la piedra que utilizan como marca. En la vereda de enfrente, la anciana ya ha guardado en un bolsillo perdido entre sus polleras todas las monedas menos dos, que se quedan en el vaso. Ahora agita su vaso otra vez: parece que alguien se acerca.

El niño no lo sabe, no lo puede saber, pero doce años después, cuando la anciana ya sea sólo un triste y lejano recuerdo en su vida, diluido por recuerdos más cercanos y terribles, se volverá a encontrar con el chofer de la camioneta negra y con uno de los estudiantes. No se reconocerán, pues nunca se conocieron, pero eso no afectará el rumbo de los hechos.

Una noche, a la salida de un partido de eliminatorias que ha ganado la selección nacional a su clásico rival, el que fuera estudiante, hoy cajero de un banco, y el chofer de la camioneta -hoy ejecutivo de otro banco- se agolparán eufóricos junto a una pequeña multitud que aclama a los jugadores y pide un autógrafo al héroe de la noche, el pequeño delantero que anotó un gol de cabeza en tiempo de descuentos. El jugador, de origen humilde y con un casi seguro futuro en el fútbol europeo, que está tan contento como los hinchas, se detiene y firma con gusto y paciencia, mientras escucha una y otra vez las mismas palabras de elogio. Es una noche para ser feliz y olvidar todos los problemas.
Después del ritual de celebración, el grupo de hinchas se dispersa por los alrededores del estadio, y el cajero y el ejecutivo casualmente caminan uno detrás del otro, buscando un taxi que los lleve de regreso a sus casas. De rato en rato el silencio de la noche se rompe con el grito de algún fanático que no quiere terminar de celebrar. De pronto, desde un pasaje lateral aparece un taxi, que frena inmediatamente ante el gesto simultáneo de los dos trabajadores bancarios. El resto de hinchas no parece interesarse en el taxi, probablemente la plata no les alcanza. Una vez que el taxi se ha detenido por completo ambos hacen el ademán de ganar la posición, pero inmediatamente corrigen el gesto para ceder el turno. El insólito gesto hacia un extraño se explica desde la solidaridad del hincha exultante por el triunfo. No hay que ceder, finalmente, porque han descubierto que sus destinos son cercanos, así que deciden compartir el taxi. El taxista comenta con ellos el resultado del partido y, distraído, no nota que en el semáforo que está más adelante, ahora en luz roja, hay un par de sujetos de aspecto sospechoso. Cuando se detiene, uno de los sujetos abre violentamente la puerta del copiloto y amenaza con un arma al taxista, exigiéndole dinero con gritos e insultos. Los dos pasajeros, sentados atrás, reaccionan intentando reducir al asaltante, mientras el taxista paralizado de miedo, no atina a hacer nada. Entonces todo ocurre muy rápido. Antes de salir corriendo con un par de billetes de escaso valor, el asaltante habrá disparado cuatro veces. Horas después, morirán en la posta médica los dos pasajeros. Ya en su barrio, sintiéndose seguro, el asaltante, un hombre joven que de niño pedía monedas en los semáforos junto a una anciana que tal vez era su abuela, podrá comprar la dosis de pasta base de cocaína que esa noche necesitaba tanto. Hace tiempo que la alegría ya no es gratis.



martes, 7 de febrero de 2012

El aplauso de los mancos


Yo estaba maldiciendo la idea de haberme inscrito en ese simposio (simposium, según el anuncio) sobre ecología y desarrollo sustentable. Allá adelante, en la mesa de honor (o sea, una mesa cubierta por un paño verde alrededor de la cual se sientan personajes de honorabilidad incógnita), un orgulloso hijo de la ubérrima tierra de Huacho acababa de perpetrar una encendida arenga, rematando con “la sociedad en su conjunto debe saber enfrentar los desafíos del nuevo milenio”. Sólo faltaba lo del granito de arena para consumar la aniquilación de la inteligencia en ese salón de puertas doradas. Afortunadamente, el hijo de Huacho había dejado tranquilo por un momento al bendito milenio y ahora se dedicaba a listar una interminable serie de obras suyas, todas inéditas. Me pregunté si me devolverían el dinero de la inscripción habiendo pasado apenas hora y media desde que el himno nacional (“entonar las sagradas notas”, dijeron) marcara la inauguración del simposio. Me respondí que no. A lo mejor el café y las galletas de la pausa valdrían el sacrificio, trataba de convencerme, mientras seguía lamentando haberme inscrito en este circo de mediocres con saco, corbata y título a nombre de la nación... hasta que la vi. 
Estaba sentada en la fila de atrás, seis asientos a la derecha. Fue como si se hubiera detenido el tiempo, como si alguien le hubiera bajado el volumen al mundo sólo para que yo la pudiera mirar con tranquilidad. Nunca había visto tanta sensualidad e inteligencia reunidas en un rostro. Su belleza no era inmediata, describirla objetivamente habría resultado una tarea banal (pelo largo y negro, ojos oscuros detrás de unos anteojos pequeños, nariz grande, piel trigueña); su belleza era una promesa de algo más allá, de una segunda vuelta de la imaginación, su belleza necesitaba que no estuviéramos allí. Estaba tan distraída como yo, lo que hizo que no le restara puntos por darle atención al homenaje a los lugares comunes que allí se llevaba a cabo. Justo cuando estaba planeando cómo acercarme a ella en medio del discurso sobre el calentamiento global a cargo de un conocido abogado, ex-ministro de economía, me di cuenta que conversaba con Erik Silva. Erik había sido mi compañero en el curso de química orgánica el semestre anterior y además habíamos participado en un par de recitales de poesía en la universidad, no nos veíamos con frecuencia últimamente (de hecho me debía un libro hacía cuatro meses) pero nos llevábamos muy bien. Estaba salvado, ya tenía un puente para llegar a ella. De todas maneras me propuse abordarla ese mismo día, sentía que una aventura mayor estaba por comenzar. Recordé en ese momento al brujo norteño que me leyó la mano diciéndome que en una vida anterior yo había sido pirata. Claro que no precisó si yo era el que repartía las esmeraldas en la playa caribeña o el que limpiaba la cubierta cagada por aves del litoral; por eso es que no terminé de entusiasmarme con la asociación entre mi pasado de bucanero y mi intención de abordarla. Para mi mala suerte, estas profundas disquisiciones teleológicas me distrajeron un momento, lo suficiente para que no me percatara de que ella había abandonado la sala. No importaba, yo tenía el correo electrónico de Erik.
***
From: martin_gm@patibulo.com 
To: eriksilva@southernmail.com
Subject: conquistas y sin ellas
Date: 27-06-01

