viernes, 23 de mayo de 2014

Vivir del rebuzno ajeno (II)

En su editorial del 18 de marzo, El dinero sí crece en los árboles, El Comercio -una vez más- usa a Chile como ejemplo de lo que el Perú debería hacer. Se relame ante las cifras de exportaciones de la industria forestal chilena y se lamenta de que en el Perú, teniendo un enorme bosque Amazónico, con maderas de gran calidad, apenas se explote este recurso debido a las trabas de “la burocracia” (léase las leyes). Al momento de enumerar alegremente los beneficios de establecer concesiones forestales en la Amazonía, el editorialista no se queda corto: más trabajo para los pobres, menos minería ilegal, menos deforestación, y menores efectos del cambio climático. Solamente le faltó decir que mejoraría el rendimiento de la selección de fútbol y disminuiría la disfunción eréctil. Curiosamente, se le olvidó mencionar “más dinero para el empresario forestal que me encargó escribir este editorial”.

A fines de los 70 en Chile habían 200,000 ha de plantaciones forestales. Gracias a cuantiosas inversiones y a subsidios estatales (una muestra del enorme poder del lobby forestal, que tuvo bloqueada en el congreso la ley de bosque nativo por 15 años y que ignora sistemáticamente la normativa ambiental), hoy hay más de 2 millones de ha de plantaciones de eucalipto y pino. Es un negocio muy rentable... para el par de familias que domina el mercado. Junto con ello, se ha arrasado con el bosque nativo, en ocasiones usurpando territorios ancestrales mapuche, se deja sin agua para la agricultura a las localidades cercanas, las que también sufren la contaminación permanente del aire cuando les toca de vecina una planta de celulosa, y de vez en cuando ocurren desastres ambientales. O sea, un esquema ideal: las ganancias me las llevo yo, los costos los asumen los demás. Hasta ahí, nada nuevo, es el trato justo al que todo gran empresario aspira, y es lógico que los emprendedores peruanos quieran emular a los chilenos. Lo que me llama la atención es el argumento de “menor deforestación”. O sea, ¿cuantos más árboles corto, más árboles quedan? Esto es equivalente a proponer combatir la pedofilia dejando más niños al cuidado de sacerdotes. Es claro que cortar una vez el bosque nativo y resembrar -varias veces- con pinos o eucaliptos es mejor que cortar sin parar. El punto es que nadie está cortando sin parar. Hay tala ilegal, por supuesto, y debe perseguirse, pero su magnitud es infinitamente menor a la que ocurriría si los oscuros deseos de estos empresarios se cumplieran. A menudo tratan de vendernos la falacia de la equivalencia entre un bosque de verdad, que llega a su compleja madurez tras siglos de crecimiento, y una simple plantación forestal (“bosque plantado” les gusta decir a ellos). Una plantación es casi un desierto verde, pues muy poca vida animal y vegetal coloniza el sotobosque; además tiene fecha de vencimiento: pasados 20 años llegan las motosierras y sanseacabó. Un bosque, además de los árboles mayores que lo definen, aloja una cantidad enorme de animales, plantas, hongos, y microorganismos, los que forman una red de interacciones difícil de imaginar. Hay que ser muy ignorante o muy malintencionado para pretender convencer al ciudadano lector de que una plantación puede reemplazar a un bosque.
Comenzando por ese ciclópeo ejemplo de probidad financiera y rectitud ideológica que se llama Alan García, en el Perú hay muchos que miran a Chile como un ejemplo a seguir, o un competidor a superar. Ya se ha importado el eficiente mecanismo de estafa de las AFP, y se avecinan más imitaciones (o parodias). Pero conviene recordar que todas esas historias de éxito económico en Chile tienen un lado B que la prensa habitualmente olvida. Detrás de las excelentes cifras de exportaciones de fruta están las estadísticas de tasas de malformaciones al nacer, que son diez veces mayores en las zonas donde las temporeras recogen la fruta cargada de plaguicidas. Detrás de esos magníficos vinos están los casos de pueblos que ya no tienen agua porque las grandes viñas han monopolizado el uso de los acuíferos, y lo mismo ocurre con los poblados cercanos a las explotaciones mineras. Este modelo de desarrollo con altos costos sociales a la larga no puede ser sustentable. Si los líderes políticos y de opinión peruanos quieren imitar a Chile, que comiencen por imitar su policía no-corrupta y sus bajos índices de homofobia. Hoy sería un sueño imaginar un Perú en el que los policías no tuvieran tarifa (negociable a la baja) y las noticias sobre iniciativas de unión civil y homosexualidad no estuvieran plagadas de comentarios homofóbicos e ignorantes (lo primero consecuencia de lo segundo).
Para terminar, un bonus-track.
En su editorial del 7 de mayo, Y ahora… el lobby de los pastrulos, El Comercio dice, respecto a la idea de legalizar la marihuana: “Lo menos que necesita un país que aspira a salir del subdesarrollo es fomentar la dependencia de ninguna sustancia (...) Cultivar esa planta en casa es casi tan peligroso como dejar un arma al alcance de un niño.”
Desconozco si la editorialista acostumbra tomarse un traguito antes de escribir sus columnas (pero llama la atención aquello de “lo menos que necesita” en lugar de “lo que menos necesita”, los significados son muy distintos). Lo que sí sé es que el alcohol es una droga mucho más perniciosa para la sociedad que la marihuana, y no veo campañas histéricas en contra de su status legal y su consumo masivo. Aparentemente importa poco saber que infinidad de palizas a mujeres, y hasta asesinatos, se evitarían si se sacara el alcohol de la escena del crimen; o que innumerables muertes por accidentes de tránsito no ocurrirían si no fuera por el consumo de alcohol. Como argumento, la columnista cita con alarma un estudio que indica que 1 de cada 400 muertos en accidentes de tránsito tenía THC -el compuesto activo de la marihuana- en la sangre. En el caso del alcohol la proporción es 1 de cada 2, y en el segmento juvenil llega a 2 de cada 3. Que se quede tranquila, los ejemplos pasados de Holanda y Colorado (y lo mismo ocurrirá con Uruguay) desmienten el anuncio del armagedón post-legalización. Finalmente, el comentario de que la plantita en casa es casi como dejar un arma al alcance de un niño me dejó perplejo. No sé, es probable que, por su casta ignorancia de la hierba, la columnista confunda la planta de marihuana con las plantas carnívoras gigantes de las películas (2:59 en adelante). En cualquier caso, no será la última confusión o disparate que nos regale el decano de la prensa peruana. Salud por eso.


sábado, 17 de mayo de 2014

Vivir del rebuzno ajeno (I)

El ex-presidente chileno Sebastián Piñera quería pasar a la historia por sus obras y su supuesto carácter de estadista, pero no será así. A falta de millones de seguidores, tendrá que encontrar consuelo en sus millones de dólares. Lo que sí perdurará es un libro que recoge lo que los ciudadanos siempre celebraron durante su gobierno y no quisieran olvidar: sus metidas de pata. El libro de las “Piñericosas” -un éxito de ventas- es un compendio de frases desafortunadas y deslices del pobre Piñera, que nunca aprendió a quedarse callado. Las Piñericosas incluyen escribir una frase con origen nazi en el libro de visitas del palacio presidencial de Alemania, lamentar el “marepoto” que sufrió Chile, mencionar al leopardo en la fauna nativa chilena, rendir honores póstumos a un escritor que está vivo, declararse admirador “del escritor Willem Dafoe” (no es que el actor de Pelotón sea también escritor, él quiso decir Daniel Defoe), comentar que Robinson Crusoe fue un personaje real, señalar que con la bandera han “cubrido” los féretros de mártires, confundir al canelo con el laurel como el árbol sagrado de los mapuche, hablar de “los planetas de nuestra galáctea”... y un largo etcétera. En realidad los editores del libro se la llevaron fácil. Era cuestión de sentarse a esperar la siguiente torpeza de Piñera, anotar, imprimir, encuadernar, y listo: a cobrar.
Algo parecido se puede hacer con los editoriales y columnas del Diario El Comercio. A menudo uno se encuentra con atentados contra la lógica, flagrantes omisiones de la historia, argumentaciones falaces para defender los intereses de los grandes empresarios (en nombre de los intereses del país), o simple demencia. Estas perlas llaman al comentario fácil y es lo que voy a hacer ahora, sin mucho esfuerzo por seleccionar artículos (en todo caso, yo no soy el único que se entretiene de esta manera). A los lectores chilenos de este blog les parecerá que estoy hablando de El Mercurio, lo que no es mera coincidencia. Para no hacerla tan larga, dividiré la columna en dos partes. Como hasta Piñera podría notar, esta es la primera parte (la segunda parte la subiré la próxima semana).

En su editorial del 17 de marzo ¿Un Chile a la europea?, El Comercio comenta el supuesto error de Bachelet de tomar medidas contra la desigualdad en Chile, como elevar los impuestos, pues eso limitará la libertad económica que -según ellos- es la explicación del “milagro chileno”. Añaden que ese giro a la europea, apuntando a un estado del bienestar, condenará a Chile al estancamiento como ha condenado a la vieja Europa. Terminan diciendo que el Perú debe aprovechar ese error chileno para quitarles el liderazgo económico en la región. 


