lunes, 19 de septiembre de 2016

de congreso

Entre otras cosas, no todas confesables, soy un científico, y es así como me gano el pan. Vivir del quehacer científico es un lujo: a uno le pagan por hacer lo que le gusta y -básicamente- por hacerlo como más le gusta (esta definición no me diferencia mucho de un actor porno, me doy cuenta; pero, créanme, allí terminan las semejanzas). Ser científico ayuda, además, a pasar migraciones en EEUU sin problemas, a pesar de tener un pasaporte peruano. No falla: cuando digo “scientist” el o la oficial a cargo dicen “cool” y ya todo es muy sencillo. Por supuesto, no todo es miel sobre hojuelas. Una de las cosas que uno tiene que hacer es ir a congresos. Como soy más bien antisocial, se entenderá que haya hecho lo posible por evitar esas grandes reuniones de gente tan parecida una a la otra, pero a veces no queda otra opción que asistir. Ahora mismo debiera estar en Puerto Iguazú en un congreso al que me había comprometido a ir. Pero al final conseguí que una científica brasileña que pasó un año en mi laboratorio presentara el trabajo por mí, además dos de mis estudiantes harán presentaciones en la que yo también participo; supongo que nadie me está echando de menos allí. Ahora mismo, también, se supone que en lugar de estar escribiendo en el blog estoy preparando mi presentación para un congreso la próxima semana en Orlando (sí, ya sé, congreso científico en Orlando suena como a reunión de monjas del sagrado corazón en Ibiza, pero es lo que hay). No pude rehuir la invitación y aproveché para convertirla en un plan familiar.

Evidentemente me interesa escuchar lo que mis colegas tienen que decir sobre sus investigaciones, mi problema con los congresos es lo que ocurre en los pasillos, comedores y -horror de horrores- pistas de baile. Ahora, como el horror siempre puede ser peor, también están los bailes en trencito en las fiestas de congreso, que es más de lo que yo puedo soportar. Si leyera que el Estado Islámico está planeando ametrallar a todos los que bailan en trencito en las fiestas pero está algo corto de fondos, yo creo que consideraría hacer una donación. Ahora bien, como en los malentendidos entre hombre y mujer, en estas cosas hay diferencias hemisféricas. En los congresos gringos o europeos uno tiene que padecer mayormente el desfile de vanidades (casi todas combinando ropa de un modo difícil de entender sin ayuda de psicotrópicos), las frases que en voz demasiado alta apuntan a la posteridad, pero rara vez le aciertan, e incluso -en el caso de los estudiantes a los que su madre y amigos cercanos han convencido de que son genios- escenas de muchachos sentados en el suelo, bloqueando el paso y garabateando ecuaciones diferenciales en la parte de atrás del programa impreso. En los congresos en Latinoamérica también hay desfile de vanidades, pero es menor, el problema principal está en las cacerías de presas y en el escenario final para su desenlace exitoso (o todo lo contrario): las fiestas.

Es un espectáculo a veces entretenido, otras veces patético, ver a estudiantes -y hasta académicos- rondando a las pocas chicas guapas que cada congreso puede ofrecer. Sí, pocas. No es culpa de nadie y es además irrefutable la correlación negativa entre belleza e inteligencia; pero como en todo conjunto grande de datos, siempre hay puntos anómalos (outliers) alejados de la tendencia general (es decir, chicas bellas e inteligentes) y uno puede guardar la esperanza de ser el favorecido con el hallazgo (a mí me ocurrió más de una vez, tengo más suerte de la que merezco). Bueno, volvamos a la realidad. El acecho, la danza de abejorros alrededor de la agraciada flor se incrementa con el paso de los días y -por supuesto- con la cantidad de alcohol en las venas. El clímax ocurre en las fiestas, las que normalmente son el último día pero a veces la sangre latina es más fuerte y hay fiesta cada noche. Estos ojos han visto cada cosa...desde peleas entre jóvenes abejorros borrachos disputándose la misma flor... hasta una científica muy senior verificando la turgencia del gluteus maximus de un estudiante... pasando por un académico borracho gritando a mitad de la madrugada observaciones acerca de la frigidez de una estudiante de postgrado a 50 cm de la puerta de su dormitorio... y un estudiante apareciendo en calzoncillos en el salón del desayuno de un hotel de 5 estrellas. He visto también a un académico de mediana edad, atractivo y divertido, además de casado, conformarse con una presa menor que los otros cazadores habían ignorado. Sabiendo que su mujer era bastante más guapa que la susodicha muchacha, me preguntaba si sería culpa del alcohol o de la convivencia.

Una vez me tocó a mí (no, no me refiero a la académica senior y mi gluteus maximus). Yo tenía unos 27 años y por acompañar al grupo terminé en la fiesta del congreso, muy a mi pesar. No me gusta mucho bailar, y cuando me gusta es con un tipo particular de música (además siempre bailo del mismo modo). Por eso no bailaba, solamente me divertía observando. Y entonces una chica desconocida que no estaba mal comenzó a sacarme a bailar, y yo de educadito que soy no me negaba, pero tampoco tomaba la iniciativa. Pasaba un rato y volvía por mí, una y otra vez. Mis compañeros ya señalaban lo evidente, pero yo no manifestaba interés, aunque no dejaba de mostrar mi buena educación y seguía sin negarme. En determinado momento la muchacha ya se desató y me ofreció un baile decididamente erótico, dándome la espalda (tipo Kim Basinger en 9 semanas y media). Y yo, apenas una sonrisa y luego retorno a mi esquina, como un boxeador que sospecha que va a perder la pelea por puntos. Entonces mis compañeros de laboratorio -incluyendo una mujer- me sorprendieron. Me dijeron arrogante, tarado, maricón, inútil, entre otras alabanzas, por no reaccionar. Ellos sabían que yo estaba casado, y si bien yo nunca he sido un modelo de fidelidad, no entendía que me animaran a olvidar tanto por tan poco. La chica tenía su gracia, pero no me gustaba, ¿era tan difícil de entender? Sí, lo era, porque un minuto después ella se acercó y ya se instaló con nosotros (bueno, conmigo). Yo no quería rechazarla abiertamente porque con todo lo que había pasado iba a ser una humillación en público (no eran pocos lo que habían aplaudido el show de Kim Basinger) pero tampoco quería que llegara a más. Al rato la fiesta terminó y nos encaminamos hacia la la zona de cabañas, quedaban unos 15 minutos de caminata en esa madrugada fría al sur de Chile. Ella me tomó del brazo y me quedó claro que no se había rendido. Entonces, sin soltarle el brazo, jugué mi carta. Me puse en modo erudito y comencé a hacer observaciones agudas a su conversación, siempre acompañadas de referencias culturales, de esas que solamente le interesan a unos pocos sexagenarios. No sé si fue el frío, la disolución del alcohol, mi charla de museo para jubilados, o todas las anteriores, pero el hechos es que funcionó. A poco de llegar a la cabaña la muchacha le dijo a su amiga que ya tenían que irse. Fue con muy poco público alrededor. Sin embargo, cuando dos años después me la encontré en un pasillo de otro congreso, y yo ya empezaba una sonrisa como saludo, ella hizo como si no me conociera.


domingo, 21 de agosto de 2016

El burro y el genio

Estoy leyendo un libro de entrevistas/conversaciones con David Foster Wallace. Y lo disfruto de a sorbos, como quien toma un café exquisito en sabor y aroma en una taza pequeña, cuidando que no se me acabe demasiado pronto, sabiendo que no habrá más entrevistas. DFW tiene una densidad intelectual, una complejidad que se da el lujo de ser formal y no caótica/hermética, que hace mucho tiempo no leía (no veía). Un consumidor de toda la cultura, la pop, la docta y la académica; un consumidor honesto y autocrítico. Fue adicto a la TV gringa (difícil imaginar algo peor) pero te cita a los filósofos de memoria, porque además tuvo una formación filosófica y científica (matemática) importante. Y se nota. Encima de todo... el tipo es sincero, no pretende venderte una linda botella de cristal de Bohemia llena de humo, como tantos otros devotos de sí mismos que acaparan la atención de los medios. En fin, está en otra galaxia si lo comparo con tantos autores -incluyo cantautores- que uno admira por sus creaciones artísticas pero en las entrevistas te decepcionan por banales, superficiales, pueriles, predecibles, ególatras, envidiosos, en suma humanamente mediocres. Para qué dar nombres y casos, sería un triste ejercicio de disección de la decepción.

