La semana pasada, sin querer queriendo, escuché una
conversación entre dos sujetos que estaban detrás de mí en la cola para abordar
un avión. Pude deducir que ambos tenían altos cargos en compañías mineras. Los
dos se quejaban de tener que malgastar dinero de la empresa en temas
ambientales, añorando los tiempos en que nadie molestaba con esos asuntos.
También coincidían en señalar el abuso que sufrían por parte de los
malagradecidos agricultores que usaban “su agua” en una región azotada por la
sequía. O sea, un par de magníficas personas, de segura comunión dominical y
matrimonio anunciado en páginas sociales. Hasta allí las semejanzas. La gran
diferencia estaba en el tamaño de sus empresas. Claramente uno era un jerarca
del negocio y hablaba con mucha familiaridad de ministros y senadores, el
otro recién estaba haciendo sus pininos en ese lucrativo arte del soborno
político y la depredación. Esa diferencia en el número de ceros de facturación
anual se reflejaba claramente en la dinámica de la conversación. Uno hablaba
desde un escalón más arriba, interrumpía al otro, abría y cerraba los temas con
frases que se admiraban a sí mismas... y el otro apenas lo intentaba, con
prudente torpeza. Ambos se reían de lo que decía el primero, pero no podían
reírse de lo que decía el segundo, simplemente porque nunca podía terminar una
frase. Eran un macho alfa y un macho beta en estado puro: dominación y
sumisión. Si hubieran sido elefantes marinos, a uno le habría correspondido
copular, una a una, con todas las hembras de la colonia hasta caer desfallecido
después de días y noches continuas de sonoro y maloliente frenesí. Al otro le
habría tocado simplemente mirar desde lejos con cara de no me importa. Pero
estos especímenes eran otro tipo de mamíferos. Monos desnudos, diría Desmond
Morris, quien nos recuerda que no hemos dejado de ser primates y que
interpreta nuestras conductas siempre en función del éxito en cortejar,
procrear y criar. Así, Morris nos explica por qué el 80% de las mujeres, sean
zurdas o diestras, sujetan a sus bebés contra el costado izquierdo, porcentaje
que cae al perfecto 50% cuando lo que se carga es un paquete. O por qué los
labios y los pezones son rojos. Y en esa misma línea argumental se justifican
los sistemas jerárquicos (macho alfa, macho beta) como funcionales a la
persistencia de la especie. Todo bien. Pero, volviendo a los sensibles y
solidarios empresarios del mineral, hay un punto que no termina de calzar con
estos monos desnudos con corbata al cuello. Y es que no cuesta mucho imaginar al
macho beta de la historia transportado hasta sus dominios al final de ese viaje
en avión. Lo vemos de pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido,
sermoneando o insultando con elocuencia a sus subalternos sin permitirles el
uso de la palabra, ejerciendo de déspota implacable que posee toda la verdad y
no la comparte. Se habrá evaporado en un instante toda la diligente y patética
sumisión de la que hiciera gala horas atrás. Aprendemos aquí que, a diferencia
de nuestros primos papiones, bonobos o gorilas, en los monos desnudos la
posición en la jerarquía de dominancia no es genuina ni confiable; se disfraza,
se esconde, muta instantáneamente de acuerdo al entorno humano inmediato. En la
naturaleza, los simios jerárquicamente inferiores aprenden del macho dominante
con humildad, observando con atención. Saben, o intuyen, que muy probablemente
algún día -cuando crezcan y/o emigren- les tocará desempeñar ese rol, y ya no
habrá vuelta atrás: serán otros los que tengan que agachar la cabeza. Es un
proceso con dirección y sentido, como el vector del que nos hablaba la
incomprendida profesora de matemáticas. Hoy estás abajo, mañana estarás arriba.
Así ha sido y así será. Pero con nuestro dilecto y adinerado protagonista el
asunto no queda tan claro. Porque así como hoy ruge estentóreamente en su
feudo, si mañana el malvado azar lo vuelve a reunir con el otro sujeto, el
gorila de espalda plateada, sin duda reaparecerá en escena el entrañable
Smithers del aeropuerto. Lástima que no puedan estar presentes sus subalternos
para disfrutar el sublime momento.
domingo, 2 de septiembre de 2012
viernes, 17 de agosto de 2012
The Inca’s way
El imperio inca, que resumió y antologó
casi 20000 años de cultura andina, terminó abruptamente cuando el invasor
español llegó a saquear y evangelizar, dos plagas que todavía nos azotan. Duró
poco menos de un siglo, pero le alcanzó para ser el imperio más grande de la
América precolombina, de tamaño similar al imperio romano de occidente.
Para asombro de los estudiosos (y de los ignorantes), los incas lograron
construir imponentes ciudadelas y fortalezas de piedra en lugares imposibles, y
una red de caminos empedrados de miles de kilómetros... sin haber conocido la
rueda; y pudieron administrar la prosperidad en un territorio enorme y gobernar
una compleja sociedad de castas de 10 millones de habitantes... sin haber
conocido la escritura. Sabían hacer las cosas a su manera.
En mi última visita a Cusco, la capital
del imperio, estaba en la víspera de ir a Machu Picchu con mi mujer y mi hijo.
El tour consideraba ir en minibus hasta Ollantaytambo, en el Valle Sagrado, y
de allí tomar el tren hasta Aguas Calientes, el poblado al pie de Machu Picchu.
No hay muchas más opciones. La manera más rápida es llegar en helicóptero, pero
el precio es absurdo. En verdad, la mejor manera de llegar a Machu Picchu es
caminando, hacer el Camino Inca (Inka Trail). Ya lo he hecho dos veces y pretendo
hacerlo otra vez cuando mi hijo crezca. Es una experiencia dura y maravillosa.
Uno va descubriendo paisajes deslumbrantes a los que les toma fotos, para luego
llegar a ellos, un par de horas después, y entonces aparecer en las fotos de
los que van detrás. La ruta pasa por construcciones magníficas, poco conocidas,
que multiplican la admiración por esa gente laboriosa (los incas tenían tres
máximas: no robes, no mientas, no seas ocioso). En el mismo día uno pasa del
pasto recio de la puna helada, a 4250 metros de altura, a las lianas de una
tibia selva tropical, encontrando en el camino porteadores explotados, turistas
desfallecientes, y nuevos límites para el cansancio. Pero me estoy saliendo del
tema, este post no es sobre el Camino Inca. El asunto es que todas las
experiencias previas de turismo en el Cusco habían tenido el ingrediente de la
informalidad, la incertidumbre, y el súbito cambio de planes, aunque sin llegar
finalmente a la estafa. Esta vez, con más años encima, una familia al lado y
-hay que confesarlo- algo aburguesado por la vida, quería más seguridades. Por
eso al amable representante de la agencia de turismo en la plaza de Armas del
Cusco le pedí papeles firmados y el compromiso de que ellos serían los
responsables hasta el final; mi plan era evitar que combinaran el servicio con
otras empresas, una práctica habitual que hace imposible identificar al
responsable de cualquier eventualidad. Por supuesto, el hombre accedió a todo
(están programados para decir “sí señor, no se preocupe” ante cualquier
pedido), y redactó una suerte de contrato a mano sobre una sencilla boleta de
servicios . Eso sí -me dijo- como hay tanta demanda y justo ahora tengo a mi
gente ocupada, los pasajes de tren y las entradas a Machu Picchu se los entrego
mañana, media hora antes de la salida del tour; y por el alojamiento en Aguas
Calientes no se preocupe, ya está todo arreglado. Así que salí de la agencia
únicamente con un papel firmado que reconocía mi pago en dólares por un listado
de servicios.
A la mañana siguiente llegamos a la
hora convenida, y el señor no estaba. Pasaban los minutos, se acercaba la hora
de salida del minibus (que no sabíamos dónde abordar) y no ocurría nada.
Finalmente apareció el buen hombre, pero en lugar de decirme “aquí tiene sus
boletos de tren, sus entradas a Machu Picchu, y su reserva de hotel” me indicó
muy tranquilamente que siguiera a otro hombre, pues ya pronto saldría el tour.
Cuando reclamé por la palabra incumplida me dijo, con la misma tranquilidad,
que no me preocupara, que en el camino me entregarían todo, y me repitió que
siguiera al otro hombre. En ese punto tuve que tomar una decisión. O hacía un
escándalo del tipo no-me-muevo-de-aquí-hasta-que o simplemente me entregaba y
confiaba. Ver la cara de ilusión de mi hijo por el viaje que ya comenzaba, y
que lo llevaría a Machu Picchu, me hizo decidir callar y obedecer. Sin embargo,
la tensión no me abandonó en ningún momento, porque el vehículo daba vueltas
por la ciudad y no terminaba de partir, pero sobre todo porque aquel hombre que
nos llevó al minibus ya no estaba, con lo que se daban las condiciones
para que los guías presentes, los responsables visibles, dijeran que no
conocían al señor de la plaza. Obviamente, cuando en el camino pregunté... me
dijeron que no me preocupara. Finalmente, después de una breve parada en
una feria artesanal, el guía me entregó un sobre llegado en otro minibus. El
pequeño detalle es que sólo contenía nuestros pasajes de ida en tren. Me dijo
que en la estación de tren, al llegar a Aguas Calientes, me entregarían el
resto. Fue inútil reclamar o pretender entender la lógica de todo eso. Al
llegar a Aguas Calientes, ya de noche, con alivio vimos que nos esperaba
alguien que nos condujo a un alojamiento. El hostal no se parecía ni un poco a
las fotos que nos mostraron en Cusco; de hecho no creo que se parezca a ninguna
foto, porque nadie en su sano juicio tomaría fotos a ese lugar para
promocionarlo o recordarlo, pero era tolerable. El punto es que el sujeto nos
dijo que esa misma noche vendría a buscarnos a la habitación otra persona, con
nuestras entradas a Machu Picchu y los boletos de vuelta en tren.