¿Estuvieron de vacaciones en Papúa Nueva Guinea y no leyeron nada sobre las causas de la crisis? Nacida en EEUU y con repercusiones globales, particularmente en Europa, la crisis se originó justamente por la desregulación del mercado financiero, que permitió la especulación salvaje sobre esas entelequias llamadas “instrumentos derivados”. Los pocos países (como Islandia) que resolvieron la crisis con dignidad y justicia, es decir, sin rescatar a los banqueros culpables y sin castigar a los ciudadanos de a pie (lo que hicieron EEUU y España), resolvieron que el mercado no podía nunca más estar tan desregulado. Si Chile y el Perú se libraron de los efectos de la crisis fue sobre todo porque sus economías dependen del hambre de metales del monstruo chino. Pero más importante es tener claro cuál es el modelo de país al que se aspira. Si hay que guiarse por los índices de desarrollo humano y calidad de vida, es claro que es mejor idea vivir en Canadá o Suecia, antes que en EEUU. Entre otras razones, porque nadie te va a tirotear en el colegio porque sí, ni serás asaltado si te equivocaste de salida en la autopista y terminaste en un ghetto, y a ningún chiflado se le ocurre discutir la enseñanza de la evolución en la escuela. Pero (horror) en Suecia y Canadá el estado es fuerte y los impuestos son altos para mantener la inclusión social y el bienestar de todos, los privilegiados y los desfavorecidos. Según la mirada de El Comercio, están condenados. Pues que revisen las cifras, porque la clase media canadiense hoy gana más que la estadounidense (después de descontar impuestos). En todo caso, esta defensa de la libertad económica (de los grupos de poder) que hace El Comercio ya la hemos visto antes, y no es tan fundamentalista como parece. La libertad les encanta cuando compiten con rivales más débiles. Pero cuando el rival es fuerte, claman inmediatamente a papá-estado por salvaguardias, subsidios, y dólares a precio especial. 


Pretender que la lucha contra la desigualdad es una tarea postergable, que no les afecta a los que hoy están bien, es no entender nada de nada. Para los que creen que todos los problemas de un país se solucionan con crecimiento económico e ingreso per cápita, les recomiendo ver esta charla TED del académico británico Richard Wilkinson. Allí se demuestra con cifras que el principal predictor de los males de una sociedad (violencia, drogadicción, embarazo adolescente, obesidad, etc.) es la desigualdad y no la pobreza/riqueza. Chile es una muestra de ello. Redujo en 20 años como ningún país en el mundo las cifras de pobreza heredadas de la dictadura de Pinochet (de 40% a 12%), todo un ejemplo. Pero la desigualdad no ha hecho sino crecer, y entonces es el país líder en Latinoamérica en alcoholismo juvenil, enfermedades psiquiátricas y obesidad, entre otras desgracias. De hecho, rankea muy bajo en el índice de felicidad; o sea que los chilenos, percibidos como exitosos, se declaran poco felices. Cómo no van a sentirse insatisfechos, si viven en una sociedad donde el modelo enseña que lo importante es el bien a consumir y no el sentirse bien. Y siempre habrá alguien con más y mejores bienes que tú, a quien puedes pasar a odiar sin mayor trámite. Parte de esta podredumbre se dejó ver en los saqueos post-terremoto 2010. Las medidas de Bachelet, a quien el movimiento social vigila de cerca para que cumpla sus promesas electorales, apuntan a evitar una catástrofe futura.


A estas alturas ya nadie puede discutir que lo que genera la riqueza en las naciones es el capitalismo. Pero sin un control desde el estado, el abuso de los poderosos se convierte en ley. Y tarde o temprano estalla la revuelta contra la injusticia y la desigualdad, sea en forma de revolución visible o de degradación social "invisible". Estas no son consignas ultra que se gritan en marchas de sindicatos de profesores o en asambleas de estudiantes universitarios. Son opiniones que firman Thomas Piketty, el economista más influyente hoy, y el mismo Paul Krugman, que entre otras cosas es Premio Nobel de Economía. Pero para El Comercio apostar por reducir la desigualdad es un error, una pérdida de tiempo y recursos. Para qué, si el problema no les afecta, creen ellos . Sí, porque ellos, y los que aplauden estos editoriales desde sus posiciones de privilegio o arribismo, se creen a salvo, igual que el rey en la canción de Sui Generis. Y lo seguirán creyendo incluso después de que -en Miraflores, Breña, o San Juan de Lurigancho- ese asaltante los apunte con una pistola al salir del banco, o ese chofer de taxi se baje con un fierro a romperles el parabrisas del auto... porque no entienden nada. Esas son escenas comunes en nuestros países desiguales, pero no ocurren en Canadá ni en Suecia, países ricos, pero tampoco en Cuba, un país pobre. Es la desigualdad, estúpido.

domingo, 13 de abril de 2014

Contra la tradición

Camino por las estrechas calles del centro de La Serena y me topo, como cada año en esta época, con muchachos y muchachas que parecen escapados de una película de zombies. No, no se trata de uno de esos flash-mobs con los que la juventud últimamente nos muestra con entusiasmo los efectos del exceso de horas frente a una pantalla y de tiempo libre. Visten harapos sucios y pintarrajeados que a menudo dejan ver la ropa interior, tienen el pelo y rostro manchados con pintura y polvos varios, están descalzos, y apestan. A menudo pasan frío y casi siempre pasan vergüenza. Son las víctimas del “mechoneo”, el bautizo a los que recién ingresan a la universidad en Chile. Están en las calles porque para recuperar sus zapatos y mochilas, retenidos por los oligofrénicos de segundo año que comandan el evento, deben mendigar monedas durante horas para obtener unos 20-30 dólares con los cuales pagar el rescate de sus bienes. O sea que, después de vejarlos, ensuciarlos con betún o pintura, rociarlos con vinagre u otros compuestos químicos cuyos efectos sobre la piel desconocen (como desconocen casi todo lo cognoscible), obligarlos a meterse a “piscinas” llenas de agua barrosa e inmundicias (basura orgánica, restos de animales) y amarrarlos en una cordada que arrean como lo hacían los tratantes de esclavos, les cobran una tarifa. En algunas carreras en los últimos años ha asomado, tenuemente todavía, el brillo de la razón. Y entonces han dejado de lado ese espectáculo salvaje, triste y sublevante, que los estultos verdugos ocasionales encuentran divertido y creativo. Pero muchos siguen celebrando el festival del abuso y la humillación, a pesar de que a lo largo de los años se ha cobrado varias vidas. Cuando uno lee la opinión de los que defienden la barbarie, superando las barreras de ortografía y redacción que protegen al texto de ser entendido, a menudo se encuentra con el argumento de la tradición: lo hacemos porque siempre se ha hecho así. Es decir que no lo hacen porque esté bien -no niegan que esté mal- pero es suficiente justificación el señalar que cumplen con un rito ya instalado en la vida universitaria.
Es una tradición, dicen. La coherencia con el pasado los legitima, suponen. Error. No se trata de una tradición histórica que nos remonte a las primeras universidades fundadas en el continente, entre los siglos XVI y XVII. Se trata de una costumbre copiada de los procedimientos que ocurren en recintos militares alrededor del mundo. Lo vemos en las noticias cada cierto tiempo, cuando en uno de esos bautizos se les pasa la mano y la víctima termina lisiada o sin vida. Ya Vargas Llosa noveló en La Ciudad y los Perros su experiencia en un colegio militar de Lima, y las escenas del bautizo son bastante explícitas. Así como el herpes genital se escapa de las prisiones abarrotadas y alcanza a la sociedad civil, la insana costumbre de maltratar y humillar a los ingresantes escapó de los regimientos e infectó a las universidades. Sería demasiado pedirles a los militares que razonaran al respecto, ya se sabe que la inteligencia militar es un oxímoron, pero supongo que sí es legítimo reclamar que en los claustros universitarios -y apelando a las leyes de Newton- se imponga la fuerza de la razón sobre la inercia de las costumbres. 
Aceptar que una tradición -por más incivilizada y malsana que sea- prevalezca sobre la razón es equivalente a la imagen de Homero Simpson golpeándose una y otra vez la cabeza contra el marco de una puerta, y aullando de dolor, sin corregir sus movimientos. Porque si es cuestión de seguir las tradiciones, entonces las mujeres no debieran tener derecho a voto, los terratenientes ricos debieran tener el derecho de violar a las hijas de sus trabajadores, y las personas nacidas en Africa debieran ser llevadas como esclavos a trabajar a América. Si todo eso (casi) ya no ocurre es porque ha ocurrido una evolución de las sociedades, un progreso, que ha sancionado como inaceptable lo que antes era tomado como normal. Los espartanos, tan admirados por su valor y disciplina para la guerra, vivían en una sociedad en la que los niños que nacían con algún defecto físico eran lanzados desde la cima del monte Taigeto, y donde los nobles una vez al año salían de cacería de esclavos. Sus vecinos atenienses, más ocupados en meditar que en mutilar, más inteligentes y menos militares, nos legaron la democracia, la idea de una sociedad sin esclavos, y buena parte de la civilización occidental. No fue tarea sencilla, porque -entre otros- un tal Platón y un tal Aristóteles habían defendido la esclavitud como justa, natural y necesaria, pero poco a poco se impuso la razón. Algo parecido ocurrió con la iglesia católica, que pasó de debatir arduamente si los indígenas americanos tenían alma a condenar la discriminación racial urbi et orbi, y que dejó de quemar vivos a los que pensaban distinto para simplemente afirmar que arderán en el infierno una vez muertos. Ahora sólo falta que los curas abandonen la tradición de manosear niños. El mismo Abraham Lincoln pasó de afirmar en 1858 “I am not in favor in bringing about the social and political equality of the white and black races” a abolir cinco años después la esclavitud que sostenía la prosperidad en las plantaciones del sur (y morir asesinado por eso). El mensaje es que se puede progresar. La tortura fue por siglos un instrumento judicial perfectamente legal, hasta que poco a poco -empezando a mediados del siglo XVIII- los humanistas lograron que se convirtiera en un delito que hoy se persigue en todo el mundo (salvo que se cometa en Guantánamo).
El maltrato animal es otro fenómeno anclado en la tradición. El pueblo más trabajador y civilizado de España, el catalán, ya prohibió las corridas de toros. Pero en Madrid los sectores más conservadores y cavernarios de la sociedad siguen llamándole fiesta brava al triste espectáculo de torturar a un animal. Es risible leer la torpe defensa de la tauromaquia que hacen personajes que -en cualquier otra circunstancia- están en las antípodas de esa ideología, como el moderno Mario Vargas Llosa o el progresista Joaquín Sabina. Hasta no hace mucho tiempo en la localidad de Manganeses de la Polvorosa, en la España profunda, se celebraba la fiesta de San Vicente lanzando a una cabra desde el campanario de la iglesia. Cuando se comenzó a denunciar este salvajismo pasaron a recibir a la desdichada cabra en una manta y así evitar que se reventara en el suelo, de acuerdo a la tradición; pero luego se prohibió del todo arrojar al animal y ahora lanzan un gran peluche: la fiesta sobrevive y la cabra también. Algo parecido ha ocurrido con el Yawar Fiesta de los Andes del sur del Perú, en el que amarran un cóndor (el mundo andino original) al lomo de un toro (el mundo occidental invasor). Tradicionalmente el toro moría desangrado a causa del suplicio (o incluso atacado con explosivos desde abajo), y si el cóndor moría era augurio de desgracias para el pueblo. Actualmente es cada vez más común que -después de un rato- se separe a los animales, que así sobreviven a la fiesta. Se puede ser un poco más civilizado. 
Las tradiciones tienen un principio, en un tiempo del que no se tiene memoria, y -por más despistadas que parezcan- pueden encontrar su final. Como las bacterias y los virus, también pueden mutar en versiones evolucionadas; ya lo hemos visto en el caso del maltrato animal. Incluso nos llegan tradiciones nuevas desde el extranjero, casi siempre por razones comerciales, como el Halloween o la Fiesta de la Cerveza. Más recientemente -al menos en Chile- está llegando la celebración del Saint Patrick's day (o Día de San Patricio). Es curioso, porque fuera de un par de pubs y el apellido del libertador O'Higgins, no se ve nada irlandés por estas latitudes; si uno pregunta por la colonia irlandesa lo más probable es que termine en una farmacia comprando un perfume. Por supuesto que hay tradiciones que no le hacen daño a nadie y pueden verse hasta con simpatía, como las pelucas ridículas de los jueces ingleses, el vestir de morado en octubre por el Señor de los Milagros en el Perú, o la divertida y despilfarradora tomatina valenciana. Pero si son tradiciones o costumbres dañinas o denigrantes, es mejor que se extingan. Si la resistencia al cambio no tiene una base racional hay que combatirla como a la malaria. Cuando el médico húngaro Ignaz Semmelweis le dijo a sus superiores en el hospital de Viena que los médicos debían lavarse las manos antes de atender los partos, su proposición fue rechazada con vehemencia, los médicos se sintieron muy ofendidos: siempre lo hemos hecho de ese modo, ¿cuál es el problema?. El problema que Semmelweis había observado era que la tasa de muerte de las madres durante los partos (después le llamaríamos septicemia puerperal) era de 1 de cada 10 si las atendían matronas y de 1 de cada 3 si quienes atendían a las parturientas eran médicos, los que -entre otras tareas- manipulaban cadáveres en la morgue. Hizo experimentos y mostró que la mortalidad podía bajar a 1 de cada 100 si se aplicaba el lavado de manos, pero no pudo luchar contra lo establecido, las ideas fijas, y la arrogancia de sus colegas. Ignaz Semmelweis, pionero de la antisepsia, un procedimiento que ha salvado millones de vidas, merecía la gloria en vida pero solamente recibió desprecio y acoso laboral. Lamentablemente para Semmelweis, que moriría apaleado en un asilo para enfermos mentales antes de cumplir 50 años, los descubrimientos de Pasteur sobre los gérmenes -confirmando sus ideas- llegarían poco después de su muerte. 
Cuando los chicos o chicas zombie me piden dinero en la calle no se los doy, no quiero colaborar con el sistema del abuso. Solamente los miro con una mezcla de conmiseración y reprobación, y alguna vez, si han insistido, les he dicho que no deben permitir que les hagan eso. Y es que la rebelión individual es, además de justa, posible. Yo lo tuve que hacer dos veces, hace muchos años, cuando todavía tenía pelo e ilusiones, ya que ingresé a dos universidades diferentes en Lima. Es cierto que, como a todos los "cachimbos", solamente pretendían cortarme el pelo; poca cosa, comparado con lo que se ve hoy en Chile, pero no lo iba a permitir. La primera vez, en la Universidad Cayetano Heredia, usé como argumentos disuasorios una piedra de respetable tamaño en cada mano (estaba espalda con espalda con el otro muchacho de pelo largo del grupo). Salir ileso no fue difícil porque estaba al aire libre y al enemigo le pareció mejor idea buscar víctimas propiciatorias con menor capacidad de defensa. La segunda vez, en la Universidad de San Marcos, las cosas no pintaban nada bien. Estaba acorralado en una sala de clases, con la horda de bestias bramando justo afuera de la única salida posible, con las tijeras en ristre, y habiendo ya martirizado a los dos primeros que se atrevieron a salir. Era como esas posiciones de ajedrez que dicen “mate en tres jugadas” y uno -por más que se resista con rabia y exprima su cerebro buscando alternativas- finalmente tiene que aceptar que en tres jugadas llegará el jaque mate. Le dejé mi mochila a mi enamorada de entonces (el lado bueno del machismo: a las mujeres no les hacían nada) y salí con los puños y dientes apretados gritando desaforado como si estuviera poseído por una legión de demonios. Toda mi energía estaba puesta en gritar e infundir miedo. Entonces dudaron un segundo al ver a aquel demente con la cara roja y los ojos desorbitados al que apenas le faltaba botar espuma por la boca, y aproveché ese segundo de vacilación para identificar el sector menos compacto de la ronda de verdugos. Salté en esa dirección mientras repartía puñetes en remolino y apenas atravesé la barrera humana corrí a toda velocidad. No volteé a ver si me perseguían, corrí hasta salir de la universidad y seguí corriendo hasta llegar al paradero del microbús en la Av. Grau, donde la gente ya me miraba con preocupación porque así corrían los ladrones que frecuentaban la zona. Nadie me persiguió.
Las tradiciones, como el papel de regalo, están hechas para romperse.

