domingo, 2 de octubre de 2011

Contra el nacionalismo

Era verano, yo tenía ocho años, y estábamos a punto de comenzar a jugar una pichanga en el parque, contra unos niños que no conocía. Mis compañeros de equipo decían en voz alta que yo jugaba muy bien, que era la estrella del equipo y cosas así. La verdad es que, modestia y nostalgias  aparte, jugaba bien al fútbol. El caso es que uno de los niños rivales se paró enfrente de mí, muy serio, y me dijo con toda la convicción posible “mi primo juega mejor que tú”. Perplejo, le pregunté inmediatamente cómo podía decir eso si él no me había visto jugar. Yo estaba dispuesto a aceptar que otro niño jugara mejor, por supuesto, pero no estaba dispuesto a tolerar una violación tan flagrante de la lógica más elemental: sin una comparación previa, no es posible inferir una relación de superioridad. El niño no pareció perturbarse en lo más mínimo por mi inquisición epistemológica, y retrucó, “sí, no te he visto jugar, pero estoy seguro de que mi primo juega mejor que tú”. Sentí una rabia que tenía mucho de indignación pero también de compasión. Cómo era posible que alguien fuera tan tonto, me decía. No recuerdo si ganamos o perdimos, o si jugué bien o mal. Pero no me olvidé de esa tozudez tan orgullosa como lamentable. Años después, me he dado cuenta de que en ese no-raciocinio pasional del niño aquél está la alegoría más simple y contundente de lo que es una de las plagas de la humanidad: el nacionalismo.

Ese ejercicio de renuncia voluntaria a la razón que subyace a cada afirmación de superioridad del país propio en relación al vecino, casi siempre basada en la profunda ignorancia que se tiene del país vecino, podría ser simplemente un motivo de burla, una razón más para reírse de un tipo particular de estupidez, como la de ese niño, si no fuera porque el nacionalismo es –junto con la religión– la causa principal de las guerras, y una causa fundamental de la violencia en general. El nacionalismo nubla la razón, intoxica el alma, y degrada las relaciones entre las personas al hacerle creer al idiota que su bandera (un trapo de colores, a menudo bonito, eso es todo) es más importante que la bandera del otro; ese otro que habla un idioma diferente, tiene otro color de piel y no comparte la misma historia.

En otro gesto que ilustra su distintivo nivel de país civilizado, Suecia prohibió durante años que sus ciudadanos llevaran la bandera nacional impresa o bordada en la ropa. Eran los tiempos en los que la plaga de nacionalistas xenófobos se extendía por Europa y los estados debían multiplicar sus fuerzas de seguridad para detener a esas hordas belicosas. Al contrario, en nuestros países la ropa y el discurso nacionalistas se venden bien y barato. Sobran los idiotas para comprarlos con entusiasmo. Algo parecido ocurre con los himnos nacionales, que son cantados con orgulloso grito en las competencias deportivas (aunque no se puede decir lo mismo en el caso de las asambleas escolares). Se ha difundido un mito por varios países de Latinoamérica, defendido a rajatabla por sus habitantes, según el cual el himno propio quedó segundo –después de La Marsellesa– en un concurso mundial de himnos, que por supuesto jamás tuvo lugar. Que yo sepa, en Chile, Perú y Colombia se cuenta la misma historia. Pero imagino que hay más casos. Hace poco descubrí que los ecuatorianos se sitúan no en el segundo lugar sino en un top ten, lo que disminuye la soberbia pero no el ridículo. Los himnos nacionales son, en general, desabridos en la música (a veces sospechosamente parecidos, como los de Chile y Bolivia), y necesariamente anacrónicos en la letra. En ese sentido, el que más me gusta es el himno español, porque no tiene letra. En este aspecto destaca claramente el himno mexicano, cuya letra es más que sangrienta. No sé qué tipo de pensamientos le pueden pasar por la cabeza a un niño mexicano cuando canta:

Guerra, guerra sin tregua al que intente
de la patria manchar los blasones!
¡guerra, guerra! los patrios pendones
en las olas de sangre empapad. “.
Antes, Patria, que inermes tus hijos
bajo el yugo su cuello dobleguen,
tus campiñas con sangre se rieguen,
sobre sangre se estampe su pie.
Claro, nos parece gracioso, ridículo, demencial, gore, pero la tragedia y la comedia se rozan en este tema. Ilustres líderes nacionalistas, como Hitler, Mussolini, Gadafi, Saddam Hussein, Bush, han sido al mismo tiempo payasos patéticos y genocidas crueles. El nacionalista noruego Anders Breivik, a quien la principal prensa internacional no ha llamado terrorista porque no es musulmán, hace un par de meses asesinó a casi 100 compatriotas porque lo consideraba “necesario” para impedir la islamización de Europa. El nacionalismo y la razón son rectas paralelas, sin intersección posible. Hace poco capturaron al serbio Ratko Mladić, prófugo desde 1995 por la matanza de Srebrenica, donde sus fuerzas masacraron en un par de días a 8000 bosnios, incluyendo mujeres, niños y ancianos. Tras su captura, en su pueblo natal se oía a una autoridad vecinal declarar: "La detención es una tragedia (...) Ahora detienen a los más valientes, a los mejores”.

La tragicomedia asociada al absurdo nacionalismo no necesariamente tiene que escenificarse en el gran teatro de la política internacional. El año 2005,  Teodoro Callañaupa Silva, profesor de educación secundaria en un humilde colegio peruano, se aprestaba a participar en un desfile cívico cuando notó que el asta donde debía colocarse la bandera no era lo suficientemente alta. Con la ayuda de dos obreros municipales, y frente a sesenta alumnos del Colegio de Varones de Vitarte reunidos para el acto cívico-patriótico, uno de sus hijos entre ellos, se dispuso a levantar un asta metálica donde pudiera ondear como corrresponde la bandera peruana, sagrado símbolo patrio. El profesor de Historia, con veinte años de trabajo en ese colegio, al manipular el pesado parante no pudo evitar que éste se ladeara y entrara en contacto con unos cables de alta tensión que había en la calle. Teodoro Callañaupa murió electrocutado delante de sus alumnos y familiares.

Para identificar los vicios nacionalistas es de mucha utilidad vivir en diferentes países. Así, para aprender a reconocer -y rechazar- el nacionalismo en mi país de origen, el Perú, me sirvió de mucho vivir en Chile. Los chilenos son muy nacionalistas; quizás demasiado. Los he visto, por ejemplo, desplegando su bandera sobre las construcciones en Machu Picchu, cantando su himno varias veces durante un mismo partido de fútbol, vistiendo camisetas-bandera por legión, y transformarse de personas ecuánimes en energúmenos al tratarse el tema del -justo- reclamo de salida al mar para Bolivia. Es más, fue muy popular un comercial de cerveza en el que, tras mencionar supuestos logros de chilenos (algunos reales, otros mitológicos), se concluía “qué sería del mundo sin los chilenos”. Creo que parte de esa errónea convicción de ser muy especiales se explica por el aislamiento -forzado o voluntario- experimentado durante años de dictadura. Como el niño en el parque al comienzo de este texto, la ignorancia del mundo que está alrededor, la estrechez de las fronteras culturales, explican algunas certezas lamentables.   

Entonces, como para tantos otros problemas de la sociedad, la solución para el problema del nacionalismo sería la educación, el conocimiento, la cultura. Soñemos un poco: rocía con cultura a una muchedumbre que vocifera consignas patrioteras y convertirás a la horda palurda en una masa informada que no confundirá al enemigo. Si uno lo piensa con calma, la intersección entre el conjunto de personas destacadas en campos del saber y personas con un discurso nacionalista, es prácticamente un conjunto vacío.  El viejo y querido Schopenhauer, que nunca se aburrió de tener la razón, ya decía hace casi dos siglos que “Cuantas menos razones tiene un hombre para enorgullecerse de sí mismo, más suele enorgullecerse de pertenecer a una nación”.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Ser o no ser mandril


Vivir en Suecia me permitió conocer muchas cosas nuevas, como el frío verdadero, las noches de 20 horas, y el arenque podrido con mostaza. También descubrí que en Suecia es ilegal sospechar que uno miente. No hay notarios ni copias legalizadas. Basta la palabra. El problema surge cuando algunos bribones se aprovechan del sistema en el que la credulidad es ley. Algunos latinos, por ejemplo. Cuando los solidarios y generosos escandinavos acogieron a muchos exiliados de las sangrientas dictaduras sudamericanas en los 70s, intentaron conseguirles un trabajo similar al que tenían en sus países de origen. Si no lo conseguían, el estado les proporcionaba un sueldo y bienes (casa, auto) acordes con el status de esos profesionales en Suecia. Todo iba bien, hasta que a algunos se les ocurrió olvidar su pasado de aburridos choferes de taxi o sufridos torneros mecánicos y de un día para otro convertirse en distinguidos médicos o abogados. Y los suecos les creyeron. Por otro lado, la culta televisión pública sueca se mantiene gracias al aporte que cada ciudadano realiza mensualmente por cada aparato de televisión que posee. Los inspectores suecos, sensor electrónico en mano, tocaban la puerta de los departamentos de ciertos individuos de origen latino, alertados por la intensidad de la señal que inequívocamente indicaba que allí había un aparato de TV, y que no estaba registrado. Se abría la puerta, y el volumen de la televisión invadía el pasillo. Sin perder la sonrisa, el inquilino afirmaba -en voz alta, para que lo escucharan en medio del ruido- que no tenía un televisor. Entonces el funcionario sueco, resignado, anotaba en su registro que en ese departamento no había un aparato de televisión. Suma y sigue. Las multas de tránsito sólo pueden ser cursadas si el infractor firma un papel en el que reconoce la falta. O sea que si después de pasarse una luz roja frente a un policía el chofer niega que la luz era roja... no hay multa. Ya pueden imaginar lo que sigue. Todo este sistema de confianza y bienestar ha sido gradualmente desmontado por los gobiernos de derecha, dejando en el pasado al estado benefactor y solidario que construyeron los socialdemócratas, y estableciendo una sociedad cada vez más individualista y entregada al capitalismo desregulado. Parte de la culpa del fin de esa utópica fábula del verde bosque la tienen los extranjeros (por supuesto, esos abusos no fueron monopolio de los latinos) que se aprovecharon de la candidez sueca. Lo interesante es que no eran muchos los sinvergüenzas, estadísticamente hablando. Ni remotamente socavaron los cimientos financieros del estado sueco con sus torpes pillerías. Pero sí lograron minar el entusiasmo de esos otrora abnegados anfitriones, porque -y aquí está el punto- desgraciadamente, las desviaciones de la norma conductual considerada aceptable son magnificadas por los ciudadanos observadores. Es simple de constatar. Basta que uno encuentre dos botellas vacías en una playa para hacerse la idea de que allí tienen lugar bacanales nocturnas donde reinan el desenfreno y la lascivia, cuando el grupo de bebedores puede representar menos del 1% de los usuarios de la playa. En las recientes manifestaciones de los estudiantes chilenos por la educación han llegado a marchar 200 mil personas, pero basta que 50 desadaptados (el 0.025%) rompan escaparates y semáforos para que se tilde a las marchas de violentas. Si uno está haciendo una cola y nota que un par de bellacos no la respetan y tienen éxito, la consigna es rompan filas porque ya no se respeta el orden. Lo que está detrás de todo esto es una concepción popperiana de la validez de los sistemas de convivencia. ¿Se puede combatir? Antes de discutirlo, hablemos un poquito de Popper.