Efectivamente, tocó la puerta un hombre, el quinto eslabón en una cadena (la de
“quiero mis boletos”) que debía tener uno solo. Tenía una bufanda porque
aparentemente estaba resfriado. El rostro a medias tapado, el valioso sobre que
abría sobre una mesa, y el hablar sigiloso mientras me daba instrucciones,
aportaban a la imagen de una escena protagonizada por Maxwell Smart. De hecho
no me hubiera sorprendido que la conversación se hubiera interrumpido por una
llamada a su zapatófono.
No, ahí no termina la historia. El
agente 86 nos dio las entradas para ir a Machu Picchu, y los boletos de bus
para subir y bajar, pero nos indicó que los boletos del tren a Ollantaytambo
debíamos recogerlos en la tarde, en Aguas Calientes, en el restaurante Qori
Koka. En ese momento giré la cabeza buscando la cámara escondida, porque debía
ser una broma; pero no, Max me dijo muy seriamente que allí estarían... y que
no me preocupara. Al día siguiente, energizados luego de un recorrido
maravilloso por Machu Picchu (éso no se puede narrar, hay que vivirlo), bajamos
caminando a Aguas Calientes a través de la floresta, desdeñando el bus. En el
pueblo preguntamos por el restaurante y una amable señora nos indicó cómo
llegar al Qori Koka. Una vez allí, mencioné que venía a recoger unos boletos de
tren, temiendo que me miraran con extrañeza y me dijeran “señor, aquí servimos
comida”. Pues no, con la misma naturalidad con la que servirían un lomo
saltado, me dieron nuestros boletos. Con nombres y apellidos, todo en orden.
Alivio infinito: el día seguía siendo perfecto. Sin embargo, no todo era
felicidad en ese lugar. Una pareja de argentinos con cara de desesperanza
insistía con “¿está segura de que no dejaron los boletos? ¿puede buscar otra
vez?”. No, no estaban. El peculiar sistema cusqueño de entrega de documentos a
cuentagotas había fallado. Se fueron caminando con ritmo de funeral. Un par de
cuadras más allá volvimos a coincidir con ellos en un negocio donde paramos a
hidratarnos. De pronto salió una mujer del almacén y preguntó al muchacho,
“¿Ud. es fulano de tal?”. Sí, respondió el argentino. Y a continuación la
señora le explicó que sus pasajes estaban en tal lugar, indicándole cómo
llegar. El muchacho tenía la misma expresión de estupor que nosotros, pero
finalmente sonreía. ¿Cómo pudo saber esa mujer, entre el millar de turistas que
deambulaban por el poblado cargando mochilas, que precisamente ellos eran los
dueños de los boletos extraviados? Otro misterio de los descendientes de los
incas, que 500 años después siguen sabiendo hacer las cosas a su manera.
sábado, 11 de agosto de 2012
La justicia chilena y la estupidez invisible
Leo hoy dos noticias sobre la justicia
chilena. En la primera, a un hombre lo condenan a 5 años de cárcel por robar la
ropa colgada en un cordel. En la segunda, una mujer que asesinó a sus
tres hijos arriesga, como pena máxima, 15 años de cárcel. O sea, para los
enanos mentales que son actores principales de ese circo llamado poder
judicial, la ropa de un cordel tiene el mismo valor que la vida de un niño. Es
la misma justicia que mandó detener y pasar la noche en prisión a una señora
que se negaba a regar el jardín frente a su casa, y que liberó a un
narcotraficante apenas capturado porque en el procedimiento se olvidaron de
cumplir con ciertos formalismos triviales. Es la misma justicia que hace poco
reconoció que el cura Karadima abusó sexualmente de varias personas que eran
menores de edad en aquellas épocas, pero como había pasado mucho tiempo... el
delito ya había prescrito. Es decir que no importa lo aberrante que sea el
abuso, pasado cierto tiempo... aquí no ha pasado nada. Pase y vea, señor criminal,
descuartice, torture, mutile, haga lo que su buen corazón le susurre, porque
después bastará esperar el paso de los años para que el santo codo de la ley
borre lo que Ud. hizo con el brazo. Es legalmente impecable, sí, y además
moralmente abominable. Las disquisiciones éticas no tienen lugar aquí, lo que
se hace es aplicar la ley, dirá el leguleyo o su aprendiz. De acuerdo, salvo
por un pequeño detalle: la justicia es un valor, y se supone que todo el
ostentoso y churrigueresco edificio de códigos y leyes se construyó sobre la
noción de defender ese preciso valor. Pero todos parecen haberlo olvidado.
Cuando uno mira a tanto abogado defendiendo lo indefendible y a tanto juez
sentenciando absurdos monumentales, se pregunta cuándo se perdió el sentido de
todo eso. Es como si los médicos, que son técnicos entrenados para cuidar la
vida, se dedicaran a acuchillar pacientes, contaminar sueros, recetar venenos.
La diferencia es que un médico atenta contra la vida de un paciente por error o
negligencia, y se avergüenza por ello, mientras que los abogados y jueces
atentan contra la justicia aplicando al pie de la letra, o interpretando a su
gusto, alguna normativa escrita en un oscuro código, y no se avergüenzan un
poquito. Cuando miro a esos estudiantes de leyes que se enorgullecen de
vestirse como para un matrimonio cuando acuden a rendir un simple examen, me
pregunto si es ingenuidad, un idealismo desinformado, desconectado de la
realidad, o es perversión prematura, conciencia exacta de la inmundicia en la
que se van a convertir.
Aclaración. En todo lo que digo no estoy metiendo todavía a la
corrupción. Por supuesto que hay corrupción en la justicia chilena, mucha.
Seguramente no tanta como en la justicia peruana, donde los fallos tienen
tarifa y hay que coimear a todos, desde el policía que te traslada hasta el
juez de la corte, pasando por secretarios, escribanos y vendedores de
emolientes, pero de que hay trapos sucios, hay. De hecho, a mediados de los 90
se publicó un libro-reportaje (El libro negro de la justicia chilena) en el que
se detallaba cómo la justicia chilena durante la dictadura había sido corrupta,
cómplice de las violaciones a los derechos humanos, y un escaparate del tráfico
de influencias. Por supuesto, en plena (supuesta) democracia, el libro fue
vetado y los periodistas perseguidos por el entonces jerarca de la Corte
Suprema, un cocainómano con aires de marqués. Pero hoy ese no es el punto. Me
refiero al proceder estrictamente apegado a la ley, pero a un abismo de
distancia del más elemental sentido común y de justicia.
Volviendo a las
noticias que motivaron este comentario, alguna vez leí que el código penal
chileno sanciona más severamente los delitos contra el patrimonio que los
delitos contra la vida. Sería una herencia de tiempos coloniales en los que el
sirviente explotado o el vecino menesteroso podían caer en tentación y robar
algo al poderoso hacendado (un delito imperdonable) y el patrón a menudo tomaba
revancha mandando al osado infractor a dormir bajo tierra (una pequeñez). Sea
como sea, me cuesta imaginar que ese juez o jueza que perpetra el absurdo
jurídico llegue muy tranquilo en la noche a su casa a ver la televisión
mientras cena con su familia, satisfecho de la labor cumplida, como un bombero
que vuelve de apagar un incendio. La única explicación que se me ocurre es que
sean profundamente estúpidos. Que tantos años memorizando textos abstrusos o
anodinos hayan atrofiado su capacidad cognitiva profunda, al punto de no ser
capaces de distinguir lo justo de lo legal. En este punto me acuerdo de un amigo
que siempre cita a su profesor diciendo “los idiotas son más dañinos que los
malos”. Nunca he estado muy convencido de esa frase. Sin embargo, ahora pienso
que el problema de los sistemas judiciales corruptos y malvados, como la cloaca
judicial del fujimontesinismo en el Perú, tiene solución probable, o cercana,
porque su evidente vileza llama a su destrucción en algún momento por parte de
“las fuerzas del bien”. Pero los sistemas esencialmente injustos que se basan
en leyes absurdas o torcidas, como el sistema judicial chileno, no son
visualizados como un problema serio y entonces pueden perpetuarse en esa
tiniebla. Dicho de otro modo, al ser la estupidez invisible, indetectable, es
un enemigo muy poderoso, extremadamente difícil de combatir. Es lo mismo que
ocurre al interior de las religiones, donde a fuerza de repetir la monserga de
disparates sobre seres todopoderosos e historias inverosímiles ya todos los
asumen como normales y ciertos (hay que ver el documental Religulous, está
completo en youtube). O en los tediosos comentarios de futbolistas y
periodistas antes de los partidos, siempre iguales, siempre insignificantes,
incapaces de transmitir una idea. O en los programas de farándula, donde
panelistas y público logran conectarse en una meta-realidad en la que la
estupidez y la banalidad se expanden gradualmente hasta no dejar lugar para
nada más. Es muy difícil darse cuenta desde adentro, como cuando el movimiento
de un objeto se acompaña con el movimiento de los puntos de referencia. Para
empezar, se necesita un Giordano Bruno, un Nietzsche, un hereje solitario que
en medio del rebaño que camina en orden sea capaz de darse cuenta y dar el
grito original. Y luego se requiere que la turba ignorante, deseosa de
aniquilar al diferente, azuzada por el poder dominante, no linche o arrastre a
la hoguera al hereje solitario.
jueves, 26 de julio de 2012
No soy un runner
Me gusta mucho salir a
correr. Tiene que ser así, salir, a la calle, al parque, a la playa. Hacerlo en
máquinas estáticas es como tener sexo con muñecas inflables. No es que no lo
haya hecho (me refiero a las máquinas), pero trato mucho de evitarlo. Diría que
es como volar en una jaula, pero eso suena arjonianamente cursi, así que mejor
no lo digo. Corro desde hace más de 30 años. Pero no soy un runner, eso lo
tengo claro. No puedo ser un runner porque corro con camisetas viejas y no con
vistosas camisetas de marca, con tecnología para el sudor, el mal olor, o algo
así. No he gastado un centavo en medidores de pasos, ritmo cardíaco, calorías
quemadas, glicemia, fenilcetonuria, o feng-shui. Me compré zapatillas de
correr, es cierto, porque no hacerlo sería condenar a mis rodillas al dolor
eterno; pero son simples, y las sigo
usando a pesar de que mi mujer dice que la palabra que le viene a la mente al
verlas es “miseria”. Pero por encima de todo no soy un runner porque nunca he
creído que mi identidad tenga que ver con salir a correr. No me siento parte de
una tribu o de un grupo especial por hacer algo tan simple y placentero. No me
identifico con esa moda que, potenciada por el mercado, de pronto le ha dado
lugar en los periódicos al viejo y querido trote, pero esta vez rodeado de
muchas palabras en inglés, negocio, y esnobismo. Sospecho de esas personas que
hacen del salir a trotar una fosforescente señal de identidad, adivino un ligero
vacío existencial que hoy se llena con el running y tal vez mañana con el gin
tonic.
