domingo, 26 de junio de 2016

El fútbol y el azar

Hoy se juega la final de la Copa América, o algo así, porque -a juzgar por sus últimas declaraciones oficiales- la Conmebol todavía no se pone de acuerdo consigo misma sobre si el equipo ganador de la final será Campeón de América o no. Nada, un detalle insignificante. Además, no nos pongamos exigentes con la Conmebol. Lo suyo es reservar hoteles 6 estrellas para sus dirigentes y cobrar sobornos por los derechos de transmisión televisiva. Sería injusto exigirle que tuviera claro qué es lo que está en juego en sus campeonatos, o que antes del partido sonara el himno correcto del país competidor, o que el diseño de las sedes de los partidos no implicara que cada futbolista acumulara millas para dar la vuelta al mundo dos veces. Pero volvamos al fútbol, hoy se juega la final entre Argentina y Chile. Se supone que debe ganar Argentina, porque tiene mejores jugadores (el mejor del mundo entre ellos) y porque en la primera ronda ya se enfrentaron y Argentina ganó con claridad. ¿Es así realmente?

Pues no. La historia del fútbol está llena de ejemplos en los que el mejor equipo no gana la final. En el caso de los mundiales, basta mencionar a Hungría en el 54 (perdieron ante alemanes dopados), Holanda en el 74 (perdieron ante una Alemania muy efectiva), o Brasil en el 98 (perdieron porque Ronaldo tuvo una crisis nerviosa antes del partido). En el mundial 2014 Argentina no fue campeón porque en la final Messi, Higuaín y Palacio fallaron goles increíbles que nunca fallan en sus clubes, y el año pasado Argentina -siendo el mejor equipo- tampoco fue campeón en la final de Copa América ante Chile, perdiendo por penales tras un partido mediocre. El antecedente de primera ronda en la misma Copa no es muy útil tampoco para predecir el resultado de la final. Sin ir más lejos, el año pasado Argentina empató con Paraguay en primera ronda pero en la semifinal Argentina lo aplastó 6-1. Siguiendo la discusión sobre campeones justos o previsibles, podríamos cruzar el charco y mencionar a dos campeones de la Eurocopa: Grecia en 2004, que la ganó defendiendo con 11 y buscando no tener la pelota nunca, y Dinamarca en 1992, que la ganó sin haber clasificado al torneo y la invitación para reemplazar a la vetada Yugoslavia llegó cuando los jugadores daneses ya estaban veraneando en la playa.

Al margen de casos, anécdotas o estadísticas, con los que podría atormentarlos el día entero, la pregunta de fondo es: ¿los campeones son los mejores? En torneos largos, como la Liga española, es difícil negar que tras 38 partidos el campeón merece serlo, porque el efecto de la mala suerte y los arbitrajes erróneos o corruptos debiera diluirse a la larga (claro, los malos perdedores, como Mourinho, siempre encontrarán alguna teoría conspirativa a la cual aferrarse). Pero en campeonatos cortos, con finales a un solo partido, no hay manera de saberlo. Dejemos un instante el fútbol para mirar la última final de la NBA, entre Golden State y Cleveland. La final define al mejor tras un máximo de 7 partidos y llegaron al último (3-3), donde faltando 1 minuto de juego el partido estaba todavía empatado. ¿Alguien puede afirmar que un equipo merecía más el triunfo que el otro, y que el ganador fue mejor que el perdedor?  El azar tiene mucho que decir en estos casos, mucho más de lo que el lector supone. Intentaré explicarlo de manera simple ahora (tal vez más adelante escriba un post profundizando en el tema). Es muy improbable que al lanzar una moneda al aire salga cara 10 veces seguidas, pero no es imposible, puede ocurrir. Visto en grandes escalas de tiempo, los fenómenos muy improbables tienen que ocurrir en algún momento, y justo puede tocarnos ser testigos de ello. Entonces no es descabellado aceptar que es posible que nos toque ver que un equipo malo gane -o un equipo bueno pierda- varios partido seguidos, principalmente por suerte.

La ciencia lo tiene claro, pero el rol del azar es algo que los hinchas (irracionales por definición) y los periodistas deportivos (ignorantes por vocación) no consideran en lo absoluto cuando el equipo propio pierde. Más fácil y mejor visto es pedir cárcel para el entrenador e insultar a los jugadores. Y así se llega a la barbaridad de despedir a técnicos tras cuatro fechas (un clásico en campeonatos cortos en Argentina) o, como vimos en esta Copa América, despedir a Dunga porque Brasil perdió ante Perú con un gol con la mano (yo lo habría despedido así saliera campeón, por negar la identidad del fútbol brasileño con sus convocatorias, alineaciones y esquemas de juego). Es algo tan inteligente como decidir si un caballo hará una buena o mala carrera a partir de su posición 5 segundos después de la partida. En fin, a lo que quería llegar es que esta reflexión sobre el papel del azar, lejos de hacernos sentir absurdos por apoyar a nuestro equipo y emocionarnos con un partido, debiera ayudar a recordarnos de que a fin de cuentas el fútbol sigue siendo lo que era en sus inicios (y en nuestros inicios): nada más que un juego.



domingo, 19 de junio de 2016

Los idiotas

Al final del post anterior, y en presencia de mi mujer, me comprometí a cumplir, por más cansado o atareado que estuviera, con uno por semana (me refiero a los posts). En ese momento no sabía que poco más de 12 horas después me encontraría con la demostración experimental de que mi cara es menos dura que el suelo. Ahora, con doble fractura nasal y las -según yo- invisibles secuelas neurológicas de dicho traumatismo craneoencefálico tras síncope vaso-vagal (el amable lector podrá discrepar), me sobran las excusas para no cumplir mi promesa. Pero no quiero parecerme a un político y entonces decido escribir esto, aunque sea por cumplir. No está tan mal hacerlo por cumplir, tal como lo hacen algunas parejas maduras, ella mientras repasa la lista de la compra, él mientras trata de recordar el horario del partido, ambos sabiendo que el trámite será breve. Afortunadamente no es mi caso (el de ser una pareja madura). Volviendo al tema, y aceptando la posibilidad de que tras dicha verificación experimental debo haber quedado un poco más idiota, voy a hablar de ellos.


Hace poco se murió Umberto Eco y al día siguiente la humanidad ya era, en promedio, un poco más estúpida. Y el erudito, que lo sabía todo, no ignoraba que así sería. Es más, tenía identificadas las guaridas predilectas de los enemigos del conocimiento, las ruidosas promotoras del embrutecimiento contemporáneo: las redes sociales. “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”. Algo muy cercano planteó el escritor Javier Marías el año pasado: "Por culpa de las redes sociales, que por supuesto tienen mil cosas ventajosas, se produce un fenómeno nuevo, muy preocupante: que la imbecilidad está organizada por primera vez en la historia”. Y continúa: "En la historia ha habido siempre mucha imbecilidad, pero nunca ha estado organizada ni había tenido la capacidad de contagio masivo, inmediato y acrítico que tiene ahora". Cito al italiano y al español porque los conozco y he seguido su producción  (recomiendo “El péndulo de Foucault” y “Mañana en la batalla piensa en mí”, respectivamente). Pero para que no se me acuse de elitismo intelectual, aquí les dejo al buen Pipi, vocalista de The Locos, cantando más o menos lo mismo (“Lloviendo idiotas”), con cierto énfasis en la degradación mental causada por los reality shows y pseudo-concursos de TV con famosillos oligofrénicos.