Karl Popper era un filósofo y epistemólogo austriaco que escribió muchas cosas difíciles de entender, y por eso es que algunos sospechan que realmente era muy inteligente. Pero también escribió cosas bastante simples, y así es como queda claro que era una persona realmente brillante. Popper proclamaba que la ciencia es la búsqueda de la verdad a través de la crítica despiadada. O sea, se construye mediante la demolición. Hay que ser primero creativo, luego crítico, y luego volver al comienzo, decía. La mejor manera de llevar ese criterio a la práctica es armar hipótesis que puedan ponerse a prueba, sin enamorarte de tus ideas, sin fanatismos dogmáticos: somete tu predicción a la realidad, y ya veremos. En la cancha se ven los gallos. Las hipótesis -decía- sólo se pueden refutar, pero nunca verificar de manera definitiva, porque la excepción puede llegar pasado mañana. Por ejemplo, si yo digo que todas las plantas son verdes y alguien se aparece con una col morada en la mano (que espero se la coma solo), entonces mi hipótesis ha sido refutada: no es cierto que todas las plantas son verdes. Por el contrario, para poder verificar la hipótesis tendría que tener a la vista todas las plantas del mundo (incluso las ya extintas) y confirmar que son verdes, algo que no es realizable. Entonces, no hay seguridad en el saber. Nunca. El filósofo decía que el saber era conjetural, transitorio, que el aparentemente sólido edificio del conocimiento de la realidad no era más que un castillo de naipes que se caería apenas fallara un naipe. Uno. Ése es Popper, a pesar de su cara de abuelito querendón: si encuentro una excepción a tu teoría, ya puedes guardarte tu teoría donde no le dé el sol.

Bueno, toda esta perorata sobre el buen Popper es para ponerle un marco a mi rechazo al hecho de que mucha gente, sin saberlo, aplica criterios popperianos a su postura frente al grado de civilización (o no) que observa en sus semejantes. ¿Hay una alternativa? Más de una, creo. Hay dos trincheras de resistencia, dos diques de contención que nos pueden proteger de caer en la barbarie. La primera es el filtro estadístico. Se trata de ponderar objetivamente el peso de la situación observada. Si veo que un eunuco mental se estaciona en el lugar exclusivo de discapacitados, en lugar de generalizar en voz alta y decir “nadie respeta el estacionamiento de discapacitados”, lo que es la antesala de la decisión de convertirme en mandril y comenzar a estacionarme allí, lo que puedo hacer es el ejercicio de contar el número de autos que NO se estacionaron allí, y concluir que es una conducta minoritaria. Una situación minoritaria no debiera llevarme a modificar la conducta que consideraba adecuada. Y lo mismo con el que no paga el autobus, el que se mete en la cola para comprar entradas, el que se pasa a la berma de emergencia para adelantar en la carretera, etc. En resumen, me niego a convertirme en mandril por tan poca cosa. La segunda trinchera debe usarse cuando la primera no funciona muy bien, cuando la primera mirada no nos deja en claro que sea la minoría la que se que comporta salvajemente. En ese caso lo único que queda es aferrarse a los principios y resistir contra la corriente. En general, no conviene hacer ejercicios de análisis de ganancias y pérdidas, o costos y beneficios. Eso es ser pragmático, y el pragmatismo está en la vereda del frente del principismo. Los pragmáticos a menudo, y sin saber bien cómo, terminan convirtiéndose en cínicos; y los cínicos, casi sin darse cuenta, a veces terminan siendo ruines, despreciables. Intentar estar siempre en el bando de los ganadores tal vez te lleve al éxito, pero sin duda te llevará a la vileza. Así que, como decían las abuelitas, mejor no cruzar la calle porque el otro barrio es más peligroso (claro, las abuelitas del otro barrio decían lo mismo, pero esa ya es otra historia).

¿Es inviable, está condenado a la extinción el altruismo en un mundo mayoritariamente egoísta? Algo de eso se pregunta la teoría de juegos (game theory), que tiene aplicaciones en psicología, sociología, economía y evolución biológica. Uno de los próceres de este conjunto de ideas es John Nash, el genio esquizofrénico caricaturizado en la película Una mente brillante. En palabras simples, esta teoría investiga sobre la conducta del individuo, que se supone busca principalmente su éxito, enfrentado a otras conductas de individuos, donde la dualidad egoísmo/cooperación y sus respectivas ventajas marcan las decisiones. Uno de los ejemplos más conocidos es el dilema del prisionero. Dos sospechosos de haber robado un banco son encerrados por separado y el investigador a cargo del caso le plantea  a cada uno el siguiente esquema: si tú confiesas y el otro calla, tú sales libre y el otro queda preso 10 años; si ambos confiesan, quedan ambos presos 5 años; si ninguno confiesa, ambos salen libres después de apenas 3 meses. El dilema es que el mejor resultado para ambos sólo se obtiene si ninguno cae en la tentación de salvarse solo, pues si ambos ceden, e intentan perjudicar al otro, les va mucho peor que si apuntaran los dos a no perjudicarse.  Es un conflicto complejo entre el egoísmo, la cooperación y la confianza en el otro. En este contexto de la evolución del comportamiento cooperativo, dos matemáticos (Martin Nowak y Robert May) hicieron correr un modelo en el que plantean la existencia de dos tipos de personas: cooperadores y egoístas, los que aplican su conducta cada vez que por azar interactúan en un espacio definido. Luego de múltiples generaciones, uno de los resultados que se observa es una metáfora particularmente bella: se forman pequeñas islas de cooperadores en un mar de egoístas. Las islas subsisten porque al interior de ellas el éxito es mayor que en la matriz circundante. Este resultado de frías dinámicas fractálicas es una absoluta moraleja social.

En medio de la conmoción social, el pánico y el desamparo después del terremoto en Chile, sucedieron saqueos a supermercados en los que mucha gente tomó artículos de primera necesidad (pan, leche , pañales), pero muchos otros simplemente robaron artículos valiosos. En medio de la turba que saqueaba, la televisión, transmitiendo en vivo, captó a una señora que lloraba paralizada, abrazando a su pequeña hija. El reportero le preguntó qué le ocurría. La señora dijo que había venido porque había escuchado que iban a regalar cosas, y ella necesitaba, pero que al darse cuenta de que era saqueo... no pudo hacerlo. ¿Cómo le voy a enseñar eso a mi hija? dijo entre sollozos, momentos antes de irse del lugar. Días después, se organizaron en las redes sociales grupos que buscaban conocer la identidad de esa señora, ejemplo de integridad en la condiciones más adversas. La encontraron finalmente, y los regalos que recibió masivamente fueron muy superiores a lo que hubiera podido llevarse en un carrito de supermercado esa tarde. Esta fábula real pudo no tener ese final feliz y aún así hubiera sido una enorme lección. ¿Es relevante pensar o hablar de estos temas? No me parece de poca importancia, por más trivial o sermón de evangélico en práctica que parezca.  La semana pasada escuchaba en un aeropuerto cómo una vendedora con experiencia le contaba orgullosa a una más joven cómo ella había aprendido que no había que perder tiempo ayudando a los colegas, porque tarde o temprano te clavan la puñalada. He escuchado a muchos adultos hablar delante de sus hijos acerca de la inutilidad de respetar al otro si el otro no te va a respetar. Creo que uno puede elegir romper esa cadena de degradación moral, evitar al menos la contaminación de su círculo cercano (la isla en formación). Uno puede decidir no ser mandril.



domingo, 4 de septiembre de 2011

Derrota de la obsesión

La semi-anónima CZ, que constituye el 25% de los seguidores de este humilde blog, me pidió otro cuento. Como tengo un par de opiniones/crónicas a medio hacer que no me convencen todavía, decidí acceder al pedido, además porque -como dicen en la TV los que no tienen mucho que decir- uno se debe a su público. Pero entro al blogger y me entero de que hay una nueva interfaz, que tiene mucha información a la vista (gracias Google). Descubro así que uno de mis cuentos más queridos, publicado en diciembre de 2009, no fue leído por nadie. Tengo claro que el "0 lecturas" es uno de los destinos posibles de las palabras que uno escribe; es legítimo y hasta razonable. Pero me pareció contradictorio el añadir un cuento nuevo al blog si ya hay uno virgen e inmaculado, sobre el que nadie ha posado con frenesí, una y otra vez, su... par de ojos. Lo publico de nuevo, entonces, con algo de pudor. El título es otro porque hace unos meses lo cambié al armar -una vez más- mi libro de cuentos para un concurso (obtuve allí una mención honrosa, galardón que merece más de un comentario en burla, pero no es el momento para hacerlo). Si Google se equivoca y alguien lo había leído ya y está ahora leyendo estas palabras, mis sinceras excusas. Aunque, siendo honesto, la probabilidad de que esto ocurra (la doble lectura, no mi honestidad) es cercana a la de la colisión simultánea entre los nueve planetas del sistema solar (sí, nueve, lo siento, yo soy de los que no ha abandonado al viejo, querido y lejano Plutón). Sin más preámbulos ni circunloquios, el cuento repetido (o no).