No he leído más que algunas páginas de cuatro de sus libros, pero ya tengo un par de ellos en mi biblioteca esperando su turno. En los últimos años tuve en mis manos un par de veces las más de 1000 páginas de La Broma Infinita, dudando mucho, pero finalmente el libro-ladrillo no entró en la mochila de regreso, será para la próxima. Sabía de su existencia, del ruido que generó su obra, pero mi verdadero descubrimiento de DFW ocurrió no hace mucho, viendo en la pantalla de un avión una especie de documental, una dramatización de la experiencia de un periodista que lo entrevistó. Me ayudó mucho a entenderlo a él y por lo tanto a entender su suicidio. Me conmovió hasta las lágrimas. Pobre David, demasiado lúcido para poder perdonarse a sí mismo, demasiado sensible para aceptar este mundo.

Hoy me encuentro en El País con un artículo del -se supone- escritor Rodrigo Fresán sobre La Broma Infinita y DFW a propósito de los 20 años de la publicación del libro, y no puedo sino indignarme. Fresán es uno de esos escritores latinoamericanos que siempre salen en la foto, cuyo nombre siempre te va a sonar, que tienen buenos contactos, pero que rara vez -salvo descuido o regalo inocente- aportarán con un libro a tu biblioteca. Yo ya había dedicado unos minutos en mi vida, en más de una librería, a descartar la compra de libros de Fresán. Después de leer el artículo, confirmo que no me equivoqué. Para comenzar, tal vez para hacerse el gracioso, se refiere a su suicidio de esta manera “su cuerpo nacido en 1962, su alma estrenada en 2008, previo veloz trámite de suicidio”, “se ha convertido casi en un producto de éxito, potenciado por la pena infinita de su temprano auto-eject”. Y luego no hace más que convencer al lector de que no sabe estructurar un artículo periodístico, que divaga, se desordena, cita sin criterio, y termina con apuro. En fin, una pérdida de tiempo.

A esa herejía de que Fresán nos hable de David Foster Wallace, equivalente a que Enrique Iglesias nos explique a Joaquín Sabina, hay que sumarle dos detalles. El primero, en el título, el error común de referirse a DFW como “Foster Wallace” (sí, en las librerías a menudo lo encuentro en la F, cuando su apellido era Wallace). Algún día aprenderán que Martin Luther King se apellidaba King y no Luther, como Wallace no se apellidaba Foster Wallace ¿O les suena bien hablar del asesinado presidente Fitzgerald Kennedy? Si les parece exagerado mi reclamo por confundir nombres con apellidos, prueben a imaginar a un norteamericano hablando de esos dos grande escritores, el colombiano Márquez y el peruano Llosa. El segundo, el escritor Fresán nos habla de la “autoficción tan en voga”. Caracoles. Bueno, en francés la palabra es vogue (leerá mucho la revista de modas Vogue, supongo) pero en castellano es boga. Sí, ya sé, me dirán que la b y la v son vecinas en el teclado. Puede ser, pero basta revisar una vez para que el error te grite desde el texto, si es que conoces bien tu idioma. Que sean vecinas no es excusa para confundirlas (Doña Florinda y Doña Clotilde lo eran, y Don Ramón nunca las confundió).

Al referirse a la tortura de escribir en una de las entrevistas, DFW señala que si el escritor permite que uno solo de sus lectores se meta en su cabeza, o si lo siente asomarse por encima de su hombro mientras escribe... está jodido (imagino que era fucked up en el original), y confiesa que batallaba contra ello, porque le ocurrió más de una vez. Pues bien, tengo que reconocer que algo de eso explica mis lagunas al escribir este blog que no lee nadie. No es solamente la (real) falta de tiempo o tranquilidad para escribir, o las ganas de dedicar el poco tiempo disponible a avanzar mi segunda novela. Es que, una vez más, el maldito David Foster Wallace tiene razón, y una vez más no hay razones para celebrarlo.  

domingo, 3 de julio de 2016

Triste, solitario y final




Se supone que el fútbol se juega 11 contra 11. O, si hay un expulsado en cada equipo, 10 contra 10, como en el minuto 72 de la final de la Copa América, que es el minuto de la foto. Pero Messi está solo, rodeado o vigilado por los 9 jugadores chilenos en cancha (sólo falta el arquero). Nunca vi una escena así en un partido de fútbol, y créanme que he visto mucho fútbol. Parece más bien una escena de película, donde el héroe desafía la aritmética básica de la correlación de fuerzas y doblega con pasmosa calma al enemigo numeroso. Como en El Señor de los Anillos, cuando Aragorn despacha uno a uno a los poco agraciados orcos, o en El Capitán América, cuando Steve Rogers da cuenta de los malvados de rigor que hacen fila para recibir su ración. Lo extraño no es que Messi esté rodeado de rivales (aunque es una exageración el que sean todos los rivales), porque muchos técnicos tienen claro que es la única manera de -tal vez- detener al mejor jugador del mundo. Tampoco es muy raro que Messi intente hacer un gol después de gambetear a medio equipo contrario, porque le ha resultado varias veces; por ejemplo, contra el Athletic de Bilbao (en una final de Copa del Rey) y contra el Getafe, cuando copió el gol de Maradona a los ingleses. He visto hacer goles similares a otros cracks, como a Ronaldo en el Barcelona, o a Ibrahimovic en el Ajax. Lo llamativo, lo extraño, lo triste, es que en la jugada que captura la foto, Messi parece estar completamente solo. Otras tomas de la jugada muestran que, más allá del encuadre, en realidad había otros dos jugadores argentinos, pero la foto ilustra perfectamente lo que fue ese partido durante el segundo tiempo. Curiosamente, mientras que en esa jugada Messi finalmente se la pasa a Agüero, que remata a la tribuna, hay otra jugada, sin una foto viral que la multiplique, en la que Messi va esta vez efectivamente solo contra los chilenos y después de gambetear a 5 llega al área, pero -ya desestabilizado por los sucesivos roces- yerra el remate. La sensación de propios y extraños era que se trataba de Messi contra todos.

Cuando Maradona dibujó esa obra de arte frente a los ingleses en cuartos de final del mundial de México 86, condujo la pelota por casi 11 segundos (una eternidad) y superó a 6 rivales partiendo del círculo central, pero siempre tuvo cerca a Burruchaga y Valdano. Ellos lo acompañaron por si se veía obligado a soltar la pelota, o simplemente para distraer a los otros defensas ingleses; y lo mismo puede observarse en los goles que menciono más arriba, los compañeros de club de Ronaldo, Ibrahimovic y Messi acompañan al héroe de la historia hasta el final, por si son necesarios en el último instante. De hecho, eso es exactamente lo que pasó 4 años después del gol de Maradona a los ingleses. En octavos de final de Italia 90, Argentina enfrentaba a un Brasil muy superior, y Maradona -diezmado físicamente por la drogadicción- tenía además el tobillo tan hinchado que no le entraba el zapato de fútbol. Pero, en el minuto 81, cuando milagrosamente Brasil no había metido todavía un gol, Maradona de pronto frotó la lámpara y desde el círculo central comenzó a gambetear brasileños: uno, dos, tres, cuatro... Todos los de camiseta amarilla abandonaron desesperados sus puestos para detener al genio, porque habían visto por la televisión de lo que era capaz. Y entonces, rodeado de 4 brasileños y casi desde el suelo, Maradona se la cruza a Caniggia, que queda solo frente al arquero y convierte el gol que les da el pase a cuartos de final. Por eso insisto en la soledad de Messi en ese partido final que la foto ilustra. Sus pusilánimes compañeros se desentendieron del problema, “anda y sálvanos” parecieron decirle, y el héroe, abandonado por sus lugartenientes, esta vez no pudo hacerlo solo.