Llueven idiotas. Esta parece ser una verdad tan irrefutable como el teorema de Pitágoras. Se puede confirmar en apenas un par de horas, leyendo los comentarios en las dichosas redes sociales, en los periódicos online y hasta en youtube. No falla. Allí donde sea libre emitir opinión uno se encontrará con un rosario de manifestaciones de una imbecilidad excelsa, abismante, digna de recibir un diploma firmado por ese ex-presidente que tú ya sabes. Eso, por supuesto, en los casos en los que el texto del idiota de marras sea remotamente legible, porque para ellos la ortografía y la sintaxis son como el virus ébola, algo muy lejano que solamente le preocupa a unos pocos. Muy a menudo la estupidez se manifiesta gracias a convicciones nacionalistas, racistas, religiosas, homófobas, machistas, o todas las anteriores (en el caso que nos encontremos frente a un imbécil de tipo integral), pero a veces el disparate, la violación de la lógica, la incoherencia argumental, ocurren al margen de esas corrientes malsanas (en lo que denominaremos imbéciles free lance). En la misma línea, uno podría intentar una clasificación, una suerte de bestiario, una taxonomía de los orgullosos imbéciles que cada día nos hacen considerar el lado bueno del holocausto nuclear, pero creo que sería un ejercicio inútil. Mejor será, a manera de ilustración amena, señalar algunos ejemplos, apenas unos cuantos, porque pretender hacer un listado medianamente acabado me podría tomar el resto del día, o de la vida. Además, ya lo dije, los ejemplos están al alcance de todos. Me conformaré con mostrar unas cuantas perlas leídas en las últimas semanas.
En un reportaje de un diario chileno, se señalaba el insuficiente financiamiento de la ciencia local y la dificultad para conseguir empleo de los científicos que regresaban del extranjero con un doctorado bajo el brazo; en la sección Comentarios, un iluminado opinaba que está muy bien que no se malgasten recursos en los científicos, pues muchos de ellos son ateos e izquierdistas. Un fenómeno recurrente en los periódicos argentinos es que, si la noticia es sobre fútbol, no es posible que una mujer haga un comentario (da igual que sea blando,  neutral, o combativo) sin que a continuación varios comentaristas hombres la inviten a volver a la cocina, a planchar, y a practicarles sexo oral. Ayer un futbolista argentino compartía la foto en el vestuario tras el triunfo ante Venezuela, y además de mostrar a todos los jugadores enchufados a su teléfono, el paisaje incluía, como en cualquier camerino post-partido, un reguero de prendas en el suelo: camisetas argentinas, venezolanas, vendas, canilleras, medias, etc; entonces no faltaron los comentarios de patriotas venezolanos (patriota e idiota suenan parecido, en el fondo son sinónimos) denunciando desprecio e irrespeto por su camiseta (un nuevo símbolo patrio, aparentemente). Para cerrar, a propósito de la matanza en el club gay de Orlando, un columnista en un diario peruano señalaba lo obvio, que en una sociedad democrática los homosexuales y heterosexuales deben tener los mismos derechos; el autor de uno de los comentarios con mayor valoración positiva, y al que podríamos calificar de idiota de proporciones bíblicas, clamaba al cielo y vaticinaba que (sic) “con el cuento de que tienen los mismos derechos, pronto saldrán pedófilos a reclamar sus derechos, los que quieran tener relaciones con sus hijos, con sus padres, con sus hermanos, cual sería la diferencia? Permitir a los homosexuales lo que están pidiendo será abrir la puerta a Sodoma y Gomorra”.


¿Tienen razón Pipi -cuando canta que triunfó la estupidez- y Javier Marías -cuando escribe que nunca la imbecilidad se contagió tanto como ahora? Obviamente no tengo cómo saber si ha ocurrido o no semejante fenómeno de escala planetaria (ya tengo bastantes dificultades con poder sonarme la nariz), pero confieso que hay días en que creo que aciertan con su derrotismo. Sin embargo, una mirada menos apasionada tal vez le conceda la razón al erudito que cité en primer lugar. Tal vez Eco está -una vez más- en lo cierto y siempre ha sido así, siempre hemos estado rodeados de idiotas, pero no lo sabíamos; no los veíamos ni los escuchábamos, por lo tanto no existían. Ahora, con tanta red social y comentarios online, parecen haber surgido del subsuelo como plagas de zombies o uruk-hais, pero en realidad siempre estuvieron allí. Antes solamente martirizaban a sus vecinos y familiares cercanos, ahora los sufrimos todos los que tenemos la mala idea de leer sus comentarios. Al parecer uno tuvo la suerte, el privilegio de crecer en una bella burbuja donde todos sabían la diferencia entre “a ver” y “haber”, donde la palabra Leonardo remitía a un genio renacentista y no a un actor de Hollywood, donde la coherencia lógica era la norma y no la excepción. Esa burbuja, como todas las burbujas, estuvo y está rodeada de un amenazante mar de agua. Pero la físico-química nos cuenta que también, y aquí está la gracia, puede ocurrir el fenómeno de que dos burbujas se encuentren y en lugar de disolverse se fusionen, formando una burbuja mayor. Que así sea.   





domingo, 12 de junio de 2016

Por una cabeza

En el post anterior anunciaba que iría a votar en la segunda vuelta por quien no se apellidara Fujimori, es decir que votaría por la alternativa democrática a la corrupción autocrática ahora financiada por el narcotráfico. Pero no pude hacerlo porque una piedra se interpuso en mi camino. No, no se trató de un derrumbe de rocas en la autopista. Los médicos le dicen nefrolitiasis, los matemáticos prefieren el término cálculos renales, pero el pueblo les llama piedras en el riñón. No entraré en detalles morbosos, simplemente me tocó recibir mi cuota de dolor 2016. El caso es que, por más incapacitado que estuviera para viajar por tierra 450 km, igual me sentía culpable por ese voto de menos contra la amenaza Keiko, hasta que leí que su hermano Kenji tampoco había ido a votar ese día. Así, gracias a la pataleta del sujeto que de niño se divertía lanzando hondazos a ministros y generales que visitaban a su papi y a su tío Vladi, y que ahora, creyendo en los derechos de sucesión dinástica, se ha auto-designado candidato presidencial para el 2021, me sentí redimido y aliviado.

Mucho más alivio sentí cuando mis ruegos a Baal fueron escuchados (pensé en aquello del sacrificio de una virgen, pero no conozco a ninguna) y a última hora el antifujimorismo le dio vuelta a las encuestas, encumbrando a la presidencia a un Kuczynski que había hecho todo lo posible por perder la elección. Con una coherencia de discurso y una conexión con la realidad que hacen recordar al abuelo Simpson, y la capacidad oratoria de una momia de museo, PPK estaba pavimentando el retorno al poder de la desgracia fujimorista. Hasta que el movimiento No a Keiko volvió a desbordar la calle en manifestaciones masivas y -más importante aún- la líder de izquierda Verónika Mendoza salió a pedirle a sus seguidores que votaran por el derechista PPK (el mismo que la había tildado de “esa roja que no ha hecho nada en su perra vida”)... y el Perú se salvó, por una cabeza (0.2%), de convertirse en un narco-estado en el corto plazo.

También puede haber colaborado en convencer a algunos indecisos el hecho de que sobre el final de la campaña el partido de Keiko mostrara su entraña tramposa de linaje montesinista (manipulación de audios enviados a los medios) y de financiamiento narco. Puede ser, pero el núcleo duro de apoyo al fujimorismo no entiende mucho de moral ni de razón. Es triste reconocerlo, pero los datos muestran que son los sectores más pobres de la sociedad, aquellos que tienen menos años de educación, los que votan mayoritariamente por Fujimori. Son los mismos que al recibir ayuda no distinguen entre clientelismo y deber de estado, los que confunden pragmatismo con atropello al orden constitucional, y entonces votan por la figura del japonés que hizo muchas obras pero también robó como nadie y destruyó la institucionalidad del país, una catástrofe cuyas secuelas estamos todavía sufriendo.

Sorprende y sobrecoge la fragilidad del análisis electoral de los desfavorecidos. Lo primero en lo que uno piensa es en la falta de educación, en la carencia de recursos analíticos frente al discurso electoral. Pero tal vez sea que la necesidad de enfrentar urgencias básicas cada día posterga cualquier disquisición política por frívola. O quizás simplemente están cansados de tanta desilusión y marcan cualquier cosa sin pensarlo mucho, acudiendo a votar solamente para evitar la multa. En la primera vuelta, estaba en la cola para votar en una escuela de Valparaíso, y el ambiente era grato, relajado. El hombre delante de mí, un trabajador de una empresa de transportes, ya me había hecho reír contándome lo estrafalaria que era la firma de un cliente. Cuando ya era el primero en la fila, la mujer que estaba detrás de mí, de aspecto muy humilde, me dice “por quién votaremos, ¿no?” y me queda mirando, como pidiendo orientación. Por un instante pienso en decirle “por cualquiera menos Keiko”, pero eso es ilegal, así que me contengo. Solamente sonrío y le digo en buen tono “señora, eso tendría que haberlo pensado antes”. Me acordé de ella muchas veces en el camino de regreso, abismado por lo fácil que hubiera sido manipular su voto.

