sábado, 14 de agosto de 2010

Andante con brío

Andante con brío


- Mario. ¿Leíste esto? –grita Isabel desde la mesa donde el desayuno dominical por fin agoniza.

- Qué –responde él sin gritar, como proponiendo calma. No quiere cortarse.

- Hay otro concurso de cuentos. Lo organiza el suplemento de literatura del diario. Esta vez el tema tiene que estar relacionado con la música.

- Hmm. Puede ser. ¿Hasta cuando hay plazo? –replica mecánicamente. Sólo le falta la barbilla.

- Siempre preguntas por el plazo y por hacerlo a última hora nunca alcanzas a presentar nada.

- Siempre, nunca, nada. Tres absolutos en una sola frase. Digna representante de tu género.

- ¿Vas a empezar otra vez?

- No, no mi amor. A ver, pásame el diario.

Mario se titulará de periodista pronto, ya practica. Y como muchos de sus pares, alberga a un escritor cobarde, pragmático, o francamente malo, no importa. El hecho es que -como otros tantos- no se atrevió a seguir los cantos de sirena. Esos cantos que escuchó tantas veces mientras caminaba de regreso del taller de narrativa donde ese afable profesor -cuándo no- le auguraba un futuro insospechado. Lo sospechado era que el susodicho augur acostumbraba endilgarle sus verbosas apologías los días de pago. Con todo, Mario se sabe no-malo. Pero tiene un handicap, como diría un locutor deportivo. Edita bien, desarrolla con fluidez a partir de un núcleo ajeno, le pone alas a ideas centrales, pero difícilmente es capaz de crear. La página en blanco se queda en blanco. Por ello fracasó sin competir en todos esos concursos anteriores y ahora reincide en la pequeña angustia de encontrarse un tema mientras recorre absorto esa avenida larga que alguna vez tuvo árboles.

Música. Relacionado con la música. Inspirado en la música. Vamos a ver...

Juan Diego, exitoso vocalista líder del movimiento marginal Latinjunk, acaba con su vida arrojándose bajo el metro de New York al no soportar la fama que tarde o temprano desvirtuaría las raíces de su movimiento, el que le dio una nueva estética a la protesta de los...

Sí claro, cualquier coincidencia con Kurt Cobain y Nirvana corren por cuenta de la desbocada imaginación del lector. No sirve.

Al borde de cumplir sesenta años, y con el diagnóstico de un cáncer terminal, Alfredo Larrazabal aprende a tocar el violín y renace a la vida. En su primer concierto aficionado conoce a Ximena, una joven mujer de la que se enamora perdidamente. Ignorando la verdad, ella...

Tampoco. Es pariente cercano de un melodrama de telenovela venezolana. Tiene que ser una idea original. A lo mejor es más fácil por el lado de la música clásica. ¿Cómo se llama esa obra larguísima que repite y repite la misma melodía añadiendo instrumentos? No me puedo acordar.

En ese momento Mario ve saliendo de un banco a Mercedes Bonilla. Se sorprende de recordar, en medio de esa crisis de amnesia, el nombre y apellido de aquella ex-compañera de colegio. Más aún si Mercedes nunca fue de las populares del curso. Claro, era difícil serlo cuando su pasión era el oboe y no los actores de cine. Está casi igual. De pronto una idea cruza por su cabeza.

- ¿Mercedes?

- Sí –contesta sin reconocerlo

- Hola Mercedes. Soy Mario Salas, del liceo 1091, ¿Te acuerdas? Yo fui el editor de la revista del colegio el último año. Incluso recuerdo que te entrevisté por un concierto que...

- Sí, ahora me acuerdo. Estás un poco cambiado.

- Ya sé, la panza y la pelada. Parece mentira que en diez años la vida nos haga esto. Tú en cambio estás igualita.

- No sé si tomar eso como un cumplido, considerando que en la época escolar los muchachos sólo se me acercaban el día anterior a los exámenes de música.

Es cierto. Mercedes estaba catalogada dentro de las semi-feas. Pero, mirándola bien, no era justo. Esos ojitos negros que se esconden detrás de los anteojos son más que interesantes. Y el pelo largo le queda mejor. Claro, estos ojos de hombre pueden rescatar lo que la idiota mirada de adolescente jamás podría. Una rara belleza que se esconde pero que deja una huella sutil para quien quiera seguirla. Además ese par de kilos que ha ganado le vienen muy bien.

- No me vas a creer, y hasta me da vergüenza confesarlo, pero ahora mismo tengo una consulta musical que hacerte.

- Parece que hay cosas que no han cambiado en los últimos diez años.

- No, no. Esta vez no será igual. Déjame invitarte a tomar un café y verás que no sólo se trata de aprovechar tu cultura musical.

La idea inicial de Mario era únicamente preguntarle por aquella obra que no puede recordar, porque cree que a partir de esa estructura se podría armar un cuento. Sin embargo, ahora no tiene apuro por conseguir esa información; después de veinte minutos se siente cómodo conversando con Mercedes en ese café tan íntimo que finalmente ella eligió.

- ¿Por qué el oboe? ¿Por qué no el violín o el piano?

Mercedes sonríe compasiva.

- Estoy casi segura que esa fue una de las preguntas que me hiciste hace diez años. Podrías haber guardado tus notas y hoy tendrías la respuesta.

- Pero, ¿En diez años no has cambiado tu percepción del instrumento con el que te enfrentas a diario?

- Hmm. Sí, tienes razón. En realidad ya no lo veo como antes...

Mario cobra valor por el punto concedido y prolonga su argumento. Está ejerciendo de periodista: explotar los flancos débiles del entrevistado, colarse por entre las grietas, como decía el viejo Martínez. No importa ser redundante, no importa ser impertinente. No importa que el viejo Martínez esté desempleado hace dos años.

- Claro, porque una pareja de hermanos, o amigos, o enamorados, cambia con el tiempo la manera de mirarse. En tu caso me imagino que el oboe es para ti como un amigo cercano, o mejor dicho como...

- Estuve casi un año sin tocar – interrumpe Mercedes, comenzando a impacientarse. Hace tres semanas que lo retomé y sí, ha habido un cambio. Es extraño – dice ahora más tranquila –, es como si ese periodo de alejamiento me hubiera vuelto más fría pero a la vez más entusiasta. Ya no creo en el instinto, el talento innato, el hálito inspirador de los dioses. Ahora creo en el trabajo duro, en el esfuerzo cotidiano a conciencia.

- O sea que ahora crees más en la transpiración que en la inspiración, como dice Vargas Llosa, creo.

Mario duda de si es efectivamente Vargas Llosa el autor de esa frase. Se siente un poco azorado. No sabe dónde colocar sus manos.

- Más que eso. Creo que Wilde tiene razón cuando dice que toda obra que aspire a ser arte, genio, debe tener plena conciencia de sí misma. Sospecho mucho del automatismo creativo que preconizaba con tanta alharaca Bréton, no creo en el arrebato que engendra la quintaesencia del arte. Hay que ser alfareros. Eso, alfareros.

La aparente erudición de Mercedes apabulla a Mario. Por algún motivo que no tiene claro creía que la conversación la manejaría él, pero ahora hasta se siente algo tonto. Hace tiempo que no se sentía así. La temida página en blanco ahora se instala en su cabeza. Sin mayores recursos, decide insistir en su inquisición inicial.

- Pero por qué dejaste de tocar el oboe un año. No me lo has dicho todavía.

- El amor.

- ...

- Pero no vamos a hablar de eso ahora. Tú me preguntaste hace diez minutos, y hace diez años, por qué el oboe. Bien. Todo es culpa de Albinoni y de las telenovelas brasileñas. ¿Conoces a Albinoni?

- Me suena. ¿Es italiano, no?

Mercedes no puede evitar reírse, pero se da cuenta que Mario no la está pasando muy bien. Decide entonces ser más generosa en sus respuestas.