domingo, 30 de marzo de 2014

Como decíamos ayer...

Después de quince meses de elocuente silencio, decido que la sonrisa del penúltimo regrese del cementerio de los blogs, convencido -contra toda la evidencia disponible- de que vale la pena seguir escribiéndolo. Es tal vez momento de confesar las verdaderas motivaciones que me llevaron a comenzar este blog. Mi objetivo era que Angelina Jolie se enamorara de mí (o al menos me adoptara), pero parece que no resultó. Quizás se deba a que no lee castellano. Quizás se deba a que nadie lee este blog. Imagino que aquí llegarán por error los que buscaban algún e-book de la colección La Sonrisa Vertical, o los que buscaban el horario del último o penúltimo tren a alguna parte. Quién sabe. Eso no importa ahora, que se multiplicarán las oportunidades para no leer mis textos. Hablando de eso, es claro que en estos tiempos de reality shows lobotomizantes, y vulgares fisgoneos convertidos en prensa, cualquier blog de un ilustre desconocido que ventile asuntos íntimos tiene asegurado el rating. Porque nadie abandonará la lectura de un post que comience diciendo “Lo bueno de tener sexo con desconocidos es que...” o “Ayer decidí decirle a mi mujer que nunca estuve enamorado de ella...”. Poco importará que el firmante maltrate el estilo y desprecie la ortografía. Lo siento, yo paso. No solamente porque no he tenido sexo con desconocidos (¿intercambiar fugazmente los nombres cuando todavía queda ropa puesta, cuenta?), sino porque no me interesa atraer a voyeurs con banda ancha y mente estrecha. Mi público objetivo lo tengo claro: maestros jubilados, directivos del Club de Leones, aficionados al horóscopo chino, estudiosos de la obra del poeta Roque Dalton, y amigas de mi mujer. Así que, como decía Charly Menem horas antes de seguir robando, no los defraudaré. 
Retomemos el último post. Esta historia quedó en la publicación de “Amarilis y el país imposible” por la editorial de la Universidad de La Serena. Un par de meses después la editorial organizó el lanzamiento del libro. Llegaron casi 20 personas (contando a mi mujer y a mi hijo) y se quedaron casi todas. Tal vez tuvo que ver el hecho de que había un sabroso cóctel al final. En el público había estudiantes de mi grupo de investigación, colegas del Departamento de Biología de mi universidad, el afable conserje del lugar donde vivo, y hasta un recién nacido. No me puedo quejar, no sería un público muy docto en literatura latinoamericana contemporánea, pero cariño había. Los comentarios de los presentadores fueron muy generosos, llegando el suscrito a sentir pudor. En otro medio de la prensa local apareció una reseña de la novela.

Medio año después decidí ponerme en campaña para que la novela, ambientada en Lima, se vendiera allí. Aprovechando un viaje de trabajo, me propuse visitar 5 librerías y ofrecer un ejemplar de cortesía (para la dama y el caballero) a fin de que evaluaran si querían vender el libro, y entonces la editorial les podía enviar los que pidieran. Pasar por esa incómoda experiencia me hizo agradecerle a la vida que nunca haya tenido que trabajar como vendedor ambulante. En la primera librería (Sur) me atendió un muchacho que amablemente me recibió un libro, pero me dijo que él no tomaba las decisiones, que hablaría con la encargada. Buen comienzo, me dije. Con el entusiasmo al alza, llegué a Crisol, donde una suerte de híbrido entre vendedor y vigilante me dijo “espere un momento, voy a consultar”, volviendo a los 30 segundos con un “lo siento, no estamos interesados”. Ése es el momento en que te sientes como un vendedor de shampoo para la calvicie puerta por puerta, en lugar del escritor que se supone que eres. En la siguiente estación (Íbero) los chicos que atendían se mostraron genuinamente interesados, de hecho se disputaron el ejemplar de regalo, pero me advirtieron con pesar que la administradora no acostumbraba recibir mercancía por libre sino mediante transacciones con distribuidoras, lo que reconfirmaron tras ubicarla por teléfono. Les dejé el libro de todas maneras, a pesar de tener claro que allí no había futuro. La penúltima librería a visitar (Zeta Bookstore) era la única en la que tenía una especie de “contacto” gracias al novio de una prima, pero el contacto no me recibió; mandó decir a una secretaria que le dejara el libro y que más tarde me mandarían por Email los requerimientos, que una vez leídos me parecieron tan engorrosos como repatriar el cuerpo de un mutilado en la guerra y enterrarlo en distintos países. 

