sábado, 7 de abril de 2012

En París, con aguacero

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

Cuando en el colegio nos hacían leer este poema de Vallejo  (Piedra negra sobre una piedra blanca) nos preguntábamos con cierto morbo si la profecía del poeta acerca de su muerte se había cumplido. No sé si fue culpa de un profesor despistado, de esos con sueldo insuficiente para sus necesidades pero exagerado para sus capacidades, o se trató de uno de los muchos mitos urbanos que acompañan nuestro paso por el colegio, tal vez apoyado en la confusión de poeta con profeta, pero juraría que alguna vez me dijeron que la profecía se cumplió. No es cierto. César Vallejo sí murió en Paris, pero con llovizna en lugar de aguacero, y no un jueves sino un viernes; un viernes santo, en la primavera boreal.  Sin embargo, más allá de mitos o confusiones, el primer verso del poema se ha grabado en la memoria de muchos lectores, sean admiradores de Vallejo o no. Y yo lo tenía muy presente la primera vez que estuve en París, en 1995, ocasión en la que, como ya conté en el post Hormigas y cigarras, caminé y observé mucho. Y comí muy poco.

Me alojaba en uno de esos albergues para la juventud (Auberges de Jeunesse) que están pensados para gente muy sociable e inmune a la incomodidad (ahora tengo medios para alojarme en mejores lugares, pero ya no tengo ni media juventud). Recuerdo que uno de mis compañeros de habitación (dos camarotes = cuatro extraños compartiendo cuarto) era un muchacho japonés al que -ya por 1995- su reloj le hablaba. Me explicó orgulloso que el reloj le decía la hora, el día, la temperatura, etc, y además le daba los buenos días. El compañero de viaje ideal. Pero al japonés y a su reloj los vi muy poco porque yo me pasaba el día entero recorriendo esa ciudad tan llena de historia. Uno de mis destinos fijos, al momento de planificar el viaje, fue el cementerio de Montparnasse. Siempre me ha gustado caminar por los cementerios. Son lugares ideales para la reflexión, porque tanto los visitantes como los visitados suelen estar muy tranquilos. El cementerio más famoso es el de Père-Lachaise, no sólo por sus mausoleos y estatuas de una belleza impactante, sino porque alberga a muchas celebridades, en el sentido antiguo de la palabra (aquellas personas que sobresalían del resto por la calidad de su obra; no como ahora, en que basta el escándalo y el dinero para ser llamado celebridad). Visité ambos cementerios, pero primero fui al de Montparnasse, porque allí está la tumba de Vallejo. Era cerca del mediodía cuando llegué, tras larga caminata. El cielo encapotado de París anunciaba aguacero en algún momento.

En ambos cementerios hay a la entrada una suerte de mapa con la ubicación de las tumbas de los personajes célebres. Pero gracias a mi notable capacidad para la desorientación espacial, rápidamente me perdí. Me preocupaban dos cosas: que pronto se largara el chaparrón, y yo sin paraguas, y que podía pasar mucho rato buscando a Vallejo y finalmente no encontrarlo, porque eran miles de tumbas y nadie me podía ayudar. Digo esto porque 1) la caseta de la entrada quedaba muy lejos, 2) yo no hablaba nada de francés en esa época, y 3) aunque 1 y 2 no fueran ciertos, el guardia del cementerio, con un destilado de la mítica amabilidad parisina, jamás movería un dedo para colaborar con el insignificante turista desorientado. Estaba yo inmerso en el desasosiego, en pleno frenesí de búsqueda casi ciega, cuando apareció una mujer de aspecto amable y me preguntó algo en francés. Al no entender lo que decía, simplemente le sonreí. No sé qué interpretaría la añosa dama (no, esta no es una crónica con final cargado de erotismo) y me dijo con un gesto que la siguiera. Intenté decirle con otro gesto que no, muchas gracias, pero ella ya estaba en movimiento. Decidí seguirla, porque no me inspiraba desconfianza y porque quizás, en un caprichoso giro del destino, ella me llevaría hasta la tumba de Vallejo. Después de unos cuantos cambios de dirección, de pronto se detuvo, y me mostró, radiante y reverente, un vistoso mausoleo que decía ... Famille Saint-Saëns. Inicialmente pensé que era el mausoleo de su familia, y comencé a temer un desenlace macabro de la historia, pero rápidamente me señaló la lápida de Camille Saint-Saëns, y entonces recordé lo poco que sabía del personaje: era un compositor clásico, y su música no me gustaba. Y allí estaba yo, en actitud contemplativa frente a la tumba de ese señor, fingiendo interés para no ser descortés con la amable señora que tenía al lado, mientras el pobre Vallejo languidecía sin visitas, y el cielo seguía amenazando tormenta. Afortunadamente la señora tenía apuro y se despidió como diciendo “Ahí lo dejo a Ud. para que disfrute a solas de este momento tan especial”. Le agradecí (que se fuera) y rápidamente reinicié la búsqueda de mi siempre afligido paisano. Salí del grupo de tumbas donde descansaba el músico hacia una de las calles internas del cementerio. Enfrentado a la decisión de qué dirección tomar, hice como siempre: hacia la izquierda. Y unos cuantos pasos más allá... ocurrió el milagro. Entre docenas de sepulturas, una placa blanca con el texto “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo” (el primer verso del poema Espergesia) me indicaba que la búsqueda había terminado. Allí estaba la lápida gris que decía César Vallejo, en un contraste de colores que lo hacía casi ilegible. Había restos de flores secas y un par de piedras, tal vez ofrendas de un visitante andino. Debajo del nombre del poeta se leía -en francés- algo así como “que quiso descansar en este cementerio”, seguramente puesto por su viuda francesa, Georgette, quien tuvo que enfrentar el tardío oportunismo de las autoridades peruanas, que querían repatriar los restos de quien fuera ignorado literariamente y perseguido políticamente en su país. Ella hizo prevalecer la voluntad de este hombre que murió de una enfermedad curable, abandonado y miserable, a los 46 años.

Una emoción ahora sí genuina me embargó y quedé mucho rato mirando su nombre, mientras en mi cabeza sonaban versos sueltos. Afortunadamente estaba solo. Me invadió ese sentimiento que él mismo definiera con una palabra que tuvo que inventarse, trilce: triste y dulce. Después de algunos minutos de invisible homenaje, tomé una foto (donde aparece mi mochila compañera de caminatas) y luego tomé prestada una flor roja de las muchas que le sobraban a una tumba cercana, y la dejé encima. Comenzaban a caer goterones, y la sombra de los miles de árboles que acompañan la visita a Montparnasse, una bendición en días de calor, no sería buen refugio si se terminaba de largar la lluvia. Me despedí entonces del cholo Vallejo, como quien se despide de un amigo muy querido al que no sabe si volverá a ver, y apuré el paso. Antes de salir, un grupo de gente alrededor de una lápida me ayudó a saber que allí descansaba Sartre, de quien ya había leído La náusea y Las palabras, así que también tenía razones para ir a agradecerle personalmente. Tomé una foto rápidamente (con mochila en el cuadro) y ahora sí salí, buscando un alero protector bajo el cual guarecerme del inminente aguacero.

