sábado, 5 de mayo de 2012

Opio y monedas


Nada sabemos del alma
sino de la nuestra;
las de los otros son miradas,
son gestos, son palabras,
con la suposición de cualquier semejanza
en el fondo.
Fernando Pessoa
La anciana parece dormir. Al agachar la cabeza no se le puede ver el rostro pues lleva un oscuro sombrero de fieltro. Está sentada en el suelo y sus polleras extendidas son a la vez mantel y abrigo. Sobre el supuesto mantel hay sólo un vaso de plástico. Cada vez que siente pasos o voces agita el vaso para que suenen las monedas. No levanta la cara. No es posible saber si agradece en voz baja cuando alguien deposita una moneda en su vaso. Menos se sabe sobre lo que siente después de cada exitoso o fracasado tintinear de monedas.
Han pasado dos horas, y quizás más de cien personas. La anciana ha recibido sólo seis monedas. Es probable que esté angustiada o simplemente triste por la escasa cosecha. No le va a alcanzar; no sabemos bien para qué, pero seguro que no le va a alcanzar. Entonces un niño sucio y andrajoso, a quien bastaría ver para saber que mendiga igual que su ¿madre? ¿abuela?, se acerca y le da otras cuatro monedas. Es su aporte, su propia cosecha de las últimas horas. Cada uno desde su esquina y desde sus años. La anciana en silencio, casi convertida en estatua (una estatua en homenaje a la miseria, diría alguien que no tiene idea de lo que es la miseria), y el niño bullicioso, zangoloteando con los otros niños, colegas de esquina. La alegría todavía es gratis.
El grupo de estudiantes salió a comprar algo para beber durante el entretiempo del partido de fútbol.
- Tengo hambre. ¿Y si además compramos una pizza? ¿Cómo andan las arcas del proletariado?
- Mi billetera ya tiene telarañas.
- Propongo una sesión de meditación Zen para espantar al demonio de la gula.
- El demonio no existe. Es una estrategia de marketing de la iglesia para no perder a sus abonados. Un vendedor de paraguas que anuncia a gritos la lluvia.
- No sabes lo que dices. El demonio sí existe. Yo mismo lo he visto; lo vi detrás de los ojos de una mujer adúltera, después del amor breve y violento, una madrugada de verano. Casi no la cuento. No es broma, me iba a devorar, iba a tomar mi alma.
- Veo que has estado fumando guano otra vez.

Cuando todavía estaban enfrascados en discutir si la Inquisición había asesinado a más personas que las dictaduras latinoamericanas, cien metros antes de llegar a la botillería, se encontraron con una anciana mendicante sentada en el suelo, agitando un vaso de plástico sin levantar la cabeza. Uno de ellos se detuvo y, casi sin mirarla, rápidamente extrajo dos monedas de su bolsillo y las depositó en el vaso. No pudo percatarse del imperceptible movimiento de cabeza de la mujer, que quizás significó un gracias.  
- Pagaste tu alivia-conciencias, siempre sale barato.
- ¿Tú prefieres negarle unas monedas? ¿Qué ganas, o qué dejas de perder?
- El punto es qué gana o pierde ella, no tú. Su vida no cambia absolutamente nada por recibir ese par de monedas. Sigue siendo tan miserable como antes porque el sistema así lo requiere. El cambio no va a ocurrir porque repartamos las sobras. Es más, se corre el riesgo, y a eso me refería cuando hablaba de alivia-conciencias, de perder la perspectiva de necesidad del cambio al encontrar un espejismo de gratitud y autosatisfacción que se alimenta a sí mismo. Okey, puede servir como terapia contra el insomnio para almas sensibles, o como pasatiempo para damas-bien aburridas de gastar el dinero de sus maridos. Pero no debe distraer, quiero decir que no debe dejar la idea de que algo ha ocurrido, porque no ha ocurrido nada.
- Con distintos argumentos, tu posición coincide con la de mi padre –que es flor de reaccionario, quejándose de la cantidad de gente que pide plata en los semáforos, diciendo que no le alcanzaría la plata si diera cada vez que le piden. Ambos, partiendo de orillas opuestas, terminan por apoyar lo mismo: la frustración cotidiana de esas manos vacías.
- Qué bonito suena, podrías escribir poemas para universitarios y repartirlos a la salida de los conciertos.
- Mira, yo no hablaría de frustración. Se frustra el vendedor ambulante que no vende su mercancía, el afilador de cuchillos que recorre las calles sin resultado, el vendedor de enciclopedias puerta por puerta. Ellos todavía ponen en juego una dosis de esperanza cada día, y casi siempre la pierden. En cambio los que viven –o mueren– de la limosna de otros yo creo que ya tiraron sus esperanzas desde arriba del puente.
- Perdón, yo creo que hay que ordenar esta discusión porque están mezclando peras con manzanas. No se puede meter en un mismo saco la perspectiva social o socioeconómica y el análisis particular de sentimientos –o la ausencia de ellos– generados en la interacción con los indigentes de este país. En resumen, si quieren hablar del alma está bien; pero no hablen del alma para refutar argumentos que hablan del orden social, del tú no comes carne para que otro pueda viajar a Miami.
- Ya córtala, ustedes se han pasado la vida identificando los elementos distractores a su bienamada revolución y han encontrado así un surtido repertorio de excusas para no hacer nada concreto. Ahora resulta que es mejor no dar limosna que darla porque puede distraer o amenguar el ardor combativo de tus cuadros. Por favor. Creo que tendrían que destinar esa notable capacidad para inventar enemigos a causas más útiles.

La discusión cesó porque ya habían llegado a la tienda. Entraron todos y por eso no pudieron ver lo que pasaba en la esquina opuesta. Probablemente tampoco lo habrían visto de haberse quedado afuera de la tienda.

El niño ha llegado con otras tres monedas, la última media hora fue productiva. Entonces la anciana cuenta, dos veces, el total acumulado y le entrega una moneda al niño. Este sale corriendo, contento se diría, y detiene su carrera en el quiosco de la esquina. Allí pide y recibe el sobre con figuritas del álbum de fútbol con las estrellas del mundial. Segundos después se le ve saltando de alegría. Ha tenido buena suerte. Y es que no tenía ni a Romario ni a Batistuta. Ahora le faltan pocas figuritas para llenar el álbum. Luego de ir a contárselo a la anciana, que no se ha movido, corre a compartir su buena noticia con los otros niños de la esquina de enfrente. La celebración tiene que ser corta porque el semáforo otra vez está en luz roja. Una camioneta pick-up negra, enorme, está primera en la fila. A pesar de tener las ventanas a medio abrir se escucha con mucha claridad la transmisión del partido por la radio (el segundo tiempo ya ha comenzado). El niño no ha terminado de estirar la mano -en realidad debe levantarla para poder ser visto por el chofer- cuando desde adentro le dicen “No, ahora no tengo”. De todas maneras se queda unos instantes más, para escuchar si ese ataque narrado con tanta grandilocuencia termina en gol. No, el tiro ha salido desviado. Se dirige entonces al carro de atrás. Tampoco recibe nada. Cambia la luz del semáforo y retoma el juego de pelota con sus compañeros. Hace un gol y lo celebra a gritos, pero el gol es discutido por los otros, que reclaman que fue palo. Es que pasó por encima de la piedra que utilizan como marca. En la vereda de enfrente, la anciana ya ha guardado en un bolsillo perdido entre sus polleras todas las monedas menos dos, que se quedan en el vaso. Ahora agita su vaso otra vez: parece que alguien se acerca.

El niño no lo sabe, no lo puede saber, pero doce años después, cuando la anciana ya sea sólo un triste y lejano recuerdo en su vida, diluido por recuerdos más cercanos y terribles, se volverá a encontrar con el chofer de la camioneta negra y con uno de los estudiantes. No se reconocerán, pues nunca se conocieron, pero eso no afectará el rumbo de los hechos.