Con el ánimo bastante mermado me encaminé al último destino: la tradicional librería El Virrey. Comenzaba a considerar la opción de dejar libros abandonados en el banco de una plaza, para que poco a poco se los llevaran interesados futuros lectores. Pero, claro, también se los podían llevar semianalfabetos para venderlos como papel al peso, o podían ser simplemente ignorados, y entonces serían dañados por la mierda que las palomas depositaban -inclementes- por doquier. Me adentraba en una zona de Miraflores donde algunas de las casas tradicionales de clase media resisten el acoso de los edificios que crecen como la mala hierba en un jardín olvidado. Esos barrios me hacían recordar algunos de los cuentos de Ribeyro y entonces me sentí mejor, como acompañado por la sensibilidad del escritor que me deslumbró, que quizás tuvo algo que ver en que años después recorriera este camino. En la librería me recibió un hombre joven que percibí como un lector asiduo y no un vigilante a sueldo. Le expliqué, con el alivio de hacerlo por quinta y última vez. Le entregué la novela. Me dijo que consultaría con la dueña. Demoró un poco, lo que aproveché para mirar libros, un viejo vicio. Volvió y me dijo “Está bien. Déjanos cinco libros y los ponemos a la venta”. Exactamente eran cinco los libros que me quedaban en la mochila, porque en un arrebato de infundado optimismo había llevado libros de sobra por si ocurría el milagro que acababa de ocurrir. Apenas me hicieron firmar un sencillo recibo en el que en el campo de “registro único de contribuyente” puse mi Email. Y ya. No sé si fue muy legal, pero creo que sí fue legítimo. Al final de esa tarde gris en que me volví un vendedor ambulante sin vocación ni talento, Amarilis ya estaba en una librería de Lima.
Meses después, volví a la ciudad que me vio nacer, y fui a comprar libros a El Virrey, esta vez con mi mujer y mi hijo, cumpliendo el rito que ocurre en cada ciudad que visitamos, y que nos complica el peso del equipaje de regreso. Estaba el mismo muchacho y me dijo que se había vendido un libro (el 20% de las existencias, nada mal). Así que tengo mis primeros derechos de autor por cobrar (lo que me interesa menos que un depilado con cera). Le comenté que estaba por salir una reseña de la novela en la revista de literatura Buensalvaje y él decidió sacar la novela del anaquel en la sección Literatura Peruana y la volvió a poner en exhibición, que es lo que la foto muestra aquí abajo. Evidentemente Vargas Llosa, Bryce Echenique, y Bayly se están aprovechando del gancho de Amarilis para vender sus cositas, pero no voy a hacer un escándalo por eso. La reseña salió hace un par de meses y se puede leer aquí.
Finalmente, con la ayuda de mi hermano estoy organizando la presentación de Amarilis en Lima, para mediados de mayo. La meta es superar el éxito de la presentación en La Serena. Para eso estamos trabajando sobre todo en un cóctel atractivo. Bueno, hasta aquí llega el post del retorno. Prometo que en el próximo no habrá tanto autobombo para Amarilis. ¿Y la otra novela, la que fue la causa principal de este paréntesis de quince meses? Avanza. Retrocede, pero sobre todo avanza. En estas cosas hay que tener la filosofía del camionero en subida. Lo que importa es llegar.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Amarilis... y hasta luego



Hace un mes, por fin, pude publicar mi primera novela. Claro, no es una noticia para que aparezca en los periódicos, o para que se convierta en un viral en las redes sociales (no puede competir con un gato que jala el WC o con un baile simiesco con ritmo pegadizo), pero para mí fue algo muy importante. Ha sido una historia larga. No, no se preocupen, no la voy a contar completa. Todo comienza a inicios del 2001 cuando, envalentonado por los comentarios positivos recibidos por un par de cuentos en una revista online, me dije que ya estaba bueno de refugiarme en la comodidad del texto breve, que un cuento lo escribe (casi) cualquiera, y que ya era hora de ponerme los pantalones largos e ir por la novela. Obviamente, lo que hice fue escribir más cuentos (los pantalones cortos han sido siempre muy cómodos). Pero la idea era soltar la mano, y funcionó. Porque a fines del 2002 ubiqué frente a una pared, la única con ventana, una mesa pequeña que con esfuerzo podría llamarse escritorio, y comencé a escribir. No duré mucho tiempo con el plan de escritura diaria, pero ya había comenzado. Estaba en la lluviosa Concepción (la pared con ventana se humedecía mucho cuando llovía, o sea casi siempre) y acababa de recibir la mejor noticia posible: iba a ser padre. Luego nos mudamos a otra casa más cómoda, para esperar la llegada del primogénito, y ahí sí que pude avanzarla mucho, a pesar de que el cuarto-escritorio era el más frío de la casa (por entonces no teníamos calefacción central, que -en invierno- es lo más parecido a la felicidad). Tengo una foto muy linda en la que con una mano sostengo a mi hijo de dos meses contra mi pecho y con la otra estoy escribiendo (terminando de escribir) la novela. Estoy abrigado como para cruzar la cordillera, y es que ese lugar era un frigorífico. La primera versión la terminé en junio de 2003. Las correcciones, que requieren pausas, alejarse del engendro para poder volver a quererlo, me tomaron poco más de un año. Tal vez ayude a comprender la lentitud de todo el proceso el saber que había un fuerte componente de investigación en la novela, por lo que recopilar y chequear los datos me tomó mucho tiempo. Eran muchos frentes: la historia política reciente del Perú, las sublevaciones indígenas milenaristas, la vida y obra de la poetisa Amarilis y Lope de Vega, etc. Tendría que haber sido menos ambicioso para mi primera vez, pero ya estaba embarcado. Finalmente, cuando ya se terminaba el 2004 me dije que ya estaba listo para conquistar el mundo editorial. Me equivoqué por 8 años. Pero no nos saltemos etapas.
Además de mandar la novela a concursos literarios (en esa época no sabía que estaban todos arreglados), lo que era al fin y al cabo un gasto inútil de papel, tinta, correo e ilusiones, comencé a intentarlo con editoriales conocidas. Estuve cerca de lograrlo con la primera, pero la editora a cargo, después de manifestarme sus dudas sobre si publicarla o no, y que coincidían con una etapa de dudas y cambios en su vida personal (¿quién se lo preguntó?), me dijo que no. Y aquí comenzó el rosario de fracasos, consistente en cartas-tipo diciendo que “sin desmerecer su valor, en este momento su obra no se ajusta a nuestra línea editorial”, envíos que nunca obtuvieron respuesta y esperpentos varios, como el de un editor-negociante que apenas lo contacté me dijo que publicaría mi novela (sin haberla leído) si le daba dos mil dólares. Pasados 4 años de intentos infructuosos, decidí bajar mis pretensiones y lo intenté con editoriales pequeñas, independientes, que publicaban compartiendo los gastos con el autor. Tampoco. O simplemente no me contestaron o me dijeron, después de meses de devaneos, que no. En varias ocasiones llegué a pensar que simplemente lo mío no era bueno. Pero lo releía y me gustaba, me volvía a convencer de que era un buen libro, y entonces me decía que tenía que insistir, que algún día tenía que resultar. Averiguando en foros varios (ya estamos en el 2008), entendí que lo que necesitaba era una agente literaria (por alguna razón que nadie conoce, son siempre mujeres). Le escribí a varias, y casi siempre me contestaron que tenían la agenda llena (o simplemente no me contestaron). Una me dijo que le mandara la novela (en papel, un mamotreto, hasta Barcelona). Lo hice, y casi no usó palabras para, 6 meses después, decir que no le interesaba. Por supuesto, todo lo que estoy contando estaba puntuado por meses en los que no intentaba nada, me rendía temporalmente y me dedicaba a ganarme el pan con lo que se supone que sé hacer (investigación científica). Lo más bizarro que se me ocurrió fue la auto-publicación. Fue el 2010, un año después de llegar a La Serena. Hay muchas páginas que ofrecen el paquete completo: instrucciones para armar el libro, plataforma online de venta, gestión de ganancias, etc., y a un precio muy conveniente (muy conveniente para ellos). Estuve a punto de caer, pero lo que me detuvo no fue el sentirme esquilmado (uno se acostumbra después de tantos años lidiando con el banco, la AFP, la ISAPRE) sino los compañeros de vitrina virtual. Me faltan las palabras (y me sobran los insultos) para describir los libros que allí se ofrecían. Apasionantes autobiografías de sujetos que ni siquiera podían escribir una mini-reseña sin errores de sintaxis, poesía a raudales (de una cursilería Arjoniana), enseñanzas para alcanzar la felicidad, el orgasmo o una mejor hipoteca…, en fin, era la corte de los milagros y yo no quería aparecer en el cuadro. Tenía que haber otra alternativa. 
Hasta que un día de abril de 2012, viendo el catálogo de la editorial de la Universidad de La Serena (mi lugar de trabajo), vi que tenían cosas de narrativa y poesía (o sea, no editaban solamente libros técnicos). Lo dudé. Por un momento pensé que no tendría mucho mérito publicarlo allí. Suponía que los profesores lo tenían fácil por el hecho de serlo (de ser profesores, no de ser fáciles). Eso fue antes de conocer al editor, Alejandro, con una larga experiencia en el mundo editorial, quien después me dejaría en claro que no tenía problemas en decirle a los científicos con ínfulas literarias que NO. El caso es que ese abril le escribí a Alejandro, contándole que tenía una novela que quería publicar, y todo eso. Como me había ocurrido tantas veces, no contestó. La novela está dedicada a mi madre, a quien le debo el amor por los libros (ver el post ¿Tú escribes?). Ella murió el 2001 y su cumpleaños era el 26 de agosto. Pues bien, consciente del simbolismo, el 26 de agosto de este año decidí insistir con Alejandro. Y esta vez sí contestó. Todo ocurrió muy rápido. Cuando le escuché elogiar mi escritura con entusiasmo y -lo que es mejor- con argumentos (“estoy francamente sorprendido”, repetía), sentí lo que siente el corredor de maratón olímpica cuando llega al estadio, sentí lo que dos veces antes sentí al divisar la ciudadela de Machu Picchu después de haber recorrido con mucho esfuerzo el Camino Inca durante cuatro días. Mi novela se publicaría, ya lo había logrado. Por supuesto que la editorial de la Universidad de La Serena es una editorial menor, y la tirada inicial ha sido bastante humilde, pero por algo se empieza. No olvidemos (me digo cuando dejo de tener los pies sobre la tierra) que el libro de John Toole se publicó con una pequeña tirada, después de muchos años de intentos fallidos, en la editorial de la Universidad de Louisiana (ver el post Objetivos). Como la distribución es solamente a nivel nacional (Chile), en mi último viaje a Lima llevé una docena de libros en la maleta, apuntando a contactar a libreros para ver si pican el anzuelo y les interesa pedir ejemplares para vender. Y es que la novela transcurre en Lima. 
No lo dije todavía. La novela se titula “Amarilis y el país imposible” y si quieren saber de qué se trata, copio a continuación el texto de la contratapa. 
Felipe es un estudiante peruano de literatura en la Universidad Complutense y viaja al Perú para revisar un archivo documental. Busca información confirmatoria para su tesis doctoral, que revela detalles ocultos de la relación entre Amarilis, la incógnita poetisa colonial peruana, y Lope de Vega, a quien escribiera la célebre "Epístola a Belardo". Buscando contactos para llegar al Archivo, Felipe conoce a Claudia, quien lo introduce a un grupo de estudiantes que participa de una tertulia literaria. Son los últimos meses del año 2000, y el régimen autoritario y corrupto de Fujimori parece negarse a desaparecer. Gradualmente Felipe se involucra sentimentalmente con Claudia y descubre que el grupo de la tertulia prepara un magnicidio redentor. Dejándose llevar por Claudia a pesar de su escepticismo, y postergando sus pesquisas literarias, Felipe se ve envuelto en el operativo. El telón de fondo para la lucha constante entre un idealismo temerario y la desesperanza más irrefutable es la ciudad de Lima y su historia, donde nada parece ocurrir por primera vez. 
Pasando a la sección marketing, la novela se puede encontrar en buscalibre.com. Se supone que se podría comprar desde cualquier parte del mundo, pero esto hay que confirmarlo todavía. En Chile (Santiago) ya debe estar en las librerías LOM, Universidad Católica y Editorial Universitaria. Llame ahora, llame ya. 
En el post anterior hablaba de la necedad y la suerte. Falta indicar el componente de suerte en esta historia (creo que el de la necedad es evidente). Alejandro, el editor, vivió varios años en Lima, y la lectura de mi novela le hizo revivir muchos episodios de su vida. Alguna vez me tenía que tocar la suerte buena. 
Para terminar, y usando el simbolismo de hacerlo el último día del año (escribo esto en el aeropuerto), anuncio un hasta luego. El blog entra en receso. Hay distintas maneras de explicarlo. La más simple es que quiero avanzar con la segunda novela (llevo apenas una veintena de páginas) y, aunque no se note, el blog me quita tiempo (de intentos de escritura en la cabeza). Más que tiempo real, ocupa el espacio de Escribir en mi vida (no queda mucho disponible) y si sigo así no voy a escribir la segunda novela nunca. Y es que, si me voy a demorar 8 años en publicarla, más me vale apurarme en escribirla. ¿Cuánto durará el receso? No lo sé, digamos que unos meses, a lo más un año. Mientras tanto, para ese puñado de fieles lectores que me han acompañado en este blog, que tuvo su primer post el 26 de agosto de 2009, quedan más de 70 posts para releer cuando no tengan nada mejor que hacer, o se hayan aburrido de ver al gato que jala el WC. Se agradece su visita. Buenas noches y hasta luego.