Cada vez que inauguran una escuela o una biblioteca, los alcaldes de los pueblos peruanos proclaman, con toda la solemnidad que el alcohol en la sangre les permite, que César Vallejo es el mayor poeta del siglo XX en cualquier lengua; incluso sin haberlo leído. Pero lo mismo afirman sesudos, sobrios y renombrados críticos literarios americanos y europeos. Coinciden además dos enormes y distintos creadores, Silvio Rodríguez y Joaquín Sabina, en que descubrir la poesía de Vallejo les supuso una conmoción que no se extingue. Y este humilde servidor levanta la mano para decir en voz baja que Vallejo es el más grande. Con unos pocos libritos alcanzó el Monte Parnaso de la Poesía, llevando a su límite la expresión de la poesía del lugar, la de denuncia social, la simplemente humana, la filosófico-existencial y la vanguardista (adelantándose más de una década a los primeros ejercicios surrealistas). Pero mi primer contacto con Vallejo, a los 8 o 9 años, no fue un poema sino un cuento, Paco Yunque. Después sabría que ese cuento, supuestamente para niños, alguna vez fue prohibido de ser distribuido en las escuelas por ser demasiado triste. Leer Paco Yunque es descubrir de un solo golpe la brutalidad de la injusticia emanada del poder económico, ensañada en los indígenas peruanos pobres y sin derechos, y todo dentro de la sala de clases de una escuela primaria. Bien lo sabía Vallejo, que vivió un tiempo en una hacienda donde los indios eran tratados como animales, fue maestro de escuela, y estuvo en la cárcel rodeado de otros tantos inocentes. Leer Paco Yunque es terminar pensando que la lucha de clases es algo inevitable y que la integración es una utopía.

Cuando llegó el aguacero yo ya estaba a salvo, bajo un arco en una plaza. Tuve suerte, porque una mujer tocaba guitarra y cantaba para el grupo de refugiados de la lluvia. Era bonita, cantaba Gracias a la vida en un castellano con acento francés, y estaba acompañada por un viejo clochard y un perro tuerto (llevaba un parche negro en el ojo, como los piratas). En otras ocasiones tuve que esperar el fin de la lluvia en situaciones bastante menos románticas: la portada de un edificio comercial, un McDonald’s, un paradero de buses. Llovió mucho en París en esos tres días. El último día, 14 de julio, escampó totalmente y pude caminar tranquilo. Llegué a la Plaza de la Bastilla, el lugar donde la lucha de clases escribió la historia hace más de 200 años. Y fue allí donde vi la segunda muestra de que la sociedad parisina está más integrada que las sociedades latinoamericanas que conozco. La primera había sido el día anterior, en un McDonald’s. Allí, un mendigo muy maloliente hizo su cola para comprar una hamburguesa con una gran cantidad de monedas de baja denominación, y mientras esperaba iba comiendo los restos de comida abandonados en las mesas. Nadie se inmutó por su presencia, y la cajera lo atendió exactamente igual que a todos. En Chile o Perú hubieran llamado al personal de seguridad los clientes o las cajeras. Ese día despejado, en la Plaza de la Bastilla, había una pareja caucásica con una niñita muy rubia, vestidos impecablemente. Estaban sentados escuchando las pruebas de sonido, pues más tarde habría un concierto de Jean-Michel Jarre. De pronto se acercó un hombre de raza negra, con aspecto de vivir en la calle, y comenzó a jugar y bailar con la niñita. En Chile o Perú habrían salido huyendo de inmediato. Pero estos franceses se divirtieron mucho y aplaudían al ver a su niñita bailando con aquel moreno gigante que fingía caer a cada momento. Tengo claro que no se puede generalizar a partir de dos anécdotas, y leí bien las noticias de los saqueos e incendios de automóviles en los barrios marginales parisinos hace algunos años, no quiero pecar de candidez extrema. Sin embargo, me llamó la atención que justamente en ese París con aguacero que vivió y soñó el inmortal César Vallejo, el escritor que me inició en el sacro resentimiento social, encontrara yo esas postales de integración, en las antípodas de la lucha de clases.





domingo, 1 de abril de 2012

Cayendo en la red


Nunca pensé que terminaría en una red social. Bueno, eso le ocurre a muchas personas (lo de nunca pensar). Me convencieron mis escasos pero muy fieles (hmm, dejémoslo en constantes) lectores: Alejandro, Ricardo, Mónica. Con esto el blog gana difusión y yo gano burlas de los que me recuerdan que afirmé tajante que nunca estaría en una red social como facebook. Me defiendo diciendo que la cuenta no es mía, sino de mi blog, pero seguramente no encontraré indulgencia al otro lado de la pantalla. ¿Por qué me resistía? Una primera respuesta es que por definición un sujeto asocial no debiera tener interés en una red social. Y digo asocial y no antisocial porque últimamente la prensa, la mal hablada y la peor escrita, ha dado en llamar antisociales a los delincuentes, como si después de perpetrar un latrocinio los ladrones no se fueran a celebrar felices con sus compinches y amistades varias. Sonaba más grato y más gregario cuando se les llamaba “los amigos de lo ajeno”. Me defino como asocial porque el 90% de las veces, enfrentado a elegir entre la interacción social o hacer cualquier otra cosa, descubro el irresistible atractivo de la otra cosa. Una segunda respuesta la adelanté en los comentarios del post anterior: facebook me parecía el hogar de la banalidad,el narcisismo y el tedio. Obviamente, hay bastante prejuicio y poca tolerancia de mi parte. Es claro que se trata de un medio, como un periódico o una radio, y ese medio es tan noble o despreciable como su contenido. Pero también es innegable que son muy comunes los casos que ilustran mis prejuicios. Están los que comparten con el mundo información tan  trascendente como que se están cortando las uñas, van camino a un pub, sienten frío en invierno (y calor en verano), o ese día comieron sushi. No imagino cómo podrían enfrentar la vida, sin esa información esencial, las afortunadas personas que componen su círculo de amigos. Lo que hacen los adolescentes creo que ya entra en el campo de estudio de la primatología, porque el lenguaje escrito muta en una serie de signos incomprensibles que se repiten o alternan con figuras, números y letras en apariencia aleatorias que de vez en cuando se asemejan a palabras del idioma castellano. Finalmente, están los que, convencidos de que son muy interesantes y singulares, escriben textos incompletos que apuntan a generar intriga, esperando a que el rebaño subordinado acuda presto a preguntar “qué te pasa”, para recién entonces revelar la causa de tanta angustia existencial, que es generalmente una nimiedad. En fin, todo apunta al meollo del éxito de este invento: hacer que personas comunes se sientan y actúen como celebridades.