Hola Erik, 
Te escribo después de tiempo. Creo que desde que fuimos a ver “Tiempo de gitanos” que no nos encontramos. Aunque yo sí te vi ayer, en el simposio sobre ecología y desarrollo sustentable: más aburrido que bailar con la hermana. A propósito de eso (me refiero al simposio, no a tu hermana), quería preguntarte por la chica con la que estabas conversando, una morena de pelo largo. Se veía muy interesante, ¿Quién es? ¿Estudia aquí? ¿Tienes su teléfono, o su correo electrónico? No te pregunto si has tenido algo con ella porque definitivamente tenía cara de tener buen gusto. Bueno, eso era, no jodo más por ahora. Quedo esperando tu respuesta. Ah, no dejes de ir a ver “Antes de la lluvia”, es una obra maestra. La frase que arma la película es “el tiempo no es circular, el círculo nunca se cierra”.
Suerte en la vida, y en todo lo demás también.
Un abrazo,
Martín
P.D.: Oye, si ya terminaste de leer “Ensayo sobre la ceguera” me encantaría que me lo devolvieras.
***
From: eriksilva@southernmail.com 
To: martin_gm@patibulo.com
Subject: a otro hueso con ese perro
Date: 29-06-01
Hola Martín, 
Ya me parecía raro que me escribieras si no era para pedirme algo (y no me refiero a tu libro, que terminé de leer hace tiempo y que muy pronto volverá a tus manos). Lamento tener que comunicarte que Rocío voló anoche de regreso a Santa Cruz de la Sierra. Pero para serte franco, aunque se quedara una semana más en Lima yo no te daría sus señas. No entraré en detalles de cómo la conocí, ni de cuál es mi relación con ella (mejor dicho: cuál fue mi relación con ella), pero sí puedo asegurarte que Rocío no es una mujer para ilusionarse. Punto aparte y nada más que agregar. O sí. Tal vez puedo decir que en estos días ando en piloto automático, evitando trazar el mapa de mis desamores. Entre exhumaciones, entierros, y apariciones de espectros pasajeros, poco tiempo y ganas me quedan para mirar hacia delante, donde probablemente alguna a quien no conoceré jamás se aburre de esperarme. 
Con respecto a “Antes de la lluvia” y su frase, puedo dar fe que los últimos días han sido un ejemplo de ello. Nada de lo que se va regresa, ya lo sabíamos. Porque eso del reencuentro no es más que una metáfora para (intentar) simplificarnos la vida. Aunque todo puede llegar a parecerse tanto a un todo anterior que, contando con nuestra complicidad, en una de esas lo creemos y ya: alborotada bienvenida con champagne y serpentinas al hijo pródigo que es el vivo retrato de sí mismo. Y todo irá bien hasta que la gente termine de irse de la fiesta, una vez que se hayan agotado los milagros del vino y los panes, y el hijo pródigo se mire las ojeras al espejo, vea el retrato que ya no está tan vivo, se sienta débil ante el vacío que se anuncia, y le ponga punto final a la parábola con un portazo que no despertará a nadie.
Cuídate del invierno, de los policías borrachos y de la desilusión.
Un abrazo,
Erik
***
From: martin_gm@patibulo.com 
To: eriksilva@southernmail.com
Subject: desflorando a Margarita
Date: 30-06-01
Mi querido Erik, ex-compañero de infortunios, desasosiegos y cosas aún mejores,
Si la intención de tu mensaje era que me olvidara de la bella Rocío entonces estás tratando de apagar un incendio con gasolina. No quiero joder más allá de lo justo y necesario (está claro que no estás de humor para eso), pero te aseguro que bien vale la pena un desengaño de meses a cambio de una dicha de días. Para decirlo de otro modo, la tristeza vale la pena. Si no, no existirían los besos fugaces, clandestinos, los que tienen el sabor de lo inmediato, los que no preguntan por promesas porque sus alas no pueden cargarlas. Con respecto a la bajada de telón que anuncias, por favor, no seas tan terminante; recuerda ese verso de César Calvo que dice “y los amantes que se despidieron para siempre no temen volver a encontrarse por primera vez”. Bueno, ya te dejo en paz. Quedo a la espera de que recapacites y te animes a darme las coordenadas de Rocío. Un brindis por la amistad y su enemigo íntimo: el amor. 
Larga vida a los longevos, carajo.
Martín
***
El desgraciado nunca contestó mi último mensaje ni respondió a mis llamadas, así que perdí la posibilidad de hacer contacto con la enigmática Rocío. El puente que tenía para llegar a ella se rompió, cerrándose así una de las dos puertas de la bifurcación. Erik había decidido por mí, yo no entraría por esa puerta, nunca sabría adónde me hubiera conducido. Dos meses después supe que Erik había viajado fuera del país (el mensaje telefónico de su hermana no mencionaba el destino) y que me había dejado el libro en su casa. Tras varias postergaciones, finalmente fui a su casa a recoger “Ensayo sobre la ceguera”. Antes de entregármelo, su dulce madre aprovechó para decirme –una vez más– que yo era muy simpático y que le encantaba vernos juntos a Erik y a mí, que le recordábamos a sus primos Eugenio y Horacio, que aunque peleaban a menudo eran muy unidos... y así sucesivos e interminables etcéteras. Cuando comenzó a relatarme la anécdota de sus primos con un caballo chúcaro en la hacienda del abuelo dejé de escuchar y me puse a divagar sobre las posibilidades matemáticas de que la selección clasificara al mundial. Cuando por fin concluyó la letanía y pude despedirme, me inquietó que mencionara algo de una pelea entre Erik y yo “por esa muchacha”. Me pareció extraño porque Erik y yo nunca habíamos peleado por alguna mujer, a menos que ese par de mensajes que intercambiamos sobre Rocío hubieran sido interpretados como una pelea. Esto dejaba dos alternativas: o su madre espiaba su correspondencia y exageraba mucho, o Erik comentaba toda su correspondencia y exageraba mucho. No le di más importancia al asunto y regresé a mi casa, feliz de volver a tener completa mi biblioteca.  
Entré a mi cuarto, dejé el libro sobre la cama, y decidí escribirle un mensaje a Erik, avisándole que había recogido el libro, y que estaba pronto a sacarlo de mi lista de amigos. Tarde o temprano lo leería. Antes de escribir se me ocurrió releer la correspondencia de hacía dos meses, cuando apareció y desapareció el tema Rocío. Tenía curiosidad por buscar en qué pudo haberse basado la indiscreta señora para decir que Erik y yo nos habíamos peleado. Entonces abrí la carpeta electrónica donde archivaba mi correspondencia con Erik y encontré, a continuación de los tres mensajes que recordaba, una serie de mensajes fechados en julio de 2001. No puede ser, me dije. No recordaba haberme comunicado con él en ese tiempo. Comencé a abrir los mensajes en los que yo era el remitente y extrañamente reconocía como propios textos que no recordaba haber escrito:
“ ... porque esta aventura tiene la emoción de los espejos en la oscuridad, todo puede cambiar si alguien enciende la luz. Y yo estoy dispuesto a seguir adelante, no importa que adelante no haya más que paredes...”
“... no diré que estoy tocando el cielo con los dedos, más bien digo que aprieto el cielo con fruición con la mano entera, y el cielo gime agradecido en mi oído...”
“ ... he andado conjugando amor y dolor en tiempo y número excesivos. Sepulté buena parte de mí y resucité otra: filosofías de cajón terminaron en el tacho de la basura y nociones de adolescente terco y crédulo tomaron el poder. Soy algo así como un Lázaro con cirugía plástica: nadie lo reconoce así que el milagro se fue al carajo. Drama similar al de Casandra, se podría decir, si sirviera de algo decir algo...”
“...A manera de expiación habría que comulgar con ruedas de molino y pedir de rodillas a algún Baal de segunda división que por favor se deje de joder. O al menos que nos conceda por una vez la oportunidad de lo imposible, como escuchar el aplauso de los mancos.”
“... la mezcla del infierno y el paraíso no es el purgatorio, como algún triste discípulo de la media aritmética ingenuamente supondría. La mezcla no es tal, conviven como serbios y croatas, codo a codo (en el tabique nasal), desayunan agua con aceite, y el que gana pierde. Debería haber una hoja de ruta para este rally entre hemisferios diestros y siniestros, un atajo que nos lleva al principio del camino...”
“... el dato objetivo es que ella ya no está. Estoy sumido en medio de una triste arqueología existencialista: encontrarle sentido a las ruinas. Mientras tanto, la depresión es la excusa para no mentir más y ver la realidad con sus verrugas y su halitosis; y es también la lucidez que no transa ante el espejismo de la alegría, ante el incomprensible gregarismo de nuestra especie (plaga, como la langosta)...”
“...y no puede ser más largo este mensaje, pues sabe del desamparo final de las palabras, del ineluctable último puerto donde acoderan todas las buenas intenciones: la nada. A pesar de eso, a pesar de esa metáfora del olvido mal olvidado, crece de nuevo como la maleza en las vías del tren, y termino hablando con pedazos rotos de silencio, para que todas las palabras que callo lleguen a ella sin alas de piedra...”
No pude seguir leyendo. Impactado, sin alcanzar a entender, me levanté de la silla y me derrumbé sobre la cama. Entonces el libro que allí había dejado saltó y dejó ver un papel que asomaba entre las páginas. Abrí el libro y encontré un programa de cine y una fotografía. El programa anunciaba “Antes de la lluvia” y se leía debajo del título: “el tiempo no es circular, el círculo nunca se cierra”. A su lado había una foto que tenía como fondo unas montañas verdes en un día soleado. Y en un primer plano aparecía yo sonriente abrazado a una bella muchacha morena de largo pelo negro y ojos oscuros.

(2001)


