sábado, 21 de noviembre de 2009

La marea

Más poemas de otros tiempos, entre el 92 y el 98. El poemario tiene tres partes (La marea, La isla, La frontera). Estos tres son de la primera parte.

La marea

Va y viene el mar

sin que nadie lo mire o lo recuerde,

va y viene,

y la arena lo recibe tibia y se abre generosa;

es la misma arena que los navajos convierten en iconos

para protegerse del mal

y del desamparo que se presiente

cuando en la noche falta alguien;

luego, más tranquilos, vuelven a sus teepis,

se abrigan con bisontes,

se abrazan a sí mismos

y olvidan.

Miles de kilómetros al sur,

una estrella adolescente contempla nuestra insignificancia

y todas sus preguntas ignoradas,

el color infinito que nace en tus ojos

y se pierde al amanecer,

cuando la brisa llega y nos encuentra entrelazados,

sudando desconciertos,

sujetando los segundos que anteceden al espasmo;

así nos convertimos en los sueños prohibidos de un niño

que se ahoga en la sangre de los Andes,

donde un torrente de salmones nada ciegamente,

cuidando en sus entrañas el último sueño

sin perder la sonrisa en la derrota de las rocas

o en los días en que nada pasa por mis venas,

excepto la semilla hiriente de la miseria en esta parte del mundo,

donde existimos tú y yo y otros pedazos

de los que intento prescindir cada mañana,

cuando el país me da en la cara

y es un instinto extrañar el calor de tus manos

en el ecuador de mis angustias,

entre líneas olvidadas de un párrafo brillante

de autor desconocido,

desterrado a pasar la noche allá afuera

en la garganta de ese saurio triste que devora la duda,

que aplaca su ansia con niños que descubren la verdad antes de tiempo;

todos son lejanos motivos para intuir tu presencia

acá en mi cama solitaria,

regresando de mí mismo,

imaginando tu sonrisa rota

por el frío temblor que te recorre

cada vez que te descubres humana

y por eso pides monedas en todas las esquinas,

y retratas a Dios con los dedos

en la pared de ese preso

que compone sinfonías después de las torturas

y me dice al oído que no es tarde,

mientras yo me extingo en estos días de cosecha bajo el sol

y resucito cada noche a partir de tu nombre,

sobre el mar o la arena,

en los sagrados temblores

de un dolor original.


Sin palabras

(Porque no tengo otras palabras

para decir cómo te amé)

La polilla fugitiva de la luz,

el regreso del que ya nadie recuerda,

las ramas que no crujen en el bosque,

el grito solitario de un asceta.

El niño dormido en su escondite,

el perdón que llegó tras la condena,

las veces en que he dicho lo contrario,

los parques que ya no conoceremos.

El día después del fin de la lluvia,

las manos de piedra de la lavandera,

el árbol que crece en la tumba sin nombre,

los besos que quedan cuando ya nada queda.


Despedida insomne

Sin entender.

Amanecer sin entender.

Preguntar por el eterno regreso de las aves migratorias.

Tener por toda respuesta la inútil promesa del azar

y recordar un pecho abierto inalcanzable,

contraseña de una noche perdida

en la memoria de un dios insomne.

Sí.

Telemann agoniza en un charco que se evapora

y otro zorzal se ha ceñido una corona de espinas.

Es el sol que calcina los rincones indefensos,

la razón que golpea las paredes.

Decidir abortar sin dolor esa pregunta,

derrota de la obsesión a manos de la nada.

Desterrar de la memoria todas las palabras que no dijiste

y escuchar al pastor que predice eclipses y pleamares

bajo la almohada de alguien que ya no espera.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

No ha pasado nada

Este cuento fue de las primeras cosas que escribí. Tal vez le debo la convicción de que podía seguir escribiendo, porque ganó un concurso de cuentos en la universidad en la que estudiaba y el premio fue asistir gratuitamente a un taller literario. Está bien, la competencia no fue muy dura (creo que participaron 14 ó 16 cuentos) pero al menos quedé con la certeza de que lo que escribía no era malo. Certeza que se esfumó muy rápido cuando en ese taller literario agotaron los adjetivos descalificativos para calificar las otras cosas que escribía. Tal vez algún día escriba alguna crónica sobre ese taller. Ahora se trata de este cuento, escrito en 1991. Para situarlo, es en la época de la violencia política en el Perú, cuando era muy fácil morirse y sin razón alguna, cuando los senderistas y las fuerzas armadas competían por demostrar quién podía destruir más vidas, quién asesinaba peor. Eran épocas de desesperanza. La historia se me ocurrió una mañana de invierno muy oscura, esperando bajo la garúa en un paradero de la Av. Alfonso Ugarte a que pasara el micro que me llevaba a la universidad.



No ha pasado nada

No llueve todavía. Un hombre pasa por delante de la fachada de un edificio viejo, color ciudad. No hay inquilinos en el edificio; los departamentos están habilitados como consultorios: radiografías, ecografías, dientes, piel. Todo en el mismo letrero. Barato. Sólo tiene que tener paciencia hasta que llegue su turno. La gente entra y sale del edificio y no puede saberse si los que salen lo hacen con dientes más blancos o pieles más sanas. El invierno cubre las pieles y las sonrisas.

El hombre ha cruzado la pista (aún no sucede nada), su pantalón azul hace juego con su chompa no-azul. Ahora son de color parecido. En esta ciudad los colores se parecen cada día más, como los días. Ha cruzado, digo, y está esperando que pase un microbús. No se sienta en la banca del paradero porque sospecha que puede haber llovido y no quiere mojar su único pantalón, el azul. Pero no llueve todavía.

La gente en el paradero no repara en él, la gente se limita a sujetar sus bolsos y carteras, esperar que pase el microbús y desear la felicidad. La felicidad, a esa hora, consiste en un microbús con algún asiento vacío. Generalmente la felicidad no pasa por ese paradero, pero la gente –incluido el hombre de pantalón azul– igual la espera.

Un niño que vende pastillas de menta importadas de Brasil para refrescar el aliento y aliviar el dolor de garganta mira al hombre con cara de curiosidad. Se podría creer que el niño se pregunta si aquel hombre es feliz, o si piensa en su mujer cuando besa a su mujer, o si extraña su infancia, cuando el cielo sí era azul y sus mejillas sí eran rojas. Pero lo cierto es que el niño sucio y desabrigado se pregunta si el hombre querrá comprar pastillas de menta. No, ni siquiera lo ha mirado, como el resto de la gente; tendrá que subirse a vender sus pastillas al próximo microbús que pase, tenga o no asientos vacíos. El niño no puede esperar a la felicidad.