Pero, como diría el Chapulín, no hay que morder la mano del caballo regalado, o no hay que mirarle el diente al que te da de comer. Por eso no debo ser tan crítico con ese medio de difusión que -inmediatamente, ya lo verifiqué- ha aumentado el número de lecturas de este blog pobre pero honrado (porque se niega a incluir los anuncios de Google Adsense para “ganar dinero”). De esta manera me he librado de llevar a cabo otras prácticas de dudosa moral para atraer lectores, como poner fotos de erotismo explícito o comentarios de farándula, o mandar una de las típicas cadenas de correo electrónico “Salvemos al pequeño Ojetín, un poodle retenido por la malvada aduana talibán de Birmania, de que le amputen temporalmente la cabeza y las patas; si no le mandas este mail a 10 contactos en los próximos 15 minutos entonces se cumplirá la sentencia del pequeño Ojetín y Dios te castigará”. A propósito, recuerdo que en el colegio religioso donde estudié había un cura que escribía libros. Sus obras eran de una creatividad deslumbrante, del tipo “Conversando con mi amigo Jesús”. Hasta allí, ningún problema, todos tenemos derecho a escribir nuestras cosas. El problema es que cada niño del colegio se llevaba, sin pedirlo, un ejemplar del libro. El dato que me falta es saber si lo cobraban o no. En fin, en todo caso a mí la estrategia no me sirve. Porque si le repartiera un ejemplar de mi novela a los estudiantes que he tenido, y ellos recuerdan bien las calificaciones recibidas, es probable que muchos le den un uso a la novela que requiera arrugar sus páginas primero.



* Deleted scenes:
- Y recuerde, amigo lector, amiga lectora, si Ud. hace click en Me Gusta recibirá múltiples bendiciones del altísimo (no me refiero a Alan García). Dígale adiós a la celulitis, la halitosis, la dispepsia, la estitiquez y tantas otras palabras difíciles. Navegue por facebook y encontrará a muchos otros como Ud., buscando afanosamente consumir el tiempo que les sobra.

- Llame ahora, llame ya. Nuestras ejecutivas están ansiosas de responder su llamado. Si se hace seguidor de este blog en los próximos minutos le haremos llegar a su domicilio, sin costos de envío, un ejemplar de la biografía de Don Francisco y una linterna portátil que funciona con celdas solares.

- No se olviden de Ojetín.



lunes, 26 de marzo de 2012

Conversando con mi enemigo



G - Y tú, ¿por qué sigues escribiendo, si no escribes bien?
E - Bueno, tú sigues teniendo sexo con tu mujer, a pesar de no hacerlo bien, como tantos otros. Quiero decir, como tantos otros con sus respectivas mujeres, no con la tuya.
G - No has contestado a mi pregunta. Pareces un político.
E - Si comenzamos con los insultos... mejor no seguimos. Te contesto: escribo porque no puedo dejar de hacerlo.
G - ¿Es ésa la razón?
E - No, no hay nada de razón en eso. Intenté muchas veces convencerme de que no valía la pena seguir intentándolo, siempre sin éxito. Pero, claro, a veces lo opuesto a un fracaso puede ser otro fracaso. Porque mi objetivo mayor en esto de escribir ha sido lograr publicar mi primera novela...
G - Y ya acumulas muchas cartas de rechazo.
E - ¿Cuánto es mucho? A JK Rowling le rechazaron Harry Potter de 17 editoriales (que deben haber adornado los árboles del parque más cercano con un ejecutivo colgante).
G - Pero tú no eres JK Rowling. Y mucho es: lo suficiente para que te convenzas de que no tienes talento.
E - Ah, entonces no son muchos rechazos, no todavía. Los hijos de los feos son testigos del éxito de la persistencia contra toda esperanza.
G - Tal vez deberías intentar algo más sencillo, menos intelectualoide que tu novela. Algo con mucho sexo pagado, drogas duras, persecuciones, alcohol sin etiqueta, ráfagas de metralleta... en fin, un cóctel más vendible.
E - Lo siento, siempre he preferido el ajedrez solitario a las damas de compañía.
G - Ya estás otra vez con los juegos de palabras que no venden.
E - Sabina vende, y mucho. Mucho más de lo que se nota. De allí su genio.
G - Pero tú no eres Sabina.
E - Si vas a pasarte la noche nombrando cada persona que no soy, va a ser muy larga. Y la parte de los chinos va a ser muy tediosa.
G - Tienes razón, por primera vez. Démosle la vuelta, entonces. Quién eres y por qué escribes.
E - La primera pregunta es muy personal y la segunda ya la hiciste.
G - Pero tu respuesta fue muy pobre, contestaste “porque no puedo dejar de hacerlo”. Vamos, eso suena a confesión de comedor de uñas, intenta algo más digno.
E - Está bien. Sólo para que me dejes en paz esta noche, a ver si puedo escribir un poco. Te daré tres respuestas, tú te quedas con la que más te guste, y yo fingiré que acertaste.
G - Igual que una pareja de enamorados intercambiando regalos de aniversario. De acuerdo.
E - Uno. Escribo porque cuando leo un buen libro, o simplemente un buen texto, no puedo evitar comenzar a redactar algo en mi cabeza.
G - Redactar. Vaya verbo que elegiste. Suena a secretario de juzgado con sueño y con caspa.
E - No interrumpas.
G - Está bien, pero tú no provoques.
E - Dos. Escribo porque cuando leo mala literatura (en libros, blogs o columnas) me espanta que haya gente que aplauda, cuando habría que mandar a esos escribas a los leones y a una academia de narrativa, en ese orden. Es necesario corregir ese error universal.

G - ...
E - Tres. Escribo porque creo que tengo cosas que decir y porque disfruto mucho haciéndolo, al mismo tiempo que me agobio hasta lo indecible.
G - Ésa fue una respuesta múltiple. Hiciste trampa.
E - Bueno, descuéntame dos puntos del promedio final. Ya está, ahora déjame tranquilo. Esto no debía tener más de 500 palabras y ya estamos pasados.
G - Para terminar, porque ya no queda nadie leyendo (la verdad sea dicha): ¿qué es lo que estás escribiendo, aparte de ese blog impuntual y anodino?
E - Mi segunda novela.
G - No te creo, ¿la segunda? Sin comentarios...
E - No te los pedí.
G - Bueno, al menos nadie te puede acusar de estar aprovechándote del éxito de la primera.
E - Hasta luego.