Derrota de la obsesión 

Pablo, despierto hace veinte minutos, lee por tercera vez la leyenda del póster de Machado que lo ha acompañado en cada pared de cada cuarto alquilado desde que llegó a estudiar a Santiago, y que aún no ha despegado por no herir a la distancia al buen tío que se lo regaló hace seis cumpleaños y siete siglos. Hoy no hay camino por andar: es sábado, y el instituto de computación e informática que ya está en el siglo veintiuno y que tiene la clave para tu éxito no abre sus puertas los fines de semana. Tendrá que esperar hasta el lunes para ver a Verónica otra vez. Aprovecha para mirar sin herirse el foco apagado que cuelga del techo y que cada noche le posterga una respuesta. 
Toma su block, que se hacina en la pequeña mesa de noche junto con su despertador, una lámpara sin pantalla, El Libro del Desasosiego, y El Túnel, y, como si no lo supiera ya de memoria, vuelve a revisar sus apuntes. Lunes. A ver. Sí. Es la cafetería a diez para las nueve. Casi nunca estás sola. Odio a la enana rubia de la casaca de cuero, seguro que toma el café contigo para recoger miradas de rebote. Infeliz. Me gusta cuando ella te habla y tú no la miras, seguro te aburre comentando la telenovela, y la mirada se te pierde por la ventana, y te imagino imaginando, y ya no puedo evitar soñar despierto, ahora estás sentada sobre mí, iniciando una cadencia lenta, acompasada, mirándome a través de tu pelo que cae hacia adelante y luego otra vez hacia atrás, hasta que mis manos se alzan y aprietan, primero despacio, con cariño, hasta que la pasión se desboca y entonces con más fuerza, y tú llevas la cabeza para atrás al tiempo que gimes por primera vez... hasta que dan las nueve. El lunes está vacío después de las nueve. Lo que sigue es el miércoles a las cinco y media, a la salida del pabellón de aulas. Y de allí no la veo hasta el viernes a las tres, en el mismo lugar. Maldita semana que tiene apenas tres días. 
El hambre le indica que el mediodía está cerca, así que no vale la pena desayunar. Afuera, entonces. La calle es la sala de estar de los que alquilan cuarto a viejas mezquinas. Claro que en este caso la mezquindad de Doña Norma es casi una reciprocidad con la vida, que le dio apenas un marido que amenazó veinte años con dejarla y que sólo lo cumplió cuando la dejó viuda y sin sonrisa posible. Camina despacio hacia el parque y decide desviarse para pasar por la acera del instituto, sabe que no la encontrará pero quiere al menos compartir espacios a destiempo. Recuerda ese texto de la poeta polaca que habla de la perilla de una puerta como terco puente intemporal entre dos manos que se entrelazarán amantes algún día. Se entretiene haciendo crujir las hojas secas en la vereda, y se pregunta si las que no crujen fueron ya pisadas por otros (¿quiénes?). Inevitablemente vuelve a analizar sus posibilidades. 
Puede que se asuste. Bueno, tampoco es tan terrible. Supongo que tendría una segunda oportunidad. Pero ya estaría sesgada por la primera impresión. Sí, hay que pensarla muy bien. Sólo pido que me dé tiempo para preguntarle de qué color es el cielo desde sus ojos. Porque ese es el cielo en el que puedo creer, el otro no me ha servido de mucho hasta ahora. A lo mejor es una pregunta muy violenta para una primera vez. Pero no quisiera caer en la mediocridad de preguntarle la hora o comentar qué frío hace; todavía no desarrollo inmunidad a los lugares comunes. Mierda, ya se acerca la época de exámenes y ahí sí que la cosa se pone jodida: dos semanas sin saberle el rumbo. Todo sería más fácil si de una vez me animara a hablarle. No, no es un miedo común o timidez infantil y punto. Pasa que siento que arriesgaría esta especie de relación que tenemos. Porque soñarla, esperarla, adivinarla, seguirla y despedirla en secreto es para mí ya una relación; me da y me quita vida, me otorga objetivos cada mañana y me impone depresiones cada noche. La otra opción sería acercarme por cartas anónimas, mostrarle algo de lo que le he escrito, jugar a Cyrano. Tampoco me convence mucho. 
Sin entender. Amanecer sin entender y preguntar por el eterno regreso de las aves migratorias (alegoría de los deseos inconclusos, de los puñales sin mango). Tener por toda respuesta la inútil promesa del azar determinista y recordar --como si siempre se pudiera volver a empezar-- un pecho abierto inalcanzable como contraseña de una noche perdida en la memoria de un dios insomne. Descubrir por enésima vez la causa y justificación de todas las religiones, todos los poemas, todos los orgasmos y todas las muertes. Plagiar otros dolores al atormentarme con esa imagen de patricia romana concebida como ofrenda a los sentidos. Y llorar un glaciar desconocido que mañana sepultará a un pueblo en tu nombre. 
Pablo llega, como cada sábado, a leer a la misma banca del mismo parque. El otoño es el carnaval carioca de los árboles, piensa. El color verdadero nace y muere en otoño, el resto no es más que un estancamiento verde que dura meses, como la rutina de un oficinista, que se hace soportable sólo sabiendo que en febrero llegarán las vacaciones. Del mismo modo, el paréntesis del invierno, el exceso del verano, y la superficial belleza de la primavera se pueden tolerar porque tarde o temprano darán paso al otoño. ¿Cómo explicarle a un ciego los cien tonos del anaranjado? No sé, quizás hablándole de la melancolía del lugar de la niñez, allá lejos, del evocar sentimientos a la vez tristes y dulces, trilces diría el poeta. A veces lo complejo se soluciona con lo simple. El problema es que lo simple a menudo se disfraza de lo tonto. Saca su libro de la mochila y, para no quebrantar el ritual, mira a su alrededor asegurándose de que no haya nadie muy cerca. Pablo es muy sensible a la congestión de almas. Entonces reconoce a lo lejos la ataxia del andar del flaco Varela. Qué mala suerte, parece que justo viene para acá. El flaco es buena gente, pero de comentar los partidos del campeonato y sus seguramente inventadas aventuras sexuales con las amigas de su madre, no pasa. Y sus relatos suelen ser tan breves como la despedida de un borracho. 
Esta vez no ha sido ni el fútbol ni sus amantes veteranas. El flaco está muy atribulado porque en su casa le han sugerido, en un tono muy parecido a la amenaza, que se busque un trabajo. 
- Entonces tienes que buscarte un trabajo, Flaco, no queda otra. Hay que apechugar. 
- Claro, qué fácil: “busca trabajo“. ¿Tú crees que te pediría consejo si la cosa fuera tan fácil como contestar eso?. Parece que no entendieras Pablo, se trata de un conflicto íntimo con mi proyecto personal, con mis valores de vida, se va a truncar mi proceso. ¿No te das cuenta de la gravedad del asunto? 
Antes de dejarse llevar por la impaciencia que habitualmente rodea sus encuentros con el flaco, y en un extremo intento de raciocinio solidario, Pablo se abstrae de la perorata y reflexiona. Se da cuenta que su propio dilema, la terrible obsesión que lo acosa día y noche, también podría sonar como un asunto muy simple a oídos de cualquier persona. Del flaco Varela, por ejemplo. 
- Flaco, perdona que te cambie el tema pero... ¿Qué harías tú si estuvieras muerto por una chica que no te conoce pero que... 
- Haría que me conociera, para empezar. ¿No te parece? ¿O tú crees en esas huevadas de la telepatía? Si no juegas el partido no puedes ganarlo, Pablito. Claro, tampoco puedes perderlo. Pero no jodas, esa es la mentalidad típica del mediocre. Por ejemplo, el charlatán inepto que entrena a la selección... 
El flaco seguía hablando de las eliminatorias para el mundial pero Pablo ya no lo escuchaba. Quizás no había que darle tantas vueltas, al fin y al cabo de alguna manera había que empezar, y él ya había evaluado cien veces todas las posibilidades sin convencerse. A lo mejor bastaba con aferrarse a cualquiera de ellas, a la más elemental, y de allí para adelante confiar en su capacidad para tocar de oído. “Dale algún espacio a la inspiración, Pablito, no todo puede planificarse“. Le parecía estar oyendo a su madre hace años, en una ocasión muy distinta. Sonrío mientras comprobaba que extrañaba mucho a su madre --no en vano era otoño-- y supo que el lunes se acercaría por fin a Verónica. A veces lo complejo se soluciona con lo simple, se repitió. 

Pablo se sorprende de no estar nervioso. Allí está ella, sentada, diosa, hermosa, y aquí, a sólo unos metros, está él, parado e impidiendo la entrada de la gente a la cafetería. Un empujón cortés por detrás lo termina de decidir (no te olvides; busca lo simple, no te enredes; juega en primera; después habrá tiempo para laberintos y gongorismos). 
- Hola, ¿Me puedo sentar? 
- Ya te sentaste. Hola. ¿Te conozco? 
- (hmm; agresiva; o a la defensiva; de todas maneras no debo mostrarme débil; además sus ojos dicen otra cosa; adelante) No me conozco ni siquiera yo, así que es mucho aspirar a que me conozcan los demás. Soy Pablo. Y tú eres Verónica. 
- Sí, soy Verónica. Me imagino que tú también me vas a decir que merecí ganar el Miss 17 del año pasado… 
- (epa, información no registrada; igual: no mentir; la mentira tiene patas cortas, dice mi mamá; de todos modos, algo pretenciosa, ¿o no?). No, no veo, bueno, no tengo tele. No sabía que habías participado. Pero supongo que merecías ganar...(torpe, definitivamente pobre; la espontaneidad de un presentador del Oscar; vamos hombre, suéltate). 
- Eso ya pasó. Y ahora me tengo que ir. Lo siento, estoy aburrida de que me aborden así. 
- (al borde del knock out en el primer asalto; hay que arriesgar). Te invito al cine, hoy. A ver "Caballos Salvajes". Y no puedes decir que no hasta después de ver la película. Ya te explicaré por qué (no tengo la más puta idea de qué le voy a explicar; pero la intriga debería funcionar; una vez allá, algo se me ocurrirá). 
- La verdad es que pensaba ir a verla de todas maneras. (¿coincidencia? ¿excusa para no darme un sí abiertamente?). Y creo que mañana la sacan. Así que bueno. Nos juntamos en la puerta del Normandie a las nueve. Y ahora sí me voy. 
- Chau, Verónica. (toda una profesional; todo simple; fría sin ser distante; dejándose admirar, apenas). 