Podrán decir algunos que es una banalidad hablar de este detalle, habiendo tantas cosas importantes por comentar esta semana. Y tendrán razón. Podría hablar de la masacre en la heladería de Bagdad que el Estado Islámico ha reconocido con orgullo, porque los muertos son chiítas y ellos sunitas (razón suficiente, como cuando los católicos masacraban hugonotes). Ya que este atentado ha cobrado más vidas que el ocurrido en la sala Le Bataclan de Paris, imagino que todos los que pusieron entonces la bandera de Francia en su perfil de Facebook estarán a estas horas colocando la bandera de Irak. Pero de los horrores intrínsecamente asociados a la religión ya he hablado antes (aquí y aquí) y tendría que repetirme bastante. No será hoy. Preferí quedarme con esa foto tan elocuente de la final de la Copa América, en la que -como adelanté en el post anterior- otra vez no ganó el mejor. Messi es el único que se puede acercar al Olimpo del fútbol donde reinan, intocados, Pelé y Maradona. Pero le pesan esas tres finales seguidas perdidas, mereciendo ganar las tres. Ya dijo que gustoso cambiaría sus 5 balones de oro por ganar algo grande con su selección, pero todavía no se le da. Le quedan 2 mundiales por delante (estará cumpliendo 35 años en Qatar 2022), ya lo veremos. Pero el futuro no existe, y al día de hoy, Messi ilustra con esa foto el título de esa entrañable novela, dura y divertida al mismo tiempo, que escribiera su compatriota Osvaldo Soriano: Triste, solitario y final.

domingo, 26 de junio de 2016

El fútbol y el azar

Hoy se juega la final de la Copa América, o algo así, porque -a juzgar por sus últimas declaraciones oficiales- la Conmebol todavía no se pone de acuerdo consigo misma sobre si el equipo ganador de la final será Campeón de América o no. Nada, un detalle insignificante. Además, no nos pongamos exigentes con la Conmebol. Lo suyo es reservar hoteles 6 estrellas para sus dirigentes y cobrar sobornos por los derechos de transmisión televisiva. Sería injusto exigirle que tuviera claro qué es lo que está en juego en sus campeonatos, o que antes del partido sonara el himno correcto del país competidor, o que el diseño de las sedes de los partidos no implicara que cada futbolista acumulara millas para dar la vuelta al mundo dos veces. Pero volvamos al fútbol, hoy se juega la final entre Argentina y Chile. Se supone que debe ganar Argentina, porque tiene mejores jugadores (el mejor del mundo entre ellos) y porque en la primera ronda ya se enfrentaron y Argentina ganó con claridad. ¿Es así realmente?

Pues no. La historia del fútbol está llena de ejemplos en los que el mejor equipo no gana la final. En el caso de los mundiales, basta mencionar a Hungría en el 54 (perdieron ante alemanes dopados), Holanda en el 74 (perdieron ante una Alemania muy efectiva), o Brasil en el 98 (perdieron porque Ronaldo tuvo una crisis nerviosa antes del partido). En el mundial 2014 Argentina no fue campeón porque en la final Messi, Higuaín y Palacio fallaron goles increíbles que nunca fallan en sus clubes, y el año pasado Argentina -siendo el mejor equipo- tampoco fue campeón en la final de Copa América ante Chile, perdiendo por penales tras un partido mediocre. El antecedente de primera ronda en la misma Copa no es muy útil tampoco para predecir el resultado de la final. Sin ir más lejos, el año pasado Argentina empató con Paraguay en primera ronda pero en la semifinal Argentina lo aplastó 6-1. Siguiendo la discusión sobre campeones justos o previsibles, podríamos cruzar el charco y mencionar a dos campeones de la Eurocopa: Grecia en 2004, que la ganó defendiendo con 11 y buscando no tener la pelota nunca, y Dinamarca en 1992, que la ganó sin haber clasificado al torneo y la invitación para reemplazar a la vetada Yugoslavia llegó cuando los jugadores daneses ya estaban veraneando en la playa.

Al margen de casos, anécdotas o estadísticas, con los que podría atormentarlos el día entero, la pregunta de fondo es: ¿los campeones son los mejores? En torneos largos, como la Liga española, es difícil negar que tras 38 partidos el campeón merece serlo, porque el efecto de la mala suerte y los arbitrajes erróneos o corruptos debiera diluirse a la larga (claro, los malos perdedores, como Mourinho, siempre encontrarán alguna teoría conspirativa a la cual aferrarse). Pero en campeonatos cortos, con finales a un solo partido, no hay manera de saberlo. Dejemos un instante el fútbol para mirar la última final de la NBA, entre Golden State y Cleveland. La final define al mejor tras un máximo de 7 partidos y llegaron al último (3-3), donde faltando 1 minuto de juego el partido estaba todavía empatado. ¿Alguien puede afirmar que un equipo merecía más el triunfo que el otro, y que el ganador fue mejor que el perdedor?  El azar tiene mucho que decir en estos casos, mucho más de lo que el lector supone. Intentaré explicarlo de manera simple ahora (tal vez más adelante escriba un post profundizando en el tema). Es muy improbable que al lanzar una moneda al aire salga cara 10 veces seguidas, pero no es imposible, puede ocurrir. Visto en grandes escalas de tiempo, los fenómenos muy improbables tienen que ocurrir en algún momento, y justo puede tocarnos ser testigos de ello. Entonces no es descabellado aceptar que es posible que nos toque ver que un equipo malo gane -o un equipo bueno pierda- varios partido seguidos, principalmente por suerte.

La ciencia lo tiene claro, pero el rol del azar es algo que los hinchas (irracionales por definición) y los periodistas deportivos (ignorantes por vocación) no consideran en lo absoluto cuando el equipo propio pierde. Más fácil y mejor visto es pedir cárcel para el entrenador e insultar a los jugadores. Y así se llega a la barbaridad de despedir a técnicos tras cuatro fechas (un clásico en campeonatos cortos en Argentina) o, como vimos en esta Copa América, despedir a Dunga porque Brasil perdió ante Perú con un gol con la mano (yo lo habría despedido así saliera campeón, por negar la identidad del fútbol brasileño con sus convocatorias, alineaciones y esquemas de juego). Es algo tan inteligente como decidir si un caballo hará una buena o mala carrera a partir de su posición 5 segundos después de la partida. En fin, a lo que quería llegar es que esta reflexión sobre el papel del azar, lejos de hacernos sentir absurdos por apoyar a nuestro equipo y emocionarnos con un partido, debiera ayudar a recordarnos de que a fin de cuentas el fútbol sigue siendo lo que era en sus inicios (y en nuestros inicios): nada más que un juego.



domingo, 19 de junio de 2016

Los idiotas

Al final del post anterior, y en presencia de mi mujer, me comprometí a cumplir, por más cansado o atareado que estuviera, con uno por semana (me refiero a los posts). En ese momento no sabía que poco más de 12 horas después me encontraría con la demostración experimental de que mi cara es menos dura que el suelo. Ahora, con doble fractura nasal y las -según yo- invisibles secuelas neurológicas de dicho traumatismo craneoencefálico tras síncope vaso-vagal (el amable lector podrá discrepar), me sobran las excusas para no cumplir mi promesa. Pero no quiero parecerme a un político y entonces decido escribir esto, aunque sea por cumplir. No está tan mal hacerlo por cumplir, tal como lo hacen algunas parejas maduras, ella mientras repasa la lista de la compra, él mientras trata de recordar el horario del partido, ambos sabiendo que el trámite será breve. Afortunadamente no es mi caso (el de ser una pareja madura). Volviendo al tema, y aceptando la posibilidad de que tras dicha verificación experimental debo haber quedado un poco más idiota, voy a hablar de ellos.


