Ese ejercicio de renuncia voluntaria a la razón que subyace a cada afirmación de superioridad del país propio en relación al vecino, casi siempre basada en la profunda ignorancia que se tiene del país vecino, podría ser simplemente un motivo de burla, una razón más para reírse de un tipo particular de estupidez, como la de ese niño, si no fuera porque el nacionalismo es –junto con la religión– la causa principal de las guerras, y una causa fundamental de la violencia en general. El nacionalismo nubla la razón, intoxica el alma, y degrada las relaciones entre las personas al hacerle creer al idiota que su bandera (un trapo de colores, a menudo bonito, eso es todo) es más importante que la bandera del otro; ese otro que habla un idioma diferente, tiene otro color de piel y no comparte la misma historia.
domingo, 2 de octubre de 2011
Contra el nacionalismo
Ese ejercicio de renuncia voluntaria a la razón que subyace a cada afirmación de superioridad del país propio en relación al vecino, casi siempre basada en la profunda ignorancia que se tiene del país vecino, podría ser simplemente un motivo de burla, una razón más para reírse de un tipo particular de estupidez, como la de ese niño, si no fuera porque el nacionalismo es –junto con la religión– la causa principal de las guerras, y una causa fundamental de la violencia en general. El nacionalismo nubla la razón, intoxica el alma, y degrada las relaciones entre las personas al hacerle creer al idiota que su bandera (un trapo de colores, a menudo bonito, eso es todo) es más importante que la bandera del otro; ese otro que habla un idioma diferente, tiene otro color de piel y no comparte la misma historia.
domingo, 11 de septiembre de 2011
Ser o no ser mandril
domingo, 4 de septiembre de 2011
Derrota de la obsesión
sábado, 20 de agosto de 2011
No me verás partir
Cuando el avión dio la última curva y enfiló por fin hacia la pista de aterrizaje del aeropuerto de Cuzco, ambos se tomaron las manos emocionados. El paisaje que se observaba desde la ventanilla era sencillamente hermoso, un generoso adelanto de lo que les esperaba: majestuosos cerros verdes dominando la histórica ciudad tapizada de tejados rojos, iglesias coloniales y ruinas incaicas. Todo comenzaba a parecerse a la postal que les vendieron a plazos en la agencia de viajes. Se felicitaron por finalmente haber escogido Cuzco y no Cancún para la luna de miel.
domingo, 14 de agosto de 2011
¿La revolución chilena?
domingo, 7 de agosto de 2011
Visca Catalunya
¿Qué hace distintivos a Barcelona o a los catalanes en general? La respuesta dependerá de los gustos, inclinaciones, o prioridades de cada uno. Si se elige el camino de las artes, se podrá mencionar a un arquitecto genial que reinventó el volumen o a un cantautor que escribió la banda sonora de nuestras nostalgias más entrañables. Si se pone el foco en la historia, y entonces en la Guerra Civil y su rol como bastión de resistencia contra las fuerzas fascistas, es inevitable mencionar que Barcelona fue la primera ciudad en la historia que sufrió un bombardeo masivo de su población civil, durante dos años; o recordar que, luego del triunfo de las fuerzas de Franco con el apoyo alemán e italiano, miles tuvieron que huir a pie y en pleno invierno a través de los Pirineos, protagonizando una penosa epopeya de muertos de frío y familias separadas para siempre. Una mirada más prosaica seguramente llevará a hablar de la laboriosidad de los catalanes, su habilidad para los negocios, y su proverbial aversión al gasto. Pero sin duda que en los últimos años la palabra Barcelona se ha asociado al fútbol, y con mucha razón.