En realidad el hombre sí miró al niño, pero sólo por un instante, el lapso aconsejable para evitar cualquier pensamiento que lleve a tomar alguna decisión importante. Puede ser peligroso. Muchos de los que tomaron decisiones después de mirar a niños sucios y desabrigados en esta ciudad ya no están. Y nadie sabe dónde están.

La mañana está muy oscura, pareciera que pronto va a anochecer, pero no es así. En realidad amaneció hace apenas unas horas, y la oscuridad perpetua todavía tardará en llegar. Tal vez para aclarar confusiones, el locutor de la radio dice la hora a cada momento. Por eso el hombre de pantalón azul sabe que ha subido al microbús a las siete y cuarentidós. El cobrador, con medio cuerpo afuera, no dice nada, sólo da dos golpes seguidos a la lata del microbús. El chofer embraga, mete primera y hace rugir la máquina. Apenas iniciado el movimiento tuerce su cuerpo para cambiar de estación en la radio, porque en esa emisora no hacen más que decir la hora y él quiere escuchar boleros. Es una decisión simple: todos los boleros le gustan.

El hombre encuentra un pedazo de tubo libre del cual sujetarse, mete la mano libre en el bolsillo donde guarda la billetera, y, ya instalado, se dedica a mirar por la ventana. No pasa nada, todavía. Afuera, en una mañana oscura (esto ya se dijo), la vida se arrastra con dificultad. Incluso los gritos, bocinazos, insultos y empujones están impregnados de esa monotonía gris que todo lo cubre, que llega con la niebla pero se queda cuando ésta se disipa. Las señoras cargando pesadas bolsas, los policías aturdiendo con sus silbatazos, y los mendigos resucitando en cada luz roja del semáforo, son de alguna manera la misma persona, todos protagonistas de escenas repetidas que nadie observa. Un periodista mediocre, ahogado en un mar de lugares comunes, los describiría como simples engranajes de una gran máquina. Error: no hay máquina ni voluntad superior, es sólo desorden.

El hombre renuncia a mirar por la ventana. Ahora observa el interior del microbús. Recién se da cuenta de que alguien detalla a viva voz las bondades de un corta-uñas japonés de acero inoxidable. Un anciano enfundado en una bufanda de lana intenta inútilmente cerrarse el saco raído sin botones y, ajeno a la oferta especial, apoya su cabeza en el vidrio y musita un huayno. El hombre de pantalón azul siente que algo se le calienta adentro del pecho al escuchar ese huayno, pero ese calor dura muy poco. Se transforma bruscamente en una corriente helada cuando el anciano llega a la parte en la que el huayno es indistinguible de un llanto desolado. El hombre no puede evitar recordar. Atrás del anciano está sentada una mujer que parece estar dormida pero no lo está. Viste de negro, y no es posible saber si esa vejez es hija de los años o de la repetición de la desesperanza y el dolor. El hombre continúa mirando a la mujer y nota que entre las arrugas de su mano asoma algo así como un ramo de flores marchitas y una fotografía ajada, en blanco y negro, con el rostro de una persona joven. El hombre reconoce la fotografía y cree estar viviendo un mal sueño, un perverso juego de coincidencias, pero un brusco frenazo del microbús le confirma que todo es real, que la mujer y el anciano no son espectros venidos a acosarlo. El hombre desvía la mirada, pero no lo hace como un intento de evasión sino como un gesto de resignación ante lo inevitable.

El hombre baja del microbús. Está en otro paradero, rodeado de otra gente. Parece que no ha pasado nada. Por lo general la gente no se mira, pero ésta vez repara en el extraño sujeto de chompa no-azul. Y es que al parecer el hombre está sonriendo, algo poco común en un paradero de esta ciudad. Nadie sabe por qué sonríe. El hombre sonríe, con la mirada fija en el suelo, por dos motivos: primero, porque está lloviendo y nadie lo ha notado, él es el único que se está mojando; segundo, porque ahora sabe que nunca más estará esperando en un paradero. Nunca volverá a esperar nada, ni un microbús, ni la felicidad. Hay cosas más importantes que la felicidad. La libertad, por ejemplo. Pero esos conceptos son quizás demasiado abstractos. Tal vez la liberación sea algo más concreto, y hasta accesible. Y aunque el hombre ahora no está pensando precisamente en esto, puede que, antes de que termine de oscurecer, lo haga.

La gente llegará a su casa y probablemente habrá olvidado ya aquella sonrisa fuera de lugar. Por ello es que se dirá "nada" si acaso durante la cena, mientras algún familiar unta el pan con mantequilla o mira la telenovela, alguien pregunta si pasó algo ese día. Fue, apenas, otro día sin lluvia en una ciudad donde no llueve nunca. Sin embargo, a esa misma hora o quizás algo más tarde, el hombre de pantalón azul, encerrado en el baño de un cuartel, ya se habrá colocado la pistola dentro de la boca.

La tarde está muy oscura. Alguien ha tomado una decisión. No ha pasado nada.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Cara de pepino

Según la psicología, uno de los hitos del desarrollo infantil se alcanza cuando los niños se dan cuenta de que existen otros puntos de vista aparte del de ellos mismos (uno por cada habitante del planeta). Creo que nunca terminamos de entender esto. Por ejemplo, cuando vemos a un sujeto X (llamémoslo imbécil, por razones que serán inmediatamente claras) estacionarse en los sitios reservados para minusválidos, no respetar la cola en el banco, o fumar en un lugar público, podemos pensar que el imbécil de marras padece alguna enfermedad degenerativa del sistema nervioso central que le impide comprender el idioma, o presenta una extraña mutación genética que hace que el tubo rectal deposite su contenido dentro de la cavidad craneana. Pero no. Si se le pregunta de manera amistosa las razones para ejercer su imbecilidad de manera tan poco discreta, escucharemos un discurso lleno de causas, razones y, finalmente, justificaciones. Nadie reconoce rápida y escuetamente “soy un imbécil”, todos tienen su razón para actuar de esa manera que –desde su particular perspectiva- el resto de la humanidad, equivocada al unísono, tilda abusivamente de imbécil. Cada persona, incluso los afortunados residentes de establecimientos con unas confortables paredes acolchadas y mucho tiempo libre, tiene un mundo interno donde la coherencia se define desde allí mismo y sin mirar hacia fuera.