- Sí, es italiano. Nació y murió en Venecia. Es una de las cumbres del barroco. Sus conciertos de oboe son una maravilla, una aventura por las fronteras de la sensación humana. A diferencia de Vivaldi, que lo ejecutaba como reemplazando al violín, el oboe de Albinoni parecía querer emular a la voz humana. Y a veces lo logra. Dicen que su mujer era cantante de ópera, y que eso influyó en su manera de acercarse al oboe. No sé, el caso es que me cautivó desde la primera vez, cuando ni siquiera sabía que lo que escuchaba era oboe y menos que era un concierto de Albinoni.

- Pero tú mencionaste también a las telenovelas brasileñas.

- Sí. Es que la historia comienza con mi madre planchando mientras veía la telenovela brasileña, y yo a su lado haciendo las tareas del colegio. Tenía nueve o diez años. No recuerdo cómo se llamaba la telenovela, pero sí me acuerdo que era muy triste, y que en los momentos más dramáticos sonaba al fondo una melodía tristísima, arrebatadora. Comprenderás que a esa edad uno no se dedica precisamente a investigar sobre bandas sonoras de televisión, así que, una vez terminada la telenovela, pasaron los años y yo olvidé la melodía. Hasta que un día, recorriendo el dial de la radio –yo tenía ya quince años y escuchaba de todo, incluida la música clásica– me topé con el final de aquella melodía, que yo creía olvidada. Fue un ramalazo de sensaciones, quedé completamente arrobada. Además de llevarme de regreso a esa época de mi niñez, me impresionó la claridad del tema que trasuntaba esa melodía tan triste: se trataba sin duda de una persona que volvía después de mucho tiempo a reencontrarse con alguien o algo que amaba, y ya no encontraba lo que tanto añoró y que orientó su retorno, ahora inútil. Estaba conmovida. A pesar de tanta emoción, alcancé a copiar la información que dio el locutor al final. Y lo dijo así, nunca lo voy a olvidar: “Ese era el concierto a cinque Opus nueve número dos en D menor, para oboe, cuerdas y continuo, de Tomaso Albinoni”. Fue una revelación. Tuve claro en ese momento que estudiaría música y que el oboe sería mi instrumento.

- Qué interesante. No sabes las ganas que tengo de escuchar ahora mismo ese concierto. Quisiera saber si yo capto el mismo mensaje de la melodía. Recuerdo que una vez escuché en la televisión a un viejito que comentaba el mensaje que el concierto de Aranjuez supuestamente transmitía y yo francamente creía que el tipo deliraba.

- Mira, yo vivo a seis cuadras de aquí. Si quieres vamos un momento a mi casa para que lo escuches. Pero no nos podemos quedar mucho tiempo porque tengo un compromiso dentro de una hora. El concierto dura unos trece minutos, así que podemos escucharlo con calma.

- Me parece una excelente idea. Yo tengo la tarde libre.

- Vamos, entonces. Ah, ¿Y qué pasó con la consulta musical que me ibas a hacer?

- Ya lo había olvidado –dice Mario levantándose de la mesa. Estaba muy entretenido escuchándote. Seguro tú debes saber cómo se llama esa composición que se repite una y otra vez variando los instrumentos. Creo que en algún momento suena un platillo. Era el fondo musical del comercial del Banco de la Nación, ¿Te acuerdas?

Del bolero de Ravel pasan rápidamente a Cantinflas, y luego al Chavo del Ocho y a Shakespeare. La conversación fluye por cauces muy diversos, y Mario –que ya se siente mejor– comienza a lamentar por adelantado que ese encuentro vaya a terminar tan pronto. Está tan encantado con Mercedes que ya no piensa en su cuento para el concurso, ni en la cita con su asesor de tesis, a la que ya no llegará, ni en Isabel.

La casa de Mercedes es lo que él imaginó minutos antes: un rinconcito acogedor lleno de cultura. Chagall en las paredes, libros desbordando los estantes, una colección de velas y candelabros, una mesa de centro muy baja poblada de artesanías mexicanas y peruanas, unos grandes cojines invitando a recostarse sobre la alfombra... y un atril con partitura dominándolo todo desde una esquina. El escenario ideal para una velada de largo aliento, con música barroca de fondo, un buen vino, y con promesa de nuevas revelaciones, no necesariamente doctas, no necesariamente correctas. Pero para cuando expira el tercer movimiento del concierto ya casi es hora de irse. Al despedirse, con el tiempo justo, Mario duda entre exteriorizar su admiración por el oboe de Albinoni –a esa altura es casi una obligación– o insinuar la posibilidad de una próxima cita. Siente muchos deseos de volver a verla, pero teme ser demasiado apresurado, más aún si ha recibido señales ambiguas por parte de ella. Sí, porque un par de veces lo había mirado con un brillo en los ojos, sonriéndole con la mirada, pero también –piensa Mario– había sido poco curiosa cuando él habló de sus gustos personales. Al final opta por un paso intermedio: pedirle el número de teléfono.

Mercedes lo sorprendió diciéndole que prefería ser ella la que lo llamara, que le dejara su número. Y no pudo discutirlo. Ahora, mientras regresa a pie, Mario no cesa de recriminarse el no haber sido más directo. Le disgusta que todo quede en manos de Mercedes. También le preocupa la posibilidad de que ella llame cuando él no esté en casa. Y es que Mario no mencionó a Isabel en toda la conversación. Bueno, ella tampoco me habló de ese amor que le hizo abandonar por un tiempo el oboe, estamos a mano. Además, para qué tanta paranoia: si llama le digo a Isabel que es para una entrevista. Total, en el fondo no es totalmente falso que se trate de una especie de entrevista.

Es domingo, después de almuerzo. Isabel hojea el diario recostada en la cama mientras Mario transcribe con desgano sus notas de la entrevista al diputado.

- Este sujeto es un plomazo, un collar de melones, sus respuestas son un himno al narcisismo de manual; qué manera de ser auto-referente. Me hace recordar al vanidoso que encontró el Principito en su recorrido por los planetas. Pobre su mujer, tiene dos opciones: ser su admiradora – o sea, renunciar a la inteligencia – o desarrollar sordera voluntaria.

- Señor adjetivador, escucha esto: ya dieron el fallo del concurso de cuentos en el que, para variar, no alcanzaste a participar. Otros dos mil dólares que se te escaparon.

- Bah.

- ¿Te leo el comentario sobre el cuento ganador?

- Bueno.

- “Este magnífico relato, firmado por Oboe (aún no se devela el seudónimo), se construye a partir de una anécdota sencilla: el reencuentro, a la salida de un banco, entre dos ex-compañeros de colegio, un periodista y una concertista clásica. Una consulta de índole musical (identificar el Bolero de Ravel) es la excusa argumental, el punto de apoyo para el inicio de una trepidante pasión amorosa. Así, antes de que caiga la noche, y sobre una alfombra, los protagonistas se enfrascan en una desenfrenada contienda de lascivia y salacidad. La maestría con que el autor o autora erige un contrapunto entre los tiempos de un concierto barroco (Allegro, Adagio non troppo, Vivace assai) y las etapas del encuentro sexual aludido, inscribe este cuento dentro de la mejor tradición de literatura erótica de Hispanoamérica. Por otro lado, desde una perspectiva estrictamente musical...”

Mario deja de escuchar la lectura que Isabel continúa. Una profunda sensación de rabia impregnada con algo de derrota se apodera de él. Otra vez se siente tonto, como hace tiempo no se sentía. Puede perdonarle a Mercedes que haya armado la historia de su cuento ganador a partir del breve encuentro de hace un mes; al fin y al cabo la ficción es una cuestión de talento, y él se sabe no-malo pero no mucho más que eso. Está bien. Pero lo que no le perdona es que lo haya tenido esperando tanto tiempo y que finalmente no llamara nunca.