El F.C. Barcelona es la máxima expresión del fútbol que se haya visto jamás. Esto no sólo lo dice este humilde servidor, en su calidad de fanático irredento del fútbol, con un respetable (o vergonzoso, según se mire) registro de horas semanales dedicadas a su contemplación, análisis o lectura, sino también un número importante de periodistas deportivos con muchos años encima, y lo mismo opina mi amigo Tabaré, un lúcido octogenario que –entre otras condecoraciones– estuvo detrás del arco en el que Alcides Gigghia convirtiera el segundo gol de Uruguay en la final del mundial del 50, consumando el Maracanazo. Con este Barcelona de Messi, Xavi e Iniesta, atrás quedaron leyendas como el Santos de Pelé en los 60’s, el Ajax de Cruyff en los 70’s, e incluso míticas selecciones mundialistas, como el ballet húngaro del 54 y la naranja mecánica holandesa del 74 (ambas liquidadas en la final por la maquinaria germana), y hasta el Scratch de ensueño que ganó el mundial del 70 con cinco jugadores número 10 en la cancha. Creo haber comentado en otro post, a propósito del contrapunto con el Real Madrid, cómo el Barcelona inculca valores a sus jugadores desde que son niños y conviven en La Masía (la casa-escuela). El respeto por la pelota bien tratada, el juego en equipo, la humildad y la disciplina son los pilares sobre los que se apoya un proyecto maravilloso que en los últimos años ha cosechado todos los éxitos posibles. Se trata de una estética letal que no renuncia a sus bases éticas y a su hambre de gloria. Ya muchos cronistas han agotado su capacidad de encontrar adjetivos que describan el juego del Barça, y no abundaré más en el tema esta vez. Pero era necesario poner este antecedente para comentar un video que está circulando por las redes sociales: L’equip petit.
Se trata del Margatània, un equipo de niños catalanes formado por la unión de dos escuelas (Margalló y Cossetània). Aunque en esta entidad deportiva, fundada por las asociaciones de padres y madres, hay equipos de básquet y de fútbol, y en el fútbol hay varias categorías, el protagonista del video es el equipo de Pre-Benjamín B de fútbol 7. Este equipo de camisetas color verde pistacho destaca por su entusiasmo incombustible, su actitud modelo hacia la práctica del deporte, la simpatía de sus niños, y por su absoluto fracaso deportivo en cuanto a resultados. En la temporada pasada no solamente perdieron por goleada todos sus partidos, sino que recibieron un total de 271 goles en contra, logrando apenas anotar un gol (en el último partido), lo que fue celebrado por ellos como un triunfo olímpico. No se trata de un experimento de masoquismo infantil que apunta a destruir psicológicamente a esos pequeños catalanes. Es un proyecto con un declarado énfasis en aspectos formativos y no en los resultados. Para que funcione, y los niños no sean unos deportistas frustrados, cuenta con el apoyo constante e incondicional de los padres y madres, y un entrenador fantástico, quienes se toman las derrotas como un juego y alientan sin desmayo a los niños. Es conmovedor ver su entusiasmo infantil, totalmente al margen de las cifras que resumen sus partidos, y su genuina inocencia al describir y analizar las causas de ese repetido desastre. El Margatània es la otra cara de la moneda del F.C. Barcelona: el mismo apego a los valores fundamentales del deportivismo pero con el resultado exactamente opuesto. No ganan nunca y celebran siempre. El corto en sí (L’equip petit) no me gusta mucho, porque los realizadores han generado un guión donde hubiera quedado mejor, más fresco, una secuencia de declaraciones espontáneas. Pero este tono impostado que por momentos se aprecia no niega la autenticidad de la historia que documentan y que ha permitido a medio mundo conocer a ese equipo maravilloso de niños encantadores. Como el Barça, el Margatània es un ejemplo que reluce de manera particular en estos tiempos de exitismo desbocado en los que todo se vale para ganar, incluyendo el soborno (a jugadores, árbitros y comisionados FIFA), y la derrota es la antesala de la violencia.