Hace poco se murió Umberto Eco y al día siguiente la humanidad ya era, en promedio, un poco más estúpida. Y el erudito, que lo sabía todo, no ignoraba que así sería. Es más, tenía identificadas las guaridas predilectas de los enemigos del conocimiento, las ruidosas promotoras del embrutecimiento contemporáneo: las redes sociales. “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”. Algo muy cercano planteó el escritor Javier Marías el año pasado: "Por culpa de las redes sociales, que por supuesto tienen mil cosas ventajosas, se produce un fenómeno nuevo, muy preocupante: que la imbecilidad está organizada por primera vez en la historia”. Y continúa: "En la historia ha habido siempre mucha imbecilidad, pero nunca ha estado organizada ni había tenido la capacidad de contagio masivo, inmediato y acrítico que tiene ahora". Cito al italiano y al español porque los conozco y he seguido su producción  (recomiendo “El péndulo de Foucault” y “Mañana en la batalla piensa en mí”, respectivamente). Pero para que no se me acuse de elitismo intelectual, aquí les dejo al buen Pipi, vocalista de The Locos, cantando más o menos lo mismo (“Lloviendo idiotas”), con cierto énfasis en la degradación mental causada por los reality shows y pseudo-concursos de TV con famosillos oligofrénicos.

Llueven idiotas. Esta parece ser una verdad tan irrefutable como el teorema de Pitágoras. Se puede confirmar en apenas un par de horas, leyendo los comentarios en las dichosas redes sociales, en los periódicos online y hasta en youtube. No falla. Allí donde sea libre emitir opinión uno se encontrará con un rosario de manifestaciones de una imbecilidad excelsa, abismante, digna de recibir un diploma firmado por ese ex-presidente que tú ya sabes. Eso, por supuesto, en los casos en los que el texto del idiota de marras sea remotamente legible, porque para ellos la ortografía y la sintaxis son como el virus ébola, algo muy lejano que solamente le preocupa a unos pocos. Muy a menudo la estupidez se manifiesta gracias a convicciones nacionalistas, racistas, religiosas, homófobas, machistas, o todas las anteriores (en el caso que nos encontremos frente a un imbécil de tipo integral), pero a veces el disparate, la violación de la lógica, la incoherencia argumental, ocurren al margen de esas corrientes malsanas (en lo que denominaremos imbéciles free lance). En la misma línea, uno podría intentar una clasificación, una suerte de bestiario, una taxonomía de los orgullosos imbéciles que cada día nos hacen considerar el lado bueno del holocausto nuclear, pero creo que sería un ejercicio inútil. Mejor será, a manera de ilustración amena, señalar algunos ejemplos, apenas unos cuantos, porque pretender hacer un listado medianamente acabado me podría tomar el resto del día, o de la vida. Además, ya lo dije, los ejemplos están al alcance de todos. Me conformaré con mostrar unas cuantas perlas leídas en las últimas semanas.
En un reportaje de un diario chileno, se señalaba el insuficiente financiamiento de la ciencia local y la dificultad para conseguir empleo de los científicos que regresaban del extranjero con un doctorado bajo el brazo; en la sección Comentarios, un iluminado opinaba que está muy bien que no se malgasten recursos en los científicos, pues muchos de ellos son ateos e izquierdistas. Un fenómeno recurrente en los periódicos argentinos es que, si la noticia es sobre fútbol, no es posible que una mujer haga un comentario (da igual que sea blando,  neutral, o combativo) sin que a continuación varios comentaristas hombres la inviten a volver a la cocina, a planchar, y a practicarles sexo oral. Ayer un futbolista argentino compartía la foto en el vestuario tras el triunfo ante Venezuela, y además de mostrar a todos los jugadores enchufados a su teléfono, el paisaje incluía, como en cualquier camerino post-partido, un reguero de prendas en el suelo: camisetas argentinas, venezolanas, vendas, canilleras, medias, etc; entonces no faltaron los comentarios de patriotas venezolanos (patriota e idiota suenan parecido, en el fondo son sinónimos) denunciando desprecio e irrespeto por su camiseta (un nuevo símbolo patrio, aparentemente). Para cerrar, a propósito de la matanza en el club gay de Orlando, un columnista en un diario peruano señalaba lo obvio, que en una sociedad democrática los homosexuales y heterosexuales deben tener los mismos derechos; el autor de uno de los comentarios con mayor valoración positiva, y al que podríamos calificar de idiota de proporciones bíblicas, clamaba al cielo y vaticinaba que (sic) “con el cuento de que tienen los mismos derechos, pronto saldrán pedófilos a reclamar sus derechos, los que quieran tener relaciones con sus hijos, con sus padres, con sus hermanos, cual sería la diferencia? Permitir a los homosexuales lo que están pidiendo será abrir la puerta a Sodoma y Gomorra”.


¿Tienen razón Pipi -cuando canta que triunfó la estupidez- y Javier Marías -cuando escribe que nunca la imbecilidad se contagió tanto como ahora? Obviamente no tengo cómo saber si ha ocurrido o no semejante fenómeno de escala planetaria (ya tengo bastantes dificultades con poder sonarme la nariz), pero confieso que hay días en que creo que aciertan con su derrotismo. Sin embargo, una mirada menos apasionada tal vez le conceda la razón al erudito que cité en primer lugar. Tal vez Eco está -una vez más- en lo cierto y siempre ha sido así, siempre hemos estado rodeados de idiotas, pero no lo sabíamos; no los veíamos ni los escuchábamos, por lo tanto no existían. Ahora, con tanta red social y comentarios online, parecen haber surgido del subsuelo como plagas de zombies o uruk-hais, pero en realidad siempre estuvieron allí. Antes solamente martirizaban a sus vecinos y familiares cercanos, ahora los sufrimos todos los que tenemos la mala idea de leer sus comentarios. Al parecer uno tuvo la suerte, el privilegio de crecer en una bella burbuja donde todos sabían la diferencia entre “a ver” y “haber”, donde la palabra Leonardo remitía a un genio renacentista y no a un actor de Hollywood, donde la coherencia lógica era la norma y no la excepción. Esa burbuja, como todas las burbujas, estuvo y está rodeada de un amenazante mar de agua. Pero la físico-química nos cuenta que también, y aquí está la gracia, puede ocurrir el fenómeno de que dos burbujas se encuentren y en lugar de disolverse se fusionen, formando una burbuja mayor. Que así sea.   





domingo, 12 de junio de 2016

Por una cabeza

En el post anterior anunciaba que iría a votar en la segunda vuelta por quien no se apellidara Fujimori, es decir que votaría por la alternativa democrática a la corrupción autocrática ahora financiada por el narcotráfico. Pero no pude hacerlo porque una piedra se interpuso en mi camino. No, no se trató de un derrumbe de rocas en la autopista. Los médicos le dicen nefrolitiasis, los matemáticos prefieren el término cálculos renales, pero el pueblo les llama piedras en el riñón. No entraré en detalles morbosos, simplemente me tocó recibir mi cuota de dolor 2016. El caso es que, por más incapacitado que estuviera para viajar por tierra 450 km, igual me sentía culpable por ese voto de menos contra la amenaza Keiko, hasta que leí que su hermano Kenji tampoco había ido a votar ese día. Así, gracias a la pataleta del sujeto que de niño se divertía lanzando hondazos a ministros y generales que visitaban a su papi y a su tío Vladi, y que ahora, creyendo en los derechos de sucesión dinástica, se ha auto-designado candidato presidencial para el 2021, me sentí redimido y aliviado.