Como los chasquis incaicos
que atravesaban los Andes como quien va a la esquina a comprar pan, como los
tarahumara que se pasan la existencia subiendo y bajando a trote la Sierra
Madre, como los kenyanos de las tierras altas que por asistir a escuelas
lejanas terminaron acostumbrándose a ganar el oro olímpico, para mí el correr
es una actividad individual y solitaria, íntimamente silenciosa y no
histéricamente gregaria. En este punto me vuelvo a acordar del sabio
Schopenhauer cuando dice “Lo que hace a la gente ser sociable es su incapacidad
para soportar la soledad y por lo tanto a sí mismos“. Por eso es que no
participo de las corridas masivas que son cada vez más frecuentes y visibles.
Por eso y porque no le veo la gracia a pagar por hacer lo mismo que hago
siempre gratis. No me convencen si lo que obtengo a cambio es una camiseta,
para que todo el mundo sepa que estuve allí, o el tiempo de mi carrera. Para
eso, tengo muchas camisetas viejas y un cronómetro. Corro conmigo y contra mí
mismo, para mejorar mis tiempos, mi ritmo y mi disfrute; para pensar con
claridad en asuntos varios que ocupan mi cabeza, y por eso de “mente enferma en
cuerpo sano hace menos daño”. Pero no corro para que me miren. “El mejor
corredor es el que no deja huella”, se lee en el Tao Te Ching.
He corrido en muchos
lugares y de algunos puedo rescatar pequeñas historias de necedades
anecdóticas. Como cuando en la sabana de Kenya, aludiendo a la bravura vikinga,
desafié a un muy espigado sueco a cumplir su palabra y salir a trotar una tarde
en la que el termómetro marcaba 40 °C (y sin gorro, añadí a la apuesta). Los
masai, sentados a la sombra de los arbustos, se reían al vernos pasar. No sé si
por el aspecto desgarbado y los rostros colorados o por el tremendo descriterio
de trotar a horas en las que los seres vivos se ausentan del escenario natural.
Aguantamos apenas 12 minutos y recuperar la normalidad nos tomó más de una
hora. En el otro extremo térmico, una noche salí a correr en Suecia con 7
grados bajo cero. No es tanto, me dije, y hubiera sido cierto si no fuera
porque en ese descampado corría un viento helado que seguramente bajaba un buen
trecho la sensación térmica. Como el dolor de los huesos de la cara era muy
intenso, bajaba por momentos el gorro de lana hasta taparme el rostro, para
calentármelo con el aliento. El problema era que el pavimento estaba congelado
en varias partes y dos veces casi me desmadro de un resbalón, así que tuve que
abortar a la mitad la misión del corredor enmascarado.
Cuando corría a orillas del
río Biobío en Concepción, alguna vez creí tener el poder de maldecir. En mi
recorrido, habitualmente tranquilo salvo por los camioneros aburridos que para matar
el rato me asustaban con su bocina o invadían la berma, comenzó a aparecer un
perro-ladilla que amenazaba con morderme cuando pasaba frente a la casa que
pretendía custodiar (había otros perros a su lado, pero solamente él me
atacaba). El antipático y multiétnico can me obligaba a recoger piedras en el
camino para ahuyentarlo. Como Cristiano Ronaldo pateando tiros libres en el
Real Madrid, entre muchísimos tiros desviados, una vez por fin le acerté, y el
desgraciado (me refiero al perro) dejó de molestar por un par de semanas:
miraba para otro lado, haciéndose el gil. Pero luego volvió a las andadas, y
entonces yo a las pedradas. La desagradable situación desnaturalizaba el acto
de salir a correr: hacerlo ya no me relajaba. Así que un día, cual gitana de
plaza a la que no le permiten estafar a un parroquiano, le eché una vitriólica
maldición, deseando con todas mis fuerzas que algún camión lo redujera a dos
dimensiones. Después tuve que viajar y
dejé de correr allí por un par de semanas. Al retomar la rutina vi que en la
pequeña jauría que montaba guardia frente a esa casa ya no estaba mi némesis. A
la segunda o tercera vez que pasé por allí me fijé bien, y allí estaba: quedaba
apenas un montón de huesos y algo de pellejo. El ángel exterminador de 12
toneladas había cumplido con mi maldición.
Pero toda esta historia
comenzó con mi mayor necedad. Quien me inició en salir a correr fue un tío que
nos llevaba a los sobrinos al club de Golf de Lima, con sus imponentes 4 km de
perímetro, para intentar completar una vuelta. Un par de años después, cuando
mi abuelo (su padre) murió, se me ocurrió que un buen homenaje sería correr el
día de su cumpleaños, el 1 de enero, nada menos que (casi) una maratón: 10
vueltas al club de Golf. Hasta entonces había logrado, una sola vez y con mucho
esfuerzo, dar dos vueltas. Ese día me levanté tarde, como en todo Año Nuevo,
así que cuando llegué al Golf caminando desde mi casa (unos 3 km, según me
indica hoy Google Maps) ya el sol estaba arriba. Por supuesto, no llevaba gorro
ni agua, y mis zapatillas eran más bien de vestir, pero mi convicción espartana
no se preocupaba por esos detalles insignificantes. Entonces comencé,
emocionado y desde mis imberbes 12 años, el silencioso homenaje. Tras cumplir
la segunda vuelta me sentía bien y el optimismo me rondó, con su habitual
desconexión de la realidad. Pero duró poco. Al terminar la tercera vuelta (12
km) ya estaba muy cansado y comencé a dudar de que fuera posible cumplir con mi
promesa. Al cumplir la cuarta vuelta ya me sentía mal y el paso era muy lento,
pero no quería rendirme tan pronto. Así que decidí intentar completar al menos
la mitad de lo planeado. La quinta y última vuelta (20 km) fue sólo sufrimiento
y una constante lucha interna entre detenerme o seguir. Gradualmente todo
perdía sentido y lo único que quería era no estar allí. Finalmente completé la
vuelta y pude detenerme. Caminé como un zombie, las piernas temblando,
perfectamente deshidratado, hasta encontrar una sombra. Y un poco más allá,
pude ver la mayor felicidad imaginable: un buen hombre regando un jardín. Con
mucho esfuerzo me levanté, mareado, y le pedí la manguera. Estuve bebiendo
mucho rato y luego volví a la sombra. Media hora después, emprendí la caminata
de regreso, más triste que satisfecho. No he vuelto a correr una distancia tan
larga.
Cuando corro por la Av. Del
Mar, en La Serena, al lado del Pacífico, no cuesta mucho distinguir a los
corredores de siempre de los que siguen la moda del running. Los puedes
diferenciar por el ritmo del trote, unos corren y los otros apenas no caminan.
También los diferencias por el estilo, unos avanzan con un paso marcado y los
otros martirizan a sus articulaciones con movimientos que recuerdan al mambo y
parecen anunciar una caída. El sobrepeso notable es también un indicador
fiable. Pero la señal definitiva es la parafernalia. Si a las evidencias
anteriores les sumas indumentaria nueva y de marca, y algún adminículo extra,
ya puedes estar seguro: ese ser humano hace muy poco era devoto del Big Mac o
pasaba sus horas de vigilia sentado frente a una pantalla. Por supuesto, uno
tiene que alegrarse de que la gente haga ejercicio, por la razón que sea. Pero
supongo que esa alegría solidaria puede convivir con la opinión ruin y
desalmada del observador. Correr es gratis y mejora la vida. Mejora el humor,
el peso, las defensas, el sueño, y hasta el sexo (me refiero a los aspectos
funcionales, no a los anatómicos). Hace que tu cerebro funcione mejor; claro,
dentro de los límites de cada uno (tampoco hace milagros) y hasta nos protege
del Sr. Alzheimer que acecha allá adelante. Por eso, queridos feligreses, si quieren vivir más y mejor, salgan a correr
tres veces por semana. Pero, por favor, no digan que son -o actúen como-
runners.
domingo, 1 de julio de 2012
Abuelito, ¿qué hora es?
El Veco fue un periodista deportivo uruguayo que llegó a
la televisión peruana en los 80. En aquellas épocas (mundiales de fútbol de
Argentina 78 y España 82) la selección peruana clasificaba a los mundiales, lo
que me generó a mí –y a toda una generación– la falsa idea de que no se trataba
de un hecho milagroso y por lo tanto irrepetible. El Veco se distinguía entre
sus colegas peruanos porque usaba correctamente el castellano, no decía perogrulladas
con tono de descubrimiento trascendental, y su cultura general superaba el
nivel escolar. Tenía algunas frases características, como “oído a la música”,
cuando anunciaba algo importante, “se cayó la estantería”, cuando el resultado
de un partido había sido muy sorprendente, y “abuelito, ¿qué hora es?” para
comentar declaraciones disparatadas de alguien que aparentemente no estaba en
sus cabales. En estos días me he acordado de esta frase del uruguayo al leer la
columna de Vargas Llosa (Piedra de Toque) del mes pasado.