Una noche, a la salida de un partido de eliminatorias que ha ganado la selección nacional a su clásico rival, el que fuera estudiante, hoy cajero de un banco, y el chofer de la camioneta -hoy ejecutivo de otro banco- se agolparán eufóricos junto a una pequeña multitud que aclama a los jugadores y pide un autógrafo al héroe de la noche, el pequeño delantero que anotó un gol de cabeza en tiempo de descuentos. El jugador, de origen humilde y con un casi seguro futuro en el fútbol europeo, que está tan contento como los hinchas, se detiene y firma con gusto y paciencia, mientras escucha una y otra vez las mismas palabras de elogio. Es una noche para ser feliz y olvidar todos los problemas.
Después del ritual de celebración, el grupo de hinchas se dispersa por los alrededores del estadio, y el cajero y el ejecutivo casualmente caminan uno detrás del otro, buscando un taxi que los lleve de regreso a sus casas. De rato en rato el silencio de la noche se rompe con el grito de algún fanático que no quiere terminar de celebrar. De pronto, desde un pasaje lateral aparece un taxi, que frena inmediatamente ante el gesto simultáneo de los dos trabajadores bancarios. El resto de hinchas no parece interesarse en el taxi, probablemente la plata no les alcanza. Una vez que el taxi se ha detenido por completo ambos hacen el ademán de ganar la posición, pero inmediatamente corrigen el gesto para ceder el turno. El insólito gesto hacia un extraño se explica desde la solidaridad del hincha exultante por el triunfo. No hay que ceder, finalmente, porque han descubierto que sus destinos son cercanos, así que deciden compartir el taxi. El taxista comenta con ellos el resultado del partido y, distraído, no nota que en el semáforo que está más adelante, ahora en luz roja, hay un par de sujetos de aspecto sospechoso. Cuando se detiene, uno de los sujetos abre violentamente la puerta del copiloto y amenaza con un arma al taxista, exigiéndole dinero con gritos e insultos. Los dos pasajeros, sentados atrás, reaccionan intentando reducir al asaltante, mientras el taxista paralizado de miedo, no atina a hacer nada. Entonces todo ocurre muy rápido. Antes de salir corriendo con un par de billetes de escaso valor, el asaltante habrá disparado cuatro veces. Horas después, morirán en la posta médica los dos pasajeros. Ya en su barrio, sintiéndose seguro, el asaltante, un hombre joven que de niño pedía monedas en los semáforos junto a una anciana que tal vez era su abuela, podrá comprar la dosis de pasta base de cocaína que esa noche necesitaba tanto. Hace tiempo que la alegría ya no es gratis.



domingo, 29 de abril de 2012

La cuadratura del círculo

- Juanito, ¿en qué trabaja tu papá?
- Es abogado, señorita.
- ¿Y el tuyo, Susanita?
- Es ingeniero, señorita.
- ¿Y el tuyo a qué se dedica, Silvina?
- Es médico, señorita.
- ¿Y el tuyo, Jaimito?
- Él baila en el caño en un boliche gay...
- ¿¿¿Cómo???? - pregunta la maestra sorprendida.
- Si, señorita, baila vestido de mujer, con una tanga cola-less de lentejuelas. Los hombres lo acarician y le ponen billetes en el elástico de la tanguita.
Luego y si se da ... , se va con uno de ellos por algunos pesos.
Y algunas veces se va de fiesta con dos o tres negros, que es lo que más le gusta.
La profesora rápidamente les pide a los otros chicos que salgan del
aula, camina hasta Jaimito y le pregunta:
- Jaimito, ¿tu padre realmente hace eso?
- No señorita. Ahora que no hay nadie se lo puedo decir...... Mi viejo
es SENADOR. Pero me daba vergüenza decirlo.

Después del último post, en medio de un océano de comentarios de la muchedumbre de seguidores que tengo en Facebook, me preguntó Mónica qué se podía hacer frente al dilema de seguir votando (o no) en las elecciones para un congreso poblado por sujetos que son ineptos, corruptos, holgazanes, o todas las anteriores. O sea, los despreciables reyezuelos del post. De manera general, la pregunta -creo- apunta a la confianza que se puede tener en la democracia cuando sus representantes a ser elegidos, son una fuente de desconfianza, basada en una montaña, o más bien una cordillera, de evidencias. Evidentemente, no tengo la respuesta a esa pregunta, que es casi como pedir la receta para la cuadratura del círculo. Si la tuviera no me dedicaría a lo que me dedico, y ya estaría dando charlas alrededor del mundo, cobrando muchísimo por minuto a cambio de decir generalidades una y otra vez, como tanto gurú de moda, o ya sería el profeta líder de una secta religiosa, probablemente polígama (sólo para el lìder, obviamente), y con costosas donaciones puntualmente voluntarias de los fieles. Pero el no tener la respuesta a esa pregunta no es excusa para no decir algo, así que no voy a evadir la responsabilidad histórica de responder a esa masa de incontables lectores que espera que con mis palabras todas sus dudas se profundicen hasta hacerse insondables.


Somos el resultado de dos proyectos exitosos que ojalá no lo hubieran sido: la conquista española y la religión católica. Si quieren buscar las raíces de nuestros males, allí están. Si somos flojos, hipócritas, egoístas, desleales... es porque eso es lo que nos enseñaron los fundadores de la patria y los predicadores del convento. Obviamente, sus enseñanzas fueron por sus obras y no por sus palabras, añadiendo la inconsecuencia al rosario de defectos que nos hicieron ser lo que somos. Mientras un oriental o un quechua acostumbran trabajar de sol a sol, 360 días al año, y han encontrado en la laboriosidad un sentido para sus vidas, nosotros orientamos nuestras vidas al descanso (feriados, fines de semana largos, vacaciones). Mientras ellos asumen el problema del otro como propio, porque el concepto de comunidad es lo que les ha dado estructura a lo largo de siglos, nosotros hemos aprendido que si puedes hundir al vecino, mucho mejor, porque el éxito es una medida individual. No robes, no mientas, no seas ocioso; ésas eran las máximas de la cultura Inca, y seguramente encontraremos sus análogos chinos, japoneses o tailandeses. Hoy nos quejamos de los políticos que son ladrones, mentirosos y holgazanes, pero esos pillos no cayeron de una nube o los trajo un platillo volador. Son productos de nuestra sociedad, la copia mil veces perpetrada del perfil del individuo creado por los modelos vigentes, por lo que sus nombres y apellidos cambian en el tiempo pero las conductas son las mismas. Y sus pillerías son equivalentes a las del poblador miserable que roba en un supemercado o a las del cajero que se queda con la recaudación municipal. Son lo mismo y -después de negarlo mil veces antes las cámaras o jueces (porque son mentirosos)- finalmente se justifican de la misma manera: “si otros lo hacen por qué yo no”. Ése es el cáncer, el modelo sociocultural que ahoga a la mayoría de intentos de iniciativas honestas o elevadas. Además, las instituciones funcionan como filtros perfectos que depuran a los que no responden al perfil. No avanza en la jerarquía de un partido político quien sea veraz a ultranza y no esté dispuesto a transar convicciones por beneficios, no progresa en la jerarquía eclesiástica aquél que denuncia los atropellos de los poderosos o los manoseos de los pederastas, el funcionario que denuncia las mafias de evasión de impuestos en las pequeñas o grandes empresas rápidamente pasa a ser cesante, el juez que imparte justicia por igual, sin dejarse influenciar por el poder político o económico, jamás llegará a la corte suprema (así, con minúsculas). 