Mucho más alivio sentí cuando mis ruegos a Baal fueron escuchados (pensé en aquello del sacrificio de una virgen, pero no conozco a ninguna) y a última hora el antifujimorismo le dio vuelta a las encuestas, encumbrando a la presidencia a un Kuczynski que había hecho todo lo posible por perder la elección. Con una coherencia de discurso y una conexión con la realidad que hacen recordar al abuelo Simpson, y la capacidad oratoria de una momia de museo, PPK estaba pavimentando el retorno al poder de la desgracia fujimorista. Hasta que el movimiento No a Keiko volvió a desbordar la calle en manifestaciones masivas y -más importante aún- la líder de izquierda Verónika Mendoza salió a pedirle a sus seguidores que votaran por el derechista PPK (el mismo que la había tildado de “esa roja que no ha hecho nada en su perra vida”)... y el Perú se salvó, por una cabeza (0.2%), de convertirse en un narco-estado en el corto plazo.

También puede haber colaborado en convencer a algunos indecisos el hecho de que sobre el final de la campaña el partido de Keiko mostrara su entraña tramposa de linaje montesinista (manipulación de audios enviados a los medios) y de financiamiento narco. Puede ser, pero el núcleo duro de apoyo al fujimorismo no entiende mucho de moral ni de razón. Es triste reconocerlo, pero los datos muestran que son los sectores más pobres de la sociedad, aquellos que tienen menos años de educación, los que votan mayoritariamente por Fujimori. Son los mismos que al recibir ayuda no distinguen entre clientelismo y deber de estado, los que confunden pragmatismo con atropello al orden constitucional, y entonces votan por la figura del japonés que hizo muchas obras pero también robó como nadie y destruyó la institucionalidad del país, una catástrofe cuyas secuelas estamos todavía sufriendo.

Sorprende y sobrecoge la fragilidad del análisis electoral de los desfavorecidos. Lo primero en lo que uno piensa es en la falta de educación, en la carencia de recursos analíticos frente al discurso electoral. Pero tal vez sea que la necesidad de enfrentar urgencias básicas cada día posterga cualquier disquisición política por frívola. O quizás simplemente están cansados de tanta desilusión y marcan cualquier cosa sin pensarlo mucho, acudiendo a votar solamente para evitar la multa. En la primera vuelta, estaba en la cola para votar en una escuela de Valparaíso, y el ambiente era grato, relajado. El hombre delante de mí, un trabajador de una empresa de transportes, ya me había hecho reír contándome lo estrafalaria que era la firma de un cliente. Cuando ya era el primero en la fila, la mujer que estaba detrás de mí, de aspecto muy humilde, me dice “por quién votaremos, ¿no?” y me queda mirando, como pidiendo orientación. Por un instante pienso en decirle “por cualquiera menos Keiko”, pero eso es ilegal, así que me contengo. Solamente sonrío y le digo en buen tono “señora, eso tendría que haberlo pensado antes”. Me acordé de ella muchas veces en el camino de regreso, abismado por lo fácil que hubiera sido manipular su voto.

Se salvó la democracia peruana y eso es lo que estamos celebrando. PPK fue un pésimo candidato pero podría ser un buen presidente; eso sí, la gobernabilidad será complicada con el parlamento dominado por una aullante mayoría fujimorista. Ya veremos si cumple lo prometido, y combate la pobreza y la inseguridad, o, como buen derechista, se dedica a cuidar los negocios de los empresarios. Las primeras señales han sido positivas. No creo que haga un mal gobierno, pero si lo hace, sabemos que pasados 5 años, como todos los últimos presidentes de apellido distinto a Fujimori, se irá a su casa. La disfuncional, excluyente e injusta democracia peruana ha sabido mantenerse en pie a pesar de todo. Primero fuimos capaces de tolerar a un enano borrachín mitómano que llegó al final de su gobierno con 6% de aprobación, pero que fue elegido por pelear en la calle contra el fraude electoral fujimontesinista que lo despojó de su victoria. Luego, para evitar a un Humala cuyo círculo hablaba de ir a la guerra con los vecinos, fusilar a los gays y ser un satélite chavista, reincidimos en ungir a un mastodonte ególatra y corrupto con el don de la palabra, que robó un poco menos que en su primer gobierno pero que vendió indultos a los narcos. Finalmente, para impedir el retorno de la mafia fujimorista, hace 5 años elegimos -y estamos terminando de soportar- a un inútil pusilánime que prometió una gran transformación social y solamente transformó su patrimonio. Ahora, para salvarnos de la catástrofe, estamos eligiendo a un gringo anciano (tiene nacionalidad estadounidense y 77 años) con pasado de lobbista internacional. Que los dioses nos ayuden.

PD: reincidiendo en antiguas promesas incumplidas, declaro que pretendo retomar este abandonado blog, con un post cada domingo.  

sábado, 9 de abril de 2016

Apocalipsis now

Mucha gente está anunciando por redes sociales su preferencia electoral para las elecciones de mañana, algunos usando argumentos no más razonables que hacerlo basándose en el horóscopo, el santoral, o las profecías de Nostradamus. Bueno, aquí va mi opinión. Aclaro que me enfoco en lo inmediato, la primera vuelta, y en los tres candidatos con opciones de pasar a la segunda vuelta junto con Keiko Fujimori: Verónika Mendoza, Pedro Pablo Kuczynski y Alfredo Barnechea. Para la segunda vuelta tengo claro que votaré por quien no lleve el apellido del dictador corrupto que destruyó institucionalmente al país, pero ya habrá oportunidad de hablar de ello más adelante.


La historia electoral del Perú, nos dicen los analistas políticos, está llena de incoherencias entre el plan de gobierno del ganador y lo que realmente hizo durante su gobierno. Ese divorcio entre lo prometido y lo cumplido dejan al elector con menos elementos de juicio de los deseables, pero así estamos, esto no es Suecia. ¿Qué queda? Guiarse por las personas y las ideas de fondo, los valores y asuntos fundamentales. Las personas hacen la diferencia. Un gobernante corrupto -al margen de sus ideas- es lo peor que le puede pasar a un país. Su corrupción va pudriendo todo poco a poco y al final el proyecto de país es reemplazado por proyectos personales o empresariales. Con la amenaza real de que el Perú se convierta en otro narco-estado, la integridad moral de los gobernantes se vuelve más necesaria todavía. Por otro lado, un asunto clave es combatir la desigualdad. Los promedios son mentirosos. Si el promedio de ingreso de tu barrio es 500 y llega un vecino que gana 10000,  es cierto que el promedio de  ingreso de tu barrio se ha multiplicado, pero tu calidad de vida es la misma, o peor, porque no será muy grato ver tanta riqueza comparada con tus carencias. Esto es algo que muchos no entienden, pero como los medios están dominados por los favorecidos de siempre, el dogma (equivocado) de que lo único importante es el crecimiento económico (y la inversión que lo genera) no se cuestiona. El bienestar de un país se expresa mejor por el índice de desigualdad que por el promedio de ingreso per cápita. La desigualdad legitimó el discurso inicial y permitió el crecimiento de ese monstruo llamado Sendero Luminoso. Entonces, en primera vuelta...   


No votaré por PPK. Me parece una persona capaz, aunque algo menoscabada a sus 77 años. El problema es que su capacidad a menudo se ha dirigido a favorecer a los ya favorecidos, lo que lo define como un hombre de derecha. A lo largo de distintos gobiernos con los que ha colaborado, PPK ha sido muy eficiente en generar contratos o beneficios para grandes empresas, en detrimento del estado de turno o de la competencia justa. Es el candidato de “El Comercio”, y eso ya es bastante decir en cuanto a quiénes beneficiará su hipotético gobierno. También me desmotiva a votar por PPK el recordar el mitin de cierre de campaña de Keiko Fujimori en la elección anterior (2011), y verlo a él preguntando a la multitud “¿Quién acabó con el terrorismo?, ¿quién acabó con la hiperinflación? Yo no olvido y ustedes tampoco […] Tenemos que tener esperanza en un Perú mejor, que en 5 años sea un país más próspero y menos pobre, queremos una economía estable. Y Keiko sí puede.” Esta alabanza al padre de la candidata (aparte de no ser cierto que Fujimori acabó con “el terrorismo”) me hace pensar que sus convicciones democráticas tienen límites.


