domingo, 11 de septiembre de 2011
Ser o no ser mandril
domingo, 4 de septiembre de 2011
Derrota de la obsesión
sábado, 20 de agosto de 2011
No me verás partir
Cuando el avión dio la última curva y enfiló por fin hacia la pista de aterrizaje del aeropuerto de Cuzco, ambos se tomaron las manos emocionados. El paisaje que se observaba desde la ventanilla era sencillamente hermoso, un generoso adelanto de lo que les esperaba: majestuosos cerros verdes dominando la histórica ciudad tapizada de tejados rojos, iglesias coloniales y ruinas incaicas. Todo comenzaba a parecerse a la postal que les vendieron a plazos en la agencia de viajes. Se felicitaron por finalmente haber escogido Cuzco y no Cancún para la luna de miel.
domingo, 14 de agosto de 2011
¿La revolución chilena?
domingo, 7 de agosto de 2011
Visca Catalunya
¿Qué hace distintivos a Barcelona o a los catalanes en general? La respuesta dependerá de los gustos, inclinaciones, o prioridades de cada uno. Si se elige el camino de las artes, se podrá mencionar a un arquitecto genial que reinventó el volumen o a un cantautor que escribió la banda sonora de nuestras nostalgias más entrañables. Si se pone el foco en la historia, y entonces en la Guerra Civil y su rol como bastión de resistencia contra las fuerzas fascistas, es inevitable mencionar que Barcelona fue la primera ciudad en la historia que sufrió un bombardeo masivo de su población civil, durante dos años; o recordar que, luego del triunfo de las fuerzas de Franco con el apoyo alemán e italiano, miles tuvieron que huir a pie y en pleno invierno a través de los Pirineos, protagonizando una penosa epopeya de muertos de frío y familias separadas para siempre. Una mirada más prosaica seguramente llevará a hablar de la laboriosidad de los catalanes, su habilidad para los negocios, y su proverbial aversión al gasto. Pero sin duda que en los últimos años la palabra Barcelona se ha asociado al fútbol, y con mucha razón.
El F.C. Barcelona es la máxima expresión del fútbol que se haya visto jamás. Esto no sólo lo dice este humilde servidor, en su calidad de fanático irredento del fútbol, con un respetable (o vergonzoso, según se mire) registro de horas semanales dedicadas a su contemplación, análisis o lectura, sino también un número importante de periodistas deportivos con muchos años encima, y lo mismo opina mi amigo Tabaré, un lúcido octogenario que –entre otras condecoraciones– estuvo detrás del arco en el que Alcides Gigghia convirtiera el segundo gol de Uruguay en la final del mundial del 50, consumando el Maracanazo. Con este Barcelona de Messi, Xavi e Iniesta, atrás quedaron leyendas como el Santos de Pelé en los 60’s, el Ajax de Cruyff en los 70’s, e incluso míticas selecciones mundialistas, como el ballet húngaro del 54 y la naranja mecánica holandesa del 74 (ambas liquidadas en la final por la maquinaria germana), y hasta el Scratch de ensueño que ganó el mundial del 70 con cinco jugadores número 10 en la cancha. Creo haber comentado en otro post, a propósito del contrapunto con el Real Madrid, cómo el Barcelona inculca valores a sus jugadores desde que son niños y conviven en La Masía (la casa-escuela). El respeto por la pelota bien tratada, el juego en equipo, la humildad y la disciplina son los pilares sobre los que se apoya un proyecto maravilloso que en los últimos años ha cosechado todos los éxitos posibles. Se trata de una estética letal que no renuncia a sus bases éticas y a su hambre de gloria. Ya muchos cronistas han agotado su capacidad de encontrar adjetivos que describan el juego del Barça, y no abundaré más en el tema esta vez. Pero era necesario poner este antecedente para comentar un video que está circulando por las redes sociales: L’equip petit.
