jueves, 26 de julio de 2012

No soy un runner


Me gusta mucho salir a correr. Tiene que ser así, salir, a la calle, al parque, a la playa. Hacerlo en máquinas estáticas es como tener sexo con muñecas inflables. No es que no lo haya hecho (me refiero a las máquinas), pero trato mucho de evitarlo. Diría que es como volar en una jaula, pero eso suena arjonianamente cursi, así que mejor no lo digo. Corro desde hace más de 30 años. Pero no soy un runner, eso lo tengo claro. No puedo ser un runner porque corro con camisetas viejas y no con vistosas camisetas de marca, con tecnología para el sudor, el mal olor, o algo así. No he gastado un centavo en medidores de pasos, ritmo cardíaco, calorías quemadas, glicemia, fenilcetonuria, o feng-shui. Me compré zapatillas de correr, es cierto, porque no hacerlo sería condenar a mis rodillas al dolor eterno;  pero son simples, y las sigo usando a pesar de que mi mujer dice que la palabra que le viene a la mente al verlas es “miseria”. Pero por encima de todo no soy un runner porque nunca he creído que mi identidad tenga que ver con salir a correr. No me siento parte de una tribu o de un grupo especial por hacer algo tan simple y placentero. No me identifico con esa moda que, potenciada por el mercado, de pronto le ha dado lugar en los periódicos al viejo y querido trote, pero esta vez rodeado de muchas palabras en inglés, negocio, y esnobismo. Sospecho de esas personas que hacen del salir a trotar una fosforescente señal de identidad, adivino un ligero vacío existencial que hoy se llena con el running y tal vez mañana con el gin tonic.
Como los chasquis incaicos que atravesaban los Andes como quien va a la esquina a comprar pan, como los tarahumara que se pasan la existencia subiendo y bajando a trote la Sierra Madre, como los kenyanos de las tierras altas que por asistir a escuelas lejanas terminaron acostumbrándose a ganar el oro olímpico, para mí el correr es una actividad individual y solitaria, íntimamente silenciosa y no histéricamente gregaria. En este punto me vuelvo a acordar del sabio Schopenhauer cuando dice “Lo que hace a la gente ser sociable es su incapacidad para soportar la soledad y por lo tanto a sí mismos“. Por eso es que no participo de las corridas masivas que son cada vez más frecuentes y visibles. Por eso y porque no le veo la gracia a pagar por hacer lo mismo que hago siempre gratis. No me convencen si lo que obtengo a cambio es una camiseta, para que todo el mundo sepa que estuve allí, o el tiempo de mi carrera. Para eso, tengo muchas camisetas viejas y un cronómetro. Corro conmigo y contra mí mismo, para mejorar mis tiempos, mi ritmo y mi disfrute; para pensar con claridad en asuntos varios que ocupan mi cabeza, y por eso de “mente enferma en cuerpo sano hace menos daño”. Pero no corro para que me miren. “El mejor corredor es el que no deja huella”, se lee en el Tao Te Ching.
He corrido en muchos lugares y de algunos puedo rescatar pequeñas historias de necedades anecdóticas. Como cuando en la sabana de Kenya, aludiendo a la bravura vikinga, desafié a un muy espigado sueco a cumplir su palabra y salir a trotar una tarde en la que el termómetro marcaba 40 °C (y sin gorro, añadí a la apuesta). Los masai, sentados a la sombra de los arbustos, se reían al vernos pasar. No sé si por el aspecto desgarbado y los rostros colorados o por el tremendo descriterio de trotar a horas en las que los seres vivos se ausentan del escenario natural. Aguantamos apenas 12 minutos y recuperar la normalidad nos tomó más de una hora. En el otro extremo térmico, una noche salí a correr en Suecia con 7 grados bajo cero. No es tanto, me dije, y hubiera sido cierto si no fuera porque en ese descampado corría un viento helado que seguramente bajaba un buen trecho la sensación térmica. Como el dolor de los huesos de la cara era muy intenso, bajaba por momentos el gorro de lana hasta taparme el rostro, para calentármelo con el aliento. El problema era que el pavimento estaba congelado en varias partes y dos veces casi me desmadro de un resbalón, así que tuve que abortar a la mitad la misión del corredor enmascarado.
Cuando corría a orillas del río Biobío en Concepción, alguna vez creí tener el poder de maldecir. En mi recorrido, habitualmente tranquilo salvo por los camioneros aburridos que para matar el rato me asustaban con su bocina o invadían la berma, comenzó a aparecer un perro-ladilla que amenazaba con morderme cuando pasaba frente a la casa que pretendía custodiar (había otros perros a su lado, pero solamente él me atacaba). El antipático y multiétnico can me obligaba a recoger piedras en el camino para ahuyentarlo. Como Cristiano Ronaldo pateando tiros libres en el Real Madrid, entre muchísimos tiros desviados, una vez por fin le acerté, y el desgraciado (me refiero al perro) dejó de molestar por un par de semanas: miraba para otro lado, haciéndose el gil. Pero luego volvió a las andadas, y entonces yo a las pedradas. La desagradable situación desnaturalizaba el acto de salir a correr: hacerlo ya no me relajaba. Así que un día, cual gitana de plaza a la que no le permiten estafar a un parroquiano, le eché una vitriólica maldición, deseando con todas mis fuerzas que algún camión lo redujera a dos dimensiones.  Después tuve que viajar y dejé de correr allí por un par de semanas. Al retomar la rutina vi que en la pequeña jauría que montaba guardia frente a esa casa ya no estaba mi némesis. A la segunda o tercera vez que pasé por allí me fijé bien, y allí estaba: quedaba apenas un montón de huesos y algo de pellejo. El ángel exterminador de 12 toneladas había cumplido con mi maldición.
Pero toda esta historia comenzó con mi mayor necedad. Quien me inició en salir a correr fue un tío que nos llevaba a los sobrinos al club de Golf de Lima, con sus imponentes 4 km de perímetro, para intentar completar una vuelta. Un par de años después, cuando mi abuelo (su padre) murió, se me ocurrió que un buen homenaje sería correr el día de su cumpleaños, el 1 de enero, nada menos que (casi) una maratón: 10 vueltas al club de Golf. Hasta entonces había logrado, una sola vez y con mucho esfuerzo, dar dos vueltas. Ese día me levanté tarde, como en todo Año Nuevo, así que cuando llegué al Golf caminando desde mi casa (unos 3 km, según me indica hoy Google Maps) ya el sol estaba arriba. Por supuesto, no llevaba gorro ni agua, y mis zapatillas eran más bien de vestir, pero mi convicción espartana no se preocupaba por esos detalles insignificantes. Entonces comencé, emocionado y desde mis imberbes 12 años, el silencioso homenaje. Tras cumplir la segunda vuelta me sentía bien y el optimismo me rondó, con su habitual desconexión de la realidad. Pero duró poco. Al terminar la tercera vuelta (12 km) ya estaba muy cansado y comencé a dudar de que fuera posible cumplir con mi promesa. Al cumplir la cuarta vuelta ya me sentía mal y el paso era muy lento, pero no quería rendirme tan pronto. Así que decidí intentar completar al menos la mitad de lo planeado. La quinta y última vuelta (20 km) fue sólo sufrimiento y una constante lucha interna entre detenerme o seguir. Gradualmente todo perdía sentido y lo único que quería era no estar allí. Finalmente completé la vuelta y pude detenerme. Caminé como un zombie, las piernas temblando, perfectamente deshidratado, hasta encontrar una sombra. Y un poco más allá, pude ver la mayor felicidad imaginable: un buen hombre regando un jardín. Con mucho esfuerzo me levanté, mareado, y le pedí la manguera. Estuve bebiendo mucho rato y luego volví a la sombra. Media hora después, emprendí la caminata de regreso, más triste que satisfecho. No he vuelto a correr una distancia tan larga.
Cuando corro por la Av. Del Mar, en La Serena, al lado del Pacífico, no cuesta mucho distinguir a los corredores de siempre de los que siguen la moda del running. Los puedes diferenciar por el ritmo del trote, unos corren y los otros apenas no caminan. También los diferencias por el estilo, unos avanzan con un paso marcado y los otros martirizan a sus articulaciones con movimientos que recuerdan al mambo y parecen anunciar una caída. El sobrepeso notable es también un indicador fiable. Pero la señal definitiva es la parafernalia. Si a las evidencias anteriores les sumas indumentaria nueva y de marca, y algún adminículo extra, ya puedes estar seguro: ese ser humano hace muy poco era devoto del Big Mac o pasaba sus horas de vigilia sentado frente a una pantalla. Por supuesto, uno tiene que alegrarse de que la gente haga ejercicio, por la razón que sea. Pero supongo que esa alegría solidaria puede convivir con la opinión ruin y desalmada del observador. Correr es gratis y mejora la vida. Mejora el humor, el peso, las defensas, el sueño, y hasta el sexo (me refiero a los aspectos funcionales, no a los anatómicos). Hace que tu cerebro funcione mejor; claro, dentro de los límites de cada uno (tampoco hace milagros) y hasta nos protege del Sr. Alzheimer que acecha allá adelante. Por eso, queridos feligreses,  si quieren vivir más y mejor, salgan a correr tres veces por semana. Pero, por favor, no digan que son -o actúen como- runners.   

domingo, 1 de julio de 2012

Abuelito, ¿qué hora es?