martes, 7 de febrero de 2012

El aplauso de los mancos


Yo estaba maldiciendo la idea de haberme inscrito en ese simposio (simposium, según el anuncio) sobre ecología y desarrollo sustentable. Allá adelante, en la mesa de honor (o sea, una mesa cubierta por un paño verde alrededor de la cual se sientan personajes de honorabilidad incógnita), un orgulloso hijo de la ubérrima tierra de Huacho acababa de perpetrar una encendida arenga, rematando con “la sociedad en su conjunto debe saber enfrentar los desafíos del nuevo milenio”. Sólo faltaba lo del granito de arena para consumar la aniquilación de la inteligencia en ese salón de puertas doradas. Afortunadamente, el hijo de Huacho había dejado tranquilo por un momento al bendito milenio y ahora se dedicaba a listar una interminable serie de obras suyas, todas inéditas. Me pregunté si me devolverían el dinero de la inscripción habiendo pasado apenas hora y media desde que el himno nacional (“entonar las sagradas notas”, dijeron) marcara la inauguración del simposio. Me respondí que no. A lo mejor el café y las galletas de la pausa valdrían el sacrificio, trataba de convencerme, mientras seguía lamentando haberme inscrito en este circo de mediocres con saco, corbata y título a nombre de la nación... hasta que la vi. 
Estaba sentada en la fila de atrás, seis asientos a la derecha. Fue como si se hubiera detenido el tiempo, como si alguien le hubiera bajado el volumen al mundo sólo para que yo la pudiera mirar con tranquilidad. Nunca había visto tanta sensualidad e inteligencia reunidas en un rostro. Su belleza no era inmediata, describirla objetivamente habría resultado una tarea banal (pelo largo y negro, ojos oscuros detrás de unos anteojos pequeños, nariz grande, piel trigueña); su belleza era una promesa de algo más allá, de una segunda vuelta de la imaginación, su belleza necesitaba que no estuviéramos allí. Estaba tan distraída como yo, lo que hizo que no le restara puntos por darle atención al homenaje a los lugares comunes que allí se llevaba a cabo. Justo cuando estaba planeando cómo acercarme a ella en medio del discurso sobre el calentamiento global a cargo de un conocido abogado, ex-ministro de economía, me di cuenta que conversaba con Erik Silva. Erik había sido mi compañero en el curso de química orgánica el semestre anterior y además habíamos participado en un par de recitales de poesía en la universidad, no nos veíamos con frecuencia últimamente (de hecho me debía un libro hacía cuatro meses) pero nos llevábamos muy bien. Estaba salvado, ya tenía un puente para llegar a ella. De todas maneras me propuse abordarla ese mismo día, sentía que una aventura mayor estaba por comenzar. Recordé en ese momento al brujo norteño que me leyó la mano diciéndome que en una vida anterior yo había sido pirata. Claro que no precisó si yo era el que repartía las esmeraldas en la playa caribeña o el que limpiaba la cubierta cagada por aves del litoral; por eso es que no terminé de entusiasmarme con la asociación entre mi pasado de bucanero y mi intención de abordarla. Para mi mala suerte, estas profundas disquisiciones teleológicas me distrajeron un momento, lo suficiente para que no me percatara de que ella había abandonado la sala. No importaba, yo tenía el correo electrónico de Erik.
***
From: martin_gm@patibulo.com 
To: eriksilva@southernmail.com
Subject: conquistas y sin ellas
Date: 27-06-01

Hola Erik, 
Te escribo después de tiempo. Creo que desde que fuimos a ver “Tiempo de gitanos” que no nos encontramos. Aunque yo sí te vi ayer, en el simposio sobre ecología y desarrollo sustentable: más aburrido que bailar con la hermana. A propósito de eso (me refiero al simposio, no a tu hermana), quería preguntarte por la chica con la que estabas conversando, una morena de pelo largo. Se veía muy interesante, ¿Quién es? ¿Estudia aquí? ¿Tienes su teléfono, o su correo electrónico? No te pregunto si has tenido algo con ella porque definitivamente tenía cara de tener buen gusto. Bueno, eso era, no jodo más por ahora. Quedo esperando tu respuesta. Ah, no dejes de ir a ver “Antes de la lluvia”, es una obra maestra. La frase que arma la película es “el tiempo no es circular, el círculo nunca se cierra”.
Suerte en la vida, y en todo lo demás también.
Un abrazo,
Martín
P.D.: Oye, si ya terminaste de leer “Ensayo sobre la ceguera” me encantaría que me lo devolvieras.
***
From: eriksilva@southernmail.com 
To: martin_gm@patibulo.com
Subject: a otro hueso con ese perro
Date: 29-06-01
Hola Martín, 
Ya me parecía raro que me escribieras si no era para pedirme algo (y no me refiero a tu libro, que terminé de leer hace tiempo y que muy pronto volverá a tus manos). Lamento tener que comunicarte que Rocío voló anoche de regreso a Santa Cruz de la Sierra. Pero para serte franco, aunque se quedara una semana más en Lima yo no te daría sus señas. No entraré en detalles de cómo la conocí, ni de cuál es mi relación con ella (mejor dicho: cuál fue mi relación con ella), pero sí puedo asegurarte que Rocío no es una mujer para ilusionarse. Punto aparte y nada más que agregar. O sí. Tal vez puedo decir que en estos días ando en piloto automático, evitando trazar el mapa de mis desamores. Entre exhumaciones, entierros, y apariciones de espectros pasajeros, poco tiempo y ganas me quedan para mirar hacia delante, donde probablemente alguna a quien no conoceré jamás se aburre de esperarme. 
Con respecto a “Antes de la lluvia” y su frase, puedo dar fe que los últimos días han sido un ejemplo de ello. Nada de lo que se va regresa, ya lo sabíamos. Porque eso del reencuentro no es más que una metáfora para (intentar) simplificarnos la vida. Aunque todo puede llegar a parecerse tanto a un todo anterior que, contando con nuestra complicidad, en una de esas lo creemos y ya: alborotada bienvenida con champagne y serpentinas al hijo pródigo que es el vivo retrato de sí mismo. Y todo irá bien hasta que la gente termine de irse de la fiesta, una vez que se hayan agotado los milagros del vino y los panes, y el hijo pródigo se mire las ojeras al espejo, vea el retrato que ya no está tan vivo, se sienta débil ante el vacío que se anuncia, y le ponga punto final a la parábola con un portazo que no despertará a nadie.
Cuídate del invierno, de los policías borrachos y de la desilusión.
Un abrazo,
Erik
***
From: martin_gm@patibulo.com 
To: eriksilva@southernmail.com
Subject: desflorando a Margarita
Date: 30-06-01
Mi querido Erik, ex-compañero de infortunios, desasosiegos y cosas aún mejores,
Si la intención de tu mensaje era que me olvidara de la bella Rocío entonces estás tratando de apagar un incendio con gasolina. No quiero joder más allá de lo justo y necesario (está claro que no estás de humor para eso), pero te aseguro que bien vale la pena un desengaño de meses a cambio de una dicha de días. Para decirlo de otro modo, la tristeza vale la pena. Si no, no existirían los besos fugaces, clandestinos, los que tienen el sabor de lo inmediato, los que no preguntan por promesas porque sus alas no pueden cargarlas. Con respecto a la bajada de telón que anuncias, por favor, no seas tan terminante; recuerda ese verso de César Calvo que dice “y los amantes que se despidieron para siempre no temen volver a encontrarse por primera vez”. Bueno, ya te dejo en paz. Quedo a la espera de que recapacites y te animes a darme las coordenadas de Rocío. Un brindis por la amistad y su enemigo íntimo: el amor. 
Larga vida a los longevos, carajo.
Martín
***
El desgraciado nunca contestó mi último mensaje ni respondió a mis llamadas, así que perdí la posibilidad de hacer contacto con la enigmática Rocío. El puente que tenía para llegar a ella se rompió, cerrándose así una de las dos puertas de la bifurcación. Erik había decidido por mí, yo no entraría por esa puerta, nunca sabría adónde me hubiera conducido. Dos meses después supe que Erik había viajado fuera del país (el mensaje telefónico de su hermana no mencionaba el destino) y que me había dejado el libro en su casa. Tras varias postergaciones, finalmente fui a su casa a recoger “Ensayo sobre la ceguera”. Antes de entregármelo, su dulce madre aprovechó para decirme –una vez más– que yo era muy simpático y que le encantaba vernos juntos a Erik y a mí, que le recordábamos a sus primos Eugenio y Horacio, que aunque peleaban a menudo eran muy unidos... y así sucesivos e interminables etcéteras. Cuando comenzó a relatarme la anécdota de sus primos con un caballo chúcaro en la hacienda del abuelo dejé de escuchar y me puse a divagar sobre las posibilidades matemáticas de que la selección clasificara al mundial. Cuando por fin concluyó la letanía y pude despedirme, me inquietó que mencionara algo de una pelea entre Erik y yo “por esa muchacha”. Me pareció extraño porque Erik y yo nunca habíamos peleado por alguna mujer, a menos que ese par de mensajes que intercambiamos sobre Rocío hubieran sido interpretados como una pelea. Esto dejaba dos alternativas: o su madre espiaba su correspondencia y exageraba mucho, o Erik comentaba toda su correspondencia y exageraba mucho. No le di más importancia al asunto y regresé a mi casa, feliz de volver a tener completa mi biblioteca.  
Entré a mi cuarto, dejé el libro sobre la cama, y decidí escribirle un mensaje a Erik, avisándole que había recogido el libro, y que estaba pronto a sacarlo de mi lista de amigos. Tarde o temprano lo leería. Antes de escribir se me ocurrió releer la correspondencia de hacía dos meses, cuando apareció y desapareció el tema Rocío. Tenía curiosidad por buscar en qué pudo haberse basado la indiscreta señora para decir que Erik y yo nos habíamos peleado. Entonces abrí la carpeta electrónica donde archivaba mi correspondencia con Erik y encontré, a continuación de los tres mensajes que recordaba, una serie de mensajes fechados en julio de 2001. No puede ser, me dije. No recordaba haberme comunicado con él en ese tiempo. Comencé a abrir los mensajes en los que yo era el remitente y extrañamente reconocía como propios textos que no recordaba haber escrito:
“ ... porque esta aventura tiene la emoción de los espejos en la oscuridad, todo puede cambiar si alguien enciende la luz. Y yo estoy dispuesto a seguir adelante, no importa que adelante no haya más que paredes...”
“... no diré que estoy tocando el cielo con los dedos, más bien digo que aprieto el cielo con fruición con la mano entera, y el cielo gime agradecido en mi oído...”
“ ... he andado conjugando amor y dolor en tiempo y número excesivos. Sepulté buena parte de mí y resucité otra: filosofías de cajón terminaron en el tacho de la basura y nociones de adolescente terco y crédulo tomaron el poder. Soy algo así como un Lázaro con cirugía plástica: nadie lo reconoce así que el milagro se fue al carajo. Drama similar al de Casandra, se podría decir, si sirviera de algo decir algo...”
“...A manera de expiación habría que comulgar con ruedas de molino y pedir de rodillas a algún Baal de segunda división que por favor se deje de joder. O al menos que nos conceda por una vez la oportunidad de lo imposible, como escuchar el aplauso de los mancos.”
“... la mezcla del infierno y el paraíso no es el purgatorio, como algún triste discípulo de la media aritmética ingenuamente supondría. La mezcla no es tal, conviven como serbios y croatas, codo a codo (en el tabique nasal), desayunan agua con aceite, y el que gana pierde. Debería haber una hoja de ruta para este rally entre hemisferios diestros y siniestros, un atajo que nos lleva al principio del camino...”
“... el dato objetivo es que ella ya no está. Estoy sumido en medio de una triste arqueología existencialista: encontrarle sentido a las ruinas. Mientras tanto, la depresión es la excusa para no mentir más y ver la realidad con sus verrugas y su halitosis; y es también la lucidez que no transa ante el espejismo de la alegría, ante el incomprensible gregarismo de nuestra especie (plaga, como la langosta)...”
“...y no puede ser más largo este mensaje, pues sabe del desamparo final de las palabras, del ineluctable último puerto donde acoderan todas las buenas intenciones: la nada. A pesar de eso, a pesar de esa metáfora del olvido mal olvidado, crece de nuevo como la maleza en las vías del tren, y termino hablando con pedazos rotos de silencio, para que todas las palabras que callo lleguen a ella sin alas de piedra...”
No pude seguir leyendo. Impactado, sin alcanzar a entender, me levanté de la silla y me derrumbé sobre la cama. Entonces el libro que allí había dejado saltó y dejó ver un papel que asomaba entre las páginas. Abrí el libro y encontré un programa de cine y una fotografía. El programa anunciaba “Antes de la lluvia” y se leía debajo del título: “el tiempo no es circular, el círculo nunca se cierra”. A su lado había una foto que tenía como fondo unas montañas verdes en un día soleado. Y en un primer plano aparecía yo sonriente abrazado a una bella muchacha morena de largo pelo negro y ojos oscuros.

(2001)


miércoles, 1 de febrero de 2012

Cuatro poemas

Hace mucho tiempo que no escribo poesía, por razones que sería inútil enumerar, porque no tienen número, ni género, ni razón. Releyendo mi viejo poemario encuentro cosas que sería mejor olvidar, y otras que haría bien en recordar. Como sea, es mi mano. Son pedazos lejanos, a veces oscuros y a veces cursis, pero son reales (no confundir real con verdadero). Antes de que en esta madrugada se me ocurra negarme tres veces, copio estos cuatro poemas.





Habitante
Mi corazón no existe.
Hay apenas un lugar remoto, sombrío,
inútil refugio de asustadas ideas
que huyen cuando el dolor se anuncia;
torpes ideas que huyen pisoteando
a sus hijos,
a los hijos de sus hijos.
Allí me asomo y descubro,
después del dolor,
que en ese lugar pequeño, casi vacío,
has quedado tú,
más sola que nunca,
siguiendo huellas que no son tuyas,
desprovista de respuestas
o preguntas.
Entonces declaro a ese lugar mi corazón
y espero que no encuentres la salida.





Sin palabras
Porque no tengo otras palabras
para decir cómo te amé.
La polilla fugitiva de la luz,
el regreso del que ya nadie recuerda,
las ramas que no crujen en el bosque,
el grito solitario de un asceta.
Porque no tengo otras palabras
para decir cómo te amé.
El niño dormido en su escondite,
el perdón que llegó tras la condena,
las veces en que he dicho lo contrario,
los parques que ya no conoceremos.
Porque no tengo otras palabras
para decir cómo te amé.
El día después del fin de la lluvia,
las manos de piedra de la lavandera,
el árbol que crece en la tumba sin nombre,
los besos que quedan cuando ya nada queda.


Postal de primavera
“Ha llegado la primavera“
comenta el minero al volver
con paso vencido
de su diaria sepultura.
“Ya está la comida“
le dice su mujer
y se sienta a escuchar
su cansado silencio.
“¿Ya está dormido?“
pregunta el minero
y se asoma a mirar
la cama del niño.
“Duerme sonriendo“
comenta el minero al volver
con el rostro encendido
de la habitación oscura.

Adiós
No me voy porque sea necesario mi vacío,
aprendí de la distancia que el dolor no es incurable;
no me voy porque haya salido el sol y demasiado,
somos algo más que contrastes y oquedades.
Me voy porque derribaron una última pared
y era la mía.





sábado, 21 de enero de 2012

Santas contradicciones, Batman


Faith - that's another word for ignorance, isn't it?
Dr. House

Toda religión tiene cosas curiosas, divertidas de mirar, y cosas terribles, abominables. Dentro de las cosas más divertidas de la religión católica está el asunto de la infalibilidad papal. Este es un dogma, es decir que es una verdad que se acepta sin discusión posible. Todo católico de bien debe aceptar sin oposición el hecho de que el Papa no se equivoca. En realidad, el dogma específicamente indica que el Papa no tiene la posibilidad de equivocarse, ni aunque haga su mayor esfuerzo, cuando está hablando de asuntos de fe y moral al resto de la iglesia católica (cuando habla ex cathedra). O sea que si en ese momento –pleno sermón dominical en la Basílica de San Pedro– un mayordomo sale al balcón y lo distrae con una pregunta (“¿Gana el Milan o el Napoli?”), y el pontífice gira la cabeza para contestar, digamos, “el Milan”, es posible que gane el Napoli, pero cuando enderece la cabeza y vuelva al discurso en el que dice que los condones son la causa del SIDA en África, entonces ya todo lo que diga es absolutamente cierto. Lo que pasa, explican sin ruborizarse los catequistas, es que para eso el Papa cuenta con la ayuda del Espíritu Santo. Ah, así cualquiera.  Porque si el dichoso Espíritu Santo pudo embarazar a una virgen, ya puede hacer cualquier cosa.  Lo que me llama la atención es que, con tanto poder, y tan duradero, nunca se le haya ocurrido terminar con la miseria en el mundo o con el cáncer infantil. Volviendo al tema, las cosas se pueden poner muy entretenidas si un buen día al sumo pontífice se le ocurre decir ex cathedra la siguiente frase: “No soy infalible”, pues para creerle (no olvidar que estamos obligados a hacerlo) tendríamos que creer en lo contrario de lo que ha dicho. O sea, como él es infalible, es entonces forzosamente verdadero que él no es infalible. Pero ¿cómo es posible que sea verdad al mismo tiempo una afirmación y su negación? Es magnífico, un placer para el paladar de los amantes de las paradojas. Es algo parecido al problema lógico-filosófico que tanto atormentaba a Bertrand Russell: que los elementos que no pertenecen a ninguna clase por eso mismo constituyen una clase. Más interesante todavía es saber que esa escena imaginada alguna vez ocurrió realmente, teniendo como protagonista a Juan XXIII, el “Papa bueno”.
Lo curioso es que la infalibilidad pontificia –instaurada en el Concilio Vaticano I en 1870– no se aprobó por unanimidad. Fue paliza (435 a 2) pero no fue decisión unánime, y hay que considerar además que muchos obispos huyeron del Vaticano días antes de la votación para no aceptar lo inaceptable, pero tampoco oponerse en público. Sabia decisión, porque posteriormente los opositores al dogma fueron excomulgados. Así, Pío IX fue el primer Papa infalible, los anteriores no lo eran, y todos los que le siguieron, sí. El problema en el que gratuitamente se mete esta gente es el de justificar ese absurdo. Quedaría más elegante si dijeran “porque me da la gana y yo mando”. Pero no, se ven en la obligación de recurrir a –no hay más alternativa– la Biblia, y ahí sí que es difícil contener la risa. Copio a continuación las citas bíblicas en las que, oficialmente, se basa el dogma de la infalibilidad papal. Algunas traen hasta comentario “clarificador”.
§                     Jn 1:42; Mc 3:16 («Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan. Te llamarás Cefas”, que quiere decir ‘piedra’».).
§                     Mt 16:18 («Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella»;
§                     Jn 16:13 («Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa»).
§                     Jn 14:26 («Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, se los enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho»).
§                     Jn 21:15-17 («Dice Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”. Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos”». Jesucristo repite esto tres veces).
§                     Lc 10:16 («Quien a ustedes escucha, a mí me escucha; y quien a ustedes rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado»).
§                     Lc 22:31-32 («¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos»).
§                     1 Tim 3:15 («Pero si tardo, para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad»).
§                     1 Jn 2:27 («Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas ―y es verdadera y no mentirosa― según os enseñó, permaneced en él»).
§                     Hechos 15:28 («El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponeros más cargas que estas indispensables»; en este caso los discípulos de Jesús hablan como si hubieran decidido con el Espíritu Santo).
§                     Mt 10:2 («Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro»; Pedro es primero).
§                     Mt 28:20 («Y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»).


La justificación sería igual de contundente si hubieran copiado una página de la guía telefónica.
Cuando uno mira ese absurdo monumental, y tantos otros (como eso de que Dios es uno y trino, o sea una persona y tres personas al mismo tiempo, pero dos de las personas son iguales a Dios aunque no iguales entre sí) se pregunta quién es el culpable. El primer sospechoso en la lista es como siempre Saulo de Tarso (San Pablo para los amigos). Al fin y al cabo, ese fanático paranoide es el responsable de buena parte del espurio soporte textual de una iglesia basada en tergiversar lo que Jesús dijo e inventar lo que no dijo. Pero no, Pablo es inocente esta vez. No sé exactamente si fue el primero de todos, pero uno de los próceres del “pensamiento paraconsistente” es San Pedro Damián, nacido el año 1007. Lo que este señor nos dice, en pocas palabras, es que el principio de contradicción (o sea, que algo y su opuesto no pueden ser ciertos al mismo tiempo) se aplica a todos los campos de lo humano, todos, pero no aplica a Dios. Voilà. Cuando metemos a Dios en el asunto, hay carta blanca para pisotear la razón porque…es Dios. Y en Dios los opuestos coinciden. Listo. Ahora vale todo.
Cuatro siglos después de San Pedro Damián, en la misma línea (circular), Nicolás de Cusa nos dice que Dios es lógicamente trascendente, o sea, está más allá, plus ultra, y no hay en él perfecciones que se excluyan. En la lógica paraconsistente se admite que Dios posee en alto grado propiedades mutuamente opuestas, que no se excluyen… por ser Él lógicamente trascendente. Si no lo entiendes, es porque es un misterio que sólo Dios entiende, y no pretendas ser Dios. Deja de  molestar con esa razón, tan humana y tan pedestre, tan altanera, y entrégate con humildad a lo divino, que no se entiende sino se recibe, con gozo celestial y con vida eterna. Deja de pensar, niño, que el hecho de que el cura te manosee es maligno o se contradice con lo que dice en el sermón el domingo; el cura, inspirado por Dios, te da la comunión y entiende esa contradicción, y entonces sabe por qué es bueno que te toque esas partes que tus padres –simples laicos– te han dicho que nadie debe tocar. Es el misterio divino que trasciende a la razón humana.
San Pedro Damián, hay que decirlo, no era un mal tipo. Le gustaba meditar en soledad y socorrer a los menesterosos. Se opuso en su tiempo con vehemencia y elocuencia a dos plagas irreductibles de la iglesia romana: la simonía (money changes everything; se pagaba por el perdón de los pecados y se pagaba por ascender en el escalafón eclesial) y la incontinencia (cardenales y obispos con dificultades para mantener su miembro viril dentro de la sotana). La historia reciente nos muestra que esas plagas gozan de excelente salud, con los casos de los curas Maciel en México y Karadima en Chile, perfectos ejemplos de conjunción de pederastia y poder económico, el que a menudo deviene en patrocinio de la jerarquía vaticana (a Marcial Maciel lo beatificó Juan Pablo II y a Fernando Karadima lo protegió el cardenal de Santiago). Nuestro defensor de la paraconsistencia no era un mal tipo, digo, pero permítanme sospechar de la salud mental del muchacho, considerando que a poco de entrar al convento benedictino… “para lograr dominar sus pasiones sensuales, se colocó debajo de su camisa correas con espinas y se daba azotes” (Fuente: www.ewtn.com).
Y ya que hablamos de la simonía, quisiera citar algunas perlas del tarifario de indulgencias (Taxa Camarae) que el Papa León X promulgó con el noble fin de perdonar los pecados a cambio de dinero:
1.    El eclesiástico que incurriere en pecado carnal, ya sea con monjas, ya con primas, sobrinas o ahijadas suyas, ya, en fin, con otra mujer cualquiera, será absuelto, mediante el pago de 67 libras, 12 sueldos.
2.    Si el eclesiástico, además del pecado de fornicación, pidiese ser absuelto del pecado contra natura o de bestialidad, debe pagar 219 libras, 15 sueldos. Mas si sólo hubiese cometido pecado contra natura con niños o con bestias y no con mujer, solamente pagará 131 libras, 15 sueldos.
12.   El que ahogase a un hijo suyo, pagará 17 libras, 15 sueldos, y si lo mataren el padre y la madre con mutuo consentimiento, pagarán 27 libras, 1 sueldo por la absolución.
14.   Por el asesinato de un hermano, una hermana, una madre o un padre, se pagarán 17 libras, 5 sueldos.
15.   El que matase a un obispo o prelado de jerarquía superior, pagará 131 libras, 14 sueldos, 6 dineros.
(Fuente: Pepe Rodríguez (1997). Mentiras fundamentales de la Iglesia católica.)

Aunque no lo parezca a ojos pesimistas, y subsistan desigualdades vergonzosas, los hechos indican que la humanidad progresa. La esperanza de vida se ha duplicado en la mayoría de los países en los últimos siglos. La mortalidad infantil sigue cayendo. Cada vez se persigue menos a las minorías raciales y sexuales. Las mujeres ya no son personas de segunda clase. Se acabó la esclavitud legal. Hay cada vez menos vocaciones sacerdotales. Ahora los tiranos genocidas pueden ser juzgados y condenados por tribunales internacionales. Entendemos los fenómenos naturales y biológicos como nunca antes. La comunicación entre las personas es más barata y rápida que nunca. Hay cada vez más restricciones para los fumadores. El acceso a la información es cada vez menos elitista. Todos estos avances se han logrado en base al conocimiento. Quien crea que la lucha contra los prejuicios y la discriminación está únicamente en el campo de la ética, se equivoca. Los conocimientos científicos son una munición contundente para destruir las falsas creencias de superioridad, inferioridad, o inocuidad. La humanidad ha avanzado gracias al uso de la razón. Por eso es tan peligroso exponer a los niños a nociones oscurantistas como ésa de que al hablar de Dios la razón ya no aplica, y no poder entender es lo que te corresponde, pero no por eso debes dejar de obedecer. La validez de la razón no puede tener excepciones. El error sólo puede conducir al progreso cuando se ha identificado como error. La religión le tiene pánico al conocimiento porque con su luz desaparece el brillo de cualquier ser mitológico, y entonces su poder sobre los hombres y mujeres se extingue. Hasta ellos mismos dicen que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso por probar el fruto del árbol del conocimiento.
No faltarán los que voluntariamente decidan renunciar a la inteligencia y seguir creyendo en ese ser superior tan misterioso. Allá ellos. Son libres de hacerlo (así como antes uno no era libre de no hacerlo). Para seguir con la fábula de los árboles frutales, si un día me pierdo en la montaña en compañía de ellos y al borde del desfallecimiento por hambre vemos un árbol con frutos que podrían ser venenosos, tal vez ellos esperarán una revelación divina que les indique si deben o no comerlos, mientras repiten, inflamados de fe, el famoso salmo (“El Señor es mi pastor, nada me faltará”). Yo observaré si los animales los comen (me refiero a los frutos) y –de ser posible– identificaré a la familia botánica del árbol y recordaré las propiedades de los metabolitos secundarios de esa familia. A ver a quién le va mejor.

domingo, 8 de enero de 2012

Explicaciones a una mujer que se está poniendo la ropa



Yo tenía 18 y ella 17. Como diría Corín Tellado, estábamos apenas descubriendo el amor, y nos gustaba mucho lo que descubríamos cada día, o mejor dicho cada noche, porque después de las clases en la academia pre-universitaria nos escurríamos presurosos para dar un paseo nocturno por el malecón del difunto Parque Salazar de Miraflores, donde ahora construyeron ese monumento al mal gusto y el esnobismo no-ilustrado que se llama LarcoMar. Allí, al amparo de nuestro razonablemente irracional apetito carnal y de unas beneméritas palmeras enanas, hacíamos lo que no podíamos hacer en ninguna otra parte. Las palmeras prodigaban la oscuridad necesaria y las otras parejas, parapetadas bajo sus respectivas palmeras, respetando los sagrados 10 metros de distancia que constituían nuestra precaria intimidad, le daban al cuadro un grato aire de complicidad anónima y solidaria. El disipado rumor del mar al fondo del acantilado procuraba el sutil fondo musical para ese cándido despertar sexual comunal, un ritual que repetíamos cada martes y jueves. Una noche de aquéllas, me parece que fue un jueves, mis manos ya habían logrado desabrochar su ceñido jean (maldita sea la moda de pantalones ajustados) y mis dedos amantes se apresuraban a recorrer ese camino tibio y húmedo que ya comenzaba a serles familiar. Los ojos estaban, por supuesto, cerrados; no sólo porque el beso no se interrumpía (estarás de acuerdo conmigo en que el abrir los ojos al besar es una señal de que se ha perdido la ilusión) sino porque no era posible disfrutar y vigilar al mismo tiempo. Yo no vigilaba, y a juzgar por los susurrantes gemidos que sólo yo podía escuchar, ella disfrutaba mucho. De pronto, justo cuando su mano se dirigía cariñosamente a corresponder mi gentileza, escuché una voz que decía: “Jóvenes, sus papeles por favor”. Abrí los ojos sobresaltado y descubrí a mi lado a un policía cara-de-sapo que seguramente había estado ejerciendo de voyeur los minutos previos (él y su rollizo camarada, que observaba a unos 4 metros de distancia) y que recién ahora se había decidido a intervenir, probablemente porque la oscuridad frustró su procaz intención de ver algo más. Antes de contestarle, y mientras ambos sacábamos precipitadamente las manos de la masa para abrocharnos los pantalones, miré en derredor y me alivió descubrir que las demás parejas, nuestros cómplices de ritual comunal, se habían borrado de la escena. Nosotros éramos las únicas víctimas de la cruzada moralizadora de las fuerzas del orden. “Sus papeles, por favor”, repitió impaciente el hombre-batracio, cuyo grasiento rostro brillaba a la luz de la luna. “Yo estoy tramitando la libreta electoral, ella es menor de edad”. “Ah, entonces, aparte de una falta contra la moral y las buenas costumbres, usted está cometiendo un delito: abuso de menores. Vamos a tener que llevarlo a la comisaría para tomarle una declaración y para avisar a los padres de la señorita”. Inmediatamente la señorita rompió en llanto porque eso significaba la expulsión segura del hogar paterno, regentado por el iracundo Elías Ganoza, un pujante empresario que había perdido su modesta fortuna en la gran estafa de la financiera CLAE, pero que no había perdido para nada sus autoritarias y a menudo violentas costumbres de hijo de terrateniente. Por mi parte, yo no perdí la calma. Tenía muy presentes las historias que me había contado mi hermano mayor acerca de los “arreglos” con los policías cada vez que él cometía una infracción de tránsito. En tiempos más prósperos los venales agentes solían exigir una suma nada despreciable para permitirle al infractor continuar camino. Pero la crisis terminal en la que estaba sumido el país había permeado todos los niveles, llegando incluso a desvirtuar el carácter intimidatorio de la corrupción policial. Así, los otrora no respetables pero sí temibles custodios de la ley se contentaban ahora con una cajetilla de cigarrillos, algunas monedas para el pasaje, bienes menores varios (un kilo de limones, un encendedor, una revista para hombres), o la compra de un boleto de una rifa para reunir fondos para la construcción del jardín infantil “Angelitos verdes”. Bueno, volviendo a aquella noche, el sapo hinchado con uniforme verde respondió con una mirada fija sobre mi reloj cuando utilicé la consabida fórmula que servía de preámbulo a la coima (“jefe, debe haber alguna manera de arreglar esto”). Sin dejar de mirar mi muñeca izquierda, dijo que él no tenía reloj, y que necesitaba uno; que yo podía comprender lo impresentable que era andar patrullando las calles sin saber la hora. Consideré responderle si fisgonear parejas para luego extorsionarlas era muy presentable, también pensé en comentar algo acerca del enorme reloj que le bailaba en la muñeca, denotando el origen del malhabido bien; pero opté por evitar la vía agresiva y concentrarme en la vía negociadora. Entregar mi reloj nuevo me pareció un precio exagerado, así que me negué arguyendo que era una herencia de mi bisabuelo, que tenía un valor personal incalculable, que mi abuela nunca me lo perdonaría. Hay que ser débil mental para creer que mi bisabuelo usaba un Casio digital, pero aparentemente el seboso anfibio con grado de subteniente lo creyó. Ante mi negativa, el custodio del orden público endureció la posición y volvió a amenazar con la comisaría y la llamada al padre de la señorita, llegando a indicarle a su regordete adlátere que fuera a encender el patrullero. Entonces ella y yo nos vimos forzados a hurgar en nuestras mochilas de estudiante en busca de algún bien que pudiera comprar nuestra liberación (era inútil buscar en las billeteras porque apenas teníamos para el pasaje de regreso). Tras 30 segundos muy tensos, los dioses de la noche lasciva al fin se compadecieron de mí: allí estaba la calculadora solar de bolsillo ultra-delgada (credit card type) que me había dejado ahora sí en herencia uno de mis tíos de Miami de paso por Lima. Como yo ya tenía una buena calculadora científica, lo que tenía en mis manos era sin duda nuestro pasaporte a la libertad. Claro que no fue nada fácil explayarse sobre las infinitas bondades de esa calculadora pequeña “pero muy moderna y carísima, jefe”. Y es que es una tarea algo complicada el vender una calculadora solar cuando es de noche. El caso es que, fuera porque quedó satisfecho con el botín, porque se aburrió de lidiar con un par de estudiantes sin fondos en una noche fría, o porque su ayudante se quejaba de que tenía hambre, el anuro encarnado en oficial de policía nos dejó ir. Una vez que vimos al patrullero doblar hacia la avenida, seguramente rumbo a seguir cumpliendo con su noble misión de esquilmar a los desavisados cultores de aquellas impúdicas tocaciones, recién pudimos respirar aliviados. Ella continuó con su llanto interrumpido y yo, lo confieso, me di cuenta que sí había sentido temor. Caminamos un buen rato abrazados sin hablar, a medias asustados y a medias orgullosos de estar viviendo aquellos años de descubrimientos terribles y maravillosos. Luego nos volvimos a prometer amor eterno y también nos prometimos no volver a esas andanzas tan audaces. Con el tiempo, y en distintos momentos, incumplimos ambas promesas, pero esa ya es otra historia. Lo que quería explicarte es que desde entonces, debido a sabe Dios qué oscuro y traicionero mecanismo inconsciente, el sonido de una sirena policial tiene un potente e inmediato efecto inhibidor sobre mi libido y su manifestación anatómica más evidente. Por eso es que el paso de ese patrullero allá abajo hace un rato (maldito hostal con todas las habitaciones con ventana a la calle) trajo como consecuencia lo que, bueno, en fin, lo que ya viste. Espero que ahora comprendas lo que ha sucedido y que por favor no te sigas vistiendo. Esto te lo estoy diciendo con mucho cariño, de hombre a mujer, y no de gerente a secretaria, no vayas a pensar que es una orden. Si yo pudiera dar órdenes ahora, ya sabes a quién llamaría a posición de firmes. Por favor, mira que todavía nos quedan 25 minutos para volver a la oficina, estoy seguro que la vamos a pasar muy bien, tú en verdad me gustas mucho... 

(2001)