Se trata del Margatània, un equipo de niños catalanes formado por la unión de dos escuelas (Margalló y Cossetània). Aunque en esta entidad deportiva, fundada por las asociaciones de padres y madres, hay equipos de básquet y de fútbol, y en el fútbol hay varias categorías, el protagonista del video es el equipo de Pre-Benjamín B de fútbol 7. Este equipo de camisetas color verde pistacho destaca por su entusiasmo incombustible, su actitud modelo hacia la práctica del deporte, la simpatía de sus niños, y por su absoluto fracaso deportivo en cuanto a resultados. En la temporada pasada no solamente perdieron por goleada todos sus partidos, sino que recibieron un total de 271 goles en contra, logrando apenas anotar un gol (en el último partido), lo que fue celebrado por ellos como un triunfo olímpico. No se trata de un experimento de masoquismo infantil que apunta a destruir psicológicamente a esos pequeños catalanes. Es un proyecto con un declarado énfasis en aspectos formativos y no en los resultados. Para que funcione, y los niños no sean unos deportistas frustrados, cuenta con el apoyo constante e incondicional de los padres y madres, y un entrenador fantástico, quienes se toman las derrotas como un juego y alientan sin desmayo a los niños. Es conmovedor ver su entusiasmo infantil, totalmente al margen de las cifras que resumen sus partidos, y su genuina inocencia al describir y analizar las causas de ese repetido desastre. El Margatània es la otra cara de la moneda del F.C. Barcelona: el mismo apego a los valores fundamentales del deportivismo pero con el resultado exactamente opuesto. No ganan nunca y celebran siempre. El corto en sí (L’equip petit) no me gusta mucho, porque los realizadores han generado un guión donde hubiera quedado mejor, más fresco, una secuencia de declaraciones espontáneas. Pero este tono impostado que por momentos se aprecia no niega la autenticidad de la historia que documentan y que ha permitido a medio mundo conocer a ese equipo maravilloso de niños encantadores. Como el Barça, el Margatània es un ejemplo que reluce de manera particular en estos tiempos de exitismo desbocado en los que todo se vale para ganar, incluyendo el soborno (a jugadores, árbitros y comisionados FIFA), y la derrota es la antesala de la violencia.
¿Es una coincidencia que ambos equipos de fútbol, el Barça y el Margatània, estandartes de los valores esenciales del deporte, sean catalanes? En el libro El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, publicado en 1995, la dedicatoria dice así: “Las páginas que siguen están dedicadas a aquellos niños que una vez, hace años, se cruzaron conmigo en Calella de la Costa. Venían de jugar al fútbol, y cantaban: Ganamos, perdimos, igual nos divertimos “. Supongo que a nadie le sorprenderá saber que Calella de la Costa, una pequeña localidad costera, está situada a unos 50 km al norte de la ciudad Barcelona.
sábado, 9 de julio de 2011
Hormigas y cigarras
sábado, 18 de junio de 2011
Nadie en el cielo
Este cuento tiene cinco autores. La idea surgió una madrugada de tertulia ilustrada regada con un noble vino de caja, en la que, a poco de empezar, ya se habían agotado las opciones de decir algo interesante. El plan era bastante simple: sortear un orden y cada uno escribiría una parte de un cuento, sin discusión previa ni consenso acerca de tema, argumento o estilo. Se suponía que el primero y el último tenían más poder sobre el devenir del cuento, pero los del medio tranquilamente podían matar a todos los protagonistas con un cataclismo nuclear o hacer aterrizar un platillo volador con alienígenas rosados, con lo que su poder de sabotaje no era despreciable. El proceso completo duró casi un año, porque mis compañeros de pluma demoraron más allá de lo aceptable, pero al final tuve el producto completo en mis manos y entonces decidí enviarlo a una revista electrónica que publicaba cuentos, ensayos, poemas y crónicas. El hecho de que algunos de los cuentos publicados eran de calidad aceptable (aceptable como prueba de intento deliberado de asesinato de la literatura), me animó a intentarlo, no sin antes editar concienzudamente ese texto perpetrado en grupo. El cuento finalmente se publicó (aquí), y mis coautores mostraron mucho menos entusiasmo del que yo esperaba, tal vez por encontrarse en evidente estado de sobriedad cuando se los comuniqué. La historia no pasaría de esta sencilla anécdota si no fuera porque yo sí me entusiasmé, y luego envié otros dos cuentos -esta vez propios- que también fueron publicados. Gracias a uno de ellos me contactó una entusiasta desconocida, después amiga, que me motivó a seguir escribiendo, lo que he seguido haciendo hasta ahora. Es un consuelo gratificante descubrir que uno no se equivoca a solas al creer que tiene talento. Aquí está el cuento a cinco manos, se le notan un poco las costuras, pero creo que el todo es rescatable. Para ponerlo en contexto, el cuento fue escrito en Lima durante la década infame del fujimorismo.