(2001)

domingo, 25 de julio de 2010

Vida mía

Vida mía

A Gregorio Torres no le gustaba su vida. Tampoco le gustaba su nombre o, mejor dicho, el proverbial apelativo de Goyo, o peor aún el diminutivo –Goyito– con su inevitable alusión a un infantilismo poco viril. Sin embargo, había aprendido a capear el desagrado de escuchar esos apelativos simplemente ignorándolos, concentrándose en la observación minuciosa del objeto más cercano cada vez que un compañero de trabajo lo llamaba así. Se había acostumbrado a lidiar con los infaltables creativos que, en cada uno de los cinco colegios en los que había trabajado como profesor de computación, celebraban el descubrimiento de que podían llamarlo Goyito para jolgorio de los demás. Pero el problema de Gregorio Torres no era su nombre, sino su vida. Un cronista se vería en apuros para escribir un resumen de los hitos más destacados de los treinta años que Gregorio llevaba en este mundo. Para evitar entregar una página en blanco, probablemente el cronista se resignaría a mencionar los sacramentos católicos a los que Gregorio fue sometido por obligación o costumbre, la fecha en que se graduó del colegio (Gregorio no aparecía en la foto de su promoción porque ese día la alergia al polen lo mandó a la cama), y el día de su matrimonio con Angélica (Gregorio sí aparecía en las fotos, pero sonreía menos que los mozos), cuando ninguno de los dos pasaba de los noventa kilos. A lo mejor añadiría el cronista que un vecino de Gregorio llamado Wilfredo se sacó la lotería y nunca más volvió a saberse de él, o que Bobby, el perro pekinés de Angélica que pasó a ser parte de su familia, sobrevivió al atropello de una moto con apenas una leve cojera y cierto descontrol de los esfínteres.

A pesar de la evidencia en contra, Gregorio era un tipo inteligente. Si no lo hubiera sido no habría podido darse cuenta de que no le gustaba su vida. Pero él no lo demostraba (ni que era inteligente ni que no le gustaba su vida). Siempre prefería callar antes que hablar, tanto en la sala de profesores del colegio, donde todos se disputaban la oportunidad de opinar sobre los asuntos más insignificantes, como en la mesa de su casa, donde Angélica lo ponía al día cada tarde-noche sobre los últimos acontecimientos de la vida de sus tres hermanas o de cualquiera de los vecinos. Cuando Gregorio descubrió que a nadie le molestaba su silencio, y que incluso era tomado con simpatía, se adiestró en el arte de fingir atención mientras su mente lo llevaba a otros lugares. En la sala de profesores acostumbraba buscar números primos de tres cifras o imaginar que Mónica Bellucci era su esclava sexual (tenía un envidiable archivo de fotos bajadas de Internet). En su casa, mientras miraba a Angélica y asentía periódicamente, a Gregorio le gustaba urdir sonetos alejandrinos sobre temas diversos, desde un hipotético romance entre Bobby y la hija quinceañera de la vecina hasta el monto de las cuentas de la luz y el teléfono. Pero en los últimos años estas simulaciones y juegos mentales habían empezado a cansarlo y se preguntaba si no sería posible vivir otra vida. Tenía claro que su vida no era ningún suplicio, que poseía –en modestas cantidades, eso sí– las tres cosas que existen en la vida según los boleros y los que no tienen idea de lo que hablan: salud, dinero y amor. La insatisfacción que rondaba a Gregorio parecía ser la expresión final de algún intrincado mecanismo hormonal regulado por el clima, porque estos cuestionamientos esenciales eran mucho más frecuentes durante el invierno: las tardes oscuras o lluviosas lo ponían especialmente melancólico de esa vida que nunca había tenido, y por alguna razón consideraba afortunados a todos los seres humanos que no eran él mismo. Entonces, al volver del trabajo cada tarde, apoyaba la cabeza en la ventana del microbús y, superando su miopía y la suciedad de los vidrios, se dedicaba a mirar hacia las casas más cercanas en cada una de las detenciones que ocurrían en los cuarenta minutos del recorrido. Como quien hace zapping, Gregorio miraba fugazmente hacia las casas o departamentos que tenían encendidas las luces y abiertas las cortinas. En los quince o veinte segundos de observación de los que disponía se imaginaba viviendo esa vida, sentado a la mesa tomando un café con leche (el menú en su casa era, invariablemente, té y tostadas con mantequilla o mermelada de piña; Angélica, que engullía al menos seis tostadas cada vez, había eliminado el café por caro y la leche por hipercalórica). Por un instante Gregorio se imaginaba que aquella niña delgada de vincha blanca y pelo lacio muy negro era su hija, o que esa mujer con elegante uniforme de secretaria ejecutiva era su esposa. Por supuesto que eran menos estimulantes las ocasiones en que el inquilino avistado era un anciano enjuto viendo televisión o un adolescente desgarbado extinguiendo sus neuronas con una Play Station, pero en general a Gregorio le quedaba al final del viaje la sensación de haber desperdiciado una oportunidad de salvarse. En cada tarde invernal, en el momento en que con un gesto de resignación Gregorio metía la llave en la cerradura de su puerta, se prometía que al día siguiente todo podría cambiar.

Todo empezó a cambiar un jueves por la tarde, a fines de junio. Había llovido toda la mañana y el cielo todavía estaba cubierto, pero apenas caía una llovizna. El pavimento resbaladizo o la imprudencia temeraria habían causado un choque múltiple un par de cuadras adelante del microbús, el que esperaba detenido a que la vía se despejara junto a muchos automóviles. Cuando ya llevaban quince minutos sin moverse un centímetro y los pasajeros comenzaban a quejarse en voz alta, como si el chofer tuviera poderes sobrehumanos para solucionar el problema, Gregorio, que estaba sentado del lado de la ventana, se percató de que se encendía la luz de una casa que habitualmente estaba a oscuras cuando él pasaba por allí. Vio entonces a una mujer entrar a un ambiente de sala-comedor y, aparentemente, encender un equipo de música. Luego ella se quitó el abrigo, lo dejó apoyado sobre una silla del comedor, y se sentó en un sillón. La buena iluminación de la casa y la poca distancia le permitieron a Gregorio distinguir las facciones de la mujer, que ahora reclinaba la cabeza con los ojos cerrados. Su rostro era atractivo, y el pelo negro largo y una figura delgada la hacían parecer menor de treinta años. El interés que la mujer ya había despertado en Gregorio aumentó cuando la vio cubrirse el rostro con las manos. Tal vez estaba llorando. En ese instante Gregorio fue consciente de la posibilidad de que hubiera otros como él observando a la mujer desde el microbús, buscando espantar el tedio de la espera y no una nueva vida. Por eso la decepción que sintió un momento después, cuando el microbús reinició su marcha, tuvo también algo de alivio: no quería compartir su hallazgo con fisgones ocasionales. Sentado en el microbús, Gregorio sonreía; estaba muy entusiasmado con lo que el destino, Dios, o el anticiclón del Pacífico Sur le habían regalado esa tarde. Quince minutos de retraso habían sido suficientes para asomarse a una nueva ventana y a otra realidad, y las posibilidades futuras, como siempre, parecían ser infinitas. Al llegar a su casa, Gregorio tuvo que controlar su buen humor para no despertar sospechas en Angélica, que ya lo estaba interpelando por su tardanza.