El Nobel de Literatura ha criticado amargamente las afirmaciones
de Paul Krugman, Nobel de Economía, respecto al oscuro futuro inmediato del
sistema económico español, manejado por ese mentiroso compulsivo llamado
Mariano Rajoy. Es como si a Krugman se le antojara corregir los ensayos de
Vargas Llosa sobre García Márquez, Flaubert o Víctor Hugo. La insolencia del
escritor fue un poco más allá, al señalar que habría que ignorar a Krugman, y
escuchar más bien lo que decía el presidente de Telefónica. O sea, el profesor de Economía
y Política Internacional en la Universidad de Princeton y, repito, Premio Nobel
de Economía, sabe menos sobre tendencias económicas que el mandamás de la
empresa que ha tenido como emblema a ambos lados del océano la evasión de
impuestos, sobornos, conductas monopólicas y abuso del cliente. Estamos
acostumbrados a que Vargas Llosa, extremista del pensamiento neoliberal,
crucifique todo lo que huela a estado benefactor y socialismo, y pontifique
todo lo que se asemeje a iniciativa individual y capitalismo. Así se explica su
apoyo a Piñera en Chile y Rajoy en España. Pero esta vez creo que se ha
extralimitado. Más allá de opiniones políticas o credos ideológicos, sus
palabras denotan un divorcio de la razón que me parece preocupante. Pero no es
un caso aislado. Hace algunos meses escribía un panegírico sobre Gamarra, el
emporio de comercio textil informal de Lima, sumándose a las voces de los
pequeños empresarios que se quejaban de las trabas estatales a sus
emprendimientos individuales. No decía una sola palabra sobre la monumental
evasión de impuestos que estos comerciantes perpetran a diario y la explotación
semi-esclavista de los operarios, consecuencias ambas de la ausencia de
fiscalización del estado sobre la codicia ciega, inherente al capitalismo, que
manda recortar gastos y maximizar ganancias. Aparentemente a MVLL no le
inquieta que allí no se cumpla la ley; si no hay regulación estatal y reina el
capitalismo salvaje, bienvenido.
Vargas Llosa es un gigante de la literatura y su Premio
Nobel fue más que merecido, ya lo he comentado en este blog, pero sus opiniones
políticas, nacidas del uso de anteojeras ideológicas y que a menudo son de una
ingenuidad casi infantil, minan su enorme prestigio como pensador. Roguemos a
los dioses que siga escribiendo esas magníficas novelas y deje de lado su rol
de opinador delirante, para que no tengamos que decir otra vez, como El Veco, “abuelito,
¿qué hora es?”.
domingo, 24 de junio de 2012
La música y el dolor
El domingo pasado, con
disciplina digna de mejor causa,
planeaba escribir un nuevo post para el blog. Se supondría que tendría algo de
crónica y un poco de opinión, y el tema sería… la corbata. Pero el día anterior
había ido, junto con mi mujer y mi hijo, a la exposición itinerante del museo
de la memoria en La Serena. Después de ese recorrido por la barbarie de la
dictadura de Pinochet y el sufrimiento de las víctimas, que se perpetúa en los
familiares, hablar sobre corbatas me pareció de una banalidad espantosa. De
allí el silencio. Uno tal vez podría fijarse en los números: 3000 muertos, 1200
de ellos desaparecidos en fosas clandestinas, hornos de cal, o lanzados al mar,
30000 torturados, 250000 exiliados… y 70 represores condenados. Pero los números
dicen poco. Por cada uno hay una docena de familiares cercanos traumatizados
para siempre, y por cada uno hay cientos que se convencieron de que era mejor
no hacer nada. Y así lograron aniquilar el pensamiento de toda una generación.
Sin ese exterminio no se puede entender que el modelo actual del ciudadano
chileno sea tan superficial y materialista. Pero tal vez no todo está perdido.
Como escribía Schwenke (hablo de él más abajo): “tenemos que juntar nuestras verdades,
tenemos que reír a toda costa, tenemos que inventarnos la esperanza, hay que
hacerse de nuevo cada día”.
Hace veinte años, poco
tiempo antes de dejar el Perú para vivir en Chile, escribí un poema un poco largo, por primera y
única vez. Se llama La Marea y lo subí al blog hace algún tiempo. En uno de los
versos menciono a un preso político que compone sinfonías después de la
tortura. Ficción pura. Lo escribí mucho antes de conocer a varios exiliados
latinoamericanos en Suecia que, tras entregarme su amistad generosa y
solidaria, me contaron su experiencia en
la tortura cuando eran presos políticos. En el museo de la memoria, el sábado
pasado, conocí el caso de Jorge Peña Hen. Un compositor que, entre muchas obras,
fundó una escuela experimental de música que hasta hoy forma centenares de
niños, y que a mediados de los 60 creó la primera orquesta sinfónica infantil
de Latinoamérica. Como tantos otros, fue denunciado por compañeros de trabajo a
pocos días del golpe de estado en 1973 por el delito de tener una ideología de
izquierda, y fue encarcelado inmediatamente. Un mes después, cuando la Caravana
de la Muerte enviada por Pinochet para ejecutar presos pasó por La Serena,
Jorge Peña y 15 prisioneros más que esperaban juicio fueron ametrallados por la
espalda y rematados con tiros en la cabeza. Recién en 1998 se pudieron exhumar
los restos, que estaban en una fosa común, y se constató que habían sido
salvajemente torturados. En el museo de la memoria pude leer la terrible carta
de despedida que Jorge Peña, de 45 años, escribe a su mujer, cuando presiente
que pronto terminarán con su vida, días antes de que lo asesinaran. Al lado de
esa carta pude ver la sinfonía que, con la punta de un fósforo quemado, Jorge
Peña había comenzado a componer sobre un sucio trozo de papel. Lo que yo había
imaginado en Lima en 1992 ya había ocurrido en La Serena en 1973. Qué enorme
humanidad hay detrás de ese gesto, qué portento de persona aniquilaron esos
esbirros miserables. Ojalá sirviera de consuelo saber que por más poder
económico y militar que la derecha vencedora ha tenido siempre, nunca produjo
seres humanos más valiosos que los derrotados.
Anteayer murió atropellado
Nelson Schwenke, líder y letrista del dúo Schwenke y Nilo. Fueron de los
primeros que se animaron a cantar canción protesta durante la dictadura
pinochetista. Alguna vez fueron seguidos, fichados, y amenazados de muerte. Sus
canciones decían cosas descarnadamente ciertas, y sus declaraciones
anti-sistema se reflejaban en su forma de vivir. Odiaban la televisión y la
radio, y la estupidez que las gobierna. Tal vez por eso nunca pudieron vivir de
su canto, porque al no venderse no vendían. Pero nunca dejaron de cantar. Se
instalaron en la memoria colectiva de esos días grises, de batalla diaria de lo
humano contra lo inhumano. Una vez los fui a ver a un concierto. Eran un par de
tipos sencillos, que conversaban con el público antes y después de subir al
escenario, sin aspavientos ni poses. Dos guitarras y la ropa de todos los días.
En el concierto descubrí que Nelson Schwenke tenía un humor rápido y sarcástico
que convivía con una amargura esencial. También confirmé lo que sospechaba al
oírlo en un cassette: cantaba con el alma. Al momento de morir, a los 54 años,
administraba una ferretería, pero preparaba un nuevo concierto en el lluvioso
sur al que tanto le cantó el dúo. Para quien no los conocía, les dejo la
canción que siempre me conmovió y hoy me dolió más que nunca. Schwenke nos ha
dejado un poco más solos, pero también un poco más tranquilos, porque ya no
estarán su voz y sus letras para recordarnos todos los ideales que hemos
perdido en el camino.
Señores, denme permiso
pa' decirles que no creo
lo que dicen las noticias
lo que cuentan en los diarios
lo que entiendo por miseria
lo que digo por justicia
lo que entiendo por cantante
lo que digo a cada instante
lo que dejo en el pasado
las historias que he contado
o algún odio arrepentido.
Para que ustedes no esperen
que mi canto tenga risa
para que mi vida entera
les quede al descubierto
para que sepan que miento
como lo hacen los poetas
que por amarse a sí mismos
su vida es un gran concierto
déjenme decirles esto
que me aprieta la camisa
cuando me escondo por dentro.
Y si alguno quiere risa
tiene que volver la vista
ir mirando a las vitrinas
que adornan las poblaciones
o mirar hacia la calle
donde juegan esos niños
a pedir monedas de hambre
aspirando pegamento
pa’ calmar tanto tormento
que les da la economía.
Cierto que da risa…
Pero yo creo que saben
donde duermen esos niños
congelados en el frio
tendidos al pavimento
colgando de las cornisas
comiéndose a la justicia
para darles tiempo al diario
que se ocupe del deporte
para distraer la mente
para desviar la vista
De este viaje
por nuestra historia
por los conceptos
por el paisaje.
domingo, 3 de junio de 2012
Aventuras africanas
Nguruman, Kenya, 1999. Fui a Kenya para un
curso de ecología de campo como última actividad de mi doctorado en Suecia.
Todo pagado, incluidas las vacunas y pastillas para la malaria: el viejo y
querido Estado del Bienestar sueco. Éramos 10 estudiantes “suecos” y 10
estudiantes africanos, de Uganda, Kenya, Senegal, Etiopía y Tanzania. En los
días previos al viaje a Kenya tuve un itinerario geográfica y climáticamente desquiciado.
En menos de diez días pasé del gélido invierno sueco al agobiante calor seco de
Santiago, luego al calor húmedo de Lima, vuelta al calor seco de Santiago,
retorno a los grados bajo cero escandinavos, y finalmente aterrizaje en el
calor africano. O sea, el cóctel perfecto para un resfrío de muy padre y señor
mío. Tener conciencia del riesgo de arruinar esa experiencia única por un
malestar de salud activó una vez más ése componente de mi personalidad, mezcla
de temeridad y excesiva confianza en mí mismo, que ya he comentado en los posts
precedentes. No solamente decidí que no me resfriaría (la mente controla al
cuerpo, repetía), también me convencí de que nada me ocurriría en el
continente negro. Y actué en consecuencia. No me va a pasar nada.