El guardia anunció con voz neutra: «Fin de la visita». Ambos quedaron en silencio, sin mirarse a los ojos (a esa altura habría sido una provocación) y consintieron que el guardia esta vez sí terminara la conversación. Aunque la abatida expresión de Aníbal indicaba que había entendido todo, Abel quiso añadir:
—Tú sabes que no te miento. O si te miento lo hago mintiéndome también a mí mismo, lo que si bien no me expía al menos no me envilece. Yo sólo hice lo que se suponía todos haríamos en una situación así. Claro, yo me jodí porque fui el único que tuvo la oportunidad. ¿O no? ¿O será que todos ustedes desviaron antes la vista mil veces para no mirar esos ojos? Quién sabe. Quién sabe ustedes perpetraron una versión corregida y aumentada de la estrategia del avestruz, mandando así al carajo todo lo dicho en esas noches largas de tertulia ilustrada y vino barato. Ya ves, al final lo que nos separa es apenas un paso más, el obvio paso siguiente a tanta palabra lanzada al viento. Es más simple de lo que parece. Sabes que no te miento. Todos teníamos claro quién era el demonio; teníamos una certeza casi infantil y por eso definitiva, todos sabíamos qué debíamos hacer ¿O no?
Al salir, Aníbal notó que comenzaba a oscurecer, escuchó con alivio el ruido apagado de la ciudad cercana, y supo que no volvería a ver a Abel. A pesar de esta revelación, quedaba en él la impresión de algo inconcluso, la sensación de tener una deuda impagable. Una vez más —como en aquella noche de la discusión sobre Kropotkin y Darwin— Abel había conseguido que él se sintiera como una hiena arrepentida, masticando el botín de otro, perdiéndole el gusto a la vida.
Subió al primer microbús que pasó. Mientras viajaba, intentaba volver a la normalidad. Quería olvidar de una vez, sepultar en algún lugar todo lo pensado, lo deseado, lo poco hecho. Pero no podía. Trataba de distraerse mirando los retazos de ciudad que se sucedían por las ventanillas, y lo único que conseguía era hundirse más, encontrar nuevas razones para el desasosiego. Barrio de mierda, ciudad de mierda, vida de mierda —pensaba y sentía cómo el polvo empezaba a moldearse con la humedad y su sudor, convirtiéndolo en un moderno caballero con armadura de barro, pero sin un enemigo al frente. Nunca dejamos de estar sucios, sucios, sucios. Si sólo fuera una sensación externa... El vehículo seguía su ruta, y ahora pasaba frente a esa plaza centenaria. Era inevitable recordar ese lugar como punto de tantos encuentros supuestamente clandestinos que derivaban, más tarde o más temprano, en alguna cantina de mala muerte y peor entierro, donde las discusiones se volvían más transparentes al ser las intenciones aflojadas por el alcohol. Éramos la primera célula ácrata que iba a pasar a la acción, ¡Qué orgullosos vivíamos nuestro sueño! Éramos los verdaderos revolucionarios, dispuestos a dar vuelta a todo de un solo golpe, descabezando el régimen siniestro que oprimía nuestras vidas. Éramos los más feroces, los más lúcidos, los más honestos; y al final sólo fuimos los más cabrones, una vulgar sarta de cabrones jugando a ser grandes, creyéndose sus mentiras, pero enarbolando juiciosas excusas a la hora de la verdad. Excepto Abel, claro. Abel, el revolucionario genéticamente puro, sin aspavientos, el prototipo del redentor. ¡Que se joda por cojudo entonces! No se puede ser tan fundamentalista. Y su nombre de bueno, bíblico, pastoral. El único que creyó, y que seguía creyendo. Claro, ahora qué le queda, encerrado en esa jaula, condenado a pudrirse en vida; resulta necesario y hasta fácil aferrarse a un ideal, sea lo que sea, para no quebrarse. ¿Y los que quedamos afuera? ¿Acaso se supone que debamos seguir tercamente, aún en contra de nuestros actuales deseos, y tomar la vía dolorosa, el camino del martirio, para que nuestro pasado comulgue con el presente, para no ser los caínes o los fariseos del cuento? No. Yo sólo quiero vivir, y vivir es disfrutar, gozar de lo poco gozable que aún queda, huevear, chupar, cachar, cachar mucho ¡Salvo la lujuria todo es ilusión! El microbús llegaba ya a su destino y en ese momento Aníbal dudó en bajar a reunirse por última vez con lo que quedaba del grupo, o en seguir de largo hacia la casa de Pilar.