El Veco fue un periodista deportivo uruguayo que llegó a la televisión peruana en los 80. En aquellas épocas (mundiales de fútbol de Argentina 78 y España 82) la selección peruana clasificaba a los mundiales, lo que me generó a mí –y a toda una generación– la falsa idea de que no se trataba de un hecho milagroso y por lo tanto irrepetible. El Veco se distinguía entre sus colegas peruanos porque usaba correctamente el castellano, no decía perogrulladas con tono de descubrimiento trascendental, y su cultura general superaba el nivel escolar. Tenía algunas frases características, como “oído a la música”, cuando anunciaba algo importante, “se cayó la estantería”, cuando el resultado de un partido había sido muy sorprendente, y “abuelito, ¿qué hora es?” para comentar declaraciones disparatadas de alguien que aparentemente no estaba en sus cabales. En estos días me he acordado de esta frase del uruguayo al leer la columna de Vargas Llosa (Piedra de Toque) del mes pasado.

El Nobel de Literatura ha criticado amargamente las afirmaciones de Paul Krugman, Nobel de Economía, respecto al oscuro futuro inmediato del sistema económico español, manejado por ese mentiroso compulsivo llamado Mariano Rajoy. Es como si a Krugman se le antojara corregir los ensayos de Vargas Llosa sobre García Márquez, Flaubert o Víctor Hugo. La insolencia del escritor fue un poco más allá, al señalar que habría que ignorar a Krugman, y escuchar más bien lo que decía el presidente de Telefónica. O sea, el profesor de Economía y Política Internacional en la Universidad de Princeton y, repito, Premio Nobel de Economía, sabe menos sobre tendencias económicas que el mandamás de la empresa que ha tenido como emblema a ambos lados del océano la evasión de impuestos, sobornos, conductas monopólicas y abuso del cliente. Estamos acostumbrados a que Vargas Llosa, extremista del pensamiento neoliberal, crucifique todo lo que huela a estado benefactor y socialismo, y pontifique todo lo que se asemeje a iniciativa individual y capitalismo. Así se explica su apoyo a Piñera en Chile y Rajoy en España. Pero esta vez creo que se ha extralimitado. Más allá de opiniones políticas o credos ideológicos, sus palabras denotan un divorcio de la razón que me parece preocupante. Pero no es un caso aislado. Hace algunos meses escribía un panegírico sobre Gamarra, el emporio de comercio textil informal de Lima, sumándose a las voces de los pequeños empresarios que se quejaban de las trabas estatales a sus emprendimientos individuales. No decía una sola palabra sobre la monumental evasión de impuestos que estos comerciantes perpetran a diario y la explotación semi-esclavista de los operarios, consecuencias ambas de la ausencia de fiscalización del estado sobre la codicia ciega, inherente al capitalismo, que manda recortar gastos y maximizar ganancias. Aparentemente a MVLL no le inquieta que allí no se cumpla la ley; si no hay regulación estatal y reina el capitalismo salvaje, bienvenido.

Vargas Llosa es un gigante de la literatura y su Premio Nobel fue más que merecido, ya lo he comentado en este blog, pero sus opiniones políticas, nacidas del uso de anteojeras ideológicas y que a menudo son de una ingenuidad casi infantil, minan su enorme prestigio como pensador. Roguemos a los dioses que siga escribiendo esas magníficas novelas y deje de lado su rol de opinador delirante, para que no tengamos que decir otra vez, como El Veco, “abuelito, ¿qué hora es?”.



domingo, 24 de junio de 2012

La música y el dolor


El domingo pasado, con disciplina digna  de mejor causa, planeaba escribir un nuevo post para el blog. Se supondría que tendría algo de crónica y un poco de opinión, y el tema sería… la corbata. Pero el día anterior había ido, junto con mi mujer y mi hijo, a la exposición itinerante del museo de la memoria en La Serena. Después de ese recorrido por la barbarie de la dictadura de Pinochet y el sufrimiento de las víctimas, que se perpetúa en los familiares, hablar sobre corbatas me pareció de una banalidad espantosa. De allí el silencio. Uno tal vez podría fijarse en los números: 3000 muertos, 1200 de ellos desaparecidos en fosas clandestinas, hornos de cal, o lanzados al mar, 30000 torturados,  250000 exiliados…  y 70 represores condenados. Pero los números dicen poco. Por cada uno hay una docena de familiares cercanos traumatizados para siempre, y por cada uno hay cientos que se convencieron de que era mejor no hacer nada. Y así lograron aniquilar el pensamiento de toda una generación. Sin ese exterminio no se puede entender que el modelo actual del ciudadano chileno sea tan superficial y materialista. Pero tal vez no todo está perdido. Como escribía Schwenke (hablo de él más abajo): “tenemos que juntar nuestras verdades, tenemos que reír a toda costa, tenemos que inventarnos la esperanza, hay que hacerse de nuevo cada día”.

Hace veinte años, poco tiempo antes de dejar el Perú para vivir en Chile,  escribí un poema un poco largo, por primera y única vez. Se llama La Marea y lo subí al blog hace algún tiempo. En uno de los versos menciono a un preso político que compone sinfonías después de la tortura. Ficción pura. Lo escribí mucho antes de conocer a varios exiliados latinoamericanos en Suecia que, tras entregarme su amistad generosa y solidaria,  me contaron su experiencia en la tortura cuando eran presos políticos. En el museo de la memoria, el sábado pasado, conocí el caso de Jorge Peña Hen. Un compositor que, entre muchas obras, fundó una escuela experimental de música que hasta hoy forma centenares de niños, y que a mediados de los 60 creó la primera orquesta sinfónica infantil de Latinoamérica. Como tantos otros, fue denunciado por compañeros de trabajo a pocos días del golpe de estado en 1973 por el delito de tener una ideología de izquierda, y fue encarcelado inmediatamente. Un mes después, cuando la Caravana de la Muerte enviada por Pinochet para ejecutar presos pasó por La Serena, Jorge Peña y 15 prisioneros más que esperaban juicio fueron ametrallados por la espalda y rematados con tiros en la cabeza. Recién en 1998 se pudieron exhumar los restos, que estaban en una fosa común, y se constató que habían sido salvajemente torturados. En el museo de la memoria pude leer la terrible carta de despedida que Jorge Peña, de 45 años, escribe a su mujer, cuando presiente que pronto terminarán con su vida, días antes de que lo asesinaran. Al lado de esa carta pude ver la sinfonía que, con la punta de un fósforo quemado, Jorge Peña había comenzado a componer sobre un sucio trozo de papel. Lo que yo había imaginado en Lima en 1992 ya había ocurrido en La Serena en 1973. Qué enorme humanidad hay detrás de ese gesto, qué portento de persona aniquilaron esos esbirros miserables. Ojalá sirviera de consuelo saber que por más poder económico y militar que la derecha vencedora ha tenido siempre, nunca produjo seres humanos más valiosos que los derrotados.



Anteayer murió atropellado Nelson Schwenke, líder y letrista del dúo Schwenke y Nilo. Fueron de los primeros que se animaron a cantar canción protesta durante la dictadura pinochetista. Alguna vez fueron seguidos, fichados, y amenazados de muerte. Sus canciones decían cosas descarnadamente ciertas, y sus declaraciones anti-sistema se reflejaban en su forma de vivir. Odiaban la televisión y la radio, y la estupidez que las gobierna. Tal vez por eso nunca pudieron vivir de su canto, porque al no venderse no vendían. Pero nunca dejaron de cantar. Se instalaron en la memoria colectiva de esos días grises, de batalla diaria de lo humano contra lo inhumano. Una vez los fui a ver a un concierto. Eran un par de tipos sencillos, que conversaban con el público antes y después de subir al escenario, sin aspavientos ni poses. Dos guitarras y la ropa de todos los días. En el concierto descubrí que Nelson Schwenke tenía un humor rápido y sarcástico que convivía con una amargura esencial. También confirmé lo que sospechaba al oírlo en un cassette: cantaba con el alma. Al momento de morir, a los 54 años, administraba una ferretería, pero preparaba un nuevo concierto en el lluvioso sur al que tanto le cantó el dúo. Para quien no los conocía, les dejo la canción que siempre me conmovió y hoy me dolió más que nunca. Schwenke nos ha dejado un poco más solos, pero también un poco más tranquilos, porque ya no estarán su voz y sus letras para recordarnos todos los ideales que hemos perdido en el camino.