La primera experiencia que recuerdo en la que me vi confrontado con el misterio de un mundo paralelo desarrollándose al interior de la cabeza del prójimo, fue en primer grado, yo tenía seis años, era un colegio mixto y religioso. Había un grupo relativamente grande de niños con los que compartía el gusto por el fútbol, las persecuciones, los empujones, los gritos, y los mitos: “hay una niña en tercer grado que tiene pene”, “el papá de Eduardo Álvarez es Blue Demon, yo vi cuando se quitaba la máscara”, “dicen que un niño que tuvo mucho hipo se volvió loco y ahora está escondido en el convento de las sisters”. Fuera de ese grupo, pero también en primer grado, había un niño cuya cara no me gustaba. Eso es un eufemismo. Me corrijo: ese niño me irritaba profundamente por el solo hecho de existir. En realidad, por existir con esa cara. Es que tenía cara de pepino. Si me hubieran interrogado acerca del tema tal vez hubiera explicado que, para ser más precisos, se parecía a un pepino con cara que aparecía en un libro de lectura para niños que había en mi casa. Y no es que yo odiara a los pepinos (con o sin cara) antes de conocer a ese niño. Era que su cara de pepino me parecía demasiado chocante, una afrenta estética inaceptable. ¿Por qué no tenía una cara de niño como todos los demás? Y encima tenía que verlo todos los recreos. Peor, tenía que verlo cuando el correteo de los recreos lo hacía verse más cara de pepino que nunca, debido al sudor y la cara sonrojada (tengo claro que los pepinos no son rojos, pero el del libro era verde y rojo, porque tenía mejillas, ¿OK?). Pasaban las semanas y yo iba acumulando rabia contra ese niño que se obstinaba en no cambiar de cara. No se lo comentaba a nadie. Tal vez me hubiera calmado un poco si hubiera socializado mi obsesión con los otros niños (“¿Han visto a ese que tiene cara de pepino?”), pero no lo hice. Guardé dentro de mí esa intranquilidad que no hacía sino crecer y que amenazaba ir arruinando gradualmente mi disfrute del recreo. Hasta que un día no pude más. Lo recuerdo nítidamente. No hubo premeditación, simplemente ocurrió. Yo corría por el patio y me lo topé corriendo en dirección contraria. Nunca le había hablado, y nunca lo haría después de ese día, pero eso no importaba nada, la necesidad de desfogarme era superior a cualquier otra fuerza humana o de la naturaleza. Y lo hice. Cuando estuvo frente a mí le grité con todas mis fuerzas: “!!!Cara de pepino!!!”. Lo grité con rabia, con una furia telúrica que debía horadar su conciencia, como culpándolo de haber tenido que obligarme a hacerlo, como arrojándole en la cara su execrable delito hasta ese momento impune. Un instante después, cuando ya sentía venir una paz infinita, definitiva, por haber dejado salir al demonio de esa obsesión y haber puesto las cosas en su lugar, escuché cómo el niño me gritaba, con similar pasión, “!!!Cara de manzana!!!”. Quedé congelado y sin saber qué hacer. Ni siquiera lo miré. La campana sonó y tuve que irme a mi clase, con una extraña mezcla de alivio e incomodidad, pero sobre todo con una profunda duda. Me preguntaba si ésa había sido un réplica automática, pudiendo haber sido yo un cara de cualquier otra cosa, y que entonces la cara de manzana fue sugerida por el elemento frutal contenido en mi apóstrofe, o si acaso -ése era mi temor- cara de pepino también me había estado odiando todo ese tiempo por, según su manera de ver el mundo, mi insoportable cara de manzana. Por supuesto que al llegar a mi casa me miré en el espejo y confirmé mi sospecha: yo no tenía cara de manzana. Pero mi certeza no servía de nada. Era la de él la que importaba. Eso me perturbó profundamente. Y nunca lo pude saber. No se lo pregunté (no estaban las relaciones como para eso) y al año siguiente él ya no asistió al colegio. Así que si algún día lees estas líneas, cara de pepino, por favor déjame un comentario que pueda aclarar ese misterio que por 33 años me ha acompañado. Sabré entender si aparece algo de resentimiento en tus líneas. Ah, y por favor mándame una foto reciente, sólo por curiosidad.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Promesas y traiciones

Ha pasado mucho tiempo desde el último post. Ha sido un tiempo de reflexión, sobre si seguir o no con el blog, encontrarle un sentido. Tal vez mis dos o tres lectores ocasionales, esos que llegaron buscando otra cosa, ya creen que este es otro blog abandonado. No es así. Vuelvo, como un político de gira por provincias, para prometer sin escrúpulos. Por ejemplo, habrá dos post por semana. Un miércoles y un sábado. Nada más y nada menos. Es que se necesita un poco de orden en todo. Hasta en una orgía hay que tener cierto esquema general del desarrollo de los íntimos acontecimientos. Hasta los anarkos u okupas tienen que hacer turnos para usar el baño.
Hoy es miércoles. Y como el que viene saliendo de un tratamiento contra la eyaculación precoz, haremos el intento.
Una de las ramas por las que me fui al meditar sobre esto del blog tiene que ver con la fidelidad a uno mismo. Es difícil determinar cuándo somos fieles y cuándo nos traicionamos. Por ejemplo, si un día cualquiera, tras larga reflexión e introspección por los meandros de mí mismo, como un Marlow por el río Congo, estoy convencido de un propósito (escribir un blog que nadie lee cada miércoles y cada sábado) y llegado el día (ya no tan cualquiera, es miércoles o sábado, esto es evidentemente un comercial), tras lúcidos análisis llego a la conclusión de que en el fondo no quiero hacerlo, que no es auténtico forzar esa disciplina de la creación (con perdón de los creadores), ¿estoy siendo fiel a mí mismo o me estoy traicionando? ¿Quién es más yo, el de hoy o el de hace unos días? No es un asunto de flojera simplemente (no es el caso de mañana comienzo a salir a correr y mañana no llega nunca). Creo que la respuesta es sí y es no. Y no estoy evadiendo. Ya lo dijo con mucho desparpajo antes Walt Whitman (Song of Myself):
“Do I contradict myself?
Very well then I contradict myself,
(I am large, I contain multitudes.)”
Esto de alguna manera se complementa con lo que nos dejó como arenga en voz baja Henry Miller (Sexus), otro epicúreo genial:
"Every day we slaughter our finest impulses. That is why we get a heartache when we read those lines written by the hand of a master and recognize them as our own, as the tender shoots which we stifled because we lacked the faith to believe in our own powers, our own criterion of truth and beauty. Every man, when he gets quiet, when he becomes desperately honest with himself, is capable of uttering profound truths. We all derive from the same source. There is no mystery about the origin of things. We are all part of creation, all kings, all poets, all musicians; we have only to open up, only to discover what is already there."
Escribí esto escuchando el concierto de Vivaldi para dos mandolinas. Y en la mañana me fui a trabajar escuchando El Asesino de la ilusión de Leusemia. No creo que sea una contradicción que Antonio Vivaldi y Daniel F hagan que se me apriete el corazón el mismo día.