domingo, 8 de enero de 2012

Explicaciones a una mujer que se está poniendo la ropa



Yo tenía 18 y ella 17. Como diría Corín Tellado, estábamos apenas descubriendo el amor, y nos gustaba mucho lo que descubríamos cada día, o mejor dicho cada noche, porque después de las clases en la academia pre-universitaria nos escurríamos presurosos para dar un paseo nocturno por el malecón del difunto Parque Salazar de Miraflores, donde ahora construyeron ese monumento al mal gusto y el esnobismo no-ilustrado que se llama LarcoMar. Allí, al amparo de nuestro razonablemente irracional apetito carnal y de unas beneméritas palmeras enanas, hacíamos lo que no podíamos hacer en ninguna otra parte. Las palmeras prodigaban la oscuridad necesaria y las otras parejas, parapetadas bajo sus respectivas palmeras, respetando los sagrados 10 metros de distancia que constituían nuestra precaria intimidad, le daban al cuadro un grato aire de complicidad anónima y solidaria. El disipado rumor del mar al fondo del acantilado procuraba el sutil fondo musical para ese cándido despertar sexual comunal, un ritual que repetíamos cada martes y jueves. Una noche de aquéllas, me parece que fue un jueves, mis manos ya habían logrado desabrochar su ceñido jean (maldita sea la moda de pantalones ajustados) y mis dedos amantes se apresuraban a recorrer ese camino tibio y húmedo que ya comenzaba a serles familiar. Los ojos estaban, por supuesto, cerrados; no sólo porque el beso no se interrumpía (estarás de acuerdo conmigo en que el abrir los ojos al besar es una señal de que se ha perdido la ilusión) sino porque no era posible disfrutar y vigilar al mismo tiempo. Yo no vigilaba, y a juzgar por los susurrantes gemidos que sólo yo podía escuchar, ella disfrutaba mucho. De pronto, justo cuando su mano se dirigía cariñosamente a corresponder mi gentileza, escuché una voz que decía: “Jóvenes, sus papeles por favor”. Abrí los ojos sobresaltado y descubrí a mi lado a un policía cara-de-sapo que seguramente había estado ejerciendo de voyeur los minutos previos (él y su rollizo camarada, que observaba a unos 4 metros de distancia) y que recién ahora se había decidido a intervenir, probablemente porque la oscuridad frustró su procaz intención de ver algo más. Antes de contestarle, y mientras ambos sacábamos precipitadamente las manos de la masa para abrocharnos los pantalones, miré en derredor y me alivió descubrir que las demás parejas, nuestros cómplices de ritual comunal, se habían borrado de la escena. Nosotros éramos las únicas víctimas de la cruzada moralizadora de las fuerzas del orden. “Sus papeles, por favor”, repitió impaciente el hombre-batracio, cuyo grasiento rostro brillaba a la luz de la luna. “Yo estoy tramitando la libreta electoral, ella es menor de edad”. “Ah, entonces, aparte de una falta contra la moral y las buenas costumbres, usted está cometiendo un delito: abuso de menores. Vamos a tener que llevarlo a la comisaría para tomarle una declaración y para avisar a los padres de la señorita”. Inmediatamente la señorita rompió en llanto porque eso significaba la expulsión segura del hogar paterno, regentado por el iracundo Elías Ganoza, un pujante empresario que había perdido su modesta fortuna en la gran estafa de la financiera CLAE, pero que no había perdido para nada sus autoritarias y a menudo violentas costumbres de hijo de terrateniente. Por mi parte, yo no perdí la calma. Tenía muy presentes las historias que me había contado mi hermano mayor acerca de los “arreglos” con los policías cada vez que él cometía una infracción de tránsito. En tiempos más prósperos los venales agentes solían exigir una suma nada despreciable para permitirle al infractor continuar camino. Pero la crisis terminal en la que estaba sumido el país había permeado todos los niveles, llegando incluso a desvirtuar el carácter intimidatorio de la corrupción policial. Así, los otrora no respetables pero sí temibles custodios de la ley se contentaban ahora con una cajetilla de cigarrillos, algunas monedas para el pasaje, bienes menores varios (un kilo de limones, un encendedor, una revista para hombres), o la compra de un boleto de una rifa para reunir fondos para la construcción del jardín infantil “Angelitos verdes”. Bueno, volviendo a aquella noche, el sapo hinchado con uniforme verde respondió con una mirada fija sobre mi reloj cuando utilicé la consabida fórmula que servía de preámbulo a la coima (“jefe, debe haber alguna manera de arreglar esto”). Sin dejar de mirar mi muñeca izquierda, dijo que él no tenía reloj, y que necesitaba uno; que yo podía comprender lo impresentable que era andar patrullando las calles sin saber la hora. Consideré responderle si fisgonear parejas para luego extorsionarlas era muy presentable, también pensé en comentar algo acerca del enorme reloj que le bailaba en la muñeca, denotando el origen del malhabido bien; pero opté por evitar la vía agresiva y concentrarme en la vía negociadora. Entregar mi reloj nuevo me pareció un precio exagerado, así que me negué arguyendo que era una herencia de mi bisabuelo, que tenía un valor personal incalculable, que mi abuela nunca me lo perdonaría. Hay que ser débil mental para creer que mi bisabuelo usaba un Casio digital, pero aparentemente el seboso anfibio con grado de subteniente lo creyó. Ante mi negativa, el custodio del orden público endureció la posición y volvió a amenazar con la comisaría y la llamada al padre de la señorita, llegando a indicarle a su regordete adlátere que fuera a encender el patrullero. Entonces ella y yo nos vimos forzados a hurgar en nuestras mochilas de estudiante en busca de algún bien que pudiera comprar nuestra liberación (era inútil buscar en las billeteras porque apenas teníamos para el pasaje de regreso). Tras 30 segundos muy tensos, los dioses de la noche lasciva al fin se compadecieron de mí: allí estaba la calculadora solar de bolsillo ultra-delgada (credit card type) que me había dejado ahora sí en herencia uno de mis tíos de Miami de paso por Lima. Como yo ya tenía una buena calculadora científica, lo que tenía en mis manos era sin duda nuestro pasaporte a la libertad. Claro que no fue nada fácil explayarse sobre las infinitas bondades de esa calculadora pequeña “pero muy moderna y carísima, jefe”. Y es que es una tarea algo complicada el vender una calculadora solar cuando es de noche. El caso es que, fuera porque quedó satisfecho con el botín, porque se aburrió de lidiar con un par de estudiantes sin fondos en una noche fría, o porque su ayudante se quejaba de que tenía hambre, el anuro encarnado en oficial de policía nos dejó ir. Una vez que vimos al patrullero doblar hacia la avenida, seguramente rumbo a seguir cumpliendo con su noble misión de esquilmar a los desavisados cultores de aquellas impúdicas tocaciones, recién pudimos respirar aliviados. Ella continuó con su llanto interrumpido y yo, lo confieso, me di cuenta que sí había sentido temor. Caminamos un buen rato abrazados sin hablar, a medias asustados y a medias orgullosos de estar viviendo aquellos años de descubrimientos terribles y maravillosos. Luego nos volvimos a prometer amor eterno y también nos prometimos no volver a esas andanzas tan audaces. Con el tiempo, y en distintos momentos, incumplimos ambas promesas, pero esa ya es otra historia. Lo que quería explicarte es que desde entonces, debido a sabe Dios qué oscuro y traicionero mecanismo inconsciente, el sonido de una sirena policial tiene un potente e inmediato efecto inhibidor sobre mi libido y su manifestación anatómica más evidente. Por eso es que el paso de ese patrullero allá abajo hace un rato (maldito hostal con todas las habitaciones con ventana a la calle) trajo como consecuencia lo que, bueno, en fin, lo que ya viste. Espero que ahora comprendas lo que ha sucedido y que por favor no te sigas vistiendo. Esto te lo estoy diciendo con mucho cariño, de hombre a mujer, y no de gerente a secretaria, no vayas a pensar que es una orden. Si yo pudiera dar órdenes ahora, ya sabes a quién llamaría a posición de firmes. Por favor, mira que todavía nos quedan 25 minutos para volver a la oficina, estoy seguro que la vamos a pasar muy bien, tú en verdad me gustas mucho... 

(2001)

viernes, 18 de noviembre de 2011

Diario de un suicida


“Suena interesante” dijo Susana sin entusiasmo, continuando el movimiento de la mano que llevaba la taza de café hacia su boca, consciente de que no diría más, que no sería necesario fundamentar su opinión. Rafael acababa de contarle su proyecto para el próximo cuento, el que completaría por fin la docena que le prometió al editor. El diario de un suicida: sus últimos días. “La primera persona facilita la intimidad, la introspección; y me ahorra las descripciones de lugar que tanto me agotan” dijo Rafael una vez que se puso de pie, mirando por el ventanal el mismo tejado descolorido de siempre allá abajo, sabiendo que ella ya no lo escuchaba, que había vuelto a la lectura del periódico. Confirmó que ya no le afectaba como antes el poco apego de ella a sus proyectos vitales, pero no lamentó la certeza de esa distancia: al fin y al cabo el proceso creativo necesita de soledad, de cierto aislamiento, se dijo; pero no se convenció del todo.

Septiembre 22
Hoy fui a renovar la visa de estudiante a Extranjería. Una cola de dos horas para que al final un idiota que hablaba con faltas de ortografía me diera un formulario y me dijera que regresara dentro de dos semanas con el formulario lleno. “Y sin emendaduras” añadió el idiota con bigote de Cantinflas, parado detrás de su escritorio. A lo mejor todavía no descubre que la silla es para sentarse. No debe estar consignado en el manual que le dieron. Podrían tener una mesa llena de formularios y así le ahorrarían a la gente la cola y las inasistencias al trabajo. Pero claro, entonces dejaría de tener razón de ser la existencia del idiota con terno lustroso y prendedor en la solapa, con caspa sobre y prendedor en la solapa. En realidad no creo que su existencia tenga mucha razón de ser a pesar de que todavía no hay mesa con formularios. Su triste existencia de imitar los modos del jefe, adular a la secretaria amante del jefe, sonreírle a las extranjeras de ojos claros y maltratar a los extranjeros de piel oscura. Pobre diablo que regresará a casa apretado en el micro, codo a codo con el extranjero de piel oscura, y sin poder ver el automóvil en el que viaja la extranjera de ojos claros. Pero ya estuvo bueno de hablar del idiota, que no fue lo peor de la mañana perdida en Extranjería. Lo peor fue soportar la cola. Escuchar el desfile interminable de lugares comunes como síntoma de la compulsiva necesidad de hablar de la gente. De hablar pero no escuchar. No importa de qué tamaño fuera la peripecia que acababa de relatarle la señora de pelo teñido a la señora gorda, ésta replicaba (cuando no interrumpía) con “Eso no es nada, imagínese que a mí...” y así hasta que el tipo con calvicie prematura aportara su “Al menos a usted le dijeron que esperara, en cambio a mí...”. Nadie escucha un carajo, sólo esperan su oportunidad para enrrostrarte su pequeña desgracia tamaño pasaporte, su apocalíptica espera de media hora, subiendo el volumen de su perorata si no alzas las cejas o manifiestas de alguna manera tu asombro solidario. Solidaridad....já. Con meticulosidad digna de mejor causa registré las primeras palabras de las intervenciones de los colistas. Diecisiete de veinte comenzaron con “Yo” o “A mí”. Y así quieren solidaridad los miserables. Si la cola no fuera con ticket las ancianas nunca llegarían a la ventanilla, serían aplastadas por esa turba bien vestida y perfumada. Allí está la náusea de Sartre, ni siquiera hay que leer el libro. En fin, no sigo con la historia de la cola para no darle la razón a Rosita, que siempre decía que yo era un amargado. No soy un amargado. Soy un observador con algo de lucidez (perdóneseme la autocomplacencia y la inmodestia mal disimulada). Bueno, al menos lo era hasta hace poco. Últimamente la resignación me está quitando las ganas de observar. Y si no observo ya no sé de qué me sirva mi lucidez. Si Rosita no se hubiera ido tendría la posibilidad de abandonarme a la sinrazón del amor por un rato. Opio, Maya, ilusión fugaz pero necesaria. El problema es que ella se fue precisamente en nombre de la razón.