Señores, denme permiso
pa' decirles que no creo
lo que dicen las noticias
lo que cuentan en los diarios
lo que entiendo por miseria
lo que digo por justicia
lo que entiendo por cantante
lo que digo a cada instante
lo que dejo en el pasado
las historias que he contado
o algún odio arrepentido.

Para que ustedes no esperen
que mi canto tenga risa
para que mi vida entera
les quede al descubierto
para que sepan que miento
como lo hacen los poetas
que por amarse a sí mismos
su vida es un gran concierto
déjenme decirles esto
que me aprieta la camisa
cuando me escondo por dentro.

Y si alguno quiere risa
tiene que volver la vista
ir mirando a las vitrinas
que adornan las poblaciones
o mirar hacia la calle
donde juegan esos niños
a pedir monedas de hambre
aspirando pegamento
pa’ calmar tanto tormento
que les da la economía.
Cierto que da risa…

Pero yo creo que saben
donde duermen esos niños
congelados en el frio
tendidos al pavimento
colgando de las cornisas
comiéndose a la justicia
para darles tiempo al diario
que se ocupe del deporte
para distraer la mente
para desviar la vista
De este viaje
por nuestra historia
por los conceptos
por el paisaje.



domingo, 3 de junio de 2012

Aventuras africanas


Nguruman, Kenya, 1999. Fui a Kenya para un curso de ecología de campo como última actividad de mi doctorado en Suecia. Todo pagado, incluidas las vacunas y pastillas para la malaria: el viejo y querido Estado del Bienestar sueco. Éramos 10 estudiantes “suecos” y 10 estudiantes africanos, de Uganda, Kenya, Senegal, Etiopía y Tanzania. En los días previos al viaje a Kenya tuve un itinerario geográfica y climáticamente desquiciado. En menos de diez días pasé del gélido invierno sueco al agobiante calor seco de Santiago, luego al calor húmedo de Lima, vuelta al calor seco de Santiago, retorno a los grados bajo cero escandinavos, y finalmente aterrizaje en el calor africano. O sea, el cóctel perfecto para un resfrío de muy padre y señor mío. Tener conciencia del riesgo de arruinar esa experiencia única por un malestar de salud activó una vez más ése componente de mi personalidad, mezcla de temeridad y excesiva confianza en mí mismo, que ya he comentado en los posts precedentes. No solamente decidí que no me resfriaría (la mente controla al cuerpo, repetía), también me convencí de que nada me ocurriría en el continente negro. Y actué en consecuencia. No me va a pasar nada.
Uno de los mayores temores de los suecos era la malaria, sobre todo porque la zona a la que iríamos, Nguruman, quedaba en plena sabana, en territorio Masai, azotado por el paludismo. No estaban del todo confiados en el poder protector de las pastillas que tomábamos, y cualquier sensación de seguridad se evaporó cuando, a poco de llegar a Nairobi, escuchamos la charla de un científico que era experto mundial en el tema. Con el tono festivo de quien cuenta el hallazgo de una momia egipcia, el sujeto nos anunció que los protozoarios causantes de la enfermedad, que viajan en aerolíneas zancudo, hacía mucho rato que habían evolucionado resistencia a los fármacos que se usaban en Europa. Dicho de otro modo, teníamos una muy buena protección contra organismos ya extintos, algo así como tener un arma infalible contra el ataque de pájaros Dodo. En la víspera del viaje a Nguruman visitamos un parque nacional cerca de Nairobi. En el recorrido el simpático guía nos señaló restos frescos de una osamenta sobre un árbol y dijo sin inmutarse “parece que un leopardo estuvo cenando allí”. No todos lo tomamos con la misma emoción, algunas muchachas se asustaron. Y tal vez fue también por susto que un rato después señalaron nerviosamente al muchacho de Senegal, que manifestaba síntomas de fiebre. Me molestó el alarmismo escandinavo y entonces le ofrecí a Serigne, el senegalés, una pastilla de paracetamol. La aceptó gustoso pero me dijo que no tenía agua. Entonces le ofrecí la botella de la que estaba bebiendo, a lo que él señaló que tal vez no era buena idea porque me podía contagiar. No te preocupes, insistí, y finalmente bebió de la botella y me la devolvió. Después de tomar el siguiente sorbo noté que las atemorizadas suecas me miraban con reprobación. No me va a pasar nada.
El largo viaje para llegar a Nguruman comenzó en maltrechas carreteras, salpicadas por piquetes de policías-asaltantes que no nos molestaban por tener camionetas con logos oficiales. Ya en caminos de tierra, nos adentramos en el Rift Valley, el territorio que contempla el Rey León en el póster, y tuvimos que atravesar la zona del lago Magadi. Es lo más parecido al infierno que conocí: un paisaje de montículos de sal rodeados de casi nada (bueno, sí, había flamencos), olor a azufre, y calor aplastante que hasta dificultaba la respiración. Mucho tiempo después supe que ése era uno de los lugares más calientes del planeta. Cuando por fin llegamos a Nguruman nos asignaron los dormitorios. Dos estudiantes en cada uno, un mosquitero para cada cama, igual que en Nairobi, nos dijeron. Fue casi rigurosamente cierto. En el dormitorio que me tocó sólo había un mosquitero, algo que Örjan, el sueco que me tocó de compañía, comenzó a describir con angustia, una y otra vez. Si le daba unos minutos más, el muchacho, cuyo valor no se condecía con su estirpe vikinga, iba a comenzar a somatizar síntomas de la malaria. Inmediatamente le dije: no te preocupes, úsalo tú, a mí no me va a pasar nada. No intentó convencerme. Cada noche, echado en mi cama antes de dormir, me aburría de contar y tratar de identificar las docenas de insectos que poblaban el techo. Cada mañana amanecía con picaduras en alguna parte del cuerpo. El ritual de la mañana consistía en revisar bien los zapatos, porque los escorpiones eran comunes y les gustaba ese tipo de refugios. No me va a pasar nada.
La jornada era extenuante, tal vez por eso se podía dormir fácilmente en esas condiciones. El desayuno se servía a las 5 am y a las 6 ya habíamos salido todos a las distintas actividades de campo. El calor hacía imposible trabajar afuera desde las 11 hasta las 14, así que en ese rato almorzábamos, analizábamos muestras y datos, y leíamos o escribíamos informes. Luego salíamos al campo de nuevo hasta que oscurecía a las 18:30. De allí a la ducha, cenar, y hacer presentaciones o escuchar charlas nocturnas, hasta las 23.  Una de esas noches, parado afuera del galpón que se usaba como auditorio, sentí una picadura fuerte en el dorso de la mano, y me quejé en voz alta. Podía putear libremente en castellano porque nadie más lo hablaba. Antes de que se echara a volar, pude ver a la culpable: una gran mosca de color pardo. Cuando me preguntaron y la describí, uno de los chicos africanos dijo “puede ser la mosca tse-tse”. Entonces llamaron a Bob, el entomólogo gringo afincado en Kenya que oficiaba de anfitrión, y tras escucharme confirmó la sospecha. Me preguntó si sabía para dónde había huido la mosca y yo le dije que me parecía que se había metido al galpón. Lo que siguió fue un entretenido espectáculo de adultos parados en sillas y mesas tratando de atrapar una mosca, entre muchos insectos que pululaban por allí. Los suecos, al verme sonriente y relajado, me preguntaban si acaso no conocía la enfermedad del sueño, trasmitida por la bendita mosca. Yo les contestaba que sí lo sabía, pero que no me iba a pasar nada. Al rato capturaron por fin a la mosca y el buen Bob la pudo analizar bajo un estereoscopio. Luego de ello se acercó para tranquilizarme: ésa subespecie transmitía la variante bovina de la enfermedad, y como yo aparentemente no era una vaca, lo más probable era que no me pasara nada.