Pablo ha llegado cinco minutos antes y se entretiene leyendo la crítica de la película aparecida en los diarios. Vaya, otro pelmazo ilustrado exhibiendo su esnobismo. Si les cobraran por cada galicismo innecesario y por cada término ultratécnico la mitad de los críticos tendría que dedicarse a otra cosa. El nerviosismo de la espera le impide seguir leyendo. Ya está cinco minutos tarde. Y ahora diez. Comienza a irritarse con cada persona que llega y que no es Verónica. A todos les encuentra cara de tontos. Dos décimas de segundo de odio por cada uno. Y el reloj dice que son las nueve y cuarto. Esto se pone difícil. A lo mejor no va a venir. O quizás le ocurrió algo. De todos modos, no puede esperar eternamente. Si a las nueve y veinte no llega me voy. Veinte minutos es un tiempo razonable. ¿Razonable para quien?, diría su madre. Finalmente: las nueve y veinte. Bueno, cinco minutos más, sólo por si algún accidente cortó el tránsito, o algo así. No quiere darse cuenta que es capaz de empeñar todo su orgullo y su interminable escala de principios por no romper el lábil eslabón que ahora lo une a Verónica, su primera obsesión. Deja de mirar el reloj para no enfrentar lo evidente. Hasta que por fin. 
- ¡Pensé que ya no venías! (estás preciosa; te hubiera esperado otros cien años) 
- ¿Compraste las entradas? 
- (un momento, ¿ni siquiera "disculpa"?) … 
- ¿Las compraste? 
- (vamos mujer: no puedes ser así)... 
Pablo saca de su bolsillo las dos entradas y se las muestra junto con los restos de algo que hace veinte minutos hubiera sido una sonrisa. 
- Vamos entonces, ya debe haber comenzado. 
- (sí, y no será porque adelantaron la función; ¿te cuesta tanto ser un poquito más dulce?). 

Han salido del cine y Pablo camina mudo al lado de ella, esperando el comentario que no llega. Recuerda que en el instituto prometió explicarle por qué ella no podía rechazar la invitación al cine. Pero no se preocupa por no haber preparado una explicación verosímil. Intuye que Verónica no le preguntará nada. Finalmente, después de un rato,se decide a ser él quien inicie el diálogo. 
- La frase del viejo me pareció genial 
- ¿Cuál frase? 
- Esa. La de que la única manera de asegurarse el no sufrir es no amar nada ni a nadie. Genial. 
- A mí me parece trivial, no le encuentro nada muy especial. Además no me gustó ese personaje: demasiado complicado para decir las cosas más simples. Típico fanfarrón argentino. 
- Bueno, para hacer arte hay que de alguna manera complicar lo simple, ¿o no? Es más, yo creo que... 
- ¿Me acompañas a mi casa o nos despedimos acá? 
- (no sé si odiarte por interrumpirme o suponer que quieres que esta noche no termine todavía; en todo caso, si estás interesada en mí lo disimulas muy bien). Te acompaño (dejé decidir al piloto automático, ojalá no me arrepienta). 

Pablo no se arredra al enterarse que Verónica vive un poco más allá del fin del mundo, en ese barrio alto que él sólo conoce de nombre. No importa, aquí estoy y voy a seguir hasta el final. Cuántas noches soñé con vivir una situación como ésta... sí, pero hay algo que falta, o que sobra, no sé bien qué, pero me incomoda. En fin, ya habrá tiempo mañana para arrepentirse. Suben al microbús. Afortunadamente hay dos asientos vacíos juntos. Voltea a mirarla y la halla sonriendo desde el Olimpo. Y sigue sonriendo, abusando de su belleza, cuando se sienta a su lado. Maldita ambigüedad que se instala entre los instantes. El jardín de senderos que se bifurcan: Borges y las infinitas posibilidades finitas, eso es. Pablo siente que se aproxima al umbral de una decisión: el camino de la izquierda no se encontrará jamás con el de la derecha. Eso es lo que le incomoda. Al poco rato sube un vendedor ambulante y, antes de ofrecer sus parches-curita a cambio de una moneda, narra de modo sumario las más recientes desgracias de su vida, apelando a la buena voluntad del respetable pasajero que seguramente sabrá comprender. Pablo inmediatamente hurga en su bolsillo. No lo hace para impresionarla. Hace tiempo decidió que todo análisis o justificación sobre el dar o no dar sale sobrando frente a la inasible dimensión del sufrimiento ajeno: él simplemente da, sin sentirse por ello un poco más lejos del purgatorio, si es que existe. 
- No le creas, son puras mentiras. Seguro se va a gastar la plata en licor más tarde. Me parece realmente despreciable que estos tipos abusen de la candidez de la gente. Gente como tú, por ejemplo. No deberían dejarlos subir. 
- (oye, eso sonó muy parecido al prototipo de lo que odio). 
Casi inmediatamente, aparece una señora con bolsas del supermercado y sin asiento a la vista. Pablo se levanta y le cede el asiento, necesita pensar. Pero no ha logrado poner nada en orden todavía cuando la señora se levanta y agradeciéndole al joven se instala en otro asiento. Quizás lo hizo para no estorbar a la pareja que cree ver, quizás simplemente quería estar más cerca de la puerta del microbús. Poco le importa a Pablo resolver esa cuestión, necesita poner orden en su cabeza. 
- Oye, ¿Tú ejerces de buen samaritano siempre o estás tratando de impresionarme? Porque te aviso que no vas por buen rumbo. A mí me encanta el Jota (y quién carajo es el Jota) porque no se deja embaucar por las viejas devora-asientos. Cuando ellas comentan “parece que no hay caballeros en este micro” él les dice “No señora, caballeros sí hay, lo que no hay son asientos”. 
Pablo atisba que pronto va a escuchar ese ruido de vidrios quebrándose, y se aferra a una última opción. 
- Esa señora podría ser tu madre, ¿Te gustaría que no le dieran el asiento y encima se burlaran de ella? 
- Aparte de melodramático eres ingenuo. Mi mamá ni muerta se subiría a un micro. 

Y ahora sí. Pablo escucha ese sonido de vidrios quebrándose que escuchó por primera vez cuando Luisa, sin mediar preámbulo, le dijo “no quiero seguir”. La sensación de incomodidad se convierte en angustia y después en ahogo. No quiere luchar más contra sí mismo. Un ahora sí último intento por buscar una señal, un indicio sutil de que algo quizás valioso se esconda detrás de esa belleza tan apabullante como fría, se estrella contra la palabra “nada”. Entonces, todavía azotado por la marejada que va y vuelve de la frente al pecho, decide terminar con todo de una vez. Dedica todavía unos instantes a meditar las palabras de despedida, oscilando entre la ironía cáustica y la excusa cínica. No, no vale la pena, no se merece siquiera eso, yo me bajo ahora mismo. Pablo no alcanza a escuchar el “qué te pasa” que sin mucha emoción le lanza Verónica mientras se dirige a la puerta omitiendo la despedida. 
Apenas baja experimenta una sensación de alivio infinito, un torrente de aire fresco le llena los pulmones. Mira a los costados, identifica las avenidas, ubica un paradero cercano; pero finalmente decide volver caminando. Nunca hay apuro para quien no es esperado por nadie. Y esa vieja sólo espera la llegada del fin de mes, para poder cobrar. Se siente hasta arrullado por los ruidos y los juegos de luces y sombras de la avenida que le confieren el sano anonimato que en esos momentos necesita. Pablo se sorprende con un nudo en su garganta al recordar la emoción con la que se preparó para la cita. Tanta pasión para nada. Recuerda ese cuento en la antología de cuentos sobre fútbol que publicó Valdano. No se lo merece, ¡No seas huevón! Se detiene, respira profundamente, abre su mochila y, a manera de exorcismo, arruga y tira el papel que sólo cuatro horas antes había llenado con la mejor de sus caligrafías. Un papel donde una mano enamorada transcribió frases acerca del eterno regreso de las aves migratorias. Piensa ahora que el siguiente texto dirá algo así como “derrota de la obsesión a manos de la nada”, pero decide no trabajar en él antes de llegar a la casa: quiere tener la cabeza despejada. Sigue caminando y recuerda aquello de que las cosas más complejas pueden resolverse de la manera más simple. Y no sabe si sentirse por ello más niño o más adulto. Al llegar a la esquina se detiene a leer los periódicos en un quiosco. Experimenta un súbito afecto por las otras personas que leen a su lado, como si descubriera de pronto que es parte de una hermandad, algo así como la cofradía de los que no necesitan demasiado para ser felices, de los que buscan sin saber bien qué. Todos los titulares giran alrededor del próximo partido de la selección de fútbol. Dos minutos después reinicia su caminata, sin prisa. Sí, el flaco Varela tiene razón: con ese incapaz como entrenador no vamos a llegar a ninguna parte.



sábado, 20 de agosto de 2011

No me verás partir

Cuando el avión dio la última curva y enfiló por fin hacia la pista de aterrizaje del aeropuerto de Cuzco, ambos se tomaron las manos emocionados. El paisaje que se observaba desde la ventanilla era sencillamente hermoso, un generoso adelanto de lo que les esperaba: majestuosos cerros verdes dominando la histórica ciudad tapizada de tejados rojos, iglesias coloniales y ruinas incaicas. Todo comenzaba a parecerse a la postal que les vendieron a plazos en la agencia de viajes. Se felicitaron por finalmente haber escogido Cuzco y no Cancún para la luna de miel.