Se salvó la democracia peruana y eso es lo que estamos celebrando. PPK fue un pésimo candidato pero podría ser un buen presidente; eso sí, la gobernabilidad será complicada con el parlamento dominado por una aullante mayoría fujimorista. Ya veremos si cumple lo prometido, y combate la pobreza y la inseguridad, o, como buen derechista, se dedica a cuidar los negocios de los empresarios. Las primeras señales han sido positivas. No creo que haga un mal gobierno, pero si lo hace, sabemos que pasados 5 años, como todos los últimos presidentes de apellido distinto a Fujimori, se irá a su casa. La disfuncional, excluyente e injusta democracia peruana ha sabido mantenerse en pie a pesar de todo. Primero fuimos capaces de tolerar a un enano borrachín mitómano que llegó al final de su gobierno con 6% de aprobación, pero que fue elegido por pelear en la calle contra el fraude electoral fujimontesinista que lo despojó de su victoria. Luego, para evitar a un Humala cuyo círculo hablaba de ir a la guerra con los vecinos, fusilar a los gays y ser un satélite chavista, reincidimos en ungir a un mastodonte ególatra y corrupto con el don de la palabra, que robó un poco menos que en su primer gobierno pero que vendió indultos a los narcos. Finalmente, para impedir el retorno de la mafia fujimorista, hace 5 años elegimos -y estamos terminando de soportar- a un inútil pusilánime que prometió una gran transformación social y solamente transformó su patrimonio. Ahora, para salvarnos de la catástrofe, estamos eligiendo a un gringo anciano (tiene nacionalidad estadounidense y 77 años) con pasado de lobbista internacional. Que los dioses nos ayuden.

PD: reincidiendo en antiguas promesas incumplidas, declaro que pretendo retomar este abandonado blog, con un post cada domingo.  

sábado, 9 de abril de 2016

Apocalipsis now

Mucha gente está anunciando por redes sociales su preferencia electoral para las elecciones de mañana, algunos usando argumentos no más razonables que hacerlo basándose en el horóscopo, el santoral, o las profecías de Nostradamus. Bueno, aquí va mi opinión. Aclaro que me enfoco en lo inmediato, la primera vuelta, y en los tres candidatos con opciones de pasar a la segunda vuelta junto con Keiko Fujimori: Verónika Mendoza, Pedro Pablo Kuczynski y Alfredo Barnechea. Para la segunda vuelta tengo claro que votaré por quien no lleve el apellido del dictador corrupto que destruyó institucionalmente al país, pero ya habrá oportunidad de hablar de ello más adelante.


La historia electoral del Perú, nos dicen los analistas políticos, está llena de incoherencias entre el plan de gobierno del ganador y lo que realmente hizo durante su gobierno. Ese divorcio entre lo prometido y lo cumplido dejan al elector con menos elementos de juicio de los deseables, pero así estamos, esto no es Suecia. ¿Qué queda? Guiarse por las personas y las ideas de fondo, los valores y asuntos fundamentales. Las personas hacen la diferencia. Un gobernante corrupto -al margen de sus ideas- es lo peor que le puede pasar a un país. Su corrupción va pudriendo todo poco a poco y al final el proyecto de país es reemplazado por proyectos personales o empresariales. Con la amenaza real de que el Perú se convierta en otro narco-estado, la integridad moral de los gobernantes se vuelve más necesaria todavía. Por otro lado, un asunto clave es combatir la desigualdad. Los promedios son mentirosos. Si el promedio de ingreso de tu barrio es 500 y llega un vecino que gana 10000,  es cierto que el promedio de  ingreso de tu barrio se ha multiplicado, pero tu calidad de vida es la misma, o peor, porque no será muy grato ver tanta riqueza comparada con tus carencias. Esto es algo que muchos no entienden, pero como los medios están dominados por los favorecidos de siempre, el dogma (equivocado) de que lo único importante es el crecimiento económico (y la inversión que lo genera) no se cuestiona. El bienestar de un país se expresa mejor por el índice de desigualdad que por el promedio de ingreso per cápita. La desigualdad legitimó el discurso inicial y permitió el crecimiento de ese monstruo llamado Sendero Luminoso. Entonces, en primera vuelta...   


No votaré por PPK. Me parece una persona capaz, aunque algo menoscabada a sus 77 años. El problema es que su capacidad a menudo se ha dirigido a favorecer a los ya favorecidos, lo que lo define como un hombre de derecha. A lo largo de distintos gobiernos con los que ha colaborado, PPK ha sido muy eficiente en generar contratos o beneficios para grandes empresas, en detrimento del estado de turno o de la competencia justa. Es el candidato de “El Comercio”, y eso ya es bastante decir en cuanto a quiénes beneficiará su hipotético gobierno. También me desmotiva a votar por PPK el recordar el mitin de cierre de campaña de Keiko Fujimori en la elección anterior (2011), y verlo a él preguntando a la multitud “¿Quién acabó con el terrorismo?, ¿quién acabó con la hiperinflación? Yo no olvido y ustedes tampoco […] Tenemos que tener esperanza en un Perú mejor, que en 5 años sea un país más próspero y menos pobre, queremos una economía estable. Y Keiko sí puede.” Esta alabanza al padre de la candidata (aparte de no ser cierto que Fujimori acabó con “el terrorismo”) me hace pensar que sus convicciones democráticas tienen límites.


No votaré por Barnechea, pero sería mi segunda opción. Comparto en buena medida su visión de la realidad peruana y lo que hay que hacer para mejorarla. No lo veo comprometido con el poder empresarial y me parece un tipo honesto, culto e instruido. Está a la cabeza de un viejo partido de centro que nos dio dos presidentes relativamente buenos y que apenas ha logrado sobrevivir al descalabro institucional que generó el tsunami Fujimori. Pero veo su candidatura algo improvisada (el plan de gobierno se hizo a última hora) y a él mismo lo veo poco comprometido con la tarea, pareciera que lo hubieran obligado a ser candidato (me recuerda a los presidentes de asociaciones de padres de familia). El problema es que ser presidente en un país muy presidencialista desgasta muchísimo, hay que dar peleas en muchos frentes, y si no estás con toda tu energía...mala señal.


Votaré por Verónika Mendoza (y viajaré 450 km para hacerlo, de La Serena a Valparaíso). Es una persona honesta, instruida, genuinamente integrada a las distintas realidades del país, con mucha energía, y con una sensibilidad de izquierda. Es decir, está más preocupada por la desigualdad social que por los grandes negocios (los que inevitablemente benefician a unos pocos). Está a la cabeza de un conglomerado donde conviven la vieja izquierda de siempre, los intelectuales progresistas, y los nuevos movimientos sociales surgidos en defensa de la gente y el medio ambiente contra los abusos de la explotación minera (por razones que no entiendo, las mineras han elegido hacer las cosas mal, pudiendo hacerlas bien). Destaca este partido por su pensamiento moderno, evolucionado, respecto a los derechos de las minorías sexuales y al fin de los privilegios de una de las iglesias en un país oficialmente laico. En su equipo de gobierno hay gente capaz, pero por ahí pasan mis principales dudas, si acaso será un gobierno honesto, con una retórica convincente, pero poco eficiente en los hechos, como fue el de la alcaldesa de Lima. Espero que sepa corregir el rumbo si es necesario, como supo salirse tempranamente del partido de Humala cuando se dio cuenta de que “la gran transformación” que anunciaba Ollanta no era más que la transformación del patrimonio de su familia.