¿Es una coincidencia que ambos equipos de fútbol, el Barça y el Margatània, estandartes de los valores esenciales del deporte, sean catalanes? En el libro El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, publicado en 1995, la dedicatoria dice así: “Las páginas que siguen están dedicadas a aquellos niños que una vez, hace años, se cruzaron conmigo en Calella de la Costa. Venían de jugar al fútbol, y cantaban: Ganamos, perdimos, igual nos divertimos “. Supongo que a nadie le sorprenderá saber que Calella de la Costa, una pequeña localidad costera, está situada a unos 50 km al norte de la ciudad Barcelona.
sábado, 9 de julio de 2011
Hormigas y cigarras
sábado, 18 de junio de 2011
Nadie en el cielo
Este cuento tiene cinco autores. La idea surgió una madrugada de tertulia ilustrada regada con un noble vino de caja, en la que, a poco de empezar, ya se habían agotado las opciones de decir algo interesante. El plan era bastante simple: sortear un orden y cada uno escribiría una parte de un cuento, sin discusión previa ni consenso acerca de tema, argumento o estilo. Se suponía que el primero y el último tenían más poder sobre el devenir del cuento, pero los del medio tranquilamente podían matar a todos los protagonistas con un cataclismo nuclear o hacer aterrizar un platillo volador con alienígenas rosados, con lo que su poder de sabotaje no era despreciable. El proceso completo duró casi un año, porque mis compañeros de pluma demoraron más allá de lo aceptable, pero al final tuve el producto completo en mis manos y entonces decidí enviarlo a una revista electrónica que publicaba cuentos, ensayos, poemas y crónicas. El hecho de que algunos de los cuentos publicados eran de calidad aceptable (aceptable como prueba de intento deliberado de asesinato de la literatura), me animó a intentarlo, no sin antes editar concienzudamente ese texto perpetrado en grupo. El cuento finalmente se publicó (aquí), y mis coautores mostraron mucho menos entusiasmo del que yo esperaba, tal vez por encontrarse en evidente estado de sobriedad cuando se los comuniqué. La historia no pasaría de esta sencilla anécdota si no fuera porque yo sí me entusiasmé, y luego envié otros dos cuentos -esta vez propios- que también fueron publicados. Gracias a uno de ellos me contactó una entusiasta desconocida, después amiga, que me motivó a seguir escribiendo, lo que he seguido haciendo hasta ahora. Es un consuelo gratificante descubrir que uno no se equivoca a solas al creer que tiene talento. Aquí está el cuento a cinco manos, se le notan un poco las costuras, pero creo que el todo es rescatable. Para ponerlo en contexto, el cuento fue escrito en Lima durante la década infame del fujimorismo.
El guardia anunció con voz neutra: «Fin de la visita». Ambos quedaron en silencio, sin mirarse a los ojos (a esa altura habría sido una provocación) y consintieron que el guardia esta vez sí terminara la conversación. Aunque la abatida expresión de Aníbal indicaba que había entendido todo, Abel quiso añadir:
—Tú sabes que no te miento. O si te miento lo hago mintiéndome también a mí mismo, lo que si bien no me expía al menos no me envilece. Yo sólo hice lo que se suponía todos haríamos en una situación así. Claro, yo me jodí porque fui el único que tuvo la oportunidad. ¿O no? ¿O será que todos ustedes desviaron antes la vista mil veces para no mirar esos ojos? Quién sabe. Quién sabe ustedes perpetraron una versión corregida y aumentada de la estrategia del avestruz, mandando así al carajo todo lo dicho en esas noches largas de tertulia ilustrada y vino barato. Ya ves, al final lo que nos separa es apenas un paso más, el obvio paso siguiente a tanta palabra lanzada al viento. Es más simple de lo que parece. Sabes que no te miento. Todos teníamos claro quién era el demonio; teníamos una certeza casi infantil y por eso definitiva, todos sabíamos qué debíamos hacer ¿O no?
Al salir, Aníbal notó que comenzaba a oscurecer, escuchó con alivio el ruido apagado de la ciudad cercana, y supo que no volvería a ver a Abel. A pesar de esta revelación, quedaba en él la impresión de algo inconcluso, la sensación de tener una deuda impagable. Una vez más —como en aquella noche de la discusión sobre Kropotkin y Darwin— Abel había conseguido que él se sintiera como una hiena arrepentida, masticando el botín de otro, perdiéndole el gusto a la vida.