Uno de los mayores temores de los suecos era
la malaria, sobre todo porque la zona a la que iríamos, Nguruman, quedaba en
plena sabana, en territorio Masai, azotado por el paludismo. No estaban del
todo confiados en el poder protector de las pastillas que tomábamos, y
cualquier sensación de seguridad se evaporó cuando, a poco de llegar a Nairobi,
escuchamos la charla de un científico que era experto mundial en el tema. Con
el tono festivo de quien cuenta el hallazgo de una momia egipcia, el sujeto nos
anunció que los protozoarios causantes de la enfermedad, que viajan en
aerolíneas zancudo, hacía mucho rato que habían evolucionado resistencia a los
fármacos que se usaban en Europa. Dicho de otro modo, teníamos una muy buena
protección contra organismos ya extintos, algo así como tener un arma infalible
contra el ataque de pájaros Dodo. En la víspera del viaje a Nguruman visitamos
un parque nacional cerca de Nairobi. En el recorrido el simpático guía nos
señaló restos frescos de una osamenta sobre un árbol y dijo sin inmutarse
“parece que un leopardo estuvo cenando allí”. No todos lo tomamos con la misma
emoción, algunas muchachas se asustaron. Y tal vez fue también por susto que un
rato después señalaron nerviosamente al muchacho de Senegal, que manifestaba
síntomas de fiebre. Me molestó el alarmismo escandinavo y entonces le ofrecí a
Serigne, el senegalés, una pastilla de paracetamol. La aceptó gustoso pero me
dijo que no tenía agua. Entonces le ofrecí la botella de la que estaba
bebiendo, a lo que él señaló que tal vez no era buena idea porque me podía
contagiar. No te preocupes, insistí, y finalmente bebió de la botella y me la
devolvió. Después de tomar el siguiente sorbo noté que las atemorizadas suecas
me miraban con reprobación. No me va a pasar nada.
El largo viaje para llegar a Nguruman comenzó
en maltrechas carreteras, salpicadas por piquetes de policías-asaltantes que no
nos molestaban por tener camionetas con logos oficiales. Ya en caminos de
tierra, nos adentramos en el Rift Valley, el territorio que contempla el Rey
León en el póster, y tuvimos que atravesar la zona del lago Magadi. Es lo más
parecido al infierno que conocí: un paisaje de montículos de sal rodeados de casi
nada (bueno, sí, había flamencos), olor a azufre, y calor aplastante que hasta dificultaba
la respiración. Mucho tiempo después supe que ése era uno de los lugares más
calientes del planeta. Cuando por fin llegamos a Nguruman nos asignaron los
dormitorios. Dos estudiantes en cada uno, un mosquitero para cada cama, igual
que en Nairobi, nos dijeron. Fue casi rigurosamente cierto. En el dormitorio
que me tocó sólo había un mosquitero, algo que Örjan, el sueco que me tocó de
compañía, comenzó a describir con angustia, una y otra vez. Si le daba unos
minutos más, el muchacho, cuyo valor no se condecía con su estirpe vikinga, iba
a comenzar a somatizar síntomas de la malaria. Inmediatamente le dije: no te
preocupes, úsalo tú, a mí no me va a pasar nada. No intentó convencerme. Cada
noche, echado en mi cama antes de dormir, me aburría de contar y tratar de
identificar las docenas de insectos que poblaban el techo. Cada mañana amanecía
con picaduras en alguna parte del cuerpo. El ritual de la mañana consistía en
revisar bien los zapatos, porque los escorpiones eran comunes y les gustaba ese
tipo de refugios. No me va a pasar nada.
La jornada era extenuante, tal vez por eso se podía
dormir fácilmente en esas condiciones. El desayuno se servía a las 5 am y a las
6 ya habíamos salido todos a las distintas actividades de campo. El calor hacía
imposible trabajar afuera desde las 11 hasta las 14, así que en ese rato almorzábamos,
analizábamos muestras y datos, y leíamos o escribíamos informes. Luego salíamos
al campo de nuevo hasta que oscurecía a las 18:30. De allí a la ducha, cenar, y
hacer presentaciones o escuchar charlas nocturnas, hasta las 23. Una de esas noches, parado afuera del galpón
que se usaba como auditorio, sentí una picadura fuerte en el dorso de la mano, y
me quejé en voz alta. Podía putear libremente en castellano porque nadie más lo
hablaba. Antes de que se echara a volar, pude ver a la culpable: una gran mosca
de color pardo. Cuando me preguntaron y la describí, uno de los chicos africanos
dijo “puede ser la mosca tse-tse”. Entonces llamaron a Bob, el entomólogo
gringo afincado en Kenya que oficiaba de anfitrión, y tras escucharme confirmó
la sospecha. Me preguntó si sabía para dónde había huido la mosca y yo le dije
que me parecía que se había metido al galpón. Lo que siguió fue un entretenido
espectáculo de adultos parados en sillas y mesas tratando de atrapar una mosca,
entre muchos insectos que pululaban por allí. Los suecos, al verme sonriente y
relajado, me preguntaban si acaso no conocía la enfermedad del sueño,
trasmitida por la bendita mosca. Yo les contestaba que sí lo sabía, pero que no
me iba a pasar nada. Al rato capturaron por fin a la mosca y el buen Bob la
pudo analizar bajo un estereoscopio. Luego de ello se acercó para
tranquilizarme: ésa subespecie transmitía la variante bovina de la enfermedad,
y como yo aparentemente no era una vaca, lo más probable era que no me pasara
nada.
Luego de ejecutar proyectos guiados por
especialistas, en grupos de a cuatro, teníamos que armar un proyecto nosotros
mismos, en grupos de a dos. Decidimos medir ciertas cosas en unas plantas que
se encontraban en tres zonas de humedad contrastante. El problema es que,
terminado el tiempo asignado, en la zona más seca, la sabana abierta, habíamos
muestreado muy pocas plantas. Al día siguiente habría un paseo a unas montañas
cercanas, no todo era trabajo. Entonces pedí permiso para no ir al paseo e ir
otra vez a la sabana abierta, a buscar más plantitas para medir. Me advirtieron
que no era seguro ir solo, que a diferencia de los otros días, no habría nadie
patrullando la zona, que yo sabía bien que en la sabana hay animales grandes,
algunos peligrosos. Insistí y finalmente me permitieron hacerlo. Fue una
experiencia muy especial estar absolutamente solo en ese lugar. Bueno, tan solo
no estuve, porque me acompañó una mosca que tenía como misión en la vida meterse
en mis oídos. No me dejaba trabajar. Tenía que correr en circuitos elípticos
para despistarla y así ganar los segundos que necesitaba para medir. Una
tortura. Lo otro era el calor. Las partes metálicas de la calculadora quemaban
y no era fácil evitarlas con el apuro por la mosca maldita. Con el calor, la
calculadora dejaba de funcionar, así que había que meterla bajo un arbusto y
esperar. La única sombra arbórea disponible se veía a lo lejos, con las típicas
Acacias de techo plano, pero no era aconsejable caminar hasta buscarlas por
varias razones: el calor, el tiempo a perder, el riesgo de desorientarme, y el
pequeño detalle de que a esa hora del día los leones solían buscar esos
refugios, según me explicaron. Finalmente sí tuve un encuentro con seres vivos
grandes, aunque no tan grandes. En el camino de regreso me topé con dos joviales
niños Masai que llevaban un pequeño rebaño de cabras. Les pregunté con gestos a
los pastorcitos si les podía tomar una foto (habíamos sido aleccionados en que
fuéramos respetuosos y no les tomáramos fotos sin su consentimiento) y me
dijeron que sí. Eso fue lo más interesante que me ocurrió, además de terminar
el muestreo y que, de ésa manera, los resultados de mi pequeño proyecto fueran
los únicos que finalmente se publicaron en una revista científica, el African
Journal of Ecology.
Con todas esas historias infantiles del rey de
la selva y documentales de fieros leones cazando (leonas, en realidad; el macho
es más ocioso que un notario), uno tiende a creer que el león es la bestia más
temida por los nativos. No, me explicaron los guías. Es el búfalo. El león es
un problema para los humanos solamente si está muy hambriento, lo que ocurre
únicamente durante la temporada seca. El búfalo, siendo herbívoro, no debiera
ser enemigo natural, pero por alguna extraña razón es común que la visión de un
humano le despierte un instinto asesino, y puede ser muy efectivo. Me contaban
historias de personas que han tenido que pasar dos noches arriba de un árbol
hasta que el búfalo abajo se cansara de esperar. Su embestida no la cuentas y,
pasados los primeros metros de arranque, de lento no tiene nada: 40-50 km/h
(nuestro querido Usain Bolt corre los 100 metros planos a 36 km/h). Bien, el
caso es que en los primeros proyectos grupales, me tocó una especialista en
escarabajos estercoleros, una menuda señora de Tanzania. La afable dama nos
explicó que, para el experimento, teníamos que conseguir excremento
relativamente fresco de vacas, elefantes y búfalos. Lo de las vacas no fue
problema, porque lo ganaderos nativos eran muy generosos y nos permitían entrar
a sus corrales con bolsas en las manos y seguir atentos al animal hasta que nos
regalaba su tibio tesoro. Los niños pequeños, desnudos, hermosos y muy alegres,
se burlaban de nuestra noble tarea. Con el elefante hubo suerte, sus
inconfundibles bostas, con formas y dimensiones de un tacho de basura, estaban
aceptablemente húmedas todavía. El problema era el búfalo, el estiércol que
encontrábamos estaba demasiado seco, así que había que ir a buscarlo. Mientras
manejaba una Land Rover que pasaba por encima de hierbas altas y arbustos
bajos, el chofer-guía nos decía, preocupado, que ojalá que el animal no
estuviera muy cerca de su excremento. Paramos en una zona señalada por el guía
y comenzamos a caminar. Nos explicaba que en esas formaciones de hierbas y
arbustos altos la bestia se tumbaba, oculta en la espesura, a dormir la siesta.