Dan ganas de votar por Mendoza y el Frente Amplio (FA) solamente en reacción a la campaña sucia, plagada de mentiras, que los medios han hecho contra ella en las últimas semanas (sólo falta que la acusen de causar la explosión de Chernobyl) y que mucha gente repite sin pensar. Me tomaría demasiado espacio comentarlo todo (la ignorancia es infinita) pero algo intentaré:


Hablan de que llega el comunismo. Quien dice eso o no sabe lo que es el comunismo o no ha leído el programa del FA. Ser de izquierda no significa ser comunista (así como ser de derecha no significa ser neonazi, y ser imbécil no significa ser Donald Trump). Vamos muchachos, lean un poquito, el conocimiento no duele. El proyecto del FA está más cerca de la socialdemocracia sueca, que trajo prosperidad con equidad a su sociedad haciendo un pacto social con el empresariado, que del socialismo venezolano, un engendro corrupto, autocrático e inútil que ha traído desgracia a su sociedad. Los economistas que están en su equipo son personas con peso académico y experiencia, de ninguna manera van a lanzar al país a una aventura suicida. Tendrán que lidiar con el inevitable boicot interno empresarial a todo gobierno progresista, pero ahí entrará en juego la muñeca política para no pelearse del todo con ellos pero tampoco ponerse a sus órdenes, como Humala. Les vienen tiempos difíciles, por el frenazo chino, pero hay esperanza. A propósito, es risible que se hable de no detener el crecimiento, o ver a Toledo o García colgarse las medallas del crecimiento económico reciente, cuando todo era causado por la locomotora china comprando metales, y ahora que se detuvo, todos los gobiernos son impopulares.


Repiten y repiten que el Perú será Venezuela, como si fuera la única posibilidad de un gobierno de izquierda. Yo confío en que el gobierno del FA no sea como en Brasil, donde los gobiernos del PT (también anunciados como el apocalipsis comunista) se entregaron a la corrupción (pero al menos se redujo mucho la desigualdad), o como Chile, donde los gobiernos de la Concertación (también anunciados como el apocalipsis comunista) se han vendido o alquilado al empresariado local a costa de los bolsillos de la gente, y la elevada desigualdad no ha disminuido un ápice. Otro mundo es posible. Se puede tener un gobierno de izquierda en el que las cuentas del país estén en orden, y crecer moderadamente, y al mismo tiempo tener un estado fuerte y regulador que garantice muchos derechos sociales a la población, en plena libertad, con menos racismo (el Perú está muy atrasado en extirparlo) y más respeto a los derechos de las minorías, y reduciendo la brecha entre pobres y ricos. Ese país existe, se llama Uruguay, encabeza casi todos los ránkings de calidad de vida en Sudamérica, y tuvo hace poco al presidente más honesto y solidario que se recuerde, el ex-guerrillero Pepe Mujica. Curiosamente, el Frente Amplio, el partido de Mujica y Tabaré Vázquez, ha ganado las últimas tres elecciones presidenciales. Parece que la gente le agarra el gusto al apocalipsis.

  

lunes, 8 de junio de 2015

La luz infame

La imagen podría ser bella. Una luz rompiendo la oscuridad imperfecta de la noche urbana, recordando la fogata ancestral a cuyo abrigo surgieron el hacha de mano y la filosofía.
La imagen podría ser bella, pero no lo es. Y es que la oscuridad se ha trizado, pero herida por la luz infame de libros ardiendo. 
En La Serena, la ciudad donde vivo, se incendió una casa patrimonial de mediados del siglo XIX. En uno de sus rincones estaba la librería de la Universidad de La Serena, y en otro estaba el salón donde presenté Amarilis, mi primera novela. Nada queda ahora. Se quemó, al parecer por negligencia humana. Y otra vez el espectáculo perturbador de libros ardiendo. Como los cristianos de Teófilo y luego los musulmanes de Omar quemando la Biblioteca de Alejandría por razones opuestas e idénticas: por amor al dios verdadero, como los nazis quemando libros de autores judíos en cruel ensayo de lo que serían después hogueras humanas, como los milicos de las dictaduras argentina y chilena quemando libros que su escasa inteligencia les sugería peligrosos a partir del título o el color de la tapa. 
La imagen de libros ardiendo, sea por maldad declarada o negligencia casual (dos formas de la ignorancia, quisiéramos creer) ofende, agrede; sea una biblioteca que guardaba el conocimiento de la humanidad entera o una sencilla librería de provincia. Esta librería no era la biblioteca de Alejandría, pero allí te recibían con amabilidad Alejandro y Flor María, editor y secretaria. Allí convivían en santa paz -como en el tango Cambalache- el genio singular de Auster y la vergüenza ajena de Coelho, las novelas de los escritores del boom -vigentes hace medio siglo- y los indigentes libracos de auto-ayuda, olvidables al día siguiente de nacer. 
Detrás de la librería, en el almacén, estaban los ejemplares no vendidos de Amarilis, que tuvo una tirada de 500. Mis estudiantes comentaban, con negro humor heredado, que entonces se quemaron 490. Da igual, se quemó todo. Pero la respuesta frente a esas tragedias ha sido siempre la misma: reconstruir, volver a armar las cuatro paredes y cincuenta estantes que habrán de acoger el conocimiento y la imaginación de tiempos pasados y presentes. Así lo hizo Ricardo Palma, que fue puerta por puerta mendigando libros para rearmar la Biblioteca Nacional del Perú, saqueada por el ejército de ocupación chileno. Así lo hicieron antes los bibliotecarios de Alejandría que no fueron asesinados por las hordas fanáticas de religiones infalibles. Así, quisiéramos imaginar, aunque no lo dice Umberto Eco, lo haría el joven Adso en el monasterio benedictino de El Nombre de la Rosa tras el incendio en el que se consumieron los peligrosos textos de comedia de Aristóteles (la risa invoca al demonio). 
No hace falta ser bibliófilo, escritor, librero o bibliotecario para que se apriete el pecho al contemplar libros ardiendo. Hace falta apenas ser humano, porque ese triste espectáculo maltrata una fibra esencial de lo que nos hizo (y ojalá todavía nos siga haciendo) humanidad. En este sentimiento de duelo y de terca persistencia, quiero recordar los dos tercetos del soneto de Quevedo:

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, 
Venas, que humor a tanto fuego han dado, 
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado; 
Serán ceniza, mas tendrá sentido; 
Polvo serán, mas polvo enamorado.


sábado, 18 de abril de 2015

Cuando los futbolistas eran hombres

Yo le caía mal a Luis Cruzado, y él me caía mal a mí. Había razones para esa antipatía. Yo era un jugador del seleccionado de fútbol sub-16 y él, uno de los entrenadores, maldecía que mi padre -al lado de la cancha- diera instrucciones técnicas, pasando por encima de la autoridad de los entrenadores. A mí me desagradaba que Cruzado nos puteara tanto, parecía estar siempre de mal humor, irritado, a lo mejor sufría de hipertensión o alguna alteración hepática. No éramos niños de coro parroquial, es cierto, pero no entendía por qué nos gritaba con tanta rabia cuando cometíamos un error de fundamento, como evitar patear con la pierna menos hábil (a mí -zurdo de padre y madre- me atormentaba porque mi disparo de derecha parecía de niño de coro parroquial). Por todo eso, adiviné malas noticias cuando, a poco de viajar a Cochabamba a un cuadrangular amistoso, cambiaron al entrenador responsable por Luis Cruzado. Para el anterior entrenador yo era titular fijo, recuerdo claramente cuando nos llamó a un lado a Puchungo Yáñez (el 10, jugaría años después Copa América) y a mí (el 9) y nos dijo que éramos su base para el ataque. No me sorprendió que una de las primeras decisiones de Cruzado fuera mandarme a calentar la banca de suplentes, y así estaban las cosas cuando aterrizamos en Cochabamba. Allí quedé sorprendido por la belleza de las cochabambinas, la locura de la hiperinflación (los precios subían de la mañana a la tarde) y el soroche (la altura me afectaba mucho). Si en el llano yo corría como carterista, en la altura corría como la dueña de la cartera. Años después seguiría sufriendo el mal de altura cada vez que visitara -ya como científico- La Paz o Cusco.