Se levantó finalmente. ¡Bajan! —gritó—. Sí, sí, aquí, aquí... —y la puerta trasera se abrió violentamente. Allí estaba el barrio de siempre, ahora ajeno, como deformado por un manotazo torpe pero eficaz. Hubiera preferido no tener que reunirse con ellos nuevamente, no volver a verlos nunca más. Tenía suficiente con arrastrar la propia miseria como para además compartirla, enrostrarla, y, peor aún, justificarla. La idea de un cínico exorcismo grupal no le atraía en lo absoluto. Pero sentía todavía la mirada de Abel en los ojos condenándolo a no deshacerse de su pesada carga. Y sus palabras: «... quiero que vayas y les digas exactamente eso, me oyes?». Cruzó la pista. A lo mejor ya todos se habían ido, habrían decidido acaso no esperarlo más.
De repente Aníbal sintió una presencia, lo atacó algo así como un temor sin rostro. No vaciló. Cómo despistar al hombre que estaría tras él, confundido entre la gente, eso era lo primero. Apretó el paso. No. Había que pensarlo mejor. Tal vez sólo estaba sirviendo de carnada, era la venganza, la venganza de Abel, la punta de la madeja, y él se encargaría de entregar al resto del grupo, mansamente. No. Entró en el primer bar y se sentó en una mesa visible, esperando al hombre que ya aparecería. Pidió una cerveza. Mientras bebía cerraba los ojos y veía a Abel con la misma claridad con la que sentía que a cada segundo todo le importaba menos, que él no estaba dispuesto, que no existían los objetivos comunes. Se sintió de pronto observado y creyó distinguir una conversación en medio del murmullo del bar. Fingió no darse cuenta y trató de apurar su cerveza. Pagó y salió del bar.
Una vez afuera, tras dar unos cuantos pasos tranquilos, se lanzó a correr. Cuando todavía no había doblado la esquina, escuchó el ruido de pasos que corrían tras él. Sabía por dónde podría huir, sólo había una dificultad: ¿Estaría el río demasiado crecido? No pensaba cruzarlo, sólo quería llegar hasta debajo del puente y ocultarse. Allí nadie lo buscaría. Sus perseguidores no se atreverían a bajar, con el río crecido, en medio de la oscuridad. Él, en cambio, conocía el lugar de memoria. Fue allí donde conoció a Abel quince años atrás, cuando este no quiso jugar a atrapar ratas y sólo se sentó a preguntarle por qué existía ese río de aguas turbias, y la basura en las riberas, y las casitas de esteras alrededor, y las ratas enormes con las que se divertían. Allí Abel le cambió la mirada, lo hizo descubrir la misma conciencia de la que ahora quería desprenderse. Llegó al borde del lecho del río. No había luna; no se podía ver, sólo adivinar. De un salto empezó a avanzar cuesta abajo. Era el momento de tomar ventaja: ya no lo alcanzarían. Se dejó llevar por la inercia y, cuando ya tomaba velocidad, no adivinó la punta del fierro de construcción en medio del desmonte que se le clavaba en la canilla. Siguió corriendo, el dolor sólo lo hacía aumentar el paso. Tropezó con un perro pudriéndose y cayó de cara contra un cerro de cáscaras de frutas. No pensó; no era el momento de ponerse alegórico. Sólo se paró y siguió corriendo. Una gota espesa corría por su frente. No era sudor. Sin dejar de correr se quitó el pedazo de botella de la frente, el corte parecía ser superficial. Por fin llegó.