Pero que si lo despertábamos, estaría de mal humor, y eso era algo que no
queríamos que ocurriera. Los primeros hallazgos de actividad digestiva nos
parecieron casi aceptables, pero dijimos que podíamos buscar algo un poquito
más fresco. Nos internamos un poco, y otro poco más, pero no aparecía la mierda
prometida. De pronto el guía se detuvo y nos hizo callar. Nos dijo en voz baja
que le parecía haber escuchado un ruido de ramas quebrándose. No era broma, el
muchacho estaba realmente asustado. Y ese temor nativo tuvo una onda expansiva,
porque al instante estábamos todos asustados. Ése fue el único momento del
viaje en el que sentí miedo de verdad. Podría ahora mismo estar mirándonos,
susurraba el keniano mientras giraba la cabeza para todos lados. Entonces mejor
nos vamos, dijimos. El primer estiércol nos pareció en ese momento perfectamente
aceptable. El trabajito no se publicó en ningún lado, pero todos volvimos con
los huesos completos.
El dato que falta entregar es que de los 10
que viajamos desde Suecia, 9 sufrieron algún tipo de dolencia
gástrica, dérmica, febril, etc. Tres las sufrieron en África, los otros seis
las desarrollaron ya de regreso. El profesor que viajó con nosotros y me contó
la estadística, me dijo que yo había tenido mucha suerte.
Resumiendo los últimos tres posts, ni tan
lejos que no se pueda ver, ni tan cerca que se pueda tocar, la muerte ha estado
rondando. No tomo estas cosas a la ligera, solamente trato de ser fiel al
relato de los hechos, con mi mentalidad inmadura de entonces. Podríamos hacer
sesudas reflexiones existencialistas sobre el tema, para no parecer
superficiales, pero esta vez opté por la crónica. Siendo la única certeza que
tenemos, la muerte no es un tema para burlarse, pero tampoco para huir. Ya lo
decía el poeta peruano Javier Heraud, quien encontraría la muerte en 1963, a
los 21 años, acribillado por fuego cruzado de la policía sobre una canoa en la
selva amazónica, donde formaba parte de una columna guerrillera que quería
cambiar la realidad de injusticia. En una trágica ironía, a los 18 años, tres
años antes de recibir 29 balazos tras levantar un trapo blanco, en un poemario
con el que ganó un premio nacional, el brillante y precoz Javier Heraud
escribía:
Yo nunca me río de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo miedo de morir
entre pájaros y árboles.
(…)
Claro está, la muerte no me ha visitado
todavía,
y Uds. preguntarán: ¿qué conoces?
No conozco nada.
Es cierto también eso.
Empero, sé que al llegar ella yo estaré
esperando,
yo estaré esperando de pie
o tal vez desayunando.
La miraré blandamente (no se vaya a asustar)
y como jamás he reído
de su túnica, la acompañaré,
solitario y solitario.
sábado, 26 de mayo de 2012
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (II)
(continúa el post anterior)
Las tres situaciones que quedan por contar
tienen como común protagonista, aparte del riesgo de un final trágico, cierta
característica de mi personalidad de juventud que, según se mire, puede
llamársele arrojo, valentía, temeridad, o tal vez inmadurez, exhibicionismo, estupidez.
Un barrio de Miraflores, Lima, Perú. 1991. Para entender bien el relato es necesario entregar el contexto de lo que se vivía en esos años. Sendero Luminoso asolaba la ciudad de Lima con autos-bomba a edificios públicos y privados, asesinato de policías, funcionarios públicos, sindicalistas, y dirigentes barriales y de ONGs. Los organismos de seguridad secuestraban y asesinaban a estudiantes, profesores, sindicalistas y dirigentes barriales y de ONGs. La delincuencia común secuestraba diariamente a pequeños y medianos empresarios, o ciudadanos X con algún capital que aportar. En suma: psicosis colectiva. Una noche, regresaba del cine a casa de mi novia de entonces, manejando el vetusto Volkswagen escarabajo que su madre generosamente nos prestaba para salir. El padre de mi novia era directivo de una ONG a la que ya le habían asesinado funcionarios en provincias, y él aparentemente estaba siendo “reglado” (seguimiento de actividades y rutinas). El vecino de ellos era un empresario televisivo que vivía detrás de unos altos muros con protección eléctrica y vigilancia particular contratada. Esa noche, en las cuadras previas a la casa había un gran montículo de arena en la calle y yo lo esquivé con una maniobra brusca. Ese movimiento activó mi gen descrito en el párrafo anterior y entonces comencé a manejar haciendo curvas de un lado a otro de la calle, a velocidad, mientras mi novia reclamaba y yo le decía que se calmara, que la calle estaba vacía. La última maniobra fue, tras una curva cerrada, detenerme súbitamente frente a la puerta de su casa. Y entonces, mientras ella terminaba de recriminarme, un sujeto caminó unos pasos por la vereda, se paró frente a nosotros… y sacó un revólver. Lo miraba y lo movía, como exhibiéndolo, y pasaba de apuntar al piso a apuntar a la ventana del piloto, donde yo palidecía y trataba de pensar qué hacer. Si él disparaba ya no había mucho que hacer, pero mientras no lo hiciera, tal vez yo podría hacer algo útil. Como en un examen de alternativas en el que el tiempo se agota, forzaba a mi cerebro a evaluar en instantes todas las opciones: agacharme y que saliéramos corriendo por la puerta del copiloto, bajarme del auto con las manos en alto, decir que se llevara el auto y nuestras billeteras, gritar pidiendo ayuda, embestirlo con el auto… pero el problema principal era que yo no tenía claro si lo que tenía a tres metros de distancia con un arma era un asaltante común, un senderista que creía que en ese auto iba el padre de mi novia, el vigilante del vecino que temía que fuéramos secuestradores, o ninguna de las anteriores. Hice contacto con sus ojos y su expresión parecía denotar cierta calma, como que no pretendía hacer nada inmediatamente sino amedrentarnos, disuadirnos de hacer algo. Decidí que tal vez todo terminara si simplemente nos alejábamos. Encendí el motor, y el tipo retrocedió unos pasos. No parecía hacerlo para tomar nueva posición de disparo, su lenguaje corporal indicaba satisfacción del deber cumplido. La siguiente decisión era si debía avanzar o retroceder. A pesar de que la situación había bajado en intensidad, no quise darle la espalda, por si efectivamente se animaba a disparar. Así que retrocedí lentamente (milagrosamente entró a la primera el cambio de retroceso, que siempre era un dolor testicular) y mientras lo hacía el tipo caminó unos pasos más, para pararse en frente de la puerta de la casa del vecino. Mi novia entonces lo reconoció como el vigilante. Supuse que lo recíproco ocurriría y entonces detuve el auto, me bajé lentamente, hablé con ella de cualquier asunto trivial en voz alta, como si nada hubiera pasado, y apenas ella apareció en la visual del sujeto, él guardó su arma. Al llegar a la puerta nos pidió disculpas, que no había reconocido a la señorita, que pensó que éramos delincuentes, que Ud. sabe que en estos tiempos. Nosotros no teníamos muchas ganas de hablar y una vez adentro le prometí y me prometí que nunca más haría tonterías innecesarias a bordo de un auto. No estoy seguro de haber cumplido la promesa, pero sí sé que no me han vuelto a apuntar con un arma.
Camino a Farellones,
Cordillera de Chile central. Estudios de Maestría, 1994. Era una de las
primeras salidas al campo, en primavera. Estábamos buscando una plantita que
crecía arriba de los cerros. Éramos dos hombres y dos mujeres. Como el otro
muchacho era de carácter apacible, sin que nadie me lo pidiera asumí el rol de
líder de la expedición. La caminata era larga y había que improvisar la ruta
entre quebradas, cuestas pronunciadas, bajadas empinadas y arbustales difíciles
de atravesar. Yo los animaba a seguir cuando estaban cansados, probaba primero
los sectores para subir o bajar cuando se complicaba la ruta, y sobre todo los
instaba a no rendirse en el intento de encontrar la maldita planta, que no
aparecía por ninguna parte, mientras subíamos cerro tras cerro y la tarde caía.
Nuestro equipamiento de campo parecía diseñado por el enemigo: sin brújulas,
cuerdas, linternas ni nada que el sentido común indicara como necesario al
internarse en un sector de la cordillera desconocido. Llegado un momento,
alguien dijo que ya no quedaba mucha luz del día y que si ya llevábamos más de
cuatro horas caminando, la noche podía caer antes de que hubiéramos podido
volver. Insistí en que buscáramos en una cuesta más y luego de eso ya podríamos
volver. Accedieron de mala gana ante mi incombustible entusiasmo y capacidad de
persuasión. Y justo en esa última cuesta inspeccionada, detrás de una enorme
roca… la plantita tampoco estaba. Así que tuvimos que emprender el retorno
cansados, insolados, sucios, rasguñados, sin haber cumplido la misión, pero
contentos por los paisajes avistados y el buen rato pasado en grupo. Un dato
importante era el río. Lo tuvimos que atravesar a poco de comenzar el camino de
ida, después de recorrer un poco la orilla buscando una zona poco profunda. En
ese momento ellos no se terminaban de animar, así que el necio líder, después
de dar una encendida arenga a la que nadie prestó mucha atención, se remangó
los pantalones y dio el ejemplo cruzando el río sin dificultad. Ahora
comenzaría pronto a oscurecer y el recorrido de regreso no era exactamente el
mismo que el de ida. Tratábamos de cortar camino, acelerar, para no llegar al
río de noche. Ya casi no hablábamos, no hacíamos bromas, concentrados en
avanzar lo más rápido posible. Hasta que, finalmente, logramos llegar a la
orilla del río. Todavía quedaba un poco de luz natural, la suficiente para
darnos cuenta de que no estábamos en el mismo sector, y que el río había
aumentado bastante su caudal. El otro muchacho sugirió prudentemente seguir
caminando, hasta encontrar el mismo lugar por el que cruzamos el río a la ida.