Luego de ejecutar proyectos guiados por especialistas, en grupos de a cuatro, teníamos que armar un proyecto nosotros mismos, en grupos de a dos. Decidimos medir ciertas cosas en unas plantas que se encontraban en tres zonas de humedad contrastante. El problema es que, terminado el tiempo asignado, en la zona más seca, la sabana abierta, habíamos muestreado muy pocas plantas. Al día siguiente habría un paseo a unas montañas cercanas, no todo era trabajo. Entonces pedí permiso para no ir al paseo e ir otra vez a la sabana abierta, a buscar más plantitas para medir. Me advirtieron que no era seguro ir solo, que a diferencia de los otros días, no habría nadie patrullando la zona, que yo sabía bien que en la sabana hay animales grandes, algunos peligrosos. Insistí y finalmente me permitieron hacerlo. Fue una experiencia muy especial estar absolutamente solo en ese lugar. Bueno, tan solo no estuve, porque me acompañó una mosca que tenía como misión en la vida meterse en mis oídos. No me dejaba trabajar. Tenía que correr en circuitos elípticos para despistarla y así ganar los segundos que necesitaba para medir. Una tortura. Lo otro era el calor. Las partes metálicas de la calculadora quemaban y no era fácil evitarlas con el apuro por la mosca maldita. Con el calor, la calculadora dejaba de funcionar, así que había que meterla bajo un arbusto y esperar. La única sombra arbórea disponible se veía a lo lejos, con las típicas Acacias de techo plano, pero no era aconsejable caminar hasta buscarlas por varias razones: el calor, el tiempo a perder, el riesgo de desorientarme, y el pequeño detalle de que a esa hora del día los leones solían buscar esos refugios, según me explicaron. Finalmente sí tuve un encuentro con seres vivos grandes, aunque no tan grandes. En el camino de regreso me topé con dos joviales niños Masai que llevaban un pequeño rebaño de cabras. Les pregunté con gestos a los pastorcitos si les podía tomar una foto (habíamos sido aleccionados en que fuéramos respetuosos y no les tomáramos fotos sin su consentimiento) y me dijeron que sí. Eso fue lo más interesante que me ocurrió, además de terminar el muestreo y que, de ésa manera, los resultados de mi pequeño proyecto fueran los únicos que finalmente se publicaron en una revista científica, el African Journal of Ecology.
Con todas esas historias infantiles del rey de la selva y documentales de fieros leones cazando (leonas, en realidad; el macho es más ocioso que un notario), uno tiende a creer que el león es la bestia más temida por los nativos. No, me explicaron los guías. Es el búfalo. El león es un problema para los humanos solamente si está muy hambriento, lo que ocurre únicamente durante la temporada seca. El búfalo, siendo herbívoro, no debiera ser enemigo natural, pero por alguna extraña razón es común que la visión de un humano le despierte un instinto asesino, y puede ser muy efectivo. Me contaban historias de personas que han tenido que pasar dos noches arriba de un árbol hasta que el búfalo abajo se cansara de esperar. Su embestida no la cuentas y, pasados los primeros metros de arranque, de lento no tiene nada: 40-50 km/h (nuestro querido Usain Bolt corre los 100 metros planos a 36 km/h). Bien, el caso es que en los primeros proyectos grupales, me tocó una especialista en escarabajos estercoleros, una menuda señora de Tanzania. La afable dama nos explicó que, para el experimento, teníamos que conseguir excremento relativamente fresco de vacas, elefantes y búfalos. Lo de las vacas no fue problema, porque lo ganaderos nativos eran muy generosos y nos permitían entrar a sus corrales con bolsas en las manos y seguir atentos al animal hasta que nos regalaba su tibio tesoro. Los niños pequeños, desnudos, hermosos y muy alegres, se burlaban de nuestra noble tarea. Con el elefante hubo suerte, sus inconfundibles bostas, con formas y dimensiones de un tacho de basura, estaban aceptablemente húmedas todavía. El problema era el búfalo, el estiércol que encontrábamos estaba demasiado seco, así que había que ir a buscarlo. Mientras manejaba una Land Rover que pasaba por encima de hierbas altas y arbustos bajos, el chofer-guía nos decía, preocupado, que ojalá que el animal no estuviera muy cerca de su excremento. Paramos en una zona señalada por el guía y comenzamos a caminar. Nos explicaba que en esas formaciones de hierbas y arbustos altos la bestia se tumbaba, oculta en la espesura, a dormir la siesta. Pero que si lo despertábamos, estaría de mal humor, y eso era algo que no queríamos que ocurriera. Los primeros hallazgos de actividad digestiva nos parecieron casi aceptables, pero dijimos que podíamos buscar algo un poquito más fresco. Nos internamos un poco, y otro poco más, pero no aparecía la mierda prometida. De pronto el guía se detuvo y nos hizo callar. Nos dijo en voz baja que le parecía haber escuchado un ruido de ramas quebrándose. No era broma, el muchacho estaba realmente asustado. Y ese temor nativo tuvo una onda expansiva, porque al instante estábamos todos asustados. Ése fue el único momento del viaje en el que sentí miedo de verdad. Podría ahora mismo estar mirándonos, susurraba el keniano mientras giraba la cabeza para todos lados. Entonces mejor nos vamos, dijimos. El primer estiércol nos pareció en ese momento perfectamente aceptable. El trabajito no se publicó en ningún lado, pero todos volvimos con los huesos completos.
El dato que falta entregar es que de los 10 que viajamos desde Suecia, 9 sufrieron algún tipo de dolencia gástrica, dérmica, febril, etc. Tres las sufrieron en África, los otros seis las desarrollaron ya de regreso. El profesor que viajó con nosotros y me contó la estadística, me dijo que yo había tenido mucha suerte.
Resumiendo los últimos tres posts, ni tan lejos que no se pueda ver, ni tan cerca que se pueda tocar, la muerte ha estado rondando. No tomo estas cosas a la ligera, solamente trato de ser fiel al relato de los hechos, con mi mentalidad inmadura de entonces. Podríamos hacer sesudas reflexiones existencialistas sobre el tema, para no parecer superficiales, pero esta vez opté por la crónica. Siendo la única certeza que tenemos, la muerte no es un tema para burlarse, pero tampoco para huir. Ya lo decía el poeta peruano Javier Heraud, quien encontraría la muerte en 1963, a los 21 años, acribillado por fuego cruzado de la policía sobre una canoa en la selva amazónica, donde formaba parte de una columna guerrillera que quería cambiar la realidad de injusticia. En una trágica ironía, a los 18 años, tres años antes de recibir 29 balazos tras levantar un trapo blanco, en un poemario con el que ganó un premio nacional, el brillante y precoz Javier Heraud escribía:

Yo nunca me río de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo miedo de morir
entre pájaros y árboles.

(…)

Claro está, la muerte no me ha visitado todavía,
y Uds. preguntarán: ¿qué conoces?
No conozco nada.
Es cierto también eso.
Empero, sé que al llegar ella yo estaré esperando,
yo estaré esperando de pie
o tal vez desayunando.
La miraré blandamente (no se vaya a asustar)
y como jamás he reído
de su túnica, la acompañaré,
solitario y solitario.





sábado, 26 de mayo de 2012

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (II)


(continúa el post anterior)

Las tres situaciones que quedan por contar tienen como común protagonista, aparte del riesgo de un final trágico, cierta característica de mi personalidad de juventud que, según se mire, puede llamársele arrojo, valentía, temeridad, o tal vez inmadurez, exhibicionismo, estupidez.

Un barrio de Miraflores, Lima, Perú. 1991. Para entender bien el relato es necesario entregar el contexto de lo que se vivía en esos años. Sendero Luminoso asolaba la ciudad de Lima con autos-bomba a edificios públicos y privados, asesinato de policías, funcionarios públicos, sindicalistas, y dirigentes barriales y de ONGs. Los organismos de seguridad secuestraban y asesinaban a estudiantes, profesores, sindicalistas y dirigentes barriales y de ONGs. La delincuencia común secuestraba diariamente a pequeños y medianos empresarios, o ciudadanos X con algún capital que aportar. En suma: psicosis colectiva. Una noche, regresaba del cine a casa de mi novia de entonces, manejando el vetusto Volkswagen escarabajo que su madre generosamente nos prestaba para salir. El padre de mi novia era directivo de una ONG a la que ya le habían asesinado funcionarios en provincias, y él aparentemente estaba siendo “reglado” (seguimiento de actividades y rutinas). El vecino de ellos era un empresario televisivo que vivía detrás de unos altos muros con protección eléctrica y vigilancia particular contratada. Esa noche, en las cuadras previas a la casa había un gran montículo de arena en la calle y yo lo esquivé con una maniobra brusca. Ese movimiento activó mi gen descrito en el párrafo anterior y entonces comencé a manejar haciendo curvas de un lado a otro de la calle, a velocidad, mientras mi novia reclamaba y yo le decía que se calmara, que la calle estaba vacía. La última maniobra fue, tras una curva cerrada, detenerme súbitamente frente a la puerta de su casa. Y entonces, mientras ella terminaba de recriminarme, un sujeto caminó unos pasos por la vereda, se paró frente a nosotros… y sacó un revólver. Lo miraba y lo movía, como exhibiéndolo, y pasaba de apuntar al piso a apuntar a la ventana del piloto, donde yo palidecía y trataba de pensar qué hacer. Si él disparaba ya no había mucho que hacer, pero mientras no lo hiciera, tal vez yo podría hacer algo útil. Como en un examen de alternativas en el que el tiempo se agota, forzaba a mi cerebro a evaluar en instantes todas las opciones: agacharme y que saliéramos corriendo por la puerta del copiloto, bajarme del auto con las manos en alto, decir que se llevara el auto y nuestras billeteras, gritar pidiendo ayuda, embestirlo con el auto… pero el problema principal era que yo no tenía claro si lo que tenía a tres metros de distancia con un arma era un asaltante común, un senderista que creía que en ese auto iba el padre de mi novia, el vigilante del vecino que temía que fuéramos secuestradores, o ninguna de las anteriores. Hice contacto con sus ojos y su expresión parecía denotar cierta calma, como que no pretendía hacer nada inmediatamente sino amedrentarnos, disuadirnos de hacer algo. Decidí que tal vez todo terminara si simplemente nos alejábamos. Encendí el motor, y el tipo retrocedió unos pasos. No parecía hacerlo para tomar nueva posición de disparo, su lenguaje corporal indicaba satisfacción del deber cumplido. La siguiente decisión era si debía avanzar o retroceder. A pesar de que la situación había bajado en intensidad, no quise darle la espalda, por si efectivamente se animaba a disparar. Así que retrocedí lentamente (milagrosamente entró a la primera el cambio de retroceso, que siempre era un dolor testicular) y mientras lo hacía el tipo caminó unos pasos más, para pararse en frente de la puerta de la casa del vecino. Mi novia entonces lo reconoció como el vigilante. Supuse que lo recíproco ocurriría y entonces detuve el auto, me bajé lentamente, hablé con ella de cualquier asunto trivial en voz alta, como si nada hubiera pasado, y apenas ella apareció en la visual del sujeto, él guardó su arma. Al llegar a la puerta nos pidió disculpas, que no había reconocido a la señorita, que pensó que éramos delincuentes, que Ud. sabe que en estos tiempos. Nosotros no teníamos muchas ganas de hablar y una vez adentro le prometí y me prometí que nunca más haría tonterías innecesarias a bordo de un auto. No estoy seguro de haber cumplido la promesa, pero sí sé que no me han vuelto a apuntar con un arma.

Camino a Farellones, Cordillera de Chile central. Estudios de Maestría, 1994. Era una de las primeras salidas al campo, en primavera. Estábamos buscando una plantita que crecía arriba de los cerros. Éramos dos hombres y dos mujeres. Como el otro muchacho era de carácter apacible, sin que nadie me lo pidiera asumí el rol de líder de la expedición. La caminata era larga y había que improvisar la ruta entre quebradas, cuestas pronunciadas, bajadas empinadas y arbustales difíciles de atravesar. Yo los animaba a seguir cuando estaban cansados, probaba primero los sectores para subir o bajar cuando se complicaba la ruta, y sobre todo los instaba a no rendirse en el intento de encontrar la maldita planta, que no aparecía por ninguna parte, mientras subíamos cerro tras cerro y la tarde caía. Nuestro equipamiento de campo parecía diseñado por el enemigo: sin brújulas, cuerdas, linternas ni nada que el sentido común indicara como necesario al internarse en un sector de la cordillera desconocido. Llegado un momento, alguien dijo que ya no quedaba mucha luz del día y que si ya llevábamos más de cuatro horas caminando, la noche podía caer antes de que hubiéramos podido volver. Insistí en que buscáramos en una cuesta más y luego de eso ya podríamos volver. Accedieron de mala gana ante mi incombustible entusiasmo y capacidad de persuasión. Y justo en esa última cuesta inspeccionada, detrás de una enorme roca… la plantita tampoco estaba. Así que tuvimos que emprender el retorno cansados, insolados, sucios, rasguñados, sin haber cumplido la misión, pero contentos por los paisajes avistados y el buen rato pasado en grupo. Un dato importante era el río. Lo tuvimos que atravesar a poco de comenzar el camino de ida, después de recorrer un poco la orilla buscando una zona poco profunda. En ese momento ellos no se terminaban de animar, así que el necio líder, después de dar una encendida arenga a la que nadie prestó mucha atención, se remangó los pantalones y dio el ejemplo cruzando el río sin dificultad. Ahora comenzaría pronto a oscurecer y el recorrido de regreso no era exactamente el mismo que el de ida. Tratábamos de cortar camino, acelerar, para no llegar al río de noche. Ya casi no hablábamos, no hacíamos bromas, concentrados en avanzar lo más rápido posible. Hasta que, finalmente, logramos llegar a la orilla del río. Todavía quedaba un poco de luz natural, la suficiente para darnos cuenta de que no estábamos en el mismo sector, y que el río había aumentado bastante su caudal. El otro muchacho sugirió prudentemente seguir caminando, hasta encontrar el mismo lugar por el que cruzamos el río a la ida. Yo alegué que nos desviaríamos mucho, que perderíamos la ruta corta que estábamos haciendo, que podíamos intentarlo allí mismo. El primer disparate que propuse, y comencé a llevar a los hechos, fue la “estrategia china”: tirar muchas, muchas piedras grandes al río hasta generar un puente ligeramente sumergido. Pero ellos ya no estaban de humor para mis grandes ideas, así que la estrategia china no pudo ser puesta a prueba. Entonces, como golpe de efecto irrefutable, se me ocurrió volver a dar el ejemplo. Me quité el pantalón (el nivel del río ya estaba muy por encima de las rodillas) y comencé a atravesarlo. Acopié toda la audacia que me quedaba, porque el agua estaba muy fría y me llegaba a la cintura. Después de haber avanzado varios pasos, concentrado en no perder el equilibrio, algo me detuvo. Fue como si una voz interior me dijera “Para”. Yo lo interpretaba como simple y humano temor, y entonces trataba de ahuyentarlo como lo había hecho tantas veces ese mismo día, con la necedad del líder, dando un paso más y otro. Pero no había caso, el temor, o algo así, me ganaba, no lograba dar ese paso por más que lo intentaba. Para. Con frío y expuesto a la vergüenza de flaquear después de tanta declaración rimbombante, giré y les pedí que buscaran y me alcanzaran una rama larga. Me la lanzaron, y cuando la introduje para tantear el nivel del río justo delante de mí… se hundió hasta desaparecer, como tragada por un remolino. Era una rama muy larga, así que probablemente allí había una fosa o la profundidad del río cambiaba bruscamente. Nadie dijo nada por la elocuencia de la escena. Asombrado y asustado, giré y deshice mis pasos. Caminamos, mejor dicho corrimos, hasta el lugar de la orilla original y pudimos cruzar el río, cuando ya casi era de noche. Las últimas pendientes las subimos en la oscuridad total, resbalando sin saber bien a qué asirnos, picados por avispas, rasguñados por piedras y ramas, maldiciendo la reiterada torpeza que nos había acompañado en esa expedición. Yo no me quejaba, ya no por valiente, sino por la alegría de estar allí todavía, gracias a esa voz interior. No sé qué fue eso. Pepe Grillo, mi cerebro intuitivo (lean Blink, de Malcolm Gladwell), mi ángel-de-la-guarda-dulce-compañía, el instinto primate de conservación, o todas las anteriores, no importa. Lo que haya sido, me salvó. Porque, faltó decir, el autodenominado líder de la expedición era y es un pésimo nadador.

