lunes, 26 de marzo de 2012

Conversando con mi enemigo



G - Y tú, ¿por qué sigues escribiendo, si no escribes bien?
E - Bueno, tú sigues teniendo sexo con tu mujer, a pesar de no hacerlo bien, como tantos otros. Quiero decir, como tantos otros con sus respectivas mujeres, no con la tuya.
G - No has contestado a mi pregunta. Pareces un político.
E - Si comenzamos con los insultos... mejor no seguimos. Te contesto: escribo porque no puedo dejar de hacerlo.
G - ¿Es ésa la razón?
E - No, no hay nada de razón en eso. Intenté muchas veces convencerme de que no valía la pena seguir intentándolo, siempre sin éxito. Pero, claro, a veces lo opuesto a un fracaso puede ser otro fracaso. Porque mi objetivo mayor en esto de escribir ha sido lograr publicar mi primera novela...
G - Y ya acumulas muchas cartas de rechazo.
E - ¿Cuánto es mucho? A JK Rowling le rechazaron Harry Potter de 17 editoriales (que deben haber adornado los árboles del parque más cercano con un ejecutivo colgante).
G - Pero tú no eres JK Rowling. Y mucho es: lo suficiente para que te convenzas de que no tienes talento.
E - Ah, entonces no son muchos rechazos, no todavía. Los hijos de los feos son testigos del éxito de la persistencia contra toda esperanza.
G - Tal vez deberías intentar algo más sencillo, menos intelectualoide que tu novela. Algo con mucho sexo pagado, drogas duras, persecuciones, alcohol sin etiqueta, ráfagas de metralleta... en fin, un cóctel más vendible.
E - Lo siento, siempre he preferido el ajedrez solitario a las damas de compañía.
G - Ya estás otra vez con los juegos de palabras que no venden.
E - Sabina vende, y mucho. Mucho más de lo que se nota. De allí su genio.
G - Pero tú no eres Sabina.
E - Si vas a pasarte la noche nombrando cada persona que no soy, va a ser muy larga. Y la parte de los chinos va a ser muy tediosa.
G - Tienes razón, por primera vez. Démosle la vuelta, entonces. Quién eres y por qué escribes.
E - La primera pregunta es muy personal y la segunda ya la hiciste.
G - Pero tu respuesta fue muy pobre, contestaste “porque no puedo dejar de hacerlo”. Vamos, eso suena a confesión de comedor de uñas, intenta algo más digno.
E - Está bien. Sólo para que me dejes en paz esta noche, a ver si puedo escribir un poco. Te daré tres respuestas, tú te quedas con la que más te guste, y yo fingiré que acertaste.
G - Igual que una pareja de enamorados intercambiando regalos de aniversario. De acuerdo.
E - Uno. Escribo porque cuando leo un buen libro, o simplemente un buen texto, no puedo evitar comenzar a redactar algo en mi cabeza.
G - Redactar. Vaya verbo que elegiste. Suena a secretario de juzgado con sueño y con caspa.
E - No interrumpas.
G - Está bien, pero tú no provoques.
E - Dos. Escribo porque cuando leo mala literatura (en libros, blogs o columnas) me espanta que haya gente que aplauda, cuando habría que mandar a esos escribas a los leones y a una academia de narrativa, en ese orden. Es necesario corregir ese error universal.

G - ...
E - Tres. Escribo porque creo que tengo cosas que decir y porque disfruto mucho haciéndolo, al mismo tiempo que me agobio hasta lo indecible.
G - Ésa fue una respuesta múltiple. Hiciste trampa.
E - Bueno, descuéntame dos puntos del promedio final. Ya está, ahora déjame tranquilo. Esto no debía tener más de 500 palabras y ya estamos pasados.
G - Para terminar, porque ya no queda nadie leyendo (la verdad sea dicha): ¿qué es lo que estás escribiendo, aparte de ese blog impuntual y anodino?
E - Mi segunda novela.
G - No te creo, ¿la segunda? Sin comentarios...
E - No te los pedí.
G - Bueno, al menos nadie te puede acusar de estar aprovechándote del éxito de la primera.
E - Hasta luego.











martes, 7 de febrero de 2012

El aplauso de los mancos


Yo estaba maldiciendo la idea de haberme inscrito en ese simposio (simposium, según el anuncio) sobre ecología y desarrollo sustentable. Allá adelante, en la mesa de honor (o sea, una mesa cubierta por un paño verde alrededor de la cual se sientan personajes de honorabilidad incógnita), un orgulloso hijo de la ubérrima tierra de Huacho acababa de perpetrar una encendida arenga, rematando con “la sociedad en su conjunto debe saber enfrentar los desafíos del nuevo milenio”. Sólo faltaba lo del granito de arena para consumar la aniquilación de la inteligencia en ese salón de puertas doradas. Afortunadamente, el hijo de Huacho había dejado tranquilo por un momento al bendito milenio y ahora se dedicaba a listar una interminable serie de obras suyas, todas inéditas. Me pregunté si me devolverían el dinero de la inscripción habiendo pasado apenas hora y media desde que el himno nacional (“entonar las sagradas notas”, dijeron) marcara la inauguración del simposio. Me respondí que no. A lo mejor el café y las galletas de la pausa valdrían el sacrificio, trataba de convencerme, mientras seguía lamentando haberme inscrito en este circo de mediocres con saco, corbata y título a nombre de la nación... hasta que la vi. 
Estaba sentada en la fila de atrás, seis asientos a la derecha. Fue como si se hubiera detenido el tiempo, como si alguien le hubiera bajado el volumen al mundo sólo para que yo la pudiera mirar con tranquilidad. Nunca había visto tanta sensualidad e inteligencia reunidas en un rostro. Su belleza no era inmediata, describirla objetivamente habría resultado una tarea banal (pelo largo y negro, ojos oscuros detrás de unos anteojos pequeños, nariz grande, piel trigueña); su belleza era una promesa de algo más allá, de una segunda vuelta de la imaginación, su belleza necesitaba que no estuviéramos allí. Estaba tan distraída como yo, lo que hizo que no le restara puntos por darle atención al homenaje a los lugares comunes que allí se llevaba a cabo. Justo cuando estaba planeando cómo acercarme a ella en medio del discurso sobre el calentamiento global a cargo de un conocido abogado, ex-ministro de economía, me di cuenta que conversaba con Erik Silva. Erik había sido mi compañero en el curso de química orgánica el semestre anterior y además habíamos participado en un par de recitales de poesía en la universidad, no nos veíamos con frecuencia últimamente (de hecho me debía un libro hacía cuatro meses) pero nos llevábamos muy bien. Estaba salvado, ya tenía un puente para llegar a ella. De todas maneras me propuse abordarla ese mismo día, sentía que una aventura mayor estaba por comenzar. Recordé en ese momento al brujo norteño que me leyó la mano diciéndome que en una vida anterior yo había sido pirata. Claro que no precisó si yo era el que repartía las esmeraldas en la playa caribeña o el que limpiaba la cubierta cagada por aves del litoral; por eso es que no terminé de entusiasmarme con la asociación entre mi pasado de bucanero y mi intención de abordarla. Para mi mala suerte, estas profundas disquisiciones teleológicas me distrajeron un momento, lo suficiente para que no me percatara de que ella había abandonado la sala. No importaba, yo tenía el correo electrónico de Erik.
***
From: martin_gm@patibulo.com 
To: eriksilva@southernmail.com
Subject: conquistas y sin ellas
Date: 27-06-01