Yo alegué que nos desviaríamos mucho, que perderíamos la ruta corta que estábamos
haciendo, que podíamos intentarlo allí mismo. El primer disparate que propuse,
y comencé a llevar a los hechos, fue la “estrategia china”: tirar muchas,
muchas piedras grandes al río hasta generar un puente ligeramente sumergido.
Pero ellos ya no estaban de humor para mis grandes ideas, así que la estrategia
china no pudo ser puesta a prueba. Entonces, como golpe de efecto irrefutable,
se me ocurrió volver a dar el ejemplo. Me quité el pantalón (el nivel del río
ya estaba muy por encima de las rodillas) y comencé a atravesarlo. Acopié toda
la audacia que me quedaba, porque el agua estaba muy fría y me llegaba a la
cintura. Después de haber avanzado varios pasos, concentrado en no perder el
equilibrio, algo me detuvo. Fue como si una voz interior me dijera “Para”. Yo
lo interpretaba como simple y humano temor, y entonces trataba de ahuyentarlo
como lo había hecho tantas veces ese mismo día, con la necedad del líder, dando
un paso más y otro. Pero no había caso, el temor, o algo así, me ganaba, no
lograba dar ese paso por más que lo intentaba. Para. Con frío y expuesto a la
vergüenza de flaquear después de tanta declaración rimbombante, giré y les pedí
que buscaran y me alcanzaran una rama larga. Me la lanzaron, y cuando la
introduje para tantear el nivel del río justo delante de mí… se hundió hasta
desaparecer, como tragada por un remolino. Era una rama muy larga, así que
probablemente allí había una fosa o la profundidad del río cambiaba
bruscamente. Nadie dijo nada por la elocuencia de la escena. Asombrado y
asustado, giré y deshice mis pasos. Caminamos, mejor dicho corrimos, hasta el
lugar de la orilla original y pudimos cruzar el río, cuando ya casi era de
noche. Las últimas pendientes las subimos en la oscuridad total, resbalando sin
saber bien a qué asirnos, picados por avispas, rasguñados por piedras y ramas,
maldiciendo la reiterada torpeza que nos había acompañado en esa expedición. Yo
no me quejaba, ya no por valiente, sino por la alegría de estar allí todavía,
gracias a esa voz interior. No sé qué fue eso. Pepe Grillo, mi cerebro
intuitivo (lean Blink, de Malcolm Gladwell), mi
ángel-de-la-guarda-dulce-compañía, el instinto primate de conservación, o todas
las anteriores, no importa. Lo que haya sido, me salvó. Porque, faltó decir, el
autodenominado líder de la expedición era y es un pésimo nadador.
Bueno, se ha hecho un
poco tarde, tengo otros deberes que atender. La quinta y última historia, que es un poco larga, queda ya para el
siguiente post. El próximo sábado.
domingo, 20 de mayo de 2012
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (I)
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Cesare Pavese
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Cesare Pavese
Hace un par de años me encontraba dictando una clase sobre
evolución y cambio global en La Paz. Si ya era un problema mantener el fuelle a
3600 metros sobre el nivel del mar que todavía no les devuelven, más se
complicaron las cosas cuando noté en la juvenil audiencia cierta resistencia
axiológica a aceptar como algo natural la extinción de las especies. Es lo más
natural del mundo, les decía; todas las especies surgen y se desvanecen, en
tiempo evolutivo. Si ninguna de las especies originales se hubiera extinguido,
nos habríamos perdido a buena parte de las demás, por falta de sitio. No había
caso: horas y horas de documentales sobre koalas, pandas y osos polares habían
hecho efecto en sus cándidas y bienintencionadas mentes, que se resistían al
razonamiento científico. Entonces, en medio de la hipoxia que nublaba mi mente,
para contrarrestar su excesivo apego a la vida, se me ocurrió decirles que la
situación era análoga a la de cada uno de nosotros. Con un tono casi festivo,
como quien anuncia un fin de semana largo, les dije que la única certeza que
podíamos tener en ese momento era que dentro de setenta años todas las personas
presentes en el aula estarían muertas. Quedaron pasmados, aplastados. La
discusión se silenció por largos segundos. Las miradas antes inquisidoras ahora
denotaban angustia existencial. Una muchacha quiso salvarse diciendo, con la
voz quebrada, que era muy joven y que dentro de setenta años tal vez estaría
viva. Con mi inveterada empatía con los débiles, le dije: bueno, entonces
dentro de ochenta años. O sea, una ráfaga para rematar a los moribundos.
Definitivamente mi frase-analogía no tuvo el efecto que esperaba, ni fui
elegido el profesor más simpático del curso. En lugar de que la luz
racionalista se abriera paso en medio de las tinieblas de la pseudo-ciencia
emotiva, lo que había conseguido era tener al frente a los pasajeros del
Titanic. ¿Por qué cuesta tanto asumir que somos efímeros?
Comprendo absolutamente que uno se resista a la muerte de los seres más queridos. Uno nunca se recupera cuando ocurre, y no es capaz de (o no quiere siquiera) imaginarlo cuando aún no ha ocurrido. Pero, ¿Y uno mismo? ¿Por qué le duele tanto a algunos pensar en su condición de simples mortales? Evidentemente no tengo la respuesta. Pero pensando en estas cosas se me ocurrió que podría valer la pena compartir con el puñado de lectores que tengo los episodios en los que he visto a la parca de cerca. ¿Qué tan cerca? No mucho, en realidad. No se comparan con la experiencia de mi amigo cantautor Erik, que se quedó sin fuerzas tratando de cruzar el río Urubamba (el mismo que se ve serpenteando abajo desde Machu Picchu), o la de Alberto, un nicaragüense con el que compartí un curso y me contó cómo escuchaba silbar las balas a su lado, con el cuerpo a tierra, cuando se alistó como voluntario para combatir a los “Contras”. Todos tenemos historias de haberla visto cerca, aunque sea en el horizonte, pero como este pequeño blog es mío, entonces cuento las mías. Eso sí, para mantener la extensión que considero adecuada para estos textos (entre mil y dos mil palabras) lo haré en dos entregas. La segunda parte la subiré el próximo sábado. Vamos en orden cronológico.
Comprendo absolutamente que uno se resista a la muerte de los seres más queridos. Uno nunca se recupera cuando ocurre, y no es capaz de (o no quiere siquiera) imaginarlo cuando aún no ha ocurrido. Pero, ¿Y uno mismo? ¿Por qué le duele tanto a algunos pensar en su condición de simples mortales? Evidentemente no tengo la respuesta. Pero pensando en estas cosas se me ocurrió que podría valer la pena compartir con el puñado de lectores que tengo los episodios en los que he visto a la parca de cerca. ¿Qué tan cerca? No mucho, en realidad. No se comparan con la experiencia de mi amigo cantautor Erik, que se quedó sin fuerzas tratando de cruzar el río Urubamba (el mismo que se ve serpenteando abajo desde Machu Picchu), o la de Alberto, un nicaragüense con el que compartí un curso y me contó cómo escuchaba silbar las balas a su lado, con el cuerpo a tierra, cuando se alistó como voluntario para combatir a los “Contras”. Todos tenemos historias de haberla visto cerca, aunque sea en el horizonte, pero como este pequeño blog es mío, entonces cuento las mías. Eso sí, para mantener la extensión que considero adecuada para estos textos (entre mil y dos mil palabras) lo haré en dos entregas. La segunda parte la subiré el próximo sábado. Vamos en orden cronológico.
Avenida Brasil, Lima, Perú. Yo tenía siete u ocho años. Habíamos ido de visita donde unos primos que tenían un fulbito-de-mano/taca-taca/futbolín o como quiera que se llame en su país de origen ese juego. Como en esa época no sabía perder (algo he aprendido en los últimos 35 años) no quería irme de esa casa hasta ganar un partidito. Pero mi madre ordenó salir de regreso. Ella y mis dos hermanos menores me precedían camino al paradero en una gran avenida de ocho carriles. Yo iba caminando varios metros retrasado, protestando, enfurruñado, en una pataleta de libro de texto. Ellos cruzaron la primera pista de dos carriles, pues el paradero estaba ubicado en la gran vía central. Yo no. Me detuve justo antes de cruzar, prolongando por unos momentos mi último gesto de rebeldía antes de claudicar. Mi madre me miraba enojada y algo me decía, pero yo no la escuchaba por el ruido de la avenida. De pronto vi que estaba acercándose al paradero el microbús que esperábamos, el número 10, El Moradito, del que –después sabría– se decía que era más fiel que una mujer, pues no importaba la hora de la madrugada, siempre pasaba. Entonces decidí cruzar corriendo la primera pista, omitiendo la básica noción de mirar antes de cruzar. Lo que sigue no tiene una explicación clara, y corresponde a esas situaciones en las que el tiempo comienza a transcurrir más lentamente. A mitad de camino escuché el chirrido de una patinada y por el rabillo del ojo percibí un auto color azul metálico que tenía casi encima. Recuerdo haber alargado la zancada, pero dudo que esos centímetros hicieran alguna diferencia. El conductor, que dejó su auto casi perpendicular a la avenida, se bajó vociferando. Mi madre me gritaba en la cara, al borde del colapso nervioso, y yo solamente lloraba; ya no por haber perdido al futbolín, sino por darme cuenta de que había estado muy cerca de morir. Mucho tiempo después, mi madre me confesaría que en ese instante ella cerró los ojos para no ver el impacto, y que no entendía cómo el conductor pudo desviar su auto a tiempo, porque yo aparecí de improviso en la vía. Si existiera el ángel de la guarda, este podría ser un caso para achacárselo. Lástima que no exista.