Bueno, se ha hecho un poco tarde, tengo otros deberes que atender. La quinta y última historia, que es un poco larga, queda ya para el siguiente post. El próximo sábado.


domingo, 20 de mayo de 2012

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (I)


Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Cesare Pavese

Hace un par de años me encontraba dictando una clase sobre evolución y cambio global en La Paz. Si ya era un problema mantener el fuelle a 3600 metros sobre el nivel del mar que todavía no les devuelven, más se complicaron las cosas cuando noté en la juvenil audiencia cierta resistencia axiológica a aceptar como algo natural la extinción de las especies. Es lo más natural del mundo, les decía; todas las especies surgen y se desvanecen, en tiempo evolutivo. Si ninguna de las especies originales se hubiera extinguido, nos habríamos perdido a buena parte de las demás, por falta de sitio. No había caso: horas y horas de documentales sobre koalas, pandas y osos polares habían hecho efecto en sus cándidas y bienintencionadas mentes, que se resistían al razonamiento científico. Entonces, en medio de la hipoxia que nublaba mi mente, para contrarrestar su excesivo apego a la vida, se me ocurrió decirles que la situación era análoga a la de cada uno de nosotros. Con un tono casi festivo, como quien anuncia un fin de semana largo, les dije que la única certeza que podíamos tener en ese momento era que dentro de setenta años todas las personas presentes en el aula estarían muertas. Quedaron pasmados, aplastados. La discusión se silenció por largos segundos. Las miradas antes inquisidoras ahora denotaban angustia existencial. Una muchacha quiso salvarse diciendo, con la voz quebrada, que era muy joven y que dentro de setenta años tal vez estaría viva. Con mi inveterada empatía con los débiles, le dije: bueno, entonces dentro de ochenta años. O sea, una ráfaga para rematar a los moribundos. Definitivamente mi frase-analogía no tuvo el efecto que esperaba, ni fui elegido el profesor más simpático del curso. En lugar de que la luz racionalista se abriera paso en medio de las tinieblas de la pseudo-ciencia emotiva, lo que había conseguido era tener al frente a los pasajeros del Titanic. ¿Por qué cuesta tanto asumir que somos efímeros?

Comprendo absolutamente que uno se resista a la muerte de los seres más queridos. Uno nunca se recupera cuando ocurre, y no es capaz de (o no quiere siquiera) imaginarlo cuando aún no ha ocurrido. Pero, ¿Y uno mismo? ¿Por qué le duele tanto a algunos pensar en su condición de simples mortales? Evidentemente no tengo la respuesta. Pero pensando en estas cosas se me ocurrió que podría valer la pena compartir con el puñado de lectores que tengo los episodios en los que he visto a la parca de cerca. ¿Qué tan cerca? No mucho, en realidad. No se comparan con la experiencia de mi amigo cantautor Erik, que se quedó sin fuerzas tratando de cruzar el río Urubamba (el mismo que se ve serpenteando abajo desde Machu Picchu), o la de Alberto, un nicaragüense con el que compartí un curso y me contó cómo escuchaba silbar las balas a su lado, con el cuerpo a tierra, cuando se alistó como voluntario para combatir a los “Contras”. Todos tenemos historias de haberla visto cerca, aunque sea en el horizonte, pero como este pequeño blog es mío, entonces cuento las mías. Eso sí, para mantener la extensión que considero adecuada para estos textos (entre mil y dos mil palabras) lo haré en dos entregas. La segunda parte la subiré el próximo sábado. Vamos en orden cronológico.

Avenida Brasil, Lima, Perú. Yo tenía siete u ocho años. Habíamos ido de visita donde unos primos que tenían un fulbito-de-mano/taca-taca/futbolín o como quiera que se llame en su país de origen ese juego. Como en esa época no sabía perder (algo he aprendido en los últimos 35 años) no quería irme de esa casa hasta ganar un partidito. Pero mi madre ordenó salir de regreso. Ella y mis dos hermanos menores me precedían camino al paradero en una gran avenida de ocho carriles. Yo iba caminando varios metros retrasado, protestando, enfurruñado, en una pataleta de libro de texto. Ellos cruzaron la primera pista de dos carriles, pues el paradero estaba ubicado en la gran vía central. Yo no. Me detuve justo antes de cruzar, prolongando por unos momentos mi último gesto de rebeldía antes de claudicar. Mi madre me miraba enojada y algo me decía, pero yo no la escuchaba por el ruido de la avenida. De pronto vi que estaba acercándose al paradero el microbús que esperábamos, el número 10, El Moradito, del que –después sabría– se decía que era más fiel que una mujer, pues no importaba la hora de la madrugada, siempre pasaba. Entonces decidí cruzar corriendo la primera pista, omitiendo la básica noción de mirar antes de cruzar. Lo que sigue no tiene una explicación clara, y corresponde a esas situaciones en las que el tiempo comienza a transcurrir más lentamente. A mitad de camino escuché el chirrido de una patinada y por el rabillo del ojo percibí un auto color azul metálico que tenía casi encima. Recuerdo haber alargado la zancada, pero dudo que esos centímetros hicieran alguna diferencia. El conductor, que dejó su auto casi perpendicular a la avenida, se bajó vociferando. Mi madre me gritaba en la cara, al borde del colapso nervioso, y yo solamente lloraba; ya no por haber perdido al futbolín, sino por darme cuenta de que había estado muy cerca de morir. Mucho tiempo después, mi madre me confesaría que en ese instante ella cerró los ojos para no ver el impacto, y que no entendía cómo el conductor pudo desviar su auto a tiempo, porque yo aparecí de improviso en la vía. Si existiera el ángel de la guarda, este podría ser un caso para achacárselo. Lástima que no exista.

Universidad Cayetano Heredia, Lima, Perú. En una de las infinitas pichangas jugadas fuera y dentro del horario de clases, un muchacho no se tomó de la mejor manera que le hiciera un sombrerito de ida y vuelta. Entonces forzó meter la cabeza para alcanzar una pelota que ya no podía alcanzar, y lo que hizo fue impactarme de lleno con la cabeza en la parte en la que el tabique nasal se encuentra con la ceja (el arco superciliar, para los entendidos). Quedé aturdido un rato, pero no le di importancia y seguí jugando. Una hora después, sentado en clase, estaba mareado, sentía que la mano izquierda y la pierna izquierda se me dormían, y el dolor de cabeza era muy fuerte. Decidí irme a mi casa, para lo que tenía que tomar dos microbuses, en un tiempo total de viaje de poco más de una hora. Cuando llegué a mi casa el dolor de cabeza era insoportable, y al mirarme al espejo vi que tenía los labios caídos hacia un lado. Intenté dormir pero el dolor no me dejaba y de pronto tuve un vómito explosivo, sin náusea previa. Entonces intenté pedirle a mi hermana, la única persona en mi casa, que fuera a la esquina a llamar por teléfono a mis padres (no había teléfono fijo en casa y lo más cercano a la idea de celulares lo había visto en las manos de James Bond y Maxwell Smart). El problema es que cuando intenté hablar lo que salía de mi boca eran balbuceos que no se parecían mucho a los fonemas deseados (nombre técnico: afasia). Algunas sílabas coincidían, pero en desorden. Desesperado, entre señas y llanto, mi hermana captó el mensaje y se fue a llamar. No tardó mucho en llegar un tío político que era médico y que tras un rápido examen sentenció que había que llevarme de urgencia a una clínica cercana. Allí me hicieron lo que corresponde en casos de coágulos que están causando un ataque o derrame cerebral (lo sé ahora gracias a Dr. House): me inyectaron corticoides en cantidades industriales. Las primeras horas eran claves y las superé. Al día siguiente me hicieron una resonancia (MRI según House) y el hematoma subdural (o sea, ubicado en una de las meninges) estaba cediendo. El electroencefalograma indicaba que mi hemisferio derecho funcionaba al 50% (varias personas opinan que esto se ha mantenido hasta hoy). Gradualmente me fui recuperando, aunque en los primeros exámenes en la universidad me fue muy mal, porque estudiar media hora me cansaba como si lo hubiera hecho seis horas: mi cerebro estaba convaleciente. Pero esta historia con final feliz tuvo una contrastante historia paralela. El día anterior a mi lesión, un obrero de la fábrica donde trabajaba mi padre recibió un fuerte golpe en la nariz jugando una pichanga, igual que yo. Manifestó síntomas similares a los míos, pero a él lo llevaron a una posta pública, donde tras una larga espera lo mandaron de regreso para su casa con dos aspirinas. Al día siguiente murió. La cruel diferencia entre mi vida y su muerte, como tantas veces, tuvo que ver con el desigual acceso a los recursos en nuestras sociedades tan poco civilizadas. Estas lesiones no son poca cosa. Unos años antes, cuando yo estaba en el colegio, un estudiante murió de modo casi idéntico: a partir de un pelotazo en la nariz jugando voleibol. A mí, simplemente, no me tocaba ese día.