domingo, 9 de diciembre de 2012

La necedad y la suerte

Eran los días previos a la Navidad de 1994. Un año antes, en la primera Navidad después de haber dejado mi país (y mi familia, mi casa, la comida rica y una habitación digna) para irme a Chile a estudiar una maestría en ecología, me había quedado sin viajar a casa por fiestas porque un curso tenía un examen el 28 de diciembre. Lamenté mucho mi torpeza de entonces, mi apego absurdo a las normas que me llevó a ni siquiera intentar negociar esa fecha. Pero esta vez había aprendido la lección y no hubo cronograma académico que pudiera evitar que aquella noche tomara el bus Santiago-Arica. Llegué puntual al terminal Los Héroes, cuyo nombre imagino alude a los trabajadores que están todo el día respirando el monóxido de carbono que satura su aire. El plan era claro y seguro: apenas 32 horas después de subirme al Flota Barrios amanecería en Arica, y ya todo sería hacer el trámite de cruzar la frontera en un colectivo Arica-Tacna, para llegar al aeropuerto de Tacna a más tardar al mediodía, y abordar el avión de Faucett que salía a las 13:00 y me depositaría en la ciudad en la que nací (tenía ya el boleto). Nada que temer, ya había hecho ese periplo tres veces antes. Como siempre, el paisaje del viaje en bus era un homenaje a la monotonía, pero el desierto no deja de tener su gracia, y facilita la introspección y el ascetismo. Como siempre, el inicialmente aromatizado bus con las horas pasaba a oler a la esencia del ser humano (con lo que se verifica la hipótesis nihilista de que en esencia somos materia en putrefacción). Me daba igual. Así hubieran colocado cartones de cajas de plátano en las ventanas o animales de la granja en los asientos de atrás, no me hubiera parecido muy terrible; yo no estaba allí para disfrutar el viaje, todo se trataba de llegar a Lima a pasar Navidad. Y esta vez nada me lo iba a impedir.

Después de pasar dos noches en el bus, y cuando ya comenzaba a olvidar mis facultades motoras, por fin apareció Arica y su anodino perfil de ciudad incompleta. Eran casi las siete de la mañana. Tomé el taxi a la estación de colectivos y al llegar... la sorpresa. Había un tumulto de gente a la entrada. Mis sospechas de problemas se confirmaron: el sindicato de camioneros había decidido bloquear la carretera que va de Arica a la frontera. Los colectivos no podían salir. Plop. Entonces me dije lo mismo que me repetiría varias veces en las siguientes horas: yo voy a llegar a Tacna antes del mediodía, y nada me lo va a impedir. Después de que me dijeran por segunda vez que nadie saldría, porque los camiones bloqueaban la carretera y a los que intentaban esquivar el bloqueo (no olvidar que lo que rodea a la carretera es la nada) los apedreaban, yo dije en voz alta “¿Es que nadie se atreve?” y salí a tomar aire. En ese momento se me acercó un hombre de unos 30-40 años, obeso y aparentemente muy seguro de sí mismo, no sólo por el tono con el que se dirigió a mí, sino por no importarle el hecho de que buena parte de su abdomen colgara a la vista del respetable público, por fuera de su mugrienta camisa. No era alguien a quien uno le encargaría el cuidado de sus hijos, ni de sus perros, ni de las pulgas de sus perros, pero era el único chofer que se animaba a intentar pasar el bloqueo. Eso sí, me advirtió en voz alta cuando ya otros se habían congregado, el camino clandestino que usaríamos pasaba cerca de un campo minado. Eso disolvió al grupo como por encanto y quedamos solamente tres valientes (o tres idiotas): un chileno, un ecuatoriano y yo. No sé si haya chistes de un peruano, un chileno y un ecuatoriano, pero en ese momento nadie estaba para bromas. Lo que me diferenciaba más claramente de los otros dos no era el color de la piel o del pasaporte. La gran diferencia estaba en que mientras ellos cargaban mochilas o bolsos pequeños, yo llevaba -además de una mochila mediana- un bolso de aquellos que crecían en altura conforme uno iba abriendo cierres (una maldición gitana). Era un bulto de 1 m de altura y más de 20 kg de peso. Finalmente pagamos -con recargo- y emprendimos el temerario viaje, pero éste no duraría mucho: los huelguistas también habían bloqueado el camino alternativo. Al volver, y viendo que el patibulario conductor no tenía la menor intención de devolvernos el dinero, le dije que al menos nos dejara en la carretera, en el punto donde comenzaba el bloqueo. ¿Para qué?, preguntó. Para cruzar caminando, le dije muy convencido. Primero se rió y luego dijo OK. Los otros dos pasajeros dudaron, pero al ver mi resolución decidieron acompañarme en la aventura.
Yo no sabía la distancia que nos separaba de la frontera, pero sí recordaba que en colectivo el viaje duraba unos 10-15 minutos, lo que me daba como resultado unos 20 km a recorrer. Casi nada. Eran poco más de las 9 am cuando cruzamos el piquete de camioneros, los que se divirtieron aplaudiéndonos, silbándonos o simplemente insultándonos. Yo solamente miraba hacia adelante. A poco andar comenzaron las dificultades porque mi bolso tenía tanto peso que apenas rodaba (también es cierto que las ruedas eran ridículamente pequeñas), y si lo inclinaba un poco ya tomaba contacto con el suelo y comenzaba a raerse. Los otros dos caminantes avanzaban sin problemas. En otras circunstancias uno podría haber disfrutado el escenario cinematográfico de una carretera vacía rodeada de desierto, pero el radiante sol de verano que ya pegaba fuerte a esa hora, el maldito peso a arrastrar, y los cálculos matemáticos de distancias y tiempos que no me cerraban, me tenían de un humor alejado de la contemplación estética. Cada vez que se asomaba por mi mente una evaluación racional de los hechos, la que inevitablemente indicaba que perdería el avión a Lima, yo la espantaba repitiendo el mantra (nada me va a impedir tomar ese avión en Tacna) y me concentraba en avanzar más rápido. Mis esfuerzos terminaban siendo patéticos. Por momentos tomaba el bolso y lo colocaba sobre mi espalda, afianzando una de las agarraderas en mi frente, pero apenas aceleraba un poco el paso se volcaba hacia los lados. Afortunadamente los otros dos no tenían apuro, así que me esperaban cada vez que me retrasaba, y aprovechaban para conversar entre ellos. Yo básicamente me dedicaba a sufrir y a negar la contundencia de la realidad. A las 9:30 ya estaba empapado en sudor y apenas habíamos superado el primer kilómetro. Las cosas no pintaban nada bien, pero regresar no era una opción. Me puse en piloto automático y seguí adelante, con la necedad como único combustible.
Eran casi las 9:45 cuando escuché el ruido de un motor. Al comienzo pensé que se trataba de una alucinación auditiva causada por la deshidratación, pero mis compañeros de viaje exclamaron con júbilo “¡viene un furgón!”. Y cuando volteé a mirar, todavía escéptico, allí estaba: un furgón blanco desacelerando conforme se acercaba a nosotros. No tuvimos que levantar un dedo, era obvio que ellos eran nuestra salvación y nosotros unos náufragos. Resultó ser personal de la aduana chilena que tenía amigos entre los camioneros y por eso excepcionalmente los dejaron pasar. Igual que los camioneros, se reían por nuestra ocurrencia de recorrer caminando los -entonces lo supimos- 22 km que nos separaban del puesto de frontera de Chile. No pudimos tener más suerte. Ellos nos facilitaron un trámite rápido (aunque evidentemente no había cola), y nos esperaron para llevarnos hasta el puesto de frontera peruano, a 1 km de distancia. Allí encontraría muchas opciones de traslado. No me cansé de agradecerles. Finalmente llegué al aeropuerto muy temprano, poco después de las 10, cuando no había allí más que un aburrido vigilante. Bebí mucha agua en el baño y me senté a descansar, disfrutando del éxito de la misión, y agradeciendo a sus dos protagonistas principales: la necedad y la suerte.