sábado, 3 de octubre de 2009

Casi sin querer

Volví con todas las ganas de escribir, con entusiastas propósitos de postear más seguido, y tres o cuatro cosas que contar. Había que elegir entre el pasquín del colegio, la filosofía de la vida es una mierda y es bella al mismo tiempo (esquivando paradojas retóricas, eso sí), las cotidianas traiciones a uno mismo, y el revés del silencio, pero casi sin querer terminé releyendo a Vallejo:
“Porque en todas las tardes de esta vida,
yo no sé con qué puertas dan a un rostro,
y algo ajeno se toma el alma mía.“
Entonces no hubo lugar para otra cosa que la poesía. Hurgué en mi archivo (hace 10 años que no escribo poesía) y decidí tomar casi al azar tres poemas. Las otras palabras tendrán que esperar.

Otro
Es otro el que se alumbra en esa vela en el desván.
Es otro el que refleja su sombra en aguas turbias,
y sonríe.
Es otro el que encadena las palabras
y las dice
con la pasión de un vendedor de sueños
o la resignación de un ciego frente al mar.
Es otro,
y sin embargo
no encuentro mi pedazo de verdad,
no encuentro una razón para negarlo.
Sólo me queda esta inútil venganza,
este lento regreso a otro pueblo
donde alguien confunda mi nombre.

Frente al espejo
Escucho una risa que parece nacer en mi garganta
y recuerdo entonces al viejo Anselmo
en días nublados,
hablándome de la magia triste,
de los milagros sin testigos.
Caen hojas de árboles que no veo
y se escuchan otra vez el llanto y la risa
de las golondrinas que decidieron no volver.
A pesar de las horas en blanco,
las cortinas cerradas
y el misterio de la risa,
todo comienza a parecerse a las palabras.

Desierto
Si pudiera hablar
te diría que esta no es la tierra prometida.
Si pudieras escuchar
caerías de rodillas en la arena.
Y ya nada podría separarnos.



lunes, 21 de septiembre de 2009

Sinatra, el interior y la ninfa

(este es un cuento que escribí el 2001. Es uno de los 15 que componen "No ha pasado nada", un libro de cuentos inédito)