Continuará.



domingo, 13 de mayo de 2012

Los niños no deben morir


La violencia homicida contra niños pequeños está dentro de lo que no podemos tolerar. Es el dolor mayor, un defecto imperdonable del universo, algo que no debiera ocurrir nunca. Es una prueba más de que no existe ese dios todopoderoso y bueno del que nos hablaron tantas veces los curas y las monjas. O es bueno, pero al no poder impedir ese dolor es entonces un ser inútil, prescindible, o es poderoso, pero al no querer impedir ese dolor es entonces de una crueldad inimaginable.  Quisiéramos que fuese una pesadilla, un error más de los periodistas, pero no es así: ocurre. Las noticias nos cuentan que un niño o niña ha sido raptado y, tras una búsqueda angustiante que al alargarse desvanece las esperanzas, anuncian el hallazgo macabro. El sufrimiento indescriptible de los padres comienza entonces y ya nunca termina. Cuando eso ocurre, lo habitual es que uno -espectador- se deprima, llore con o sin lágrimas, abrace a su hijo, o multiplique cuidados y precauciones, para que a uno no le ocurra. Pero hay quien reacciona de otra manera.

Hace 101 años, en Chicago, una niñita rubia de 5 años le dijo a su madre que iría a ver a su tía, que vivía a la vuelta de la esquina. Se detuvo a mirar a un organillero, junto a otros niños, y luego su rastro se perdió. Un mes después encontraron su cuerpo en un canal. Sospecharon de un grupo de gitanos, con antecedentes de secuestros a niñas similares en otros lugares, pero no se pudo probar nada. El caso conmocionó a la ciudadanía por mucho tiempo (tres mil personas acudieron al funeral). Una de las personas afectadas por los sucesos era un hombre joven llamado Henry Darger, quien conservó un recorte de periódico con la foto de la niña por largo tiempo. Junto con la foto, llevaba para todas partes un manuscrito que había estado escribiendo intermitentemente. Pero un día alguien robó sus pertenencias del casillero donde las guardaba en el trabajo. Darger era limpiador de baños en Chicago, lo fue toda su vida, desde que a los 17 años huyó del hogar para niños con retardo mental donde lo maltrataron durante siete años, hasta poco antes de morir, octogenario.  La pérdida de ese recorte de periódico lo afectó mucho. Intentó recuperarlo de varias maneras, sin suerte, y tras asumir su pérdida decidió volver a comenzar a escribir el manuscrito desaparecido. Pasaron los años sin mayores acontecimientos que reseñar, aparentemente. Era un tipo solitario, con aspecto de vagabundo, que no hablaba con nadie, pero junto con su único amigo alguna vez pensó en crear una fundación protectora de la niñez. En las últimas décadas de su vida, con su mísero salario, Henry Darger alquilaba un cuarto a una pareja que con los años le tomó mucho afecto al ermitaño. Cuando, ya muy enfermo, Darger estaba internado en un hospital de beneficencia, un día la pareja entró -por primera vez- al cuarto. Les costó mucho creer lo que encontraron.

En las paredes y sobre una larga mesa estaba la que tal vez sea la obra más monumental de la historia de la literatura. Durante más de 50 años, Darger escribió un libro que le dio vida a todo un universo de lugares y personajes de fantasía que rodean las aventuras y batallas de unas pequeñas guerreras que luchan contra seres maléficos, buscando rescatar a unos niños esclavizados y, en general, salvaguardar a los niños de todo sufrimiento. El título de su obra es The Story of the Vivian Girls, in What is known as the Realms of the Unreal, of the Glandeco-Angelinian War Storm, Caused by the Child Slave Rebellion. El manuscrito tiene más de 15,000 páginas a espacio simple, lo que equivale a unas 20,000 páginas impresas, con lo que supera la obra completa de muchos escritores consagrados (es algo así como 10 veces El Señor de los Anillos). A eso hay que sumarle más de 600 pliegos de dibujos enormes que ilustran pasajes de la épica que este hombre creó en su reclusión voluntaria. Darger no sabía dibujar, pero aprendió; primero fotocopiando y calcando recortes de revistas, luego perfeccionando su propio trazo. Su obra es tierna y macabra a la vez. Al valor y candidez de Violet y sus seis hermanas, las Vivian Girls, del pacífico y cristiano reino de Abbiennia, se opone la crueldad sádica de los malvados y ateos habitantes de Glandelinia, que habían esclavizado a cientos de miles de niños, arrancándolos de sus hogares. Los textos y los dibujos, algunos de más de 3 m de longitud, describen explícitamente cada episodio, incluyendo las torturas y mutilaciones que sufren los niños. La novela entrega detalles de cada aspecto de ese mundo de fantasía, incluyendo los nombres y lesiones particulares de cada uno de los muertos y heridos en las innumerables batallas que se narran, y los costos económicos de cada campaña. Llama la atención que en los dibujos las niñas tienen pequeños penes, lo que ha llevado a sugerir que Darger murió virgen, sin haber visto a una mujer desnuda. Junto con ángeles y demonios “tradicionales”, coexiste una serie enorme de seres fantásticos, los blengigomeneans, con distintas características y poderes según su categoría. Es un Tolkien que nunca pisó una universidad ni recibió una sola opinión de su obra.
El paralelo entre episodios de la vida de Henry Darger y su novela es notorio, particularmente en situaciones de castigo a los niños. Esto se sabe porque se encontró un diario de vida junto a sus manuscritos. Perdió a su madre cuando era un niño muy pequeño y a los 8 años fue separado de su padre, que ya no lo podía mantener, e ingresado a un orfanato. A pesar de tener un intelecto brillante,  pues aprendió a leer antes de ir al colegio y su mirada de los demás fue siempre muy aguda, su personalidad excéntrica (se especula que padecía un tipo de autismo) llevó a que pocos años después lo llevaran del orfanato a un asilo para niños con retardo mental, donde éstos sufrían explotación laboral y maltratos diarios. Tras varios intentos fallidos, castigados severamente, de allí huyó en una larga caminata cuando tenía 17 años. No se puede agregar mucho más, salvo que poco después comenzó a escribir y dibujar una obra incomparable por la que no recibió reconocimiento alguno. De hecho, no hay ninguna señal de que pretendiera publicar su novela. No sabemos casi nada de él. Existen apenas tres fotografías suyas y unos pocos testimonios de sus vecinos, todos lejanos, porque no conversaba con ellos. Pero podemos imaginar bien lo que lo mantuvo vivo todos esos años de penurias y soledad. Contra la monotonía de su vida visible, limpiando baños y asistiendo a misa cada día, en la soledad de su cuarto, rodeado de sus libros y recortes de revistas, Henry Darger pudo darle vida al infinito mundo ideal que soñaba, donde los niños finalmente ya no son maltratados, ni mueren a manos de los malvados. Pudo corregir ese defecto imperdonable del universo.





sábado, 5 de mayo de 2012

Opio y monedas


Nada sabemos del alma
sino de la nuestra;
las de los otros son miradas,
son gestos, son palabras,
con la suposición de cualquier semejanza
en el fondo.
Fernando Pessoa
La anciana parece dormir. Al agachar la cabeza no se le puede ver el rostro pues lleva un oscuro sombrero de fieltro. Está sentada en el suelo y sus polleras extendidas son a la vez mantel y abrigo. Sobre el supuesto mantel hay sólo un vaso de plástico. Cada vez que siente pasos o voces agita el vaso para que suenen las monedas. No levanta la cara. No es posible saber si agradece en voz baja cuando alguien deposita una moneda en su vaso. Menos se sabe sobre lo que siente después de cada exitoso o fracasado tintinear de monedas.
Han pasado dos horas, y quizás más de cien personas. La anciana ha recibido sólo seis monedas. Es probable que esté angustiada o simplemente triste por la escasa cosecha. No le va a alcanzar; no sabemos bien para qué, pero seguro que no le va a alcanzar. Entonces un niño sucio y andrajoso, a quien bastaría ver para saber que mendiga igual que su ¿madre? ¿abuela?, se acerca y le da otras cuatro monedas. Es su aporte, su propia cosecha de las últimas horas. Cada uno desde su esquina y desde sus años. La anciana en silencio, casi convertida en estatua (una estatua en homenaje a la miseria, diría alguien que no tiene idea de lo que es la miseria), y el niño bullicioso, zangoloteando con los otros niños, colegas de esquina. La alegría todavía es gratis.
El grupo de estudiantes salió a comprar algo para beber durante el entretiempo del partido de fútbol.
- Tengo hambre. ¿Y si además compramos una pizza? ¿Cómo andan las arcas del proletariado?
- Mi billetera ya tiene telarañas.
- Propongo una sesión de meditación Zen para espantar al demonio de la gula.
- El demonio no existe. Es una estrategia de marketing de la iglesia para no perder a sus abonados. Un vendedor de paraguas que anuncia a gritos la lluvia.
- No sabes lo que dices. El demonio sí existe. Yo mismo lo he visto; lo vi detrás de los ojos de una mujer adúltera, después del amor breve y violento, una madrugada de verano. Casi no la cuento. No es broma, me iba a devorar, iba a tomar mi alma.
- Veo que has estado fumando guano otra vez.