PD: en el próximo post, otra historia de necedad y suerte: la publicación de mi primera novela.

sábado, 17 de noviembre de 2012

El arte de amar


Jiménez la vio y su primera reacción fue esconderse detrás de un gordo en la fila. Pero el gordo justo se agachó para amarrarse las zapatillas, una tarea ciclópea para el dueño de tan portentoso vientre, tardando lo suficiente para exponerlo a los ojos de Alicia. Cuando ella le dijo “Aníbal” él por un momento pensó que se refería a otro. Hacía tiempo que nadie lo llamaba por su nombre. En la agencia de viajes en la que trabajaba como estafeta, era Jiménez para todos, en su casa su mujer lo llamaba Cupuchi, y su hijita alcanzaba a decirle Chuchi. No pudo evitar responder el saludo de Alicia ni aceptar que ella le invitara un café al terminar el trámite en el banco. Llevaba casi cuatro años sin ver a Alicia, y ella estaba más guapa que la última tarde que se sentó junto a ella en la sala de su casa, cuando todavía eran novios. Poco después de esa tarde, cuando una vez más Jiménez le dijo que sí pensaba en el matrimonio con ella, y que por eso no tenía problema en esperar un poco más para acostarse con ella, la vida de Jiménez cambiaría para siempre. Todo comenzó cuando el hermano menor de Alicia apareció de pronto, sin saludarlo, como siempre, y le preguntó si ella tenía “El arte de amar”, porque se lo habían encargado a leer en el colegio.  Cuando ella le dijo que no, el pequeño y mimado Juliancito (a quien Jiménez se refería como enano maligno o tumor del suelo cuando conversaba con sus amigos) comenzó su enésimo berrinche. Entonces Jiménez, para hacer méritos ante los ojos del padre de Alicia, un acaudalado empresario que no terminaba de aceptar la idea de que su hija se casara con alguien sin apellido, se ofreció a conseguir el libro al día siguiente. Tolerar los desplantes de su odioso hermano era poca cosa al lado del esfuerzo por contener sus naturales ímpetus sexuales con Alicia, quien por su educación arcaica y religiosa insistía en llegar virgen al matrimonio. Pero Jiménez aguantaba estoico, sabiendo que el premio mayor lo esperaba al final de ese via crucis. Porque el casarse con Alicia no significaba solamente consumar por fin sus deseos sobre ese cuerpo tan apetecible, implicaba también tener un trabajo seguro y bien pagado en las empresas de la familia. Sus amigos lo alentaban, convenciéndolo de que bien valía la pena el sacrificio presente a cuenta del futuro venturoso, y ya tenían apuestas sobre cuál sería el paraíso tropical en el que pasarían la luna de miel pagada por el suegro. 
Poco después de llegar al tradicional barrio de librerías, Jiménez  quedó descolocado cuando, tras preguntar por “El arte amar”, un librero le dijo que había dos libros que respondían a ese título. Uno era un bestseller, una suerte de libro de auto-ayuda, y el otro era un clásico de un poeta romano contemporáneo de Herodes. Jiménez no lo dudó. En ese colegio tan conservador y aristocrático solamente podían estar buscando la obra del poeta Ovidio. A Jiménez le agradó escuchar el nombre de Herodes asociado al enano maligno. El problema era que ese librero, y la otra docena de libreros que consultó después, únicamente tenían el libro de Erich Fromm. Más de una vez le pasó por la cabeza comprar el libro disponible, sobre todo cuando recordaba a Juliancito emitiendo flatulencias mientras él esperaba a Alicia en la sala, pero después pensaba que no podría hacerse el tonto cuando ella le increpara el error. Estaba ya cansado de recorrer la zona y preguntar en vano, cuando un viejito con aspecto de sabio o de ropavejero le dijo “Pregunte en la librería Parménides” y le dio las señas para llegar al lugar, que quedaba en una zona antigua y deteriorada de la ciudad. Hasta allí llegó Jiménez tras un largo viaje en microbús. La librería Parménides era un local pequeño y oscuro donde se hacinaban miles de libros en aparente desorden, los que casi ocultaban el escritorio donde un hombre mayor de aspecto atribulado parecía hacer cuentas. 
Cuando el hombre le dijo, con la mirada perdida, que sí tenía el libro que buscaba, Jiménez se sintió un triunfador. Todo era cuestión de esperar unos minutos y el libro estaría en sus manos. Pero esa sensación de victoria no duraría mucho. Cuando apenas había comenzado a recorrer con la mirada los lomos de unos libros antiguos, sintió un golpe seco. Al volver la vista tuvo claro que el hombre había impactado su cabeza sobre el escritorio tras perder el sentido. Su primera reacción fue mirar hacia los costados y pedir ayuda, pero estaban solos. Por un momento se quedó petrificado, sin saber qué hacer. Salió a la calle corriendo pero no había nadie a la vista. Volvió a entrar y, tras notar que no había un teléfono en la librería (tal vez se ocultaba debajo de algún diccionario enciclopédico), decidió que no podía huir. Le tomó el pulso y descubrió con alivio que el hombre no estaba muerto. Tras varias ideas descartadas e intentos frustrados, Jiménez encontró el teléfono celular del librero en el primer cajón del escritorio. Apretó el botón de llamadas recientes y solamente aparecía un nombre “Carla”. Resultó ser la hija del librero, con la que compartía una minúscula casa a pocos metros de allí. Todo sucedió muy rápidamente. Carla llegó corriendo, le aplicó a su padre una inyección (el librero era diabético), le pidió a Jiménez que la ayudara a llevarlo apoyado hasta su casa y, una vez que el viejo estuvo bien instalado en su cama, y Carla quedó tranquila (esos episodios no eran muy raros, le contó), le ofreció que se quedara a tomar el té. De todas las alternativas posibles que pudo imaginar Jiménez cuando dijo “Sí”, principalmente porque estaba cansado y hambriento después de una larga tarde recorriendo la ciudad buscando el dichoso libro, ninguna se podía acercar a lo que finalmente ocurrió. 
Poco más de una hora después de haber entrado por esa puerta cargando al desfalleciente librero, Jiménez, con los ojos cerrados, recibía con un placer indescriptible una obra maestra del sexo oral. Y apenas unos minutos después, de pie y en la cocina de la casita, Jiménez y Carla se prodigaban en un acto sexual desenfrenado, como si el mundo fuera a terminarse al día siguiente. No es fácil explicar cómo llegó a ocurrir. Tuvo que ver la abstinencia forzada a la que Alicia lo tenía condenado, la innegable sensualidad de Carla, el agradecimiento de ella por su ayuda, y una franca y distendida conversación previa que –si bien no tuvo nada de especial– les permitió descubrir que tenían más cosas en común de lo que suponían. Cuando se despidieron, ambos tenían claro que era muy probable que no se volvieran a ver. Pero estaban equivocados. Una niña que hoy le llamaba Chuchi, concebida aquella tarde en la misma cocina en la que cada mañana Jiménez se prepara el café, había sido la causa para que él se casara con Carla y no con Alicia. La muerte del librero, ocurrida poco después de esa tarde de sucesos impensados, había terminado por convencer a Jiménez de que no podía desentenderse de su responsabilidad. Con el tiempo, tras vender la librería para saldar deudas y refaccionar la casita, Jiménez y Carla habían aprendido a querer la vida que llevaban pero no habían elegido. 
Casi todo este relato resultó nuevo a oídos de Alicia en el café. Cuatro años antes, Jiménez solamente le había dicho por teléfono que se había dado cuenta de que lo de ellos no podía ser, y casi nada más. Ella no le guardaba rencor, le dijo, antes de contarle lo feliz que era con sus dos hijos y su marido, que acompañaba a su padre a jugar golf y a cazar. Alicia no fue muy efusiva al describir su felicidad, no se sabe si por pudor, por no querer poner en evidencia el contraste frente a lo que acababa de escuchar, o simplemente porque su felicidad no daba para más que ese frío resumen. Ninguno de los dos quiso decir nada polémico o hiriente, no era la idea de esa breve reunión que seguramente no tendría segunda parte. Sin embargo, él notó cierta inquietud en Alicia durante su relato de los hechos, y todavía la notaba un poco turbada, como si hubiera algo que no se animaba a decirle. Finalmente, después del tercer silencio que se hizo en la conversación, él se animó a preguntarle. Y entonces, tras una larga pausa que no pudo evitar que se le quebrara la voz, ella le dijo que el libro que su hermano necesitaba era el de Erich Fromm.