Primer partido: Palmeiras de Brasil. Como yo era suplente, me tocó desfilar en la inauguración (foto abajo). El sueño de todo futbolista: pasar frente a una tribuna poblada de gente que mira para otro lado. Pero vamos al fútbol, que es lo que importa. Perdíamos 1-0 y al entretiempo Cruzado decidió que entrara por el muchacho al que él le había dado la titularidad a mi pesar. Este muchacho era muy hábil para peinarse y para enamorar a las cochabambinas, pero en el juego era irrelevante. En la charla previa Cruzado me insistió en la entrega, en darlo todo, y entonces creí comprender su reticencia conmigo. Tal vez creía que por ser de los “blanquitos” no iba a poner huevos como se debía. Estaba equivocado, yo siempre tuve claro lo que había que hacer. MI primera jugada fue una pelota dividida con el defensa central de ellos, que medía más de 1.90. Le metí flor de planchazo y Frankenstein (así lo apodamos los días previos, pues compartíamos hotel con los brasileños) rodó por el suelo gritando, y yo me gané tarjeta amarilla. Recibí gritos de apoyo desde la banca y eso me motivó más, pero el mismo Cruzado me gritó que me tranquilizara. Finalmente les volteamos el partido y yo jugué bien, participando bastante del juego y ridiculizando a Frankenstein un par de veces. Eso sí, terminé más cansado que caballo de bandido. Cruzado me recibió con un apretado abrazo que me emocionó. Esa noche entró a mi habitación y me dijo que pensaba ponerme de titular en el segundo partido, contra los locales, pero le preocupaba mi estado físico. Acordamos que volvería a entrar en el segundo tiempo, que era cuando se definían las cosas.


Segundo partido: Enrique Happ de Cochabamba. El campeonato era sub-16, pero al parecer a estos muchachos les cantaban cumpleaños feliz cada dos años, o tenían mal oído y escucharon sub-26. El caso es que varios de ellos eran claramente adultos, en la foto del equipo aparece un bebé que supongo era el hijo menor del arquero. Si a esa ventaja le sumamos el tema de la altura, tal vez se entenderá que perdiéramos 3-0. Más se entenderá al saber que el árbitro era descaradamente localista y nos expulsó a un jugador injustamente. Como ya perdíamos 2-0 al primer tiempo, Cruzado me hizo entrar antes de lo acordado, pero nada cambió. Solamente pude cambiar algunos golpes con los añosos rivales, saliendo con la nariz sangrante al final del partido. Una nota del diario local comentaba la “violencia” de los jugadores foráneos; claro, no tomábamos de la mejor manera el hecho de jugar contra 12. Volvimos del estadio cantando en el bus, igual que a la ida, pero al mismo tiempo llorábamos de rabia, como los niños que todavía éramos. Así que mi cara era una postal de la frase de Churchill: sangre, sudor y lágrimas.



Tercer partido: Argentinos Juniors. En ese equipo jugaba Diego Cagna, que después ganó todo con el Boca de Bianchi, pero la estrella era Christian Trapazzo, un puntero desequilibrante que fue elegido el mejor jugador del campeonato. Hicimos algo de amistad, intercambiando camisetas y hablando mal de los brasileños. Jugó como profesional en Argentinos Juniors y en México, pero no llegó tan lejos como prometía en divisiones inferiores. Yo pude seguir desde lejos su carrera y me apenó mucho saber que murió a los 30 años, de un ataque cardíaco. Sigamos. Ese tercer partido, ya adaptado a la altura, lo jugué completo, por eso aparezco en la foto de la formación antes de comenzar (arriba), con la actitud gallarda y combativa del que defiende los colores de su país, inasequible al desaliento y a la conciencia de que esos shorts eran demasiado cortos. Ganamos 2-0, jugué bien otra vez, atacando y defendiendo, pero no pude anotar; el larguirucho arquero me sacó con la punta del zapato el que era mi gol. De todos modos quedé feliz, exhausto, pero feliz. Y nuevamente Cruzado me envolvió en un largo abrazo paternal que hizo que nuestra relación no fuera tensa nunca más. De hecho, en la foto del regreso (abajo), con la vistosa copa del segundo lugar, se puede ver que me abraza. Ahí estamos todos, luciendo nuestra indumentaria deportiva de una marca cercana a Puma (era Tigre). Y bueno, eran otros tiempos.



Justamente, eran otros tiempos. Porque Luis Cruzado, que fue sub-campeón de la Copa Libertadores 1972, que jugó el mundial México 1970, cuando ver jugar a Perú daba gusto y no pena, llegaba y se iba de los entrenamientos en auto ajeno o en taxi. El volante técnico y rudo al mismo tiempo (ahora se dice volante mixto), que jugó en la Bombonera cuando Perú eliminó a Argentina de ese mundial donde enfrentó a la Alemania Federal de Beckenbauer y Gerd Muller (dos muchachos que levantarían la copa 4 años después), nunca pudo tener una situación económica estable. Otros tiempos y otros méritos. De hecho, su sobrino, Rinaldo Cruzado, actual jugador de la selección peruana, es millonario gracias a sucesivas transferencias a equipos de Italia, Uruguay y Argentina, donde siempre fue suplente. Hoy juega en el Universidad César Vallejo de Trujillo y -como todos los peruanos- seguirá viendo el mundial por TV. No sé por qué Cruzado tuvo una carrera tan corta como técnico de clubes, pero puedo imaginarlo. Era un tipo disciplinado, estricto, y eso es imperdonable para el futbolista peruano, al que le gusta el trago, la fiesta, y odia el trabajo físico. Los entrenadores exigentes no duran mucho en este país al revés donde el tonto se cree vivo. Volviendo a Cochabamba 1985, recuerdo que cuando aparecieron por el hotel tres damas de aquellas (fina cortesía del anfitrión boliviano que quería menguar nuestros bríos adolescentes en otras canchas) Cruzado se enfureció y nos prohibió acercarnos, haciendo rondas nocturnas para vigilar que estuviéramos en nuestros cuartos y sin compañía femenina. No fue esa la actitud de otros entrenadores en otros viajes de selecciones menores, los que fomentaban que nos hiciéramos “hombres” con esas profesionales.    

Hace poco me enteré de que Luis Cruzado murió el 2013, por dolencias derivadas de la diabetes. Yo no lo volví a ver después de esos años, mis años de futbolista. De haberlo visto, probablemente le habría contado con algo de vergüenza que dejé el fútbol por la ciencia, y tal vez me habría animado a contarle que a los 30 años ya podía hacer pases largos con la derecha. Cruzado murió en la pobreza. En sus últimos años, ex-futbolistas de Universitario hicieron colectas y campañas para ayudarlo con el tratamiento de su enfermedad. Me conmovió verlo en esas entrevistas, tan débil, vulnerable; él, que fue tan fuerte, que infundía tanto miedo cuando gritaba. Ahora sólo pedía que lo fueran a visitar al hospital, para conversar. Así mueren los futbolistas de antes, los que salían a la cancha sin mirarse al espejo y sin cambiar su peinado, los que no tenían su nombre grabado en los zapatos y amarraban sus medias a la pantorrilla con una pita, los que no tenían un sueldo obsceno pero se mataban en la cancha por la camiseta, una camiseta sin marca y a veces desteñida por el uso, los que no se tiraban al suelo cada vez que los tocaban, revolcándose y chillando como chancho en matadero. Sí, eran otros tiempos, cuando los futbolistas eran hombres.