Hola Erik, 
Te escribo después de tiempo. Creo que desde que fuimos a ver “Tiempo de gitanos” que no nos encontramos. Aunque yo sí te vi ayer, en el simposio sobre ecología y desarrollo sustentable: más aburrido que bailar con la hermana. A propósito de eso (me refiero al simposio, no a tu hermana), quería preguntarte por la chica con la que estabas conversando, una morena de pelo largo. Se veía muy interesante, ¿Quién es? ¿Estudia aquí? ¿Tienes su teléfono, o su correo electrónico? No te pregunto si has tenido algo con ella porque definitivamente tenía cara de tener buen gusto. Bueno, eso era, no jodo más por ahora. Quedo esperando tu respuesta. Ah, no dejes de ir a ver “Antes de la lluvia”, es una obra maestra. La frase que arma la película es “el tiempo no es circular, el círculo nunca se cierra”.
Suerte en la vida, y en todo lo demás también.
Un abrazo,
Martín
P.D.: Oye, si ya terminaste de leer “Ensayo sobre la ceguera” me encantaría que me lo devolvieras.
***
From: eriksilva@southernmail.com 
To: martin_gm@patibulo.com
Subject: a otro hueso con ese perro
Date: 29-06-01
Hola Martín, 
Ya me parecía raro que me escribieras si no era para pedirme algo (y no me refiero a tu libro, que terminé de leer hace tiempo y que muy pronto volverá a tus manos). Lamento tener que comunicarte que Rocío voló anoche de regreso a Santa Cruz de la Sierra. Pero para serte franco, aunque se quedara una semana más en Lima yo no te daría sus señas. No entraré en detalles de cómo la conocí, ni de cuál es mi relación con ella (mejor dicho: cuál fue mi relación con ella), pero sí puedo asegurarte que Rocío no es una mujer para ilusionarse. Punto aparte y nada más que agregar. O sí. Tal vez puedo decir que en estos días ando en piloto automático, evitando trazar el mapa de mis desamores. Entre exhumaciones, entierros, y apariciones de espectros pasajeros, poco tiempo y ganas me quedan para mirar hacia delante, donde probablemente alguna a quien no conoceré jamás se aburre de esperarme. 
Con respecto a “Antes de la lluvia” y su frase, puedo dar fe que los últimos días han sido un ejemplo de ello. Nada de lo que se va regresa, ya lo sabíamos. Porque eso del reencuentro no es más que una metáfora para (intentar) simplificarnos la vida. Aunque todo puede llegar a parecerse tanto a un todo anterior que, contando con nuestra complicidad, en una de esas lo creemos y ya: alborotada bienvenida con champagne y serpentinas al hijo pródigo que es el vivo retrato de sí mismo. Y todo irá bien hasta que la gente termine de irse de la fiesta, una vez que se hayan agotado los milagros del vino y los panes, y el hijo pródigo se mire las ojeras al espejo, vea el retrato que ya no está tan vivo, se sienta débil ante el vacío que se anuncia, y le ponga punto final a la parábola con un portazo que no despertará a nadie.
Cuídate del invierno, de los policías borrachos y de la desilusión.
Un abrazo,
Erik
***
From: martin_gm@patibulo.com 
To: eriksilva@southernmail.com
Subject: desflorando a Margarita
Date: 30-06-01
Mi querido Erik, ex-compañero de infortunios, desasosiegos y cosas aún mejores,
Si la intención de tu mensaje era que me olvidara de la bella Rocío entonces estás tratando de apagar un incendio con gasolina. No quiero joder más allá de lo justo y necesario (está claro que no estás de humor para eso), pero te aseguro que bien vale la pena un desengaño de meses a cambio de una dicha de días. Para decirlo de otro modo, la tristeza vale la pena. Si no, no existirían los besos fugaces, clandestinos, los que tienen el sabor de lo inmediato, los que no preguntan por promesas porque sus alas no pueden cargarlas. Con respecto a la bajada de telón que anuncias, por favor, no seas tan terminante; recuerda ese verso de César Calvo que dice “y los amantes que se despidieron para siempre no temen volver a encontrarse por primera vez”. Bueno, ya te dejo en paz. Quedo a la espera de que recapacites y te animes a darme las coordenadas de Rocío. Un brindis por la amistad y su enemigo íntimo: el amor. 
Larga vida a los longevos, carajo.
Martín
***
El desgraciado nunca contestó mi último mensaje ni respondió a mis llamadas, así que perdí la posibilidad de hacer contacto con la enigmática Rocío. El puente que tenía para llegar a ella se rompió, cerrándose así una de las dos puertas de la bifurcación. Erik había decidido por mí, yo no entraría por esa puerta, nunca sabría adónde me hubiera conducido. Dos meses después supe que Erik había viajado fuera del país (el mensaje telefónico de su hermana no mencionaba el destino) y que me había dejado el libro en su casa. Tras varias postergaciones, finalmente fui a su casa a recoger “Ensayo sobre la ceguera”. Antes de entregármelo, su dulce madre aprovechó para decirme –una vez más– que yo era muy simpático y que le encantaba vernos juntos a Erik y a mí, que le recordábamos a sus primos Eugenio y Horacio, que aunque peleaban a menudo eran muy unidos... y así sucesivos e interminables etcéteras. Cuando comenzó a relatarme la anécdota de sus primos con un caballo chúcaro en la hacienda del abuelo dejé de escuchar y me puse a divagar sobre las posibilidades matemáticas de que la selección clasificara al mundial. Cuando por fin concluyó la letanía y pude despedirme, me inquietó que mencionara algo de una pelea entre Erik y yo “por esa muchacha”. Me pareció extraño porque Erik y yo nunca habíamos peleado por alguna mujer, a menos que ese par de mensajes que intercambiamos sobre Rocío hubieran sido interpretados como una pelea. Esto dejaba dos alternativas: o su madre espiaba su correspondencia y exageraba mucho, o Erik comentaba toda su correspondencia y exageraba mucho. No le di más importancia al asunto y regresé a mi casa, feliz de volver a tener completa mi biblioteca.  
Entré a mi cuarto, dejé el libro sobre la cama, y decidí escribirle un mensaje a Erik, avisándole que había recogido el libro, y que estaba pronto a sacarlo de mi lista de amigos. Tarde o temprano lo leería. Antes de escribir se me ocurrió releer la correspondencia de hacía dos meses, cuando apareció y desapareció el tema Rocío. Tenía curiosidad por buscar en qué pudo haberse basado la indiscreta señora para decir que Erik y yo nos habíamos peleado. Entonces abrí la carpeta electrónica donde archivaba mi correspondencia con Erik y encontré, a continuación de los tres mensajes que recordaba, una serie de mensajes fechados en julio de 2001. No puede ser, me dije. No recordaba haberme comunicado con él en ese tiempo. Comencé a abrir los mensajes en los que yo era el remitente y extrañamente reconocía como propios textos que no recordaba haber escrito:
“ ... porque esta aventura tiene la emoción de los espejos en la oscuridad, todo puede cambiar si alguien enciende la luz. Y yo estoy dispuesto a seguir adelante, no importa que adelante no haya más que paredes...”
“... no diré que estoy tocando el cielo con los dedos, más bien digo que aprieto el cielo con fruición con la mano entera, y el cielo gime agradecido en mi oído...”
“ ... he andado conjugando amor y dolor en tiempo y número excesivos. Sepulté buena parte de mí y resucité otra: filosofías de cajón terminaron en el tacho de la basura y nociones de adolescente terco y crédulo tomaron el poder. Soy algo así como un Lázaro con cirugía plástica: nadie lo reconoce así que el milagro se fue al carajo. Drama similar al de Casandra, se podría decir, si sirviera de algo decir algo...”
“...A manera de expiación habría que comulgar con ruedas de molino y pedir de rodillas a algún Baal de segunda división que por favor se deje de joder. O al menos que nos conceda por una vez la oportunidad de lo imposible, como escuchar el aplauso de los mancos.”
“... la mezcla del infierno y el paraíso no es el purgatorio, como algún triste discípulo de la media aritmética ingenuamente supondría. La mezcla no es tal, conviven como serbios y croatas, codo a codo (en el tabique nasal), desayunan agua con aceite, y el que gana pierde. Debería haber una hoja de ruta para este rally entre hemisferios diestros y siniestros, un atajo que nos lleva al principio del camino...”
“... el dato objetivo es que ella ya no está. Estoy sumido en medio de una triste arqueología existencialista: encontrarle sentido a las ruinas. Mientras tanto, la depresión es la excusa para no mentir más y ver la realidad con sus verrugas y su halitosis; y es también la lucidez que no transa ante el espejismo de la alegría, ante el incomprensible gregarismo de nuestra especie (plaga, como la langosta)...”
“...y no puede ser más largo este mensaje, pues sabe del desamparo final de las palabras, del ineluctable último puerto donde acoderan todas las buenas intenciones: la nada. A pesar de eso, a pesar de esa metáfora del olvido mal olvidado, crece de nuevo como la maleza en las vías del tren, y termino hablando con pedazos rotos de silencio, para que todas las palabras que callo lleguen a ella sin alas de piedra...”
No pude seguir leyendo. Impactado, sin alcanzar a entender, me levanté de la silla y me derrumbé sobre la cama. Entonces el libro que allí había dejado saltó y dejó ver un papel que asomaba entre las páginas. Abrí el libro y encontré un programa de cine y una fotografía. El programa anunciaba “Antes de la lluvia” y se leía debajo del título: “el tiempo no es circular, el círculo nunca se cierra”. A su lado había una foto que tenía como fondo unas montañas verdes en un día soleado. Y en un primer plano aparecía yo sonriente abrazado a una bella muchacha morena de largo pelo negro y ojos oscuros.