Subió al primer microbús que pasó. Mientras viajaba, intentaba volver a la normalidad. Quería olvidar de una vez, sepultar en algún lugar todo lo pensado, lo deseado, lo poco hecho. Pero no podía. Trataba de distraerse mirando los retazos de ciudad que se sucedían por las ventanillas, y lo único que conseguía era hundirse más, encontrar nuevas razones para el desasosiego. Barrio de mierda, ciudad de mierda, vida de mierda —pensaba y sentía cómo el polvo empezaba a moldearse con la humedad y su sudor, convirtiéndolo en un moderno caballero con armadura de barro, pero sin un enemigo al frente. Nunca dejamos de estar sucios, sucios, sucios. Si sólo fuera una sensación externa... El vehículo seguía su ruta, y ahora pasaba frente a esa plaza centenaria. Era inevitable recordar ese lugar como punto de tantos encuentros supuestamente clandestinos que derivaban, más tarde o más temprano, en alguna cantina de mala muerte y peor entierro, donde las discusiones se volvían más transparentes al ser las intenciones aflojadas por el alcohol. Éramos la primera célula ácrata que iba a pasar a la acción, ¡Qué orgullosos vivíamos nuestro sueño! Éramos los verdaderos revolucionarios, dispuestos a dar vuelta a todo de un solo golpe, descabezando el régimen siniestro que oprimía nuestras vidas. Éramos los más feroces, los más lúcidos, los más honestos; y al final sólo fuimos los más cabrones, una vulgar sarta de cabrones jugando a ser grandes, creyéndose sus mentiras, pero enarbolando juiciosas excusas a la hora de la verdad. Excepto Abel, claro. Abel, el revolucionario genéticamente puro, sin aspavientos, el prototipo del redentor. ¡Que se joda por cojudo entonces! No se puede ser tan fundamentalista. Y su nombre de bueno, bíblico, pastoral. El único que creyó, y que seguía creyendo. Claro, ahora qué le queda, encerrado en esa jaula, condenado a pudrirse en vida; resulta necesario y hasta fácil aferrarse a un ideal, sea lo que sea, para no quebrarse. ¿Y los que quedamos afuera? ¿Acaso se supone que debamos seguir tercamente, aún en contra de nuestros actuales deseos, y tomar la vía dolorosa, el camino del martirio, para que nuestro pasado comulgue con el presente, para no ser los caínes o los fariseos del cuento? No. Yo sólo quiero vivir, y vivir es disfrutar, gozar de lo poco gozable que aún queda, huevear, chupar, cachar, cachar mucho ¡Salvo la lujuria todo es ilusión! El microbús llegaba ya a su destino y en ese momento Aníbal dudó en bajar a reunirse por última vez con lo que quedaba del grupo, o en seguir de largo hacia la casa de Pilar.
Se levantó finalmente. ¡Bajan! —gritó—. Sí, sí, aquí, aquí... —y la puerta trasera se abrió violentamente. Allí estaba el barrio de siempre, ahora ajeno, como deformado por un manotazo torpe pero eficaz. Hubiera preferido no tener que reunirse con ellos nuevamente, no volver a verlos nunca más. Tenía suficiente con arrastrar la propia miseria como para además compartirla, enrostrarla, y, peor aún, justificarla. La idea de un cínico exorcismo grupal no le atraía en lo absoluto. Pero sentía todavía la mirada de Abel en los ojos condenándolo a no deshacerse de su pesada carga. Y sus palabras: «... quiero que vayas y les digas exactamente eso, me oyes?». Cruzó la pista. A lo mejor ya todos se habían ido, habrían decidido acaso no esperarlo más.
De repente Aníbal sintió una presencia, lo atacó algo así como un temor sin rostro. No vaciló. Cómo despistar al hombre que estaría tras él, confundido entre la gente, eso era lo primero. Apretó el paso. No. Había que pensarlo mejor. Tal vez sólo estaba sirviendo de carnada, era la venganza, la venganza de Abel, la punta de la madeja, y él se encargaría de entregar al resto del grupo, mansamente. No. Entró en el primer bar y se sentó en una mesa visible, esperando al hombre que ya aparecería. Pidió una cerveza. Mientras bebía cerraba los ojos y veía a Abel con la misma claridad con la que sentía que a cada segundo todo le importaba menos, que él no estaba dispuesto, que no existían los objetivos comunes. Se sintió de pronto observado y creyó distinguir una conversación en medio del murmullo del bar. Fingió no darse cuenta y trató de apurar su cerveza. Pagó y salió del bar.