“Así que si quieres anda buscando un abogado, a mí me va a representar mi primo Patricio” remató Susana. Rafael la miraba sin saber cómo reaccionar ante el aplomo de ella. Todo se había desencadenado muy rápido. Él le preguntó si ya había hecho las reservas para los pasajes de Navidad y ella respondió que no, porque no pensaba volver a pasar una Navidad en Lima si la madre de él no se disculpaba antes con ella por lo que le había dicho la última vez que hablaron por teléfono. Él, todavía sorprendido, le había recordado que su madre estaba muy enferma, que podía ser su última Navidad, que por último correspondía –de acuerdo al pacto que se había respetado durante 5 años– que ese veinticinco de diciembre lo pasaran en Lima porque el anterior se habían quedado en Santiago. “Si quieres te vas solo, pero yo no voy. Y por supuesto que los niños se quedan conmigo” había dicho ella. “No puedes ser tan dura” dijo él, moviendo la cabeza. “Lo que yo pueda o no pueda ser no lo decides tú. Nunca terminarás de entender eso. Por más librepensador que te declares, sigues albergando a un macho que quiere dominar. Pero yo no soy como tu madre, que fue capaz de someterse al maltrato de un hombre por el supuesto bien de los hijos. Yo no tengo vocación de víctima. Y quieres que te diga una cosa: estoy harta de que tu madre maneje nuestra relación por control de remoto con la eterna excusa de su salud deteriorada”.  Allí comenzaron a subir los tonos y a perderse el respeto. En cuestión de minutos habían llegado al tema del divorcio. A Rafael no le sorprendió sentir que estaba en la víspera de una sensación de alivio, pero ésta se esfumó súbitamente cuando le escuchó decir a Susana que ella no le permitiría ver a los niños hasta que se dictara la sentencia y se estipulara el régimen de manutención; y que tuviera paciencia, porque el proceso no tomaría menos de un año y medio. “Sabes muy bien que tengo todas las de ganar, no sólo porque soy la mujer, sino porque tú eres extranjero. Esto me lo dijo Patricio la semana pasada”.

Septiembre 23
Aferrarse a algo. Se supone que uno debe buscar un motivo simple y concreto, un ancla, algo a qué asirse cuando se pierde el sentido. Esas “ideas-fuerza” son sólo una receta más, un producto marketeable diseñado para mentes débiles. Como “la visualización positiva es la clave del éxito” o “el fracaso nunca me sobrecogerá si mi decisión para alcanzar el éxito es lo suficientemente poderosa”. El éxito según Og Mandino y los 40 editores. Me cago en su éxito, sus cuentas millonarias, su cocaína diaria y sus bestsellers para tontos útiles. Toda esta diatriba se debe a la torpe bondad de mi madre por el día de mi cumpleaños: me envió por correo un libro de superación personal. Pobre mamá, no tiene idea de nada. Se puso a llorar al teléfono cuando le dije que no quería hablar con mis tíos, que saldría a caminar hasta tarde, que mi cumpleaños no me importaba. Perder el sentido. Ocurre de un momento a otro, como la epifanía que le revela el conocimiento al científico inspirado, pero al revés. Y ya no hay marcha atrás. No vale arrepentirse de ser el espermatozoide ganador. Perder el sentido. Un instante, un relámpago dentro de la cabeza, como las ideas geniales. Claro que a mí nunca se me ha ocurrido una idea genial. En qué momento se jodió el Perú, se preguntaba Zavalita en Conversación en la Catedral. En qué momento me jodí yo, podría preguntar. Pero no, no me interesa hacer una investigación histórica de este desapego al que comienzo a acostumbrarme. La lectura de Pessoa es buena compañía, pero ya estoy terminando el libro. A lo mejor después sigo con Bukowski. O no sigo. Esteban decía que prefería a Bukowski antes que a Henry Miller porque le desagradaba que Miller siempre cayera de pie en su muladar, que conservara la distancia precisa para transmitir la imagen que quería, que tuviera tan bien diseñada su desgracia que hasta daba envidia. En cambio Bukowski era más honesto, no temía hacerse mierda frente al lector, podía escribir pésimo porque su vida era pésima, y así había que leerlo. Bukowski. Yo creía que era un director de cine polaco, hasta que Esteban me explicó. Ojalá estuviera aquí ahora para explicarme algo, cualquier cosa. Quizás perder el sentido sea no querer caer de pie en medio del muladar y no querer escribir, aunque sea pésimo. No. Perder el sentido es que no te importe cómo ni dónde caes, que no te importe si escribes o no, porque al final todo termina en lo mismo. Todo comienza y termina en el mismo punto. Como una figura geométrica que se cierra para siempre. Pero allí hay armonía, ésa es la pequeña diferencia. La enorme, insalvable, cañón del Colorado, diferencia. En fin, no sigo porque voy a tener que salir a dar una vuelta: hay fiesta en el piso de arriba. Horror. La música a todo volumen es lo de menos. El mal gusto de la música a todo volumen es lo de menos. Lo que no soporto (y no entiendo) es esa obsesión por decir cosas supuestamente graciosas cada vez que hay más de cuatro personas reunidas y es de madrugada. Una carcajada tras otra. Y otra más. Y otra. No hay nada que me ponga de peor humor que escuchar las risotadas huecas, forzadas, de las taraditas que al no poder aportar a la conversación aportan al ruido. Son las que necesitan un poco de alcohol en la sangre para olvidarse que son feas y así poder sentirse objetos de deseo. De deseo de otros igualmente feos pero con cinco gramos más de cerebro; suficiente para armar dos frases seguidas que generen risotadas huecas. El problema es que después se aparean, se reproducen, y traen al mundo a más tarados necesitados de alcohol para sentirse felices. Es la plaga bíblica que no se detectó a tiempo. La misantropía la fundó alguien que vivía en un edificio de departamentos.

La nueva crisis conyugal no pudo llegar en peor momento. Gustavo –el editor– había vuelto a llamar, recordándole que el ya tres veces postergado plazo había vuelto a vencer el martes pasado. Rafael le dijo que ya estaba terminando el último cuento, que tuviera un poco de paciencia, hasta le contó lo de Susana y los niños. Pero todo lo que obtuvo fue una profesionalmente amistosa palabra de aliento (“ya verás que todo se va a solucionar”) y una igualmente profesional amenaza de denuncia por incumplimiento de contrato. Tras larga discusión finalmente acordaron que a la mañana siguiente el editor pasaría a recoger el manuscrito a su casa. “No falles, Rafael; esto ya no depende de mí, me están presionando de arriba. Si no tienes el manuscrito listo con los doce cuentos que el contrato estipula, te estarás metiendo en un grave problema. No puedo defenderte más”. Ahora miraba a su alrededor y no podía reconocer en ese paisaje de desolación y abandono lo que hasta hacía unos días había sido su casa, un hogar. Susana se había llevado a Gabriel y a Silvia primero, y a los muebles y artefactos poco tiempo después. Se paró de la cama y caminó hasta la cocina sorteando la ropa sucia y los cartones de comida rápida que poblaban el suelo. Ya no había refrigerador. Lo recordó al buscar hielo para el vaso de Amaretto que acababa de servirse. Volvió a su cuarto-escritorio, que era lo único que todavía se parecía a su pasado, e intentó concentrarse una vez más para poder terminar el cuento. Tenía que sobreponerse, tenía que vencer a esa demoledora alianza de la depresión y la  angustia. Él era un profesional de la creación literaria, la más sólida promesa de la narrativa actual – en las generosas palabras de un amigo periodista. No pudo. La sonrisa de sus hijos en la inmensa fotografía en la pared hizo que las lágrimas volvieran a nublarle la visión de la pantalla del computador.