Debajo del puente el río sonaba diferente. Miró hacia atrás: no se veía a nadie. Casi no podía respirar. Intentó relajarse para soportar el dolor. Pero éste no disminuía, seguía allí en medio de su frente, como los ojos de Abel. Se sentó en un colchón despanzurrado y puso la cabeza entre las rodillas. Cerró los ojos e intentó otra vez calmarse, reponerse; debía analizar la situación. De pronto escuchó el mismo ruido de pasos que escuchara cuando salió del bar. Levantó la mirada: no había nadie. Bajó la cabeza, aguzó el oído, y volvió a escuchar los pasos. No había nadie. Todo parecía haberse detenido, algo semejante al silencio comenzaba a cubrirlo todo con un tono monocorde, un rumor denso y constante. Mientras permanecía sentado, Aníbal observaba el camino por el que había bajado: recorría lentamente el terreno inclinado hasta llegar a la endeble barrera de árboles mal plantados por cuadrillas de obreros temporales; del otro lado, donde comenzaba la calle, un poste iluminaba perfiles difusos.
Se dijo que era verdad, estaba allí..., y no tenía que hacer nada. Pasarían los días con su marcha incansable y todo se olvidaría: la traición, los errores. Hasta las miradas. Y hablaría al fin un día, echando adelante esa carga con un resto de dignidad. Y sin despedida, dejaría para siempre a Abel, entre flores, entre papeles, entre rostros que ya no le dirían nada. Encontraría su lugar, encontraría a alguien... los uniría la certeza de poseer a otro. Esperanzas más convencionales reemplazarían a este dolor inútil.
Nadie. Nadie alrededor de este oscuro refugio, de sus ennegrecidas columnas, de sus desgastados arcos; ni de la innoble tierra que se hunde pestilente a lo largo de un lecho de enfermedad y destrucción. Nadie en las casuchas que permanecen en el desfiladero como testimonio de la miseria repetida, de los años en vano, de la locura y el olvido, de la rabia siniestra, de los malditos cantos de aquellos que han enterrado a sus muertos. Nadie en el cielo, se diría, si no fuera porque en esta inmensa densidad, en esta aparente detención del tiempo, algo se ha movido.
domingo, 29 de mayo de 2011
Elecciones en el Perú: la mala memoria (o la mala entraña)
En cualquier periódico se puede leer que dentro de una semana los peruanos tendrán que decidir, entre dos candidatos presidenciales, quién los gobernará durante los próximos 5 años. Y allí comienzan los problemas con la verosimilitud del texto, porque uno de los dos candidatos –hoy en empate técnico en intención de voto– es la hija de Alberto Fujimori y si, como indican numerosos indicios, el criminal Fujimori está hoy dirigiendo la campaña y mañana dirigirá el hipotético gobierno de su hija, ya nadie puede saber cuánto tiempo detentará el poder. Fujimori está hoy cumpliendo condena por su responsabilidad en casos de violaciones a los derechos humanos durante su gobierno, aunque también debiera purgar prisión por el latrocinio monumental que cometió durante su mandato, robando más allá de lo imaginable. Pero no se trata solamente de eso. Si sólo fuera un tema de corrupción en el estado y guerra sucia orquestada desde el gobierno, Fujimori debiera compartir banquillo y celda con más de un ex-presidente, incluyendo al actual. Lo que distingue a este siniestro personaje nacido en Japón es –en complicidad con su estrecho asesor, Montesinos– haber sido capaz de destruir la institucionalidad de un país, reducir a añicos cualquier vestigio de legalidad en los procedimientos, organizar meticulosamente las redes de corrupción al punto de extender la metástasis por todo el aparato legal, social, político, militar, periodístico, y todos los etcéteras que el lector tenga a bien imaginar. Su mayor logro fue aniquilar cualquier futuro de moral o decencia para un país que ya estaba enfermo, instalando entre muchos de sus habitantes la noción de que una mafia gobernante era no sólo permisible sino necesaria. Pues bien, todo esto parece haber sido olvidado por la mitad del electorado peruano que apoya el retorno de esa mafia a la presidencia. Es un caso llamativo de mala memoria, o peor, un lamentable caso de mala entraña. Si es mala memoria, este texto (y muchos otros que circulan por la red) podría servir de algo. Si es mala entraña, que el último en salir apague la luz y cierre la puerta.