Universidad Cayetano
Heredia, Lima, Perú. En una de las infinitas pichangas jugadas fuera y dentro
del horario de clases, un muchacho no se tomó de la mejor manera que le hiciera
un sombrerito de ida y vuelta. Entonces forzó meter la cabeza para alcanzar una
pelota que ya no podía alcanzar, y lo que hizo fue impactarme de lleno con la
cabeza en la parte en la que el tabique nasal se encuentra con la ceja (el arco
superciliar, para los entendidos). Quedé aturdido un rato, pero no le di
importancia y seguí jugando. Una hora después, sentado en clase, estaba mareado,
sentía que la mano izquierda y la pierna izquierda se me dormían, y el dolor de
cabeza era muy fuerte. Decidí irme a mi casa, para lo que tenía que tomar dos
microbuses, en un tiempo total de viaje de poco más de una hora. Cuando llegué
a mi casa el dolor de cabeza era insoportable, y al mirarme al espejo vi que
tenía los labios caídos hacia un lado. Intenté dormir pero el dolor no me
dejaba y de pronto tuve un vómito explosivo, sin náusea previa. Entonces
intenté pedirle a mi hermana, la única persona en mi casa, que fuera a la
esquina a llamar por teléfono a mis padres (no había teléfono fijo en casa y lo
más cercano a la idea de celulares lo había visto en las manos de James Bond y
Maxwell Smart). El problema es que cuando intenté hablar lo que salía de mi
boca eran balbuceos que no se parecían mucho a los fonemas deseados (nombre
técnico: afasia). Algunas sílabas coincidían, pero en desorden. Desesperado,
entre señas y llanto, mi hermana captó el mensaje y se fue a llamar. No tardó
mucho en llegar un tío político que era médico y que tras un rápido examen
sentenció que había que llevarme de urgencia a una clínica cercana. Allí me
hicieron lo que corresponde en casos de coágulos que están causando un ataque o
derrame cerebral (lo sé ahora gracias a Dr. House): me inyectaron corticoides
en cantidades industriales. Las primeras horas eran claves y las superé. Al día
siguiente me hicieron una resonancia (MRI según House) y el hematoma subdural (o
sea, ubicado en una de las meninges) estaba cediendo. El electroencefalograma
indicaba que mi hemisferio derecho funcionaba al 50% (varias personas opinan que
esto se ha mantenido hasta hoy). Gradualmente me fui recuperando, aunque en los
primeros exámenes en la universidad me fue muy mal, porque estudiar media hora
me cansaba como si lo hubiera hecho seis horas: mi cerebro estaba
convaleciente. Pero esta historia con final feliz tuvo una contrastante historia
paralela. El día anterior a mi lesión, un obrero de la fábrica donde trabajaba
mi padre recibió un fuerte golpe en la nariz jugando una pichanga, igual que
yo. Manifestó síntomas similares a los míos, pero a él lo llevaron a una posta
pública, donde tras una larga espera lo mandaron de regreso para su casa con
dos aspirinas. Al día siguiente murió. La cruel diferencia entre mi vida y su
muerte, como tantas veces, tuvo que ver con el desigual acceso a los recursos
en nuestras sociedades tan poco civilizadas. Estas lesiones no son poca cosa.
Unos años antes, cuando yo estaba en el colegio, un estudiante murió de modo casi
idéntico: a partir de un pelotazo en la nariz jugando voleibol. A mí,
simplemente, no me tocaba ese día.
Continuará.
domingo, 13 de mayo de 2012
Los niños no deben morir
La violencia homicida contra niños pequeños está dentro de lo que no podemos tolerar. Es el dolor mayor, un defecto imperdonable del universo, algo que no debiera ocurrir nunca. Es una prueba más de que no existe ese dios todopoderoso y bueno del que nos hablaron tantas veces los curas y las monjas. O es bueno, pero al no poder impedir ese dolor es entonces un ser inútil, prescindible, o es poderoso, pero al no querer impedir ese dolor es entonces de una crueldad inimaginable. Quisiéramos que fuese una pesadilla, un error más de los periodistas, pero no es así: ocurre. Las noticias nos cuentan que un niño o niña ha sido raptado y, tras una búsqueda angustiante que al alargarse desvanece las esperanzas, anuncian el hallazgo macabro. El sufrimiento indescriptible de los padres comienza entonces y ya nunca termina. Cuando eso ocurre, lo habitual es que uno -espectador- se deprima, llore con o sin lágrimas, abrace a su hijo, o multiplique cuidados y precauciones, para que a uno no le ocurra. Pero hay quien reacciona de otra manera.
Hace 101 años, en Chicago, una niñita rubia de 5 años le dijo a su madre que iría a ver a su tía, que vivía a la vuelta de la esquina. Se detuvo a mirar a un organillero, junto a otros niños, y luego su rastro se perdió. Un mes después encontraron su cuerpo en un canal. Sospecharon de un grupo de gitanos, con antecedentes de secuestros a niñas similares en otros lugares, pero no se pudo probar nada. El caso conmocionó a la ciudadanía por mucho tiempo (tres mil personas acudieron al funeral). Una de las personas afectadas por los sucesos era un hombre joven llamado Henry Darger, quien conservó un recorte de periódico con la foto de la niña por largo tiempo. Junto con la foto, llevaba para todas partes un manuscrito que había estado escribiendo intermitentemente. Pero un día alguien robó sus pertenencias del casillero donde las guardaba en el trabajo. Darger era limpiador de baños en Chicago, lo fue toda su vida, desde que a los 17 años huyó del hogar para niños con retardo mental donde lo maltrataron durante siete años, hasta poco antes de morir, octogenario. La pérdida de ese recorte de periódico lo afectó mucho. Intentó recuperarlo de varias maneras, sin suerte, y tras asumir su pérdida decidió volver a comenzar a escribir el manuscrito desaparecido. Pasaron los años sin mayores acontecimientos que reseñar, aparentemente. Era un tipo solitario, con aspecto de vagabundo, que no hablaba con nadie, pero junto con su único amigo alguna vez pensó en crear una fundación protectora de la niñez. En las últimas décadas de su vida, con su mísero salario, Henry Darger alquilaba un cuarto a una pareja que con los años le tomó mucho afecto al ermitaño. Cuando, ya muy enfermo, Darger estaba internado en un hospital de beneficencia, un día la pareja entró -por primera vez- al cuarto. Les costó mucho creer lo que encontraron.
En las paredes y sobre una larga mesa estaba la que tal vez sea la obra más monumental de la historia de la literatura. Durante más de 50 años, Darger escribió un libro que le dio vida a todo un universo de lugares y personajes de fantasía que rodean las aventuras y batallas de unas pequeñas guerreras que luchan contra seres maléficos, buscando rescatar a unos niños esclavizados y, en general, salvaguardar a los niños de todo sufrimiento. El título de su obra es The Story of the Vivian Girls, in What is known as the Realms of the Unreal, of the Glandeco-Angelinian War Storm, Caused by the Child Slave Rebellion. El manuscrito tiene más de 15,000 páginas a espacio simple, lo que equivale a unas 20,000 páginas impresas, con lo que supera la obra completa de muchos escritores consagrados (es algo así como 10 veces El Señor de los Anillos). A eso hay que sumarle más de 600 pliegos de dibujos enormes que ilustran pasajes de la épica que este hombre creó en su reclusión voluntaria. Darger no sabía dibujar, pero aprendió; primero fotocopiando y calcando recortes de revistas, luego perfeccionando su propio trazo. Su obra es tierna y macabra a la vez. Al valor y candidez de Violet y sus seis hermanas, las Vivian Girls, del pacífico y cristiano reino de Abbiennia, se opone la crueldad sádica de los malvados y ateos habitantes de Glandelinia, que habían esclavizado a cientos de miles de niños, arrancándolos de sus hogares. Los textos y los dibujos, algunos de más de 3 m de longitud, describen explícitamente cada episodio, incluyendo las torturas y mutilaciones que sufren los niños. La novela entrega detalles de cada aspecto de ese mundo de fantasía, incluyendo los nombres y lesiones particulares de cada uno de los muertos y heridos en las innumerables batallas que se narran, y los costos económicos de cada campaña. Llama la atención que en los dibujos las niñas tienen pequeños penes, lo que ha llevado a sugerir que Darger murió virgen, sin haber visto a una mujer desnuda. Junto con ángeles y demonios “tradicionales”, coexiste una serie enorme de seres fantásticos, los blengigomeneans, con distintas características y poderes según su categoría. Es un Tolkien que nunca pisó una universidad ni recibió una sola opinión de su obra.
El paralelo entre episodios de la vida de Henry Darger y su novela es notorio, particularmente en situaciones de castigo a los niños. Esto se sabe porque se encontró un diario de vida junto a sus manuscritos. Perdió a su madre cuando era un niño muy pequeño y a los 8 años fue separado de su padre, que ya no lo podía mantener, e ingresado a un orfanato. A pesar de tener un intelecto brillante, pues aprendió a leer antes de ir al colegio y su mirada de los demás fue siempre muy aguda, su personalidad excéntrica (se especula que padecía un tipo de autismo) llevó a que pocos años después lo llevaran del orfanato a un asilo para niños con retardo mental, donde éstos sufrían explotación laboral y maltratos diarios. Tras varios intentos fallidos, castigados severamente, de allí huyó en una larga caminata cuando tenía 17 años. No se puede agregar mucho más, salvo que poco después comenzó a escribir y dibujar una obra incomparable por la que no recibió reconocimiento alguno. De hecho, no hay ninguna señal de que pretendiera publicar su novela. No sabemos casi nada de él. Existen apenas tres fotografías suyas y unos pocos testimonios de sus vecinos, todos lejanos, porque no conversaba con ellos. Pero podemos imaginar bien lo que lo mantuvo vivo todos esos años de penurias y soledad. Contra la monotonía de su vida visible, limpiando baños y asistiendo a misa cada día, en la soledad de su cuarto, rodeado de sus libros y recortes de revistas, Henry Darger pudo darle vida al infinito mundo ideal que soñaba, donde los niños finalmente ya no son maltratados, ni mueren a manos de los malvados. Pudo corregir ese defecto imperdonable del universo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