Una vez afuera, tras dar unos cuantos pasos tranquilos, se lanzó a correr. Cuando todavía no había doblado la esquina, escuchó el ruido de pasos que corrían tras él. Sabía por dónde podría huir, sólo había una dificultad: ¿Estaría el río demasiado crecido? No pensaba cruzarlo, sólo quería llegar hasta debajo del puente y ocultarse. Allí nadie lo buscaría. Sus perseguidores no se atreverían a bajar, con el río crecido, en medio de la oscuridad. Él, en cambio, conocía el lugar de memoria. Fue allí donde conoció a Abel quince años atrás, cuando este no quiso jugar a atrapar ratas y sólo se sentó a preguntarle por qué existía ese río de aguas turbias, y la basura en las riberas, y las casitas de esteras alrededor, y las ratas enormes con las que se divertían. Allí Abel le cambió la mirada, lo hizo descubrir la misma conciencia de la que ahora quería desprenderse. Llegó al borde del lecho del río. No había luna; no se podía ver, sólo adivinar. De un salto empezó a avanzar cuesta abajo. Era el momento de tomar ventaja: ya no lo alcanzarían. Se dejó llevar por la inercia y, cuando ya tomaba velocidad, no adivinó la punta del fierro de construcción en medio del desmonte que se le clavaba en la canilla. Siguió corriendo, el dolor sólo lo hacía aumentar el paso. Tropezó con un perro pudriéndose y cayó de cara contra un cerro de cáscaras de frutas. No pensó; no era el momento de ponerse alegórico. Sólo se paró y siguió corriendo. Una gota espesa corría por su frente. No era sudor. Sin dejar de correr se quitó el pedazo de botella de la frente, el corte parecía ser superficial. Por fin llegó.
Debajo del puente el río sonaba diferente. Miró hacia atrás: no se veía a nadie. Casi no podía respirar. Intentó relajarse para soportar el dolor. Pero éste no disminuía, seguía allí en medio de su frente, como los ojos de Abel. Se sentó en un colchón despanzurrado y puso la cabeza entre las rodillas. Cerró los ojos e intentó otra vez calmarse, reponerse; debía analizar la situación. De pronto escuchó el mismo ruido de pasos que escuchara cuando salió del bar. Levantó la mirada: no había nadie. Bajó la cabeza, aguzó el oído, y volvió a escuchar los pasos. No había nadie. Todo parecía haberse detenido, algo semejante al silencio comenzaba a cubrirlo todo con un tono monocorde, un rumor denso y constante. Mientras permanecía sentado, Aníbal observaba el camino por el que había bajado: recorría lentamente el terreno inclinado hasta llegar a la endeble barrera de árboles mal plantados por cuadrillas de obreros temporales; del otro lado, donde comenzaba la calle, un poste iluminaba perfiles difusos.
Se dijo que era verdad, estaba allí..., y no tenía que hacer nada. Pasarían los días con su marcha incansable y todo se olvidaría: la traición, los errores. Hasta las miradas. Y hablaría al fin un día, echando adelante esa carga con un resto de dignidad. Y sin despedida, dejaría para siempre a Abel, entre flores, entre papeles, entre rostros que ya no le dirían nada. Encontraría su lugar, encontraría a alguien... los uniría la certeza de poseer a otro. Esperanzas más convencionales reemplazarían a este dolor inútil.
Nadie. Nadie alrededor de este oscuro refugio, de sus ennegrecidas columnas, de sus desgastados arcos; ni de la innoble tierra que se hunde pestilente a lo largo de un lecho de enfermedad y destrucción. Nadie en las casuchas que permanecen en el desfiladero como testimonio de la miseria repetida, de los años en vano, de la locura y el olvido, de la rabia siniestra, de los malditos cantos de aquellos que han enterrado a sus muertos. Nadie en el cielo, se diría, si no fuera porque en esta inmensa densidad, en esta aparente detención del tiempo, algo se ha movido.