Si quería ver otra vez a esa mujer Gregorio debía retrasar en quince minutos su salida del trabajo y su llegada a la casa. Por eso le dijo a Angélica que a partir del día siguiente el colegio organizaría un ciclo de mini-charlas sobre superación personal y reingeniería del desempeño laboral. Ella no se sorprendió en lo absoluto. El viernes Gregorio se ubicó afanosamente en el mejor lugar de observación del microbús, pero al paso de la ventana deseada no pudo ver más que cortinas cerradas delante de una habitación con las luces apagadas. Su frustración se repitió el lunes y martes, y cuando el miércoles tampoco trajo resultados comenzó a considerar el abandono de su plan. Pero el jueves todo cambió. En los cinco segundos de los que dispuso pudo notar que otra vez la mujer estaba allí, sentada en el mismo sillón, con la cabeza reclinada. No pudo notar si su expresión era de calma o sufrimiento. Emocionado, Gregorio se dijo que había resuelto el enigma: los jueves la mujer volvía a su casa más temprano. Pero una observación fugaz por semana no bastaba para aplacar su ansiedad, lo que situaba el problema en averiguar a qué hora regresaba ella los otros días de la semana. El sábado en la mañana Gregorio tuvo que acompañar a Angélica al bautizo de un sobrino, y mientras el cura preguntaba a los padrinos si prometían ser lámpara inextinguible de luz, o algo así, él calculaba horarios de salida e imaginaba excusas para el lunes, martes y miércoles. Sin embargo, sólo horas después, mientras soportaba con estoicismo el martirio de una tarde presidida por Sábado Gigante en la televisión, Gregorio decidió que –por primera vez en su vida– se arriesgaría: él no esperaría la suerte por cuentagotas, el lunes mismo, o a más tardar el martes, esperaría a la mujer en la puerta y se presentaría ante ella. Se daba cuenta que su decisión no tenía más razones que unos segundos de observación de un posible estado de tristeza, pero Gregorio tenía la corazonada de que esa mujer era el inicio de un camino hacia una vida llena de misterio, emociones y felicidad. Poco le importaba el hecho de que su anterior corazonada había terminado con la cuarta parte de su sueldo perdida en la ruleta del casino, cuando no salió el diecinueve rojo.

El lunes llovía con furia cuando Gregorio salió del trabajo, y el cielo parecía caerse cuando se bajó del microbús y se dirigió a la casa de la mujer. Mojado hasta los huesos, lejos de un alero protector, Gregorio tocó la puerta varias veces y esperó inútilmente durante veinte minutos. El agua ya había anegado su ropa interior, su orgullo y su razón cuando se rindió y regresó al paradero. Al llegar a su casa no le preocupó no haber preparado una excusa para Angélica, la que no fue necesaria porque en esos momentos ella sólo tuvo cabeza, ojos y manos para ayudarlo a desvestirse y prepararle un baño caliente de tina. Cuando finalmente le preguntó qué es lo que le había sucedido no insistió al escuchar como única respuesta “tuve mala suerte”. El viernes por fin Gregorio se levantó de la cama después de tres días de fiebre alta y tos de perro. Era un día despejado, con nulos riesgos de inundación vespertina, así que decidió que lo intentaría otra vez.

El sobrepeso y las vetas de canas en el pelo y la barba le otorgaban a Gregorio el apacible aspecto de un oso panda, y su voz cálida, medida, trasuntaba cierta inocencia. Consciente de eso, él esperaba que la mujer no cerrara la puerta antes de escucharlo decir “Hola, me llamo Gregorio, tú no me conoces, pero hace unos días pude verte en tu casa desde el microbús y me pareció que llorabas. Si no te molesta, me gustaría poder escucharte, saber de tu vida, y también contarte algo sobre la mía. Sólo me quedaré un rato”. Después de confirmar que había memorizado su parlamento inicial, respiró profundamente y tocó la puerta.

En sus cálculos más optimistas, Gregorio se permitió imaginar que esa tarde terminaría en los brazos de esa mujer, después de intercambiar sentidas confesiones y antes de cubrirse de promesas y proyectos para el futuro. El escenario más temido y recurrente, reforzado por el sentido común, era que ella sencillamente se espantara al oír su declaración y terminara con sus ilusiones de un portazo. Pero nunca esperó que ocurriera lo que finalmente ocurrió. Gregorio alcanzó a decir casi todo su parlamento antes de que la mujer lo interrumpiera evidentemente fastidiada y le respondiera: “Nunca más. No vuelvo a caer. Ya tuve suficiente. Primero con Manuel, por el que dejé a mi novio, y después con Alfredo, que me abandonó hace menos de un mes para regresar con su mujer, que se suponía era una bruja insoportable...”. Contuvo el llanto para continuar, en un tono más cortante. “No soy tan imbécil como para volver a creer en esa historia de la nueva vida y la ventana del micro. ¿Es que no puedo tener esas cortinas abiertas? No me jodan, vayan a buscar su nueva vida a un cine, a un parque nocturno, conozcan a alguien en el chat, o re-enamórense de sus mujeres. Pero a mí déjenme tranquila con mis discos, mis libros, y mi gato. No tengo claro qué quiero de la vida para el futuro, pero sí tengo claro qué es lo que no quiero. Ya lloré más de lo que merezco. Así que buenas tardes, intenta en otra puerta”.

(2005)

domingo, 27 de junio de 2010

El Mundial II. El catchascán global

Ayer (Argentina 3-México 1) veía a los hinchas mexicanos con sus máscaras de catchascanistas y me acordé de aquella época de mi niñez en los 70's en que asombrado contemplaba por TV esas luchas titánicas en el ring del viejo coliseo Amauta en Lima, un espectáculo importado desde México que fue un éxito (para el empresario; los luchadores seguían siendo taxistas, estibadores en el terminal pesquero u hombres forzudos de circo pobre, después de la función). Me daban verdadero terror los malos (Rasputín, el Vikingo, Atila), casi siempre subidos de peso, nunca respetando las reglas, y me emocionaba hasta los saltos con los buenos (El Hombre Araña, El Santo, Blue Demon), más estilizados y honestos. Pues bien, algo de esa farsa del catchascán, en el que un niño ingenuamente creía los golpes y los sillazos eran de verdad, tiene el mundial de fútbol que organiza la mafia legal más globalizada. Sí, porque muchos espectadores ingenuamente creen que el mundial es el súmmum del fútbol, el evento donde cada cuatro años se encuentran los mejores equipos del planeta, los mejores árbitros, y la mejor pelota. Tres veces no. Vamos por partes.

No están los mejores equipos. La FIFA, que tiene más países miembros que las Naciones Unidas, reparte cupos con criterios políticos y no deportivos. Así, asigna casilleros ganadores en las eliminatorias para tener contentas a las asociaciones continentales, cuyos países votan para re-elegir o no al presidente (a veces estimulados por dádivas futuras, a veces directamente sobornados en efectivo), pero NO para que sean los mejores equipos los que asistan. Por eso en cada mundial tenemos estos tristes espectáculos de equipos no-competitivos que vienen a hacer turismo dentro de la cancha, usurpando el lugar que merecerían otros. Para hacerse una idea, compiten en las eliminatorias para el mundial las Islas Feroe (los jugadores son amateur, no hay canchas de pasto, entre 2004 y 2008 perdió 25 partidos seguidos), San Marino (perdió 13-0 con Alemania el 2006, ha ganado un partido oficial en toda su historia, pero fue amistoso), Samoa Americana (Australia le ganó 31-0 el 2001, nunca ha ganado un partido oficial, acumulando un total histórico de 2 goles anotados, y hace un par de años perdió 6-0 con la selección del Vaticano) y Anguila (no es el pez con descargas eléctricas sino una isla en el Caribe de 13,000 habitantes). Si eso le garantizara un voto más en la elección, Blatter (presidente de la mafia) seguro les daría cupos para el mundial a los habitantes de las bases antárticas, los cráteres de la Luna, y la Tierra Media.

No están los mejores árbitros. Es el mismo (des)criterio explicado en el párrafo anterior. Sólo así se puede entender que en este mundial haya árbitros o jueces de línea de países tan futbolizados como Malasia, Uzbekistán, Islas Seychelles (su selección actualmente en el puesto 178 del ránking FIFA, lo que no es tan malo porque alguna vez estuvo en el 195), Singapur, Kirzgistán, Ruanda, Tonga (perdió 22-0 con Australia el 2001; el único deporte desarrollado en esta monarquía nunca sometida como colonia es el rugby) e Islas Salomón. Los malos arbitrajes, que en cada mundial conceden goles que no son y viceversa, se podrían remediar con tecnología, pero la FIFA se niega tozudamente a incorporarla. Al respecto ya pronunció el visionario Blatter -un administrador de empresas que nunca jugó al fútbol- las siguientes frases: “No insistan con esto de la tecnología. Porque si el árbitro y sus asistentes se ponen a discutir una jugada en un video, el público se va del estadio. Aunque el árbitro se equivoque, el fútbol tiene que ser humano". Se necesita algo así como dos segundos para que un quinto árbitro en una sala de TV se comunique con el árbitro y le diga "la pelota traspasó la línea" o "el 5 tiró un codazo al 9". Aparentemente Blatter cree que es posible que el público abandone el estadio en dos segundos (¿le habrá ocurrido alguna vez dando un discurso?). La explicación es más simple. Una institución intrínsecamente deshonesta necesita que la decisión del árbitro (un producto que se puede manipular o comprar) no pueda cuestionarse.

La pelota es un asco. Ya se quejaron los arqueros de que es una pelota de playa que zigzaguea en el aire. Ya reclamaron los jugadores que la pelota no hace caso al pretender imprimirle efectos. Ya dijo Maradona -supongo que algo sabe del tema- que los cambios de frente se volvieron imposibles porque la pelota hace lo que le da la gana. Ya informó la NASA que por encima de 72 km/h su comportamiento es impredecible. Pamplinas. En la página de la FIFA se lee que la infame Jabulani tiene "precisión máxima y vuelo excepcionalmente estable" (esto lo dice un funcionario de relaciones públicas de Adidas) y que es una obra maestra. Esta es una muestra más de que a la hora de armar uno de los muchos negocios en los que la FIFA basa sus nunca auditadas ganancias, los que saben de fútbol no son consultados. Se trata de vender una pelota nueva que tenga alguna característica novedosa (esta vez son 8 paneles en lugar de los tradicionales 32, ahora ensamblados térmicamente y no cosidos a mano por semi-esclavos en aldeas de Pakistán como los modelos anteriores) y no de hacer una pelota buena. No en vano el antecesor de Blatter, un tal Joao Havelange (estudió leyes y jugaba waterpolo) decía "yo vendo un producto que se llama fútbol". Bueno, parece que también vendía otras cosas, porque fue investigado por tráfico de armas, tráfico de drogas, y recepción de sobornos.

Pero el fútbol sobrevive. A pesar de la farsa del mundial, de los intentos de la FIFA por convertirlo en otra cosa, a pesar de los millones de euros que alienan y ofenden, a pesar del circo televisivo, de los entrenadores cobardes que juegan a no perder, de los árbitros corruptos, el fútbol sobrevive. Y lo hace gracias a que algunos jugadores siguen siendo los niños que jugaban en barrios miserables, en canchas con límites imaginarios, donde se jugaba hasta que la pelota no se podía ver, y todavía después, cuando la felicidad era un gol, la tristeza una derrota, y la vida siempre daba otra oportunidad.

domingo, 20 de junio de 2010

Saramago sí nació para esto

Cuando a Saramago le hicieron la primera entrevista después de ganar el Nobel dijo "Yo no nací para esto". Poco rato antes la noticia se la había comunicado una azafata, en la Feria del libro de Frankfurt. Entonces -después contaría- comenzó a caminar sin saber bien a donde ir, sintiéndose profundamente solo.
En este punto retrocedamos la película. Imaginemos a un adolescente que ha tenido que dejar los estudios secundarios para entrar a aprender el oficio de cerrajero mecánico porque la familia es muy pobre y se necesita que todos aporten, porque se pasa hambre y frío. El padre ha conseguido trabajo como guardia en la gran ciudad (Lisboa) y la familia se ha traslado con él. Cada tarde, este muchacho llamado José, al salir de la escuela de formación de cerrajeros, se va caminando hasta la biblioteca pública y devora en silencio los libros que ama y no puede tener, hasta que anochece. Si a este humilde cerrajero, proveniente de una familia de analfabetos sin tierra, alguien le hubiera dicho que 60 años después ganaría el Premio Nobel de Literatura, él seguramente se hubiera sentido herido por la burla cruel, convencido de que no había nacido para eso.
En su discurso de aceptación del Nobel, Saramago narra con bellas palabras la dureza de su infancia en el campo al lado de sus abuelos (y las higueras, bajo las cuales el abuelo le contaba historias al pequeño José en las noches de verano; y las cerdas, cuyos lechones arropaban bajo sus cuerpos en las noches de invierno). El discurso ante la Academia Sueca comienza diciendo "El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir". Desde la primera frase avisa que él va contra la corriente, y eso fue lo que hizo permanentemente este "comunista libertario", como le gustaba definirse. Denunció, utilizando el megáfono que el Nobel significa, cada injusticia legal, cada farsa global, cada guerra abusiva, mientras tuvo voz. No solamente dirigió sus palabras precisas y valientes contra las invasiones yanquis en Afganistán o Irak, la hipocresía criminal del Vaticano, el genocidio de los palestinos a manos de Israel, la industria de armas, el capitalismo transnacional que se lleva las ganancias y reparte las pérdidas, las tragedias sin prensa de los saharauis o Darfur, etc. También le tocó a Cuba su "hasta aquí llegué", cuando fue indefendible la opresión y la existencia del delito de opinión en la isla. En un mundo en el que todos quieren salir en la foto de los ganadores, siempre eligió estar del lado de los perdedores. Pero antes que cualquier otra cosa, Saramago fue un magnífico escritor, con estilo propio y arriesgado. Sí, porque en sus libros, siempre ambiciosos -aunque la historia parezca ser muy simple- y casi siempre muy lúcidos, a menudo se subía a una frase infinita que podía terminar en el más vulgar de los tedios o en la más sublime de las epifanías. Pero así era él. Cuando le reclamaban la falta de puntuación para orientar los diálogos él respondía de buen humor "léalo en voz alta, funciona" (y así es). Trabajador incansable, como honrando la jornada interminable de trabajo de sus abuelos en Azinhaga, la muerte lo encontró a los 87 años con 30 páginas escritas de su siguiente novela. Nos dejó, entre otras contribuciones a la historia de las ideas y la literatura, esa parábola inmisericorde de lo que es la sociedad humana en "El ensayo sobre la ceguera" y ese personaje más entrañable que nadie que es Don José, en "Todos los nombres". Bueno, no es este el lugar para hacer crítica literaria de la obra de Saramago ni yo la persona adecuada. Lo que no quería dejar de decir es que, a la vista de su obra, que es un encuentro de la belleza con la certeza, de la ética con la estética, y a la vista de los alcances de su voz multiplicada por la fama, que deja muchos seguidores para luchar con entusiasmo por esas causas perdidas, creo que Saramago se equivocaba. El mundo necesitaba que naciera, creciera, escribiera y hablara. Saramago nació para esto.

Para terminar, una breve historia personal.

Era 1998. Yo estaba en Uppsala, Suecia, haciendo el doctorado. Como colaboraba en una ONG y una radio de latinoamericanos (ya le llegará su post a esas historias), supe pronto del Nobel concedido a Saramago y de las ideas que defendía. Hasta entonces yo no lo conocía, lo confieso. Poco tiempo después de saberlo, y con curiosidad por el personaje, estando en una librería en Madrid frente a varios de sus libros, elegí comprar El año de la muerte de Ricardo Reis, para comenzar a conocer al escritor. Elegí ese libro porque Ricardo Reis es uno de los heterónimos (otros-yo para decirlo en pocas palabras) de Fernando Pessoa, un poeta existencialista que quiero mucho, y me llamó la atención la ficción que plantea Saramago de Ricardo Reis en Lisboa, conociendo a Pessoa, enamorándose, y defiendiendo su posición de intelectual ajeno al mundo (el marco es la Guerra Civil española). El libro me encantó y ese fue el inicio de mi afición por Saramago (una docena de sus libros me acompaña ahora en mi biblioteca). El caso es que llegó diciembre del 98 y Saramago visitó Uppsala para dar una charla en una biblioteca. Allí estuve y por primera y única vez hice una cola para que me autografiaran un libro (no me gusta ese aspecto de superstar de los escritores, a ellos tampoco, pero esa vez cedí a la tentación). La mayoría de la gente en la cola era sueca y casi todos tenían El evangelio según Jesucristo, su obra más mediática, en su edición en sueco. Cuando llegó mi turno, le pasé El año de la muerte de Ricardo Reis y él hizo un gesto audible de sorpresa grata. Supongo que fue por el libro, editado en 1984, cuando recién comenzaba a sonar en Europa (ese libro y el Memorial del Convento, de 1982, lo llevan a ser conocido por el gran público europeo) o por el idioma del libro. Al agradecerle la firma, y dirigiéndome sobre todo al pensador en voz alta y no al escritor, le dije "El mundo necesita a más gente como Ud.". Inmediatamente me contestó "Todos somos importantes, cada uno en lo suyo, cada uno haciendo su trabajo".

sábado, 12 de junio de 2010

El Mundial 1

Imposible ignorar el mundial. No sólo por su importancia global o por el fanatismo que uno, hay que reconocer, padece. Hay también una razón histórica. Uno puede reconstruir su biografía a trazos gruesos recordando lo que rodeó cada mundial, las escenas -a ambos lados de la pantalla- que se quedaron en la memoria son los hitos, los puntos de partida para desmadejar relatos íntimos o grupales. Comencemos por los dos primeros.

Argentina 78, el primero, a mis 8 años, es un penal contra Perú frente a Escocia y mi tío grita y repite que el arquero Quiroga (argentino nacionalizado peruano) lo ataja; me sorprende su optimismo tan decidido, porque yo ya estoy triste suponiendo que Escocia pasa adelante. Pero finalmente tiene razón, y el estallido de felicidad y gritos deja vasos volcados en el suelo. Primeros encuentros con el optimismo sin razón y la pasión desbordada que, aunque casi por definición no se entienden, después yo entendería. No sabía en ese momento que al arquero héroe le meterían 6 goles después en un partido sospechoso (un cóctel de amedrentamiento con milicos en el camarín, jugadores dopados y jugadores sobornados) que le daría a Argentina el paso a la final que finalmente ganaría. Esa final la veo en blanco y negro, en un televisor al que había que colocarle en el sintonizador de canales un lápiz como palanca para que no se perdiera la imagen. Estoy arropado en mi cama, aturdido por la fiebre y cautivado por los papelitos en la cancha del Monumental y la melena ganadora de Kempes, una fiera perteneciente al mismo linaje evolutivo que después engendraría a un tal Batistuta. No tenía idea que rodeando esa fiesta blanca y celeste había una dictadura atroz y genocida que con ella pretendía lavar su cara. Uno creía que las únicas tristezas asociadas al mundial eran las derrotas de la selección y la imposibilidad material de llenar el álbum de cromos de los jugadores como lo hacían mis compañeros de colegio, hijos de padres más pudientes. Tampoco podía saber que en la noche anterior a ese frío 25 de junio en que Passarella levantaba la Copa en Buenos Aires había nacido en Santiago la que sería mi mujer y la madre de mi hijo.

España 82 es la gran frustración. Nos permiten llevar televisores al colegio y yo llevo orgulloso el mío, un pesado armatoste a colores (y sin lápiz-palanca necesario) que tuvo que cargar mi padre. Todo está listo para celebrar, las clases suspendidas, las banderitas agitándose, y el cantito tradicional pero terriblemente irreal de "Perú Campeón", pero Perú se va del mundial sin ganar un partido (y hasta ahora no vuelve). Ya comenzaba a ser el fanático del fútbol que soy, y por eso escuchaba por radio los otros partidos durante la clase. Estamos en clase de inglés y la profesora es chilena, una muy simpática mujer bastante entrada en kilos a la que apodábamos la Naranjito, por la mascota del mundial. Ella me manda a apagar la radio y yo desobedezco. Segundos después de la segunda amenaza yo replico "¡Penal para Chile!" y ella se desarma y me dice "sube el volumen". Ahora toda la clase me rodea y pongo la radio sobre la carpeta (los otros niños comienzan a decir, cada vez más fuerte, "lo falla, lo falla"). Yo no quiero que lo falle porque la profesora me cae bien. Y parece que es recíproco, porque cuando años después ella regresa a Chile, y debe desarmar su biblioteca, me busca y me regala una veintena de libros en inglés, la mayoría clásicos de mucho valor. Después pude deducir que llegó al Perú exiliada; yo entonces sabía muy poco de la dictadura de Pinochet y cómo trastornó la vida de tantos miles de sobrevivientes. Lamentablemente la historia no termina muy bien, porque Caszely falló ese penal (y ella fue una sombra el resto de la clase), y un triste día, el tarado de mi hermano mal-vendió esos libros (sin consultarme) a un ropavejero en Lima. Cada vez que veo mi biblioteca actual con varios títulos en inglés me acuerdo primero de la profesora y después de mi hermano, con sentimientos distintos. Por eso es que nunca la busqué ya viviendo en Chile, por vergüenza a explicar el destino de los libros que tan generosamente me había cedido.

sábado, 5 de junio de 2010

Contra la religión

Hace algunas semanas estaba en una librería del aeropuerto de Toronto, la ciudad más cosmopolita de Canadá, y me llamó la atención escuchar unas risas constantes que sonaban a genuina alegría y no a esa risotada adolescente impostada que busca hacerse notar, y que puede ser tan irritante. Las risas provenían de la muchacha que atendía y dos amigas que la visitaban. Ella era musulmana y vestía velo, las otras dos no, pero las tres hablaban en árabe. Me gustó el cuadro de eclecticismo y de espontaneidad a pesar del yugo que esa vestimenta sugiere. Cuando estaba haciendo la cola para pagar los cuatro libros elegidos, ella todavía tenía la sonrisa puesta, a pesar que ya se había despedido de sus amigas. Me dijo Hello mirándome a los ojos y con una sonrisa que se disipó al ver lo que compraba. Los dos libros de arriba eran de Darwin; mal comienzo. Los dos de abajo, ya eran demasiado: The GOD delusion, de Richard Dawkins, y god is not Great. How Religion Poisons Everything, de Christopher Hitchens (las mayúsculas y minúsculas son tal cual). Cuando me dio el vuelto y la bolsa con los libros, tenía un rictus de amargura y ya no me miró a los ojos. Antes de salir volteé a mirar cómo atendía al siguiente cliente, y ya no sonreía. No puedo saber si le afectaba más la conmiseración de tener tan cerca a un futuro material de combustión en el infierno, o sentirse impura –traicionando alguno de los múltiples y demenciales preceptos del Corán- tocando esos libros que afirmaban lo peor imaginable, que ese Dios (Allah, en su caso) no existe, alojándose tal vez en ella el sentimiento estrella que usan las religiones para manipular a los individuos: la culpa. Como sea, me dio pena ver esfumarse esa alegría que sonaba tan sana. Y el subtítulo del libro de Hitchens me pareció más cierto todavía.
En una carta de 1884 a un amigo cercano, decía el pobre Nietzsche sufrir “… una angustia tan grande y tan profunda, que me pregunto siempre si algún otro hombre la ha padecido. Sí, ¿Quién se da cuenta de lo que significa sentir con todas las fibras de su ser, que tienen que determinarse de nuevo los pesos de todas las cosas?”. Semejante abatimiento se siente de antemano al intentar explicar (¿explicar?) las razones por las que uno se opone a la religión, en particular a la religión católica, que es la he conocido más de cerca por ser la religión hegemónica en occidente (y debo confesar, con algo de vergüenza, que hasta pasados los 20 años me consideré católico; por mi culpa, por mi culpa, por la gran culpa de mis padres que me matricularon en un colegio católico). Digo lo del abatimiento ante la tarea hercúlea porque a primera vista pareciera ser obvio, algo que cualquier persona con un mínimo de intelecto debiera notar, el hecho de que la iglesia – la encargada de administrar y normar la religión- es una institución abominable. Así, abominable; palabra que solemos asociar al inocente hombre de las nieves (el Yeti de los Himalayas, o su variante norteamericana, Pie grande) de quien, hasta donde llega mi vasta ignorancia, no hay registros de crímenes, torturas, atrocidades o enriquecimiento ilegítimo. No se puede decir lo mismo de la católica, apostólica y romana madre de tanto pedófilo que anda suelto (y con la tranquilidad de saberse inmune a las leyes de los hombres y protegido por la jerarquía eclesial). Sí, pareciera ser obvio que si se hiciera una encuesta en la calle preguntando si se desea formar parte de una institución que ha practicado sistemáticamente la tortura, el despojo, la discriminación, que se ha aliado con regímenes genocidas, que es incongruente hasta el hartazgo, y que es falsa en cuanto a su historia, ritos y estructuras (o sea, es una estafa; recomiendo leer La Puta de Babilonia de Fernando Vallejo y Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica de Pepe Rodríguez) y falsa en todo lo que sale de la boca del líder (o sea, es mentirosa), la mayoría de la gente diría yo paso. Sin embargo, allí está, en pleno siglo XXI todavía ostentando mayoría nacional y encaramada en lo más alto del poder en la sociedad. Es difícil de entender y con algo de tristeza uno recurre a la primera explicación a mano: la mayoría de la gente es sencillamente idiota. Ojo, no me refiero al hecho de creer en una divinidad. Como agnóstico civilizado que intento ser, respeto –con algo de indulgencia, eso sí- a quienes quieren creer en que hay un ser superior que los cuida. Esto tiene un cierto valor adaptativo, es a veces hasta razonable, y no en vano la creencia en los dioses es una característica que atraviesa a casi todas las culturas. Porque, seamos sinceros, si estás muerto de miedo atravesando un paraje oscuro y los lobos aúllan cerca, es mejor idea pensar que alguien te protege y no que estás librado a tu suerte (Cioran decía que Dios es una desesperación que comienza donde terminan todas las desesperaciones). Pero de allí a dejarse estafar por los intermediarios (el clero), que no sólo te pintan un dios castigador (por eso no hay que pecar) sino encima te cobran plata, te quitan tu tiempo y –si tienes un poco de mala suerte- abusan sexualmente de ti… creo que hay que ser profundamente idiota. O sea, si quieres negar la aplastante evidencia de la historia antigua y reciente (genocidios, el triunfo permanente de los malos, el poder de la fuerza que siempre se impone, el dolor en los niños), que indica que si ese Dios es todopoderoso entonces es un sádico, y si no lo es (todopoderoso) entonces para qué te sirve… OK, no hay problema, a rezar y colmarlo de salmos y alabanzas por su maldad o inutilidad. ¿Pero para qué la religión, la causante de tantas muertes hace 2000 años y el próximo mes? Me declaro incapaz de entender.
A pesar de la universalidad de la religión, que apunta a una característica intrínseca de la especie, prefiero ser optimista y decido creer que es un asunto de tiempo, de evolución. Morris Schlick, del Círculo de Viena, decía que con la evolución cultural de la humanidad la religión terminaría desapareciendo. Dios lo oiga. Mientras tanto, crío a mi hijo sano y feliz, lejos de la religión, y por lo tanto lejos de las mentes podridas que nos arruinaron el derecho a gozar de nuestro cuerpo sin sentir culpa, que nos trataron de convertir en tarados útiles a su servicio, que gozaron al reprimirnos. Y felices bailamos con frecuencia la Fiesta Pagana de Mago de Oz. Y tranquilos decidimos que es mejor hacer el bien que hacer el mal, o ser solidario en lugar de ser egoísta, no porque esté escrito en unos mandamientos o porque seremos recompensados o castigados en otro mundo por un juez, sino porque uno se siente mejor haciéndolo. Nosotros sonreímos más que ellos. Vamos ganando.

PS: Un par de semanas después de escrito este post, se nos ha muerto Saramago. Sin sorpresa, pero no por eso sin dejarnos un sabor triste y amargo en el alma. Se va uno de los nuestros, uno mejor que nosotros. Ya sigo con el post sobre él, ahora termino copiando una frase suya que me encontré leyendo el especial que hizo El País. Belleza y certeza reunidas, Saramago en estado puro:
"Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio"

domingo, 21 de marzo de 2010

El terremoto en Chile

El tercer cataclismo en Chile, luego del terremoto y el tsunami, fue la barbarie en las calles. Junto con una minoría que justificadamente buscaba pañales o leche para niños, cientos (¿miles?) de chilenos de distintas clases sociales saquearon locales comerciales y casas, llevándose alimentos, ropa, colchones, lavadoras, televisores, bicicletas, telas, y lo que hubiera a mano, todo antes que llegara otro a robarlo. No era sólo gente pobre, algunos de los saqueadores se bajaban de costosas camionetas y hacían varios viajes para agrandar su botín. Hubo aislados ejemplos de dignidad y supervivencia de valores, pero el saqueo fue masivo.

Para el trasnochado pseudoanarquista que quiera ver esto como un acto de justicia popular contra las grandes cadenas de supermercados capitalistas y explotadoras, un par de detalles. Uno, justamente al saquear se impidió la distribución de bienes a todos los sectores. Todos tenían algo de plata para comprar lo suficiente para subsistir unos días, con el saqueo y destrucción ya no tuvieron dónde comprar. En lugares donde no se saqueó (pequeños pueblos) las tiendas vendían aunque no hubiera electricidad y entonces no hubo caos social por esa causa. Y ese saqueo fue cualquier cosa menos equitativo, porque no hubo reparto, y aquellos ancianos, niños, o gente con valores, que no querían o no podían competir con las hordas de rapiña simplemente se quedaron con las manos vacías. Dos, el saqueo no distinguió tamaño de negocios, y saquearon también almacenes de barrio o pequeñas tiendas donde la pérdida total significa un aumento en el número de personas sin trabajo. Eso no suena a reivindicación del pueblo.

Los saqueos a las tiendas no terminaban cuando ya no había más productos que robar, porque continuaban con los estantes, los focos, las sillas de las cajeras, los basureros; y recién entonces, le prendían fuego. Los que siempre decían que el lumpen que con su vandalismo ciego e inútil malograba las marchas y manifestaciones legítimas era un grupo minoritario, unos pocos tarados que en lugar de trabajar o levantarse temprano prefieren destruir y robar, se quedaban sin argumentos. Las hordas de animales bípedos atacaban además a los bomberos (para robarles gasolina), a los camiones que intentaban repartir agua o alimentos, y a las cuadrillas de trabajadores que intentaban reponer la electricidad. En Concepción la desgracia descomunal le hacía un lugar a los lugares comunes, y entonces no sonaba a periodista en práctica decir que era un caos dantesco, el “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago hecho realidad, la selva.

Esta barbarie horrorizó a los chilenos, que tenían otra imagen de sí mismos, o al menos creían en esa imagen que se intenta presentar ante el extranjero. Quienes sufrían o veían esto dijeron ante las cámaras palabras duras que hablaban del verdadero Chile, de la ausencia de alma, de miseria humana, de niveles africanos de civilización en contraposición al jaguar de Latinoamérica, etc. Por otro lado, días después se organiza una teletón y masivamente chilenos pobres, clase-media y ricos aportan generosamente, los gestos solidarios de empresas y particulares se multiplican, se ven casos conmovedores de damnificados tratando de contribuir con la poca plata que les queda, y se difunden historias de sacrificios y heroísmos reales durante y después de la tragedia. La meta de recaudación se supera largamente (se duplica), el orgullo nacional parece recuperarse, y la infaltable bandera –emblema de un nacionalismo tan tóxico como el que más- esta vez aparece para simbolizar la voluntad de una nación de recuperarse trabajando duro.

Las preguntas son, entonces, ¿Qué pasó? ¿Apareció algo genuino que estaba oculto, el lado B del Chile exitoso? ¿O fue sólo un descontrol minoritario, exagerado por los medios ansiosos de morbo? ¿Son, finalmente, de alma miserable o de alma generosa los chilenos?

Hay quienes creen que se ha exagerado con este tema. Que finalmente lo que se observó fueron robos, no crímenes contra personas (las hordas amenazaban a los vecinos con saquear sus casas, y éstos se atrincheraron con cuchillos, palos y escopetas; pero las amenazas no se cumplieron: no hubo –o fueron mínimos– casos de robo con violencia). Esto a primera vista parece un análisis lúcido, considerando que en Chile el código penal castiga los delitos contra la propiedad con mayor dureza que los delitos contra la vida. Esto se arrastra desde tiempos de la Colonia y la temprana República, en la que los patrones solían ajusticiar salvajemente a los peones u obreros acusados de robo. En Chile se puede blasfemar con cierta libertad, y declararse adherente de las causas más bizarras, pero apenas alguien insinúa algo que remotamente parezca un ataque al derecho de propiedad, se leen y oyen los desgarrados gritos de horror en los medios escritos y los solemnes edificios donde el poder reside. Se habla inmediatamente del fin del estado de derecho, de amenazas a los cimientos de la civilización occidental, de una hecatombe moral que anuncia el Armagedón. Pero creo que decir simplemente que se exageró con el tema del saqueo, que a fin de cuentas son bienes materiales, es ser un poco miope. El horror no está en las pérdidas económicas de las grandes y medianas empresas. Lo degradante fue que detrás de esa rapiña estaba la idea de apoderarse de algo (de todo lo posible, sin considerar criterios de necesidad) antes de que el otro lo tomara, y por eso atacar el agua, la gasolina, los camiones con alimentos donados. Es ese sálvese quien pueda, que incluye pisotear a niños o ancianos, ese todo vale que aniquila la posibilidad de que los demás se abastezcan, la mayor tragedia. Es la desaparición del otro como sujeto existente, la disolución de la idea de comunidad (pertenencia a un grupo que tiene sus derechos repartidos entre sus miembros), lo que merece las calificaciones de terremoto moral, pueblo maldito, escoria humana, entre otras que se escucharon, considerando además que el escenario NO era de supervivencia o muerte. No era una multitud huyendo de un incendio en un lugar cerrado. No estaba en riesgo la vida de esas personas, como para entender que un instinto animal tomara por asalto la cabina de control. No. No es fácil morir de inanición (lo saben los que han hecho huelgas de hambre) y ninguno de los saqueadores puede justificar lo que hizo apelando al hecho de subsistir.

Teniendo claro que la tragedia moral fue la desaparición de la idea de los demás, la pregunta es si fue casual que esto ocurriera en Chile. Y aquí comienzan a responderse los interrogantes planteados líneas arriba.

Creo que no fue casual. Chile lleva 25 años continuos de hegemonía de un sistema económico neoliberal que ha trascendido la naturaleza dictatorial o democrática de sus gobiernos, la ideología mayoritariamente afín a la derecha o la izquierda de sus parlamentos, y ha terminado por imponerse como una vía única, sin alternativas. Entre sus muchos resultados citables está que Chile, uno de los países más privatizados del planeta, ocupa el lugar 110 entre 124 países en el ranking de inequidad de los ingresos (la brecha entre ricos y pobres). En Chile hay una siniestra alianza entre el poder de los empresarios y el poder del gobierno para esquilmar abusivamente a los usuarios, pero siempre dentro de la legalidad. Las leyes de explotación de recursos naturales, el sistema de salud, de previsión social, de educación superior, etc., TODO está armado pensando en el lucro, en el negocio redondo de unos cuantos a costa del dinero de muchos, de la gente común. Chile es un país donde han convencido a la gente de que hay que pagar por todo si se quiere algo bueno, que lo que es gratis, o subvencionado, sólo puede ser malo. Y entonces –por ejemplo– se multiplican los peajes prohibitivos en carreteras urbanas e interurbanas, cobrando lo que se supone ya pagaba el permiso de circulación, y cuando pasan pocos autos entonces el estado indemniza a las compañías por recaudar menos de lo esperado. Se les dice a los que se quejan que la única manera de tener buenas carreteras es que sean caras. Basta viajar dentro de Sudamérica para darse cuenta de esa falacia, pero poco importa. Nada detiene al enorme y próspero negocio (para algunos) que es vivir en Chile. Pero la gran sociedad de consumo, en la que ya no hay ciudadanos sino clientes, en la que la gente tiene una decena de tarjetas de crédito que sólo le sirven para contraer deudas, la sociedad en la que sólo eres en función de lo que tienes, y si no tienes pues aparentas (aunque para eso haya que endeudarse), esa sociedad que de afuera se veía exitosa, estaba enferma y parece que no todos lo reconocían.

Chile es el país donde en los 90, cuando los teléfonos celulares todavía eran señal de status, la gente portaba y simulaba usar celulares de juguete o de madera. Es el país donde la gente del barrio alto transitaba en verano con más de 30 ºC, muertos de calor, con las ventanillas alzadas para que pareciera que el auto tenía aire acondicionado, e iba a los supermercados a llenar dos carretas con productos, saludar a los conocidos, y luego abandonarlas disimuladamente; y la gente del barrio bajo compraban lustradoras cuando su casa tenía el piso de tierra e instalaban antenas satelitales de cable cuando no podían pagar la cuenta de la luz. Este es el país en el que las entradas más caras de los conciertos (ubicación TOP VIP Platinum MAX ELITE) son más caras que las más costosas en Europa o EEUU, porque los que pueden, felices pagan precios absurdos para sentirse superiores a los que no pueden hacerlo. Debajo de ellos en esa pirámide de Babel, una enorme masa de arribistas se desespera por parecerse a la élite que los desprecia (o al menos a la clase inmediatamente superior), y les ponen a sus hijos los nombres de ellos (ya que no pueden ponerle sus apellidos), los inscriben en colegios a los que van los hijos de ellos, en los que duran lo que se puede durar sin pagar mensualidades, y compran autos que tienen que devolver a los pocos meses al no poder pagar las cuotas, y alquilan casas que no pueden pagar (y no pagan por un año hasta que el dueño pueda sacarlos), y así se arma toda una forma de vivir enfocada en la obtención de bienes para ser, y en el deseo de obtención de bienes para poder parecer lo que no se es.

En esa filosofía del trepado por la montaña social, y en medio de un sistema de todos contra todos, de envidiados y envidiosos, el atajo es validado como justo, no importa que no sea legal. Y eso es precisamente lo que vieron los saqueadores de Concepción en esos días sin policías suficientes para controlarlos: la oportunidad de un atajo hacia los TVs de plasma, las refrigeradoras de dos puertas, las bicicletas importadas, las casacas de cuero, etc. Todo válido, justificado por la noción de que el fin supremo de su existencia (la obtención de un bien) justifica los medios. Si los ricos hacen grandes negocios (y grandes estafas) amparados por el Estado, por la Ley, entonces los que no son ricos tienen el derecho de hacer eso mismo, pero a otra escala, rompiendo vidrios y forzando puertas metálicas, y fuera de la ley. Dos caras de lo mismo, un sistema que de afuera se ve exitoso pero que en realidad deshumaniza a las personas hasta convertirlas en lo que mostraron las imágenes a pocos días del terremoto. En ese proceso de mercantilización, de deshumanización, se desechan, por inútiles, por estorbar en el camino, las ideas de solidaridad, de generosidad, de compartir y disfrutar en comunidad lo que se tiene. Desaparece así la noción del valor de los demás, y queda el individuo solo (o con su familia nuclear), convertido gradualmente en animal babeante y agresivo, con instintos pero sin ideas, aturdido en medio de una noche peligrosa, sin saber a quién atacar. Una triste postal de lo que el neoliberalismo le puede hacer a una sociedad que los demás aplauden.

Para no terminar con tono de velorio, tal vez sea buena idea arrojar una vez más una piedra a la laguna quieta de la certeza y la conclusión. Allá va. Hay muchos chilenos que resisten, como los galos a los romanos en Astérix, y se niegan a obedecer a la gran máquina, chilenos que hacen suyo ese dicho de idealismo aggiornado que dice “antes luchaba por cambiar el mundo, ahora lucho por que el mundo no me cambie a mí”. Ellos son muchos aunque son una gran minoría, pero poco les importa la paradoja numérica o la correlación de fuerzas, porque para la gente con valores –aunque ganen poco y pierdan a menudo– la partida no termina en la llegada.