(2001)


miércoles, 1 de febrero de 2012

Cuatro poemas

Hace mucho tiempo que no escribo poesía, por razones que sería inútil enumerar, porque no tienen número, ni género, ni razón. Releyendo mi viejo poemario encuentro cosas que sería mejor olvidar, y otras que haría bien en recordar. Como sea, es mi mano. Son pedazos lejanos, a veces oscuros y a veces cursis, pero son reales (no confundir real con verdadero). Antes de que en esta madrugada se me ocurra negarme tres veces, copio estos cuatro poemas.





Habitante
Mi corazón no existe.
Hay apenas un lugar remoto, sombrío,
inútil refugio de asustadas ideas
que huyen cuando el dolor se anuncia;
torpes ideas que huyen pisoteando
a sus hijos,
a los hijos de sus hijos.
Allí me asomo y descubro,
después del dolor,
que en ese lugar pequeño, casi vacío,
has quedado tú,
más sola que nunca,
siguiendo huellas que no son tuyas,
desprovista de respuestas
o preguntas.
Entonces declaro a ese lugar mi corazón
y espero que no encuentres la salida.





Sin palabras
Porque no tengo otras palabras
para decir cómo te amé.
La polilla fugitiva de la luz,
el regreso del que ya nadie recuerda,
las ramas que no crujen en el bosque,
el grito solitario de un asceta.
Porque no tengo otras palabras
para decir cómo te amé.
El niño dormido en su escondite,
el perdón que llegó tras la condena,
las veces en que he dicho lo contrario,
los parques que ya no conoceremos.
Porque no tengo otras palabras
para decir cómo te amé.
El día después del fin de la lluvia,
las manos de piedra de la lavandera,
el árbol que crece en la tumba sin nombre,
los besos que quedan cuando ya nada queda.


Postal de primavera
“Ha llegado la primavera“
comenta el minero al volver
con paso vencido
de su diaria sepultura.
“Ya está la comida“
le dice su mujer
y se sienta a escuchar
su cansado silencio.
“¿Ya está dormido?“
pregunta el minero
y se asoma a mirar
la cama del niño.
“Duerme sonriendo“
comenta el minero al volver
con el rostro encendido
de la habitación oscura.

Adiós
No me voy porque sea necesario mi vacío,
aprendí de la distancia que el dolor no es incurable;
no me voy porque haya salido el sol y demasiado,
somos algo más que contrastes y oquedades.
Me voy porque derribaron una última pared
y era la mía.





sábado, 21 de enero de 2012

Santas contradicciones, Batman


Faith - that's another word for ignorance, isn't it?
Dr. House

Toda religión tiene cosas curiosas, divertidas de mirar, y cosas terribles, abominables. Dentro de las cosas más divertidas de la religión católica está el asunto de la infalibilidad papal. Este es un dogma, es decir que es una verdad que se acepta sin discusión posible. Todo católico de bien debe aceptar sin oposición el hecho de que el Papa no se equivoca. En realidad, el dogma específicamente indica que el Papa no tiene la posibilidad de equivocarse, ni aunque haga su mayor esfuerzo, cuando está hablando de asuntos de fe y moral al resto de la iglesia católica (cuando habla ex cathedra). O sea que si en ese momento –pleno sermón dominical en la Basílica de San Pedro– un mayordomo sale al balcón y lo distrae con una pregunta (“¿Gana el Milan o el Napoli?”), y el pontífice gira la cabeza para contestar, digamos, “el Milan”, es posible que gane el Napoli, pero cuando enderece la cabeza y vuelva al discurso en el que dice que los condones son la causa del SIDA en África, entonces ya todo lo que diga es absolutamente cierto. Lo que pasa, explican sin ruborizarse los catequistas, es que para eso el Papa cuenta con la ayuda del Espíritu Santo. Ah, así cualquiera.  Porque si el dichoso Espíritu Santo pudo embarazar a una virgen, ya puede hacer cualquier cosa.  Lo que me llama la atención es que, con tanto poder, y tan duradero, nunca se le haya ocurrido terminar con la miseria en el mundo o con el cáncer infantil. Volviendo al tema, las cosas se pueden poner muy entretenidas si un buen día al sumo pontífice se le ocurre decir ex cathedra la siguiente frase: “No soy infalible”, pues para creerle (no olvidar que estamos obligados a hacerlo) tendríamos que creer en lo contrario de lo que ha dicho. O sea, como él es infalible, es entonces forzosamente verdadero que él no es infalible. Pero ¿cómo es posible que sea verdad al mismo tiempo una afirmación y su negación? Es magnífico, un placer para el paladar de los amantes de las paradojas. Es algo parecido al problema lógico-filosófico que tanto atormentaba a Bertrand Russell: que los elementos que no pertenecen a ninguna clase por eso mismo constituyen una clase. Más interesante todavía es saber que esa escena imaginada alguna vez ocurrió realmente, teniendo como protagonista a Juan XXIII, el “Papa bueno”.
Lo curioso es que la infalibilidad pontificia –instaurada en el Concilio Vaticano I en 1870– no se aprobó por unanimidad. Fue paliza (435 a 2) pero no fue decisión unánime, y hay que considerar además que muchos obispos huyeron del Vaticano días antes de la votación para no aceptar lo inaceptable, pero tampoco oponerse en público. Sabia decisión, porque posteriormente los opositores al dogma fueron excomulgados. Así, Pío IX fue el primer Papa infalible, los anteriores no lo eran, y todos los que le siguieron, sí. El problema en el que gratuitamente se mete esta gente es el de justificar ese absurdo. Quedaría más elegante si dijeran “porque me da la gana y yo mando”. Pero no, se ven en la obligación de recurrir a –no hay más alternativa– la Biblia, y ahí sí que es difícil contener la risa. Copio a continuación las citas bíblicas en las que, oficialmente, se basa el dogma de la infalibilidad papal. Algunas traen hasta comentario “clarificador”.
§                     Jn 1:42; Mc 3:16 («Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan. Te llamarás Cefas”, que quiere decir ‘piedra’».).
§                     Mt 16:18 («Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella»;
§                     Jn 16:13 («Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa»).
§                     Jn 14:26 («Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, se los enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho»).
§                     Jn 21:15-17 («Dice Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”. Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos”». Jesucristo repite esto tres veces).
§                     Lc 10:16 («Quien a ustedes escucha, a mí me escucha; y quien a ustedes rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado»).
§                     Lc 22:31-32 («¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos»).
§                     1 Tim 3:15 («Pero si tardo, para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad»).
§                     1 Jn 2:27 («Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas ―y es verdadera y no mentirosa― según os enseñó, permaneced en él»).
§                     Hechos 15:28 («El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponeros más cargas que estas indispensables»; en este caso los discípulos de Jesús hablan como si hubieran decidido con el Espíritu Santo).
§                     Mt 10:2 («Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro»; Pedro es primero).
§                     Mt 28:20 («Y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»).