La sospechosa amabilidad del taxista resultó siendo absolutamente inocua. Amabilidad a secas, sin recargo para los turistas. El que visita Cuzco siempre regresa, señor. Hay quienes vinieron por una semana y se quedaron toda la vida, señor. Excelente sugerencia: dar una vuelta por la Plaza de Armas después de recalar en el hotel. ¿Te duele la cabeza, mi amor? Debe ser la altura; según el South American Handbook estamos a 3,366 metros sobre el nivel del mar. Mejor quédate recostada, yo voy a salir a recorrer un poco y vuelvo en veinte minutos. No, deja, yo voy a desempacar a la vuelta, tú sólo descansa, quédate tranquila.
En las angostas y empinadas calles de piedra milenaria y bajo los portales se encontró con el único componente del paisaje que no había merecido comentarios superlativos por parte de la siempre sonriente agente de viajes: la gente (antes se decía el pueblo, pero ahora queda mal). Sin embargo, sus ojos sólo veían potenciales protagonistas de fotografías o postales, elementos pintorescos para la anécdota en la oficina una vez que regresara a Chile. Buscaba estrenar su enorme cámara digital con chullos o ponchos coloridos, con quenas o zampoñas, con trenzas largas o narices aguileñas. No reparaba en los rostros inescrutables surcados por arrugas que tenían más de años en vano que de satisfacción por la tarea cumplida, los pómulos cobrizos quemados por el viento lacerante de las tierras altas, los pies ennegrecidos desbordando las ojotas mínimas. Allí estaban los herederos del imperio más grande de América. Los ancianos cargadores desapareciendo bajo bultos gigantes camino del mercado, en un circuito de ida y vuelta que sólo termina en la sepultura. Las mamachas ofreciendo chompas de lana de alpaca y artesanías, dispuestas a rebajarlas a la mitad de la mitad con tal de tener algo para comer ese día. Cómprame, señor, no seas malito. ¿Cuánto me ofreces? Los niños mocosos y descalzos interrumpiendo sus ruidosas grescas y persecuciones para pedir una monedita, míster. Toda la miseria rodeada de hermosos colores encendidos, todo sugiriendo falsamente que lo doloroso y lo sublime acaso puedan coexistir. ¿Era aquella una sonrisa o un rictus de angustia? Sin que se percatara, la ciudad comenzaba de a pocos a deshacer la máscara de banalidad que él llevaba puesta. La búsqueda de lo pintoresco comenzaba lentamente a disolverse en preocupaciones todavía sin forma pero que amenazaban con rondar lo esencial, con hacer preguntas nuevas.
Se dio cuenta que ese sol, el Inti, el dios sol de los incas, no calentaba mucho, y el viento que aparecía en ráfagas era más bien helado. El frío le hizo decidir acortar su caminata. No era mala idea recostarse un rato junto a ella antes de salir a buscar un lugar donde almorzar. En el camino de regreso se topó con una minúscula manifestación. Unas doce o quince personas, la mayoría mujeres, coreaban consignas tímidamente y blandían un par de pancartas con lemas alusivos a la impunidad y a una Comisión de la Verdad. Se animó a preguntarle por la razón de la manifestación a un aparente estudiante universitario que aplaudía el paso de los marchantes. “Es por los desaparecidos de Langui. En el 93 el ejército se llevó a 22 comuneros acusándolos de colaborar con los terroristas. No se volvió a saber de ellos. Había ancianos y niños en el grupo.”
Todavía pensando en las mujeres de la manifestación que había dejado atrás, compadeciéndose del imposible de las esperanzas de encontrar a sus familiares con vida, llegó al hostal y subió rápidamente al segundo piso: habitación 204. No tuvo que utilizar la llave porque la puerta estaba entreabierta, lo que le molestó. Va a tener que escucharme, es imprudente que no cierre bien la puerta, sobre todo si va a dormir. Entró resueltamente y la prolija ausencia de cualquier ser humano en la habitación lo golpeó en la cara. Se estremeció. No puede ser, éste es el cuarto, si acá mismo tengo la llave, no puede ser, ¿dónde está? Tardó sólo unos segundos en verificar que en el baño no había nadie. La angustia no cesaba de crecer adentro de su pecho. No había rastro de ella ni de las mochilas. Fue a la recepción pero no encontró a nadie, volvió a la habitación 204 con la esperanza de que se hubiera operado un milagro en ese minuto, pero no: el cuarto seguía vacío. Se sentó en la cama tratando de calmarse, intentando pensar en una explicación lógica. ¿Dónde pudo haber ido? Descartó cualquier emergencia médica porque no tenía sentido que desapareciera con todo el equipaje. Y era igualmente desatinado suponer que se había ido a dar un paseo con todos los bultos a cuestas ¿Un secuestro? Tampoco, no sólo no había ninguna señal de violencia sino la cama donde la dejó acostada estaba impecablemente tendida. Maldición, qué hago, qué hago. ¿Hacer la denuncia de desaparición a la policía? Inútil, seguramente aquí también deben pasar 24 horas para que una persona se pueda dar por desaparecida; además ni siquiera tengo documentos, todos se quedaron en la mochila. Sin tener muy claro el por qué, decidió salir a la calle.
Afuera rápidamente percibió que cada una de las personas con las que se cruzaba tenía algo qué hacer, algo en qué pensar, algo que para cada cual era seguramente importante y quizás hasta impostergable. Y no pudo evitar sentirse terriblemente desamparado con su pequeña desgracia personal, con su esposa desaparecida que sólo podía importarle a él. Pensó que el mundo era muy poco solidario. Además se dio cuenta que había muchas más mujeres turistas con mochilas al hombro de las que había registrado en su primera salida. Uno no siempre ve todo lo que se puede ver. Eran las mismas calles, sentía el mismo frío, pero le parecía que hacía un siglo se había topado con la manifestación por los desaparecidos de Langui. Caminó mucho haciendo circuitos cortos, siempre regresando a la Plaza de Armas. Poco a poco se agotó de buscar en los rostros de aquellas nórdicas u holandesas o alemanas el rostro de ella. Entonces se sentó en las escaleras de la catedral y no tuvo más remedio que considerar la posibilidad de que ella lo hubiera abandonado. ¿Por qué? Y sobre todo, ¿Por qué así, por qué aquí? Le sobraban preguntas y no tenía ninguna respuesta. Hizo un repaso del largo noviazgo, de los preparativos de la boda, de la boda misma. No pudo encontrar una sola fisura en la confianza, un solo hecho extraño, una sola mirada extraviada de ella, una sola llamada telefónica inquietante. Nada. Seis años de su vida, de su vida con y para ella desfilaban por su mente, y no encontraba motivos. Se sintió muy solo al no poder encontrar una explicación que empuñar para enfrentar los desgarrados reproches que seguramente le esperaban a su regreso. Sin embargo, sin salir del todo de su desolación, al mismo tiempo le parecía reconocer que esos seis años tampoco consignaban particulares cimas en su relación. Le costaba recordar, más allá del natural entusiasmo del origen allá por sus 19 años, momentos en que hubiera sentido que el corazón le iba a estallar, que podría morir de felicidad en ese instante, que se le había permitido un minuto de visita en el paraíso. No. Ella se había dejado querer sin resistencia desde el comienzo y él la había elegido como destinataria de su cariño casi convencional pero no por ello menos eterno. Había sido fácil imaginar un futuro con ella. En realidad no había siquiera que imaginarlo, bastaba con mirar e imitar a su primo Hugo o a su amiga Eugenia en sus apacibles rutinas, dignos ejemplos del matrimonio sin sal pero seguro candidato a las bodas de oro; la antesala de la resignación como eficaz conjuro contra la disolución. Lo peor de todo es que tengo que reconocer que yo he hecho méritos suficientes para recibir ese premio consuelo de la vida. Si nunca aspiré a más en mi relación de pareja debe ser porque mi techo estaba muy cerca; pero ­–y con esto me gradúo de mediocre– ni siquiera intenté confirmarlo. Nunca me cuestioné tanto sospechoso halago por parte de aquellos ilustres perdedores. Si hasta me sentía orgulloso de nuestra invulnerable estabilidad. Y ahora estoy aquí, solo en medio de la ciudad elegida para la luna de miel, abandonado por ella, que quizás se me adelantó un par de horas en esta revelación de nuestra poquedad. Sin embargo, el mero hecho de poder escupirme en la cara este frío diagnóstico tal vez pueda ser el punto de partida para desterrar el menosprecio. Si puedo ser consciente de lo que he sido (o de lo que no he sido) entonces quizás no todo esté perdido.
De regreso al hotel se topó de nuevo con la manifestación por los desaparecidos de Langui, que a esa altura se había engrosado hasta aglutinar a cerca de un centenar de personas. Sintió entonces que eran dos siglos los que habían pasado, pero al mismo tiempo, inexplicablemente, se sintió más cerca de ellos. Esta vez se fijó en las fotografías que llevaban las mujeres en el pecho, y vio que esos rostros en blanco y negro cobraban vida en las miradas y los gritos de esas mujeres, como si fuese una sola persona la buscada y la que busca, como si la muerte se pudiera vencer con sólo poner mucha vida en la voz y la mirada. Entonces pudo superar el pudor inicial y se unió por un par de cuadras a la manifestación, y coreó sus consignas, y aplaudió con rabia, y finalmente se apartó no sin antes despedirse en silencio de ese grupo al que creyó pertenecer por un momento.
Una vez en el hotel se detuvo en la recepción, donde esta vez sí había alguien, aunque no era el mismo muchacho que había registrado su ingreso.
- Disculpe, señor, ¿es usted el señor Gonzalo Fuentes?
- Sí, yo soy.
- Señor Fuentes, su esposa ha estado preguntando por usted muy preocupada. Por favor vaya a verla a la habitación. Es la 406, señor.
- ¿Cómo? Pero si nosotros estábamos en la 204...
- Sí señor, lo que ocurre es que Froilán, el conserje del turno anterior, le cambió de habitación a la señora porque ella se quejó de la bulla de la calle que no la dejaba dormir. Por eso la trasladamos al cuarto piso y sin ventana a la calle principal; esa habitación es muy tranquila, señor. Usted podrá comprobarlo.
Lo comprendió todo. Se había tratado de una sencilla pero absurda confusión. Claro, ahora podía entender lo que hacía un par de horas no tenía explicación. Agradeció al conserje, le dejó las llaves de la habitación 204, y decidió subir por las escaleras, con mucha calma. Cada paso que daba le ayudaba a poner en orden sus ideas, a formular frases convincentes y hasta definitivas. Supo entonces que podría reaccionar con tranquilidad cuando se enfrentara con el llanto de aquella mujer tan lejana, tan perdida en su pasado, que ahora lo esperaba en la habitación 406. Y supo también que se quedaría en el Cuzco mucho más tiempo del que había planeado.
(2001)


domingo, 14 de agosto de 2011

¿La revolución chilena?

Nadie sabe qué hubiera pasado si en septiembre de 1986 el lanzacohetes LAW disparado por un fusilero, en lugar de rebotar sobre el Mercedes Benz de Pinochet por haber sido lanzado a muy corta distancia, hubiera hecho explosión. No es posible saber si la eliminación del dictador habría desencadenado la caída del régimen. Quizás la acefalía del gobierno hubiera derivado en un desborde social incontenible que obligara al retorno de la democracia sin condiciones, o quizás el general hubiera sido relevado por un secuaz con la misma facilidad para decidir desaparecer y torturar a la gente por el delito de pensar distinto (o la misma facilidad para confundir el erario público con el bolsillo propio). El hecho concreto es que Pinochet sobrevivió al atentado del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y con él sobrevivió su modelo de Chile… hasta ahora.