Era el año 2000. El todavía reciente fraude electoral, con el que había alcanzado su tercer periodo presidencial después de haber modificado dos veces la constitución para reelegirse, había dejado en claro que el japonés y su asesor no pensaban dejar el poder por las buenas. Todas las instituciones de la fachada democrática estaban capturadas. El poder judicial era una mera oficina de trámites, una mesa de partes de los edictos del asesor. Conformado por jueces provisionales que confirmaba o removía a su antojo, dependiendo de su eficiencia para obedecerlo, había perpetrado legicidios para el espanto. Desde quitarle la nacionalidad peruana a los opositores hasta amnistiar a los miembros del grupo Colina, un sádico y sanguinario escuadrón de la muerte. Desde sentenciar por difamación a los que tenían la mala idea de denunciar los crímenes de la mafia hasta perseguir a los testigos de los suculentos negocios entre el asesor, los generales del ejército, y los narcotraficantes del valle del Huallaga. El congreso estaba dominado por una pintoresca mayoría de semianalfabetos serviles incapaces de elaborar una frase propia o sentir vergüenza; de acuerdo a instrucciones que les llegaban por beeper, ellos votaban proyectos que no entendían o mociones que no habían escuchado. Los congresistas que habían sido elegidos en los partidos de oposición eran rápidamente convertidos a la causa oficialista después de recibir un sobre con muchos billetes verdes. Similar sacramento de conversión también había hecho efecto en los directivos de los canales de televisión, los que de pronto habían visto la luz, y en ella no había lugar para los oscuros opositores. Su excelencia el arzobispo, el mismo que en medio del baño de sangre de Ayacucho había dicho que los derechos humanos eran una cojudez, se declaraba admirador del japonés. Su poder era absoluto.
El fraude electoral, sin embargo, no había sido aceptado por la población. Cientos de bombas lacrimógenas, y muchas balas, intentaron contener la rabia de las protestas del 28 de julio de 2000, en el último día de la Marcha de los Cuatro Suyos. Esta gigantesca movilización logró reunir a cientos de miles de manifestantes que llegaron de los cuatro rincones del país (o Suyos, en la terminología inca) a pesar del bloqueo de carreteras que ordenara el gobierno. La gente llegó en camión, apretada como ganado, en bicicleta, a caballo o a pie. La estrategia del Servicio de Inteligencia (SIN) aquel día fue incendiar un banco ubicado en el recorrido de la marcha para después culpar de terroristas a los opositores en las calles, tal como lo había estado anunciando la televisión y la prensa oficialista (o sea, casi toda la prensa). Lo que los agentes del SIN no sabían, o sabían y no les importó, fue que dentro de ese banco había diez vigilantes particulares resguardándolo. El saldo final de ese día de furia y complot fue de seis muertos, seis desaparecidos, 98 heridos de bala y cientos de asfixiados por el gas de las bombas lacrimógenas. Como las bombas las lanzaban dirigidas al cuerpo, dos manifestantes perdieron un ojo. Ese día el objetivo de las protestas era evitar la juramentación como presidente del japonés, en la que –fiel a su estilo- se tomaría juramento a sí mismo, tres meses después de que el asesor organizara unas elecciones presidenciales de una legitimidad sólo comparable a los ejercicios de unanimidad de Stroessner, Ceaucescu, Kim Il Sung II, Mobutu o Mugabe. Todos menos el secretario general de la OEA vieron el fraude. Al inútil diplomático colombiano del sonsonete atiplado seguramente le preocupaba más el color de las sábanas de raso en su hotel que las matemáticas macondianas del asesor, en las que doscientos cuarenta electores podían dejar en las ánforas cinco mil votos. Siete meses después de la farsa electoral, y dos meses después de que apareciera en las pantallas de televisión el video del asesor sobornando con 30,000 dólares a uno de los congresistas opositores para que se pasara a las filas oficialistas, todo había comenzado a terminar. La lectura del cable de Reuters en todas las radios y televisoras sacó del sueño a los peruanos. No era mentira: el presidente había huido, mandando su renuncia por fax desde Japón; no regresaría al país. De este modo, un supuesto viaje de estado a una reunión comercial del bloque Asia Pacífico había terminado siendo un vulgar escape.