La justificación sería igual de contundente si hubieran copiado una página de la guía telefónica.
Cuando uno mira ese absurdo monumental, y tantos otros (como eso de que Dios es uno y trino, o sea una persona y tres personas al mismo tiempo, pero dos de las personas son iguales a Dios aunque no iguales entre sí) se pregunta quién es el culpable. El primer sospechoso en la lista es como siempre Saulo de Tarso (San Pablo para los amigos). Al fin y al cabo, ese fanático paranoide es el responsable de buena parte del espurio soporte textual de una iglesia basada en tergiversar lo que Jesús dijo e inventar lo que no dijo. Pero no, Pablo es inocente esta vez. No sé exactamente si fue el primero de todos, pero uno de los próceres del “pensamiento paraconsistente” es San Pedro Damián, nacido el año 1007. Lo que este señor nos dice, en pocas palabras, es que el principio de contradicción (o sea, que algo y su opuesto no pueden ser ciertos al mismo tiempo) se aplica a todos los campos de lo humano, todos, pero no aplica a Dios. Voilà. Cuando metemos a Dios en el asunto, hay carta blanca para pisotear la razón porque…es Dios. Y en Dios los opuestos coinciden. Listo. Ahora vale todo.
Cuatro siglos después de San Pedro Damián, en la misma línea (circular), Nicolás de Cusa nos dice que Dios es lógicamente trascendente, o sea, está más allá, plus ultra, y no hay en él perfecciones que se excluyan. En la lógica paraconsistente se admite que Dios posee en alto grado propiedades mutuamente opuestas, que no se excluyen… por ser Él lógicamente trascendente. Si no lo entiendes, es porque es un misterio que sólo Dios entiende, y no pretendas ser Dios. Deja de  molestar con esa razón, tan humana y tan pedestre, tan altanera, y entrégate con humildad a lo divino, que no se entiende sino se recibe, con gozo celestial y con vida eterna. Deja de pensar, niño, que el hecho de que el cura te manosee es maligno o se contradice con lo que dice en el sermón el domingo; el cura, inspirado por Dios, te da la comunión y entiende esa contradicción, y entonces sabe por qué es bueno que te toque esas partes que tus padres –simples laicos– te han dicho que nadie debe tocar. Es el misterio divino que trasciende a la razón humana.
San Pedro Damián, hay que decirlo, no era un mal tipo. Le gustaba meditar en soledad y socorrer a los menesterosos. Se opuso en su tiempo con vehemencia y elocuencia a dos plagas irreductibles de la iglesia romana: la simonía (money changes everything; se pagaba por el perdón de los pecados y se pagaba por ascender en el escalafón eclesial) y la incontinencia (cardenales y obispos con dificultades para mantener su miembro viril dentro de la sotana). La historia reciente nos muestra que esas plagas gozan de excelente salud, con los casos de los curas Maciel en México y Karadima en Chile, perfectos ejemplos de conjunción de pederastia y poder económico, el que a menudo deviene en patrocinio de la jerarquía vaticana (a Marcial Maciel lo beatificó Juan Pablo II y a Fernando Karadima lo protegió el cardenal de Santiago). Nuestro defensor de la paraconsistencia no era un mal tipo, digo, pero permítanme sospechar de la salud mental del muchacho, considerando que a poco de entrar al convento benedictino… “para lograr dominar sus pasiones sensuales, se colocó debajo de su camisa correas con espinas y se daba azotes” (Fuente: www.ewtn.com).
Y ya que hablamos de la simonía, quisiera citar algunas perlas del tarifario de indulgencias (Taxa Camarae) que el Papa León X promulgó con el noble fin de perdonar los pecados a cambio de dinero:
1.    El eclesiástico que incurriere en pecado carnal, ya sea con monjas, ya con primas, sobrinas o ahijadas suyas, ya, en fin, con otra mujer cualquiera, será absuelto, mediante el pago de 67 libras, 12 sueldos.
2.    Si el eclesiástico, además del pecado de fornicación, pidiese ser absuelto del pecado contra natura o de bestialidad, debe pagar 219 libras, 15 sueldos. Mas si sólo hubiese cometido pecado contra natura con niños o con bestias y no con mujer, solamente pagará 131 libras, 15 sueldos.
12.   El que ahogase a un hijo suyo, pagará 17 libras, 15 sueldos, y si lo mataren el padre y la madre con mutuo consentimiento, pagarán 27 libras, 1 sueldo por la absolución.
14.   Por el asesinato de un hermano, una hermana, una madre o un padre, se pagarán 17 libras, 5 sueldos.
15.   El que matase a un obispo o prelado de jerarquía superior, pagará 131 libras, 14 sueldos, 6 dineros.
(Fuente: Pepe Rodríguez (1997). Mentiras fundamentales de la Iglesia católica.)

Aunque no lo parezca a ojos pesimistas, y subsistan desigualdades vergonzosas, los hechos indican que la humanidad progresa. La esperanza de vida se ha duplicado en la mayoría de los países en los últimos siglos. La mortalidad infantil sigue cayendo. Cada vez se persigue menos a las minorías raciales y sexuales. Las mujeres ya no son personas de segunda clase. Se acabó la esclavitud legal. Hay cada vez menos vocaciones sacerdotales. Ahora los tiranos genocidas pueden ser juzgados y condenados por tribunales internacionales. Entendemos los fenómenos naturales y biológicos como nunca antes. La comunicación entre las personas es más barata y rápida que nunca. Hay cada vez más restricciones para los fumadores. El acceso a la información es cada vez menos elitista. Todos estos avances se han logrado en base al conocimiento. Quien crea que la lucha contra los prejuicios y la discriminación está únicamente en el campo de la ética, se equivoca. Los conocimientos científicos son una munición contundente para destruir las falsas creencias de superioridad, inferioridad, o inocuidad. La humanidad ha avanzado gracias al uso de la razón. Por eso es tan peligroso exponer a los niños a nociones oscurantistas como ésa de que al hablar de Dios la razón ya no aplica, y no poder entender es lo que te corresponde, pero no por eso debes dejar de obedecer. La validez de la razón no puede tener excepciones. El error sólo puede conducir al progreso cuando se ha identificado como error. La religión le tiene pánico al conocimiento porque con su luz desaparece el brillo de cualquier ser mitológico, y entonces su poder sobre los hombres y mujeres se extingue. Hasta ellos mismos dicen que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso por probar el fruto del árbol del conocimiento.
No faltarán los que voluntariamente decidan renunciar a la inteligencia y seguir creyendo en ese ser superior tan misterioso. Allá ellos. Son libres de hacerlo (así como antes uno no era libre de no hacerlo). Para seguir con la fábula de los árboles frutales, si un día me pierdo en la montaña en compañía de ellos y al borde del desfallecimiento por hambre vemos un árbol con frutos que podrían ser venenosos, tal vez ellos esperarán una revelación divina que les indique si deben o no comerlos, mientras repiten, inflamados de fe, el famoso salmo (“El Señor es mi pastor, nada me faltará”). Yo observaré si los animales los comen (me refiero a los frutos) y –de ser posible– identificaré a la familia botánica del árbol y recordaré las propiedades de los metabolitos secundarios de esa familia. A ver a quién le va mejor.

domingo, 8 de enero de 2012

Explicaciones a una mujer que se está poniendo la ropa



Yo tenía 18 y ella 17. Como diría Corín Tellado, estábamos apenas descubriendo el amor, y nos gustaba mucho lo que descubríamos cada día, o mejor dicho cada noche, porque después de las clases en la academia pre-universitaria nos escurríamos presurosos para dar un paseo nocturno por el malecón del difunto Parque Salazar de Miraflores, donde ahora construyeron ese monumento al mal gusto y el esnobismo no-ilustrado que se llama LarcoMar. Allí, al amparo de nuestro razonablemente irracional apetito carnal y de unas beneméritas palmeras enanas, hacíamos lo que no podíamos hacer en ninguna otra parte. Las palmeras prodigaban la oscuridad necesaria y las otras parejas, parapetadas bajo sus respectivas palmeras, respetando los sagrados 10 metros de distancia que constituían nuestra precaria intimidad, le daban al cuadro un grato aire de complicidad anónima y solidaria. El disipado rumor del mar al fondo del acantilado procuraba el sutil fondo musical para ese cándido despertar sexual comunal, un ritual que repetíamos cada martes y jueves. Una noche de aquéllas, me parece que fue un jueves, mis manos ya habían logrado desabrochar su ceñido jean (maldita sea la moda de pantalones ajustados) y mis dedos amantes se apresuraban a recorrer ese camino tibio y húmedo que ya comenzaba a serles familiar. Los ojos estaban, por supuesto, cerrados; no sólo porque el beso no se interrumpía (estarás de acuerdo conmigo en que el abrir los ojos al besar es una señal de que se ha perdido la ilusión) sino porque no era posible disfrutar y vigilar al mismo tiempo. Yo no vigilaba, y a juzgar por los susurrantes gemidos que sólo yo podía escuchar, ella disfrutaba mucho. De pronto, justo cuando su mano se dirigía cariñosamente a corresponder mi gentileza, escuché una voz que decía: “Jóvenes, sus papeles por favor”. Abrí los ojos sobresaltado y descubrí a mi lado a un policía cara-de-sapo que seguramente había estado ejerciendo de voyeur los minutos previos (él y su rollizo camarada, que observaba a unos 4 metros de distancia) y que recién ahora se había decidido a intervenir, probablemente porque la oscuridad frustró su procaz intención de ver algo más. Antes de contestarle, y mientras ambos sacábamos precipitadamente las manos de la masa para abrocharnos los pantalones, miré en derredor y me alivió descubrir que las demás parejas, nuestros cómplices de ritual comunal, se habían borrado de la escena. Nosotros éramos las únicas víctimas de la cruzada moralizadora de las fuerzas del orden. “Sus papeles, por favor”, repitió impaciente el hombre-batracio, cuyo grasiento rostro brillaba a la luz de la luna. “Yo estoy tramitando la libreta electoral, ella es menor de edad”. “Ah, entonces, aparte de una falta contra la moral y las buenas costumbres, usted está cometiendo un delito: abuso de menores. Vamos a tener que llevarlo a la comisaría para tomarle una declaración y para avisar a los padres de la señorita”. Inmediatamente la señorita rompió en llanto porque eso significaba la expulsión segura del hogar paterno, regentado por el iracundo Elías Ganoza, un pujante empresario que había perdido su modesta fortuna en la gran estafa de la financiera CLAE, pero que no había perdido para nada sus autoritarias y a menudo violentas costumbres de hijo de terrateniente. Por mi parte, yo no perdí la calma. Tenía muy presentes las historias que me había contado mi hermano mayor acerca de los “arreglos” con los policías cada vez que él cometía una infracción de tránsito. En tiempos más prósperos los venales agentes solían exigir una suma nada despreciable para permitirle al infractor continuar camino. Pero la crisis terminal en la que estaba sumido el país había permeado todos los niveles, llegando incluso a desvirtuar el carácter intimidatorio de la corrupción policial. Así, los otrora no respetables pero sí temibles custodios de la ley se contentaban ahora con una cajetilla de cigarrillos, algunas monedas para el pasaje, bienes menores varios (un kilo de limones, un encendedor, una revista para hombres), o la compra de un boleto de una rifa para reunir fondos para la construcción del jardín infantil “Angelitos verdes”. Bueno, volviendo a aquella noche, el sapo hinchado con uniforme verde respondió con una mirada fija sobre mi reloj cuando utilicé la consabida fórmula que servía de preámbulo a la coima (“jefe, debe haber alguna manera de arreglar esto”). Sin dejar de mirar mi muñeca izquierda, dijo que él no tenía reloj, y que necesitaba uno; que yo podía comprender lo impresentable que era andar patrullando las calles sin saber la hora. Consideré responderle si fisgonear parejas para luego extorsionarlas era muy presentable, también pensé en comentar algo acerca del enorme reloj que le bailaba en la muñeca, denotando el origen del malhabido bien; pero opté por evitar la vía agresiva y concentrarme en la vía negociadora. Entregar mi reloj nuevo me pareció un precio exagerado, así que me negué arguyendo que era una herencia de mi bisabuelo, que tenía un valor personal incalculable, que mi abuela nunca me lo perdonaría. Hay que ser débil mental para creer que mi bisabuelo usaba un Casio digital, pero aparentemente el seboso anfibio con grado de subteniente lo creyó. Ante mi negativa, el custodio del orden público endureció la posición y volvió a amenazar con la comisaría y la llamada al padre de la señorita, llegando a indicarle a su regordete adlátere que fuera a encender el patrullero. Entonces ella y yo nos vimos forzados a hurgar en nuestras mochilas de estudiante en busca de algún bien que pudiera comprar nuestra liberación (era inútil buscar en las billeteras porque apenas teníamos para el pasaje de regreso). Tras 30 segundos muy tensos, los dioses de la noche lasciva al fin se compadecieron de mí: allí estaba la calculadora solar de bolsillo ultra-delgada (credit card type) que me había dejado ahora sí en herencia uno de mis tíos de Miami de paso por Lima. Como yo ya tenía una buena calculadora científica, lo que tenía en mis manos era sin duda nuestro pasaporte a la libertad. Claro que no fue nada fácil explayarse sobre las infinitas bondades de esa calculadora pequeña “pero muy moderna y carísima, jefe”. Y es que es una tarea algo complicada el vender una calculadora solar cuando es de noche. El caso es que, fuera porque quedó satisfecho con el botín, porque se aburrió de lidiar con un par de estudiantes sin fondos en una noche fría, o porque su ayudante se quejaba de que tenía hambre, el anuro encarnado en oficial de policía nos dejó ir. Una vez que vimos al patrullero doblar hacia la avenida, seguramente rumbo a seguir cumpliendo con su noble misión de esquilmar a los desavisados cultores de aquellas impúdicas tocaciones, recién pudimos respirar aliviados. Ella continuó con su llanto interrumpido y yo, lo confieso, me di cuenta que sí había sentido temor. Caminamos un buen rato abrazados sin hablar, a medias asustados y a medias orgullosos de estar viviendo aquellos años de descubrimientos terribles y maravillosos. Luego nos volvimos a prometer amor eterno y también nos prometimos no volver a esas andanzas tan audaces. Con el tiempo, y en distintos momentos, incumplimos ambas promesas, pero esa ya es otra historia. Lo que quería explicarte es que desde entonces, debido a sabe Dios qué oscuro y traicionero mecanismo inconsciente, el sonido de una sirena policial tiene un potente e inmediato efecto inhibidor sobre mi libido y su manifestación anatómica más evidente. Por eso es que el paso de ese patrullero allá abajo hace un rato (maldito hostal con todas las habitaciones con ventana a la calle) trajo como consecuencia lo que, bueno, en fin, lo que ya viste. Espero que ahora comprendas lo que ha sucedido y que por favor no te sigas vistiendo. Esto te lo estoy diciendo con mucho cariño, de hombre a mujer, y no de gerente a secretaria, no vayas a pensar que es una orden. Si yo pudiera dar órdenes ahora, ya sabes a quién llamaría a posición de firmes. Por favor, mira que todavía nos quedan 25 minutos para volver a la oficina, estoy seguro que la vamos a pasar muy bien, tú en verdad me gustas mucho... 

(2001)

domingo, 25 de diciembre de 2011

Lo que nos diferencia de


Esto ocurrió hace unos cinco años, cuando todavía vivía en Concepción, una ciudad para amar en el verano y odiar en el invierno. Lástima que allí el verano dure dos meses y el invierno diez. Era una noche de invierno. Había estado lloviendo y -para variar- se anunciaba más lluvia. Pero, al final de la jornada, y con amenaza de mal tiempo, en lugar de correr como animales prudentes a la madriguera cálida y segura, un grupo de estudiantes y profesores acudimos a un concierto gratuito en la pinacoteca de la universidad. Éramos muchos, demasiados, y rápidamente el ambiente se caldeó, las pocas sillas estaban ocupadas por personas mayores y el resto estaba sentado en el suelo o de pie, cada vez más apretado y acalorado en ese lugar cerrado. Incomodaban las mochilas y los paraguas húmedos, incomodaban las columnas de una sala pensada para ser recorrida a pie y no para que se observara su centro, pero era muy agradable la buena voluntad de los presentes para no incomodar más al vecino. Todo aspecto práctico pasó a un noveno plano cuando se instalaron los músicos y, tras una breve introducción, permitieron que el oboe, la viola y el clavecín invadieran nuestros sentidos con la obra de Bach. Imposible no recordar a Cioran cuando dice que la música de Bach es la única prueba de que el universo no es un completo fracaso. Era Bach el que le daba sentido a todo ahora, y uno pasaba de los ojos cerrados, la comunión con el genio íntimo, ésa que no se puede compartir, a los ojos abiertos y la contemplación de las manos y los instrumentos que nos traían en ese instante al genio que es de toda la humanidad y para siempre; por ratos también miraba a los demás, los otros habitantes de esa tribu efímera que una noche decidió postergar la comida y el abrigo para obtener una ración del alimento que nos diferencia de los animales. Mientras regresaba a mi casa pensaba que ese acto gratuito de acudir en grupo a escuchar la música de Bach, innecesario para la subsistencia de la especie o el funcionamiento del organismo, inútil desde una perspectiva pragmática, difícilmente clasificable como diversión o entretenimiento, es la constatación de la riqueza de la condición humana, la esencia a la que siempre podemos apelar para ser (y sentirnos) mejores personas. Una riqueza que, así como antes soportó el ataque represivo y castrador de la religión, y sobrevivió, seguramente podrá resistir los embates actuales de banalidad, atontamiento  y superficialidad desde la TV, el cine, internet y las redes sociales.

Recordaba ese episodio del concierto nocturno en Concepción hoy mientras leía la crónica de Ian McEwan sobre los últimos días de Christopher Hitchens. Periodista, escritor, pensador, y uno de los más lúcidos defensores de la causa agnóstica (si es que existe algo así), Hitchens siempre tuvo algo que aportar al debate. Yo lo menciono en el post Contra la Religión, cuando compro uno de sus libros (god is not Great) en un aeropuerto. A Hitchens se lo llevó el cáncer, pero hasta sus últimos instantes, rodeado de su familia y amigos, estuvo trabajando, creando, aumentando su legado cada vez que la morfina le permitía algunos minutos sin dolor. Aquí un par de fragmentos del texto de McEwan:

Y este era un hombre en constante dolor. Como ya no podía beber ni comer, succionaba pequeños trozos de hielo. Donde otros habrían caído en divagaciones religiosas (¿por qué a mí?) y sueños de una vida mas allá de la muerte, Christopher se dedicó a la literatura. Los tres últimos días de mi visita tomé nota de sus temas. No mucho después de robar mi libro de Ackroyd, me hablaba de un novelista de Eslovaquia; de si Dreiser en sus novelas sobre el mundo financiero era una guía de la crisis actual; del catolicismo de Chesterton; de los Sonetos del portugués, de Browning, que yo le había traído en una visita anterior; de La montaña mágica de Mann, que había releído por pasajes sobre las ambiciones imperiales alemanas en Turquía, y porque habíamos comenzado a hablar de viejas épocas en Manhattan, quería citar y alabar Un réquiem alemán, de James Fenton: "Que reconfortante es, una o dos veces al año, / reunirse y olvidar los viejos tiempos".
[...]
A la mañana siguiente, a petición de Christopher, Alexander [su hijo] y yo le instalamos un escritorio debajo de una ventana. Lo ayudamos a cruzar la sala con su poste lleno de tubos de alimentación, ajustamos los cojines en su silla, ajustamos la altura de su computador. Conversar y dormitar estaba muy bien, pero Christopher tenía solamente algunos días para escribir 3.000 palabras sobre la biografía de Chesterton de Ian Ker.

En uno de los primeros posts de este blog, citaba el poema de Bukowski en el que te grita en la cara que (si tienes algo que decir) vas a a escribir aunque estés muerto de hambre, explote el mundo allá afuera o haya un gato arañándote la espalda. Lo de Bukowski apunta a dejar de lado las excusas para no escribir, permitiendo así salir a la superficie la creación genuina. Pero en el caso de Hitchens y su crítica literaria se trata de una creación que él ya no vería impresa en papel u opinada por los demás. Tiene otro valor. Su urgencia es por arrancarle un pedacito de victoria a la muerte y dejarle un poco más de sí mismo, de su mundo interior, a la cultura de la humanidad, para hacerla avanzar unos milímetros. Aunque digo que esto es lo que nos diferencia de los animales, no puedo evitar pensar en una analogía con la escena de las hormigas que ofrecen sus cuerpos como puentes a sus congéneres para que atraviesen riachuelos. Veo a Hitchens, a Bach, a Cioran, a McEwan, y a tantos otros, como hormigas que tributan con su creación (que muchas veces implica sacrificios personales y familiares) a una causa mayor que es la humanidad. Lejos de los designios de dioses y otros seres mitológicos, el legado de la humanidad, lo que gozamos hoy, el conocimiento, las ciencias, las artes, se compone del aporte de miles de personas que -en lugar de contentarse con satisfacer sus necesidades básicas o conformarse con el anonimato del promedio- intentaron ir unos pasos más allá, internarse donde ya no llega la luz. Con ellos estaremos siempre en deuda.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Diario de un suicida


“Suena interesante” dijo Susana sin entusiasmo, continuando el movimiento de la mano que llevaba la taza de café hacia su boca, consciente de que no diría más, que no sería necesario fundamentar su opinión. Rafael acababa de contarle su proyecto para el próximo cuento, el que completaría por fin la docena que le prometió al editor. El diario de un suicida: sus últimos días. “La primera persona facilita la intimidad, la introspección; y me ahorra las descripciones de lugar que tanto me agotan” dijo Rafael una vez que se puso de pie, mirando por el ventanal el mismo tejado descolorido de siempre allá abajo, sabiendo que ella ya no lo escuchaba, que había vuelto a la lectura del periódico. Confirmó que ya no le afectaba como antes el poco apego de ella a sus proyectos vitales, pero no lamentó la certeza de esa distancia: al fin y al cabo el proceso creativo necesita de soledad, de cierto aislamiento, se dijo; pero no se convenció del todo.

Septiembre 22
Hoy fui a renovar la visa de estudiante a Extranjería. Una cola de dos horas para que al final un idiota que hablaba con faltas de ortografía me diera un formulario y me dijera que regresara dentro de dos semanas con el formulario lleno. “Y sin emendaduras” añadió el idiota con bigote de Cantinflas, parado detrás de su escritorio. A lo mejor todavía no descubre que la silla es para sentarse. No debe estar consignado en el manual que le dieron. Podrían tener una mesa llena de formularios y así le ahorrarían a la gente la cola y las inasistencias al trabajo. Pero claro, entonces dejaría de tener razón de ser la existencia del idiota con terno lustroso y prendedor en la solapa, con caspa sobre y prendedor en la solapa. En realidad no creo que su existencia tenga mucha razón de ser a pesar de que todavía no hay mesa con formularios. Su triste existencia de imitar los modos del jefe, adular a la secretaria amante del jefe, sonreírle a las extranjeras de ojos claros y maltratar a los extranjeros de piel oscura. Pobre diablo que regresará a casa apretado en el micro, codo a codo con el extranjero de piel oscura, y sin poder ver el automóvil en el que viaja la extranjera de ojos claros. Pero ya estuvo bueno de hablar del idiota, que no fue lo peor de la mañana perdida en Extranjería. Lo peor fue soportar la cola. Escuchar el desfile interminable de lugares comunes como síntoma de la compulsiva necesidad de hablar de la gente. De hablar pero no escuchar. No importa de qué tamaño fuera la peripecia que acababa de relatarle la señora de pelo teñido a la señora gorda, ésta replicaba (cuando no interrumpía) con “Eso no es nada, imagínese que a mí...” y así hasta que el tipo con calvicie prematura aportara su “Al menos a usted le dijeron que esperara, en cambio a mí...”. Nadie escucha un carajo, sólo esperan su oportunidad para enrrostrarte su pequeña desgracia tamaño pasaporte, su apocalíptica espera de media hora, subiendo el volumen de su perorata si no alzas las cejas o manifiestas de alguna manera tu asombro solidario. Solidaridad....já. Con meticulosidad digna de mejor causa registré las primeras palabras de las intervenciones de los colistas. Diecisiete de veinte comenzaron con “Yo” o “A mí”. Y así quieren solidaridad los miserables. Si la cola no fuera con ticket las ancianas nunca llegarían a la ventanilla, serían aplastadas por esa turba bien vestida y perfumada. Allí está la náusea de Sartre, ni siquiera hay que leer el libro. En fin, no sigo con la historia de la cola para no darle la razón a Rosita, que siempre decía que yo era un amargado. No soy un amargado. Soy un observador con algo de lucidez (perdóneseme la autocomplacencia y la inmodestia mal disimulada). Bueno, al menos lo era hasta hace poco. Últimamente la resignación me está quitando las ganas de observar. Y si no observo ya no sé de qué me sirva mi lucidez. Si Rosita no se hubiera ido tendría la posibilidad de abandonarme a la sinrazón del amor por un rato. Opio, Maya, ilusión fugaz pero necesaria. El problema es que ella se fue precisamente en nombre de la razón.

“Así que si quieres anda buscando un abogado, a mí me va a representar mi primo Patricio” remató Susana. Rafael la miraba sin saber cómo reaccionar ante el aplomo de ella. Todo se había desencadenado muy rápido. Él le preguntó si ya había hecho las reservas para los pasajes de Navidad y ella respondió que no, porque no pensaba volver a pasar una Navidad en Lima si la madre de él no se disculpaba antes con ella por lo que le había dicho la última vez que hablaron por teléfono. Él, todavía sorprendido, le había recordado que su madre estaba muy enferma, que podía ser su última Navidad, que por último correspondía –de acuerdo al pacto que se había respetado durante 5 años– que ese veinticinco de diciembre lo pasaran en Lima porque el anterior se habían quedado en Santiago. “Si quieres te vas solo, pero yo no voy. Y por supuesto que los niños se quedan conmigo” había dicho ella. “No puedes ser tan dura” dijo él, moviendo la cabeza. “Lo que yo pueda o no pueda ser no lo decides tú. Nunca terminarás de entender eso. Por más librepensador que te declares, sigues albergando a un macho que quiere dominar. Pero yo no soy como tu madre, que fue capaz de someterse al maltrato de un hombre por el supuesto bien de los hijos. Yo no tengo vocación de víctima. Y quieres que te diga una cosa: estoy harta de que tu madre maneje nuestra relación por control de remoto con la eterna excusa de su salud deteriorada”.  Allí comenzaron a subir los tonos y a perderse el respeto. En cuestión de minutos habían llegado al tema del divorcio. A Rafael no le sorprendió sentir que estaba en la víspera de una sensación de alivio, pero ésta se esfumó súbitamente cuando le escuchó decir a Susana que ella no le permitiría ver a los niños hasta que se dictara la sentencia y se estipulara el régimen de manutención; y que tuviera paciencia, porque el proceso no tomaría menos de un año y medio. “Sabes muy bien que tengo todas las de ganar, no sólo porque soy la mujer, sino porque tú eres extranjero. Esto me lo dijo Patricio la semana pasada”.

Septiembre 23
Aferrarse a algo. Se supone que uno debe buscar un motivo simple y concreto, un ancla, algo a qué asirse cuando se pierde el sentido. Esas “ideas-fuerza” son sólo una receta más, un producto marketeable diseñado para mentes débiles. Como “la visualización positiva es la clave del éxito” o “el fracaso nunca me sobrecogerá si mi decisión para alcanzar el éxito es lo suficientemente poderosa”. El éxito según Og Mandino y los 40 editores. Me cago en su éxito, sus cuentas millonarias, su cocaína diaria y sus bestsellers para tontos útiles. Toda esta diatriba se debe a la torpe bondad de mi madre por el día de mi cumpleaños: me envió por correo un libro de superación personal. Pobre mamá, no tiene idea de nada. Se puso a llorar al teléfono cuando le dije que no quería hablar con mis tíos, que saldría a caminar hasta tarde, que mi cumpleaños no me importaba. Perder el sentido. Ocurre de un momento a otro, como la epifanía que le revela el conocimiento al científico inspirado, pero al revés. Y ya no hay marcha atrás. No vale arrepentirse de ser el espermatozoide ganador. Perder el sentido. Un instante, un relámpago dentro de la cabeza, como las ideas geniales. Claro que a mí nunca se me ha ocurrido una idea genial. En qué momento se jodió el Perú, se preguntaba Zavalita en Conversación en la Catedral. En qué momento me jodí yo, podría preguntar. Pero no, no me interesa hacer una investigación histórica de este desapego al que comienzo a acostumbrarme. La lectura de Pessoa es buena compañía, pero ya estoy terminando el libro. A lo mejor después sigo con Bukowski. O no sigo. Esteban decía que prefería a Bukowski antes que a Henry Miller porque le desagradaba que Miller siempre cayera de pie en su muladar, que conservara la distancia precisa para transmitir la imagen que quería, que tuviera tan bien diseñada su desgracia que hasta daba envidia. En cambio Bukowski era más honesto, no temía hacerse mierda frente al lector, podía escribir pésimo porque su vida era pésima, y así había que leerlo. Bukowski. Yo creía que era un director de cine polaco, hasta que Esteban me explicó. Ojalá estuviera aquí ahora para explicarme algo, cualquier cosa. Quizás perder el sentido sea no querer caer de pie en medio del muladar y no querer escribir, aunque sea pésimo. No. Perder el sentido es que no te importe cómo ni dónde caes, que no te importe si escribes o no, porque al final todo termina en lo mismo. Todo comienza y termina en el mismo punto. Como una figura geométrica que se cierra para siempre. Pero allí hay armonía, ésa es la pequeña diferencia. La enorme, insalvable, cañón del Colorado, diferencia. En fin, no sigo porque voy a tener que salir a dar una vuelta: hay fiesta en el piso de arriba. Horror. La música a todo volumen es lo de menos. El mal gusto de la música a todo volumen es lo de menos. Lo que no soporto (y no entiendo) es esa obsesión por decir cosas supuestamente graciosas cada vez que hay más de cuatro personas reunidas y es de madrugada. Una carcajada tras otra. Y otra más. Y otra. No hay nada que me ponga de peor humor que escuchar las risotadas huecas, forzadas, de las taraditas que al no poder aportar a la conversación aportan al ruido. Son las que necesitan un poco de alcohol en la sangre para olvidarse que son feas y así poder sentirse objetos de deseo. De deseo de otros igualmente feos pero con cinco gramos más de cerebro; suficiente para armar dos frases seguidas que generen risotadas huecas. El problema es que después se aparean, se reproducen, y traen al mundo a más tarados necesitados de alcohol para sentirse felices. Es la plaga bíblica que no se detectó a tiempo. La misantropía la fundó alguien que vivía en un edificio de departamentos.

La nueva crisis conyugal no pudo llegar en peor momento. Gustavo –el editor– había vuelto a llamar, recordándole que el ya tres veces postergado plazo había vuelto a vencer el martes pasado. Rafael le dijo que ya estaba terminando el último cuento, que tuviera un poco de paciencia, hasta le contó lo de Susana y los niños. Pero todo lo que obtuvo fue una profesionalmente amistosa palabra de aliento (“ya verás que todo se va a solucionar”) y una igualmente profesional amenaza de denuncia por incumplimiento de contrato. Tras larga discusión finalmente acordaron que a la mañana siguiente el editor pasaría a recoger el manuscrito a su casa. “No falles, Rafael; esto ya no depende de mí, me están presionando de arriba. Si no tienes el manuscrito listo con los doce cuentos que el contrato estipula, te estarás metiendo en un grave problema. No puedo defenderte más”. Ahora miraba a su alrededor y no podía reconocer en ese paisaje de desolación y abandono lo que hasta hacía unos días había sido su casa, un hogar. Susana se había llevado a Gabriel y a Silvia primero, y a los muebles y artefactos poco tiempo después. Se paró de la cama y caminó hasta la cocina sorteando la ropa sucia y los cartones de comida rápida que poblaban el suelo. Ya no había refrigerador. Lo recordó al buscar hielo para el vaso de Amaretto que acababa de servirse. Volvió a su cuarto-escritorio, que era lo único que todavía se parecía a su pasado, e intentó concentrarse una vez más para poder terminar el cuento. Tenía que sobreponerse, tenía que vencer a esa demoledora alianza de la depresión y la  angustia. Él era un profesional de la creación literaria, la más sólida promesa de la narrativa actual – en las generosas palabras de un amigo periodista. No pudo. La sonrisa de sus hijos en la inmensa fotografía en la pared hizo que las lágrimas volvieran a nublarle la visión de la pantalla del computador.

Septiembre 24
Hoy no llamó nadie ni me escribió nadie. Menos mal. No tengo ganas de fingir. Pensaba ir al cine (hoy era el último día de “No Amarás”) pero sólo imaginar a los imbéciles de siempre comentando la película en la fila de atrás me quitó todas las ganas. Prefiero pasar el día contemplando las manchas de humedad en el techo o mirando por la ventana, mirando las vidas de otros, deseando ser cualquiera de ellos (la viejita que apenas puede con las bolsas del supermercado, el escuálido recogedor de cartones que se estira las mangas de la chompa para no congelarse las manos al empujar su carreta al amanecer, la niñita que animada le cuenta su día en el jardín infantil a su madre mientras ésta no la escucha porque está pensando en cómo llegar a fin de mes). Mañana se cumplen dos semanas sin tomar las putas pastillas. No puedo decir que esté ganando la batalla, pero de ninguna manera voy a regresar a la alegría artificial, a las tres dosis diarias de entusiasmo, a la vida con respirador mecánico. Si no puedo solo, no puedo y ya está. “Hay que darle para adelante nomás, porque el camino de regreso está muy congestionado”. Difícil de creer que fui yo el que escribió esa frase alguna vez. Me suena a la prehistoria. Cazador-recolector de frases bonitas o ingeniosas. Ése era yo. En un pasado reciente tuve un gran futuro, pero ese futuro terminó hace unos días. Y no se ve nada más adelante. Debe ser el esmog, la inversión térmica de los cojones, o un frente de mal tiempo proveniente del Pacífico sur, o ninguna de las anteriores. Ya, basta por hoy. Tengo mucho sueño y pocas ganas de escribir.

El canto de los pájaros le indicó que comenzaba a amanecer. Recién entonces se dio cuenta del paso del tiempo. No había dormido en toda la noche y había avanzado apenas unas cuantas líneas. Releyó una vez más el cuento escrito a medias, volvió a quedar insatisfecho con el producto, y constató que la angustia comenzaba a esfumarse. Ya no le importaba tanto. Ya no le importaba, quizás. Se puso de pie, abrió las cortinas, y se quedó observando el tejado descolorido de la casa de enfrente. Desde el cuarto piso se tenía una vista total de esa casa. Era una casa antigua, con un amplio zaguán poblado de hierbas silvestres y donde todas las tardes jugaban los niños a perseguirse y esconderse. No sabía sus nombres pero sí sabía que eran amiguitos de Gabriel y Silvia. Vio que todavía no encendían las luces y pensó –sin tener motivos para hacerlo– que en esa casa dormía una familia feliz. Un escalofrío le recorrió el cuerpo e inmediatamente pensó en hacerse un café. Imposible por ahora: no había cocina. Regresó al escritorio y se sentó frente a la máquina. Todavía le quedaban un par de horas antes de que llegara Gustavo.

Septiembre 25
Creo que perdí. Me quedé sin fuerzas, sin razones, sin ganas de que vuelva a amanecer. Estar en este lado o en el otro lado me da exactamente lo mismo. Y en el otro lado por lo menos tengo el incentivo de la novedad, la incertidumbre, la sorpresa. Por supuesto que no creo que me esté esperando una corte de serafines afeminados tocando la trompeta a la entrada de un luminoso reino sobre las nubes. A lo mejor no hay nadie ni nada al otro lado. Ya veremos (dijo un ciego lleno de esperanzas). Paren el mundo que aquí me bajo, decía Mafalda. Yo no pido que pare; voy a saltar de este microbús en movimiento, como cada día al llegar a la universidad. Imagino que mañana todos dirán que fue por Rosita, que no me pude recuperar de su abandono. Lo dirán con un tono a medias sabiondo y a medias compungido. Y no sabrán nada. Lo dirán porque algo hay que decir, eso creen. Todas sus palabras sobran, nunca nos han regalado un pedazo de silencio. Hablan mucho y no saben nada. No tienen la más remota idea de lo que es perderlo todo. Nadie puede saber lo que es esto, nadie sabe cómo se siente quedarse vacío, cómo se siente el no-sentir. Lo único que lamento es el tono de tragedia griega de todo esto, el titular de tabloide amarillo, el mal gusto de la sangre y del cuerpo deshecho contra el suelo; si se pudiera simplemente apretar un botón y desaparecer, invadir el pasado sin pasar por el presente. Pero no, hay que hacer el esfuerzo de dar un último paso real: abrir el ventanal. Sea, entonces, pero con un breve trámite como preámbulo: el testamento. Un testamento imaginario, por cierto, porque no tengo posibilidad de dejar algo oficial. El inventario actual es bastante pobre, así que no tomará mucho tiempo nombrarlo. Lego la computadora a mi hermano, con la esperanza de que la utilice para algo distinto a los embrutecedores juegos de combate. Los libros a mi hermana, que nunca tuvo tiempo para leer y ahora tendrá un motivo más para sentirse obligada a hacerlo. Todo lo que he escrito se lo dejo mi madre, que algún día entenderá que ella no tuvo la culpa de nada. Por supuesto que en lo anterior no se incluye este cuento incompleto, Gustavo; espero que sepas perdonar que no cumpliera con el último plazo acordado. Finalmente, lego mi inútil lucidez y mi amor desesperado a Gabriel y Silvia, que llevan en sus ojos todas las palabras que ya no podré decirles.

(2001)