Septiembre 24
Hoy no llamó nadie ni me escribió nadie. Menos mal. No tengo ganas de fingir. Pensaba ir al cine (hoy era el último día de “No Amarás”) pero sólo imaginar a los imbéciles de siempre comentando la película en la fila de atrás me quitó todas las ganas. Prefiero pasar el día contemplando las manchas de humedad en el techo o mirando por la ventana, mirando las vidas de otros, deseando ser cualquiera de ellos (la viejita que apenas puede con las bolsas del supermercado, el escuálido recogedor de cartones que se estira las mangas de la chompa para no congelarse las manos al empujar su carreta al amanecer, la niñita que animada le cuenta su día en el jardín infantil a su madre mientras ésta no la escucha porque está pensando en cómo llegar a fin de mes). Mañana se cumplen dos semanas sin tomar las putas pastillas. No puedo decir que esté ganando la batalla, pero de ninguna manera voy a regresar a la alegría artificial, a las tres dosis diarias de entusiasmo, a la vida con respirador mecánico. Si no puedo solo, no puedo y ya está. “Hay que darle para adelante nomás, porque el camino de regreso está muy congestionado”. Difícil de creer que fui yo el que escribió esa frase alguna vez. Me suena a la prehistoria. Cazador-recolector de frases bonitas o ingeniosas. Ése era yo. En un pasado reciente tuve un gran futuro, pero ese futuro terminó hace unos días. Y no se ve nada más adelante. Debe ser el esmog, la inversión térmica de los cojones, o un frente de mal tiempo proveniente del Pacífico sur, o ninguna de las anteriores. Ya, basta por hoy. Tengo mucho sueño y pocas ganas de escribir.

El canto de los pájaros le indicó que comenzaba a amanecer. Recién entonces se dio cuenta del paso del tiempo. No había dormido en toda la noche y había avanzado apenas unas cuantas líneas. Releyó una vez más el cuento escrito a medias, volvió a quedar insatisfecho con el producto, y constató que la angustia comenzaba a esfumarse. Ya no le importaba tanto. Ya no le importaba, quizás. Se puso de pie, abrió las cortinas, y se quedó observando el tejado descolorido de la casa de enfrente. Desde el cuarto piso se tenía una vista total de esa casa. Era una casa antigua, con un amplio zaguán poblado de hierbas silvestres y donde todas las tardes jugaban los niños a perseguirse y esconderse. No sabía sus nombres pero sí sabía que eran amiguitos de Gabriel y Silvia. Vio que todavía no encendían las luces y pensó –sin tener motivos para hacerlo– que en esa casa dormía una familia feliz. Un escalofrío le recorrió el cuerpo e inmediatamente pensó en hacerse un café. Imposible por ahora: no había cocina. Regresó al escritorio y se sentó frente a la máquina. Todavía le quedaban un par de horas antes de que llegara Gustavo.

Septiembre 25
Creo que perdí. Me quedé sin fuerzas, sin razones, sin ganas de que vuelva a amanecer. Estar en este lado o en el otro lado me da exactamente lo mismo. Y en el otro lado por lo menos tengo el incentivo de la novedad, la incertidumbre, la sorpresa. Por supuesto que no creo que me esté esperando una corte de serafines afeminados tocando la trompeta a la entrada de un luminoso reino sobre las nubes. A lo mejor no hay nadie ni nada al otro lado. Ya veremos (dijo un ciego lleno de esperanzas). Paren el mundo que aquí me bajo, decía Mafalda. Yo no pido que pare; voy a saltar de este microbús en movimiento, como cada día al llegar a la universidad. Imagino que mañana todos dirán que fue por Rosita, que no me pude recuperar de su abandono. Lo dirán con un tono a medias sabiondo y a medias compungido. Y no sabrán nada. Lo dirán porque algo hay que decir, eso creen. Todas sus palabras sobran, nunca nos han regalado un pedazo de silencio. Hablan mucho y no saben nada. No tienen la más remota idea de lo que es perderlo todo. Nadie puede saber lo que es esto, nadie sabe cómo se siente quedarse vacío, cómo se siente el no-sentir. Lo único que lamento es el tono de tragedia griega de todo esto, el titular de tabloide amarillo, el mal gusto de la sangre y del cuerpo deshecho contra el suelo; si se pudiera simplemente apretar un botón y desaparecer, invadir el pasado sin pasar por el presente. Pero no, hay que hacer el esfuerzo de dar un último paso real: abrir el ventanal. Sea, entonces, pero con un breve trámite como preámbulo: el testamento. Un testamento imaginario, por cierto, porque no tengo posibilidad de dejar algo oficial. El inventario actual es bastante pobre, así que no tomará mucho tiempo nombrarlo. Lego la computadora a mi hermano, con la esperanza de que la utilice para algo distinto a los embrutecedores juegos de combate. Los libros a mi hermana, que nunca tuvo tiempo para leer y ahora tendrá un motivo más para sentirse obligada a hacerlo. Todo lo que he escrito se lo dejo mi madre, que algún día entenderá que ella no tuvo la culpa de nada. Por supuesto que en lo anterior no se incluye este cuento incompleto, Gustavo; espero que sepas perdonar que no cumpliera con el último plazo acordado. Finalmente, lego mi inútil lucidez y mi amor desesperado a Gabriel y Silvia, que llevan en sus ojos todas las palabras que ya no podré decirles.

(2001)




lunes, 10 de octubre de 2011

Todos contra la pared

Cuento escrito en Lima, el año 2000, cuando ya no se soportaba más la siniestra dictadura de Fujimori y Montesinos.