lunes, 6 de abril de 2015

La basura en su lugar


El mes pasado hubo una marcha por las calles de Lima contra la TV basura. Oficialmente era para exigir el cumplimiento de un artículo de la Ley de Radio y Televisión referido al horario de protección al menor, una normativa que los canales de TV compiten por incumplir. En el fondo, la marcha fue una protesta contra la basura de contenidos en los programas de chismes de farándula, reality-shows, y pseudo-competencias atléticas entre modelos que no hacen más que inventar romances, infidelidades y peleas. Los organizadores de la marcha fueron los mismos que encabezaron las protestas contra una ley que supuestamente fomentaba el empleo juvenil pero en realidad recortaba groseramente derechos laborales. Así, estos muchachos sin partido político son la reserva moral de la sociedad que da un grito de asco cuando la calidad de los contenidos televisivos (o de los empleos) llega al nivel basura; el mismo grito de asco que un comensal profiere al encontrar un insecto en su comida. Algunos periódicos, parte de los mismos conglomerados empresariales que poseen los canales, previsiblemente menospreciaron la charla antes y manipularon las informaciones después. Por supuesto, son medios en cuyas páginas web más de la mitad de las “noticias” son farándula, seguimiento a telenovelas y reality-shows, fútbol, y videos de youtube o facebook.
Aplaudo a estos muchachos que en las puertas de los canales gritaron insultos y rompieron gigantografías de los “rostros televisivos”, personajes a los que cuesta mucho encontrarles un talento particular que justifique su fama o sueldo (o su existencia, si nos ponemos metafísicos). Antes de la marcha leí en varias columnas las típicas disquisiciones que -siendo razonables- finalmente llevan al inmovilismo: que antes había que definir lo que era TV basura y lo que no, que la educación es tarea de los padres y no de la TV, que hay otros problemas más importantes por los cuales marchar, etc, etc. Esto me hizo recordar una fábula que leí de niño, donde un par de conejos que huyen de dos perros de caza se ponen a discutir si los perros son galgos o podencos, y de tanto discutir pierden el aliento y son presa de los perros. Lo importante, lo terrible, es que la gente se embrutece cada vez más al conectarse con los medios de comunicación masivos, perdiendo la poca cultura ganada en el colegio, confundiendo su juicio acerca de lo que es valioso, tomando como modelos a personas que no tienen nada de admirable, y adormeciendo sus capacidades intelectuales de análisis y crítica, lo que le viene muy bien a gobiernos incapaces, autoritarios, maquiavélicos, o todas las anteriores. El cerebro del televidente enchufado a la TV basura se va haciendo cada vez más primario, limitando sus temas de conversación a las banalidades que todos conocen, repitiendo pensamientos como respuesta a estímulos repetidos. Retomando la analogía, ese ser humano intoxicado de contenidos idiotas y superficiales termina pareciéndose al sujeto que de tanto comer comida chatarra se convierte en un obeso mórbido que se mueve y respira con dificultad, y que básicamente dedica su vida a pensar en el siguiente bocado.
Fue divertido leer cómo muchos de los rostros visibles, los responsables mayores de esa degradación televisiva, reclamaban indignados que ellos no eran parte de la TV basura (sí, hija, todos menos tú). Suena familiar. Nadie se declara racista o clasista, pero a la mayoría sin mucha dificultad le escuchas frases claramente racistas o clasistas. Molesta la etiqueta, a quién no, pero -lo siento- por sus obras los reconoceréis. Ahora, lo deprimente no es tanto que los contenidos de estos programas sean repugnantes o lobotomizantes, al fin y al cabo cualquier demente podría salir mañana a pretender vender en la calle los productos de su digestión; lo realmente triste es que la gente forme cola para comprárselos, es decir que esos programas sean los de mayor rating. Algo tienen, alguna fibra en la corteza cerebral se riza, alguna neurona malformada toma el puente de mando, cuando desfilan el chisme, el morbo, y los/las modelitos de cuerpos apetitosos por la pantalla. Al igual que la comida chatarra basa su éxito en apuntar directo al hipotálamo para liberar cataratas de dopamina, la TV basura probablemente apela a un mecanismo encefálico primitivo del que cuesta mucho librarse. Para muestra, mi amigo Marco, al que un doctorado en ciencias no ha hecho inmune a la tentación de la farándula televisiva.

Evidentemente, esto no ocurre solamente en el Perú, es lo mismo en muchísimos países. Los formatos se repiten y, a pesar de las diferencias culturales, triunfan en términos de audiencia. Esta alienación es ya una epidemia global. Algunos dirán que se exagera, que basta cambiar de canal o apagar la TV, que uno tiene la libertad de elegir. Algo de razón tienen, pero es como decir que el problema de la pasta básica de cocaína en la sociedad se soluciona decidiendo no usar drogas (Just say no). La TV basura crea modelos de conducta, y ya está haciendo daño; una señal es la cantidad de niños que son inscritos con los nombres de esas figuras televisivas. Hace poco, en un colegio chileno, a la pregunta “qué quieres ser” un muchacho próximo a egresar contestó -seriamente- “opinólogo”; o sea, una persona que se dedica a comentar los chismes de la farándula. Lo que está detrás de esta respuesta, y de las larguísimas filas de postulantes a participar en reality-shows, es una distorsión esencial: la creencia de que ser famoso es una señal de éxito personal, y entonces cualquier cosa que los lleve a las pantallas, incluidas la humillación y el riesgo personal, se justifica. Antes era así, las celebridades lo eran por méritos verdaderos, por destacar en algún campo a consecuencia de una larga dedicación o por algún talento singular (artístico, científico, intelectual, social, deportivo, etc.). Ahora no, cualquier exhibicionista de ostentosa ignorancia puede hacerse famoso simplemente porque se transmiten sus gestos y palabras por TV. Ser famoso ya no es una consecuencia, se transformó en un fin. ¿Adónde nos lleva esto? No lo sé, pero viendo a estos aspirantes a la fama colgando de trapecios y haciendo equilibrio sobre troncos, se me ocurre que ya empezamos el camino de regreso a ese momento fundacional de nuestro linaje en el que un salto audaz nos llevó de los árboles a la sabana. 










martes, 14 de octubre de 2014

Ellos, los salvajes

Dos niños llegan al mismo tiempo a la cola para recibir el almuerzo en el comedor de su colegio. Discuten. Cada uno defiende que llegó primero. La discusión se convierte en intercambio de insultos. De pronto uno de ellos toma un cuchillo del mostrador y se lo clava al otro en el cuello. Tres veces. La víctima, conmocionada, cae al suelo y empieza a desangrarse. Afortunadamente, la escena es ficticia. Pero sirve para ilustrar un punto. Está claro quién es el salvaje y quién la víctima, ¿o no? ¿Cambiarías tu opinión si supieras que el agresor es un sobrino tuyo y la víctima un desconocido?
En los últimos meses nos hemos horrorizado ante las terribles atrocidades cometidas por grupos como Boko Haram o el Estado Islámico. Secuestro y esclavismo de niñas, matanzas de pueblos enteros, decapitaciones en masa, violencia extrema y arbitraria. La justificación en esas mentes enfermas: imponer la religión verdadera. Es espantoso, monstruoso, abominable. Los adjetivos se repiten en cada artículo que leemos en la prensa. Pero el mundo católico occidental no debería sorprenderse tanto de estos métodos y criterios, porque forman parte de su historia esencial. Podríamos decir que en La Biblia sobran los ejemplos de genocidios, matanzas de niños y decapitaciones, todo en nombre de ese dios que ama a todos sus hijos. Pero no es necesario retroceder tanto en el tiempo. Las cruzadas, que contaban con bendición y hasta financiamiento papal, consistían en hacer a caballo y con lanzas lo que hoy hace el Estado Islámico con carros de guerra y ametralladoras. Es decir, matar a miles y conquistar territorios en nombre de la propia religión, considerando justa y necesaria la aniquilación del enemigo, ya que profesa otra religión. El denominador común es el gusto por decapitar, eso no se ha perdido. 
Las sagradas cruzadas, en las que la mutilación y el saqueo eran instrumentos de virtud, no se dirigieron solamente contra los musulmanes. En la cruzada contra los cátaros albigenses, acusados de herejía (o sea, creer en variantes de la fe que El Vaticano no aprobaba), el valiente Simón de Montfort asaltó el pueblo de Bram y a más de 100 sobrevivientes rendidos les cortó orejas y narices, y les sacó los ojos; salvo a uno, a quien dejó tuerto para que guiara a los ciegos en su camino hacia el siguiente pueblo, convirtiendo ese cruel desfile en amenaza. Alguien dirá que todo eso ocurrió en un lejano pasado que nada tiene que ver con lo que se hace o se piensa hoy en día. Pero todavía en estos tiempos se encuentran páginas católicas en internet que defienden o relativizan las hazañas de Montfort o las torturas de la Santa Inquisición. En la página oficial del Museo de la Inquisición de Lima hoy se lee que “intereses políticos y religiosos han generado prejuicios que impiden obtener una imagen clara y objetiva sobre esta institución” y que numerosos estudios han “desvirtuado por completo la leyenda negra creada en torno al Santo Oficio por los enemigos de España y de la Iglesia Católica”. Además describen a los ascéticos, contemplativos y vegetarianos cátaros como “particularmente violentos”, indicando que esas herejías ahogadas en ríos de sangre “turbaron la tranquilidad de la Iglesia y de la sociedad cristiana”. Para que quede más claro que todo esto no está enterrado en un pasado oscuro, el escudo de Aragón -el mismo que hoy se exhibe en la bandera en actos oficiales de dicho gobierno- contiene un campo donde aparece la Cruz de San Jorge cantonada por 4 cabezas de moros decapitados.
 