Varios periódicos señalaron en sus editoriales, en ese noviembre de 2000, que con la poco elegante fuga del jefe de estado, quien según las últimas informaciones llevaba en su voluminoso equipaje hasta lingotes de oro del Banco Central de Reserva, se cerraba un capítulo de la historia del Perú. Los que hicieron oposición, como algunos periodistas de La República, resistiendo robos e incendios casuales jamás investigados, la persecución de los organismos tributarios y el boicot de las empresas anunciadoras, recibieron con cautelosa alegría lo que parecía ser el fin de la dictadura. La celebración no pudo ser completa por la reciente muerte de su director. Después de numerosas campañas de difamación a través de los pasquines digitados por el asesor, finalmente el SIN lo había asesinado alterando el contenido de un medicamento para la hipertensión. En el otro bando, en los pasillos de Expreso, las noticias llegadas del oriente los habían dejado sin norte. Mientras unos se aliviaban por haber enviado a las islas Caimán los dineros fiscales recibidos a cambio de ser voceros incondicionales del gobierno, otros más ingenuos esperaban el retorno del japonés, se resistían a abandonar la comodidad de ser la prensa geisha. Otros, más experimentados en el juego de la política, esperaban la definición del nuevo poder para saber a quién le alquilarían su dedicada sumisión. Hacía apenas un par de semanas, en un editorial digno de la mejor prensa estalinista, el periódico Expreso había calificado al gobierno del japonés como el mejor del siglo. A todos les costaba aceptar que todo había terminado. Lo incomprensible es ver que hoy, casi 11 años después, como Jason que sale del lago para un nuevo capítulo de Martes 13, el recluso Fujimori pueda retornar al poder.