Todos contra la pared



Nadie dice nada. Nadie llora o finge llorar. Definitivamente morirse no es como en las películas yanquis. No estamos en medio de un vasto prado verde, fondo preciso para el contrapunto de flores rojas o amarillas y cabizbajos personajes envueltos en negro; tampoco desciende el ataúd a las entrañas de la tierra ni llora una seductora viuda detrás de un velo. No. Aquí el polvo flota visible, el sudor nubla la vista y el tiempo se arrastra despacio, impasible. Quizás algún día se sepa por qué en los cementerios siempre hace más calor. Aunque ahora, bajo este cielo sin cielo de Lima, eso importa poco o, mejor dicho, no tiene por qué ser contestado. Ahora habría que contestarle al chiquillo desnutrido y mugriento que, allá arriba, equilibrándose sobre una escalera destartalada, pregunta por el nombre del difunto. Está listo, brocha en mano, para perpetuar aquel nombre sobre la tapa de cemento del nicho, aplicando ese estilo quizás gótico que era típico de los micros (“Protégeme Señor de Muruhuay”) antes de que estos desaparecieran a manos de las “combis asesinas”, mueca violenta del nuevo rostro chicha de Lima. Nadie le contesta. Sólo se oye el zumbido grotesco de un moscardón de ojos verdes que parece también estar sufriendo este febrero. Seguramente los familiares de Francisco callan inundados por la tragedia que, una vez más, se les restriega en la cara. Nosotros (la cofradía en pleno sin contarlo a él, que no está, pongan o no su nombre) hacemos este silencio a coro como una suerte de protesta tibia, seguros de que él nunca hubiera aprobado nuestra complicidad en este rito vacío y sin sentido. De algún modo nuestra presencia ya es una claudicación, pero Mariana nos convenció de asistir con el argumento de la solidaridad con la familia, a pesar de lo absurdo, a pesar de que casi no los conocíamos. El chiquillo se impacienta y con razón: la pichanga está por comenzar allá en el cuartel San Ignacio, y hoy es la revancha. Mientras ese silencio se hace eterno, recuerdo aquella vez en que él nos aseguró que alguna vez había logrado hacerse invisible. Que en la universidad nadie lo saludó durante una semana. Fue en enero del 93, era la tercera o cuarta reunión de la cofradía; todavía no le poníamos nombre.
- Qué fijación la tuya por ponerle nombre al grupo –se quejó Eduardo.
- Cofradía por favor, co-fra-dí-a.
- Grupo, cofradía, hermandad, logia, club de leones... es la misma huevada.
-Ya. Reapareció el rupturista amateur. Deberíamos denunciar al que te prestó ese libro de Bakunin y te dejó a merced de tu descriterio –replicó Alejandro.
- ¿Quién va a querer tallarines? –terció Mariana, apareciendo en la escena con la fuente en las manos.
- Eduardo no va a querer –adelantó Alejandro– dice que no le gusta que los tallarines anden siempre en grupo, hasta enredados, hasta ... mazacotudos... por lo que veo.
- Si quieres come y si no, ayuna –dijo Mariana depositando la fuente en la mesa.
- Madre sólo ayuna, dicen. No entiendo por qué la mía engorda –murmuró Pablo.
- Mi tío decía que en Italia era pecado cortar los tallarines –aportó Miguel.
- Típico del sudaca arribista con apellido italiano de novena generación. Ridículos –sentenció Francisco mientras cortaba sus tallarines.
- Lo bueno de los tíos arribistas era que siempre dejaban buenas propinas –dijo Pablo. Yo recuerdo que de niño mi ranking de afectos a los tíos se basaba en cuánta propina me daban. Es más, llegué incluso a asociar su rostro con el del personaje decorativo del billete: mi tío Alfredo era un muy hispanizado Garcilaso de la Vega, dos veces más valioso que mi tío Juan, que apenas era el inca Pachacutec. Sin embargo dudo que en aquella temprana influencia estuviera el origen del materialismo que me atrapara años más tarde. Aclaro que yo logré ser un monstruo materialista con mi propio y consciente esfuerzo: toda una adolescencia dedicada a envidiar –y a veces expropiar– los bienes de mi benemérito primo (hoy un ejemplo de mala imitación de yuppie). ¿Y para qué? Para terminar desandando el camino en el momento menos oportuno, justamente en estos tiempos en que “el combate es la escalera” como dice Aute. No hay caso, siempre estoy a contramano. Seré yo a quien le crezcan los enanos cuando ponga el circo.
- Oye, tú podrías escribirle algunas letras a Sabina –se burló Eduardo.
- Y tú puedes irte un poquito a la mierda, si tienes tiempo.
- Bueno, cambiando de tema, yo creo que tendríamos que decidir si le ponemos nombre al grupo, digo, a la cofradía –intentó una vez más Alejandro.
- ¿No sería mejor que nos pusiéramos de acuerdo sobre el porqué, o para qué, ser un grupo? –dijo Mariana. El nombre puede ser una anécdota, un juego, pero –hasta donde yo sé– fuera de conversar hasta el amanecer, fumar como chino en quiebra, reírnos como idiotas y tomar vino barato, no hemos hecho nada como grupo.
Nadie replicó. Quizás revisaban lo dicho por Mariana; quizás no querían que se enfriaran los tallarines. Francisco rompió el silencio con su voz grave, mirando el mismo punto fijo de siempre.
- Perdón. Yo creo que más allá del vacilón de la amanecida y el eterno retorno de los esperpentos televisivos, los congresistas semianalfabetos o los políticos batiendo records de corrupción que, aunque nos patee el hígado reconocerlo, representan hoy al ciudadano promedio; más allá del hueveo esencialista, aquí se han dicho cosas que no se las lleva el viento así nomás. Alguien habló hace un par de horas acerca de las razones –o sinrazones– que te llevan a seguir en este barco y no tirarte al agua a trabar las hélices con tu cuerpo. Ese es un buen punto de partida. Por supuesto que no dejan de ser palabras y nada más que palabras, pero de algo hay que aferrarse mientras no llegue la hora. Regalarnos espejos menos turbios, sacarnos la basura de los oídos, reaprender a mentir; todo eso es oxígeno para un cianótico entre ocho millones de cianóticos. Sí. Si no nos hemos terminado de ir a la mierda como tantos otros debe ser por algo, y si reunirnos cada fin de mes ha tenido que ver con eso, entonces, como dije, es un punto de partida. ¡Y que resucite Vallejo, carajo!
Nunca tuvimos muy claro qué fue lo que nos reunió inicialmente alrededor de esa mesa de cocina. Tampoco nos preocupamos mucho por desentrañar las causas. Comenzó, como todo, casi por casualidad, superando las diferencias que podrían haber conspirado contra la formación y mantenimiento del grupo. Nihilista a tiempo parcial, soñador sin argumentos, materialista dialéctico, católica a pesar del Vaticano, frívolo sin culpa, filósofo de esquina suscrito al neoliberalismo; teníamos casi de todo, incluso hinchas del Alianza Lima y de Universitario reunidos sin trifulca. O casi. Ni siquiera hubo resistencia por la llegada de Mariana, la única mujer en un grupo que parecía estar condenado a ser otro “Club de Tobi”. En suma, nada muy particular en el origen. Después sobrevendrían los hachazos de absurdo que cercenaron al grupo, llevándose a Francisco primero a una celda y luego a lo indefinido (o a mejor vida, como suele decirse en estos casos).
Ha terminado la ceremonia. Creo que a fin de cuentas Mariana tuvo razón: la familia pareció sentirse acompañada a pesar de nuestra distancia. Incluso han hecho el ademán de acercarse para despedirse, pero algo los ha detenido. La incomunicación del dolor en lugar del falso “lo acompaño en su dolor”. Hay que seguir. Una vez más nos logramos acomodar (incomodar) en el destartalado Volkswagen amarillo de Eduardo y, mientras ruidosamente se renueva el milagro de la ignición, continuamos con ese silencio a cinco voces que no se condice con tanta declaración altisonante y casi siempre irreductible de aquellos días de la cofradía. A pesar de que se robaron la radio del carro hace meses juraría estar escuchando el adagio de Albinoni. Casi me sonrío al comprobar -ahora sí- la semejanza con una película yanqui y me digo que es un premio consuelo, y que es patético. Allá afuera, la miseria de la ciudad parece estar más despierta hoy, más viva, los colores del subempleo y el caos hieren la vista sin tener brillo. Es como si la miseria se sonriera con cinismo al contemplarnos más próximos, sabiéndonos transidos y sin recursos para enfrentar una situación que a ella le es cotidiana. Con la cabeza apoyada en la ventana, golpeándola a cada bache, golpeándola sin cesar, recuerdo que alguna vez - no me acuerdo por qué- habíamos discutido sobre quién sería el primero en morir de todos nosotros. Curiosamente no puedo recordar detalles ni la conclusión de esa conversación. Quizá se trate de un mecanismo para evitar un simulacro de remordimiento. Tan inútil como esa luz roja que acabamos de ignorar, imitando al taxista que va adelante. Taxista. ¿Será un taxista samaritano, como aquellos que alguna vez fueron tema de una tertulia nocturna?
-         Vaya inyección de optimismo. No sé para qué vemos el noticiero si siempre es el mismo rosario de desgracias sin solución.
-         Al menos nos queda el consuelo de que siempre se puede estar peor
-         Bueno, desde ese punto de vista, todavía no estamos en Sao Paulo, con escuadrones de la muerte asesinando 5 pirañitas por noche para limpiarles la calle a los grandes comerciantes.
-         Más creativo y mucho menos macabro me parece el negocio de la subasta de borrachos en la plaza San Martín.
-         ¿Y eso?
-          Pasada la medianoche, en el centro de Lima, si un borracho aborda un taxi, el taxista lleva al infeliz a la plaza San Martín y allí lo ofrece al mejor postor. Le quitan todo lo que le puedan quitar y lo dejan durmiendo en la plaza. Casi sin violencia.
-         Lindo taxista samaritano.
-         Ya lo decía Marx... –comenzó diciendo Pablo.
-         ...Groucho, por supuesto –añadió cuando Eduardo ya volteaba a mirarlo sorprendido. “Surgiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cimas de la miseria
-         Salud por eso –dijo Miguel mientras vaciaba su vaso de vino.
-         A mí me gusta más: “Iremos de fracaso en fracaso, sin detenernos, hasta alcanzar la derrota final” –dijo Francisco. Pero no es de Groucho, la leí en una pared en Surquillo.
-         Puta que nos pusimos optimistas. ¿Alguien tiene por allí una cimitarra para rebanarme el colon ahora mismo? –dijo Pablo
-         Podrías ser más ritual y hacerte un ikebana - sugirió Mariana.
-         ¿Eso no es un arreglo floral? ¿No habrás querido decir harakiri?
-         Qué falta de cultura-Mafalda, por Dios, por eso estamos como estamos.
-         Sí. Qué falta de ignorancia –añadió Eduardo.
-         A ver, a ver, ilustre chofer de la caravana del fracaso, espérate un poco –dijo Alejandro dirigiéndose a Francisco. Creo que estamos todos de acuerdo en que si te animas a mirar por la ventana la lucidez te conduce –atajos más, atajos menos– a la frustración, a la rabia impotente. Claro, siempre estará la opción cobarde de decir “no llueve porque yo no me mojo”, pero creo que ninguno de nosotros es de esa calaña. Lo que no me parece buena idea es que nos quedemos en el barro revolcándonos, casi disfrutando, jactándonos de nuestra pericia para reconocer, identificar y clasificar la basura. ¿Y? Lindo ejercicio de taxonomía existencialista ... pero habría que ser algo más creativo. Tratar de sacarle la vuelta a la realidad sin aplicar la táctica del avestruz. Hacer sonreír a la depresión penetrándola por sorpresa.
-         Escupir al cielo para que llueva café en el campo –completó Miguel.
-         Cosechar las peras del olmo –añadió Eduardo
-         Y exportarlas –siguió Pablo
-         Ya la cagaste.
-         Mira Alejandro, no pongas las cosas como si yo fuera el abanderado del pesimismo en este grupo. Quizá solamente se trate de mi poco escrúpulo para decirle gris al blanco y negro al gris, pero –al menos por ahora– no se me ocurriría sustentar una posición nihilista ni nada que se le parezca. No. Yo sólo creo que hay que reconocer el fracaso, asumirlo cabalmente, tragarlo sin agua, antes de pretender recuperar terreno. Porque pienso que una mala digestión de una derrota puede destruir los embriones de un nuevo orden. No reniego de la alegría, simplemente no la encuentro pertinente para estos tiempos. No descalifico la opción que propones, ocurre que no termino de entenderla, nada más. Tú estás hablando de un escepticismo idealista. Algo así como esa mazamorra del agnosticismo místico de Wittgenstein –pudo contestar Francisco a través de la pantalla de joda que habían armado los otros tres.
-         ¿Y eso qué es? –preguntó Pablo– ¿No era Wittgenstein al que se le quemaba el arroz?
-         Su condición sexual no tiene nada que ver con el punto –contestó impaciente Alejandro. Mira, dejemos a Wittgenstein para otro día. Estábamos hablando de la inercia que se origina en la lucidez, o algo así.
-         O la falta de huevos, para ser más prosaico –dijo Pablo.
-         Butler decía que una gallina era el medio que utilizaba un huevo para hacer otro huevo –añadió Miguel.
-         ¿Y quién era ese Butler? –preguntó Mariana.
-         Yo qué sé, pero seguro tenía mucho tiempo libre –dijo Eduardo.
-         Ya veo que una vez más las ideas se van a diluir en chacota –dijo Alejandro, de todos modos sigo pensando que habría que intentar hacer algo, aunque sea pequeñito, aunque sea como entrenamiento. Quizás sea demasiado pedirles una definición, como bien apunta Mariana. Intentemos entonces comenzar por algo tan simple como bautizar al grupo.
-         ¡Y dale con lo mismo!
-         Este muchacho necesita ayuda psiquiátrica –dijo Eduardo. Yo creo que cuando era niño sus padres le decían “oye tú, niño”, “niño, alcánzame el periódico” y nunca lo llamaban por su nombre; por eso le quedó el trauma de ponerle nombre a las cosas. Se me ocurre que podríamos intentar una terapia de cura aquí mismo. Simplemente tenemos que incluir la palabra “Alejandro” en todas las frases. Le ahorraríamos la plata de la terapia.
-         Buena idea –continuó Pablo. Por ejemplo: “Yo creo que, aunque Alejandro no lo diga, hace calor en Guayaquil”
-         O “yo tengo un primo con hepatitis que se llama Manuel, o sea que no se llama Alejandro”.
Apenas cesaron las carcajadas, Mariana acudió en rescate de Alejandro.
-         Ya. Vamos a ver. Qué nombre sugieres tú Eduardo.