No sabes el gusto que me da verte después de tantos años, Tomás. Salud por el reencuentro, compadre. Vaya coincidencia: dos ex-alumnos del Colegio Miguel de Cervantes se encuentran en un aeropuerto después de, a ver… sí, después de 15 años, y precisamente en España. Claro que las circunstancias son muy diferentes. Sí, hombre, no me dirás que se puede comparar mi cortísimo viaje a Napoles para sobornar a quién se ponga delante hasta conseguir el certificado de ciudadanía de mi difunta nona, con tu viaje a la tierra de los vikingos para unirte en pagano matrimonio a la usanza escandinava con una doncella sueca, nada menos. Caray, quién lo habría dicho en aquellos tiempos del colegio. Porque para serte franco, y no es porque el jerez se me haya subido a la cabeza, tú eras... cómo decirlo, más bien del grupo de los lornas. Hace años que no usaba esa palabra: lorna. Creo que ahora se dice nerd. Cómo nos han globalizado hasta los insultos. Bueno, no importa. Me alegra que no lo hayas tomado a mal. Pero es la verdad, hermano. Nunca me voy a olvidar de ese día en que, después de una clase de historia del zambo Loayza en la que una vez más nos había contado el cuento de las frases célebres de los héroes, porque no me vas a decir que alguien en su sano juicio puede tragarse que el glorioso Alfonso Ugarte antes de tirarse por el acantilado con la bandera peruana para evitar que fuera mancillada por el enemigo, y en medio del zafarrancho de disparos, cañonazos y gritos, se detuvo un instante para decir, mirando hacia la posteridad: “No tocaréis ni la cola de mi caballo”. No jodas pues hermano, ni de a vainas. Además, en el muy improbable caso que aquel soldado con dotes histriónicas efectivamente hubiera tenido semejante delirio tragicómico, ¿Me puedes decir quién carajo tuvo la fina gentileza de detenerse a escucharlo y anotar su frase para el bronce? Bueno, recuerdo que después que el zambo Loayza terminara de endilgarnos su patriotera lección, tú te paraste de pronto y le dijiste: “Qué emocionante es la historia del Perú, profesor”. Te juro que yo no fui el que te tiró el Pequeño Larousse por la cabeza. Honestamente me pareció un exceso; yo siempre he cuidado mucho los libros. Lo que yo te tiré fue un borrador, pero fallé. Siempre he tenido mala puntería. Pero ya ves, pasaron los años y el aspirante a monaguillo abusado por fraile de provincia (no te molestes, esa chapa te la puso el Gato Bernaola, que en paz descanse) se convirtió en un brillante... ¿ingeniero civil me dijiste? Ah, claro, en un brillante representante de ventas de Ericsson. Ojo que Ericsson es una de las transnacionales más grandes de este puto planeta. Y ahora te vas a casar con una sueca, nada menos. No sabes las ganas que tengo de conocerla. Sí, ya sé, las mujeres una vez que entran al Duty Free ya no las sacan ni con grúa. Pero tarde o temprano tiene que aburrirse, y entonces me la presentas. Además, si dices que la acompaña tu hermano no creo que se demore mucho: los hombres no nacimos para vitrinear. Espero no estar muy borracho para la ocasión. Como aquella vez de la fiesta del colegio en el Club Naval. ¿Te acuerdas? Cómo no te vas a acordar, si al final nos botaron a patadas por culpa de Mandibulín. ¿No te acuerdas de Mandibulín? No te creo. Haz memoria. Acuérdate que él se acercó a tu enamorada... Ah, era tu prima, bueno, da igual. Te decía (¿en serio no te acuerdas?) que el degenerado de Mandibulín se acercó a tu pareja y le preguntó si podía sacarse la prótesis dental en caso de sexo oral de emergencia. La que se armó, hermano. Porque parece que el Chino Lam escuchó todo y se le tiró encima a Mandibulín (tú sabes que el Chino nunca le perdonó a Mandibulín que desflorara a Sandrita Aguirre justo en la víspera de su regreso del viaje de intercambio) y allí saltó toda la patota de Punta Hermosa y se armó el despelote, o se armó la de San Quintín, como decía mi abuelito. Hasta los músicos contratados se metieron a repartir patadas voladoras y cabezazos en la cara, seguro que en solidaridad contigo porque tu terno de lentejuelas era igualito al del vocalista. Fue entre otras cosas por la pinta que traías esa noche que te hiciste acreedor al otro apodo, que nunca es tardetengo que reconocer que lleva mi firma. ¡No, no me digas que todavía no sabes por qué a partir de esa noche pasaste a ser Sinatra para todo el colegio! No, no es por la voz, yo no tengo la menor idea de si cantas bien, regular, mal, o como Julio Iglesias. No, tampoco es por los ojos azules; de hecho no me acordaba que tenías ojos claros. Mira, tú sabrás perdonar la chiquillada, es una cojudez muy infantil: en realidad Sinatra era por Sin-atractivo-alguno. Pero no te vas a molestar por eso, que ya está enterrado en el pasado. Así que Suecia, nada menos. Mira tú: otra coincidencia. Yo estuve en Suecia en el 94, fui –igual que ahora- pagado por mi hermano Julio a comprarle unos catálogos industriales que no se vendían por correo. ¿Te acuerdas de Julio? Bueno, no tienes por qué acordarte de él, aunque -no me vas a creer- el año pasado Julio me preguntó que qué sería de la vida de Sinatra. Y yo ni idea, pero fíjate lo que son las cosas, nos venimos a encontrar aquí, justo aquí. Te decía que estuve en Suecia, menos de una semana, pero fue suficiente para tener una de las experiencias más extrañas que me ha tocado vivir, una situación tan bizarra que parecía sacada de un libreto de Buñuel. Te la voy a contar con todo detalle, porque no vale la pena contarla por encima, además ni tu doncella sueca ni tu hermano aparecen todavía. Pero antes déjame pedir otra copita de jerez, compadre.
Como siempre ahorrando gastos (seguro que es así como llegó a amasar la fortuna que tiene, el desgraciado), Julio, en lugar de pagarme un hotel decente, me mandó a la casa de unos amigos de su ex, que vivían en Estocolmo. Una pareja mixta: él era sueco y ella uruguaya. Claro, lo primero que se le pasa a uno por la cabeza con esa información telegráfica es ¿Cómo estará la uruguaya? Mira, hermano, era psicóloga pero con ese físico podía hacer carrera como guardaespaldas de Arafat. Noventa kilos al menos, casi uno ochenta de estatura, brazos de estibador. Y el sueco no era precisamente el prototipo del vikingo. Uno sesenta y cinco, con suerte, y una cara de gnomo sátiro que hasta a mí me llegaba a dar miedo cuando se acercaba a mi sofá-cama a decir buenas noches. Eran muy amables, excelentes personas, no lo puedo negar, pero su sentido del humor era algo que yo no podía captar sin un par de psicotrópicos adentro. Todos los santos días Sven, que así se llamaba el gnomo, le pedía a Silvana -la sílfide- que hiciera la imitación de Göran Persson para mí. Y ella comenzaba a balbucear en sueco mientras se metía las manos en los bolsillos y se bamboleaba toscamente como un oso mareado. Todos reíamos. Ellos dos seguro se reían de Göran Persson, yo me reía de lo patético de la situación, de las nulas artes dramáticas de la osa, y de mi mala suerte. Porque si suficiente frustración era llegar a Suecia, con tanta historia de porno duro y liberalidad sexual femenina guardada en la memoria, y no poder escaparme por las noches a corroborar el mito, ya me parecía demasiado que la uruguaya no sólo no fuera un premio consuelo latino (como ahora hay Grammy latino para los cubanos de Miami) sino que además tuviera que padecer después de cada cena a la cómica hilarante y su entusiasta empresario. Ah, hasta ahora no sé quién es Göran Persson. Ya te lo dije, yo siempre he tenido mala puntería. No, no exagero. Porque lo peor vendría después. Resulta que el padre de Sven, el ilustre Stig Pettersson, cumplía 80 años en ese bendito fin de semana. Y adivina a quién designaron como invitado extranjero de honor. Llegamos temprano, antes que el resto de la familia, y a mi pareja de jóvenes anfitriones no se le ocurrió mejor idea que tener una pelea feroz en la cocina, porque Silvana me había traducido el menú para la cena y había dicho arenque podrido y Sven corrigió “fermentado”, como si fuera gran diferencia, y ella insistió podrido, y él comenzó a subir la voz y pasar del castellano al sueco, lo que interpreté sagazmente como una sutil invitación a salir de la cocina. No sé quién tenía razón, pero el olor a podrido del pescado llegaba hasta la casa de enfrente. Ni bien salí de la cocina me recibió muy amable y sonriente Don Stig, quien a pesar de su sordera parcial había manifestado