Con todo esto quiero decir que no es posible soñar con políticos honestos y trabajadores si antes no se le quiebra la columna vertebral al modelo sociocultural -muy influenciado por el modelo económico- que sanciona o premia nuestras conductas. Hay excepciones, por supuesto. En Uruguay, los ex-Tupamaros que hoy tienen cargos políticos (parlamentarios, ministros, alcaldes) donan entre el 50% y el 80% de su sueldo mensual a obras sociales, y así aportan significativamente a la construcción de un nuevo país. Pero son pocos, y provenientes todos de esa moral de guerrillero de izquierda que nos supera largamente.  Muy distinta a la moral del jefe del partido comunista chileno, que lamentó hace poco la muerte del sátrapa norcoreano Kim Jong-il, quien compite con Hitler y Stalin en la monstruosidad y magnitud de sus genocidios. Ese cambio fundamental, necesario para pensar en una sociedad menos injusta y menos absurda, requiere de varias generaciones completas de personas que hayan sido educadas de otra manera, no solamente en las aulas sino mirando a sus vecinos y compañeros de trabajo. La carga histórica pesa muchísimo. Un estudio reciente en África muestra que la desconfianza que hoy sienten las personas acerca de sus vecinos, parientes y autoridades locales está correlacionada significativamente con la cantidad de sus ancestros que fueron parte del tráfico de esclavos, que duró 400 años y que en buena parte descansó en la traición y entrega de unos a otros en una misma población.  



En el otro extremo del abanico de prosperidad y confianza están los países escandinavos. Lideran las estadísticas de desarrollo humano, honestidad y hasta los ránkings de felicidad global (desterrando el mito de los ciudadanos ricos pero humanamente miserables), combinando un estado benefactor con crecimiento económico gracias a la predominancia de la socialdemocracia (bueno, algunos tienen reyes; tampoco son perfectos). Cuando EEUU, y todos los países de Europa Occidental solucionaron la reciente crisis económica financiando a los culpables del desastre (los banqueros especuladores) con el dinero de los contribuyentes, en Islandia los metieron a la cárcel y se negaron a pagar la deuda contraída por ellos. ¿Cómo se hace para convertirse en escandinavo, entonces? preguntará alguno. Como ya lo comenté en otro post, la conducta honesta y respetuosa de sus habitantes está basada en que la mayoría actúa así, desde siempre, y se sanciona negativamente a los que delinquen o pasan por encima de los derechos del otro. Todo lo contrario a lo que pasa en estas latitudes, en las que presidentes estafadores y congresistas vendidos al lobby empresarial son elegidos una y otra vez, y donde la conducta de aprovecharse de una situación, pasando por encima de las normas, se sanciona positivamente como “viveza criolla” día a día. No se me ocurre otra solución que mirar hacia la educación primaria, apuntando a cambiar la cultura de los niños. Pero señalar la vía no significa que sea posible. Es una tarea muy difícil, casi utópica, cuando los educadores están mal pagados (en Finlandia ser maestro está entre las profesiones mejor remuneradas) y todo intento de levantar el paupérrimo nivel de la enseñanza se estrella contra las mafias de los sindicatos de profesores que se niegan a la evaluación de calidad. Y luego habría que ver cómo hacemos para que sobrevivan esos niños nuevos, bien formados en cultura y valores, en esta sociedad depredadora. En fin, nada simple. Suena como montar una empresa exportadora de las peras del olmo. Pero comencé diciendo que estábamos hablando de la cuadratura del círculo.

Como recomendación concreta, pienso que se podría iniciar una campaña de “Sueldo mínimo para los congresistas”. Sólo entonces serán creíbles sus declaraciones de que se dedican a la política por “servicio público” y no para llenar sus arcas y las de sus amigos. De seguro el sueldo mínimo aumentaría considerablemente, en todo caso.



sábado, 21 de abril de 2012

Reyes y reyezuelos

Falta una sota,
sobran dos reyes
Joaquín Sabina (Números Rojos)


Cuando uno escucha hablar de reyes inmediatamente piensa en personajes con nombre común seguido de números romanos, una peluca ridícula inmortalizada en un cuadro, en el que también aparecen enanos y una corte de personajes de aspecto estólido, y en el siglo XVI. Por eso llama tanto la atención que en pleno siglo XXI sobreviva la monarquía en algunos países que por otro lado parecieran ser civilizados. Si bien los monarcas ya no deliran proclamando “el estado soy yo” ni intentan convencer al iletrado pueblo de que son reyes por designio divino, el absurdo de su existencia es tan contundente hoy como ayer. Las familias reales tienen el privilegio de ser millonarias sin trabajar y -peor aún- perpetuar esa gracia en su rancia descendencia, que como único mérito ostenta un apellido. Su principal aporte al país es ayudar significativamente al gasto del presupuesto nacional y llenar las páginas de las revistas de sociedad. Eso es lo de todos los días. Pero cada cierto tiempo ocurre un bombardeo de los medios de comunicación para deleitar o castigar al público, según carezca éste de neuronas o no, con bodas reales y toda la parafernalia imaginable, que incluye a niñas pobres en todos los rincones del mundo bautizadas con el nombre anglosajón de la princesa de turno.

Hace poco el rey de España hizo noticia porque se fracturó la cadera mientras cazaba elefantes en Botswana. Bueno, lo de cazar es bastante relativo, porque a los osados y arterioescleróticos nobles un ejército de ojeadores les indica por donde andan los animales, los ayuda a acorralarlos, y luego de que el indigno dignatario mata a la presa, los servidores remolcan los cadáveres para que se tomen la foto de rigor en la que lucen gallardos y triunfales junto a las bestias muertas por valientes y certeros disparos a media distancia (alguien sugirió que mejor fuera a cazar al zoológico). El problema es que el rey Borbón estaba en un safari que cuesta 45 mil euros, en medio de una crisis económica desbocada que está arrasando con España, dejándola cada vez más lejos de Europa y más cerca de Latinoamérica. Otro irónico detalle consignado por la prensa es que el monarca era el presidente honorario de la WWF en España, lo que no se entiende mucho, porque este señor acumula ya varias historias de caza de osos, en la Rumanía del tirano Ceaucescu y en la Rusia del tiranuelo Putin (aquí se acusó de que le soltaron un oso domesticado). Para que quede claro el caracter heredable de estas nobles costumbres, el nieto del rey, llamado Froilán (que más que un nombre, es un agravio), una semana antes se había disparado accidentalmente una escopeta en la pierna. Hubo quien sugirió que le estaba apuntando a un elefante de peluche.

Pero las andanzas reseñables y onerosas de la familia real española no se limitan a la cacería por diversión en parajes remotos financiada por el erario público. No hace mucho se destapó el escándalo del yerno del rey, de apellido Urdangarín, que resultó ser un estafador de marca mayor. En una prueba contundente de la igualdad ante la ley que impera en España, mientras la mujer del socio de este Urdangarín ha sido considerada en el proceso como cómplice en base a que no podía no saber de las pillerías de su marido, la hija del rey, la infanta, con idénticas vinculaciones al chanchullo real, ha sido dejada al margen, limpia de polvo y paja. No sorprende mucho, si se considera que en medio de la crisis que este año ha reducido los presupuestos de ciencia en 34%, de educación en 22% (a lo que se sumó después un recorte de 3 mil millones de euros para la enseñanza pública), y así por el estilo, la Casa Real recibió una reducción del 2% en su presupuesto.

Todo esto puede parecer inaceptable, inmoral si se quiere, pero no es ilegal. Así lo sanciona la Constitución hoy vigente en España, que es la del genocida Francisco Franco, el mismo que tiranizó España durante más de 30 años y que un buen día decidió que volviera la monarquia, pero no con el Borbón todavía vivo, que le caía mal, sino con su hijo, el hoy rey Juan Carlos, nuestro avezado cazador de fieras. Reza la Constitución en su artículo 56, por ejemplo, que "La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad.....". Lo de inviolable me deja dudas (no sé si alguien querría ponerlo a prueba), pero lo que sigue lo eleva a la categoría de intocable. Además, a diferencia de su familia, que se dedica a tareas bastante frívolas, las tareas concretas que la Constitución encomienda al Rey son de mayor importancia aparente, como la sanción de las leyes, la firma de los reales decretos, la disolución de las Cortes o la propuesta de presidente del Gobierno. Aclarando, eso sí, que lo que se le pide -para cautelar la legalidad de dichos actos- es únicamente su real firma; no tiene que proponer nada ni entender lo que firma, solamente estampar su noble rúbrica. O sea, el rey es simplemente un notario, excesivamente costoso, pero notario al fin, tan inútil y execrable como ellos.