-         Seguro que Alejandro jode y jode con el nombre porque íntimamente quiere que nos parezcamos al “Club de la Serpiente” de Rayuela, así que podríamos llamarnos “la fraternidad de la Anaconda”, para añadirle un tinte vernacular-amazónico al asunto.
-         ¿Nadie tiene algo sensato que proponer?
-         “La cofradía de Partula turgida” –decretó Francisco.
-         Eso me suena a sexo en grupo. Interesante.
-         ¿Quién es ese? ¿El sucesor del Maharishi?
-         Tengo en mi casa guardado el recorte del periódico. Partula turgida es, bueno, era, un caracol arbóreo de la Polinesia que se extinguió oficialmente hace unos meses y que se distinguía por su velocidad: avanzaba sólo 7 centímetros en un año.
-         Carajo...
-         Como la justicia
-         ¡Qué esperanza ! La justicia no avanza...retrocede.
-         Pobre bicho, seguro que para cuando llegaba a algún lado ya era hora de regresar.
-         Está claro que se tomaba las cosas con calma. Lento pero seguro. Así clasificaremos al mundial.
-         Ya caigo, seremos la cofradía de Partula turgida para seguir su ejemplo de inquebrantable constancia...
-         ... en el largo camino que conduce a la utopía. Bravo compañeros.
-         Venceremos
-         No pasarán
-         Hasta la victoria
-         Patria o muerte
-         Al fondo hay sitio
-         Salud por eso, y por la fundación de la hermandad de Parvula frigida
-         Par-tu-la tur-gi-da
-         Bueno tampoco pretendas que nos aprendamos el nombrecito de un viaje. O crees que Nabucodonosor conquistó el Popocatepetl en apenas unas carnestolendas hebdomadarias.
Hace más de veinte minutos que salimos del cementerio y por fin alguien se anima a romper el silencio, que ya se estaba pareciendo demasiado al luto. Mariana propone que vayamos a su casa en la noche, dice que es el momento de extender el certificado de defunción de la cofradía. Una última reunión que quizás sirva para encontrarle sentido a todo lo que ha pasado. O para encontrarle sentido a olvidarlo todo y seguir viviendo. Tras una tibia resistencia se aprueba la moción, pero sólo después de parar en “El Orificio” a comprar vino.
Mi idea los ha convencido a todos. A manera de tardío homenaje a Francisco (como son tardíos casi todos los homenajes), y también como primera y última actividad concreta, la cofradía pondrá en práctica algo que él propuso muchas veces y nunca fue aceptado: salir a pintar graffitis en la madrugada. Mientras Mariana y Eduardo discuten el itinerario, todos los demás –con excepción de Pablo, que reclama inútilmente otra ronda de vino– nos dedicamos a copiar en cuadernos los textos de los graffitis.
El recorrido comenzó por Barranco y Miraflores. Dos barrios residenciales con escaso patrullaje policial (los guardias privados contratados son más eficientes y menos sobornables), ideales para entrar en calor y terminar de desterrar el miedo natural que todos, advenedizos al fin, ocultábamos a medias. Las dos primeras pintas ocurrieron sin mayores incidentes. La primera, demasiado larga a juicio de Miguel, demasiado sofisticada (por la diéresis) para Eduardo, fue en la pared de un lote baldío en Barranco, donde debajo de un SE VENDE - RAZÓN: 467 10 15, ahora se puede leer Nuestras derrotas sólo demuestran que todavía somos pocos luchando contra la infamia; y de nuestros espectadores esperamos al menos que se avergüencen. En Miraflores nos interrumpió un borracho que eligió la misma pared de una playa de estacionamiento (Queremos vivir, no sobrevivir) para descargar su vejiga al tiempo que maldecía y pedía la renuncia del presidente anterior. Ahora la avenida Arequipa nos lleva hacia Santa Beatriz, donde esperamos encontrar una pared cerca del canal cuatro, que ha sobresalido entre la prensa sojuzgada y adocenada por su desvergonzado servilismo hacia la dictadura. El nivel de riesgo ya no es menor y se puede palpar la tensión en un detalle: nadie celebró la ocurrencia de Pablo en el semáforo anterior, cuando le preguntó al melifluo travesti que se acercó a ofrecer sus servicios si podía pagarle con tarjeta de crédito. Allí está la pared elegida, a sólo una cuadra y media del canal que tiene resguardo militar las veinticuatro horas del día. Hay que actuar rápido. Eduardo mantiene el carro encendido y enganchado en primera; Miguel observa por el vidrio trasero para dar la voz de alerta; Mariana y Pablo caminan abrazados lentamente, tapando la visión de la pared desde el canal; yo llevo el texto escrito en un papel en la mano izquierda y el aerosol de pintura en la derecha. Ay Canal 4, ¿Quién jalará la cadena? Todo ha salido bien. Mariana suspira y dice gracias a Dios. Yo replico y cito a Juan Gelman diciendo “que no sea lo que Dios quiera”. Pablo dice que los soldados deben estar dormidos o viendo revistas pornográficas.  Miguel ríe y Eduardo mantiene la seriedad: es el chofer y sabe que el siguiente destino sí es peligroso. La avenida Argentina, el corazón del barrio industrial, otrora escenario de contiendas de volanteo al alba entre grupos de izquierda y lugar de mil batallas callejeras ente los sindicalistas y la policía antimotines, cuando todavía existían los sindicatos. Allí las paredes sobran, pero el patrullaje es continuo.
Se repite la operación. Ahora la frase es algo más larga, lo que aumenta el nerviosismo de la espera. Ya está. El policía te golpea en nombre de la ley, tú golpéalo en nombre de la libertad. De pronto todo pasa muy rápido: se escucha una sirena al tiempo que una luz potente me encandila cuando estoy entrando al carro. Apenas logro entrar el sacudón me tira contra el parabrisas: Eduardo ha decidido huir en retroceso. Alcanzo a cerrar la puerta justo cuando el carro da una vuelta en U para darle la espalda al patrullero que ha tardado en iniciar la persecución. Pregunto por Mariana y Pablo mientras Eduardo acelera a fondo para ganar la esquina. Miguel, que aparentemente ha logrado ver todo, me dice que ellos han huido corriendo, que el patrullero amagó perseguirlos pero que al final se decidió por nosotros. Al menos dos estarán a salvo. Eduardo está parado sobre el acelerador intentando llegar a la siguiente esquina, pero finalmente ocurre lo inevitable: nos han alcanzado y podemos ver las ametralladoras sobresaliendo de las ventanas. Miguel le grita a Eduardo que se detenga, pero no es necesario, él decidió parar apenas escuchó la primera ráfaga. O fue al aire o tienen mala puntería. Da igual, el caso es que estamos todos ilesos, al menos por ahora.
La lúgubre comisaría a la que nos han traído, luego de la consabida andanada de patadas en las canillas y varazos en la espalda al subir y bajar del carro porta-tropa, no luce tan insana como las miradas de los dos guardias que nos vigilan. Tenemos que rendir manifestación, nos ha dicho el que parece ser el jefe de la unidad que nos detuvo. Ese matiz burocrático en el habla del comisario hace juego con el ambiente de oficina de trámites inútiles que tiene la comisaría. Una luz mortecina proviene de un foco colgado de una pared y no del techo (imagino que el presupuesto miserable prohíbe pasar de los cuarenta Watts). Un almanaque con la foto de Fujimori es lo único que adorna las paredes, aparte del escudo peruano en el dintel de la puerta.
El jefe abre el libro de partes con gesto a medias ceremonioso y a medias aburrido. Acto seguido busca, primero sobre el escritorio, con calma todavía, y luego en los cajones, ya con vehemencia, un simple lapicero para poder registrar las declaraciones. Nada. Los guardias niegan haberlo visto, y tampoco tienen uno. Finalmente, Miguel ofrece su lapicero. El jefe, ofuscado a estas alturas, lo acepta de mala gana y le dice que se lo devolverá apenas termine con nosotros. Miguel, con esa inveterada candidez que más que divertirnos siempre nos ha intrigado (¿es o se hace?), le pregunta qué es lo que va a hacer si los próximos detenidos no tienen lapicero para prestarle. Eduardo y yo apenas podemos contener la risa, lo que irrita aún más al jefe, quien manda callar y opta por iniciar la toma de declaraciones precisamente con Miguel. Mala idea. El nombre completo no ha traído problemas. Pero...