No votaré por Barnechea, pero sería mi segunda opción. Comparto en buena medida su visión de la realidad peruana y lo que hay que hacer para mejorarla. No lo veo comprometido con el poder empresarial y me parece un tipo honesto, culto e instruido. Está a la cabeza de un viejo partido de centro que nos dio dos presidentes relativamente buenos y que apenas ha logrado sobrevivir al descalabro institucional que generó el tsunami Fujimori. Pero veo su candidatura algo improvisada (el plan de gobierno se hizo a última hora) y a él mismo lo veo poco comprometido con la tarea, pareciera que lo hubieran obligado a ser candidato (me recuerda a los presidentes de asociaciones de padres de familia). El problema es que ser presidente en un país muy presidencialista desgasta muchísimo, hay que dar peleas en muchos frentes, y si no estás con toda tu energía...mala señal.


Votaré por Verónika Mendoza (y viajaré 450 km para hacerlo, de La Serena a Valparaíso). Es una persona honesta, instruida, genuinamente integrada a las distintas realidades del país, con mucha energía, y con una sensibilidad de izquierda. Es decir, está más preocupada por la desigualdad social que por los grandes negocios (los que inevitablemente benefician a unos pocos). Está a la cabeza de un conglomerado donde conviven la vieja izquierda de siempre, los intelectuales progresistas, y los nuevos movimientos sociales surgidos en defensa de la gente y el medio ambiente contra los abusos de la explotación minera (por razones que no entiendo, las mineras han elegido hacer las cosas mal, pudiendo hacerlas bien). Destaca este partido por su pensamiento moderno, evolucionado, respecto a los derechos de las minorías sexuales y al fin de los privilegios de una de las iglesias en un país oficialmente laico. En su equipo de gobierno hay gente capaz, pero por ahí pasan mis principales dudas, si acaso será un gobierno honesto, con una retórica convincente, pero poco eficiente en los hechos, como fue el de la alcaldesa de Lima. Espero que sepa corregir el rumbo si es necesario, como supo salirse tempranamente del partido de Humala cuando se dio cuenta de que “la gran transformación” que anunciaba Ollanta no era más que la transformación del patrimonio de su familia.


Dan ganas de votar por Mendoza y el Frente Amplio (FA) solamente en reacción a la campaña sucia, plagada de mentiras, que los medios han hecho contra ella en las últimas semanas (sólo falta que la acusen de causar la explosión de Chernobyl) y que mucha gente repite sin pensar. Me tomaría demasiado espacio comentarlo todo (la ignorancia es infinita) pero algo intentaré:


Hablan de que llega el comunismo. Quien dice eso o no sabe lo que es el comunismo o no ha leído el programa del FA. Ser de izquierda no significa ser comunista (así como ser de derecha no significa ser neonazi, y ser imbécil no significa ser Donald Trump). Vamos muchachos, lean un poquito, el conocimiento no duele. El proyecto del FA está más cerca de la socialdemocracia sueca, que trajo prosperidad con equidad a su sociedad haciendo un pacto social con el empresariado, que del socialismo venezolano, un engendro corrupto, autocrático e inútil que ha traído desgracia a su sociedad. Los economistas que están en su equipo son personas con peso académico y experiencia, de ninguna manera van a lanzar al país a una aventura suicida. Tendrán que lidiar con el inevitable boicot interno empresarial a todo gobierno progresista, pero ahí entrará en juego la muñeca política para no pelearse del todo con ellos pero tampoco ponerse a sus órdenes, como Humala. Les vienen tiempos difíciles, por el frenazo chino, pero hay esperanza. A propósito, es risible que se hable de no detener el crecimiento, o ver a Toledo o García colgarse las medallas del crecimiento económico reciente, cuando todo era causado por la locomotora china comprando metales, y ahora que se detuvo, todos los gobiernos son impopulares.


Repiten y repiten que el Perú será Venezuela, como si fuera la única posibilidad de un gobierno de izquierda. Yo confío en que el gobierno del FA no sea como en Brasil, donde los gobiernos del PT (también anunciados como el apocalipsis comunista) se entregaron a la corrupción (pero al menos se redujo mucho la desigualdad), o como Chile, donde los gobiernos de la Concertación (también anunciados como el apocalipsis comunista) se han vendido o alquilado al empresariado local a costa de los bolsillos de la gente, y la elevada desigualdad no ha disminuido un ápice. Otro mundo es posible. Se puede tener un gobierno de izquierda en el que las cuentas del país estén en orden, y crecer moderadamente, y al mismo tiempo tener un estado fuerte y regulador que garantice muchos derechos sociales a la población, en plena libertad, con menos racismo (el Perú está muy atrasado en extirparlo) y más respeto a los derechos de las minorías, y reduciendo la brecha entre pobres y ricos. Ese país existe, se llama Uruguay, encabeza casi todos los ránkings de calidad de vida en Sudamérica, y tuvo hace poco al presidente más honesto y solidario que se recuerde, el ex-guerrillero Pepe Mujica. Curiosamente, el Frente Amplio, el partido de Mujica y Tabaré Vázquez, ha ganado las últimas tres elecciones presidenciales. Parece que la gente le agarra el gusto al apocalipsis.

  

lunes, 8 de junio de 2015

La luz infame

La imagen podría ser bella. Una luz rompiendo la oscuridad imperfecta de la noche urbana, recordando la fogata ancestral a cuyo abrigo surgieron el hacha de mano y la filosofía.
La imagen podría ser bella, pero no lo es. Y es que la oscuridad se ha trizado, pero herida por la luz infame de libros ardiendo. 
En La Serena, la ciudad donde vivo, se incendió una casa patrimonial de mediados del siglo XIX. En uno de sus rincones estaba la librería de la Universidad de La Serena, y en otro estaba el salón donde presenté Amarilis, mi primera novela. Nada queda ahora. Se quemó, al parecer por negligencia humana. Y otra vez el espectáculo perturbador de libros ardiendo. Como los cristianos de Teófilo y luego los musulmanes de Omar quemando la Biblioteca de Alejandría por razones opuestas e idénticas: por amor al dios verdadero, como los nazis quemando libros de autores judíos en cruel ensayo de lo que serían después hogueras humanas, como los milicos de las dictaduras argentina y chilena quemando libros que su escasa inteligencia les sugería peligrosos a partir del título o el color de la tapa. 
La imagen de libros ardiendo, sea por maldad declarada o negligencia casual (dos formas de la ignorancia, quisiéramos creer) ofende, agrede; sea una biblioteca que guardaba el conocimiento de la humanidad entera o una sencilla librería de provincia. Esta librería no era la biblioteca de Alejandría, pero allí te recibían con amabilidad Alejandro y Flor María, editor y secretaria. Allí convivían en santa paz -como en el tango Cambalache- el genio singular de Auster y la vergüenza ajena de Coelho, las novelas de los escritores del boom -vigentes hace medio siglo- y los indigentes libracos de auto-ayuda, olvidables al día siguiente de nacer. 
Detrás de la librería, en el almacén, estaban los ejemplares no vendidos de Amarilis, que tuvo una tirada de 500. Mis estudiantes comentaban, con negro humor heredado, que entonces se quemaron 490. Da igual, se quemó todo. Pero la respuesta frente a esas tragedias ha sido siempre la misma: reconstruir, volver a armar las cuatro paredes y cincuenta estantes que habrán de acoger el conocimiento y la imaginación de tiempos pasados y presentes. Así lo hizo Ricardo Palma, que fue puerta por puerta mendigando libros para rearmar la Biblioteca Nacional del Perú, saqueada por el ejército de ocupación chileno. Así lo hicieron antes los bibliotecarios de Alejandría que no fueron asesinados por las hordas fanáticas de religiones infalibles. Así, quisiéramos imaginar, aunque no lo dice Umberto Eco, lo haría el joven Adso en el monasterio benedictino de El Nombre de la Rosa tras el incendio en el que se consumieron los peligrosos textos de comedia de Aristóteles (la risa invoca al demonio). 
No hace falta ser bibliófilo, escritor, librero o bibliotecario para que se apriete el pecho al contemplar libros ardiendo. Hace falta apenas ser humano, porque ese triste espectáculo maltrata una fibra esencial de lo que nos hizo (y ojalá todavía nos siga haciendo) humanidad. En este sentimiento de duelo y de terca persistencia, quiero recordar los dos tercetos del soneto de Quevedo:

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, 
Venas, que humor a tanto fuego han dado, 
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado; 
Serán ceniza, mas tendrá sentido; 
Polvo serán, mas polvo enamorado.


sábado, 18 de abril de 2015

Cuando los futbolistas eran hombres

Yo le caía mal a Luis Cruzado, y él me caía mal a mí. Había razones para esa antipatía. Yo era un jugador del seleccionado de fútbol sub-16 y él, uno de los entrenadores, maldecía que mi padre -al lado de la cancha- diera instrucciones técnicas, pasando por encima de la autoridad de los entrenadores. A mí me desagradaba que Cruzado nos puteara tanto, parecía estar siempre de mal humor, irritado, a lo mejor sufría de hipertensión o alguna alteración hepática. No éramos niños de coro parroquial, es cierto, pero no entendía por qué nos gritaba con tanta rabia cuando cometíamos un error de fundamento, como evitar patear con la pierna menos hábil (a mí -zurdo de padre y madre- me atormentaba porque mi disparo de derecha parecía de niño de coro parroquial). Por todo eso, adiviné malas noticias cuando, a poco de viajar a Cochabamba a un cuadrangular amistoso, cambiaron al entrenador responsable por Luis Cruzado. Para el anterior entrenador yo era titular fijo, recuerdo claramente cuando nos llamó a un lado a Puchungo Yáñez (el 10, jugaría años después Copa América) y a mí (el 9) y nos dijo que éramos su base para el ataque. No me sorprendió que una de las primeras decisiones de Cruzado fuera mandarme a calentar la banca de suplentes, y así estaban las cosas cuando aterrizamos en Cochabamba. Allí quedé sorprendido por la belleza de las cochabambinas, la locura de la hiperinflación (los precios subían de la mañana a la tarde) y el soroche (la altura me afectaba mucho). Si en el llano yo corría como carterista, en la altura corría como la dueña de la cartera. Años después seguiría sufriendo el mal de altura cada vez que visitara -ya como científico- La Paz o Cusco.

Primer partido: Palmeiras de Brasil. Como yo era suplente, me tocó desfilar en la inauguración (foto abajo). El sueño de todo futbolista: pasar frente a una tribuna poblada de gente que mira para otro lado. Pero vamos al fútbol, que es lo que importa. Perdíamos 1-0 y al entretiempo Cruzado decidió que entrara por el muchacho al que él le había dado la titularidad a mi pesar. Este muchacho era muy hábil para peinarse y para enamorar a las cochabambinas, pero en el juego era irrelevante. En la charla previa Cruzado me insistió en la entrega, en darlo todo, y entonces creí comprender su reticencia conmigo. Tal vez creía que por ser de los “blanquitos” no iba a poner huevos como se debía. Estaba equivocado, yo siempre tuve claro lo que había que hacer. MI primera jugada fue una pelota dividida con el defensa central de ellos, que medía más de 1.90. Le metí flor de planchazo y Frankenstein (así lo apodamos los días previos, pues compartíamos hotel con los brasileños) rodó por el suelo gritando, y yo me gané tarjeta amarilla. Recibí gritos de apoyo desde la banca y eso me motivó más, pero el mismo Cruzado me gritó que me tranquilizara. Finalmente les volteamos el partido y yo jugué bien, participando bastante del juego y ridiculizando a Frankenstein un par de veces. Eso sí, terminé más cansado que caballo de bandido. Cruzado me recibió con un apretado abrazo que me emocionó. Esa noche entró a mi habitación y me dijo que pensaba ponerme de titular en el segundo partido, contra los locales, pero le preocupaba mi estado físico. Acordamos que volvería a entrar en el segundo tiempo, que era cuando se definían las cosas.


Segundo partido: Enrique Happ de Cochabamba. El campeonato era sub-16, pero al parecer a estos muchachos les cantaban cumpleaños feliz cada dos años, o tenían mal oído y escucharon sub-26. El caso es que varios de ellos eran claramente adultos, en la foto del equipo aparece un bebé que supongo era el hijo menor del arquero. Si a esa ventaja le sumamos el tema de la altura, tal vez se entenderá que perdiéramos 3-0. Más se entenderá al saber que el árbitro era descaradamente localista y nos expulsó a un jugador injustamente. Como ya perdíamos 2-0 al primer tiempo, Cruzado me hizo entrar antes de lo acordado, pero nada cambió. Solamente pude cambiar algunos golpes con los añosos rivales, saliendo con la nariz sangrante al final del partido. Una nota del diario local comentaba la “violencia” de los jugadores foráneos; claro, no tomábamos de la mejor manera el hecho de jugar contra 12. Volvimos del estadio cantando en el bus, igual que a la ida, pero al mismo tiempo llorábamos de rabia, como los niños que todavía éramos. Así que mi cara era una postal de la frase de Churchill: sangre, sudor y lágrimas.



Tercer partido: Argentinos Juniors. En ese equipo jugaba Diego Cagna, que después ganó todo con el Boca de Bianchi, pero la estrella era Christian Trapazzo, un puntero desequilibrante que fue elegido el mejor jugador del campeonato. Hicimos algo de amistad, intercambiando camisetas y hablando mal de los brasileños. Jugó como profesional en Argentinos Juniors y en México, pero no llegó tan lejos como prometía en divisiones inferiores. Yo pude seguir desde lejos su carrera y me apenó mucho saber que murió a los 30 años, de un ataque cardíaco. Sigamos. Ese tercer partido, ya adaptado a la altura, lo jugué completo, por eso aparezco en la foto de la formación antes de comenzar (arriba), con la actitud gallarda y combativa del que defiende los colores de su país, inasequible al desaliento y a la conciencia de que esos shorts eran demasiado cortos. Ganamos 2-0, jugué bien otra vez, atacando y defendiendo, pero no pude anotar; el larguirucho arquero me sacó con la punta del zapato el que era mi gol. De todos modos quedé feliz, exhausto, pero feliz. Y nuevamente Cruzado me envolvió en un largo abrazo paternal que hizo que nuestra relación no fuera tensa nunca más. De hecho, en la foto del regreso (abajo), con la vistosa copa del segundo lugar, se puede ver que me abraza. Ahí estamos todos, luciendo nuestra indumentaria deportiva de una marca cercana a Puma (era Tigre). Y bueno, eran otros tiempos.



Justamente, eran otros tiempos. Porque Luis Cruzado, que fue sub-campeón de la Copa Libertadores 1972, que jugó el mundial México 1970, cuando ver jugar a Perú daba gusto y no pena, llegaba y se iba de los entrenamientos en auto ajeno o en taxi. El volante técnico y rudo al mismo tiempo (ahora se dice volante mixto), que jugó en la Bombonera cuando Perú eliminó a Argentina de ese mundial donde enfrentó a la Alemania Federal de Beckenbauer y Gerd Muller (dos muchachos que levantarían la copa 4 años después), nunca pudo tener una situación económica estable. Otros tiempos y otros méritos. De hecho, su sobrino, Rinaldo Cruzado, actual jugador de la selección peruana, es millonario gracias a sucesivas transferencias a equipos de Italia, Uruguay y Argentina, donde siempre fue suplente. Hoy juega en el Universidad César Vallejo de Trujillo y -como todos los peruanos- seguirá viendo el mundial por TV. No sé por qué Cruzado tuvo una carrera tan corta como técnico de clubes, pero puedo imaginarlo. Era un tipo disciplinado, estricto, y eso es imperdonable para el futbolista peruano, al que le gusta el trago, la fiesta, y odia el trabajo físico. Los entrenadores exigentes no duran mucho en este país al revés donde el tonto se cree vivo. Volviendo a Cochabamba 1985, recuerdo que cuando aparecieron por el hotel tres damas de aquellas (fina cortesía del anfitrión boliviano que quería menguar nuestros bríos adolescentes en otras canchas) Cruzado se enfureció y nos prohibió acercarnos, haciendo rondas nocturnas para vigilar que estuviéramos en nuestros cuartos y sin compañía femenina. No fue esa la actitud de otros entrenadores en otros viajes de selecciones menores, los que fomentaban que nos hiciéramos “hombres” con esas profesionales.    