La religión islámica es seis o siete siglos posterior a la católica. Esto explica en parte la asincronía entre las barbaridades de una y la otra. Pero al final son prácticamente lo mismo: sectas intolerantes y machistas con mucho poder, que sojuzgan a los incautos que se han dejado estafar con el cuento de que una creencia -legítima absolutamente- requiere una religión que la administre. A partir de profetas históricos con buenas intenciones, una casta sacerdotal de mantenidos arma un sistema de explotación, esclavismo mental y enriquecimiento que nada tiene que ver con la prédica original. De vez en cuando en la historia, sectores extremistas, más intolerantes todavía, amplían su abuso a los no-creyentes, en una suerte de expansionismo religioso. Lo que vemos hoy en las noticias es lo mismo que ocurría hace unos cuantos siglos, pero con los roles invertidos. Las diferencias entre el Estado Islámico y los Cruzados Católicos están en el tiempo, las armas y el lado de la mesa (oriental/occidental, islámico/católico), pero nada más. Como con los niños en la escena del comedor escolar, me pregunto si tendremos claro que el horror es horror por el acto y no por quién lo comete.

miércoles, 30 de julio de 2014

Peruano

Hace 5 días se cumplieron 21 años del día en que me fui del Perú. Llevaba en la maleta poca ropa útil para el gélido invierno de Santiago y muchas ilusiones para comenzar una maestría. No podía saber que en ese país que odiara de niño yo encontraría al amor de mi vida. No podía sospechar que no volvería (hasta ahora). Eran otros tiempos, otros aeropuertos. Cuando te sellaban el pasaporte no te metían a la fuerza en un duty free, para que compres aunque no tengas ganas, aunque no tengas plata (para eso es la tarjeta ¿no?), como si fueras un cuy en una kermesse que no tiene otra opción que elegir una casita donde esconderse. Eran otros tiempos, otros dolores. Hace 21 años, apenas habían pasado 10 meses desde el inicio del fin del terror, cuando un grupito de policías sin presupuesto, olvidados por Fujimori y Montesinos (estaban demasiado ocupados en robar y corromper), al mando de un tal Benedicto, capturó a Abimael Guzmán, el líder mesiánico que se creía infalible, un pensamiento más allá del tiempo y el espacio, y entonces -caído su dios- los alucinados asesinos que masacraban en su nombre ya no tuvieron en quién creer. La utopía desquiciada de Sendero Luminoso en cierto modo se derrumbó sola. Pero tuvieron que pasar 8 años más para que terminara el baño de sangre: 70 mil cadáveres repartidos casi en partes iguales entre las hienas senderistas y los chacales de las fuerzas armadas. La inmensa mayoría de esos muertos jamás cometió un delito, la mayoría de ellos hablaba quechua. 
En esos tiempos era muy raro encontrar mensajes de orgullo por el hecho de ser peruano. Parecía que el principal objetivo en la vida de cada peruano era dejar de serlo: migrar, aculturarse, nacionalizarse. Algunos recurrían a la cirugía para rasgarse los ojos y facilitar la migración a Japón, ya que teníamos un presidente japonés. Entre mediados de los 80 y mediados de los 90 la sensación que flotaba en el aire era que el Perú era un país sin esperanza, un proyecto fallido, y había que huir. En 1995 el grupo Leusemia le dedicó la canción El asesino de la ilusión a Fujimori, quien teniendo la mayor caja fiscal de la historia tras vender las empresas públicas prefirió financiar la corrupción y la guerra sucia antes que el progreso. Recogí esa sensación de desesperanza en mi novela (Amarilis y el país imposible), ambientada en los últimos días del fujimontesinismo, y fue llamativo que en la presentación del libro en Lima, y en comentarios de lectores, muchas voces criticaran el exceso de pesimismo, el callejón sin salida. Hoy esas palabras parecen fuera de lugar para referirse a un país que crece sostenidamente, sobre todo en economía (pero poco en desarrollo humano y en combate a la pobreza y la desigualdad), un país que parece haber recuperado el orgullo, con o sin razón (no basta con el boom gastronómico, pero por algo hay que empezar). Como digo, eran otros tiempos. Habría sido impensable entonces un tema como Peruano, cuyo video se ha viralizado y destila entusiasmo, optimismo y orgullo durante 4 minutos. El tema cae varias veces en un nacionalismo que yo rechazo, pero tal vez sea perdonable considerando que venimos del extremo opuesto. No es un gran producto artístico y las simplificaciones de su mensaje a veces son demasiado ingenuas, incurre además en un machismo evitable, pero creo que es valorable el estado de ánimo que intenta contagiar, y visualmente es muy atractivo. Rescato que una parte de la canción sea en quechua y que en su compendio no haya omitido mencionar una de las principales lacras de la sociedad peruana: la discriminación (“somos lava de un mismo volcán”). Mientras decir serrano, indio o cholo siga siendo un insulto para muchos (muchos idiotas) no habrá un verdadero progreso. 
A poco de llegar a Chile comencé a jugar fútbol en la selección de la facultad. Varios de los compañeros de equipo me decían “peruano”, con cariño y respeto (la técnica del futbolista es lo único que sobrevive a la hecatombe del fútbol peruano). Me gustaba que me llamaran así. Y es que siempre me costó que en mi propio país me reconocieran como uno de ellos, uno más. En los espacios en que me movía en el Perú viví varios episodios de discriminación por tener la piel y los ojos claros; nada terrible, nada comparable con lo que ellos han sufrido por siglos (y todavía), por eso nunca me quejé. En Cusco más de una vez las señoras y los niños que venden en la calle no me han creído que soy peruano, incluso después de mostrarles mi documento de identidad. En Chile también me ha pasado, muchas veces. Aprendí a no enojarme y repetir una frase cada vez que me decían "pero no pareces peruano". Hay peruanos de todos los colores y tamaños, les decía y les digo, como si estuviera hablando de zapatos. Pero sí me enojo cuando noto que en ese comentario hay un tinte de desprecio a los otros peruanos más oscuros, cuando pretenden hacerme sentir bien por "salvarme" de ser así; allí se termina la conversación. Una vez, mientras hacía cola para renovar mi visa de estudiante, me buscó charla un chileno que hacía trámites para embajadas, y al rato me dijo, buscando apoyo, "esto se está llenando de peruanos". Lo miré fríamente y le dije algo así como "somos muchos los peruanos que estamos viniendo a Chile, como antes muchos chilenos migraron buscando un futuro mejor, es la historia de la humanidad". El tipo se volteó y no me volvió a hablar. 
A menudo me pasa que alguien que me detecta el acento (no haberlo perdido es resultado de una decisión) y me pregunta, y se entera que llevo tantos años en Chile y que mi mujer e hijo son chilenos, me dice “ah, pero entonces ya eres chileno” y yo inmediatamente contesto “No”, sin agregar nada más pero poniendo cara de simpático. Normalmente no les gusta esa respuesta. El seguir siendo peruano después de tantos años no es un asunto trivial. Un amigo muy cercano que vivió un tiempo por aquí al segundo año ya hablaba como uno de Los Caporales, y yo me burlaba sin piedad. Más extremo es el caso de unos hermanos que conocí en Lima, de padre peruano y madre chilena, pero más peruanos que el cebiche (o que el pisco). Jugaba fulbito con ellos con frecuencia entre el 90 y el 92. Luego migraron a Chile tras la separación de sus padres. El 93 me los encontré en el estadio nacional en Santiago, en un partido amistoso Perú-Chile... y estaban agitando una bandera chilena y apoyando a esa selección. Me impresionó mucho y -tras la rabia inicial- me dio pena. Me preguntaba cuánto resentimiento tenían que tener esos muchachos para renegar así de su país, quizás tuvo que ver con el divorcio de sus padres, quién sabe. Después uno de ellos llegó a ser sub-secretario (vice-ministro) durante el primer gobierno de Bachelet. Cuando lo veía en la televisión pensaba en cuántos creerían que ese hombre fue alguna vez un arquerito peruano en pichangas de barrio en Lima. En ese mismo partido fui hostilizado por gente de la tribuna tras celebrar el gol del empate (al final perdimos 2-1), me gritaban insultos generales contra los peruanos. No me quejo, es lo habitual. Lo cómico es que uno de los tipos se paró y gritó “los peruanos no saben leel ni esclibil”, evidenciando su escasa cultura. Mi amigo chileno al lado, profesor de la Universidad de Chile, avergonzado, me pidió disculpas. Menos divertido fue estar en la tribuna cuando se definía la clasificación a Francia 98, y no sólo porque perdimos 4-0. La barra chilena nos apedréo -sin provocación- desde antes del inicio del partido. Vi pasar delante de mí a 4 personas con la cabeza sangrante, tuvimos que ver el partido con ropa en la cabeza y mirando constantemente al costado por si llovía otra piedra. No sé qué habría pasado si no nos ganaban (con el empate Perú clasificaba al mundial).
Hace 2 días se cumplieron 193 años del día en que San Martín declarara con entusiasmo la independencia del Perú en un pueblo al norte de Lima, omitiendo el pequeño detalle de que el poder todavía estaba en manos del Virrey. Tuvieron que pasar 3 años más para que Sucre (otro con nombre de avenida) sellara la derrota de los realistas (no, no es que ganaran los idealistas; ganó una élite de criollos a la que poco le importaba la idea de nación). Así nació el país al que pertenezco, que no me parece mejor ni peor que cualquier otro, pero es el mío, y no puedo explicar lo que soy, lo bueno y lo malo, sin hablar de mi infancia, adolescencia y juventud en esas calles, rodeado de esa gente, escuchando esa música, disfrutando esa comida, emocionándome y frustrándome con el fútbol, temiendo apagones y bombazos, doliéndome con una guerra interna que se llevó a demasiados inocentes y nos quitó la inocencia, aprendiendo a amar, a odiar, a pensar, a mirar, a escribir, a ser.