desde el comienzo un interés particular en conversar conmigo. Modestia aparte, tantos años de hacer trabajos para mi hermano en lugares tan diferentes y con gente tan rara me han otorgado cierta cultura general que me permite defenderme en eventos sociales. Mi inglés no era malo, así que algo podíamos entendernos, aunque él a veces pasaba de pronto al sueco o al francés, con lo que me dejaba más perdido que Adán en el día de la madre. Pero en esos casos yo apelaba a lo mismo que hacen los diputados cuando no entienden lo que dijo el embajador yanqui en la recepción: reír si al terminar la frase el tipo se ríe, y asentir con la cabeza si es que este no se ríe. No falla. Hay muchos que han llegado hasta la ONU aplicando esa estrategia. Bueno, estábamos en que el viejo me agarró conversación. Yo, para devolver la gentileza, le pregunté cuál había sido su profesión. “Dediqué casi toda mi vida a la historia del interior” -me dijo. Tú tal vez creerás, como creí yo entonces, que el viejo era historiador especializado en las provincias. Pero no. Por eso fue que me miró con sorpresa cuando le pregunté si se había especializado en las provincias polares, donde vivían los lapones, quienes según el mito tenían costumbres antropófagas en épocas de hambruna. Al escuchar su horrorizada negativa pensé rápido y deduje que el simpático anciano se había dedicado a estudiar el interior del alma o de la mente, o sea que era psicólogo. Tampoco. Por eso se puso tan serio cuando le pregunté su opinión sobre la fase anal del desarrollo infantil según Freud. Resulta que el patriarca de los Pettersson era arquitecto; el interior era el interior arquitectónico. Y durante los siguientes treinta y cinco minutos fui sometido a un curso intensivo de arquitectura, que –para comenzar- me fue definida como “la organización artística de la realidad práctica”, recorriendo apasionantes senderos del conocimiento universal pasando por los orígenes de lo tectónico, el neoclasicismo basado en lo estereotómico, y la función del dintel y las pilastras en la tensión entre monumentalidad y gigantismo. Sin soslayar, por supuesto, los aportes verdaderamente revolucionarios de Le Corbusier, Maillart y los hermanos Perret. Confieso que no me aburrí. Prefería mil veces las lecciones de arquitectura de Don Stig a padecer una vez más la imitación de Göran Persson. De hecho no fue esto lo más bizarro de aquella velada. Porque finalmente hubo armisticio entre Sven y Silvana, llegó el resto de la familia –qué familia– nos sentamos todos a la mesa, y comimos y bebimos en abundancia. Para no aburrirte, y por respeto al buen Sven y su digno padre, no entraré en detalles escabrosos sobre el primo Niklas. Sólo diré que tenía cuarenta años, era estrábico, cojeaba, balbuceaba como si tuviera la lengua pegada al paladar, y babeaba. Hasta allí, al menos, un cuadro de esclerosis múltiple, se diría; y que el pobre primo andaba por la vida más solo que un leproso. Error. El buen primo Niklas –que recibía una pensión vitalicia del estado sueco– tomaba la cerveza como si fuera agua, tenía una colección de veinte años de Penthouse en su habitación, y –según supe después– tenía una enamorada que no estaba nada mal, a la que llevaba en su Harley-Davidson. Y no diré nada más del primo Niklas. Excepto que vino con su hermana menor. La muchacha tenía los ojos color cielo, el pelo rubio lacio cayéndole sobre los hombros, una sonrisa angelical, los pechos turgentes... era una preciosura; pero no debía tener más de diecisiete años, así que segundos después de registrar la generosidad de la naturaleza para con sus volúmenes la deseché como objeto de deseo. El problema es que ella no pensaba lo mismo. Tú dirás que estoy fanfarroneando, compadre, que ya estoy borracho, pues no. No sé si sería por mi look de latino con experiencia o por una apuesta adolescente en su colegio (vaya uno a saber), pero el caso es que la pequeña musa escandinava no me sacó los ojos de encima durante la cena. Cada vez que mis ojos se encontraban con los de ella su sonrisa angelical se transformaba en una invitación a la lujuria cuando se mordía el labio inferior y acto seguido cerraba los ojos. Esas escenas destilaban humedad. Al comienzo me ponía nervioso que se fueran a dar cuenta los demás comensales. Afortunadamente, los Pettersson en pleno estaban demasiado entretenidos con otra pantomima exagerada de Silvana como para notar la lascivia que se derramaba de los labios de la muchacha. El vino blanco (muy bueno) también ayudó a que me relajara un poco. Pero este mismo relajo hizo que no calculara que no era una buena idea pararme para ir al baño, abandonando la mesa familiar y entonces quedando inerme frente a una hipotética acometida de la dulce Karolina, que así se llamaba. Pues lo hipotético no duró mucho, y mi adulta resistencia moral tampoco. Se coló antes que cerrara la puerta del baño y allí mismo comenzó a desvestirse y desvestirme para consumar en menos de cinco minutos el primero de una serie de actos carnales que por pudor no te voy a referir en detalles. Bueno, esa jovencita (en realidad tenía dieciocho años recién cumplidos) no parecía contentarse con nada, y aparentemente había leído todos los manuales sexuales disponibles en el muy bien surtido mercado nórdico. En ese primer round me dejó absolutamente exhausto y con la espalda marcada con sus uñas. Pero no fue el único episodio, ya te dije que esa ninfa era insaciable, y yo no quería dejar mal parada la reputación de los latin lovers, aunque no fuera uno de ellos. Conforme avanzaba la noche y el alcohol o el sueño se apoderaban de los Pettersson, menos cuidado había que poner en las escapadas al baño (o al closet del cuarto de huéspedes, cuando el baño estaba ocupado). Fueron cinco rounds los que compusieron aquella noche salvaje, desatada, repleta de tentación y pecado –como diría una crónica rosa. Recorrí cien veces con los labios cada uno de los lunares de su cuerpo (tenía dos lunares justo al sur de su ombligo, esos dos eran la antesala de la locura). Agoté todo mi repertorio y aprendí muchas cosas nuevas de mi pequeña partenaire, que usaba la lengua con una maestría verdaderamente diabólica. Y aunque el dolor en ese lugar que tú bien imaginas me duró varios días, no me arrepentí. Fue una experiencia alucinante, muy intensa, que dudo que alguna vez se repita, y que me dejó marcado para siempre. Porque desde entonces mi vida sexual es mucho más rica y variada. Todo gracias a Karolina, a quien recuerdo con mucho cariño y de quien no supe nunca más nada porque temí que Sven deslizara algún comentario acusador si le preguntaba por ella en los pocos mensajes que intercambiamos después de mi viaje. Sólo estoy seguro que esa hermosa ninfa ha de haber hecho feliz a varios hombres en todo este tiempo, y que si se llega a casar va a obligar al afortunado consorte a dedicar buena parte de su tiempo al acondicionamiento físico. Larga vida a las mujeres capaces de refundar un cuerpo.
Mi estimado Tomás, creo que ya estuvo bueno de nostalgias escolares y relatos picarescos; además se me está haciendo tarde para ir a la sala de embarque. Por lo demás, hace rato que te noto muy serio, así que mejor es que nos despidamos de una vez. O te aburrió mi cháchara o al parecer todavía te afecta recordar los cariñosos maltratos que sufriste en la época del colegio, mi querido Sinatra. Pero no te tomes las cosas tan a pecho, ha sido una tremenda alegría el encontrarte aquí, de verdad. Lástima que no me hayas podido presentar a tu futura esposa, que parece se entretuvo demasiado en el Duty Free con tu hermano o decidió darse una manita de gato en el baño. Tú sabes, las mujeres son muy pretenciosas. Bueno, será para otra vez. Le dejas mis saludos y felicitaciones a ... ¿Cómo se llama? Hombre, no me mires así, sólo te pregunté cómo se llamaba tu novia. Está bien, si no me lo quieres decir no me lo digas, es cosa tuya, pero no te pongas así, si parece que me quisieras golpear. Mira, mejor me voy, creo que no valió la pena que me entusiasmara en contarte tanta cosa para que al final te pongas tan agresivo. ¿Y ahora te vas a poner a llorar? No, compadre, a ti algo te está fallando en la cabeza. Por Dios, estás igualito que aquella vez en la fiesta del colegio. Ya: me voy. Entre tantas personas que circulan por este aeropuerto, justo tenía que encontrarme contigo. En fin, ya digo que yo siempre he tenido mala puntería.