El modelo de Chile confeccionado durante los 80s por economistas neoliberales (los Chicago boys), e impuesto a fuerza de decretos, palizas y asesinatos por militares y agentes de inteligencia, no fue modificado en lo esencial por 20 años de gobiernos de la Concertación. En parte porque no pudieron -debido a la oposición de la derecha en un congreso cuya composición no refleja la votación en las urnas- y en parte porque no quisieron -por tener intereses en el negocio- los gobiernos de centroizquierda no desarmaron el andamio neoliberal que rige las vidas y multiplica las deudas de los chilenos, perpetuando la inequidad y quitándole el alma a una nación. Chile es uno de los países más privatizados del planeta y -consecuentemente- ocupa el lugar 110 entre 124 países en el ranking de equidad de la distribución del ingreso. Hay una siniestra alianza entre el poder de los empresarios y el poder del gobierno para esquilmar abusivamente a los usuarios, pero siempre dentro de la legalidad. Las leyes de explotación de recursos naturales, la banca, el sistema de salud, la previsión social, la educación superior, etc., TODO está armado pensando en el lucro, en el negocio redondo de unos cuantos a costa del dinero de muchos, de la gente común. Chile es un país donde han convencido a la gente de que hay que pagar por todo si se quiere algo bueno, que lo que es gratis, o subvencionado, sólo puede ser malo. Y entonces –por ejemplo– se multiplican los peajes prohibitivos en carreteras urbanas e interurbanas, cobrando lo que se supone ya pagaba el permiso de circulación, y cuando pasan pocos autos entonces el estado indemniza a las compañías por recaudar menos de lo esperado. Se les dice a los que se quejan que la única manera de tener buenas carreteras es que sean caras. Basta viajar dentro de Sudamérica para darse cuenta de esa falacia, pero poco importa.
En el caso de la educación superior, se montan millonarios negocios de universidades privadas, que acogen a los estudiantes que no logran ingresar a las universidades tradicionales, más prestigiosas y exigentes, y allí reciben una educación carísima y mediocre, con profesores a tiempo parcial, mal pagados y sin compromiso. Como la ley dice que no pueden ser entidades con fines de lucro, lo que hacen los dueños es crear inmobiliarias en paralelo, a las que la universidad -sin ganancias- paga cantidades absurdas por el alquiler de todos los bienes. Uno de los pillos que ha utilizado esta treta legal, un Opus Dei de misa diaria, era hasta hace muy poco el Ministro de Educación del gobierno de Piñera, quien ha hecho del conflicto de intereses un emblema. Viendo que el poder está sentado a ambos lados de la mesa, hasta hace muy poco parecía que nada podría detener al enorme y próspero negocio (para algunos) que es vivir en este Chile que urdieron Pinochet y sus acólitos. Sin embargo, en esta sociedad de consumo, donde ya no hay ciudadanos sino clientes que se endeudan, a veces sin saberlo, con bancos o grandes almacenes (el nombre de sus dueños se repite), algo está pasando. Cientos de miles de estudiantes y ciudadanos marchan por las calles semana tras semana pidiendo una educación de calidad y gratuita, y el fin del oneroso o pingüe negocio -según en qué lado se esté- de la educación. Los datos que sustentan su descontento son apabullantes. Para estudiar 5 años los estudiantes, o sus padres, deben endeudarse casi de por vida, porque un año de educación superior en Chile cuesta -en términos absolutos- más que en España, Inglaterra o Suecia. Y si se corrige por el ingreso per capita, entonces estamos hablando de la educación universitaria más cara del mundo. Absurdo, y al mismo tiempo inaceptable.
Como en el caso de las carreteras concesionadas y sus peajes abusivos, hoy el presidente repite, con esa torpe oratoria que ya es su marca registrada, que no es posible tener una buena educación si no se paga por ella. Los ejemplos de Argentina, Uruguay y Brasil -sin ir más lejos- desmienten categóricamente ese pretendido axioma. Pero, ya lo ha demostrado cien veces, poco le importa al presidente que sus palabras tengan lógica. Sí le importa que su aprobación en las encuestas esté en caída libre, su orgullo está herido, pero no tanto como para acceder a desmontar el negocio de sus amigos (y el suyo propio). Ya lo demostró durante la campaña electoral, cuando prefirió arriesgar el triunfo a desprenderse de sus acciones en distintas empresas estratégicas. Que sea una figura política desde hace años, y que compita en capacidad oratoria con Cantinflas o el Chapulín Colorado, no debe llamar a confusión: por sobre todas las cosas es un empresario astuto, y su objetivo esencial en la vida es acumular riqueza, sea dentro o al margen de la ley.
Las revoluciones de libro de texto, en las que la masa insurrecta ajusticia o ahuyenta al tirano y a continuación se cambia radicalmente la estructura de un país, no son demasiadas. Están los ejemplos de Batista en Cuba, Somoza en Nicaragua, Ceaucescu en Rumanía, y algunos otros más. En el caso de Chile, la revolución nunca ocurrió, porque el tirano sobrevivió, y su modelo también. Después de contemplar la caída de añosos sátrapas en Túnez y Egipto a partir de movilizaciones ciudadanas, y asistiendo a las –ojalá– últimas semanas en el poder del payaso sanguinario en Libia y del reyezuelo genocida en Siria, ¿estamos viviendo sucesos que después serán recordados como la revolución chilena? Lo más probable es que no. Veo muy difícil que estas manifestaciones estudiantiles escalen al punto de poner en cuestión la continuidad del mandatario, como en el mayo francés del 68. Los estudiantes están mostrando escasa muñeca política y cierta intransigencia que puede desbarrancarlos en cualquier momento. Pero lo que es muy rescatable, nomenclaturas aparte, es que se ha logrado romper con varias frases hechas que alimentaban el status quo y aletargaban a la sociedad. Esas frases que los políticos repetían con delectación, como que los jóvenes son indiferentes frente a su realidad, o que las protestas son cosas minoritarias y no representativas (las encuestas cifran en 80% el respaldo a sus demandas), han quedado sepultadas por estas marchas masivas en las calles chilenas. Junto con eso, se ha planteado por primera vez, y seriamente, la demolición de uno de los pilares que sustentan al modelo chileno. Esto no es poca cosa, considerando la historia reciente y tomando en cuenta además que algunos despistados vecinos sudamericanos lo consideran un modelo a imitar. Si, en el corto o mediano plazo, todo este movimiento termina por devolver a la gente una parte de la protección y bienestar que el estado le debe y que fue arrebatada con argumentos falaces y metralla, entonces podremos recordar a este invierno de 2011 como la fecha de nacimiento de un nuevo Chile. Las oportunidades de lograrlo son escasas, pero se siente en el aire que no es imposible. Falló en su momento Argentina, cuando la crisis terminal del 2001 y el que se vayan todos no generó cambios sustantivos en la calidad de vida de los individuos y en la calidad de la sociedad en su conjunto. Espero que no falle Chile esta vez, como en septiembre de 1986.





domingo, 7 de agosto de 2011

Visca Catalunya

¿Qué hace distintivos a Barcelona o a los catalanes en general? La respuesta dependerá de los gustos, inclinaciones, o prioridades de cada uno. Si se elige el camino de las artes, se podrá mencionar a un arquitecto genial que reinventó el volumen o a un cantautor que escribió la banda sonora de nuestras nostalgias más entrañables. Si se pone el foco en la historia, y entonces en la Guerra Civil y su rol como bastión de resistencia contra las fuerzas fascistas, es inevitable mencionar que Barcelona fue la primera ciudad en la historia que sufrió un bombardeo masivo de su población civil, durante dos años; o recordar que, luego del triunfo de las fuerzas de Franco con el apoyo alemán e italiano, miles tuvieron que huir a pie y en pleno invierno a través de los Pirineos, protagonizando una penosa epopeya de muertos de frío y familias separadas para siempre. Una mirada más prosaica seguramente llevará a hablar de la laboriosidad de los catalanes, su habilidad para los negocios, y su proverbial aversión al gasto. Pero sin duda que en los últimos años la palabra Barcelona se ha asociado al fútbol, y con mucha razón.

El F.C. Barcelona es la máxima expresión del fútbol que se haya visto jamás. Esto no sólo lo dice este humilde servidor, en su calidad de fanático irredento del fútbol, con un respetable (o vergonzoso, según se mire) registro de horas semanales dedicadas a su contemplación, análisis o lectura, sino también un número importante de periodistas deportivos con muchos años encima, y lo mismo opina mi amigo Tabaré, un lúcido octogenario que –entre otras condecoraciones– estuvo detrás del arco en el que Alcides Gigghia convirtiera el segundo gol de Uruguay en la final del mundial del 50, consumando el Maracanazo. Con este Barcelona de Messi, Xavi e Iniesta, atrás quedaron leyendas como el Santos de Pelé en los 60’s, el Ajax de Cruyff en los 70’s, e incluso míticas selecciones mundialistas, como el ballet húngaro del 54 y la naranja mecánica holandesa del 74 (ambas liquidadas en la final por la maquinaria germana), y hasta el Scratch de ensueño que ganó el mundial del 70 con cinco jugadores número 10 en la cancha. Creo haber comentado en otro post, a propósito del contrapunto con el Real Madrid, cómo el Barcelona inculca valores a sus jugadores desde que son niños y conviven en La Masía (la casa-escuela). El respeto por la pelota bien tratada, el juego en equipo, la humildad y la disciplina son los pilares sobre los que se apoya un proyecto maravilloso que en los últimos años ha cosechado todos los éxitos posibles. Se trata de una estética letal que no renuncia a sus bases éticas y a su hambre de gloria. Ya muchos cronistas han agotado su capacidad de encontrar adjetivos que describan el juego del Barça, y no abundaré más en el tema esta vez. Pero era necesario poner este antecedente para comentar un video que está circulando por las redes sociales: L’equip petit.