domingo, 11 de noviembre de 2012

Síganme los buenos


Cuando hacía el doctorado en Suecia llevaba una doble vida. No, no se trata de eso. Lo que ocurre es que, debido a la necesidad de hacer un doctorado en un tiempo menor al habitual, llegaba a la hora que llegaban los suecos (07:30) y me iba después de la hora que se iban los no-suecos (20:00). En esas largas jornadas de trabajo, más de una vez me atacó el hambre. El muy civilizado Departamento de Entomología tenía una acogedora cocina y un comedor, con café y té siempre disponibles (también había cuartos para dormir la siesta). Un buen día sumaron un atractivo muestrario de madera lleno de delicatessen: galletas, chocolates, mazapán, pastelillos de canela, etc. El procedimiento era simple: uno tomaba lo que quería y depositaba las monedas correspondientes en una alcancía. Lejos de cualquier ojo humano o electrónico, el sistema estaba basado en la proverbial honestidad escandinava. Cada vez que he contado esta historia, mis interlocutores peruanos o chilenos han comentado que en nuestros países un sistema así terminaría el primer día sin dulces, sin alcancía, y hasta sin muestrario. Yo habitualmente andaba con monedas suficientes y premiaba mi esfuerzo con esas delicias calóricas. Pero un par de veces ocurrió que no tenía monedas, y no había manera de obtener vuelto de la alcancía. Confieso que, en la soledad total de la noche, me pasó por la cabeza tomar el chocolate deseado y pagarlo al día siguiente. Pero la sola posibilidad de que a la mañana siguiente hicieran caja temprano y notaran el faltante, y que todos pensaran en el sudamericano noctámbulo, confirmando así el estereotipo, me hizo retroceder. Otro café sería el premio consuelo. En una de esas dos noches, volviendo orgulloso de haber vencido la tentación, me topé con una pareja de sorprendidos y sudorosos professors, ambos felizmente casados (con otros), que no habían podido vencerla. Se veía que le habían dado otro uso a los cuartos para siestas. Yo no era el único que llevaba una doble vida.  

Recordé la historia de las delicatessen en Suecia ayer mientras leía Freakonomics.  En este libro se relata el experimento sobre honestidad que sin querer hizo Paul Feldman. Este hombre se ganaba la vida dejando panecillos (bagels) al lado de una alcancía en muchas, muchas empresas. Al día siguiente recogía los saldos de panecillos y contaba la plata. Como anotaba todo, a lo largo de los años pudo construir una enorme base de datos de la honestidad en las oficinas norteamericanas. Pudo así saber que los altos ejecutivos eran más deshonestos que los mandos medios (lo mismo se publicó hace poco respecto a las infracciones de tránsito), que tras los atentados a las Torres Gemelas la honestidad subió, que también subía cuando había una racha de buen clima, y que bajaba cuando la racha era de mal clima. Creo que esta información cuantitativa es muy valiosa, no solamente para entender la conducta humana, sino para ponderar los argumentos sobre si somos inherentemente honestos o deshonestos. Ya he comentado antes en el blog que ver un par de botellas vacías en la playa nos lleva a generalizar sobre todos los usuarios, cuando puede que sea una proporción ínfima de ellos la que tenga esa conducta incivilizada, o que los actos vandálicos de unos cuantos infiltrados en una masiva marcha estudiantil llevan a estigmatizar todo un movimiento. Lo interesante es que estos antecedentes muchas veces sostienen la posición optimista o pesimista sobre la sociedad que defienden las personas. Frente a esto creo que vale la pena hacer la pregunta a priori. ¿Qué porcentaje de honestidad en el experimento de los bagels te convencería de que las personas son, en general, honestas? Si nos basamos en la democracia, sería suficiente con ser la mitad más uno. Si para convencernos exigimos diferencias estadísticamente significativas, la brecha entre tramposos y honestos debería ser mayor. Sea como sea, la idea es que definas el criterio antes de saber el resultado. Esto evitaría elucubraciones a posteriori que busquen defender un prejuicio. OK, ¿listo, lista? El promedio general de honestidad encontrado a través de los años fue del 87%. Para mí, suficiente. Sin desconocer diferencias culturales, y sin negar la importancia de los estímulos y sanciones, creo que esto prueba que intrínsecamente no somos malas personas.


lunes, 29 de octubre de 2012

Sabores en la boca


No. Este no es un post sobre las maravillas de la gastronomía peruana, las virtudes de una nueva pasta de dientes, o las distintas alternativas de finalización del sexo oral. Un amigo me dice que a veces se me pasa la mano con la acidez de mis textos. Añade que lo desanima ver el ejercicio de la crítica fácil, el señalar las cosas negativas con lupa y que prefiere leer una visión menos amarga y desesperanzada de la realidad. Discrepo. Creo que, como diría un catador desempleado, una cosa es la acidez y otra la amargura.
No le faltan sinónimos a la acidez. Son muchos y muy esdrújulos. Se puede decir que el comentario es sarcástico, mordaz, satírico, sardónico, irónico, cáustico; pero la amargura no está en la lista. La distinción no es tan trivial como tener claro que la aceituna no tiene un sabor ácido. No se trata simplemente de seguir a Barcia, autor de un diccionario de sinónimos tan inútil como lleno de errores (y no, no saqué esos sinónimos de su diccionario), cuando dice “quien trastoca lo que habla trastoca lo que piensa”. Detrás de esas palabras hay un marcado contraste en la manera de mirar el mundo. El sarcasmo, la crítica mordaz, la burla elegante, señalan el error, la pose, el ridículo y hurgan en la llaga. Pero ese ejercicio aparentemente destructivo casi siempre contiene en sí mismo su reverso, su imagen en el espejo. En cada dardo hiriente está el veneno pero también está el antídoto. Conviven la descalificación y la propuesta. Identificada la antítesis ya tenemos la tesis. Por ejemplo, en el post sobre los runners, el texto que se burla de la alienación tecnológica y la pose fosforescente puede leerse como una proclama a favor de la sencillez y la autenticidad. Cuando un escritor ridiculiza a una figura de poder señalando sus taras más evidentes lo que está haciendo, además de divertir al lector, es indicar –por oposición- cuáles son las características deseables del poderoso. Contra lo que se cree, el bufón de la corte llegó a ser un personaje importante, y hasta codiciado.
La amargura no es así. Hay un tono de punto final, de laberinto sin salida, de Sudoku imposible, de patada al tablero. El amargo se queja, maldice, exterioriza su frustración, y nos salpica adrede al revolcarse en su charco de pestilente derrotismo. Quiere que todos carguemos el peso que lo agobia. Mientras que el ácido se burla de la sonrisa boba, el amargo detesta la sonrisa en sí misma. El amargo está interesado en enunciar su discurso negativo pero no le atrae la idea de debatir argumentos, tiene suficiente con escuchar su catarsis plañidera. No quiere desafíos que pongan en peligro la seguridad que ha encontrado en su pozo. El verdadero amante de la ironía está dispuesto a ser cuestionado, a ser también objeto del sarcasmo ajeno, porque la primera regla del que disfruta la burla es aprender a burlarse de uno mismo. Finalmente, hay otro abismo que separa la acidez de la amargura. Es el valor del texto. El sarcasmo es elaborado, racional, inteligente, demanda trabajo y talento. La queja amarga es emocional, primaria, simple, y no demanda mucha más habilidad que el alarido. Creo que hay una gran diferencia en decir “a pesar de que lo disimula muy bien, mi compañero de oficina es un tipo razonable” o “el día que comiences a usar el cerebro, al comienzo te vas a sentir un poco mareada, pero después te va a gustar” y decir “odio trabajar en esa oficina porque son todos unos brutos de mierda”. Es una lástima que ambas cosas, tan profundamente distintas, a menudo se confundan al momento de rechazar la crítica, que es casi un acto reflejo.
Inicialmente pensaba ir más lejos, y conectar esta discusión con la mirada que se tiene respecto al error, pero será para otro post. De todas maneras dejo puesto el punto de partida. Una de las razones por las que me gusta mucho el personaje de Dr. House (aparte de que trata a su equipo de trabajo como a mí me gustaría tratar al mío) es que su sarcasmo particularmente creativo y despiadado no le impide aceptar la burla de los demás. Es ésa la gracia del combate de argumentos e ironías, que al final siempre sale ganando el espectador. Otra razón por la que me gusta House es que, a pesar de la bien ganada reputación de genio que lo rodea, no tiene el más mínimo temor a equivocarse. Pero de eso hablaremos otro día.


lunes, 15 de octubre de 2012

El submarino del Dr. Chiappo


El mes pasado, durante una semana, el lugar donde elegí vivir dejó de ser apacible. Llegó en ruidosa visita a una casa cercana una recua de exponentes de la nueva riqueza que la minería conlleva, donde de pronto se puede comprar y tener todo, menos cultura.  Así, donde antes se escuchaban -al amanecer y al atardecer- los cantos de una docena de especies de aves distintas, durante esa semana se escuchó, el día entero -incluyendo la madrugada- el rugir de los motores de una docena de cuatrimotos y el ritmo lobotomizante del reggaetón.  Confío en que el poder de lanzar maleficios que antes me permitió mandar a un perro a ladrar al cielo de los perros (ver No soy un runner) se manifieste una vez más. Me llenaría de regocijo el encontrar en la sosa prensa local la noticia de  la caída al fondo de un abismo de una caravana de enormes y flamantes camionetas que remolcaban cuatrimotos. No les deseo la muerte. Tengo claro que los vehículos no pueden morir. Pero no estaría mal que terminaran reciclándose en un taller de chatarra. Si me llego a enterar de que la sharia estipula la pena de decapitación en una plaza pública para vecinos que incurran en ruidos molestos, me hago chiíta en ese mismo instante y empapelo de posters del Ayatollah Khomeini mi oficina.  