viernes, 18 de septiembre de 2009

El loco-micro

Leo en Sophimania que Buzz Lightyear por fin pudo viajar al espacio, tapándole la boca a todos los juguetes de poca fe que dudaron de él en su momento. Esta transformación de juguete en astronauta, cumpliendo un sueño de toda la vida, convirtiendo la simulación en realidad, me hace acordar al genial monólogo de La Agrado en Todo sobre mi madre, que cierra con la frase “porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma". Y también trae a mi memoria al loco-micro, a quien alguna vez recordé en una breve crónica en La Hoja Latinoamericana, que aquí incluyo ampliada.
La avenida Tacna (la misma que cruzara Zavalita momentos antes de preguntarse en qué momento se jodió el Perú, en Conversación en La Catedral) es un rosario de micros, uno tras otro tras otro tras otro. Todos casi detenidos pero todavía en movimiento. El ruido de bocinas, insultos y pregones se escucha como una sinfónica de ciegos. El centro de Lima parece tener más habitantes que metros cuadrados habitables. Escucho pero no veo a alguien que, después de pedir disculpas por interrumpir “tu lindo y hermosos viaje”, recita con voz impostada los pormenores de su desgracia y a continuación pide que pongamos una mano en el corazón y otra en el bolsillo. No puedo. Una mano me sujeta del tubo que evita que caiga al suelo empujado por la masa y la otra cuida que un samaritano despistado haga caso al doliente y meta la mano en mi bolsillo. Paciencia, falta mucho todavía para llegar a la universidad. Al menos me queda la ventana para distraer la vista y olvidar por un momento que alguien me pisa. Y allí está. Lo veo claramente. Es un loco (manera convencional de referirnos a aquellas personas que viven en la calle, no se asean, y tienen la mirada perdida en un punto inubicable) trotando sobre la avenida. Se le ve muy serio. Quizás se concentra para mantener ese paso notablemente rítmico, ese balanceo casi automotriz. Es que el loco no va por la vereda; ya se dijo que va por la avenida, como un micro cualquiera. Un loco-micro, diría un imaginativo lector.
Un par de meses después se repite la letanía de micros en la avenida Tacna camino a la universidad. Esta vez el dios de las probabilidades me premió con un asiento con ventana, desde donde observo el paisaje del caos habitual en la pista y, sobre la vereda, una escena que parece haber sido sacada de La doble vida de Verónica: una anciana totalmente encorvada que avanza apoyándose sobre un banquito de madera que desplaza 15 cm cada vez. Y allí está otra vez. Poca ropa para este otoño tan húmedo, pelo algo corto para el prototipo de loco callejero, mirada fija y paso rítmico trotador por la avenida. Repetición de escena, se diría. Pero no. Esta vez el loco lleva un timón en las manos. Sí, un timón grande, de carro antiguo o quizás de micro. Corre (o conduce) por la izquierda, le tocan bocina –tal vez para saludarlo- y no se inmuta. Va lento pero decidido, y logra avanzar más rápido que los carros y micros que tapizan la avenida. Ya no hay que ser tan imaginativo para reconocer al loco-micro.
Semanas después, cuando ya la historia tiene más que suficiente para ser contada, otra vez. El loco-micro va manejando (manejándose) por la avenida Tacna, con su trote ahora habitual, con su timón en las manos… y con un letrero de plástico adhesivo (de esos letreros que los micros-micros pegan en la ventana para indicar su recorrido) colgado del cuello. En letras negras sobre fondo amarillo dice “Alcázar”, como en la línea 13 y la 73. Ahora sabemos el recorrido del loco-micro. Llega hasta el Rímac.
García Márquez dijo alguna vez que en esta parte del mundo la realidad supera a la ficción, y que su Macondo tiene menos de hipérbole que de crónica. Tal vez el colombiano exagere. Pero yo puedo afirmar que en el año 1991 vi en Lima a un loco convertirse en micro. Y no lo volví a ver más. Tal vez lo atropellaron. Tal vez cayó preso por atropellar a un peatón.



jueves, 17 de septiembre de 2009

Ese de negro...