Cuando todavía estaban enfrascados en discutir si la Inquisición había asesinado a más personas que las dictaduras latinoamericanas, cien metros antes de llegar a la botillería, se encontraron con una anciana mendicante sentada en el suelo, agitando un vaso de plástico sin levantar la cabeza. Uno de ellos se detuvo y, casi sin mirarla, rápidamente extrajo dos monedas de su bolsillo y las depositó en el vaso. No pudo percatarse del imperceptible movimiento de cabeza de la mujer, que quizás significó un gracias.  
- Pagaste tu alivia-conciencias, siempre sale barato.
- ¿Tú prefieres negarle unas monedas? ¿Qué ganas, o qué dejas de perder?
- El punto es qué gana o pierde ella, no tú. Su vida no cambia absolutamente nada por recibir ese par de monedas. Sigue siendo tan miserable como antes porque el sistema así lo requiere. El cambio no va a ocurrir porque repartamos las sobras. Es más, se corre el riesgo, y a eso me refería cuando hablaba de alivia-conciencias, de perder la perspectiva de necesidad del cambio al encontrar un espejismo de gratitud y autosatisfacción que se alimenta a sí mismo. Okey, puede servir como terapia contra el insomnio para almas sensibles, o como pasatiempo para damas-bien aburridas de gastar el dinero de sus maridos. Pero no debe distraer, quiero decir que no debe dejar la idea de que algo ha ocurrido, porque no ha ocurrido nada.
- Con distintos argumentos, tu posición coincide con la de mi padre –que es flor de reaccionario, quejándose de la cantidad de gente que pide plata en los semáforos, diciendo que no le alcanzaría la plata si diera cada vez que le piden. Ambos, partiendo de orillas opuestas, terminan por apoyar lo mismo: la frustración cotidiana de esas manos vacías.
- Qué bonito suena, podrías escribir poemas para universitarios y repartirlos a la salida de los conciertos.
- Mira, yo no hablaría de frustración. Se frustra el vendedor ambulante que no vende su mercancía, el afilador de cuchillos que recorre las calles sin resultado, el vendedor de enciclopedias puerta por puerta. Ellos todavía ponen en juego una dosis de esperanza cada día, y casi siempre la pierden. En cambio los que viven –o mueren– de la limosna de otros yo creo que ya tiraron sus esperanzas desde arriba del puente.
- Perdón, yo creo que hay que ordenar esta discusión porque están mezclando peras con manzanas. No se puede meter en un mismo saco la perspectiva social o socioeconómica y el análisis particular de sentimientos –o la ausencia de ellos– generados en la interacción con los indigentes de este país. En resumen, si quieren hablar del alma está bien; pero no hablen del alma para refutar argumentos que hablan del orden social, del tú no comes carne para que otro pueda viajar a Miami.
- Ya córtala, ustedes se han pasado la vida identificando los elementos distractores a su bienamada revolución y han encontrado así un surtido repertorio de excusas para no hacer nada concreto. Ahora resulta que es mejor no dar limosna que darla porque puede distraer o amenguar el ardor combativo de tus cuadros. Por favor. Creo que tendrían que destinar esa notable capacidad para inventar enemigos a causas más útiles.

La discusión cesó porque ya habían llegado a la tienda. Entraron todos y por eso no pudieron ver lo que pasaba en la esquina opuesta. Probablemente tampoco lo habrían visto de haberse quedado afuera de la tienda.

El niño ha llegado con otras tres monedas, la última media hora fue productiva. Entonces la anciana cuenta, dos veces, el total acumulado y le entrega una moneda al niño. Este sale corriendo, contento se diría, y detiene su carrera en el quiosco de la esquina. Allí pide y recibe el sobre con figuritas del álbum de fútbol con las estrellas del mundial. Segundos después se le ve saltando de alegría. Ha tenido buena suerte. Y es que no tenía ni a Romario ni a Batistuta. Ahora le faltan pocas figuritas para llenar el álbum. Luego de ir a contárselo a la anciana, que no se ha movido, corre a compartir su buena noticia con los otros niños de la esquina de enfrente. La celebración tiene que ser corta porque el semáforo otra vez está en luz roja. Una camioneta pick-up negra, enorme, está primera en la fila. A pesar de tener las ventanas a medio abrir se escucha con mucha claridad la transmisión del partido por la radio (el segundo tiempo ya ha comenzado). El niño no ha terminado de estirar la mano -en realidad debe levantarla para poder ser visto por el chofer- cuando desde adentro le dicen “No, ahora no tengo”. De todas maneras se queda unos instantes más, para escuchar si ese ataque narrado con tanta grandilocuencia termina en gol. No, el tiro ha salido desviado. Se dirige entonces al carro de atrás. Tampoco recibe nada. Cambia la luz del semáforo y retoma el juego de pelota con sus compañeros. Hace un gol y lo celebra a gritos, pero el gol es discutido por los otros, que reclaman que fue palo. Es que pasó por encima de la piedra que utilizan como marca. En la vereda de enfrente, la anciana ya ha guardado en un bolsillo perdido entre sus polleras todas las monedas menos dos, que se quedan en el vaso. Ahora agita su vaso otra vez: parece que alguien se acerca.

El niño no lo sabe, no lo puede saber, pero doce años después, cuando la anciana ya sea sólo un triste y lejano recuerdo en su vida, diluido por recuerdos más cercanos y terribles, se volverá a encontrar con el chofer de la camioneta negra y con uno de los estudiantes. No se reconocerán, pues nunca se conocieron, pero eso no afectará el rumbo de los hechos.

Una noche, a la salida de un partido de eliminatorias que ha ganado la selección nacional a su clásico rival, el que fuera estudiante, hoy cajero de un banco, y el chofer de la camioneta -hoy ejecutivo de otro banco- se agolparán eufóricos junto a una pequeña multitud que aclama a los jugadores y pide un autógrafo al héroe de la noche, el pequeño delantero que anotó un gol de cabeza en tiempo de descuentos. El jugador, de origen humilde y con un casi seguro futuro en el fútbol europeo, que está tan contento como los hinchas, se detiene y firma con gusto y paciencia, mientras escucha una y otra vez las mismas palabras de elogio. Es una noche para ser feliz y olvidar todos los problemas.
Después del ritual de celebración, el grupo de hinchas se dispersa por los alrededores del estadio, y el cajero y el ejecutivo casualmente caminan uno detrás del otro, buscando un taxi que los lleve de regreso a sus casas. De rato en rato el silencio de la noche se rompe con el grito de algún fanático que no quiere terminar de celebrar. De pronto, desde un pasaje lateral aparece un taxi, que frena inmediatamente ante el gesto simultáneo de los dos trabajadores bancarios. El resto de hinchas no parece interesarse en el taxi, probablemente la plata no les alcanza. Una vez que el taxi se ha detenido por completo ambos hacen el ademán de ganar la posición, pero inmediatamente corrigen el gesto para ceder el turno. El insólito gesto hacia un extraño se explica desde la solidaridad del hincha exultante por el triunfo. No hay que ceder, finalmente, porque han descubierto que sus destinos son cercanos, así que deciden compartir el taxi. El taxista comenta con ellos el resultado del partido y, distraído, no nota que en el semáforo que está más adelante, ahora en luz roja, hay un par de sujetos de aspecto sospechoso. Cuando se detiene, uno de los sujetos abre violentamente la puerta del copiloto y amenaza con un arma al taxista, exigiéndole dinero con gritos e insultos. Los dos pasajeros, sentados atrás, reaccionan intentando reducir al asaltante, mientras el taxista paralizado de miedo, no atina a hacer nada. Entonces todo ocurre muy rápido. Antes de salir corriendo con un par de billetes de escaso valor, el asaltante habrá disparado cuatro veces. Horas después, morirán en la posta médica los dos pasajeros. Ya en su barrio, sintiéndose seguro, el asaltante, un hombre joven que de niño pedía monedas en los semáforos junto a una anciana que tal vez era su abuela, podrá comprar la dosis de pasta base de cocaína que esa noche necesitaba tanto. Hace tiempo que la alegría ya no es gratis.