Se trata del Margatània, un equipo de niños catalanes formado por la unión de dos escuelas (Margalló y Cossetània). Aunque en esta entidad deportiva, fundada por las asociaciones de padres y madres, hay equipos de básquet y de fútbol, y en el fútbol hay varias categorías, el protagonista del video es el equipo de Pre-Benjamín B de fútbol 7. Este equipo de camisetas color verde pistacho destaca por su entusiasmo incombustible, su actitud modelo hacia la práctica del deporte, la simpatía de sus niños, y por su absoluto fracaso deportivo en cuanto a resultados. En la temporada pasada no solamente perdieron por goleada todos sus partidos, sino que recibieron un total de 271 goles en contra, logrando apenas anotar un gol (en el último partido), lo que fue celebrado por ellos como un triunfo olímpico. No se trata de un experimento de masoquismo infantil que apunta a destruir psicológicamente a esos pequeños catalanes. Es un proyecto con un declarado énfasis en aspectos formativos y no en los resultados. Para que funcione, y los niños no sean unos deportistas frustrados, cuenta con el apoyo constante e incondicional de los padres y madres, y un entrenador fantástico, quienes se toman las derrotas como un juego y alientan sin desmayo a los niños. Es conmovedor ver su entusiasmo infantil, totalmente al margen de las cifras que resumen sus partidos, y su genuina inocencia al describir y analizar las causas de ese repetido desastre. El Margatània es la otra cara de la moneda del F.C. Barcelona: el mismo apego a los valores fundamentales del deportivismo pero con el resultado exactamente opuesto. No ganan nunca y celebran siempre. El corto en sí (L’equip petit) no me gusta mucho, porque los realizadores han generado un guión donde hubiera quedado mejor, más fresco, una secuencia de declaraciones espontáneas. Pero este tono impostado que por momentos se aprecia no niega la autenticidad de la historia que documentan y que ha permitido a medio mundo conocer a ese equipo maravilloso de niños encantadores. Como el Barça, el Margatània es un ejemplo que reluce de manera particular en estos tiempos de exitismo desbocado en los que todo se vale para ganar, incluyendo el soborno (a jugadores, árbitros y comisionados FIFA), y la derrota es la antesala de la violencia.

¿Es una coincidencia que ambos equipos de fútbol, el Barça y el Margatània, estandartes de los valores esenciales del deporte, sean catalanes? En el libro El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, publicado en 1995, la dedicatoria dice así: “Las páginas que siguen están dedicadas a aquellos niños que una vez, hace años, se cruzaron conmigo en Calella de la Costa. Venían de jugar al fútbol, y cantaban: Ganamos, perdimos, igual nos divertimos “. Supongo que a nadie le sorprenderá saber que Calella de la Costa, una pequeña localidad costera, está situada a unos 50 km al norte de la ciudad Barcelona.




sábado, 9 de julio de 2011

Hormigas y cigarras


Me gustan mucho las fábulas. Una de mis preferidas es la de la cigarra y la hormiga. Creo que la reacción frente a esa historia divide a la gente en grupos. Por un lado están los que se identifican con la hormiga, los laboriosos y sacrificados, los que creen que el premio llega al final, como consecuencia del esfuerzo, los que le encuentran un sentido al diario sudor. Por otro lado están los que se identifican con la cigarra, los ociosos y hedonistas, los que quieren disfrutar hoy, prefieren no pensar en mañana, y sueñan con sacarse la lotería o casarse con un(a) millonario(a) que no huela a sudor. Pero la fábula también divide a la gente entre el grupo de los blandos, los que se apenan por la cigarra, y la perdonarían (en algunas versiones manipuladas por editoriales impresentables, la hormiga comparte al final lo suyo con la cigarra), y el grupo de los duros, los que creen que es justa la desgracia de la cigarra, porque se la buscó. La primera vez que me contaron la fábula de la cigarra y la hormiga quedé impactado y, siendo niño, creí tener un par de certezas sobre mí mismo que el tiempo ha terminado por confirmar. Una de ellas es que tolero muy poco la holgazanería. Más precisamente, la gente que no trabaja y recibe dinero a cambio de esa no-labor me genera un desprecio rotundo. Por eso es que si mi hijo algún día me dice que quiere ser notario o conservador de bienes raíces sentiré que he fracasado como padre. Los notarios ocupan un lugar destacado dentro de la taxonomía de los parásitos sociales, pero no son los únicos. Otra especie que ha sabido ganarse un lugar de privilegio en el Parnaso de las sanguijuelas bien alimentadas es la de los embajadores y cónsules. Sobre ellos tengo muchas anécdotas para contar, porque el hecho de tener un pasaporte peruano me ha significado numerosas peregrinaciones por oscuras y luminosas oficinas consulares y embajadas, visitas casi nunca gratas y casi siempre onerosas, pero siempre se puede obtener algo de esas experiencias. Sí, ellos obtienen dinero mal habido. Y a uno, pasado el mal rato, le queda el recuerdo, la visión desde afuera, la anécdota.
Por cosas del destino, o, para decir algo menos trillado y más real, debido a un viaje a un congreso científico, estaba en Paris un caluroso 14 de julio (aniversario de la toma de la Bastilla, día nacional). Andaba por los Campos Elíseos, después de atravesar la ciudad a pie con una voluminosa mochila a la espalda, lo que habla de tiempos pre-paranoia por atentados terroristas y habla también de mi ineptitud para llevar una carga racional en la mochila para una caminata. Estaba muerto de hambre porque, para identificarme con tanto escritor, poeta y pintor que viajaba a Paris para crear y terminaba pasando hambre, había decidido limitar mis comidas a una al día. Sí, ya sé que caminar no es un arte, y por entonces escribía muy poco y mal (ahora no escribo muy poco), por lo que la identificación con esos creadores no tenía mucho sentido. Pero tampoco lo tiene la identificación con Batman o Nemo (el pececito o el capitán), y bien que lo disfrutamos. Volvamos a la historia parisina. En ese famélico y estocástico vagabundear, me encontré sin querer con el paisaje de una larga fila de autos diplomáticos a los dos lados de la ancha avenida que desemboca (o nace) en el Arco del Triunfo, una mole imponente. Estaban solamente los choferes, algunos sentados estoicamente en sus asientos, con las ventanas abajo, otros de pie al lado del vehículo. Todos muy acalorados. Seguramente el personal diplomático andaba en alguna recepción cercana, libando, deglutiendo y eructando a mansalva, una de las pocas cosas que hacen con eficiencia. Entonces me percaté del detalle. Como tengo buena memoria para las banderas, pude identificar el país de origen de muchos de los autos. Eran indistinguibles sin la banderita en el capó: todos enormes, todos negros y relucientes, casi todos Mercedes Benz. Y ése es el problema. Porque se subían al mismo auto el embajador de Noruega, un país que lidera el ranking de desarrollo humano, con todas las necesidades básicas y suntuarias satisfechas, y el embajador de Haití, un pedazo de África en medio del Caribe, donde se malvive rodeado de aguas cloacales y el ayuno es el pan de cada día. Y la lista seguía por varias cuadras (Alemania y Bolivia, Canadá y Camerún…). En un mundo tan groseramente desigual, algún despistado quizás afirmaría que ése era, por fin, un ejemplo de equidad entre los países, un motivo para brindar por la igualdad-fraternidad-libertad francesa, mundial, universal. Bullshit. Es un recordatorio de lo doblemente injusto, doblemente repugnante, que es el estatus de los diplomáticos de los países pobres. Porque si ya es indecoroso que cobren sin trabajar, el hecho de que tengan los mismos privilegios que los diplomáticos de países ricos es mucho más inmoral, considerando que sus propios compañeros de juegos de infancia o sus parientes lejanos sobreviven un mes con lo que ellos gastan en una cena con sus invitados, los que se clasifican en aduladores y adulados. Lo que correspondería es que cada delegación diplomática viviera de acuerdo a los estándares de vida de la nación que representan, o sea, tener embajadores con sueldo promedio manejando los vehículos que puedan comprar con esos ingresos. El porcentaje de la riqueza nacional de los países pobres que se evapora al mantener a esos cortesanos, aduladores e inútiles es una cifra vergonzante. En La Divina Comedia, el buen Dante mandó a los aduladores al segundo foso del octavo círculo del infierno, sumergiéndolos en estiércol humano. No sé quién los sacó de ese lugar y los sentó en una mesa de mantel largo.
Esta situación no pudieron imaginarla Esopo o Samaniego, así que no tenemos fábula al respecto que nos inspire. Es una historia de hormigas miserables que trabajan en invierno y verano para una cigarra que no canta pero sí engorda. Lo más cercano que tenemos es la película Bichos (Bugs), en la que los tiranos saltamontes esclavizan a las hormigas, que deben reunir alimento para ellos. Pero un día las hormigas se hartan del abuso, pierden el miedo, organizan la resistencia, y terminan desterrando (o destruyendo) a los viles mantenidos. Así sea.

sábado, 18 de junio de 2011

Nadie en el cielo

Este cuento tiene cinco autores. La idea surgió una madrugada de tertulia ilustrada regada con un noble vino de caja, en la que, a poco de empezar, ya se habían agotado las opciones de decir algo interesante. El plan era bastante simple: sortear un orden y cada uno escribiría una parte de un cuento, sin discusión previa ni consenso acerca de tema, argumento o estilo. Se suponía que el primero y el último tenían más poder sobre el devenir del cuento, pero los del medio tranquilamente podían matar a todos los protagonistas con un cataclismo nuclear o hacer aterrizar un platillo volador con alienígenas rosados, con lo que su poder de sabotaje no era despreciable. El proceso completo duró casi un año, porque mis compañeros de pluma demoraron más allá de lo aceptable, pero al final tuve el producto completo en mis manos y entonces decidí enviarlo a una revista electrónica que publicaba cuentos, ensayos, poemas y crónicas. El hecho de que algunos de los cuentos publicados eran de calidad aceptable (aceptable como prueba de intento deliberado de asesinato de la literatura), me animó a intentarlo, no sin antes editar concienzudamente ese texto perpetrado en grupo. El cuento finalmente se publicó (aquí), y mis coautores mostraron mucho menos entusiasmo del que yo esperaba, tal vez por encontrarse en evidente estado de sobriedad cuando se los comuniqué. La historia no pasaría de esta sencilla anécdota si no fuera porque yo sí me entusiasmé, y luego envié otros dos cuentos -esta vez propios- que también fueron publicados. Gracias a uno de ellos me contactó una entusiasta desconocida, después amiga, que me motivó a seguir escribiendo, lo que he seguido haciendo hasta ahora. Es un consuelo gratificante descubrir que uno no se equivoca a solas al creer que tiene talento. Aquí está el cuento a cinco manos, se le notan un poco las costuras, pero creo que el todo es rescatable. Para ponerlo en contexto, el cuento fue escrito en Lima durante la década infame del fujimorismo.