¿Qué convierte a una persona común, sin muchos brillos ni sombras, medianamente decente, con ilusiones y frustraciones como todo el mundo, en un árbitro de fútbol? Algo se torció en el camino, porque ningún niño dice “yo de grande quiero ser árbitro”. Mucho menos quieren las madres que sus hijos sean árbitros, porque es más fácil aceptar ser recordadas solamente el segundo domingo de mayo que ser mentadas a gritos cada fin de semana. Pero allí están, negros e indeseados como los cuervos en el maizal, dispuestos a ser insultados como nadie, corriendo el riesgo de ser linchados por la turba en un acto de justicia divina, todo a cambio de 90 minutos de poder. Antes de relatar la anécdota que motiva este post, y a propósito del tema, copio abajo un pedazo de un texto que escribí y leí cuando tenía un programa de radio en Uppsala, Suecia, para la comunidad de latinos, durante mi estancia doctoral. El programa se llamaba “Algo más que fútbol”.
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Aunque el fútbol cuenta con diversos ancestros, pudiendo trazarse sus orígenes en China, Grecia, la Amazonía o México, es en Inglaterra donde el fútbol moderno nace oficialmente en 1863. Tendría que pasar una década hasta que la figura del árbitro apareciera. Se quería así evitar las verdaderas masacres que ocurrían dentro del área para evitar el gol. Los espectáculos de huesos rotos y heridos sangrantes hacían rememorar las competencias de fútbol primitivo, que duraban días, se jugaban en campos sin límites, y muchas veces terminaban con más muertos que goles. El árbitro apareció entonces para ponerle freno al instinto. Desde entonces, la presencia del árbitro es la que determina el carácter oficial de un partido, por mas modesto que sea. No importa que la cancha sea de tierra, que los travesaños no sean horizontales, que los jugadores estén descalzos, o que el punto penal sea un hoyo; mientras haya un árbitro el partido es válido y ya hay motivo para celebrar o lamentar. Pero es precisamente su rol de sancionador de la verdad el que lo convierte en el depositario de todas las frustraciones. Durante un partido el árbitro es algo así como una deidad, él determina el tiempo y el espacio reales. No importa que todos los cronómetros marquen cuarenta y nueve minutos, es el tiempo del árbitro el que vale, el que determina que el partido terminó. No importa que treinta mil pares de ojos hayan visto una pelota salir de la cancha, es el árbitro el que decide si salió o no, o si cruzó la línea de gol. El árbitro es el encargado de convertir las apariencias en verdades. Y esa responsabilidad es a veces demasiado grande. Si se considera que el hincha basa su felicidad del domingo, o de toda la semana, en el resultado del partido, cada vez que el arbitro pita injustamente le esta robando a miles de hinchas un pedazo de realidad que podía ser un pedazo de felicidad. Es ese robo de la realidad desplegada ante los ojos (“yo vi que la pelota no entró”, “pero esa mano fue casual”, “no estaba en posición adelantada”) el que no se perdona, el que detona la barbarie en las tribunas y en las calles.
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Sigo. Todos hemos odiado alguna vez al sujeto en la pantalla del televisor, o allá abajo en el rectángulo verde, o aquí en frente en el potrero polvoriento. Como futbolista que fui durante años, viví en (sudorosa) carne propia muchas veces la impotencia de –frente a una decisión injusta sumada a una actitud abusiva y despótica– no poder hacer lo que cada célula de mi cuerpo me pedía: evaluar experimentalmente la posibilidad de que un ser humano viva sin su cabeza. Lo que me detenía no eran escrúpulos morales o el amor al prójimo (el árbitro, por definición, no es el prójimo). El freno al tacle purificador lo ponía el temor a una sanción que me dejara sin jugar por uno o varios años. Y yo quería seguir jugando. Largo tiempo el peruano la humillada cerviz no levantó. Hasta que un día de 1993 llegó la posibilidad de la venganza soñada. Por entonces, ya bastante devaluado como futbolista (considerando que otrora llevara sobre el henchido pecho la blanquirroja de la categoría pre-juvenil), jugaba en un liga en Jesús María, en el estadio municipal que estaba en el Campo de Marte. Resultó que la necesidad de continuar mi carrera científica me llevaba a emigrar a Chile para hacer una maestría, con lo que el partido de ese domingo sería el último para mí, lo que me dejaba más allá del castigo reglamentario. La conclusión era diáfana: si el árbitro de ese partido caía en las categorías de arrogante, inicuo, venal, mendaz, faltoso, o todas las anteriores, ya no habría razón para reprimir el patadón justiciero en el parietal. La mesa estaba servida.
Una rápida inspección al sujeto de marras al comienzo del partido lo catalogó como serio candidato al martirio. Era de baja estatura, hablaba mucho y con gestos ampulosos, y había un tufillo a burla en sus réplicas a los típicos reclamos que acompañan un partido. Era, por decirlo de alguna manera, un criollazo. El problema es que el partido no estaba particularmente caliente. Era un soso empate entre un equipo malo y otro más malo. La adrenalina viajaba en canoa a ritmo de bolero, y ya estábamos en el segundo tiempo. Entonces se me ocurrió forzar la situación. El árbitro no me cobró un foul que según yo era evidente y –comenzando a tomar las justicia por mis manos- agarré la pelota, deteniendo el juego, y le reclamé mientras me acercaba, desafiante. En ese momento en mi cabeza tomaba forma el siguiente esquema secuencial. Me saca tarjeta amarilla –> le tiro la pelota en la cara –> me saca tarjeta roja –> patada voladora a la cabeza. También consideraba la alternativa de que en lugar de sacarme la amarilla me dijera algo agresivo o burlesco, con lo que la respuesta sería igual tirarle la pelota en la cara y el resto de la secuencia quedaría invariante. Me acerqué hasta su cara de funcionario público y lo miré desde arriba (no soy alto, 1.74 m, pero el hombre apenas pasaba el metro sesenta), listo para la escena.
Y entonces sucedió, como diría Kevin Arnold. En lugar del enemigo arrogante, la encarnación del poder maligno, vi a un pobre hombre, padre de familia, que estaría perdiendo su fin de semana arbitrando partidos horribles a cambio de un pago que apenas compensaría los pasajes y una cerveza para pasar el calor. Me fijé en su uniforme, lustroso y viejo, y reparé en su estrabismo (seguro blanco de infinitas bromas en el barrio y el trabajo). No fui capaz. Y además, debo alegar en mi defensa, que él no colaboró en lo absoluto. Porque en lugar de ponerme la amarilla que mi conducta merecía, apenas me dijo algo así como “ya pues, gringo, no la hagas larga” con un tono de impaciencia, hasta de tedio, que estaba muy lejos de la afrenta. Me quitó la pelota casi con cortesía y reanudó el partido, ignorándome, postergando para siempre mi simbólica venganza contra todos los árbitros abusivos del mundo.