jueves, 3 de julio de 2014

Dramáticos octavos con final anunciado



Un travesaño postrero y un poste en el último penal le negaron a Chile el final feliz que merecía. Los chilenos se batieron como espartanos en Las Termópilas, con Medel como estandarte. Jugó desgarrado, un imposible (como todo Pitbull, puede desconectar las terminales del dolor), y aun así pudo anular a jugadores que tenían el cuerpo intacto y 25 cm más de estatura. Brasil, que terminó reventando la pelota sin pudor ni dirección, quedó con estrés post-traumático. El impresentable Felipao, que se queja del cese de las ayudas arbitrales, se declara admirador de Pinochet, y está orgulloso de haber desterrado al pasado el jogo bonito, ha llamado de urgencia al equipo de psicólogos: sus jugadores -salvo Neymar y David Luiz- no resisten la presión. O Brasil mejora mucho o no levantará la copa en su casa, por segunda vez.
La ordenada y dinámica Colombia de Pekerman (tres veces campeón mundial sub20 con Argentina) no tuvo que sufrir para despachar a los desorientados orientales. A Uruguay, sin la contundencia del feroz Suárez, se le nota mucho la pobreza, que sólo es virtud en su presidente. Hay dos inconvenientes de que siga avanzando en el mundial esta prometedora Colombia, que tiene convicción y mucho juego. El primero es que no abandona la tradición de no poder celebrar sin muertos en las calles, el segundo es tener que padecer sus bailecitos ridículos tras los goles.
México, que entró al mundial por la ventana, se encontró de pronto ganando en octavos con un latigazo impensado de Dos Santos, pero a su histérico entrenador le pareció inaceptable. No podemos traicionar nuestra historia, tenemos que perder -se dijo; y con 30 minutos por jugar renunció a tener la pelota. La versátil Holanda acudió a la mesa servida (y sin picante) y el instructor de clavados en piscina Robben fue protagonista: gracias a un penal que no fue, que compensó otro que sí fue, México se fue.
En una cerrada contienda por definir quién era el más limitado, Costa Rica ganó a Grecia por penales gracias a Keylor Navas, un arquero con nombre de actriz porno y agilidad de leopardo. Tiene un delantero, Campbell, que si se inspira es imparable; el problema es que no se inspira. Su técnico, Pinto, es estudioso y trabajador, y ayuda a contrarrestar la característica humildad de su equipo con sus pintorescas declaraciones (se dice inventor de un nuevo esquema de juego, del psicólogo en el fútbol, y si le dan micrófono se declara inventor del reactor nuclear).
Nigeria, que juega asustada porque las bestias de Boko Haram ponen bombas en los locales donde se ven los partidos, asustó por un rato a Francia. Pero terminó, como buen equipo africano en segunda fase, borrándose sola víctima de errores infantiles (y víctima de una patada criminal con doble fractura que el árbitro gringo no consideró ameritaba roja para un francés). Francia no brilla pero es eficaz adelante y segura atrás. Su técnico, Deschamps, levantó la Copa en el 98, así que ya sabe lo que es un milagro. El problema es que en cuartos le toca Alemania y, como dijo Gary Lineker, “el fútbol es un deporte de 11 contra 11 en el que al final siempre gana Alemania”.
La voluntariosa Argelia estuvo cerca de dar el batacazo frente a Alemania mientras tuvo energías, las que se le acabaron pronto porque varios jugadores, musulmanes observantes, están ayunando por el Ramadán (esto me da una razón más para abominar de la religión, cualquiera que sea). Alemania mete goles y mete miedo, porque tiene la misma programación mental de siempre (adelante, adelante, no está permitido el cansancio), pero añade sutilezas tácticas y técnicas. Además tiene un plantel muy amplio, donde destacan jugadores originarios de Polonia, Albania, Turquía y Ghana.
Bélgica ganó a EEUU con un juego generoso y ofensivo que se estrelló 998 veces con el arquerazo Tim Howard, que brilla en la Premier League y que -como buen yanqui belicista- incluye diseños de comando en su uniforme. Los gringos corrieron mucho pero jugaron poco, al parecer jugarían más cómodos si no hubiera pelota. Definió el partido la entrada del veloz y potente Lukaku, hijo de congoleño. Sigue explicando el Congo la prosperidad belga, como cuando el rey Leopoldo II se enriqueció a punta de saqueo y genocidio en el corazón de África. 
La Argentina de Messi, que ya no es Messi porque -sin la mirada obsesiva de Guardiola- ya no se entrena ni se alimenta como antes, ganó con mucho susto a la fastidiosa Suiza, que si tuviera delanteros de verdad habría clasificado. Alcanzó para salvar a Argentina un chispazo in extremis de Messi y la enésima corrida de Di Maria, que debe tener una hemoglobina mutante porque corre al minuto 120 como si recién comenzara todo (hasta en La Paz corrió todo el partido). Argentina no tiene dinámica, suplentes, ni técnico, y depende del 10, al que sólo le falta ganar el mundial para añadir su nombre al de Pelé y Maradona en la lista de habitantes del Parnaso del fútbol. Se ve difícil, pero no hay que descartar la gloria argentina, porque si a Messi le da la gana de volver a ser Messi, y entonces Maradona, puede ganar el mundial solo.