Nadie en el cielo

El guardia anunció con voz neutra: «Fin de la visita». Ambos quedaron en silencio, sin mirarse a los ojos (a esa altura habría sido una provocación) y consintieron que el guardia esta vez sí terminara la conversación. Aunque la abatida expresión de Aníbal indicaba que había entendido todo, Abel quiso añadir:

—Tú sabes que no te miento. O si te miento lo hago mintiéndome también a mí mismo, lo que si bien no me expía al menos no me envilece. Yo sólo hice lo que se suponía todos haríamos en una situación así. Claro, yo me jodí porque fui el único que tuvo la oportunidad. ¿O no? ¿O será que todos ustedes desviaron antes la vista mil veces para no mirar esos ojos? Quién sabe. Quién sabe ustedes perpetraron una versión corregida y aumentada de la estrategia del avestruz, mandando así al carajo todo lo dicho en esas noches largas de tertulia ilustrada y vino barato. Ya ves, al final lo que nos separa es apenas un paso más, el obvio paso siguiente a tanta palabra lanzada al viento. Es más simple de lo que parece. Sabes que no te miento. Todos teníamos claro quién era el demonio; teníamos una certeza casi infantil y por eso definitiva, todos sabíamos qué debíamos hacer ¿O no?

Al salir, Aníbal notó que comenzaba a oscurecer, escuchó con alivio el ruido apagado de la ciudad cercana, y supo que no volvería a ver a Abel. A pesar de esta revelación, quedaba en él la impresión de algo inconcluso, la sensación de tener una deuda impagable. Una vez más —como en aquella noche de la discusión sobre Kropotkin y Darwin— Abel había conseguido que él se sintiera como una hiena arrepentida, masticando el botín de otro, perdiéndole el gusto a la vida.

Subió al primer microbús que pasó. Mientras viajaba, intentaba volver a la normalidad. Quería olvidar de una vez, sepultar en algún lugar todo lo pensado, lo deseado, lo poco hecho. Pero no podía. Trataba de distraerse mirando los retazos de ciudad que se sucedían por las ventanillas, y lo único que conseguía era hundirse más, encontrar nuevas razones para el desasosiego. Barrio de mierda, ciudad de mierda, vida de mierda —pensaba y sentía cómo el polvo empezaba a moldearse con la humedad y su sudor, convirtiéndolo en un moderno caballero con armadura de barro, pero sin un enemigo al frente. Nunca dejamos de estar sucios, sucios, sucios. Si sólo fuera una sensación externa... El vehículo seguía su ruta, y ahora pasaba frente a esa plaza centenaria. Era inevitable recordar ese lugar como punto de tantos encuentros supuestamente clandestinos que derivaban, más tarde o más temprano, en alguna cantina de mala muerte y peor entierro, donde las discusiones se volvían más transparentes al ser las intenciones aflojadas por el alcohol. Éramos la primera célula ácrata que iba a pasar a la acción, ¡Qué orgullosos vivíamos nuestro sueño! Éramos los verdaderos revolucionarios, dispuestos a dar vuelta a todo de un solo golpe, descabezando el régimen siniestro que oprimía nuestras vidas. Éramos los más feroces, los más lúcidos, los más honestos; y al final sólo fuimos los más cabrones, una vulgar sarta de cabrones jugando a ser grandes, creyéndose sus mentiras, pero enarbolando juiciosas excusas a la hora de la verdad. Excepto Abel, claro. Abel, el revolucionario genéticamente puro, sin aspavientos, el prototipo del redentor. ¡Que se joda por cojudo entonces! No se puede ser tan fundamentalista. Y su nombre de bueno, bíblico, pastoral. El único que creyó, y que seguía creyendo. Claro, ahora qué le queda, encerrado en esa jaula, condenado a pudrirse en vida; resulta necesario y hasta fácil aferrarse a un ideal, sea lo que sea, para no quebrarse. ¿Y los que quedamos afuera? ¿Acaso se supone que debamos seguir tercamente, aún en contra de nuestros actuales deseos, y tomar la vía dolorosa, el camino del martirio, para que nuestro pasado comulgue con el presente, para no ser los caínes o los fariseos del cuento? No. Yo sólo quiero vivir, y vivir es disfrutar, gozar de lo poco gozable que aún queda, huevear, chupar, cachar, cachar mucho ¡Salvo la lujuria todo es ilusión! El microbús llegaba ya a su destino y en ese momento Aníbal dudó en bajar a reunirse por última vez con lo que quedaba del grupo, o en seguir de largo hacia la casa de Pilar.

Se levantó finalmente. ¡Bajan! —gritó—. Sí, sí, aquí, aquí... —y la puerta trasera se abrió violentamente. Allí estaba el barrio de siempre, ahora ajeno, como deformado por un manotazo torpe pero eficaz. Hubiera preferido no tener que reunirse con ellos nuevamente, no volver a verlos nunca más. Tenía suficiente con arrastrar la propia miseria como para además compartirla, enrostrarla, y, peor aún, justificarla. La idea de un cínico exorcismo grupal no le atraía en lo absoluto. Pero sentía todavía la mirada de Abel en los ojos condenándolo a no deshacerse de su pesada carga. Y sus palabras: «... quiero que vayas y les digas exactamente eso, me oyes?». Cruzó la pista. A lo mejor ya todos se habían ido, habrían decidido acaso no esperarlo más.

De repente Aníbal sintió una presencia, lo atacó algo así como un temor sin rostro. No vaciló. Cómo despistar al hombre que estaría tras él, confundido entre la gente, eso era lo primero. Apretó el paso. No. Había que pensarlo mejor. Tal vez sólo estaba sirviendo de carnada, era la venganza, la venganza de Abel, la punta de la madeja, y él se encargaría de entregar al resto del grupo, mansamente. No. Entró en el primer bar y se sentó en una mesa visible, esperando al hombre que ya aparecería. Pidió una cerveza. Mientras bebía cerraba los ojos y veía a Abel con la misma claridad con la que sentía que a cada segundo todo le importaba menos, que él no estaba dispuesto, que no existían los objetivos comunes. Se sintió de pronto observado y creyó distinguir una conversación en medio del murmullo del bar. Fingió no darse cuenta y trató de apurar su cerveza. Pagó y salió del bar.

Una vez afuera, tras dar unos cuantos pasos tranquilos, se lanzó a correr. Cuando todavía no había doblado la esquina, escuchó el ruido de pasos que corrían tras él. Sabía por dónde podría huir, sólo había una dificultad: ¿Estaría el río demasiado crecido? No pensaba cruzarlo, sólo quería llegar hasta debajo del puente y ocultarse. Allí nadie lo buscaría. Sus perseguidores no se atreverían a bajar, con el río crecido, en medio de la oscuridad. Él, en cambio, conocía el lugar de memoria. Fue allí donde conoció a Abel quince años atrás, cuando este no quiso jugar a atrapar ratas y sólo se sentó a preguntarle por qué existía ese río de aguas turbias, y la basura en las riberas, y las casitas de esteras alrededor, y las ratas enormes con las que se divertían. Allí Abel le cambió la mirada, lo hizo descubrir la misma conciencia de la que ahora quería desprenderse. Llegó al borde del lecho del río. No había luna; no se podía ver, sólo adivinar. De un salto empezó a avanzar cuesta abajo. Era el momento de tomar ventaja: ya no lo alcanzarían. Se dejó llevar por la inercia y, cuando ya tomaba velocidad, no adivinó la punta del fierro de construcción en medio del desmonte que se le clavaba en la canilla. Siguió corriendo, el dolor sólo lo hacía aumentar el paso. Tropezó con un perro pudriéndose y cayó de cara contra un cerro de cáscaras de frutas. No pensó; no era el momento de ponerse alegórico. Sólo se paró y siguió corriendo. Una gota espesa corría por su frente. No era sudor. Sin dejar de correr se quitó el pedazo de botella de la frente, el corte parecía ser superficial. Por fin llegó.

Debajo del puente el río sonaba diferente. Miró hacia atrás: no se veía a nadie. Casi no podía respirar. Intentó relajarse para soportar el dolor. Pero éste no disminuía, seguía allí en medio de su frente, como los ojos de Abel. Se sentó en un colchón despanzurrado y puso la cabeza entre las rodillas. Cerró los ojos e intentó otra vez calmarse, reponerse; debía analizar la situación. De pronto escuchó el mismo ruido de pasos que escuchara cuando salió del bar. Levantó la mirada: no había nadie. Bajó la cabeza, aguzó el oído, y volvió a escuchar los pasos. No había nadie. Todo parecía haberse detenido, algo semejante al silencio comenzaba a cubrirlo todo con un tono monocorde, un rumor denso y constante. Mientras permanecía sentado, Aníbal observaba el camino por el que había bajado: recorría lentamente el terreno inclinado hasta llegar a la endeble barrera de árboles mal plantados por cuadrillas de obreros temporales; del otro lado, donde comenzaba la calle, un poste iluminaba perfiles difusos.

Se dijo que era verdad, estaba allí..., y no tenía que hacer nada. Pasarían los días con su marcha incansable y todo se olvidaría: la traición, los errores. Hasta las miradas. Y hablaría al fin un día, echando adelante esa carga con un resto de dignidad. Y sin despedida, dejaría para siempre a Abel, entre flores, entre papeles, entre rostros que ya no le dirían nada. Encontraría su lugar, encontraría a alguien... los uniría la certeza de poseer a otro. Esperanzas más convencionales reemplazarían a este dolor inútil.

Nadie. Nadie alrededor de este oscuro refugio, de sus ennegrecidas columnas, de sus desgastados arcos; ni de la innoble tierra que se hunde pestilente a lo largo de un lecho de enfermedad y destrucción. Nadie en las casuchas que permanecen en el desfiladero como testimonio de la miseria repetida, de los años en vano, de la locura y el olvido, de la rabia siniestra, de los malditos cantos de aquellos que han enterrado a sus muertos. Nadie en el cielo, se diría, si no fuera porque en esta inmensa densidad, en esta aparente detención del tiempo, algo se ha movido.