Esta infamia de excesivos derechos e insignificantes deberes de los reyes y sus familias puede llevarnos a enojo, excerbado tal vez por el hecho de que se trata de personajes anacrónicos, obsoletos, escapados de un libro de historia medieval. Por otro lado, ese fastidio puede quizás moderarse al considerar que se trata de una rareza, un fenómeno lejano, muy ajeno a nuestras humildes realidades tercermundistas. Error. En estas latitudes también tenemos a personajes que detentan mucho poder sin merecerlo, que confunden inmunidad con impunidad, y cuya existencia y privilegios son absolutamente legales. Estos reyezuelos sin apellido, aunque a veces con ínfulas dinásticas, son los diputados y/o senadores que pueblan los parlamentos locales. Hace muy poco, los legisladores chilenos se aprobaron un aumento para sus gastos de 4 mil dólares, lo que equivale a más de diez veces el salario mínimo legal. Hay que indicar que estos sujetos, los mismos que plagian proyectos de ley desde Wikipedia, insultan a los policías que los multan por exceso de velocidad, y navegan por internet o simplemente duermen mientras se discuten los proyectos de ley, ya tenían un sueldo mensual de 16 mil dólares, al que se le agregan otros 20 mil dólares mensuales en asignaciones y gastos varios. Entre las muchas gollerías de las que disfrutan estos ciudadanos está el ir gratis a ver los partidos de fútbol nacional, lo que imagino se interpreta como parte de su servicio a la comunidad. En cualquier caso, están más allá de la ley, pues gozan de una graciosa inmunidad parlamentaria. Lo realmente paradójico es que las mismas personas que, con justa rabia y razón, vociferan hoy contra estos parásitos sociales, estos reyezuelos que aparentemente han perdido la capacidad de sentir vergüenza, el día de mañana volverán a elegirlos. Y aquí es donde los peninsulares pueden mirarnos con algo de conmiseración, pues mientras ellos no votan por ese rey que les ha sido impuesto, en nuestros países el sufragio ciudadano otorga una supuesta legitimidad democrática a ese despropósito. Así se perpetúa el abuso que significa mantener con el dinero de todos a esa casta de zánganos que aceleran o estancan la tramitación de proyectos legislativos de acuerdo a los intereses de las grandes empresas que financiaron sus ruidosas y contaminantes campañas electorales.

La gran historia de la humanidad recoge muchas pequeñas historias de revueltas ciudadanas contra el abuso de los poderosos, todas rotundamente justas, casi ninguna con final feliz. Una de tantas es la Revuelta Irmandiña, en el reino de Galicia a mediados del siglo XV. Hartos ya de estar hartos de las injusticias cometidas por los nobles, los irmandiños se armaron en multitudinaria guerrilla y durante dos años acosaron con furia al poder señorial. El detalle que me llamó la atención es que estos simpáticos irmandiños no se ensañaban tanto con los señores o sus bien vestidas familias como con sus bienes inmuebles. Así, en lugar de violar o degollar a mansalva, como solía ser la norma, la legión irmandiña se dedicaba a explorar empíricamente nuevas posibilidades arquitectónicas, llevando los castillos -otrora verticales- a una disposición horizontal. Aproximadamente 120 castillos fueron destruidos durante su breve revuelta, sofocada a sangre y fuego, como es la tradición. Pensando en que la labor de los parlamentarios es desaprobada por dos tercios de la población, que sus privilegios y prepotencias son rechazados con rabia por todos los ciudadanos de a pie, y que el congreso es apenas un solo edificio, me pregunto si no merecerán estos reyezuelos que algunos herederos de los irmandiños les recuerden, al menos simbólicamente, que su castillo se puede derrumbar.




sábado, 7 de abril de 2012

En París, con aguacero

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

Cuando en el colegio nos hacían leer este poema de Vallejo  (Piedra negra sobre una piedra blanca) nos preguntábamos con cierto morbo si la profecía del poeta acerca de su muerte se había cumplido. No sé si fue culpa de un profesor despistado, de esos con sueldo insuficiente para sus necesidades pero exagerado para sus capacidades, o se trató de uno de los muchos mitos urbanos que acompañan nuestro paso por el colegio, tal vez apoyado en la confusión de poeta con profeta, pero juraría que alguna vez me dijeron que la profecía se cumplió. No es cierto. César Vallejo sí murió en Paris, pero con llovizna en lugar de aguacero, y no un jueves sino un viernes; un viernes santo, en la primavera boreal.  Sin embargo, más allá de mitos o confusiones, el primer verso del poema se ha grabado en la memoria de muchos lectores, sean admiradores de Vallejo o no. Y yo lo tenía muy presente la primera vez que estuve en París, en 1995, ocasión en la que, como ya conté en el post Hormigas y cigarras, caminé y observé mucho. Y comí muy poco.

Me alojaba en uno de esos albergues para la juventud (Auberges de Jeunesse) que están pensados para gente muy sociable e inmune a la incomodidad (ahora tengo medios para alojarme en mejores lugares, pero ya no tengo ni media juventud). Recuerdo que uno de mis compañeros de habitación (dos camarotes = cuatro extraños compartiendo cuarto) era un muchacho japonés al que -ya por 1995- su reloj le hablaba. Me explicó orgulloso que el reloj le decía la hora, el día, la temperatura, etc, y además le daba los buenos días. El compañero de viaje ideal. Pero al japonés y a su reloj los vi muy poco porque yo me pasaba el día entero recorriendo esa ciudad tan llena de historia. Uno de mis destinos fijos, al momento de planificar el viaje, fue el cementerio de Montparnasse. Siempre me ha gustado caminar por los cementerios. Son lugares ideales para la reflexión, porque tanto los visitantes como los visitados suelen estar muy tranquilos. El cementerio más famoso es el de Père-Lachaise, no sólo por sus mausoleos y estatuas de una belleza impactante, sino porque alberga a muchas celebridades, en el sentido antiguo de la palabra (aquellas personas que sobresalían del resto por la calidad de su obra; no como ahora, en que basta el escándalo y el dinero para ser llamado celebridad). Visité ambos cementerios, pero primero fui al de Montparnasse, porque allí está la tumba de Vallejo. Era cerca del mediodía cuando llegué, tras larga caminata. El cielo encapotado de París anunciaba aguacero en algún momento.

En ambos cementerios hay a la entrada una suerte de mapa con la ubicación de las tumbas de los personajes célebres. Pero gracias a mi notable capacidad para la desorientación espacial, rápidamente me perdí. Me preocupaban dos cosas: que pronto se largara el chaparrón, y yo sin paraguas, y que podía pasar mucho rato buscando a Vallejo y finalmente no encontrarlo, porque eran miles de tumbas y nadie me podía ayudar. Digo esto porque 1) la caseta de la entrada quedaba muy lejos, 2) yo no hablaba nada de francés en esa época, y 3) aunque 1 y 2 no fueran ciertos, el guardia del cementerio, con un destilado de la mítica amabilidad parisina, jamás movería un dedo para colaborar con el insignificante turista desorientado. Estaba yo inmerso en el desasosiego, en pleno frenesí de búsqueda casi ciega, cuando apareció una mujer de aspecto amable y me preguntó algo en francés. Al no entender lo que decía, simplemente le sonreí. No sé qué interpretaría la añosa dama (no, esta no es una crónica con final cargado de erotismo) y me dijo con un gesto que la siguiera. Intenté decirle con otro gesto que no, muchas gracias, pero ella ya estaba en movimiento. Decidí seguirla, porque no me inspiraba desconfianza y porque quizás, en un caprichoso giro del destino, ella me llevaría hasta la tumba de Vallejo. Después de unos cuantos cambios de dirección, de pronto se detuvo, y me mostró, radiante y reverente, un vistoso mausoleo que decía ... Famille Saint-Saëns. Inicialmente pensé que era el mausoleo de su familia, y comencé a temer un desenlace macabro de la historia, pero rápidamente me señaló la lápida de Camille Saint-Saëns, y entonces recordé lo poco que sabía del personaje: era un compositor clásico, y su música no me gustaba. Y allí estaba yo, en actitud contemplativa frente a la tumba de ese señor, fingiendo interés para no ser descortés con la amable señora que tenía al lado, mientras el pobre Vallejo languidecía sin visitas, y el cielo seguía amenazando tormenta. Afortunadamente la señora tenía apuro y se despidió como diciendo “Ahí lo dejo a Ud. para que disfrute a solas de este momento tan especial”. Le agradecí (que se fuera) y rápidamente reinicié la búsqueda de mi siempre afligido paisano. Salí del grupo de tumbas donde descansaba el músico hacia una de las calles internas del cementerio. Enfrentado a la decisión de qué dirección tomar, hice como siempre: hacia la izquierda. Y unos cuantos pasos más allá... ocurrió el milagro. Entre docenas de sepulturas, una placa blanca con el texto “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo” (el primer verso del poema Espergesia) me indicaba que la búsqueda había terminado. Allí estaba la lápida gris que decía César Vallejo, en un contraste de colores que lo hacía casi ilegible. Había restos de flores secas y un par de piedras, tal vez ofrendas de un visitante andino. Debajo del nombre del poeta se leía -en francés- algo así como “que quiso descansar en este cementerio”, seguramente puesto por su viuda francesa, Georgette, quien tuvo que enfrentar el tardío oportunismo de las autoridades peruanas, que querían repatriar los restos de quien fuera ignorado literariamente y perseguido políticamente en su país. Ella hizo prevalecer la voluntad de este hombre que murió de una enfermedad curable, abandonado y miserable, a los 46 años.

Una emoción ahora sí genuina me embargó y quedé mucho rato mirando su nombre, mientras en mi cabeza sonaban versos sueltos. Afortunadamente estaba solo. Me invadió ese sentimiento que él mismo definiera con una palabra que tuvo que inventarse, trilce: triste y dulce. Después de algunos minutos de invisible homenaje, tomé una foto (donde aparece mi mochila compañera de caminatas) y luego tomé prestada una flor roja de las muchas que le sobraban a una tumba cercana, y la dejé encima. Comenzaban a caer goterones, y la sombra de los miles de árboles que acompañan la visita a Montparnasse, una bendición en días de calor, no sería buen refugio si se terminaba de largar la lluvia. Me despedí entonces del cholo Vallejo, como quien se despide de un amigo muy querido al que no sabe si volverá a ver, y apuré el paso. Antes de salir, un grupo de gente alrededor de una lápida me ayudó a saber que allí descansaba Sartre, de quien ya había leído La náusea y Las palabras, así que también tenía razones para ir a agradecerle personalmente. Tomé una foto rápidamente (con mochila en el cuadro) y ahora sí salí, buscando un alero protector bajo el cual guarecerme del inminente aguacero.

Cada vez que inauguran una escuela o una biblioteca, los alcaldes de los pueblos peruanos proclaman, con toda la solemnidad que el alcohol en la sangre les permite, que César Vallejo es el mayor poeta del siglo XX en cualquier lengua; incluso sin haberlo leído. Pero lo mismo afirman sesudos, sobrios y renombrados críticos literarios americanos y europeos. Coinciden además dos enormes y distintos creadores, Silvio Rodríguez y Joaquín Sabina, en que descubrir la poesía de Vallejo les supuso una conmoción que no se extingue. Y este humilde servidor levanta la mano para decir en voz baja que Vallejo es el más grande. Con unos pocos libritos alcanzó el Monte Parnaso de la Poesía, llevando a su límite la expresión de la poesía del lugar, la de denuncia social, la simplemente humana, la filosófico-existencial y la vanguardista (adelantándose más de una década a los primeros ejercicios surrealistas). Pero mi primer contacto con Vallejo, a los 8 o 9 años, no fue un poema sino un cuento, Paco Yunque. Después sabría que ese cuento, supuestamente para niños, alguna vez fue prohibido de ser distribuido en las escuelas por ser demasiado triste. Leer Paco Yunque es descubrir de un solo golpe la brutalidad de la injusticia emanada del poder económico, ensañada en los indígenas peruanos pobres y sin derechos, y todo dentro de la sala de clases de una escuela primaria. Bien lo sabía Vallejo, que vivió un tiempo en una hacienda donde los indios eran tratados como animales, fue maestro de escuela, y estuvo en la cárcel rodeado de otros tantos inocentes. Leer Paco Yunque es terminar pensando que la lucha de clases es algo inevitable y que la integración es una utopía.

Cuando llegó el aguacero yo ya estaba a salvo, bajo un arco en una plaza. Tuve suerte, porque una mujer tocaba guitarra y cantaba para el grupo de refugiados de la lluvia. Era bonita, cantaba Gracias a la vida en un castellano con acento francés, y estaba acompañada por un viejo clochard y un perro tuerto (llevaba un parche negro en el ojo, como los piratas). En otras ocasiones tuve que esperar el fin de la lluvia en situaciones bastante menos románticas: la portada de un edificio comercial, un McDonald’s, un paradero de buses. Llovió mucho en París en esos tres días. El último día, 14 de julio, escampó totalmente y pude caminar tranquilo. Llegué a la Plaza de la Bastilla, el lugar donde la lucha de clases escribió la historia hace más de 200 años. Y fue allí donde vi la segunda muestra de que la sociedad parisina está más integrada que las sociedades latinoamericanas que conozco. La primera había sido el día anterior, en un McDonald’s. Allí, un mendigo muy maloliente hizo su cola para comprar una hamburguesa con una gran cantidad de monedas de baja denominación, y mientras esperaba iba comiendo los restos de comida abandonados en las mesas. Nadie se inmutó por su presencia, y la cajera lo atendió exactamente igual que a todos. En Chile o Perú hubieran llamado al personal de seguridad los clientes o las cajeras. Ese día despejado, en la Plaza de la Bastilla, había una pareja caucásica con una niñita muy rubia, vestidos impecablemente. Estaban sentados escuchando las pruebas de sonido, pues más tarde habría un concierto de Jean-Michel Jarre. De pronto se acercó un hombre de raza negra, con aspecto de vivir en la calle, y comenzó a jugar y bailar con la niñita. En Chile o Perú habrían salido huyendo de inmediato. Pero estos franceses se divirtieron mucho y aplaudían al ver a su niñita bailando con aquel moreno gigante que fingía caer a cada momento. Tengo claro que no se puede generalizar a partir de dos anécdotas, y leí bien las noticias de los saqueos e incendios de automóviles en los barrios marginales parisinos hace algunos años, no quiero pecar de candidez extrema. Sin embargo, me llamó la atención que justamente en ese París con aguacero que vivió y soñó el inmortal César Vallejo, el escritor que me inició en el sacro resentimiento social, encontrara yo esas postales de integración, en las antípodas de la lucha de clases.





domingo, 1 de abril de 2012

Cayendo en la red


Nunca pensé que terminaría en una red social. Bueno, eso le ocurre a muchas personas (lo de nunca pensar). Me convencieron mis escasos pero muy fieles (hmm, dejémoslo en constantes) lectores: Alejandro, Ricardo, Mónica. Con esto el blog gana difusión y yo gano burlas de los que me recuerdan que afirmé tajante que nunca estaría en una red social como facebook. Me defiendo diciendo que la cuenta no es mía, sino de mi blog, pero seguramente no encontraré indulgencia al otro lado de la pantalla. ¿Por qué me resistía? Una primera respuesta es que por definición un sujeto asocial no debiera tener interés en una red social. Y digo asocial y no antisocial porque últimamente la prensa, la mal hablada y la peor escrita, ha dado en llamar antisociales a los delincuentes, como si después de perpetrar un latrocinio los ladrones no se fueran a celebrar felices con sus compinches y amistades varias. Sonaba más grato y más gregario cuando se les llamaba “los amigos de lo ajeno”. Me defino como asocial porque el 90% de las veces, enfrentado a elegir entre la interacción social o hacer cualquier otra cosa, descubro el irresistible atractivo de la otra cosa. Una segunda respuesta la adelanté en los comentarios del post anterior: facebook me parecía el hogar de la banalidad,el narcisismo y el tedio. Obviamente, hay bastante prejuicio y poca tolerancia de mi parte. Es claro que se trata de un medio, como un periódico o una radio, y ese medio es tan noble o despreciable como su contenido. Pero también es innegable que son muy comunes los casos que ilustran mis prejuicios. Están los que comparten con el mundo información tan  trascendente como que se están cortando las uñas, van camino a un pub, sienten frío en invierno (y calor en verano), o ese día comieron sushi. No imagino cómo podrían enfrentar la vida, sin esa información esencial, las afortunadas personas que componen su círculo de amigos. Lo que hacen los adolescentes creo que ya entra en el campo de estudio de la primatología, porque el lenguaje escrito muta en una serie de signos incomprensibles que se repiten o alternan con figuras, números y letras en apariencia aleatorias que de vez en cuando se asemejan a palabras del idioma castellano. Finalmente, están los que, convencidos de que son muy interesantes y singulares, escriben textos incompletos que apuntan a generar intriga, esperando a que el rebaño subordinado acuda presto a preguntar “qué te pasa”, para recién entonces revelar la causa de tanta angustia existencial, que es generalmente una nimiedad. En fin, todo apunta al meollo del éxito de este invento: hacer que personas comunes se sientan y actúen como celebridades.

Pero, como diría el Chapulín, no hay que morder la mano del caballo regalado, o no hay que mirarle el diente al que te da de comer. Por eso no debo ser tan crítico con ese medio de difusión que -inmediatamente, ya lo verifiqué- ha aumentado el número de lecturas de este blog pobre pero honrado (porque se niega a incluir los anuncios de Google Adsense para “ganar dinero”). De esta manera me he librado de llevar a cabo otras prácticas de dudosa moral para atraer lectores, como poner fotos de erotismo explícito o comentarios de farándula, o mandar una de las típicas cadenas de correo electrónico “Salvemos al pequeño Ojetín, un poodle retenido por la malvada aduana talibán de Birmania, de que le amputen temporalmente la cabeza y las patas; si no le mandas este mail a 10 contactos en los próximos 15 minutos entonces se cumplirá la sentencia del pequeño Ojetín y Dios te castigará”. A propósito, recuerdo que en el colegio religioso donde estudié había un cura que escribía libros. Sus obras eran de una creatividad deslumbrante, del tipo “Conversando con mi amigo Jesús”. Hasta allí, ningún problema, todos tenemos derecho a escribir nuestras cosas. El problema es que cada niño del colegio se llevaba, sin pedirlo, un ejemplar del libro. El dato que me falta es saber si lo cobraban o no. En fin, en todo caso a mí la estrategia no me sirve. Porque si le repartiera un ejemplar de mi novela a los estudiantes que he tenido, y ellos recuerdan bien las calificaciones recibidas, es probable que muchos le den un uso a la novela que requiera arrugar sus páginas primero.



* Deleted scenes:
- Y recuerde, amigo lector, amiga lectora, si Ud. hace click en Me Gusta recibirá múltiples bendiciones del altísimo (no me refiero a Alan García). Dígale adiós a la celulitis, la halitosis, la dispepsia, la estitiquez y tantas otras palabras difíciles. Navegue por facebook y encontrará a muchos otros como Ud., buscando afanosamente consumir el tiempo que les sobra.

- Llame ahora, llame ya. Nuestras ejecutivas están ansiosas de responder su llamado. Si se hace seguidor de este blog en los próximos minutos le haremos llegar a su domicilio, sin costos de envío, un ejemplar de la biografía de Don Francisco y una linterna portátil que funciona con celdas solares.

- No se olviden de Ojetín.



lunes, 26 de marzo de 2012

Conversando con mi enemigo



G - Y tú, ¿por qué sigues escribiendo, si no escribes bien?
E - Bueno, tú sigues teniendo sexo con tu mujer, a pesar de no hacerlo bien, como tantos otros. Quiero decir, como tantos otros con sus respectivas mujeres, no con la tuya.
G - No has contestado a mi pregunta. Pareces un político.
E - Si comenzamos con los insultos... mejor no seguimos. Te contesto: escribo porque no puedo dejar de hacerlo.
G - ¿Es ésa la razón?
E - No, no hay nada de razón en eso. Intenté muchas veces convencerme de que no valía la pena seguir intentándolo, siempre sin éxito. Pero, claro, a veces lo opuesto a un fracaso puede ser otro fracaso. Porque mi objetivo mayor en esto de escribir ha sido lograr publicar mi primera novela...
G - Y ya acumulas muchas cartas de rechazo.
E - ¿Cuánto es mucho? A JK Rowling le rechazaron Harry Potter de 17 editoriales (que deben haber adornado los árboles del parque más cercano con un ejecutivo colgante).
G - Pero tú no eres JK Rowling. Y mucho es: lo suficiente para que te convenzas de que no tienes talento.
E - Ah, entonces no son muchos rechazos, no todavía. Los hijos de los feos son testigos del éxito de la persistencia contra toda esperanza.
G - Tal vez deberías intentar algo más sencillo, menos intelectualoide que tu novela. Algo con mucho sexo pagado, drogas duras, persecuciones, alcohol sin etiqueta, ráfagas de metralleta... en fin, un cóctel más vendible.
E - Lo siento, siempre he preferido el ajedrez solitario a las damas de compañía.
G - Ya estás otra vez con los juegos de palabras que no venden.
E - Sabina vende, y mucho. Mucho más de lo que se nota. De allí su genio.
G - Pero tú no eres Sabina.
E - Si vas a pasarte la noche nombrando cada persona que no soy, va a ser muy larga. Y la parte de los chinos va a ser muy tediosa.
G - Tienes razón, por primera vez. Démosle la vuelta, entonces. Quién eres y por qué escribes.
E - La primera pregunta es muy personal y la segunda ya la hiciste.
G - Pero tu respuesta fue muy pobre, contestaste “porque no puedo dejar de hacerlo”. Vamos, eso suena a confesión de comedor de uñas, intenta algo más digno.
E - Está bien. Sólo para que me dejes en paz esta noche, a ver si puedo escribir un poco. Te daré tres respuestas, tú te quedas con la que más te guste, y yo fingiré que acertaste.
G - Igual que una pareja de enamorados intercambiando regalos de aniversario. De acuerdo.
E - Uno. Escribo porque cuando leo un buen libro, o simplemente un buen texto, no puedo evitar comenzar a redactar algo en mi cabeza.
G - Redactar. Vaya verbo que elegiste. Suena a secretario de juzgado con sueño y con caspa.
E - No interrumpas.
G - Está bien, pero tú no provoques.
E - Dos. Escribo porque cuando leo mala literatura (en libros, blogs o columnas) me espanta que haya gente que aplauda, cuando habría que mandar a esos escribas a los leones y a una academia de narrativa, en ese orden. Es necesario corregir ese error universal.

G - ...
E - Tres. Escribo porque creo que tengo cosas que decir y porque disfruto mucho haciéndolo, al mismo tiempo que me agobio hasta lo indecible.
G - Ésa fue una respuesta múltiple. Hiciste trampa.
E - Bueno, descuéntame dos puntos del promedio final. Ya está, ahora déjame tranquilo. Esto no debía tener más de 500 palabras y ya estamos pasados.
G - Para terminar, porque ya no queda nadie leyendo (la verdad sea dicha): ¿qué es lo que estás escribiendo, aparte de ese blog impuntual y anodino?
E - Mi segunda novela.
G - No te creo, ¿la segunda? Sin comentarios...
E - No te los pedí.
G - Bueno, al menos nadie te puede acusar de estar aprovechándote del éxito de la primera.
E - Hasta luego.











martes, 7 de febrero de 2012

El aplauso de los mancos


Yo estaba maldiciendo la idea de haberme inscrito en ese simposio (simposium, según el anuncio) sobre ecología y desarrollo sustentable. Allá adelante, en la mesa de honor (o sea, una mesa cubierta por un paño verde alrededor de la cual se sientan personajes de honorabilidad incógnita), un orgulloso hijo de la ubérrima tierra de Huacho acababa de perpetrar una encendida arenga, rematando con “la sociedad en su conjunto debe saber enfrentar los desafíos del nuevo milenio”. Sólo faltaba lo del granito de arena para consumar la aniquilación de la inteligencia en ese salón de puertas doradas. Afortunadamente, el hijo de Huacho había dejado tranquilo por un momento al bendito milenio y ahora se dedicaba a listar una interminable serie de obras suyas, todas inéditas. Me pregunté si me devolverían el dinero de la inscripción habiendo pasado apenas hora y media desde que el himno nacional (“entonar las sagradas notas”, dijeron) marcara la inauguración del simposio. Me respondí que no. A lo mejor el café y las galletas de la pausa valdrían el sacrificio, trataba de convencerme, mientras seguía lamentando haberme inscrito en este circo de mediocres con saco, corbata y título a nombre de la nación... hasta que la vi. 
Estaba sentada en la fila de atrás, seis asientos a la derecha. Fue como si se hubiera detenido el tiempo, como si alguien le hubiera bajado el volumen al mundo sólo para que yo la pudiera mirar con tranquilidad. Nunca había visto tanta sensualidad e inteligencia reunidas en un rostro. Su belleza no era inmediata, describirla objetivamente habría resultado una tarea banal (pelo largo y negro, ojos oscuros detrás de unos anteojos pequeños, nariz grande, piel trigueña); su belleza era una promesa de algo más allá, de una segunda vuelta de la imaginación, su belleza necesitaba que no estuviéramos allí. Estaba tan distraída como yo, lo que hizo que no le restara puntos por darle atención al homenaje a los lugares comunes que allí se llevaba a cabo. Justo cuando estaba planeando cómo acercarme a ella en medio del discurso sobre el calentamiento global a cargo de un conocido abogado, ex-ministro de economía, me di cuenta que conversaba con Erik Silva. Erik había sido mi compañero en el curso de química orgánica el semestre anterior y además habíamos participado en un par de recitales de poesía en la universidad, no nos veíamos con frecuencia últimamente (de hecho me debía un libro hacía cuatro meses) pero nos llevábamos muy bien. Estaba salvado, ya tenía un puente para llegar a ella. De todas maneras me propuse abordarla ese mismo día, sentía que una aventura mayor estaba por comenzar. Recordé en ese momento al brujo norteño que me leyó la mano diciéndome que en una vida anterior yo había sido pirata. Claro que no precisó si yo era el que repartía las esmeraldas en la playa caribeña o el que limpiaba la cubierta cagada por aves del litoral; por eso es que no terminé de entusiasmarme con la asociación entre mi pasado de bucanero y mi intención de abordarla. Para mi mala suerte, estas profundas disquisiciones teleológicas me distrajeron un momento, lo suficiente para que no me percatara de que ella había abandonado la sala. No importaba, yo tenía el correo electrónico de Erik.
***
From: martin_gm@patibulo.com 
To: eriksilva@southernmail.com
Subject: conquistas y sin ellas
Date: 27-06-01

Hola Erik, 
Te escribo después de tiempo. Creo que desde que fuimos a ver “Tiempo de gitanos” que no nos encontramos. Aunque yo sí te vi ayer, en el simposio sobre ecología y desarrollo sustentable: más aburrido que bailar con la hermana. A propósito de eso (me refiero al simposio, no a tu hermana), quería preguntarte por la chica con la que estabas conversando, una morena de pelo largo. Se veía muy interesante, ¿Quién es? ¿Estudia aquí? ¿Tienes su teléfono, o su correo electrónico? No te pregunto si has tenido algo con ella porque definitivamente tenía cara de tener buen gusto. Bueno, eso era, no jodo más por ahora. Quedo esperando tu respuesta. Ah, no dejes de ir a ver “Antes de la lluvia”, es una obra maestra. La frase que arma la película es “el tiempo no es circular, el círculo nunca se cierra”.
Suerte en la vida, y en todo lo demás también.
Un abrazo,
Martín
P.D.: Oye, si ya terminaste de leer “Ensayo sobre la ceguera” me encantaría que me lo devolvieras.
***
From: eriksilva@southernmail.com 
To: martin_gm@patibulo.com
Subject: a otro hueso con ese perro
Date: 29-06-01
Hola Martín, 
Ya me parecía raro que me escribieras si no era para pedirme algo (y no me refiero a tu libro, que terminé de leer hace tiempo y que muy pronto volverá a tus manos). Lamento tener que comunicarte que Rocío voló anoche de regreso a Santa Cruz de la Sierra. Pero para serte franco, aunque se quedara una semana más en Lima yo no te daría sus señas. No entraré en detalles de cómo la conocí, ni de cuál es mi relación con ella (mejor dicho: cuál fue mi relación con ella), pero sí puedo asegurarte que Rocío no es una mujer para ilusionarse. Punto aparte y nada más que agregar. O sí. Tal vez puedo decir que en estos días ando en piloto automático, evitando trazar el mapa de mis desamores. Entre exhumaciones, entierros, y apariciones de espectros pasajeros, poco tiempo y ganas me quedan para mirar hacia delante, donde probablemente alguna a quien no conoceré jamás se aburre de esperarme. 
Con respecto a “Antes de la lluvia” y su frase, puedo dar fe que los últimos días han sido un ejemplo de ello. Nada de lo que se va regresa, ya lo sabíamos. Porque eso del reencuentro no es más que una metáfora para (intentar) simplificarnos la vida. Aunque todo puede llegar a parecerse tanto a un todo anterior que, contando con nuestra complicidad, en una de esas lo creemos y ya: alborotada bienvenida con champagne y serpentinas al hijo pródigo que es el vivo retrato de sí mismo. Y todo irá bien hasta que la gente termine de irse de la fiesta, una vez que se hayan agotado los milagros del vino y los panes, y el hijo pródigo se mire las ojeras al espejo, vea el retrato que ya no está tan vivo, se sienta débil ante el vacío que se anuncia, y le ponga punto final a la parábola con un portazo que no despertará a nadie.
Cuídate del invierno, de los policías borrachos y de la desilusión.
Un abrazo,
Erik
***
From: martin_gm@patibulo.com 
To: eriksilva@southernmail.com
Subject: desflorando a Margarita
Date: 30-06-01
Mi querido Erik, ex-compañero de infortunios, desasosiegos y cosas aún mejores,
Si la intención de tu mensaje era que me olvidara de la bella Rocío entonces estás tratando de apagar un incendio con gasolina. No quiero joder más allá de lo justo y necesario (está claro que no estás de humor para eso), pero te aseguro que bien vale la pena un desengaño de meses a cambio de una dicha de días. Para decirlo de otro modo, la tristeza vale la pena. Si no, no existirían los besos fugaces, clandestinos, los que tienen el sabor de lo inmediato, los que no preguntan por promesas porque sus alas no pueden cargarlas. Con respecto a la bajada de telón que anuncias, por favor, no seas tan terminante; recuerda ese verso de César Calvo que dice “y los amantes que se despidieron para siempre no temen volver a encontrarse por primera vez”. Bueno, ya te dejo en paz. Quedo a la espera de que recapacites y te animes a darme las coordenadas de Rocío. Un brindis por la amistad y su enemigo íntimo: el amor. 
Larga vida a los longevos, carajo.
Martín
***
El desgraciado nunca contestó mi último mensaje ni respondió a mis llamadas, así que perdí la posibilidad de hacer contacto con la enigmática Rocío. El puente que tenía para llegar a ella se rompió, cerrándose así una de las dos puertas de la bifurcación. Erik había decidido por mí, yo no entraría por esa puerta, nunca sabría adónde me hubiera conducido. Dos meses después supe que Erik había viajado fuera del país (el mensaje telefónico de su hermana no mencionaba el destino) y que me había dejado el libro en su casa. Tras varias postergaciones, finalmente fui a su casa a recoger “Ensayo sobre la ceguera”. Antes de entregármelo, su dulce madre aprovechó para decirme –una vez más– que yo era muy simpático y que le encantaba vernos juntos a Erik y a mí, que le recordábamos a sus primos Eugenio y Horacio, que aunque peleaban a menudo eran muy unidos... y así sucesivos e interminables etcéteras. Cuando comenzó a relatarme la anécdota de sus primos con un caballo chúcaro en la hacienda del abuelo dejé de escuchar y me puse a divagar sobre las posibilidades matemáticas de que la selección clasificara al mundial. Cuando por fin concluyó la letanía y pude despedirme, me inquietó que mencionara algo de una pelea entre Erik y yo “por esa muchacha”. Me pareció extraño porque Erik y yo nunca habíamos peleado por alguna mujer, a menos que ese par de mensajes que intercambiamos sobre Rocío hubieran sido interpretados como una pelea. Esto dejaba dos alternativas: o su madre espiaba su correspondencia y exageraba mucho, o Erik comentaba toda su correspondencia y exageraba mucho. No le di más importancia al asunto y regresé a mi casa, feliz de volver a tener completa mi biblioteca.  
Entré a mi cuarto, dejé el libro sobre la cama, y decidí escribirle un mensaje a Erik, avisándole que había recogido el libro, y que estaba pronto a sacarlo de mi lista de amigos. Tarde o temprano lo leería. Antes de escribir se me ocurrió releer la correspondencia de hacía dos meses, cuando apareció y desapareció el tema Rocío. Tenía curiosidad por buscar en qué pudo haberse basado la indiscreta señora para decir que Erik y yo nos habíamos peleado. Entonces abrí la carpeta electrónica donde archivaba mi correspondencia con Erik y encontré, a continuación de los tres mensajes que recordaba, una serie de mensajes fechados en julio de 2001. No puede ser, me dije. No recordaba haberme comunicado con él en ese tiempo. Comencé a abrir los mensajes en los que yo era el remitente y extrañamente reconocía como propios textos que no recordaba haber escrito:
“ ... porque esta aventura tiene la emoción de los espejos en la oscuridad, todo puede cambiar si alguien enciende la luz. Y yo estoy dispuesto a seguir adelante, no importa que adelante no haya más que paredes...”
“... no diré que estoy tocando el cielo con los dedos, más bien digo que aprieto el cielo con fruición con la mano entera, y el cielo gime agradecido en mi oído...”
“ ... he andado conjugando amor y dolor en tiempo y número excesivos. Sepulté buena parte de mí y resucité otra: filosofías de cajón terminaron en el tacho de la basura y nociones de adolescente terco y crédulo tomaron el poder. Soy algo así como un Lázaro con cirugía plástica: nadie lo reconoce así que el milagro se fue al carajo. Drama similar al de Casandra, se podría decir, si sirviera de algo decir algo...”
“...A manera de expiación habría que comulgar con ruedas de molino y pedir de rodillas a algún Baal de segunda división que por favor se deje de joder. O al menos que nos conceda por una vez la oportunidad de lo imposible, como escuchar el aplauso de los mancos.”
“... la mezcla del infierno y el paraíso no es el purgatorio, como algún triste discípulo de la media aritmética ingenuamente supondría. La mezcla no es tal, conviven como serbios y croatas, codo a codo (en el tabique nasal), desayunan agua con aceite, y el que gana pierde. Debería haber una hoja de ruta para este rally entre hemisferios diestros y siniestros, un atajo que nos lleva al principio del camino...”
“... el dato objetivo es que ella ya no está. Estoy sumido en medio de una triste arqueología existencialista: encontrarle sentido a las ruinas. Mientras tanto, la depresión es la excusa para no mentir más y ver la realidad con sus verrugas y su halitosis; y es también la lucidez que no transa ante el espejismo de la alegría, ante el incomprensible gregarismo de nuestra especie (plaga, como la langosta)...”
“...y no puede ser más largo este mensaje, pues sabe del desamparo final de las palabras, del ineluctable último puerto donde acoderan todas las buenas intenciones: la nada. A pesar de eso, a pesar de esa metáfora del olvido mal olvidado, crece de nuevo como la maleza en las vías del tren, y termino hablando con pedazos rotos de silencio, para que todas las palabras que callo lleguen a ella sin alas de piedra...”
No pude seguir leyendo. Impactado, sin alcanzar a entender, me levanté de la silla y me derrumbé sobre la cama. Entonces el libro que allí había dejado saltó y dejó ver un papel que asomaba entre las páginas. Abrí el libro y encontré un programa de cine y una fotografía. El programa anunciaba “Antes de la lluvia” y se leía debajo del título: “el tiempo no es circular, el círculo nunca se cierra”. A su lado había una foto que tenía como fondo unas montañas verdes en un día soleado. Y en un primer plano aparecía yo sonriente abrazado a una bella muchacha morena de largo pelo negro y ojos oscuros.

(2001)


miércoles, 1 de febrero de 2012

Cuatro poemas

Hace mucho tiempo que no escribo poesía, por razones que sería inútil enumerar, porque no tienen número, ni género, ni razón. Releyendo mi viejo poemario encuentro cosas que sería mejor olvidar, y otras que haría bien en recordar. Como sea, es mi mano. Son pedazos lejanos, a veces oscuros y a veces cursis, pero son reales (no confundir real con verdadero). Antes de que en esta madrugada se me ocurra negarme tres veces, copio estos cuatro poemas.





Habitante
Mi corazón no existe.
Hay apenas un lugar remoto, sombrío,
inútil refugio de asustadas ideas
que huyen cuando el dolor se anuncia;
torpes ideas que huyen pisoteando
a sus hijos,
a los hijos de sus hijos.
Allí me asomo y descubro,
después del dolor,
que en ese lugar pequeño, casi vacío,
has quedado tú,
más sola que nunca,
siguiendo huellas que no son tuyas,
desprovista de respuestas
o preguntas.
Entonces declaro a ese lugar mi corazón
y espero que no encuentres la salida.





Sin palabras
Porque no tengo otras palabras
para decir cómo te amé.
La polilla fugitiva de la luz,
el regreso del que ya nadie recuerda,
las ramas que no crujen en el bosque,
el grito solitario de un asceta.
Porque no tengo otras palabras
para decir cómo te amé.
El niño dormido en su escondite,
el perdón que llegó tras la condena,
las veces en que he dicho lo contrario,
los parques que ya no conoceremos.
Porque no tengo otras palabras
para decir cómo te amé.
El día después del fin de la lluvia,
las manos de piedra de la lavandera,
el árbol que crece en la tumba sin nombre,
los besos que quedan cuando ya nada queda.


Postal de primavera
“Ha llegado la primavera“
comenta el minero al volver
con paso vencido
de su diaria sepultura.
“Ya está la comida“
le dice su mujer
y se sienta a escuchar
su cansado silencio.
“¿Ya está dormido?“
pregunta el minero
y se asoma a mirar
la cama del niño.
“Duerme sonriendo“
comenta el minero al volver
con el rostro encendido
de la habitación oscura.

Adiós
No me voy porque sea necesario mi vacío,
aprendí de la distancia que el dolor no es incurable;
no me voy porque haya salido el sol y demasiado,
somos algo más que contrastes y oquedades.
Me voy porque derribaron una última pared
y era la mía.