Refugiado en mi escritorio, mientras ocurría el asalto de las hordas de hunos a mi torre de marfil, intentaba concentrarme en las maravillas que tenía cerca: a la derecha, una magnífica vista por la ventana (un cerro poblado de cactus recortado sobre un cielo perfectamente celeste), a la izquierda, mi atesorada biblioteca; al mismo tiempo, escuchar a Bach y -de fondo- la risa de mi hijo jugando con su cachorrito. Pero fracasaba una y otra vez. No lograba abstraerme del estruendo que causaban los eunucos mentales acelerando sus cuatrimotos frente a mi casa. En ese momento me acordé del submarino del Dr. Chiappo.

El curso que dictaba el Dr. Leopoldo Chiappo a los estudiantes de Ciencias en 1988 se llamaba “Hombre y Cultura”. Era probablemente el único curso rescatable en ese primer año de estudios, y era una bendición que fuera un curso obligatorio. A pesar de que al final todos obtenían la nota máxima, y por lo tanto la evaluación era inexistente, a pesar de que en algún momento el horario del curso cambió y comenzaba a las 07:10 am (tenía que salir de noche de mi casa, a más de una hora de viaje en microbus), rara vez falté a esa clase. Leopoldo Chiappo era un personaje excepcional. Un erudito apabullante pero cálido, que se manejaba con el humor cómplice y la sencillez de un abuelito travieso. Solía recorrer la universidad leyendo mientras caminaba, casi siempre llevando en sus manos La Divina Comedia (una de sus especialidades fue estudiar la obra de Dante;a manera de broma hizo poner sobre la puerta de la minúscula oficina que le concedieron dentro de la biblioteca “Laboratorio de Dantología”). Sus clases casi nunca tenían una pauta definida. A veces leíamos la Antropología Filosófica de Cassirer, pero las más de las veces, al pasar lista, el Dr. Chiappo tomaba los nombres o apellidos de los alumnos como punto de partida para comentar acerca de la vida de un general persa, los amoríos de un compositor barroco, alguna discusión teológica medieval, la revolución cubana, el orgasmo femenino, la poesía mística, la necesidad de una educación de calidad para las masas populares (alguna vez fue funcionario del ministerio de educación e impulsó reformas), la redención de Beethoven a través de la música, la obra de Nietzsche, o lo que su memoria prodigiosa fuera añadiendo en un improvisado discurso repleto de conocimientos con sentido que siempre nos mantenía interesados. Y eso era la clase. Tampoco era raro verlo jugando ping-pong con los estudiantes (sobre todo si eran chicas). Era un sabio humanista, un hombre de una cultura infinita, un renacentista en medio de la Lima de Alan García, Sendero Luminoso y Alberto Fujimori.  Y era además un optimista a ultranza. Su discurso casi siempre era dualista: nos rodea la escoria humana pero también tenemos cerca seres humanos maravillosos, y de ellos y sus creaciones hay que aferrarnos para sobrevivir, para mirar el mundo con altura y profundidad, con delicadeza solidaria y asombro contemplativo. Cuando le robaron su auto, un viejo volkswagen escarabajo, tuvo que movilizarse en las temibles combis y él nos contaba cómo cada mañana, sentado en la ruinosa combi,  abría su libro y dejaba de escuchar los insultos del cobrador, la música a todo volumen del chofer, las quejas de los viajantes, para pasar a escuchar la voz de Virgilio conduciendo a Dante. Eso sí, en su curso tenía una regla implacable: quien llegaba tarde a la clase no podía entrar (él cerraba la puerta con llave). Si los estudiantes impuntuales le reclamaban, él replicaba sonriendo que en su clase nosotros estábamos en un submarino, dentro del cual se respiraba el aire refrescante y elevado de la literatura, el arte y la filosofía; si abría la puerta entonces nos ahogaríamos al irrumpir el océano de incultura que nos rodeaba, y él no podía ser culpable de tan bárbaro crimen. Como el submarino del Capitán Nemo, que se adentraba en las profundidades del mar, rodeado de amenazas desconocidas, el submarino del Doctor Chiappo nos llevaba durante 90 minutos a las profundidades de la cultura humana, protegiéndonos de la chatura, la estulticia y la mediocridad.

Después de ese curso lo seguí en un ciclo de conferencias sobre Beethoven (todavía conservo los casetes) y tuve la suerte de que él comentara los trabajos de los que habíamos ganado premio en un concurso de poesía de la universidad. Cuando en el tercer año hubo que tomar un curso electivo, no lo dudé: “Lectura de la Divina Comedia”. Nos la leía en el toscano original, la iba traduciendo y luego nos entregaba el marco histórico e ideológico de cada uno de los personajes y sucesos mencionados. Un lujo. Cuando hubo que hacer un trabajo, elegí escribir un breve ensayo sobre los personajes que están fuera de los círculos del infierno, los ignavi, los que por no haberse comprometido nunca con una causa sino haberse acomodado a los vientos que soplaban (digamos que los ancestros de los demócrata-cristianos), no eran merecedores siquiera de ser colocados en un círculo, y sufrían el tormento de alimañas para toda la eternidad. Eran los más despreciables de todos. Al Dr. Chiappo le encantó el ensayo, sobre todo una frase (“no habían sido capaces de ser en el hacer”), la que me recordaría varias veces en los semestre siguientes, cada vez que me topaba con él en el patio. Recordó ese trabajo también al escribir la dedicatoria a un libro suyo que encontré en mi vagabundeo por las librerías de suelo del centro de Lima (“Nietzsche: dominación y liberación”). Tengo ese libro en mis manos, con la cariñosa dedicatoria de enero de 1991.

El año 1992 tuve que dar el discurso de graduación de la carrera. Digo “tuve” porque no era algo que yo deseara con muchas ganas. La ceremonia y el protocolo siempre me han causado alergia. Tampoco lo deseaban las autoridades, que ya me conocían por los pasquines y periódicos murales que editaba. Pero tenía el primer lugar de graduación y me correspondía hacerlo. El día anterior al discurso, el decano de Ciencias intentó convencerme, dos veces infructuosamente, de que le mostrara el texto del discurso y que usara saco o corbata, como era la tradición. Subí al estrado con una camisa con la que alguna vez había jugado una pichanga, y con mi melena estilo Tarantini en Argentina 78. Ya de inicio, en lugar de la letanía de saludos que habían usado los otros estudiantes que dieron discurso (“Sr. Rector... Sr. Vice-Rector... Sr. Decano...) hice un saludo general (hay una foto en la que el Rector me está mirando con poco cariño). El caso es que el discurso no fue incendiario, para alivio del decano, pero tampoco fue el genuflexo panegírico a la universidad que los otros dos chicos (Medicina y Odontología) habían recitado vestidos como para un matrimonio. Solamente mencioné a un profesor. El discurso terminaba así: “y quiero agradecer especialmente al Dr. Leopoldo Chiappo, quien fue inquebrantable en su intento por hacer de nosotros seres humanos”. Cuando bajé la escalera, me esperaba un Leopoldo Chiappo emocionado hasta las lágrimas. Me abrazó y me dijo “hoy te has graduado tú, pero también me has graduado a mí como maestro”.

Leopoldo Chiappo Galli murió en marzo de 2010, a los 85 años. Me gustaría poder decir que fue mi maestro, pero honestamente creo que no estoy a la altura de ser su discípulo. Como profesor universitario, alguna vez, inspirado por él, incluí en un pequeño curso de Ecología Funcional que los estudiantes comentaran el último libro que habían leído. También le cierro la puerta a los impuntuales (sin aludir al submarino). Pero es poca cosa. Si dentro de 20 años sigo viviendo en un país incivilizado, como hoy, como el Dr. Chiappo cuando lo conocí, espero poder tener una fracción de su brillante capacidad para mantener el espíritu alto en medio de la barbarie. En mi primera novela (por fin estoy cerca de publicarla) hay una escena en la que se cuenta una de las historias de la Divina Comedia. Saqué esa escena de los apuntes de su curso, en un block ajado que todavía conservo. Por eso siempre pensé en mandarle un ejemplar de la novela publicada, sabía que le causaría mucha satisfacción. Lástima que no pudo ser. Para terminar, copio un texto suyo, en el que -como tantas veces- abunda en neologismos para expresar su idea: el homo legens, que ha aprendido a no morir.

Así como en el pedernal herido por el eslabón se liberan chispas que incendian la yesca preparada, así la suave fricción de la mirada sobre el texto escrito enciende la conciencia inteligente en un nuevo fuego, el fuego de la intelección. Asombroso fenómeno, en verdad, el de la lectura.
El leyente mira fijamente, en silencio, un objeto material que tiene entre las manos, el libro, una cosa entre otras cosas del espacio físico. Pero es una cosa que tiene una cualidad única. El libro está abierto, de par en par, como una ventana. Y lo es, una ventana hacia un espacio inusitado, el espacio interior.
Observemos la mirada del leyente, es una mirada enriquecida, no la que se posa en las cosas físicas próximas, chata, no, es una mirada que rebota sobre el objeto inmediato, el libro,  y se hace simultáneamente lejana e interior. Sí, el leyente  mira cerca, en ese objeto que tiene entre las manos, el libro, pero pareciera que mirara más allá, atento, en la profundidad de un abismo que se hubiese abierto, un pozo de novedades, un boquete, en medio de las cosas cotidianas que lo rodean… Y los ojos. Los ojos curiosos recorren las líneas… y en ese vaivén continuo adquieren cierta ferocidad atenta y devoradora, un estado de gramofagia voraz. Sin embargo, hay algo quedo y tranquilo en la lectura silenciosa: la fricción suave e impalpable hace del libro una nueva lámpara de Aladino y surge el genio misterioso de la fantasía presto a realizar todo lo imaginable e inimaginable. Es que se ha instalado en el mundo un nuevo nivel de animal al que el animal no llega, el homo legens. Un animal que, en cierto modo, mediante la lectura, ha aprendido a no morir, o si se quiere, a morir menos, y en todo caso a poder vivir ‘en conversación con los difuntos’.