Hace poco me enteré de que Luis Cruzado murió el 2013, por dolencias derivadas de la diabetes. Yo no lo volví a ver después de esos años, mis años de futbolista. De haberlo visto, probablemente le habría contado con algo de vergüenza que dejé el fútbol por la ciencia, y tal vez me habría animado a contarle que a los 30 años ya podía hacer pases largos con la derecha. Cruzado murió en la pobreza. En sus últimos años, ex-futbolistas de Universitario hicieron colectas y campañas para ayudarlo con el tratamiento de su enfermedad. Me conmovió verlo en esas entrevistas, tan débil, vulnerable; él, que fue tan fuerte, que infundía tanto miedo cuando gritaba. Ahora sólo pedía que lo fueran a visitar al hospital, para conversar. Así mueren los futbolistas de antes, los que salían a la cancha sin mirarse al espejo y sin cambiar su peinado, los que no tenían su nombre grabado en los zapatos y amarraban sus medias a la pantorrilla con una pita, los que no tenían un sueldo obsceno pero se mataban en la cancha por la camiseta, una camiseta sin marca y a veces desteñida por el uso, los que no se tiraban al suelo cada vez que los tocaban, revolcándose y chillando como chancho en matadero. Sí, eran otros tiempos, cuando los futbolistas eran hombres.



lunes, 6 de abril de 2015

La basura en su lugar


El mes pasado hubo una marcha por las calles de Lima contra la TV basura. Oficialmente era para exigir el cumplimiento de un artículo de la Ley de Radio y Televisión referido al horario de protección al menor, una normativa que los canales de TV compiten por incumplir. En el fondo, la marcha fue una protesta contra la basura de contenidos en los programas de chismes de farándula, reality-shows, y pseudo-competencias atléticas entre modelos que no hacen más que inventar romances, infidelidades y peleas. Los organizadores de la marcha fueron los mismos que encabezaron las protestas contra una ley que supuestamente fomentaba el empleo juvenil pero en realidad recortaba groseramente derechos laborales. Así, estos muchachos sin partido político son la reserva moral de la sociedad que da un grito de asco cuando la calidad de los contenidos televisivos (o de los empleos) llega al nivel basura; el mismo grito de asco que un comensal profiere al encontrar un insecto en su comida. Algunos periódicos, parte de los mismos conglomerados empresariales que poseen los canales, previsiblemente menospreciaron la charla antes y manipularon las informaciones después. Por supuesto, son medios en cuyas páginas web más de la mitad de las “noticias” son farándula, seguimiento a telenovelas y reality-shows, fútbol, y videos de youtube o facebook.
Aplaudo a estos muchachos que en las puertas de los canales gritaron insultos y rompieron gigantografías de los “rostros televisivos”, personajes a los que cuesta mucho encontrarles un talento particular que justifique su fama o sueldo (o su existencia, si nos ponemos metafísicos). Antes de la marcha leí en varias columnas las típicas disquisiciones que -siendo razonables- finalmente llevan al inmovilismo: que antes había que definir lo que era TV basura y lo que no, que la educación es tarea de los padres y no de la TV, que hay otros problemas más importantes por los cuales marchar, etc, etc. Esto me hizo recordar una fábula que leí de niño, donde un par de conejos que huyen de dos perros de caza se ponen a discutir si los perros son galgos o podencos, y de tanto discutir pierden el aliento y son presa de los perros. Lo importante, lo terrible, es que la gente se embrutece cada vez más al conectarse con los medios de comunicación masivos, perdiendo la poca cultura ganada en el colegio, confundiendo su juicio acerca de lo que es valioso, tomando como modelos a personas que no tienen nada de admirable, y adormeciendo sus capacidades intelectuales de análisis y crítica, lo que le viene muy bien a gobiernos incapaces, autoritarios, maquiavélicos, o todas las anteriores. El cerebro del televidente enchufado a la TV basura se va haciendo cada vez más primario, limitando sus temas de conversación a las banalidades que todos conocen, repitiendo pensamientos como respuesta a estímulos repetidos. Retomando la analogía, ese ser humano intoxicado de contenidos idiotas y superficiales termina pareciéndose al sujeto que de tanto comer comida chatarra se convierte en un obeso mórbido que se mueve y respira con dificultad, y que básicamente dedica su vida a pensar en el siguiente bocado.
Fue divertido leer cómo muchos de los rostros visibles, los responsables mayores de esa degradación televisiva, reclamaban indignados que ellos no eran parte de la TV basura (sí, hija, todos menos tú). Suena familiar. Nadie se declara racista o clasista, pero a la mayoría sin mucha dificultad le escuchas frases claramente racistas o clasistas. Molesta la etiqueta, a quién no, pero -lo siento- por sus obras los reconoceréis. Ahora, lo deprimente no es tanto que los contenidos de estos programas sean repugnantes o lobotomizantes, al fin y al cabo cualquier demente podría salir mañana a pretender vender en la calle los productos de su digestión; lo realmente triste es que la gente forme cola para comprárselos, es decir que esos programas sean los de mayor rating. Algo tienen, alguna fibra en la corteza cerebral se riza, alguna neurona malformada toma el puente de mando, cuando desfilan el chisme, el morbo, y los/las modelitos de cuerpos apetitosos por la pantalla. Al igual que la comida chatarra basa su éxito en apuntar directo al hipotálamo para liberar cataratas de dopamina, la TV basura probablemente apela a un mecanismo encefálico primitivo del que cuesta mucho librarse. Para muestra, mi amigo Marco, al que un doctorado en ciencias no ha hecho inmune a la tentación de la farándula televisiva.

Evidentemente, esto no ocurre solamente en el Perú, es lo mismo en muchísimos países. Los formatos se repiten y, a pesar de las diferencias culturales, triunfan en términos de audiencia. Esta alienación es ya una epidemia global. Algunos dirán que se exagera, que basta cambiar de canal o apagar la TV, que uno tiene la libertad de elegir. Algo de razón tienen, pero es como decir que el problema de la pasta básica de cocaína en la sociedad se soluciona decidiendo no usar drogas (Just say no). La TV basura crea modelos de conducta, y ya está haciendo daño; una señal es la cantidad de niños que son inscritos con los nombres de esas figuras televisivas. Hace poco, en un colegio chileno, a la pregunta “qué quieres ser” un muchacho próximo a egresar contestó -seriamente- “opinólogo”; o sea, una persona que se dedica a comentar los chismes de la farándula. Lo que está detrás de esta respuesta, y de las larguísimas filas de postulantes a participar en reality-shows, es una distorsión esencial: la creencia de que ser famoso es una señal de éxito personal, y entonces cualquier cosa que los lleve a las pantallas, incluidas la humillación y el riesgo personal, se justifica. Antes era así, las celebridades lo eran por méritos verdaderos, por destacar en algún campo a consecuencia de una larga dedicación o por algún talento singular (artístico, científico, intelectual, social, deportivo, etc.). Ahora no, cualquier exhibicionista de ostentosa ignorancia puede hacerse famoso simplemente porque se transmiten sus gestos y palabras por TV. Ser famoso ya no es una consecuencia, se transformó en un fin. ¿Adónde nos lleva esto? No lo sé, pero viendo a estos aspirantes a la fama colgando de trapecios y haciendo equilibrio sobre troncos, se me ocurre que ya empezamos el camino de regreso a ese momento fundacional de nuestro linaje en el que un salto audaz nos llevó de los árboles a la sabana.