-         ¿Sexo?
-         Poco frecuente
-         Mira, no te hagas el chistoso, porque aquí nadie está de humor para escuchar payasadas. ¿Estado civil?
-         No.
-         ¿Cómo que no?
-         Es que este es un estado militarizado, no es civil.
El policía amaga reaccionar, gritar algo, pero se ha contenido después de asentir. Pareciera haber decidido algo.
-         ¿Dirección de residencia?
-         Avenida Brasil 2580, Pueblo Libre.
El policía sigue ignorando a Miguel, que dijo el nombre del distrito casi como una arenga. Nosotros estamos cada vez más preocupados.
-         ¿Nombre del partido político al que pertenece?
-         No es un partido político, es una cofradía.
-         ¿Una qué?
-         Una cofradía. Una reunión de cofrades. Es algo así como una logia, pero sin advocación alguna; no profesamos un credo en particular. Se trata más que nada de una agrupación de tertulia con fines lúdicos.
-         Mira cojudo, hasta ahora te he tenido paciencia, pero sigue jodiendo y vas a terminar mal, muy mal.
-         Yo no me estoy burlando de usted, general.
-         No me llames general, imbécil. Soy sargento, el sargento Gutiérrez para ti, pero me bastaría con ser cabo para ahorita mismo sacarte la mierda por desacato a la autoridad.
-         Yo sólo estaba respondiendo a su pregunta, sargento Gutiérrez.
-         Te repito la pregunta, y espero que esta vez respondas en serio. Dame el nombre de la agrupación política a la que pertenece su célula.
-         Ya le dije que no es una agrupación política. En cuanto al nombre, se llama Partula turgida. Es en homenaje a un extinto caracol arbóreo de la Polinesia, que en todo caso era multicelular...
-         ¡Cállate carajo! Ya basta, consignaré que el detenido se niega a responder las preguntas. ¡Aguayo, llévate a este payaso a la celda!
Unos minutos después Eduardo y yo seguimos el mismo camino que Miguel al negarnos a admitir que militamos en un partido político, y mucho menos aceptar que esas pintas representen apología del terrorismo. Esta es la única excusa formal que tiene el régimen para encarcelar a quienes no forman parte de agrupaciones de izquierda.
Estamos sólo los tres en la celda, aunque no por mucho tiempo según el sargento Gutiérrez. Dijo que pronto nos trasladarán a Seguridad del Estado, en la avenida España, y que allí sí que vamos a hablar. El miedo nos hace estar en silencio. Todos sabemos que en ese local se tortura habitualmente y que hay gente a la que se le ha perdido la huella desde que entró allí. No estamos preparados psicológicamente para la tortura. Me pregunto si alguien puede estarlo. Recuerdo a ese exiliado chileno, ex-militante del MIR, que en una entrevista contaba que después del golpe del 73, cuando era inminente que los capturaran, ellos se acondicionaron físicamente para resistir la tortura y no delatar. Pero todo eso fue inútil a la hora de la verdad, nadie podía siquiera imaginar el nivel de sadismo y degradación al que podían llegar los órganos de inteligencia. No, nadie puede estar preparado para la tortura. Ese local de la avenida España lo conocemos muy bien. Fuimos tres veces allí a preguntar por Francisco después que en cada comisaría visitada nos sugirieran lo mismo. Y tres veces negaron que hubiera estado detenido en esa dependencia a pesar que dos periodistas que hacían guardia en la puerta aseguraran que un joven flaco, de aproximadamente un metro ochenta y cinco de estatura, trigueño, pelo negro largo, de anteojos con molduras redondas, había entrado esposado en la madrugada del jueves santo. Nadie supo nunca dónde estuvo Francisco los seis días que pasaron entre ese martes que se despidiera en su casa para ir a un concierto en la universidad y ese lunes en que su cuerpo fuera encontrado en los basurales de la ribera del río Chillón, camino al aeropuerto.
Ya está amaneciendo. Casi no hemos hablado. Hace un rato Miguel preguntó por el derecho que teníamos a hacer una llamada telefónica. Yo sólo lo miré como quien mira a un niño que pide limonada en medio de una película en el cine; Eduardo le contestó que eso sólo ocurre en la televisión. La luz permite ahora ver que la celda está llena de inscripciones, y que los detenidos no perdían el humor. En la pared hay letreros de Baño, Bar, Piscina y Restaurant, todos señalando a la misma esquina ennegrecida y pestilente. A un costado se puede leer ese texto mil veces copiado en las paredes de los baños de Latinoamérica, cambiando el último sustantivo: Prohibido cagar más de dos kilos porque de la mierda nacen los fujimoristas. Pero también hay inscripciones más serias y dramáticas. Algunas me hacen recordar el texto que dejara Miguel Hernández en las paredes de la cárcel de Alicante, poco antes de morir: Adiós hermanos, camaradas y amigos, despedidme del sol y de los trigos. Ahora Miguel y Eduardo están sentados en la misma posición: la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre las rodillas. No me atrevo a interrumpir sus meditaciones, rezos o lamentos para compartir con ellos las inscripciones que me parecen notables. Me pongo de pie para poder leer un texto bastante largo, escrito muy arriba, que no se puede leer desde el suelo.
Queridos compañeros y compañeras de infortunio,
Los torpes esbirros de la dictadura, los tontos útiles con sueldo y criterio mínimos, los hijos de la intolerancia que siempre nacen con malformaciones, me han traído aquí por convertir las paredes de las fábricas en pizarra del más elemental catecismo: aprender a decir No. Si ahora apresan a los que escriben, mañana apresarán a los que lean, y entonces todos estaremos en prisión, sea detrás o delante de los barrotes. Este triste retorno al oscurantismo medieval debe combatirse con dignidad y valentía, lo que en estos tiempos equivale apenas a no callar. Ya que no existe la prensa libre y la televisión está secuestrada, sólo nos queda nuestro grito. Aquellos que renuncien a ser mudos y salgan con vida de este trance han de difundir la consigna: tomar las paredes para luchar todos contra la gran pared del terror y la opresión del régimen fujimorista.

No había terminado de leer la tercera línea cuando sentí una opresión en el pecho al reconocer la letra de molde y el estilo épico y panfletario del amigo perdido. Pero ahora que he terminado de leer esta suerte de testamento de Francisco me siento por un lado aliviado y por otro con mucha fuerza. El alivio es por saber algo más de su itinerario antes de desaparecer. Quizás se trate de un resabio de racionalismo, la impronta de la modernidad, el consuelo de tener datos objetivos de la desgracia (ya Mariana me había criticado alguna vez la compulsión por leer periódicos y ver noticieros). La súbita fortaleza que me invade no la puedo explicar, es como si algo hubiera entrado dentro de mí y tomara el mando. Tal vez sea simplemente orgullo solidario por haber recorrido el mismo camino que él para llegar primero a esta celda, luego a Seguridad del estado, y después quién sabe. Sea lo que sea, y sin tener razón alguna, ahora me siento con fuerzas para enfrentar lo que viene, para encontrarle sentido incluso a la barbarie. Por eso es que me apuro en recoger este pedacito de carbón cuando escucho el ruido de pasos que indica que ya vienen por nosotros, y escribo ese verso de la canción que tanto le gusta a Mariana. Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón.