domingo, 25 de julio de 2010

Vida mía

Vida mía

A Gregorio Torres no le gustaba su vida. Tampoco le gustaba su nombre o, mejor dicho, el proverbial apelativo de Goyo, o peor aún el diminutivo –Goyito– con su inevitable alusión a un infantilismo poco viril. Sin embargo, había aprendido a capear el desagrado de escuchar esos apelativos simplemente ignorándolos, concentrándose en la observación minuciosa del objeto más cercano cada vez que un compañero de trabajo lo llamaba así. Se había acostumbrado a lidiar con los infaltables creativos que, en cada uno de los cinco colegios en los que había trabajado como profesor de computación, celebraban el descubrimiento de que podían llamarlo Goyito para jolgorio de los demás. Pero el problema de Gregorio Torres no era su nombre, sino su vida. Un cronista se vería en apuros para escribir un resumen de los hitos más destacados de los treinta años que Gregorio llevaba en este mundo. Para evitar entregar una página en blanco, probablemente el cronista se resignaría a mencionar los sacramentos católicos a los que Gregorio fue sometido por obligación o costumbre, la fecha en que se graduó del colegio (Gregorio no aparecía en la foto de su promoción porque ese día la alergia al polen lo mandó a la cama), y el día de su matrimonio con Angélica (Gregorio sí aparecía en las fotos, pero sonreía menos que los mozos), cuando ninguno de los dos pasaba de los noventa kilos. A lo mejor añadiría el cronista que un vecino de Gregorio llamado Wilfredo se sacó la lotería y nunca más volvió a saberse de él, o que Bobby, el perro pekinés de Angélica que pasó a ser parte de su familia, sobrevivió al atropello de una moto con apenas una leve cojera y cierto descontrol de los esfínteres.

A pesar de la evidencia en contra, Gregorio era un tipo inteligente. Si no lo hubiera sido no habría podido darse cuenta de que no le gustaba su vida. Pero él no lo demostraba (ni que era inteligente ni que no le gustaba su vida). Siempre prefería callar antes que hablar, tanto en la sala de profesores del colegio, donde todos se disputaban la oportunidad de opinar sobre los asuntos más insignificantes, como en la mesa de su casa, donde Angélica lo ponía al día cada tarde-noche sobre los últimos acontecimientos de la vida de sus tres hermanas o de cualquiera de los vecinos. Cuando Gregorio descubrió que a nadie le molestaba su silencio, y que incluso era tomado con simpatía, se adiestró en el arte de fingir atención mientras su mente lo llevaba a otros lugares. En la sala de profesores acostumbraba buscar números primos de tres cifras o imaginar que Mónica Bellucci era su esclava sexual (tenía un envidiable archivo de fotos bajadas de Internet). En su casa, mientras miraba a Angélica y asentía periódicamente, a Gregorio le gustaba urdir sonetos alejandrinos sobre temas diversos, desde un hipotético romance entre Bobby y la hija quinceañera de la vecina hasta el monto de las cuentas de la luz y el teléfono. Pero en los últimos años estas simulaciones y juegos mentales habían empezado a cansarlo y se preguntaba si no sería posible vivir otra vida. Tenía claro que su vida no era ningún suplicio, que poseía –en modestas cantidades, eso sí– las tres cosas que existen en la vida según los boleros y los que no tienen idea de lo que hablan: salud, dinero y amor. La insatisfacción que rondaba a Gregorio parecía ser la expresión final de algún intrincado mecanismo hormonal regulado por el clima, porque estos cuestionamientos esenciales eran mucho más frecuentes durante el invierno: las tardes oscuras o lluviosas lo ponían especialmente melancólico de esa vida que nunca había tenido, y por alguna razón consideraba afortunados a todos los seres humanos que no eran él mismo. Entonces, al volver del trabajo cada tarde, apoyaba la cabeza en la ventana del microbús y, superando su miopía y la suciedad de los vidrios, se dedicaba a mirar hacia las casas más cercanas en cada una de las detenciones que ocurrían en los cuarenta minutos del recorrido. Como quien hace zapping, Gregorio miraba fugazmente hacia las casas o departamentos que tenían encendidas las luces y abiertas las cortinas. En los quince o veinte segundos de observación de los que disponía se imaginaba viviendo esa vida, sentado a la mesa tomando un café con leche (el menú en su casa era, invariablemente, té y tostadas con mantequilla o mermelada de piña; Angélica, que engullía al menos seis tostadas cada vez, había eliminado el café por caro y la leche por hipercalórica). Por un instante Gregorio se imaginaba que aquella niña delgada de vincha blanca y pelo lacio muy negro era su hija, o que esa mujer con elegante uniforme de secretaria ejecutiva era su esposa. Por supuesto que eran menos estimulantes las ocasiones en que el inquilino avistado era un anciano enjuto viendo televisión o un adolescente desgarbado extinguiendo sus neuronas con una Play Station, pero en general a Gregorio le quedaba al final del viaje la sensación de haber desperdiciado una oportunidad de salvarse. En cada tarde invernal, en el momento en que con un gesto de resignación Gregorio metía la llave en la cerradura de su puerta, se prometía que al día siguiente todo podría cambiar.

Todo empezó a cambiar un jueves por la tarde, a fines de junio. Había llovido toda la mañana y el cielo todavía estaba cubierto, pero apenas caía una llovizna. El pavimento resbaladizo o la imprudencia temeraria habían causado un choque múltiple un par de cuadras adelante del microbús, el que esperaba detenido a que la vía se despejara junto a muchos automóviles. Cuando ya llevaban quince minutos sin moverse un centímetro y los pasajeros comenzaban a quejarse en voz alta, como si el chofer tuviera poderes sobrehumanos para solucionar el problema, Gregorio, que estaba sentado del lado de la ventana, se percató de que se encendía la luz de una casa que habitualmente estaba a oscuras cuando él pasaba por allí. Vio entonces a una mujer entrar a un ambiente de sala-comedor y, aparentemente, encender un equipo de música. Luego ella se quitó el abrigo, lo dejó apoyado sobre una silla del comedor, y se sentó en un sillón. La buena iluminación de la casa y la poca distancia le permitieron a Gregorio distinguir las facciones de la mujer, que ahora reclinaba la cabeza con los ojos cerrados. Su rostro era atractivo, y el pelo negro largo y una figura delgada la hacían parecer menor de treinta años. El interés que la mujer ya había despertado en Gregorio aumentó cuando la vio cubrirse el rostro con las manos. Tal vez estaba llorando. En ese instante Gregorio fue consciente de la posibilidad de que hubiera otros como él observando a la mujer desde el microbús, buscando espantar el tedio de la espera y no una nueva vida. Por eso la decepción que sintió un momento después, cuando el microbús reinició su marcha, tuvo también algo de alivio: no quería compartir su hallazgo con fisgones ocasionales. Sentado en el microbús, Gregorio sonreía; estaba muy entusiasmado con lo que el destino, Dios, o el anticiclón del Pacífico Sur le habían regalado esa tarde. Quince minutos de retraso habían sido suficientes para asomarse a una nueva ventana y a otra realidad, y las posibilidades futuras, como siempre, parecían ser infinitas. Al llegar a su casa, Gregorio tuvo que controlar su buen humor para no despertar sospechas en Angélica, que ya lo estaba interpelando por su tardanza.

Si quería ver otra vez a esa mujer Gregorio debía retrasar en quince minutos su salida del trabajo y su llegada a la casa. Por eso le dijo a Angélica que a partir del día siguiente el colegio organizaría un ciclo de mini-charlas sobre superación personal y reingeniería del desempeño laboral. Ella no se sorprendió en lo absoluto. El viernes Gregorio se ubicó afanosamente en el mejor lugar de observación del microbús, pero al paso de la ventana deseada no pudo ver más que cortinas cerradas delante de una habitación con las luces apagadas. Su frustración se repitió el lunes y martes, y cuando el miércoles tampoco trajo resultados comenzó a considerar el abandono de su plan. Pero el jueves todo cambió. En los cinco segundos de los que dispuso pudo notar que otra vez la mujer estaba allí, sentada en el mismo sillón, con la cabeza reclinada. No pudo notar si su expresión era de calma o sufrimiento. Emocionado, Gregorio se dijo que había resuelto el enigma: los jueves la mujer volvía a su casa más temprano. Pero una observación fugaz por semana no bastaba para aplacar su ansiedad, lo que situaba el problema en averiguar a qué hora regresaba ella los otros días de la semana. El sábado en la mañana Gregorio tuvo que acompañar a Angélica al bautizo de un sobrino, y mientras el cura preguntaba a los padrinos si prometían ser lámpara inextinguible de luz, o algo así, él calculaba horarios de salida e imaginaba excusas para el lunes, martes y miércoles. Sin embargo, sólo horas después, mientras soportaba con estoicismo el martirio de una tarde presidida por Sábado Gigante en la televisión, Gregorio decidió que –por primera vez en su vida– se arriesgaría: él no esperaría la suerte por cuentagotas, el lunes mismo, o a más tardar el martes, esperaría a la mujer en la puerta y se presentaría ante ella. Se daba cuenta que su decisión no tenía más razones que unos segundos de observación de un posible estado de tristeza, pero Gregorio tenía la corazonada de que esa mujer era el inicio de un camino hacia una vida llena de misterio, emociones y felicidad. Poco le importaba el hecho de que su anterior corazonada había terminado con la cuarta parte de su sueldo perdida en la ruleta del casino, cuando no salió el diecinueve rojo.

El lunes llovía con furia cuando Gregorio salió del trabajo, y el cielo parecía caerse cuando se bajó del microbús y se dirigió a la casa de la mujer. Mojado hasta los huesos, lejos de un alero protector, Gregorio tocó la puerta varias veces y esperó inútilmente durante veinte minutos. El agua ya había anegado su ropa interior, su orgullo y su razón cuando se rindió y regresó al paradero. Al llegar a su casa no le preocupó no haber preparado una excusa para Angélica, la que no fue necesaria porque en esos momentos ella sólo tuvo cabeza, ojos y manos para ayudarlo a desvestirse y prepararle un baño caliente de tina. Cuando finalmente le preguntó qué es lo que le había sucedido no insistió al escuchar como única respuesta “tuve mala suerte”. El viernes por fin Gregorio se levantó de la cama después de tres días de fiebre alta y tos de perro. Era un día despejado, con nulos riesgos de inundación vespertina, así que decidió que lo intentaría otra vez.

El sobrepeso y las vetas de canas en el pelo y la barba le otorgaban a Gregorio el apacible aspecto de un oso panda, y su voz cálida, medida, trasuntaba cierta inocencia. Consciente de eso, él esperaba que la mujer no cerrara la puerta antes de escucharlo decir “Hola, me llamo Gregorio, tú no me conoces, pero hace unos días pude verte en tu casa desde el microbús y me pareció que llorabas. Si no te molesta, me gustaría poder escucharte, saber de tu vida, y también contarte algo sobre la mía. Sólo me quedaré un rato”. Después de confirmar que había memorizado su parlamento inicial, respiró profundamente y tocó la puerta.

En sus cálculos más optimistas, Gregorio se permitió imaginar que esa tarde terminaría en los brazos de esa mujer, después de intercambiar sentidas confesiones y antes de cubrirse de promesas y proyectos para el futuro. El escenario más temido y recurrente, reforzado por el sentido común, era que ella sencillamente se espantara al oír su declaración y terminara con sus ilusiones de un portazo. Pero nunca esperó que ocurriera lo que finalmente ocurrió. Gregorio alcanzó a decir casi todo su parlamento antes de que la mujer lo interrumpiera evidentemente fastidiada y le respondiera: “Nunca más. No vuelvo a caer. Ya tuve suficiente. Primero con Manuel, por el que dejé a mi novio, y después con Alfredo, que me abandonó hace menos de un mes para regresar con su mujer, que se suponía era una bruja insoportable...”. Contuvo el llanto para continuar, en un tono más cortante. “No soy tan imbécil como para volver a creer en esa historia de la nueva vida y la ventana del micro. ¿Es que no puedo tener esas cortinas abiertas? No me jodan, vayan a buscar su nueva vida a un cine, a un parque nocturno, conozcan a alguien en el chat, o re-enamórense de sus mujeres. Pero a mí déjenme tranquila con mis discos, mis libros, y mi gato. No tengo claro qué quiero de la vida para el futuro, pero sí tengo claro qué es lo que no quiero. Ya lloré más de lo que merezco. Así que buenas tardes, intenta en otra puerta”.

(2005)

domingo, 27 de junio de 2010

El Mundial II. El catchascán global

Ayer (Argentina 3-México 1) veía a los hinchas mexicanos con sus máscaras de catchascanistas y me acordé de aquella época de mi niñez en los 70's en que asombrado contemplaba por TV esas luchas titánicas en el ring del viejo coliseo Amauta en Lima, un espectáculo importado desde México que fue un éxito (para el empresario; los luchadores seguían siendo taxistas, estibadores en el terminal pesquero u hombres forzudos de circo pobre, después de la función). Me daban verdadero terror los malos (Rasputín, el Vikingo, Atila), casi siempre subidos de peso, nunca respetando las reglas, y me emocionaba hasta los saltos con los buenos (El Hombre Araña, El Santo, Blue Demon), más estilizados y honestos. Pues bien, algo de esa farsa del catchascán, en el que un niño ingenuamente creía los golpes y los sillazos eran de verdad, tiene el mundial de fútbol que organiza la mafia legal más globalizada. Sí, porque muchos espectadores ingenuamente creen que el mundial es el súmmum del fútbol, el evento donde cada cuatro años se encuentran los mejores equipos del planeta, los mejores árbitros, y la mejor pelota. Tres veces no. Vamos por partes.

No están los mejores equipos. La FIFA, que tiene más países miembros que las Naciones Unidas, reparte cupos con criterios políticos y no deportivos. Así, asigna casilleros ganadores en las eliminatorias para tener contentas a las asociaciones continentales, cuyos países votan para re-elegir o no al presidente (a veces estimulados por dádivas futuras, a veces directamente sobornados en efectivo), pero NO para que sean los mejores equipos los que asistan. Por eso en cada mundial tenemos estos tristes espectáculos de equipos no-competitivos que vienen a hacer turismo dentro de la cancha, usurpando el lugar que merecerían otros. Para hacerse una idea, compiten en las eliminatorias para el mundial las Islas Feroe (los jugadores son amateur, no hay canchas de pasto, entre 2004 y 2008 perdió 25 partidos seguidos), San Marino (perdió 13-0 con Alemania el 2006, ha ganado un partido oficial en toda su historia, pero fue amistoso), Samoa Americana (Australia le ganó 31-0 el 2001, nunca ha ganado un partido oficial, acumulando un total histórico de 2 goles anotados, y hace un par de años perdió 6-0 con la selección del Vaticano) y Anguila (no es el pez con descargas eléctricas sino una isla en el Caribe de 13,000 habitantes). Si eso le garantizara un voto más en la elección, Blatter (presidente de la mafia) seguro les daría cupos para el mundial a los habitantes de las bases antárticas, los cráteres de la Luna, y la Tierra Media.

No están los mejores árbitros. Es el mismo (des)criterio explicado en el párrafo anterior. Sólo así se puede entender que en este mundial haya árbitros o jueces de línea de países tan futbolizados como Malasia, Uzbekistán, Islas Seychelles (su selección actualmente en el puesto 178 del ránking FIFA, lo que no es tan malo porque alguna vez estuvo en el 195), Singapur, Kirzgistán, Ruanda, Tonga (perdió 22-0 con Australia el 2001; el único deporte desarrollado en esta monarquía nunca sometida como colonia es el rugby) e Islas Salomón. Los malos arbitrajes, que en cada mundial conceden goles que no son y viceversa, se podrían remediar con tecnología, pero la FIFA se niega tozudamente a incorporarla. Al respecto ya pronunció el visionario Blatter -un administrador de empresas que nunca jugó al fútbol- las siguientes frases: “No insistan con esto de la tecnología. Porque si el árbitro y sus asistentes se ponen a discutir una jugada en un video, el público se va del estadio. Aunque el árbitro se equivoque, el fútbol tiene que ser humano". Se necesita algo así como dos segundos para que un quinto árbitro en una sala de TV se comunique con el árbitro y le diga "la pelota traspasó la línea" o "el 5 tiró un codazo al 9". Aparentemente Blatter cree que es posible que el público abandone el estadio en dos segundos (¿le habrá ocurrido alguna vez dando un discurso?). La explicación es más simple. Una institución intrínsecamente deshonesta necesita que la decisión del árbitro (un producto que se puede manipular o comprar) no pueda cuestionarse.

La pelota es un asco. Ya se quejaron los arqueros de que es una pelota de playa que zigzaguea en el aire. Ya reclamaron los jugadores que la pelota no hace caso al pretender imprimirle efectos. Ya dijo Maradona -supongo que algo sabe del tema- que los cambios de frente se volvieron imposibles porque la pelota hace lo que le da la gana. Ya informó la NASA que por encima de 72 km/h su comportamiento es impredecible. Pamplinas. En la página de la FIFA se lee que la infame Jabulani tiene "precisión máxima y vuelo excepcionalmente estable" (esto lo dice un funcionario de relaciones públicas de Adidas) y que es una obra maestra. Esta es una muestra más de que a la hora de armar uno de los muchos negocios en los que la FIFA basa sus nunca auditadas ganancias, los que saben de fútbol no son consultados. Se trata de vender una pelota nueva que tenga alguna característica novedosa (esta vez son 8 paneles en lugar de los tradicionales 32, ahora ensamblados térmicamente y no cosidos a mano por semi-esclavos en aldeas de Pakistán como los modelos anteriores) y no de hacer una pelota buena. No en vano el antecesor de Blatter, un tal Joao Havelange (estudió leyes y jugaba waterpolo) decía "yo vendo un producto que se llama fútbol". Bueno, parece que también vendía otras cosas, porque fue investigado por tráfico de armas, tráfico de drogas, y recepción de sobornos.

Pero el fútbol sobrevive. A pesar de la farsa del mundial, de los intentos de la FIFA por convertirlo en otra cosa, a pesar de los millones de euros que alienan y ofenden, a pesar del circo televisivo, de los entrenadores cobardes que juegan a no perder, de los árbitros corruptos, el fútbol sobrevive. Y lo hace gracias a que algunos jugadores siguen siendo los niños que jugaban en barrios miserables, en canchas con límites imaginarios, donde se jugaba hasta que la pelota no se podía ver, y todavía después, cuando la felicidad era un gol, la tristeza una derrota, y la vida siempre daba otra oportunidad.

domingo, 20 de junio de 2010

Saramago sí nació para esto

Cuando a Saramago le hicieron la primera entrevista después de ganar el Nobel dijo "Yo no nací para esto". Poco rato antes la noticia se la había comunicado una azafata, en la Feria del libro de Frankfurt. Entonces -después contaría- comenzó a caminar sin saber bien a donde ir, sintiéndose profundamente solo.
En este punto retrocedamos la película. Imaginemos a un adolescente que ha tenido que dejar los estudios secundarios para entrar a aprender el oficio de cerrajero mecánico porque la familia es muy pobre y se necesita que todos aporten, porque se pasa hambre y frío. El padre ha conseguido trabajo como guardia en la gran ciudad (Lisboa) y la familia se ha traslado con él. Cada tarde, este muchacho llamado José, al salir de la escuela de formación de cerrajeros, se va caminando hasta la biblioteca pública y devora en silencio los libros que ama y no puede tener, hasta que anochece. Si a este humilde cerrajero, proveniente de una familia de analfabetos sin tierra, alguien le hubiera dicho que 60 años después ganaría el Premio Nobel de Literatura, él seguramente se hubiera sentido herido por la burla cruel, convencido de que no había nacido para eso.
En su discurso de aceptación del Nobel, Saramago narra con bellas palabras la dureza de su infancia en el campo al lado de sus abuelos (y las higueras, bajo las cuales el abuelo le contaba historias al pequeño José en las noches de verano; y las cerdas, cuyos lechones arropaban bajo sus cuerpos en las noches de invierno). El discurso ante la Academia Sueca comienza diciendo "El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir". Desde la primera frase avisa que él va contra la corriente, y eso fue lo que hizo permanentemente este "comunista libertario", como le gustaba definirse. Denunció, utilizando el megáfono que el Nobel significa, cada injusticia legal, cada farsa global, cada guerra abusiva, mientras tuvo voz. No solamente dirigió sus palabras precisas y valientes contra las invasiones yanquis en Afganistán o Irak, la hipocresía criminal del Vaticano, el genocidio de los palestinos a manos de Israel, la industria de armas, el capitalismo transnacional que se lleva las ganancias y reparte las pérdidas, las tragedias sin prensa de los saharauis o Darfur, etc. También le tocó a Cuba su "hasta aquí llegué", cuando fue indefendible la opresión y la existencia del delito de opinión en la isla. En un mundo en el que todos quieren salir en la foto de los ganadores, siempre eligió estar del lado de los perdedores. Pero antes que cualquier otra cosa, Saramago fue un magnífico escritor, con estilo propio y arriesgado. Sí, porque en sus libros, siempre ambiciosos -aunque la historia parezca ser muy simple- y casi siempre muy lúcidos, a menudo se subía a una frase infinita que podía terminar en el más vulgar de los tedios o en la más sublime de las epifanías. Pero así era él. Cuando le reclamaban la falta de puntuación para orientar los diálogos él respondía de buen humor "léalo en voz alta, funciona" (y así es). Trabajador incansable, como honrando la jornada interminable de trabajo de sus abuelos en Azinhaga, la muerte lo encontró a los 87 años con 30 páginas escritas de su siguiente novela. Nos dejó, entre otras contribuciones a la historia de las ideas y la literatura, esa parábola inmisericorde de lo que es la sociedad humana en "El ensayo sobre la ceguera" y ese personaje más entrañable que nadie que es Don José, en "Todos los nombres". Bueno, no es este el lugar para hacer crítica literaria de la obra de Saramago ni yo la persona adecuada. Lo que no quería dejar de decir es que, a la vista de su obra, que es un encuentro de la belleza con la certeza, de la ética con la estética, y a la vista de los alcances de su voz multiplicada por la fama, que deja muchos seguidores para luchar con entusiasmo por esas causas perdidas, creo que Saramago se equivocaba. El mundo necesitaba que naciera, creciera, escribiera y hablara. Saramago nació para esto.

Para terminar, una breve historia personal.

Era 1998. Yo estaba en Uppsala, Suecia, haciendo el doctorado. Como colaboraba en una ONG y una radio de latinoamericanos (ya le llegará su post a esas historias), supe pronto del Nobel concedido a Saramago y de las ideas que defendía. Hasta entonces yo no lo conocía, lo confieso. Poco tiempo después de saberlo, y con curiosidad por el personaje, estando en una librería en Madrid frente a varios de sus libros, elegí comprar El año de la muerte de Ricardo Reis, para comenzar a conocer al escritor. Elegí ese libro porque Ricardo Reis es uno de los heterónimos (otros-yo para decirlo en pocas palabras) de Fernando Pessoa, un poeta existencialista que quiero mucho, y me llamó la atención la ficción que plantea Saramago de Ricardo Reis en Lisboa, conociendo a Pessoa, enamorándose, y defiendiendo su posición de intelectual ajeno al mundo (el marco es la Guerra Civil española). El libro me encantó y ese fue el inicio de mi afición por Saramago (una docena de sus libros me acompaña ahora en mi biblioteca). El caso es que llegó diciembre del 98 y Saramago visitó Uppsala para dar una charla en una biblioteca. Allí estuve y por primera y única vez hice una cola para que me autografiaran un libro (no me gusta ese aspecto de superstar de los escritores, a ellos tampoco, pero esa vez cedí a la tentación). La mayoría de la gente en la cola era sueca y casi todos tenían El evangelio según Jesucristo, su obra más mediática, en su edición en sueco. Cuando llegó mi turno, le pasé El año de la muerte de Ricardo Reis y él hizo un gesto audible de sorpresa grata. Supongo que fue por el libro, editado en 1984, cuando recién comenzaba a sonar en Europa (ese libro y el Memorial del Convento, de 1982, lo llevan a ser conocido por el gran público europeo) o por el idioma del libro. Al agradecerle la firma, y dirigiéndome sobre todo al pensador en voz alta y no al escritor, le dije "El mundo necesita a más gente como Ud.". Inmediatamente me contestó "Todos somos importantes, cada uno en lo suyo, cada uno haciendo su trabajo".

sábado, 12 de junio de 2010

El Mundial 1

Imposible ignorar el mundial. No sólo por su importancia global o por el fanatismo que uno, hay que reconocer, padece. Hay también una razón histórica. Uno puede reconstruir su biografía a trazos gruesos recordando lo que rodeó cada mundial, las escenas -a ambos lados de la pantalla- que se quedaron en la memoria son los hitos, los puntos de partida para desmadejar relatos íntimos o grupales. Comencemos por los dos primeros.

Argentina 78, el primero, a mis 8 años, es un penal contra Perú frente a Escocia y mi tío grita y repite que el arquero Quiroga (argentino nacionalizado peruano) lo ataja; me sorprende su optimismo tan decidido, porque yo ya estoy triste suponiendo que Escocia pasa adelante. Pero finalmente tiene razón, y el estallido de felicidad y gritos deja vasos volcados en el suelo. Primeros encuentros con el optimismo sin razón y la pasión desbordada que, aunque casi por definición no se entienden, después yo entendería. No sabía en ese momento que al arquero héroe le meterían 6 goles después en un partido sospechoso (un cóctel de amedrentamiento con milicos en el camarín, jugadores dopados y jugadores sobornados) que le daría a Argentina el paso a la final que finalmente ganaría. Esa final la veo en blanco y negro, en un televisor al que había que colocarle en el sintonizador de canales un lápiz como palanca para que no se perdiera la imagen. Estoy arropado en mi cama, aturdido por la fiebre y cautivado por los papelitos en la cancha del Monumental y la melena ganadora de Kempes, una fiera perteneciente al mismo linaje evolutivo que después engendraría a un tal Batistuta. No tenía idea que rodeando esa fiesta blanca y celeste había una dictadura atroz y genocida que con ella pretendía lavar su cara. Uno creía que las únicas tristezas asociadas al mundial eran las derrotas de la selección y la imposibilidad material de llenar el álbum de cromos de los jugadores como lo hacían mis compañeros de colegio, hijos de padres más pudientes. Tampoco podía saber que en la noche anterior a ese frío 25 de junio en que Passarella levantaba la Copa en Buenos Aires había nacido en Santiago la que sería mi mujer y la madre de mi hijo.

España 82 es la gran frustración. Nos permiten llevar televisores al colegio y yo llevo orgulloso el mío, un pesado armatoste a colores (y sin lápiz-palanca necesario) que tuvo que cargar mi padre. Todo está listo para celebrar, las clases suspendidas, las banderitas agitándose, y el cantito tradicional pero terriblemente irreal de "Perú Campeón", pero Perú se va del mundial sin ganar un partido (y hasta ahora no vuelve). Ya comenzaba a ser el fanático del fútbol que soy, y por eso escuchaba por radio los otros partidos durante la clase. Estamos en clase de inglés y la profesora es chilena, una muy simpática mujer bastante entrada en kilos a la que apodábamos la Naranjito, por la mascota del mundial. Ella me manda a apagar la radio y yo desobedezco. Segundos después de la segunda amenaza yo replico "¡Penal para Chile!" y ella se desarma y me dice "sube el volumen". Ahora toda la clase me rodea y pongo la radio sobre la carpeta (los otros niños comienzan a decir, cada vez más fuerte, "lo falla, lo falla"). Yo no quiero que lo falle porque la profesora me cae bien. Y parece que es recíproco, porque cuando años después ella regresa a Chile, y debe desarmar su biblioteca, me busca y me regala una veintena de libros en inglés, la mayoría clásicos de mucho valor. Después pude deducir que llegó al Perú exiliada; yo entonces sabía muy poco de la dictadura de Pinochet y cómo trastornó la vida de tantos miles de sobrevivientes. Lamentablemente la historia no termina muy bien, porque Caszely falló ese penal (y ella fue una sombra el resto de la clase), y un triste día, el tarado de mi hermano mal-vendió esos libros (sin consultarme) a un ropavejero en Lima. Cada vez que veo mi biblioteca actual con varios títulos en inglés me acuerdo primero de la profesora y después de mi hermano, con sentimientos distintos. Por eso es que nunca la busqué ya viviendo en Chile, por vergüenza a explicar el destino de los libros que tan generosamente me había cedido.

sábado, 5 de junio de 2010

Contra la religión

Hace algunas semanas estaba en una librería del aeropuerto de Toronto, la ciudad más cosmopolita de Canadá, y me llamó la atención escuchar unas risas constantes que sonaban a genuina alegría y no a esa risotada adolescente impostada que busca hacerse notar, y que puede ser tan irritante. Las risas provenían de la muchacha que atendía y dos amigas que la visitaban. Ella era musulmana y vestía velo, las otras dos no, pero las tres hablaban en árabe. Me gustó el cuadro de eclecticismo y de espontaneidad a pesar del yugo que esa vestimenta sugiere. Cuando estaba haciendo la cola para pagar los cuatro libros elegidos, ella todavía tenía la sonrisa puesta, a pesar que ya se había despedido de sus amigas. Me dijo Hello mirándome a los ojos y con una sonrisa que se disipó al ver lo que compraba. Los dos libros de arriba eran de Darwin; mal comienzo. Los dos de abajo, ya eran demasiado: The GOD delusion, de Richard Dawkins, y god is not Great. How Religion Poisons Everything, de Christopher Hitchens (las mayúsculas y minúsculas son tal cual). Cuando me dio el vuelto y la bolsa con los libros, tenía un rictus de amargura y ya no me miró a los ojos. Antes de salir volteé a mirar cómo atendía al siguiente cliente, y ya no sonreía. No puedo saber si le afectaba más la conmiseración de tener tan cerca a un futuro material de combustión en el infierno, o sentirse impura –traicionando alguno de los múltiples y demenciales preceptos del Corán- tocando esos libros que afirmaban lo peor imaginable, que ese Dios (Allah, en su caso) no existe, alojándose tal vez en ella el sentimiento estrella que usan las religiones para manipular a los individuos: la culpa. Como sea, me dio pena ver esfumarse esa alegría que sonaba tan sana. Y el subtítulo del libro de Hitchens me pareció más cierto todavía.
En una carta de 1884 a un amigo cercano, decía el pobre Nietzsche sufrir “… una angustia tan grande y tan profunda, que me pregunto siempre si algún otro hombre la ha padecido. Sí, ¿Quién se da cuenta de lo que significa sentir con todas las fibras de su ser, que tienen que determinarse de nuevo los pesos de todas las cosas?”. Semejante abatimiento se siente de antemano al intentar explicar (¿explicar?) las razones por las que uno se opone a la religión, en particular a la religión católica, que es la he conocido más de cerca por ser la religión hegemónica en occidente (y debo confesar, con algo de vergüenza, que hasta pasados los 20 años me consideré católico; por mi culpa, por mi culpa, por la gran culpa de mis padres que me matricularon en un colegio católico). Digo lo del abatimiento ante la tarea hercúlea porque a primera vista pareciera ser obvio, algo que cualquier persona con un mínimo de intelecto debiera notar, el hecho de que la iglesia – la encargada de administrar y normar la religión- es una institución abominable. Así, abominable; palabra que solemos asociar al inocente hombre de las nieves (el Yeti de los Himalayas, o su variante norteamericana, Pie grande) de quien, hasta donde llega mi vasta ignorancia, no hay registros de crímenes, torturas, atrocidades o enriquecimiento ilegítimo. No se puede decir lo mismo de la católica, apostólica y romana madre de tanto pedófilo que anda suelto (y con la tranquilidad de saberse inmune a las leyes de los hombres y protegido por la jerarquía eclesial). Sí, pareciera ser obvio que si se hiciera una encuesta en la calle preguntando si se desea formar parte de una institución que ha practicado sistemáticamente la tortura, el despojo, la discriminación, que se ha aliado con regímenes genocidas, que es incongruente hasta el hartazgo, y que es falsa en cuanto a su historia, ritos y estructuras (o sea, es una estafa; recomiendo leer La Puta de Babilonia de Fernando Vallejo y Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica de Pepe Rodríguez) y falsa en todo lo que sale de la boca del líder (o sea, es mentirosa), la mayoría de la gente diría yo paso. Sin embargo, allí está, en pleno siglo XXI todavía ostentando mayoría nacional y encaramada en lo más alto del poder en la sociedad. Es difícil de entender y con algo de tristeza uno recurre a la primera explicación a mano: la mayoría de la gente es sencillamente idiota. Ojo, no me refiero al hecho de creer en una divinidad. Como agnóstico civilizado que intento ser, respeto –con algo de indulgencia, eso sí- a quienes quieren creer en que hay un ser superior que los cuida. Esto tiene un cierto valor adaptativo, es a veces hasta razonable, y no en vano la creencia en los dioses es una característica que atraviesa a casi todas las culturas. Porque, seamos sinceros, si estás muerto de miedo atravesando un paraje oscuro y los lobos aúllan cerca, es mejor idea pensar que alguien te protege y no que estás librado a tu suerte (Cioran decía que Dios es una desesperación que comienza donde terminan todas las desesperaciones). Pero de allí a dejarse estafar por los intermediarios (el clero), que no sólo te pintan un dios castigador (por eso no hay que pecar) sino encima te cobran plata, te quitan tu tiempo y –si tienes un poco de mala suerte- abusan sexualmente de ti… creo que hay que ser profundamente idiota. O sea, si quieres negar la aplastante evidencia de la historia antigua y reciente (genocidios, el triunfo permanente de los malos, el poder de la fuerza que siempre se impone, el dolor en los niños), que indica que si ese Dios es todopoderoso entonces es un sádico, y si no lo es (todopoderoso) entonces para qué te sirve… OK, no hay problema, a rezar y colmarlo de salmos y alabanzas por su maldad o inutilidad. ¿Pero para qué la religión, la causante de tantas muertes hace 2000 años y el próximo mes? Me declaro incapaz de entender.
A pesar de la universalidad de la religión, que apunta a una característica intrínseca de la especie, prefiero ser optimista y decido creer que es un asunto de tiempo, de evolución. Morris Schlick, del Círculo de Viena, decía que con la evolución cultural de la humanidad la religión terminaría desapareciendo. Dios lo oiga. Mientras tanto, crío a mi hijo sano y feliz, lejos de la religión, y por lo tanto lejos de las mentes podridas que nos arruinaron el derecho a gozar de nuestro cuerpo sin sentir culpa, que nos trataron de convertir en tarados útiles a su servicio, que gozaron al reprimirnos. Y felices bailamos con frecuencia la Fiesta Pagana de Mago de Oz. Y tranquilos decidimos que es mejor hacer el bien que hacer el mal, o ser solidario en lugar de ser egoísta, no porque esté escrito en unos mandamientos o porque seremos recompensados o castigados en otro mundo por un juez, sino porque uno se siente mejor haciéndolo. Nosotros sonreímos más que ellos. Vamos ganando.

PS: Un par de semanas después de escrito este post, se nos ha muerto Saramago. Sin sorpresa, pero no por eso sin dejarnos un sabor triste y amargo en el alma. Se va uno de los nuestros, uno mejor que nosotros. Ya sigo con el post sobre él, ahora termino copiando una frase suya que me encontré leyendo el especial que hizo El País. Belleza y certeza reunidas, Saramago en estado puro:
"Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio"

domingo, 21 de marzo de 2010

El terremoto en Chile

El tercer cataclismo en Chile, luego del terremoto y el tsunami, fue la barbarie en las calles. Junto con una minoría que justificadamente buscaba pañales o leche para niños, cientos (¿miles?) de chilenos de distintas clases sociales saquearon locales comerciales y casas, llevándose alimentos, ropa, colchones, lavadoras, televisores, bicicletas, telas, y lo que hubiera a mano, todo antes que llegara otro a robarlo. No era sólo gente pobre, algunos de los saqueadores se bajaban de costosas camionetas y hacían varios viajes para agrandar su botín. Hubo aislados ejemplos de dignidad y supervivencia de valores, pero el saqueo fue masivo.

Para el trasnochado pseudoanarquista que quiera ver esto como un acto de justicia popular contra las grandes cadenas de supermercados capitalistas y explotadoras, un par de detalles. Uno, justamente al saquear se impidió la distribución de bienes a todos los sectores. Todos tenían algo de plata para comprar lo suficiente para subsistir unos días, con el saqueo y destrucción ya no tuvieron dónde comprar. En lugares donde no se saqueó (pequeños pueblos) las tiendas vendían aunque no hubiera electricidad y entonces no hubo caos social por esa causa. Y ese saqueo fue cualquier cosa menos equitativo, porque no hubo reparto, y aquellos ancianos, niños, o gente con valores, que no querían o no podían competir con las hordas de rapiña simplemente se quedaron con las manos vacías. Dos, el saqueo no distinguió tamaño de negocios, y saquearon también almacenes de barrio o pequeñas tiendas donde la pérdida total significa un aumento en el número de personas sin trabajo. Eso no suena a reivindicación del pueblo.

Los saqueos a las tiendas no terminaban cuando ya no había más productos que robar, porque continuaban con los estantes, los focos, las sillas de las cajeras, los basureros; y recién entonces, le prendían fuego. Los que siempre decían que el lumpen que con su vandalismo ciego e inútil malograba las marchas y manifestaciones legítimas era un grupo minoritario, unos pocos tarados que en lugar de trabajar o levantarse temprano prefieren destruir y robar, se quedaban sin argumentos. Las hordas de animales bípedos atacaban además a los bomberos (para robarles gasolina), a los camiones que intentaban repartir agua o alimentos, y a las cuadrillas de trabajadores que intentaban reponer la electricidad. En Concepción la desgracia descomunal le hacía un lugar a los lugares comunes, y entonces no sonaba a periodista en práctica decir que era un caos dantesco, el “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago hecho realidad, la selva.

Esta barbarie horrorizó a los chilenos, que tenían otra imagen de sí mismos, o al menos creían en esa imagen que se intenta presentar ante el extranjero. Quienes sufrían o veían esto dijeron ante las cámaras palabras duras que hablaban del verdadero Chile, de la ausencia de alma, de miseria humana, de niveles africanos de civilización en contraposición al jaguar de Latinoamérica, etc. Por otro lado, días después se organiza una teletón y masivamente chilenos pobres, clase-media y ricos aportan generosamente, los gestos solidarios de empresas y particulares se multiplican, se ven casos conmovedores de damnificados tratando de contribuir con la poca plata que les queda, y se difunden historias de sacrificios y heroísmos reales durante y después de la tragedia. La meta de recaudación se supera largamente (se duplica), el orgullo nacional parece recuperarse, y la infaltable bandera –emblema de un nacionalismo tan tóxico como el que más- esta vez aparece para simbolizar la voluntad de una nación de recuperarse trabajando duro.

Las preguntas son, entonces, ¿Qué pasó? ¿Apareció algo genuino que estaba oculto, el lado B del Chile exitoso? ¿O fue sólo un descontrol minoritario, exagerado por los medios ansiosos de morbo? ¿Son, finalmente, de alma miserable o de alma generosa los chilenos?

Hay quienes creen que se ha exagerado con este tema. Que finalmente lo que se observó fueron robos, no crímenes contra personas (las hordas amenazaban a los vecinos con saquear sus casas, y éstos se atrincheraron con cuchillos, palos y escopetas; pero las amenazas no se cumplieron: no hubo –o fueron mínimos– casos de robo con violencia). Esto a primera vista parece un análisis lúcido, considerando que en Chile el código penal castiga los delitos contra la propiedad con mayor dureza que los delitos contra la vida. Esto se arrastra desde tiempos de la Colonia y la temprana República, en la que los patrones solían ajusticiar salvajemente a los peones u obreros acusados de robo. En Chile se puede blasfemar con cierta libertad, y declararse adherente de las causas más bizarras, pero apenas alguien insinúa algo que remotamente parezca un ataque al derecho de propiedad, se leen y oyen los desgarrados gritos de horror en los medios escritos y los solemnes edificios donde el poder reside. Se habla inmediatamente del fin del estado de derecho, de amenazas a los cimientos de la civilización occidental, de una hecatombe moral que anuncia el Armagedón. Pero creo que decir simplemente que se exageró con el tema del saqueo, que a fin de cuentas son bienes materiales, es ser un poco miope. El horror no está en las pérdidas económicas de las grandes y medianas empresas. Lo degradante fue que detrás de esa rapiña estaba la idea de apoderarse de algo (de todo lo posible, sin considerar criterios de necesidad) antes de que el otro lo tomara, y por eso atacar el agua, la gasolina, los camiones con alimentos donados. Es ese sálvese quien pueda, que incluye pisotear a niños o ancianos, ese todo vale que aniquila la posibilidad de que los demás se abastezcan, la mayor tragedia. Es la desaparición del otro como sujeto existente, la disolución de la idea de comunidad (pertenencia a un grupo que tiene sus derechos repartidos entre sus miembros), lo que merece las calificaciones de terremoto moral, pueblo maldito, escoria humana, entre otras que se escucharon, considerando además que el escenario NO era de supervivencia o muerte. No era una multitud huyendo de un incendio en un lugar cerrado. No estaba en riesgo la vida de esas personas, como para entender que un instinto animal tomara por asalto la cabina de control. No. No es fácil morir de inanición (lo saben los que han hecho huelgas de hambre) y ninguno de los saqueadores puede justificar lo que hizo apelando al hecho de subsistir.

Teniendo claro que la tragedia moral fue la desaparición de la idea de los demás, la pregunta es si fue casual que esto ocurriera en Chile. Y aquí comienzan a responderse los interrogantes planteados líneas arriba.

Creo que no fue casual. Chile lleva 25 años continuos de hegemonía de un sistema económico neoliberal que ha trascendido la naturaleza dictatorial o democrática de sus gobiernos, la ideología mayoritariamente afín a la derecha o la izquierda de sus parlamentos, y ha terminado por imponerse como una vía única, sin alternativas. Entre sus muchos resultados citables está que Chile, uno de los países más privatizados del planeta, ocupa el lugar 110 entre 124 países en el ranking de inequidad de los ingresos (la brecha entre ricos y pobres). En Chile hay una siniestra alianza entre el poder de los empresarios y el poder del gobierno para esquilmar abusivamente a los usuarios, pero siempre dentro de la legalidad. Las leyes de explotación de recursos naturales, el sistema de salud, de previsión social, de educación superior, etc., TODO está armado pensando en el lucro, en el negocio redondo de unos cuantos a costa del dinero de muchos, de la gente común. Chile es un país donde han convencido a la gente de que hay que pagar por todo si se quiere algo bueno, que lo que es gratis, o subvencionado, sólo puede ser malo. Y entonces –por ejemplo– se multiplican los peajes prohibitivos en carreteras urbanas e interurbanas, cobrando lo que se supone ya pagaba el permiso de circulación, y cuando pasan pocos autos entonces el estado indemniza a las compañías por recaudar menos de lo esperado. Se les dice a los que se quejan que la única manera de tener buenas carreteras es que sean caras. Basta viajar dentro de Sudamérica para darse cuenta de esa falacia, pero poco importa. Nada detiene al enorme y próspero negocio (para algunos) que es vivir en Chile. Pero la gran sociedad de consumo, en la que ya no hay ciudadanos sino clientes, en la que la gente tiene una decena de tarjetas de crédito que sólo le sirven para contraer deudas, la sociedad en la que sólo eres en función de lo que tienes, y si no tienes pues aparentas (aunque para eso haya que endeudarse), esa sociedad que de afuera se veía exitosa, estaba enferma y parece que no todos lo reconocían.

Chile es el país donde en los 90, cuando los teléfonos celulares todavía eran señal de status, la gente portaba y simulaba usar celulares de juguete o de madera. Es el país donde la gente del barrio alto transitaba en verano con más de 30 ºC, muertos de calor, con las ventanillas alzadas para que pareciera que el auto tenía aire acondicionado, e iba a los supermercados a llenar dos carretas con productos, saludar a los conocidos, y luego abandonarlas disimuladamente; y la gente del barrio bajo compraban lustradoras cuando su casa tenía el piso de tierra e instalaban antenas satelitales de cable cuando no podían pagar la cuenta de la luz. Este es el país en el que las entradas más caras de los conciertos (ubicación TOP VIP Platinum MAX ELITE) son más caras que las más costosas en Europa o EEUU, porque los que pueden, felices pagan precios absurdos para sentirse superiores a los que no pueden hacerlo. Debajo de ellos en esa pirámide de Babel, una enorme masa de arribistas se desespera por parecerse a la élite que los desprecia (o al menos a la clase inmediatamente superior), y les ponen a sus hijos los nombres de ellos (ya que no pueden ponerle sus apellidos), los inscriben en colegios a los que van los hijos de ellos, en los que duran lo que se puede durar sin pagar mensualidades, y compran autos que tienen que devolver a los pocos meses al no poder pagar las cuotas, y alquilan casas que no pueden pagar (y no pagan por un año hasta que el dueño pueda sacarlos), y así se arma toda una forma de vivir enfocada en la obtención de bienes para ser, y en el deseo de obtención de bienes para poder parecer lo que no se es.

En esa filosofía del trepado por la montaña social, y en medio de un sistema de todos contra todos, de envidiados y envidiosos, el atajo es validado como justo, no importa que no sea legal. Y eso es precisamente lo que vieron los saqueadores de Concepción en esos días sin policías suficientes para controlarlos: la oportunidad de un atajo hacia los TVs de plasma, las refrigeradoras de dos puertas, las bicicletas importadas, las casacas de cuero, etc. Todo válido, justificado por la noción de que el fin supremo de su existencia (la obtención de un bien) justifica los medios. Si los ricos hacen grandes negocios (y grandes estafas) amparados por el Estado, por la Ley, entonces los que no son ricos tienen el derecho de hacer eso mismo, pero a otra escala, rompiendo vidrios y forzando puertas metálicas, y fuera de la ley. Dos caras de lo mismo, un sistema que de afuera se ve exitoso pero que en realidad deshumaniza a las personas hasta convertirlas en lo que mostraron las imágenes a pocos días del terremoto. En ese proceso de mercantilización, de deshumanización, se desechan, por inútiles, por estorbar en el camino, las ideas de solidaridad, de generosidad, de compartir y disfrutar en comunidad lo que se tiene. Desaparece así la noción del valor de los demás, y queda el individuo solo (o con su familia nuclear), convertido gradualmente en animal babeante y agresivo, con instintos pero sin ideas, aturdido en medio de una noche peligrosa, sin saber a quién atacar. Una triste postal de lo que el neoliberalismo le puede hacer a una sociedad que los demás aplauden.

Para no terminar con tono de velorio, tal vez sea buena idea arrojar una vez más una piedra a la laguna quieta de la certeza y la conclusión. Allá va. Hay muchos chilenos que resisten, como los galos a los romanos en Astérix, y se niegan a obedecer a la gran máquina, chilenos que hacen suyo ese dicho de idealismo aggiornado que dice “antes luchaba por cambiar el mundo, ahora lucho por que el mundo no me cambie a mí”. Ellos son muchos aunque son una gran minoría, pero poco les importa la paradoja numérica o la correlación de fuerzas, porque para la gente con valores –aunque ganen poco y pierdan a menudo– la partida no termina en la llegada.

viernes, 22 de enero de 2010

Vanas excusas

Vuelvo a escribir después de un buen rato. Una de las razones para no hacerlo era no tener el tiempo y la calma para hacerlo como quisiera. En otras palabras, no me animaba al quicky, al rapidito, al peor es nada, en versión relaciones textuales. Y he ahí al maligno oculto tras la vana excusa como la traicionera sierpe bajo el leño reseco en la yerma estepa (Epístola a Timoteo, textículos uno y dos, ambos hinchados). Porque así pasan los meses y no pasa nada. Es la tara de pretender subir posts bien acabados y redactados (o sea, un texto ni precoz ni procaz), informados, redondos, amenos, ni muy largos ni muy cortos (con lo que la geometría se fue al carajo porque antes dije redondos y no hay círculos largos). En fin. No debo olvidar que a lo mejor, por error, claro está, alguien lee este blog. Tal vez alguien quería saber el precio del kilo de pepino en los mercados de Tacna y Google lo mandó a mi blog porque tengo un post donde hablo del loco-micro en la Avenida Tacna y otro donde recuerdo a cara de pepino. Bastaría un lector o lectora como estímulo. Como cuando dictaba clases en el pregrado a hordas de palurdos ignorantes y descubría que había unos tres o cuatro que se diferenciaban de la masa oligofrénica porque usaban sus conexiones neuronales y les gustaba la clase. Para ellos era la clase y por ellos se justificaba todo esfuerzo al prepararla. Bueno, volviendo al punto, tal vez la idea sea simplemente hacerle caso a Wilde cuando dice que para escribir se necesita cumplir con dos requisitos: tener algo que decir, y decirlo.

domingo, 13 de diciembre de 2009

El sorteo

“Te vas a arrepentir de tanta cojudez solidaria”. Recordó esa frase –la última que le dirigieron al salir de su casa– en el momento más crítico. El sol, inusualmente fuerte para las ocho de la mañana de un lunes de octubre, estaba derribando sus últimas defensas físicas y, lo que era peor, amenazaba con poder lograr lo que dos amorosos, decididos, y finalmente tercos padres no habían logrado: estaba por convencerse de que realmente había sido una cojudez haber porfiado para ir a hacer la cola del sorteo del servicio militar, como cualquier hijo de vecino, cuando el tío Oscar le podía arreglar el asunto por un módico precio: un lonchecito de domingo, con valses, butifarras y mentiras sobre escaramuzas con los ecuatorianos, además de las infaltables cervecitas heladas. Pero él no quería venderse así de fácil. A sus diecisiete años tenía una ética y, sobre todo, una incipiente conciencia social de identificación con los más humildes que le había dado las fuerzas para enfrentar a sus padres, rechazar los privilegios y decidir acudir al llamamiento oficial aparecido en el periódico. Pero ahora el asunto no se veía tan fácil. Estaba parado allí desde las seis y veinte, hora en que, sobriamente, se colocó detrás de los ocho madrugadores que lo habían antecedido y se dedicó –qué remedio– a observar el paisaje. El cuartel estaba en un malecón, así que se podía observar la playa. No había bañistas, esa playa estaba convertida en un basural. En otro lugar o tiempo los coloridos promontorios de desechos habrían sido dunas grises y los escuálidos gallinazos plomizos serían vivaces gaviotas blancas, pensó. La única figura humana que se podía ver era la de un hombre con sombrero de paja que arrastraba un costal y rebuscaba en la basura. Imaginó la emoción de aquel hombre al descubrir algo valioso en medio de tanta podredumbre, y se dijo que hurgar la basura también podía ser emocionante. Mientras veía planear a los alcatraces hambrientos y constataba que sus limpias zapatillas blancas rompían una suerte de uniformidad de polvorientos zapatos negros de taco grueso (y medias guindas de nylon), transcurrió la primera media hora y la cola superó la veintena de potenciales víctimas del servicio militar.

En la cola, que nacía en las narices de un soldadito cetrino y retaco, y moría mucho más allá de la esquina visible, figuraban conspicuos representantes de una Lima cada vez más híbrida. Desde el hijo-ayudante de vendedor ambulante con algún Terokal en su niñez, hasta los arribistas de clase media venida a mucho menos, respirando superioridad y distancia desde su ropa moderna. No era casual la ausencia de niños-bien; la inmunidad nacida del dinero incluía estos menesteres. La espera se le hacía menos tediosa cuando entraba en escena ese recurrente comportamiento de masas tan cómico como absurdo: cada vez que alguien giraba la cabeza súbitamente, los vecinos de cola primero y luego, en efecto dominó, todos los demás, volteaban también la cabeza buscando la causa de la repentina curiosidad del otro, terminando por desilusionarse por la inexistencia del supuesto evento, sólo para más tarde repetir el inútil ritual ante el mismo estímulo. Se acordó de su profesor de biología, quien acostumbraba decir que no habíamos dejado de ser primates.

Eran ya las nueve y diez cuando abrieron por fin el portón y, al son de los gritos destemplados del alférez a cargo, reprodujeron en el patio interior la fila formada afuera, pero esta vez parados, firmes y en silencio. Le pareció inapropiado que los trataran como conscriptos cuando el trámite a realizar, el sorteo, era precisamente para definir si serían reclutas o no. Pero desechó pronto la idea de usar el sentido común para analizar la situación, recordaba muy bien la autosuficiencia y el desdén con el que el tío Oscar se refería a “los civiles”. No habían pasado diez minutos de tensa calma cuando la voz del alférez tronó.

- O sea que tú eres bacán, ¡Ah! ¿Vivo eres, no?

- ...

- !Ya carajo! ¡Cincuenta ranas o te quedas guardado tres días!

Algún imprudente había desobedecido la orden de mantenerse en pie e inauguraba así la serie de gritos y castigos que habría de marcar la rutina de la siguiente hora, en la que la angustia sustituiría de a pocos el tedio de la espera incierta. Los ánimos de aquellos jóvenes aún anónimos (pronto comenzarían a gritar sus apellidos por un megáfono) estaban ya mermados. La curiosidad y las sonrisas disimuladas que inicialmente habían acompañado la contemplación de los castigos físicos ahora daban paso al temor a ser los siguientes, sin razón aparente. Los demás comenzaban también a desterrar el sentido común de sus reflexiones. Él se preguntó si algún otro estaría pensando también en Kafka, y no pudo evitar un leve sentimiento de culpa después de prejuzgar que pocos o ninguno conocerían al escritor. De pronto le llamó la atención un muchacho pelirrojo, flaco y pecoso; parecía asustado. “Ese colorado fijo que sale sorteado. Tiene cara de perdedor innato, y encima pelirrojo, pecoso y cabezón el pobre. Cargar con esa cara y esa cabeza ya es abuso. Además mira como pidiendo disculpas por existir, eso va a provocar más a los aprendices de sádico que nos están vigilando. Pobre, ése es número fijo, ya está jodido”.


Escuchar sus nombres y apellidos fue una sorpresa. Quedó aturdido, sin terminar de creer que efectivamente era él a quien llamaban ahora para recoger su boleta con la fecha de presentación para el reclutamiento. Realmente no esperaba que el sorteo lo perjudicara. Basaba su confianza en una ley de compensación que él suponía se aplicaba para cada buena acción en la vida. Si él había insistido en rechazar los privilegios ofrecidos por su tío militar entonces lo que correspondía era que no saliera sorteado para hacer el servicio. Era lo justo. Definitivamente esa candidez todavía no cumplía diecisiete años.

Emprendió lentamente la caminata de regreso con ese andar tan particular que sólo los derrotados poseen, sin más compañía que la imagen recurrente del tío Oscar sonriéndole, cachaciento, victorioso; así volvió a ser asaltado por esa especie de odio que alguna vez había sentido escuchándolo hablar de la conveniencia de aplicar una política de “tierra arrasada” para combatir la subversión. “Mira Mechita, si tirándome cincuenta campesinos me voy a bajar a cuatro terroristas, bien tirados están. No hay alternativa. ¿O quieres que les tiremos piedritas con una honda? No pues, la cosa no funciona así. Estamos en guerra, y la guerra la saben hacer los militares, no los políticos blandengues que son puro bla-bla.”

La vereda agrietada, las paredes sucias exhibiendo todavía algunos panfletos de propaganda política, un grupo de perros persiguiendo a una perra en celo, una niña cargando una galonera vacía y cantando el último comercial de shampoo. No reparó en los componentes del paisaje que hacían un contrapunto con la luminosidad del día. Tampoco se dio cuenta de la súbita agitación que siguió al estruendo de dos detonaciones casi simultáneas. Estaba demasiado concentrado en el drama que se le avecinaba, y trataba de recordar si era Lalo o Arturo el que tenía un primo que podía conseguir una libreta militar falsificada. Un hombre y una mujer de aproximadamente su misma edad pasaron a su lado corriendo mientras una señora en alguna ventana gritaba desesperada.

Un golpe en la cabeza, inapropiadamente fuerte para alguien que está de espaldas y no está huyendo, lo derribó. Todavía consciente, sintió cómo llevaban sus brazos hacia atrás mientras algo pesado le apretaba la espalda y algo pequeño y frío entraba en contacto con su nuca.

- Te jodiste conchetumadre, te vas a arrepentir de haber nacido. Vamos a ver si eres tan valiente ahora, terruco de mierda.

Las sacudidas y el ulular constante de una sirena lo despertaron. Aparentemente estaba en un automóvil, a juzgar por el ruido del motor y las sacudidas, pero estaba muy oscuro. Dedujo que quizás estaba en la maletera. Tenía las manos atadas en la espalda. Estaba confundido, el dolor en la cabeza no le permitía pensar con claridad, descifrar la secuencia de hechos que lo había llevado a esa situación. Antes de buscar una salida, quería entender por qué estaba allí. Soportando el dolor y la falta de aire, pudo poco a poco rehacer el camino de la mañana, la espera en la cola afuera del cuartel, la ansiedad una vez adentro. De repente recordó al pelirrojo aquél, al nacido para perder. Reconoció entonces su error: el pelirrojo no había salido sorteado, y él sí.

El hombre con sombrero de paja intenta apurar el paso mientras revisa con un palo la basura en la playa. Sabe que los sábados los soldaditos allá enfrente en el cuartel se divierten disparándole para asustarlo, y no quiere estar en su mira por mucho tiempo. Arrastra con dificultad el saco y aguanta el dolor en la planta del pie cortada por un vidrio de botella. Aunque no ha sido un buen día, el saco ya está pesado: hoy no ha sido exigente con la mercadería. De pronto sus ojos descubren entre restos de verduras podridas y cartones chamuscados lo que parece ser un tesoro. El hombre se detiene, remueve un poco más la basura, y se arrodilla jubiloso. Olvida por un momento los disparos que ya comenzaron a silbarle cerca y abre su saco para guardar su valioso hallazgo. Es mi día de suerte, piensa, segundos antes de darse cuenta que esas zapatillas blancas están unidas a un cuerpo.

(1991)

domingo, 6 de diciembre de 2009

Nada de lo que brilla es oro

Otro cuento. Con el anterior ("La mujer ...."), forma hasta cierto punto un díptico, con miradas opuestas sobre la belleza, o al menos eso se me ocurrió alguna vez sin pensarlo mucho, al publicarlo también en la revista electrónica Ciberayllu. A diferencia del anterior, éste si tiene algo de biográfico, pero -como ya he dicho tantas veces- es una historia que en otro momento contaré.




Nada de lo que brilla es oro

Pablo, despierto hace veinte minutos, lee por tercera vez la leyenda del póster de Machado que lo ha acompañado en cada pared de cada pieza arrendada desde que llegó a Santiago, y que aún no ha despegado por no herir a la distancia al buen tío que se lo regaló hace seis cumpleaños y siete siglos. Hoy no hay camino por andar: es sábado, y el instituto de computación e informática que ya está en el siglo veintiuno y que tiene la clave para tu éxito no abre sus puertas los fines de semana. Tendrá que esperar hasta el lunes para ver a Verónica otra vez. Aprovecha para mirar sin herirse el foco apagado que cuelga del techo y que cada noche le posterga una respuesta.
Toma su block, que se hacina en la pequeña mesa de noche junto con su despertador, una lámpara sin pantalla, El Libro del Desasosiego, y El Túnel, y, como si no lo supiera ya de memoria, vuelve a revisar sus apuntes. Lunes. A ver. Sí. Es la cafetería a diez para las nueve. Casi nunca estás sola. Odio a la enana rubia de la casaca de cuero, seguro que toma el café contigo para recoger miradas de rebote. Infeliz. Me gusta cuando ella te habla y tú no la miras, seguro te aburre comentando la telenovela, y la mirada se te pierde por la ventana, y te imagino imaginando, y ya no puedo evitar soñar despierto, ahora estás sentada sobre mí, iniciando una cadencia lenta, acompasada, mirándome a través de tu pelo que cae hacia adelante y luego otra vez hacia atrás, hasta que mis manos se alzan y aprietan, primero despacio, con cariño, hasta que la pasión se desboca y entonces con más fuerza, y tú llevas la cabeza para atrás al tiempo que gimes por primera vez... hasta que dan las nueve. El lunes está vacío después de las nueve. Lo que sigue es el miércoles a las cinco y media, a la salida del pabellón de aulas. Y de allí no la veo hasta el viernes a las tres, en el mismo lugar. Maldita semana que tiene apenas tres días.
El hambre le indica que el mediodía está cerca, así que no vale la pena desayunar. Afuera, entonces. La calle es la sala de estar de los que arriendan pieza a viejas mezquinas. Claro que en este caso la mezquindad de Doña Norma es casi una reciprocidad con la vida, que le dio apenas un marido que amenazó veinte años con dejarla y que sólo lo cumplió cuando la dejó viuda y sin sonrisa posible. Camina despacio hacia el parque y decide desviarse para pasar por la acera del instituto, sabe que no la encontrará pero quiere al menos compartir espacios a destiempo. Recuerda ese texto de la poeta polaca que habla de la perilla de una puerta como terco puente intemporal entre dos manos que se entrelazarán amantes algún día. Se entretiene haciendo crujir las hojas secas en la vereda, y se pregunta si las que no crujen fueron ya pisadas por otros (¿quiénes?). Inevitablemente vuelve a analizar sus posibilidades.
Puede que se asuste. Bueno, tampoco es tan terrible. Supongo que tendría una segunda oportunidad. Pero ya estaría sesgada por la primera impresión. Sí, hay que pensarla muy bien. Sólo pido que me dé tiempo para preguntarle de qué color es el cielo desde sus ojos. Porque ese es el cielo en el que puedo creer, el otro no me ha servido de mucho hasta ahora. A lo mejor es una pregunta muy violenta para una primera vez. Pero no quisiera caer en la mediocridad de preguntarle la hora o comentar qué frío hace; todavía no desarrollo inmunidad a los lugares comunes. Mierda, ya se acerca la época de exámenes y ahí sí que la cosa se pone jodida: dos semanas sin saberle el rumbo. Todo sería más fácil si de una vez me animara a hablarle. No, no es un miedo común o timidez infantil y punto. Pasa que siento que arriesgaría esta especie de relación que tenemos. Porque soñarla, esperarla, adivinarla, seguirla y despedirla en secreto es para mí ya una relación; me da y me quita vida, me otorga objetivos cada mañana y me impone depresiones cada noche. La otra opción sería acercarme por cartas anónimas, mostrarle algo de lo que le he escrito, jugar a Cyrano. Tampoco me convence mucho.
Sin entender. Amanecer sin entender y preguntar por el eterno regreso de las aves migratorias (alegoría de los deseos inconclusos, de los puñales sin mango). Tener por toda respuesta la inútil promesa del azar determinista y recordar --como si siempre se pudiera volver a empezar-- un pecho abierto inalcanzable como contraseña de una noche perdida en la memoria de un dios insomne. Descubrir por enésima vez la causa y justificación de todas las religiones, todos los poemas, todos los orgasmos y todas las muertes. Plagiar otros dolores al atormentarme con esa imagen de patricia romana concebida como ofrenda a los sentidos. Y llorar un glaciar desconocido que mañana sepultará a un pueblo en tu nombre.
Pablo llega, como cada sábado, a leer a la misma banca del mismo parque. El otoño es el carnaval carioca de los árboles, piensa. El color verdadero nace y muere en otoño, el resto no es más que un estancamiento verde que dura meses, como la rutina de un oficinista, que se hace soportable sólo sabiendo que en febrero llegarán las vacaciones. Del mismo modo, el paréntesis del invierno, el exceso del verano, y la superficial belleza de la primavera se pueden tolerar porque tarde o temprano darán paso al otoño. ¿Cómo explicarle a un ciego los cien tonos del anaranjado? No sé, quizás hablándole de la melancolía del lugar de la niñez, allá lejos, del evocar sentimientos a la vez tristes y dulces, trilces diría el poeta. A veces lo complejo se soluciona con lo simple. El problema es que lo simple a menudo se disfraza de lo tonto. Saca su libro de la mochila y, para no quebrantar el ritual, mira a su alrededor asegurándose de que no haya nadie muy cerca. Pablo es muy sensible a la congestión de almas. Entonces reconoce a lo lejos la ataxia del andar del flaco Varela. Qué mala suerte, parece que justo viene para acá. El flaco es buena gente, pero de comentar los partidos del campeonato y sus seguramente inventadas aventuras sexuales con las amigas de su madre, no pasa. Y sus relatos suelen ser tan breves como la despedida de un borracho.
Esta vez no ha sido ni el fútbol ni sus amantes veteranas. El flaco está muy atribulado porque en su casa le han sugerido, en un tono muy parecido a la amenaza, que se busque un trabajo.
- Entonces tienes que buscarte un trabajo, Flaco, no queda otra. Hay que apechugar.
- Claro, qué fácil: “busca trabajo“. ¿Tú crees que te pediría consejo si la cosa fuera tan fácil como contestar eso?. Parece que no entendieras Pablo, se trata de un conflicto íntimo con mi proyecto personal, con mis valores de vida, se va a truncar mi proceso. ¿No te das cuenta de la gravedad del asunto?
Antes de dejarse llevar por la impaciencia que habitualmente rodea sus encuentros con el flaco, y en un extremo intento de raciocinio solidario, Pablo se abstrae de la perorata y reflexiona. Se da cuenta que su propio dilema, la terrible obsesión que lo acosa día y noche, también podría sonar como un asunto muy simple a oídos de cualquier persona. Del flaco Varela, por ejemplo.
- Flaco, perdona que te cambie el tema pero... ¿Qué harías tú si estuvieras muerto por una chica que no te conoce pero que...
- Haría que me conociera, para empezar. ¿No te parece? ¿O tú crees en esas huevadas de la telepatía? Si no juegas el partido no puedes ganarlo, Pablito. Claro, tampoco puedes perderlo. Pero no jodas, esa es la mentalidad típica del mediocre. Por ejemplo, el charlatán inepto que entrena a la selección...
El flaco seguía hablando de las eliminatorias para el mundial pero Pablo ya no lo escuchaba. Quizás no había que darle tantas vueltas, al fin y al cabo de alguna manera había que empezar, y él ya había evaluado cien veces todas las posibilidades sin convencerse. A lo mejor bastaba con aferrarse a cualquiera de ellas, a la más elemental, y de allí para adelante confiar en su capacidad para tocar de oído. “Dale algún espacio a la inspiración, Pablito, no todo puede planificarse“. Le parecía estar oyendo a su madre hace años, en una ocasión muy distinta. Sonrío mientras comprobaba que extrañaba mucho a su madre --no en vano era otoño-- y supo que el lunes se acercaría por fin a Verónica. A veces lo complejo se soluciona con lo simple, se repitió.
Pablo se sorprende de no estar nervioso. Allí está ella, sentada, diosa, hermosa, y aquí, a sólo unos metros, está él, parado e impidiendo la entrada de la gente a la cafetería. Un empujón cortés por detrás lo termina de decidir (no te olvides; busca lo simple, no te enredes; juega en primera; después habrá tiempo para laberintos y gongorismos).
- Hola, ¿Me puedo sentar?
- Ya te sentaste. Hola. ¿Te conozco?
- (hmm; agresiva; o a la defensiva; de todas maneras no debo mostrarme débil; además sus ojos dicen otra cosa; adelante) No me conozco ni siquiera yo, así que es mucho aspirar a que me conozcan los demás. Soy Pablo. Y tú eres Verónica.
- Sí, soy Verónica. Me imagino que tú también me vas a decir que merecí ganar el Miss 17 del año pasado…
- (epa, información no registrada; igual: no mentir; la mentira tiene patas cortas, dice mi mamá; de todos modos, algo pretenciosa, ¿o no?). No, no veo, bueno, no tengo tele. No sabía que habías participado. Pero supongo que merecías ganar...(torpe, definitivamente pobre; la espontaneidad de un presentador del Oscar; vamos hombre, suéltate).
- Eso ya pasó. Y ahora me tengo que ir. Lo siento, estoy aburrida de que me aborden así.
- (al borde del knock out en el primer asalto; hay que arriesgar). Te invito al cine, hoy. A ver "Caballos Salvajes". Y no puedes decir que no hasta después de ver la película. Ya te explicaré por qué (no tengo la más puta idea de qué le voy a explicar; pero la intriga debería funcionar; una vez allá, algo se me ocurrirá).
- La verdad es que pensaba ir a verla de todas maneras. (¿coincidencia? ¿excusa para no darme un sí abiertamente?). Y creo que mañana la sacan. Así que bueno. Nos juntamos en la puerta del Normandie a las nueve. Y ahora sí me voy.
- Chau, Verónica. (toda una profesional; todo simple; fría sin ser distante; dejándose admirar, apenas).
Pablo ha llegado cinco minutos antes y se entretiene leyendo la crítica de la película aparecida en los diarios. Vaya, otro pelmazo ilustrado exhibiendo su esnobismo. Si les cobraran por cada galicismo innecesario y por cada término ultratécnico la mitad de los críticos tendría que dedicarse a otra cosa. El nerviosismo de la espera le impide seguir leyendo. Ya está cinco minutos tarde. Y ahora diez. Comienza a irritarse con cada persona que llega y que no es Verónica. A todos les encuentra cara de tontos. Dos décimas de segundo de odio por cada uno. Y el reloj dice que son las nueve y cuarto. Esto se pone difícil. A lo mejor no va a venir. O quizás le ocurrió algo. De todos modos, no puede esperar eternamente. Si a las nueve y veinte no llega me voy. Veinte minutos es un tiempo razonable. ¿Razonable para quien?, diría su madre. Finalmente: las nueve y veinte. Bueno, cinco minutos más, sólo por si algún accidente cortó el tránsito, o algo así. No quiere darse cuenta que es capaz de empeñar todo su orgullo y su interminable escala de principios por no romper el lábil eslabón que ahora lo une a Verónica, su primera obsesión. Deja de mirar el reloj para no enfrentar lo evidente. Hasta que por fin.
- ¡Pensé que ya no venías! (estás preciosa; te hubiera esperado otros cien años)
- ¿Compraste las entradas?
- (un momento, ¿ni siquiera "disculpa"?) …
- ¿Las compraste?
- (vamos mujer: no puedes ser así)...
Pablo saca de su bolsillo las dos entradas y se las muestra junto con los restos de algo que hace veinte minutos hubiera sido una sonrisa.
- Vamos entonces, ya debe haber comenzado.
- (sí, y no será porque adelantaron la función; ¿te cuesta tanto ser un poquito más dulce?).
Han salido del cine y Pablo camina mudo al lado de ella, esperando el comentario que no llega. Recuerda que en el instituto prometió explicarle por qué ella no podía rechazar la invitación al cine. Pero no se preocupa por no haber preparado una explicación verosímil. Intuye que Verónica no le preguntará nada. Finalmente, después de un rato,se decide a ser él quien inicie el diálogo.
- La frase del viejo me pareció genial
- ¿Cuál frase?
- Esa. La de que la única manera de asegurarse el no sufrir es no amar nada ni a nadie. Genial.
- A mí me parece trivial, no le encuentro nada muy especial. Además no me gustó ese personaje: demasiado complicado para decir las cosas más simples. Típico fanfarrón argentino.
- Bueno, para hacer arte hay que de alguna manera complicar lo simple, ¿o no? Es más, yo creo que...
- ¿Me acompañas a mi casa o nos despedimos acá?
- (no sé si odiarte por interrumpirme o suponer que quieres que esta noche no termine todavía; en todo caso, si estás interesada en mí lo disimulas muy bien). Te acompaño (dejé decidir al piloto automático, ojalá no me arrepienta).
Pablo no se arredra al enterarse que Verónica vive un poco más allá del fin del mundo, en ese barrio alto que él sólo conoce de nombre. No importa, aquí estoy y voy a seguir hasta el final. Cuántas noches soñé con vivir una situación como ésta... sí, pero hay algo que falta, o que sobra, no sé bien qué, pero me incomoda. En fin, ya habrá tiempo mañana para arrepentirse. Suben al microbús. Afortunadamente hay dos asientos vacíos juntos. Voltea a mirarla y la halla sonriendo desde el Olimpo. Y sigue sonriendo, abusando de su belleza, cuando se sienta a su lado. Maldita ambigüedad que se instala entre los instantes. El jardín de senderos que se bifurcan: Borges y las infinitas posibilidades finitas, eso es. Pablo siente que se aproxima al umbral de una decisión: el camino de la izquierda no se encontrará jamás con el de la derecha. Eso es lo que le incomoda. Al poco rato sube un vendedor ambulante y, antes de ofrecer sus parches-curita a cambio de una moneda, narra de modo sumario las más recientes desgracias de su vida, apelando a la buena voluntad del respetable pasajero que seguramente sabrá comprender. Pablo inmediatamente hurga en su bolsillo. No lo hace para impresionarla. Hace tiempo decidió que todo análisis o justificación sobre el dar o no dar sale sobrando frente a la inasible dimensión del sufrimiento ajeno: él simplemente da, sin sentirse por ello un poco más lejos del purgatorio, si es que existe.
- No le creas, son puras mentiras. Seguro se va a gastar la plata en licor más tarde. Me parece realmente despreciable que estos tipos abusen de la candidez de la gente. Gente como tú, por ejemplo. No deberían dejarlos subir.
- (oye, eso sonó muy parecido al prototipo de lo que odio).
Casi inmediatamente, aparece una señora con bolsas del supermercado y sin asiento a la vista. Pablo se levanta y le cede el asiento, necesita pensar. Pero no ha logrado poner nada en orden todavía cuando la señora se levanta y agradeciéndole al joven se instala en otro asiento. Quizás lo hizo para no estorbar a la pareja que cree ver, quizás simplemente quería estar más cerca de la puerta del microbús. Poco le importa a Pablo resolver esa cuestión, necesita poner orden en su cabeza.
- Oye, ¿Tú ejerces de buen samaritano siempre o estás tratando de impresionarme? Porque te aviso que no vas por buen rumbo. A mí me encanta el Jota (y quién carajo es el Jota) porque no se deja embaucar por las viejas devora-asientos. Cuando ellas comentan “parece que no hay caballeros en este micro” él les dice “No señora, caballeros sí hay, lo que no hay son asientos”.
Pablo atisba que pronto va a escuchar ese ruido de vidrios quebrándose, y se aferra a una última opción.
- Esa señora podría ser tu madre, ¿Te gustaría que no le dieran el asiento y encima se burlaran de ella?
- Aparte de melodramático eres ingenuo. Mi mamá ni muerta se subiría a un micro.
Y ahora sí. Pablo escucha ese sonido de vidrios quebrándose que escuchó por primera vez cuando Luisa, sin mediar preámbulo, le dijo “no quiero seguir”. La sensación de incomodidad se convierte en angustia y después en ahogo. No quiere luchar más contra sí mismo. Un ahora sí último intento por buscar una señal, un indicio sutil de que algo quizás valioso se esconda detrás de esa belleza tan apabullante como fría, se estrella contra la palabra “nada”. Entonces, todavía azotado por la marejada que va y vuelve de la frente al pecho, decide terminar con todo de una vez. Dedica todavía unos instantes a meditar las palabras de despedida, oscilando entre la ironía cáustica y la excusa cínica. No, no vale la pena, no se merece siquiera eso, yo me bajo ahora mismo. Pablo no alcanza a escuchar el “qué te pasa” que sin mucha emoción le lanza Verónica mientras se dirige a la puerta omitiendo la despedida.
Apenas baja experimenta una sensación de alivio infinito, un torrente de aire fresco le llena los pulmones. Mira a los costados, identifica las avenidas, ubica un paradero cercano; pero finalmente decide volver caminando. Nunca hay apuro para quien no es esperado por nadie. Y esa vieja sólo espera la llegada del fin de mes, para poder cobrar. Se siente hasta arrullado por los ruidos y los juegos de luces y sombras de la avenida que le confieren el sano anonimato que en esos momentos necesita. Pablo se sorprende con un nudo en su garganta al recordar la emoción con la que se preparó para la cita. Tanta pasión para nada. Recuerda ese cuento en la antología de cuentos sobre fútbol que publicó Valdano. No se lo merece, ¡No seas huevón! Se detiene, respira profundamente, abre su mochila y, a manera de exorcismo, arruga y tira el papel que sólo cuatro horas antes había llenado con la mejor de sus caligrafías. Un papel donde una mano enamorada transcribió frases acerca del eterno regreso de las aves migratorias. Piensa ahora que el siguiente texto dirá algo así como “derrota de la obsesión a manos de la nada”, pero decide no trabajar en él antes de llegar a la casa: quiere tener la cabeza despejada. Sigue caminando y recuerda aquello de que las cosas más complejas pueden resolverse de la manera más simple. Y no sabe si sentirse por ello más niño o más adulto. Al llegar a la esquina se detiene a leer los periódicos en un quiosco. Experimenta un súbito afecto por las otras personas que leen a su lado, como si descubriera de pronto que es parte de una hermandad, algo así como la cofradía de los que no necesitan demasiado para ser felices, de los que buscan sin saber bien qué. Todos los titulares giran alrededor del próximo partido de la selección de fútbol. Dos minutos después reinicia su caminata, sin prisa. Sí, el flaco Varela tiene razón : con ese incapaz como entrenador no vamos a llegar a ninguna parte.