Sigamos recordando. El poder omnímodo del japonés y su asesor estaba basado en un sistema casi perfecto. Todos los recursos del estado –engrosados por la venta de las empresas públicas– estaban destinados a mantener una red de propaganda, favores, sobornos y amenazas. Con mucho esfuerzo y sacrificio se había conseguido hacer realidad una frase hecha: la institucionalización de la corrupción. La comprensible necesidad de algún ingreso extra por parte de la cúpula gobernante se satisfacía con estratégicos negocios de contrabando, tráfico de armas y narcotráfico. Todo comenzó tímidamente, con la internación sistemática de contenedores, sellados y rotulados como material de Defensa Nacional, en los que se podía encontrar desde automóviles BMW hasta lavadoras Whirlpool. A los pocos años ya habían adquirido experiencia en el arte del negocio y dejaron esas pequeñeces para funcionarios de segundo rango. Así, numerosos militares que por obra y gracia del asesor habían saltado del injusto estancamiento de tenientes o mayores, en el que el escalafón de méritos los tenía sumidos, a los apetecidos galones de coroneles y generales, vieron llegar a sus cuentas corrientes más dinero del que podían gastar. Más adelante, ante el aplauso de los tontos útiles que todavía se emocionan con palabras como bandera o patria, el japonés anunció la renovación de la flota aérea después de la derrota militar ante Ecuador en 1995. Para ese fin, se compró a Bielorrusia una partida de 36 aviones de combate Mig-29 y Sukhoi-25 de segunda mano, los que terminaron estrellándose en las exhibiciones aéreas, con pérdidas humanas, o simplemente jamás volaron: los manuales de vuelo estaban en bielorruso y los repuestos no formaban parte del contrato. Por la adquisición de tan valiosa chatarra el Perú desembolsó 445 millones de dólares, pero el asesor cobró a la empresa bielorrusa una comisión de dos millones por adjudicarles la compra. Algo similar ocurrió con 10,000 fusiles Kalashnikov-47 oficialmente comprados a Jordania por el ejército peruano pero que, al recibir una mejor oferta por parte de las FARC, terminaron descendiendo en paracaídas en territorio colombiano. Los vínculos con el país hermano habían comenzado temprano. Según declaró Roberto Escobar Gaviria (a) Osito, hermano del difunto Pablo, éste donó cerca de un millón de dólares a la campaña del japonés en 1990. Por su parte, los narcotraficantes locales que operaban alegremente en el valle del Huallaga, debían cancelar puntualmente al asesor, o a sus generales subordinados, cinco mil dólares por avioneta aterrizada más 50,000 dólares mensuales por derecho de uso de pistas custodiadas por el ejército peruano. Cuando en 1996 el capo Demetrio Chávez (a) Vaticano decidió negarse a pagar fue rápidamente capturado, sumariamente procesado, y condenado a cadena perpetua por la justicia militar. Sin embargo, durante un breve encuentro con periodistas el narco informó acerca del pago mensual al asesor. Una semana después, el abogado de Vaticano denunciaba que su cliente había sido sometido a electroshock y que apenas recordaba su nombre.
En la prensa internacional de la época se leía que cálculos conservadores cifraban en alrededor de mil millones de dólares –cada uno– la fortuna amasada por el asesor y el presidente en diez años de imaginativa y afanosa dedicación al desfalco. Cuentas secretas o empresas fantasmas dedicadas al lavado de dinero en Suiza, España, Argentina, México, Panamá, República Dominicana, Singapur, Estados Unidos y las islas Caimán dan cuenta de la vocación internacionalista del dueto. Con tales evidencias, las mismas que serían calificadas como indicios preliminares por aquel aterciopelado secretario general de la OEA, el decenio de gobierno del japonés le daba la razón a los nihilistas criollos. Los mismos que después de la cuarta cerveza afirman a gritos que no hay poder limpio, que en nuestros países el abuso y el robo están en nuestra impronta genética: elige por sorteo al más anónimo e insignificante de los ciudadanos, al humilde Juan Pérez que no aparece en la guía telefónica y a quien no saludan los vecinos, otórgale poder, y en poco tiempo más tendrás a un tiranuelo corrupto y malvado. El japonés había ganado las elecciones en 1990 porque la gente no quería votar por lo conocido. Ni el fundamentalismo neoliberal de Vargas Llosa y la derecha oligárquica, ni la continuación del aprismo, que había dejado agonizando al país después de batir los récords de ineptitud y venalidad de la época. Entonces la instruida población con obligatorio derecho a voto optó por el candidato desconocido, el que se parecía al chino de la bodega de la esquina o al burócrata inútil de la oficina de correos, el que no decía nada. Ese era el nuevo presidente de la república. Un desconfiado profesor universitario de intelecto promedio, un oscuro ingeniero agrónomo que apenas manejaba un castellano elemental. Quién hubiera imaginado que esos crímenes contra la sintaxis eran sólo el comienzo de una historia criminal que llegaría a incluir asesinato de niños y descuartizamientos. Peor aún, quién hubiera podido imaginar que, pasada la pesadilla y presos ya el presidente y su asesor, el Perú podría encaminarse a repetirla.

